PARA PODER LLEGAR A ENTENDER MUCHAS DE LAS COSAS QUE AHY AQUI, HAY QUE MIRARLAS CON LOS OJOS DEL "CORAZON".

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domingo, agosto 24, 2008

PROSTITUCION/VIRGINALIDAD -- LA CASA TELLIER -- GUY DE MAUPASSANT

PROSTITUCION/VIRGINALIDAD -- LA CASA TELLIER -- GUY DE MAUPASSANT
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LA CASA TELLIER

I

Se iba allá todas las noches, a eso de las once, como al café, sencillamente.
Se reunían allí seis u ocho, siempre los mismos, no juerguistas, sino hombres honorables, comerciantes, jóvenes de la ciudad, y tomaban un chartreuse bromeando un poco con las chicas, o bien charlaban seriamente con Madame, a quien todo el mundo respetaba.
Después se marchaban a acostarse antes de medianoche. Los jóvenes se quedaban algunas veces.
La casa era familiar, muy pequeña, pintada de amarillo, en la rinconada de una calle detrás de la iglesia de San Esteban; y por las ventanas se divisaba la dársena, llena de navíos que descargaban; la gran salina, llamada «el Embalse», y, detrás, la cuesta de la Virgen, con su vieja capilla gris.
Madame, oriunda de una buena familia campesina del departamento del Eure, había aceptado aquella profesión exactamente igual que si se hubiera hecho modista o costurera. El prejuicio del deshonor ligado con la prostitución, tan violento y vivaz en las ciudades, no existe en la campiña normanda. El campesino dice: «Es un buen oficio», y envía a su hija a regentar un harén de chicas como la enviaría a dirigir un pensionado de señoritas.
La casa, por lo demás, la habían recibido en herencia de un viejo tío que la poseía, Monsieur y Madame, antes posaderos cerca de Yvetot, habían liquidado inmediatamente el negocio, considerando el de Fécamp más ventajoso para ellos; y habían llegado una buena mañana para encargarse de la dirección de la empresa que periclitaba en ausencia de sus dueños.
Eran buenas personas que se hicieron querer enseguida por su personal y por los vecinos.
El hombre murió de una congestión dos años después. Su nueva profesión, al reducirlo a la molicie y la inmovilidad, le hizo engordar mucho, y la salud lo había ahogado.
Madame, desde su viudez, era deseada en vano por todos los parroquianos del establecimiento; pero se la suponía, absolutamente formal, y ni sus propias pupilas habían logrado descubrir nada.
Era alta, metida en carnes, agraciada. Su tez, palidecida en la oscuridad de aquella mansión siempre cerrada, brillaba como bajo un barniz grasiento. Una rala corona de cabellos indómitos, postizos y rizados, rodeaba su frente y le daba un aspecto juvenil que contrastaba con: la madurez de sus formas. Invariablemente alegre y de rostro abierto, bromeaba de buen grado, con un matiz de comedimiento que sus nuevas ocupaciones no habían podido hacerle perder. Las palabrotas le seguían chocando un poco, y cuando un muchacho mal educado llamaba por su nombre al establecimiento que dirigía, se enfadaba, escandalizada. En fin, tenía un alma delicada, y aunque trataba a sus mujeres como amigas, repetía de buen grado que «no todas estaban cortadas por el mismo patrón».
A veces, entre semana, salía en un coche de punto con una fracción de su tropa; e iban a retozar sobre la hierba a orillas del riachuelo que corre en la hondonada de Valmont. Eran entonces como escapatorias de colegialas, con carreras locas, juegos infantiles, toda una alegría de reclusas embriagadas por el aire libre. Comían embutidos sobre el césped, bebían sidra, y regresaban al caer la noche con una fatiga deliciosa, un dulce enternecimiento; y en el coche besaban a Madame como a una bonísima madre, llena de mansedumbre y complacencia.
