PARA PODER LLEGAR A ENTENDER MUCHAS DE LAS COSAS QUE AHY AQUI, HAY QUE MIRARLAS CON LOS OJOS DEL "CORAZON".

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miércoles, abril 27, 2011

El tesoro oculto de los Templarios

El tesoro oculto de los Templarios



Oro, piedras preciosas, libros, documentos, reliquias... ¿quizás objetos sagrados del Templo de Salomón? No sabemos a ciencia cierta qué componía el tesoro templario, por que la orden se encargó de esconderlo tan bien que nunca más se supo de él. Sí sabemos que su riqueza no era sólo material y que sus claves podrían estar ocultas en jeroglíficos de piedra, en sus construcciones, con mensajes iniciáticos. Sepamos cuál era la verdadera riqueza de los templarios y cómo y para qué la consiguieron.
El Tesoro Oculto de los Templarios (Ed. Martinez Roca, 2001) nos ofrece una visión muy particular de la experiencia de Moisés en el Sinaí, de la llamada Arca de la Alianza y, también del Grial. Una tradición oral que haría a los templarios poseedores de las Tablas de la Ley y recuerda el retorno de los primeros templarios a Occidente en 1128. No es que renunciaran a la misión sino que, seguramente, volvieron para la consecución de la misma. En este sentido convienen tener presente el preliminar de la regla que, por aquel entonces, les dio San Bernardo: "La obra se ha llevado a cabo con la ayuda de Nos. Y los caballeros han sido convocados de la Marca de Francia y de Borgoña, es decir, en Champagne, allí donde pueden tomarse todo tipo de precauciones contra la inherencia de los poderes públicos o eclesiásticos; allí donde, en esta época, se puede asegurar del mejor modo posible un secreto, una custodia, un escondite."
Según Josep Guijarro los conocimientos aplicados a las grandes catedrales góticas dimanan de esta fuente iluminadores que se relaciona con el Grial. Para el autor de este libro, Guijarro, el Grial es una piedra de origen meteórico sobre la que Moisés escribió la esencia del conocimiento primordial, pero es, también, un símbolo para esconder una línea dinástica de reyes que entroncaría con el mismísimo Jesús de Nazaret.
Al amanecer del 13 de octubre de 1307, las tropas del rey Felipe el Hermoso irrumpieron al unísono en todas las encomiendas templarias de Francia. A pesar de estar acostumbrado a combatir, el ejército templario no opuso resistencia. Aquel histórico viernes otoñal, las fuerzas del Rey, so pretexto de acabar con los herejes, pretendían apoderarse de todas las posesiones de los monjes guerreros y, en particular, de sus pretendidas riquezas. Una ingente cantidad de oro y piedras preciosas que poco antes había contemplado en la sede del Temple en París, el rey Felipe IV y que codiciaba en sobremanera.
Tras tres años de duros pleitos con los reyes de Francia, Inglaterra, Alemania, Italia y los reinos de España, el "tesoro" debía ser repartido a partes iguales entre los monarcas cristianos y la Orden del Hospital de San Juan. Las fracciones de los tesoros templarios debían ser distribuidas en función de las cantidades de obraban en poder de recaudadores, síndicos, contables y tesoreros reales, así como de los banqueros lombardos y judíos. Sin embargo nunca se halló una sola moneda. O la célebre orden vivía inmersa en la pobreza o los templarios habían sido lo suficientemente listos como para hacer desaparecer 1.500 cofres de oro, plata y piedras preciosas. ¿Dónde estaba el tesoro?
