PARA PODER LLEGAR A ENTENDER MUCHAS DE LAS COSAS QUE AHY AQUI, HAY QUE MIRARLAS CON LOS OJOS DEL "CORAZON".

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sábado, octubre 13, 2012

EL DISCO Jorge Luis Borges



EL DISCO
Jorge Luis Borges


Soy leñador. El nombre no importa. La choza en que nací y en la que pronto habré
de morir queda al borde del bosque. Del bosque dicen que se alarga hasta el mar que
rodea toda la tierra y por el que andan casas de madera iguales a la mía. No sé; nunca
lo he visto. Tampoco he visto el otro lado del bosque. Mi hermano mayor, cuando
éramos chicos, me hizo jurar que entre los dos talaríamos todo el bosque hasta que no
quedara un solo árbol. Mi hermano ha muerto y ahora es otra cosa la que busco y
seguiré buscando. Hacia el poniente corre un riacho en el que sé pescar con la mano.
En el bosque hay lobos, pero los lobos no me arredran y mi hacha nunca me fue infiel.
No he llevado la cuenta de mis años. Sé que son muchos. Mis ojos ya no ven. En la
aldea, a la que ya no voy porque me perdería, tengo fama de avaro pero ¿qué puede
haber juntado un leñador del bosque?
Cierro la puerta de mi casa con una piedra para que la nieve no entre. Una tarde oí
pasos trabajosos y luego un golpe. Abrí y entró un desconocido. Era un hombre alto y
viejo, envuelto en una manta raída. Le cruzaba la cara una cicatriz. Los años parecían
haberle dado más autoridad que flaqueza, pero noté que le costaba andar sin el apoyo
del bastón. Cambiamos unas palabras que no recuerdo. Al fin dijo:
- No tengo hogar y duermo donde puedo. He recorrido toda Sajonia.
Esas palabras convenían a su vejez. Mi padre siempre hablaba de Sajonia; ahora
la gente dice Inglaterra.
Yo tenía pan y pescado. No hablamos durante la comida. Empezó a llover. Con
unos cueros le armé una yacija en el suelo de tierra, donde murió mi hermano. Al llegar
la noche dormimos.
Clareaba el día cuando salimos de la casa. La lluvia había cesado y la tierra estaba
cubierta de nieve nueva. Se le cayó el bastón y me ordenó que lo levantara.
- ¿Por qué he de obedecerte? - le dije.
- Porque soy un rey - contestó.
Lo creí loco. Recogí el bastón y se lo di.
Habló con una voz distinta.
- Soy rey de los Secgens. Muchas veces los llevé a la victoria en la dura batalla,
pero en la hora del destino perdí mi reino. Mi nombre es Isern y soy de la estirpe de
Odín.
- Yo no venero a Odín - le contesté -. Yo venero a Cristo.
Como si no me oyera continuó:
- Ando por los caminos del destierro pero aún soy el rey porque tengo el disco.
¿Quieres verlo?
Abrió la palma de la mano que era huesuda. No había nada en la mano. Estaba
vacía. Fue sólo entonces que advertí que siempre la había tenido cerrada.
Dijo, mirándome con fijeza:
- Puedes tocarlo.
Ya con algún recelo puse la punta de los dedos sobre la palma. Sentí una cosa fría
y vi un brillo. La mano se cerró bruscamente. No dije nada. El otro continuó con
paciencia como si hablara con un niño:
- Es el disco de Odín. Tiene un solo lado. En la tierra no hay otra cosa que tenga un
solo lado. Mientras esté en mi mano seré el rey.
- ¿Es de oro? - le dije.
- No sé. Es el disco de Odín y tiene un solo lado.
Entonces yo sentí la codicia de poseer el disco. Si fuera mío, lo podría vender por
una barra de oro y sería un rey.
Le dije al vagabundo que aún odio:
- En la choza tengo escondido un cofre de monedas. Son de oro y brillan como el
hacha. Si me das el disco de Odín, yo te doy el cofre.
Dijo tercamente:
- No quiero.
- Entonces - dije - puedes proseguir tu camino.
Me dio la espalda. Un hachazo en la nuca bastó y sobró para que vacilara y cayera,
pero al caer abrió la mano y en el aire vi el brillo. Marqué bien el lugar con el hacha y
arrastré el muerto hasta el arroyo que estaba muy crecido. Ahí lo tiré.
Al volver a mi casa busqué el disco. No lo encontré. Hace años que sigo buscando.
FIN

miércoles, octubre 03, 2012

LAS PERVERSAS CRIATURAS DE SERGIO LAIGNELET


LAS PERVERSAS CRIATURAS DE SERGIO LAIGNELET
(Jorge Ariel Madrazo, Buenos Aires, enero de 2010)