La casa tenía dos entradas. En la rinconada, una especie de café de mala nota se abría, por la noche, para la gente del pueblo y los marineros. Dos de las personas encargadas del especial comercio del lugar estaban destinadas en particular a las necesidades de esta parte de la clientela. Servían, con ayuda del camarero, llamado Fréderic, un rubito imberbe y fuerte como un toro, los cuartillos de vino y las cervezas sobre las mesas de mármol tambaleantes, y, con los brazos al cuello de los bebedores, sentadas de través sobre sus piernas, inducían a consumir.
Las otras tres damas (no eran sino cinco), constituían una especie de aristocracia, y estaban, reservadas para la compañía del primero, a menos que se las necesitara abajo y que el primero estuviera vacío.
El salón de Júpiter, donde se reunían los burgueses del lugar,.estaba tapizado de papel azul y adornado con un gran dibujo que representaba a Leda tendida bajo un cisne. Se llegaba a aquel sitio por una escalera de caracol que terminaba en una puerta estrecha, humilde en apariencia, que daba a la calle, y sobre la cual brillaba toda la noche, tras un enrejado, un farolillo como los que se encienden aún en ciertas ciudades a los pies de las vírgenes empotradas en los muros.
El edificio, húmedo y viejo, olía ligeramente a moho. A veces una ráfaga de agua de colonia pasaba por los corredores, o bien una puerta entreabierta abajo hacía estallar en toda la casa, como la explosión de un trueno, los gritos populacheros de los hombres, sentados en la planta baja, provocando en los señores del primero una mueca inquieta y asqueada.
Madame, familiar con los clientes amigos, no abandonaba nunca el salón, y se interesaba por los rumores de la ciudad que le llegaban gracias a ellos. Su conversación seria contrastaba mucho con las charlas desordenadas de las tres mujeres; era como un descanso en el gracejo picarón de los barrigudos individuos que se entregaban cada noche al desenfreno honesto y mediocre de tomar una copa de licor en compañía de mujeres públicas.
Las tres damas del primero se llamaban Fernande, .Raphaéle y Rosa la Marraja.
Como el personal era reducido, habían tratado de que cada una de ellas fuese como una muestra, un compendio de un tipo femenino, con el fin de que cualquier consumidor pudiera encontrar allí, más o menos, la realización de su ideal.
Fernande representaba la hermosa rubia, muy grande, casi obesa, fofa, una hija del campo cuyas pecas se negaban a desaparecer, y cuya cabellera de estopa, corta, clara y sin color, semejante a cáñamo peinado, le cubría insuficientemente el cráneo.
Raphaéle, una marsellesa, furcia de puertos de mar, hacía el papel indispensable de la bella judía, flaca, con pómulos salientes embadurnados de rojo. Su pelo negro, abrillantado con médula de buey, formaba caracoles sobre sus sienes. Sus ojos hubieran parecido bonitos de no estar el derecho marcado por una nube. Su nariz arqueada caía sobre una mandíbula acentuada, donde dos dientes nuevos, arriba, desentonaban al lado de los de abajo, que habían adquirido al envejecer un tinte oscuro como las maderas viejas.
Rosa la Marraja, una bolita de carne toda vientre, con piernas minúsculas, cantaba desde la mañana hasta la noche, con voz cascada, coplas alternativamente picarescas y sentimentales; contaba historias interminables e insignificantes, sólo dejaba de hablar para comer, y de comer para hablar; estaba siempre moviéndose, ágil como una ardilla, pese a sus grasas y a la exigüidad de piernas; y su risa, una cascada de, gritos agudos, estallaba sin cesar, por aquí, por allá, en una habitación, en el desván, en el café, en todas partes, por cualquier motivo.
Las dos mujeres de la planta baja, Louise, apodada la Pájara, y Flora, llamada Balancín, porque cojeaba un poco, la una siempre de Libertad, con un cinturón tricolor, la otra de española de fantasía, con cequíes de cobre que bailaban en su pelo zanahoria a cada uno de sus pasos desiguales, tenían pinta de cocineras vestidas para un carnaval. Semejantes a todas las mujeres del pueblo, ni más feas ni más guapas, auténticas criadas de mesón, se las designaba en el puerto con el mote de las dos Bombas.