Los soldados del Rey no hallaron nada ni en París ni en ninguna otra posesión de la orden. Aquella frustrada incursión daría origen, además, a uno de los procesos inquisitoriales más vergonzosos de la Historia, que concluyó en primera instancia con la "suspensión temporal" de la poderosa orden de monjes guerreros y culminó con la muerte del último Gran maestre de los Templarios Jacques de Molay, en marzo de 1314, frente a la catedral de Notre Dame. Ni las torturas ni las humillaciones sirvieron, sin embargo, para conocer el paradero del oro de los templarios...¿Pudieron los templarios poner a salvo sus riquezas materiales así como las importantes reliquias, libros y conocimientos adquiridos durante sus cerca de dos siglos de existencia? Es muy posible que así fuera. De hecho no tenemos noticias de que los oficiales del rey de Francia se apoderaran del oro y la plata y en el remoto caso de que hubiera sido así ¿por qué apoderarse de los documentos? Los Hospitalarios heredaron las encomiendas de la orden rival y, que se sepa, en ninguna fue hallado escondite alguno que guardara el botín. Lo más lógico, entonces, es que los templarios pusieran a buen recaudo sus bienes dinerarios y, sobre todo, sus documentos "secretos".
Un ataque sin sorpresas
La clave está en que la incursión de las tropas del rey en las encomiendas templarias era del conocimiento de los dignatarios del Temple. Sabemos que poco antes de las detenciones, el gran Maestre, Jaques de Molay, hizo quemar muchos de los libros y las reglas de la orden. Los templarios enviaron a sus preceptorías de Francia una nota en la que subrayaban que no facilitaran información alguna sobre sus costumbres y rituales. A un caballero que se retiró de la orden en aquel momento el tesorero de la misma le dijo que su decisión era extraordinariamente "sabia", toda vez que era inminente una catástrofe. ¿Intuían una acción de Felipe el Hermoso?
"La nota oficial -destaca Josep Guijarro en El Tesoro Oculto de los templarios- hacía hincapié en el hecho de no proporcionar información relativa a las prácticas iniciáticas de la orden". No era para menos. Felipe IV tejió en torno a las mismas la mayoría de acusaciones. Fueron culpados de negar los dogmas de la fe cristiana, de escupir u orinar sobre la cruz durante sus rituales secretos de iniciación, de ungirse con la sangre o el sebo de los niños sin bautizar, de cometer actos de sodomía e incluso de venerar al diablo mediante un cráneo o cabeza llamado Baphomet.
Los inquisidores se empecinaron en materializar el Baphomet en una suerte de ídolo andrógino, cornudo y barbudo que evoca la figura del diablo, como la representación que vemos en el frontispicio de la iglesia de Saint Merry en el barrio templario de París, que constituye además un compendio de símbolos alquímicos. Pretendían así acusar a los templarios de idolatría al maligno y tacharlos de herejes.
Según Guijarro tanto el Baphomet como el ritual secreto al que estaba asociado se relacionan con el Grial, un "objeto" sagrado del que tenemos referencias a través de leyendas medievales y que experimentó coincidiendo con la Orden del Temple. Más allá de 1314 estos relatos sobre la reliquia desaparecieron ¿es casualidad? El Tesoro Oculto de los Templarios postula que las historias sobre el Grial fueron inspiradas por la famosa orden y que en sus páginas se esconden numerosos símbolos y datos frente a los que un iniciado podría localizar la esencia de esa reliquia: uno conocimiento trascendente.
Una misión secreta
Y es que al margen del tesoro material del temple hay otro simbólico y poderoso asociado a sus años de permanencia en el Templo de Salomón. En efecto, la orden monástico-militar nacía en 1118 cuando nueve caballeros liderados por
Huges de Payns se presentaron ante el rey de Jerusalén, Balduino II, para ofrecerle la defensa de los santos lugares a cambio de poder instalar su residencia en los terrenos que antiguamente, ocupaba el Templo de los Judíos. ¿Cómo podían nueve hombres acometer la protección de cientos, sino miles de peregrinos que recorrían tierra Santa? ¿Se escondía algún otro propósito tras la fundación de la orden?
Así lo piensa el erudito
Michel Lamy al comprobar que estos nueve Pobres Caballeros de Cristo permanecieron encerrados en el antiguo templo por un período de nueve años dedicados a la oración y la meditación.