“Caperucita / con falda corta / en los ojos del lobo…” Caramba, ¿qué versión es ésta del celebérrimo cuento de Perrault, luego popularizado por los hermanos Jacob y Wilhelm Grimm? Ya al moralizante Perrault se le había ido la mano: el lobo devoraba a la niña, por el solo hecho de que ésta “desafió la prohibición de hablar con desconocidos”. Pero esta nueva vuelta de tuerca de Sergio Laignelet, ¿no es en su regodeo erótico mucho más audaz aún?
Y a qué mentir: casi me sonrojo ante ese Gato con Botas pasado también por el tamiz laigneletano, que enarbolando su látigo ejerce el sadomasoquismo con el pobre Marqués de Carabás, postrado a sus plantas. Por no hablar de lo ocurrido a los Tres Cerditos a manos del Lobo, en cierto motel de cuyo nombre ni quiero acordarme…
Estos textos insolentemente deliciosos de Laignelet me evocaron por su talentoso desparpajo los cantitos no menos perversos de Edward Gorey, quien en su Alfabeto macabro −pero no sólo allí− pergeñó fabulitas y dibujos maravillosos que se engolosinaban con los destinos trágicos de veintiséis criaturas, cuyos nombres comenzaban con cada una de las letras del alfabeto inglés.
Todos aquellos que disfruten con estos toques de espléndido sadismo recordarán asimismo los cuentos de Saki (Héctor Hugh Munro), empeñados en hilvanar situaciones cuyo absurdo lindaba con la paradoja y el horror más refinados.
Y bien: tan refrescante maná de un placer sibarítico-literario, que como se dijo había arañado ya un clímax nada apto para niños en algunos de los cuentos de los hermanos Grimm, volvió a perfumar mis sentidos cuando abordé la lectura, deparadora de un goce ligeramente “maldito”, de estos poemas brotados de la pluma, y del alma irreverente, de Sergio Laignelet. Que son hasta cierto punto un ejercicio de inquietante nonsense, pero sobre todo una muy creativa demostración de maestría para “traicionar” y al mismo tiempo, rendir conmovedor homenaje, a las consejas y cuentos tan inocentes como escandalosos que jalonaron nuestra niñez.
Adelante, pues, los audaces, y a no asustarse ni con ese Barba Azul que duerme impertérrito junto a quien fue su esposa, ni con la Sirenita degollada y descamada, nada menos, por el inescrupuloso Capitán. El placer y el goce aguardan a quienes osen recorrer estas páginas. Al principio y al final de ellas aguarda un poeta que aun en textos tan breves y concentrados logra −como ocurre con los buenos licores−arribar a la quinta esencia de la palabra justa y de ese toque de magia sin el cual ni la vida, ni la literatura, merecerían existir.







POEMAS DE SERGIO LAIGNELET

EL GATO CON BOTAS

El gato se deja de cuentos
y empuña el látigo

suenan cintarazos

acto seguido
el Marqués de Carabás
sin chistar
relame el cuero de sus botas


CENICIENTA

Cenicienta baila
con el príncipe heredero

el príncipe le susurra al oído
y le echa un cuento

a continuación
una por una
caen del techo
las prendas que viste Cenicienta

finalmente cae un zapato


CAPERUCITA ROJA

Caperucita
con falda corta
en los ojos del lobo

el lobo
con destreza
maniobra su ganzúa
mientras
ruedan manzanas desde la canasta

días después
vuelven al bosque para mantener el cuento


LOS TRES CERDITOS

Los tres cerditos
caminan rumbo a sus casas
vestidos con pantalón corto

luego
atados sobre la cama de un motel
con los pantaloncitos rodeándoles los tobillos
echan a llorar

mientras tanto
exhausto y sin aire duerme el lobo


HANSEL Y GRETEL

Solos
en el bosque
hallan la casa de chocolate

Gretel se embadurna toda
Hansel
no le quita la mirada de encima

y en silencio
se muerde la lengua



LA SIRENITA

Enfiestado
el capitán acaricia a Sirenita
pero su cuerpo lo desconcierta

de modo que
la levanta por la cola
y le corta la cabeza

y
con el mismo cuchillo
la desescama bajo el sol



BLANCANIEVES

Blancanieves y los siete enanitos
van camino del hospital

en maternidad
la princesa alumbra

en tanto
burlado el príncipe
envenena gaseosas de manzana


EL PATITO FEO

El pequeño pato inclina la cabeza
sobre la superficie del lago
y se contempla

un eco de risotadas apresa su mente

palidece
temblequea

cuenta hasta tres
y se zambulle hasta el fondo
con una piedra atada a su cuerpo



LA BELLA DURMIENTE

En el bosque
cubierta de hojas
yace la Bella Durmiente

el héroe le da un beso
lo repite
y lo apura con la punta de la lengua

al tiempo que
para la jovenzuela
empieza otro sueño















EL FLAUTISTA DE HAMELÍN

Engatusado
sin conseguir recompensa
el flautista abandona Hamelín

lejos
con el estómago en los pies
mira de reojo por si alguien lo espía

entonces
toma una rata por la cola
le vacía cuidadosamente las entrañas
e ipso facto
se sacia con ella


BARBA AZUL

Barba Azul se acuesta junto a su esposa

le besa el cuello
el mentón
la boca

rodea con sus brazos el cadáver
y reanuda la fiesta nocturna