Una paz celosa, aunque raramente turbada, reinaba entre estas cinco mujeres, gracias a la prudencia conciliadora de Madame y a su inagotable buen humor.
El establecimiento, único en la población, era frecuentado con asiduidad. Madame había sabido imprimirle un aire tan formal, se mostraba tan amable, tan atenta con todo el mundo, su buen corazón era tan conocido, que la rodeaba una especie de consideración. Los parroquianos se metían en gastos por ella, exultaban cuando ella les testimoniaba una amistad más marcada; y cuando se encontraban durante el día para sus asuntos, se decían: «Hasta esta noche, donde usted sabe», como quien dice: «En el café, ¿no?, después de cenar».
En fin, la Casa Tellier era un recurso, y rara vez faltaba alguno a la cita cotidiana.
Ahora bien, una noche, a finales del mes de mayo, el primero en llegar, el señor Poulin, comerciante en maderas y ex alcalde, encontró la puerta cerrada. El farolillo, tras su enrejado, no brillaba; ni el menor ruido salía de la vivienda, que parecía muerta. Llamó, suavemente al principio, con más fuerza a continuación; nadie respondió. Entonces subió por la calle a pasitos cortos, y cuando llegó a la plaza del Mercado, se encontró con el señor Duvert, el armador, que se dirigía al mismo lugar. Regresaron juntos, sin mayor éxito. Pero un gran estruendo estalló de pronto muy cerca de ellos, y dando la vuelta a la casa distinguieron un grupo de marineros ingleses y franceses que descargaban puñetazos en los postigos cerrados del café.
Los dos burgueses escaparon al punto para no verse comprometidos; pero un ligero «chist» los detuvo: era el señor Tournevau, el. de las salazones, que, habiéndoles reconocido, les chistaba. Le comunicaron la cosa, con lo cual se quedó muy afectado, puesto que él, casado, padre de familia y muy vigilado, no iba allí más que los sábados; «securitatis causa», decía, aludiendo a una medida de policía sanitaria cuyas periódicas repeticiones le había revelado el doctor Borde, amigo suyo. Era cabalmente su noche e iba así a encontrarse privado toda la semana.
Los tres hombres dieron un largo rodeo hasta el muelle; encontraron por el camino al joven Philippe, hijo del banquero, otro parroquiano, y al señor Pimpesse, el recaudador. Todos juntos regresaron entonces por la calle «de los Judíos» para hacer una última tentativa. Pero los exasperados marineros tenían sitiada la casa, tiraban piedras, chillaban, y los cinco clientes del primer piso, desandando su camino lo más pronto posible, empezaron a vagar por las calles.
Encontraron aún al señor Dupuis, el.agente de seguros después al señor Vasse, juez del tribunal de comercio; y se inició un largo paseo que los condujo primero a la escollera. Se sentaron en fila sobre el parapeto de granito y miraron cabrillear las ondas. La espuma, en la cresta de las olas, ponía en la sombra blancuras luminosas, apagadas casi al tiempo que surgidas, y el ruido monótono del mar rompiéndose contra las rocas se prolongaba en la noche a lo largo de todo el acantilado. Cuando los tristes paseantes hubieron permanecido allí algún tiempo, el señor Tourneveau, declaró: «Esto no es divertido». «Claro que no», replicó el, señor, Pimpesse; y se marcharon a pasitos cortos.
Tras haber bordeado la calle que domina la costa, y que se llama «Souslebois», regresaron por el puente de planchas sobre el Embalse, pasaron cerca del ferrocarril y desembocaron de nuevo en la plaza del Mercado, donde se inició de repente una disputa entre el recaudador y Pimpesse, y el de las salazones, Tournevau, a propósito de una seta comestible que uno de ellos afirmaba haber encontrado en las cercanías.