Durante ese misterioso período no defendieron, que se sepa, ni una sola vez a ningún viajero ni tampoco se enfrentaron a los infieles. ¿A qué venía, entonces, la implantación de la nueva orden? ¿tenía que ver con la devoción mostrada por el Templo de Salomón? ¿Qué buscaban allí los templarios con tanto Ahínco? El Tesoro Oculto de los Templarios sostiene que el propósito real de la orden monástico militar era la búsqueda de los tesoros del Templo de Salomón y, en concreto, de la mítica Arca de la Alianza, una suerte de talismán para las huestes cristianas que pretendía ser utilizado para vencer a los infieles pero también, como acceso al Conocimiento, en mayúsculas. En su revelador ensayo, Josep Guijarro sostiene que la importancia de la misión no radicaba en la localización del Arca misma sino en su contenido, especialmente en lo tocante a las tablas de la Ley.
Acceso al conocimiento Sagrado
Guijarro asegura que "
las tablas eran importantes para los templarios porque contenían algo más que los Mandamientos. Inscritos en ellas estabas las tablas del Testimonio, la ecuación cósmica: la ley divina del número, medida y peso que el sistema críptico de la cábala permitía descifrar". Y desde luego tuvieron que enfrentarse al problema de descifrarlo porque, como ilustraban Gérard y Sopie de Sède, los templarios mantuvieron contacto en Oriente con los Bâtini d'Alamût y, en Egipto, visitaron la famosa Casa de las ciencias del Cairo.
La que los israelitas y también los musulmanes habían reunido los libros y los instrumentos que resumían todos los conocimientos de la época. Debieron de conseguirlo, por que a partir de 1130 la Orden del Temple comenzó a levantar el vuelo e inició por cuenta propia sus primeras incursiones en el campo arquitectónico con la aplicación de la llamada ecuación universal. "Gracias a las tablas del testimonio -asegura el investigador catalán- los constructores del Temple pudieron aplicar la ley cósmica y la geometría sagrada a la edificación de los monumentos religiosos más hermosos que el mundo cristiano haya conocido." Pero hay más.
Guijarro sostiene que el Temple era la cabeza visible de un plan secreto urdido años antes de su fundación por las familias nobles de Champagne, en Francia, junto con el reformador del Cister, Bernardo de Claraval, para transformar la sociedad y propiciar en anunciado segundo advenimiento de Cristo. Siguiendo la pista a las investigaciones iniciadas hace quince años por los autores de El Enigma Sagrado, Guijarro analizará en las páginas de su libro la intervención del llamado Priorato de Sión, una organización secreta contemporánea a la primera Cruzada pero de la que duda haya podido sobrevivir hasta nuestros días.
El Priorato de Sión, tuvo, en cualquiera caso, una importancia capital en los primero años de la Orden del Temple. La "Sociedad" cortó su conexión tras lo que se conoce como la "traición" de su Gran Maestre Gerard de Ridefort, que, en 1188, arrastró a los templarios a la batalla de Horns de Hattin, que supuso, a la postre, la pérdida de Jerusalén. El análisis de la influencia del Priorato de Sión en la Orden del Temple conducirá al investigador catalán a establecer un nexo de unión entre el misterio de los templarios, la aldea de Rennes-le-Château y el castillo de Gisors, donde pudo ser escondido temporalmente el tesoro de la orden.
Y es que según la hipótesis defendida en este libro, los monjes-guerreros pretendían transportar el tesoro hasta Escocia pero, por alguna razón, nunca llegó su totalidad hasta allí. Los templarios, forzados por la persecución inquisitorial, debieron de esconder el tesoro en algún lugar y asegurarse que el secreto para encontrarlo pudiera ser transmitido, pero sólo para los ojos de los iniciados, los únicos capaces de descifrarlo. Éste puede ser, por ejemplo, el objeto del llamado graffiti de Chinon y otros hallados en la Torre del Prisionero de Gisorso, incluso en España, en la ermita de San Bartolomé.
El graffiti del castillo de Chinon, en las inmediaciones de Tours, se halla en una pared de la torre de Coudray donde fueron encarcelados algunos altos dignatarios de la orden de la cruz paté durante la constitución de las comisiones pontificias de investigación. Los templarios grabaron en los muros que les privaban de libertad unos símbolos de particular calidad. Se trataba claramente de dibujos iniciáticos, una suerte de jeroglífico para que el poseedor de la clave pueda interpretarlos. Entonces un "error" en el símbolo puede tener un significado especia para el criptógrafo.
Este sistema de los "errores" calculados protagoniza una fascinante historia de misterios y tesoros- también relacionada con el Temple- que nos remite a la aldea de Rennes-le-Château,e el Razés. Su párroco se tomó la molestia de decorar el interior de la iglesia con imágenes del via crucis que contienen sibilinas instrucciones... Los templarios, seguramente, ocultaron su botín material y también el más simbólico y poderoso bajo un acompleja tela de jeroglíficos dispersos en sus construcciones que todavía hoy nadie ha descifrado. ¿Y dónde? Sé preguntará el lector.
Cuando el rey de Portugal recibió la bula papal, la demoró lo necesario para que los caballeros de Tomar se refugiasen en el extranjero. De acuerdo con sus homónimos de Castilla y Aragón, el rey luso, Don Dinis, un ferviente seguidor del espíritu templario, consiguió en 1310 la inocencia de la orden del llamado Concilio de Salamanca. Esto dio lugar a una nueva bula papal promulgada dos años más tarde en la que confiaba a los soberanos peninsulares la posesión de los bienes del Temple. Algunos años después se creaba la Orden de los Caballeros de cristo en Portugal, que administró todos los bienes de los monjes guerreros. Y, seguramente, gracias a este monarca y al infante Enrique, fundador de la Escuela de Sagres, dedicada a las técnicas y descubrimientos náuticos, podemos deducir una hipótesis de trabajo tan perspicaz como heterodoxa:¿Consiguieron los templarios cruzar el atlántico? En el caso afirmativo podríamos especular con la idea de que los templarios escondieran allí sus riquezas tanto materiales como simbólicas.
Uno de los indicios más fascinantes de la incursión templaria en tierras americanas nace de una leyenda familiar en escocia. El conde Henry Saint Clair partió en 1338 hacia América con 300 colonos y doce embarcaciones. Su travesía condujo a la expedición hasta la costa noroeste de los Estados Unidos, concretamente donde hoy radica Massachussets. Allí pasaron la primavera de 1399 para, después, regresas algunos de ellos a su lugar de origen.
Un descendiente de este nombre, Niven Sinclair, inició en 1989 una profunda investigación encaminada a demostrar la realidad de esta leyenda familiar. Las pistas le condujeron a una vieja posesión: la capilla de Rosslyn, ubicada en un promontorio al sur de Edimburgo. En una losa de esta capilla construida en 1446 los miembros del clan Sinclair descubrieron la vinculación de sus antepasados con los templarios y comprobaron como, tras la disolución de la orden, un nutrido gripo de caballeros se refugió en las propiedades escocesas de los Sinclair. Según la tradición familiar, los templarios llevaron consigo parte de sus documentos y riquezas a la capilla de Rosslyn, entre ellos el mítico Santo grial, que quedaría oculto en la construcción.
Lo verdaderamente importante es que según pudo demostrar Niven, su familia gastó, desde entonces, gran cantidad de dinero y riquezas que , al parecer, procedían de América. Éste fe su gran secreto. Un secreto que ha quedado reflejado en un antiquísimo sello, datado en 1214, en el que puede leerse Secretum Templi al tiempo que muestra a un ¿indio? con plumas. Y no es el único. En el corazón de Francia, concretamente en el tímpano del atrio de Vézelay, fechado alrededor de 1150, se halla representado otro "indio". Éste tiene grandes pabellones auditivos, como muchos indígenas americanos. ¿estuvieron los monjes-guerreros, entonces, en América antes que Colón?