Los ánimos estaban agriados por el aburrimiento, y quizá hubieran llegado a las manos de no interponerse los otros. El señor Pimpesse, furioso, se retitó; y al punto un nuevo altercado surgió entre el ex alcalde, Poulin, y el agente de seguros, Dupuis, sobre el sueldo del recaudador y los beneficios que éste podía procurarse. Llovían por ambas partes frases injuriosas, cuando se desencadenó una tempestad de gritos formidables, y la tropa de marineros, cansados de esperar en vano ante una casa cerrada, desembocó en la plaza. Iban del brazo, de dos en dos, formando una larga procesión, y vociferaban furiosamente. El grupo de burgueses se disimuló en un portal, y la horda rugiente desapareció en dirección a la abadía. Largo rato se oyó aún el clamor decreciente, cual huracán que se aleja; y el silencio se restableció.
Poulin y Dupuis, indignados el uno con el otro, se marcharon cada cual por su lado, sin saludarse.
Los otros cuatro reanudaron la marcha y bajaron instintivamente hacia el establecimiento Tellier. Seguía cerrado, mudo, impenetrable. Un borracho, tranquilo y obstinado, daba golpecitos en el escaparate del café, después se detenía para llamar a media voz al camarero, Frédéric. Viendo que no le respondían, decidió sentarse en el escalón de la puerta y esperar acontecimientos.
Los burgueses iban ya a retirarse cuando la banda tumultuosa de los hombres, del puerto reapareció por el extremo de la calle. Los marineros franceses berreaban la Marsellesa, los ingleses, el Rule Britannia. Se produjo un alud. general contra los muros, después la marea de bestias prosiguió su curso. hacia el muelle, donde se entabló, una batalla entre los marinos de las dos naciones. De la riña, un inglés salió con un brazo roto y un francés con la nariz partida.
El borracho, que se había quedado ante la puerta, lloraba ahora como lloran los curdas o los niños contrariados.
Los burgueses se dispersaron por fin.
Poco a poco volvió la calma a la ciudad perturbada. De trecho en trecho, todavía a veces, se alzaba un ruido de voces, después se extinguía en lontananza.
Sólo un hombre seguía vagando: el señor Tournevau, el salazonero, desolado por tener que esperar al sábado siguiente; confiaba en no sé qué azar, sin entender nada, exasperándose de que la policía dejara cerrar así un establecimiento de utilidad pública que vigila y tiene bajo su custodia.
Regresó allí, olfateando los muros, buscando la razón, y se dio cuenta de que en el sobradillo había un papel pegado. Encendió en seguida una cerilla y leyó estas palabras trazadas con una gran letra desigual: «Cerrado a causa de primera comunión».
Entonces se alejó, comprendiendo que se había acabado.
El borracho ahora dormía, tumbado cuan largo era, atravesado en la puerta inhospitalaria.
Y al día siguiente todos los parroquianos, uno tras otro, encontraron la manera de pasar por la calle con papeles bajo el brazo para despistar; y de una ojeada furtiva, cada cual leía el misterioso aviso: «Cerrado a causa de primera comunión».

II

Es que Madame tenía un hermano carpintero establecido en su pueblo natal, Virville, en el Eure. En la época en que Madame era aún posadera en Yvetot, había sacado de pila a la hija de ese hermano, a la que llamó Constance, Constance Rivet, pues ella era una Rivet por parte de padre. El carpintero, que sabia que su hermana estaba en buena posición, no la perdía de vista, aunque no se encontraran a menudo, retenidos ambos por sus ocupaciones y viviendo además lejos uno de otra. Pero como la chiquilla iba a cumplir doce años, y hacía ese año la primera comunión, aprovechó la oportunidad para un acercamiento, y escribió a su hermana que contaba con ella para la ceremonia. Como sus ancianos padres habían muerto, no podía negárselo a su ahijada; aceptó. Su hermano, que se llamaba Joseph, esperaba que a fuerza de atenciones llegaría tal vez a conseguir que hiciera testamento a favor de la cría, pues Madame no tenía hijos.