Las crónicas aseguran que los soldados de Hernán Cortes no salían de su asombro al comprobar que los aztecas tenían ritos tan parecidos a los católicos y sacramentos como la comunión y la confesión. Otras ceremonias y costumbres parecían procedes directamente de la tradición hebrea y así se confirmaría no tardando mucho con las pruebas abundantes e irrefutables de las expediciones judías a América. Pero eso será objeto de otro artículo...quien sabe cuando.

domingo, abril 24, 2011

Treinta mil dioses (y algunos más) -- AEROPAGO

EL AEROPAGO, ERA UN EDIFICIO SOLO PARA LOS DIOSES, VIENDO LA CANTIDAD QUE TENIAN, TREINTA MIL Y PICO, DEBERIA SER IMPRESIONANTE, HASTA PABLO EN LA BIBLIA HABLA DE EL, DICE QUE ENTRE TANTOS DIOSES, HAY UN SITIO VACIO, SOLO HAY UN SILLAR O TRONO PARA PONER UN NUEVO DIOS, Y REZA UNA INSCRIPCCION: AL DIOS "DESCONOCIDO", NO FUERA QUE DESPUES DE HABER RECOJIDO TODOS LOS DIOSES DE LOS PAISES QUE PASARON A SER PARTE DE ROMA, NO FUERA A SER QUE SE LES HUBIERA PASADO ALGUNO, Y CAYERA SU FURIA CONTRA EL IMPERIO ROMANO.




Treinta mil dioses (y algunos más)

Las religiones monoteístas suelen profesar la creencia en un dios absoluto, severo y remoto que se sitúa por encima del mundo y castiga o premia a los hombres con arreglo al exigente código moral que les ha impuesto.
Para comprender las ideas religiosas del ciudadano romano es menester que hagamos el esfuerzo de instalarnos en su mentalidad politeísta. Los muchos dioses del romano eran, también, poderosos e inmortales, pero al propio tiempo estaban sujetos a humanas debilidades y a corporales urgencias.
Como participaban de la debilidad del hombre, no le imponían código moral alguno. Sus relaciones con el devoto eran meramente funcionales: toma y daca. Cúrame y te ofreceré un sacrificio. Si la divinidad permanece sorda a nuestras súplicas será porque el sacrificio ha sido insuficiente o defectuoso. Hay que cansarlos, insistir hasta que se consigue su auxilio ("fatigare deos").
La historia sagrada que los niños romanos aprendían de labios de sus nodrizas o en la escuela establecía que en un principio sólo existieron el cielo (Urano) y la tierra. De su unión nacieron los doce titanes, dos de los cuales, Saturno y Cibeles, engendraron a la primera generación de dioses, a saber: Júpiter, el todopoderoso dios del cielo; Juno, su esposa, diosa del cielo y del matrimonio; Ceres, la tierra fecunda; Vesta, diosa del hogar; Neptuno, que reina sobre el mar, y Plutón, señor del reino de los muertos. Además, la generosa virilidad de Saturno tuvo una polución sobre el mar y de ella nació Venus, la diosa del amor y de la belleza. A estos dioses se sumaban los de la segunda generación, nacidos unos de la unión de Júpiter con Juno y otros de las múltiples aventuras adulterinas en las que el fogoso Júpiter se complacía: Marte, dios de la guerra; Vulcano, dios del fuego; Minerva, la inteligencia; Apolo, el sol y las artes; Diana, la luna, la castidad y la caza; Baco, el vino y el frenesí, y Mercurio, el comercio y la elocuencia.
Pero el brillo de estos doce dioses mayores, casi todos heredados de los griegos junto con su rica mitología, no lograba eclipsar el fascinante firmamento de dioses menores que tutelaba cada mínima parcela de la vida del romano. Varrón llegó a contar treinta mil dioses, pero seguramente no agotó la lista, que por otra parte se ampliaba continuamente con la adopción de las exóticas divinidades de los pueblos conquistados. Naturalmente, ningún romano recordaba los nombres y atributos de todos.
A los dioses principales se consagraban templos magníficos en los que se adoraban sus veneradas imágenes.
El sencillo pueblo las distinguía por sus atributos simbólicos, como nosotros hacemos con nuestros santos (alguno de los cuales, por cierto, no es sino el correspondiente dios pagano cristianizado).
A la abultada nómina de estos dioses hay que añadir algunos otros llegados de Oriente que, en la época de los césares, atraerán cada vez más a la plebe romana con sus ritos secretos e iniciáticos (mistéricos). Nos referimos a Isis, Serapis y Attis, a los que cabe añadir el más autóctono Baco (cuyas fiestas, las bacanales, eran motivo de escándalo para los severos partidarios de las antiguas costumbres). Augusto intentó, infructuosamente, limitar la difusión de estos cultos orientales. No obstante, a partir del siglo Ii todos ellos serían barridos por el culto de Mitra, de origen persa, al que muy pronto el cristianismo, otra religión oriental, de origen judío, haría la competencia. En el siglo IV, el cristianismo, que había asimilado una serie de mitos y creencias mitraicas, solares y mistéricas, fue casi universalmente aceptado.
Al margen de las divinidades públicas que hemos enumerado, cada familia de clase acomodada rendía culto a otras divinidades privadas, los lares familiares (Vesta, Lares y Penates), que vienen a ser los espíritus protectores del hogar. Este culto privado tiene su sacerdote en el "paterfamilias" y sus imágenes y altar en el "Lararium", la hornacina sagrada que ocupa la parte más noble del "atrium" doméstico. También recibían culto privado los "manes" o ánimas de los difuntos familiares, cuyas sacralizadas máscaras de cera se exhibían en los entierros y en otras ceremonias familiares. Existían, además, maléficas ánimas en pena, los "lemures" y "larvas", a los que había que apaciguar mediante sencillas ofrendas.
Entre los romanos, el sacerdocio era un cargo público como otro cualquiera, para el que solían designarse funcionarios de orden senatorial de probada experiencia. En la cúspide del escalafón estaba el sumo pontífice ("pontifex maximus"), por lo general el propio emperador, que era el jefe de la religión nacional, nombrado por el cónclave de los dieciséis pontífices. A él corresponde nombrar y controlar a los sacerdotes públicos, particularmente a los flaminios y a las vestales. Los flaminios eran quince y estaban consagrados al culto de Júpiter, Marte, Quirino y los otros dioses mayores. Las vestales eran siete religiosas escogidas entre las muchachas de las mejores familias.
Hacían voto de castidad y de pobreza y habitaban en un convento de clausura ("atrium vestae"), donde tenían a su cuidado el fuego sagrado. El castigo por la pérdida de la virginidad de una vestal consistía en enterrarla viva.
Existían también los doce sacerdotes salios, consagrados a Marte, al que celebraban en la fiesta del patrón con una danza guerrera, y los decemviros, que eran los intérpretes autorizados de los Libros Sibilinos, colección de ambiguas profecías que el rey Tarquino compró a la sibila de Cumas siglos atrás. Cuando ocurrían milagros ("prodigia") la autoridad ordenaba consultar solemnemente estos textos y de ellos se deducía la conducta a seguir por el gobierno. Quedan todavía otras categorías sacerdotales importantes, dedicadas a la predicción del porvenir: dieciséis augures y hasta setenta arúspices. Estos últimos basan sus predicciones en el examen del hígado de animales sacrificados. El romano está persuadido de que los dioses comunican a los hombres sus deseos sirviéndose de fenómenos naturales tales como truenos, relámpagos, ataques de epilepsia, sueños y formas de volar de distintas aves. A este efecto son de buen agüero el águila, la garza real y la corneja; de mal agüero, el búho y la golondrina.
Los encargados de interpretar tales signos son los augures. Antes de proceder a cualquier empresa importante, pública o privada, es aconsejable consultar al augur. El augur se coloca mirando al sur y espera a que la manifestación de lo numinoso se produzca.
Lo que ocurre a su izquierda es, en términos generales, negativo (izquierda es "sinister", lo siniestro). No obstante, para las más importantes consultas oficiales, particularmente en tiempo de guerra, resultaba más científico y seguro recurrir a los pollos sagrados, mantenidos en una gran jaula dorada, al cuidado del templo. Si comían de buena gana era excelente señal, pero si se mostraban inapetentes, la señal era funesta, se avecinaban malos tiempos.
Para estimular a las divinidades a que nos favorezcan se les reza, se les encienden lámparas y se les ofrecen los sacrificios que más les agradan, según un ritual rígidamente establecido: a Júpiter, bueyes blancos; a Ceres, cerdos o tortas de harina; a Venus, palomas; a Diana, ciervos.
Los pobres se contentan con animales pequeños, tortas votivas, figuritas exvotos o un poco de vino. En ocasiones especiales se ofrece una "suovetaurilia" o triple sacrificio de cerdo, oveja y buey; o incluso una "hecatombe" en la que se inmolan cien bueyes. Y, sólo para situaciones extremadamente angustiosas, de peligro nacional, como cuando Roma se sintió amenazada por Aníbal, se vota una primavera sagrada que entraña la inmolación ritual de todo lo nacido durante la primavera, sea hombre o animal.
Al paganismo romano, lo mismo que al cristianismo que lo suplantó, no le repugnaba la idea de que un hombre nacido de mujer pudiera recibir honores divinos. Un notable precedente lo justificaba: el faraón del antiguo Egipto recibía culto como dios vivo y se consideraba ahijado de los dioses y manifestación visible de la divinidad.
Los césares romanos adoptaron la misma idea y elevaron a la categoría de dios al emperador Augusto ("divus Augustus") como hijo de la diosa Roma. Sus sucesores también fueron divinizados, algunos de ellos en vida.
Serían "dominus et deus" y cambiarían el título de Imperator Cesar por el de "Dominus Noster". La creciente importancia del culto al emperador, cada vez más asimilado al del Sol, fue arrinconando al politeísmo y, eficazmente secundado por la nueva moral que imponía la filosofía estoica, preparó el camino del monoteísmo cristiano.


Magia y superstición


Como todos los pueblos antiguos, los romanos son muy supersticiosos.
Cuando estalla una tormenta sudan y se angustian, permanecen inmóviles en sus casas, acurrucados y con la cabeza cubierta por un trozo de tela. A cada relámpago que perciben silban para conjurar los desatados espíritus. Si se produce un eclipse, la ya de por sí ruidosa Roma se conmueve con el fragor de las cacerolas. Todo el que posee objetos de cobre los hace entrechocar para alejar de su casa la mala suerte. Los pobres se sienten más pobres que nunca puesto que sus cacharros de barro no consienten tan ruidosas instrumentaciones.
Miles de supersticiosas limitaciones presiden la vida diaria del romano. Nadie se corta las uñas si es día de mercado o cuando viaja por mar. Si están comiendo y una tajada cae al suelo, la recogen y la comen sin limpiarla.
El romano siente auténtico pavor por el mal de ojo. Para conjurarlo no se cansa de hacer la higa ("digitus infamis") o recurre al falo, que es símbolo de saludable vida. Por todas partes encontramos representaciones del pene en erección: en medallas que se llevan al cuello, en colgantes, adornos, muebles, lámparas, cuadros.
Incluso la flecha que señala una dirección en la encrucijada de caminos puede adoptar la forma de un pene.
Las inscripciones conjuradoras se leen por doquier: "rumpere inviedax" "revienta envidia" o "arseverse", en la puerta de la casa, para preservarla del fuego. Igualmente abundantes son las maldiciones. Por ejemplo, esta tan curiosa que encontramos en los vestuarios de los baños públicos:
Si te llevas mi toalla que se te haga agua el cuerpo y la vayas dejando atrás como rastro apestoso por donde andes, ladrón.
Cae uno enfermo y lo primero que piensan es que algún enemigo lo ha hechizado. Antes de llamar al médico recurren a la magia: queman azufre en torno al enfermo (probablemente agravando su mal si inhala los vapores), lo espolvorean con harina bendita, salmodian secretas fórmulas mágicas a Hécate, la diosa hechicera, cuyos dominios son la fiebre y la epilepsia...
Los romanos creen en los fantasmas, en las casas encantadas, en los vampiros devoradores de difuntos, en los hombres lobos ("versipellis") y en las brujas que vuelan por los aires. En Horacio encontramos los nombres de tres de ellas: Canidia, Sagana y Veya. En cuestiones de hechicería, hasta los descreídos Propercio y Ovidio, que hacen profesión de despreciarla, se nos muestran sospechosamente bien informados sobre sus procedimientos. Se supone que las brujas obtienen sus filtros mágicos a partir de poco comunes ingredientes: huesos de difuntos, hierbas del cementerio, huevos de serpiente, vísceras de sapo, etc. Sus drogas tienen el poder de embotar los sentidos. Tibulo avisa a su amada Delia de que esta noche podrán dormir juntos sin temor ni sobresalto, pues el marido de ella no podrá sorprenderlos: con ayuda de una hechicera le ha ofuscado los sentidos. Casi nos alivia saber que la dulce Delia perpetrará su desliz conyugal sin recurrir al más drástico e igualmente efectivo procedimiento mágico que otras romanas infieles usaban para burlar la vigilancia de sus maridos. Daremos la fórmula en beneficio del curioso lector: se toma una corneja, se rezan sobre ella ciertos conjuros y a continuación, con unas tijeras, se le extraen los ojos ("configere oculos"). De este modo el marido no se percatará de que su esposa recibe a un amante en el lecho. Es magia simpática, sin duda más terrible para las cornejas que para los maridos.
Los procedimientos mágicos son infinitos. El campesino envidioso de su vecino puede recurrir al "rapto de la cosecha" por medio de un mal "carmen" o cántico, sortilegio recitado de origen sabino, que tiene la virtud de captar la energía de la parcela del vecino y concentrarla en la propia.
Si el encantamiento funciona, el codicioso labriego se verá doblemente recompensado: obtendrá una excelente cosecha y su odiado vecino no recuperará en la suya ni la simiente que sembró.
La magia negra puso de moda, en la Roma imperial, la defixión, un antiguo procedimiento mágico consistente en consagrar a una divinidad infernal la persona que se quería perjudicar.
En una tablilla de plomo o de cera se inscribían los datos del hechizado seguidos de ciertas fórmulas mágicas y de una ristra de imprecaciones. Un ejemplo: "¡Introducidle terribles fiebres en todos sus miembros!
¡Matadlo, oh dioses infernales, en el alma y el corazón! ¡Destruidlo, trituradle los huesos! ¡Estranguladlo!
¡Retorcedle y torturadle el cuerpo!".
Luego la ilustrada tablilla se atravesaba con un clavo, operación que contribuía a "fijar" la maldición. Si el clavo procedía de un cadalso o de las parihuelas de un muerto, tanto mejor. Finalmente se enterraba en las proximidades de una tumba o se arrojaba al mar, para que el espíritu del muerto o los de los ahogados se encargaran de cumplir el maleficio. No todas las tablillas de defixión intentan perjudicar a una persona. Los móviles pueden ser muy variados: inclinar la voluntad de los jueces en un proceso, recuperar lo robado, hacer que el amante aborrezca a una rival (las romanas eran muy aficionadas a este procedimiento), o, simplemente, prevalecer sobre un adversario político o deportivo.