La profesión de su hermana no le inspiraba el menor escrúpulo, y, por otra parte, nadie en el pueblo sabía nada. Se decía solamente, al hablar de ella: «La señora Tellier es una burguesa de Fécamp», lo cual dejaba suponer que podía vivir de sus rentas. De Fécamp a Virville había por lo menos veinte leguas; y veinte leguas de tierra son más difíciles de salvar para los campesinos que el océano para un ser civilizado. La gente de Virville jamás había pasado de Ruán; nada atraía a la de Fécamp a un pueblecito de quinientos hogares, perdido en medio de las llanuras, y que formaba parte de otro departamento. En fin, no sabían nada.
Pero al acercarse la fecha de la comunión, Madame se encontró en un grave aprieto. No tenia encargada, y le inquietaba mucho dejar la casa, aunque fuera un día. Todas las rivalidades entre las damas de arriba y las de abajo estallarían infaliblemente; además, Frédéric se emborracharía sin duda, y cuando estaba achispado fastidiaba a la gente por un quítame allá esas pajas. Por fin se decidió a llevarse a todo su personal, salvo al camarero, a quien dio permiso hasta dos días después.
Consultado, el hermano, no se opuso en lo más mínimo, y se encargó de alojar a la entera compañía por una noche. Así, pues, el sábado por la mañana el tren exprés de las ocho se llevaba a Mádame y sus compañeras en un vagón de segunda clase.
Hasta Beuzeville estuvieron solas y charlaron como cotorras. Pero en aquella estación subió una pareja. El hombre, un viejo campesino vestido con una blusa azul, de cuello plisado, mangas anchas ajustadas en los puños y adornadas con un pequeño bordado blanco, tocado con un antiguo sombrero de copa alta, cuyo pelo rojizo parecía erizado, llevaba en una mano un inmenso paraguas verde, y en la otra una amplia cesta que dejaba asomar las cabezas asustadas de tres patos. La mujer, muy tiesa, con su rústico atavío, tenía una fisonomía de gallina, con una nariz puntiaguda como un pico. Se sentó frente a su hombre y allí se quedó sin moverse, sobrecogida al encontrarse entre tan elegante compañía.
Había, en efecto, en el vagón un deslumbramiento de colores brillantes. Madame, toda de azul, de seda azul de los pies a la cabeza, llevaba encima un chal de falsa cachemira francesa, rojo, cegador, fulgurante. Fernande resoplaba dentro de un traje escocés, cuyo corpiño, abrochado con todas sus fuerzas por sus compañeras, alzaba su desplomado pecho en una doble cúpula siempre agitada que parecía líquida bajo la tela.
Raphaéle, con un tocado emplumado que simulaba un nido lleno de pájaros, llevaba un atuendo lila,.con lentejuelas de oro, algo oriental que le sentaba bien a su fisonomía de judía. Rosa la Marraja, con falda rosa de anchos volantes, tenía pinta, de niña demasiado gorda, de enana obesa; y las dos Bombas parecían haberse cortado sus extrañas vestimentas en viejas cortinas de ventana, esas viejas cortinas rameadas de la época de la Restauración.
En cuanto ya no estuvieron solas en el departamento las damas adoptaron un comportamiento serio, y se pusieron a hablar de cosas elevadas para causar buena impresión. Pero en Bolbec apareció un señor de rubias patillas, con sortijas y una cadena de oro, que colocó en la red, sobre su cabeza, varios paquetes envueltos en hule. Tenia un aspecto bromista y campechano. Saludó, sonrió y preguntó con desenvoltura: «¿Las señoras cambian de guarnición?» Esta pregunta sembró en el grupo una confusión embarazada. Madame recobró por fin su aplomo y respondió secamente para vengar el honor del cuerpo: «¡Podría usted ser más educado!» El se disculpó: «Perdón, quería decir de monasterio». Madame, no hallando nada que replicar, o quizá considerando suficiente la rectificación, hizo un digno saludo apretando los labios.
Entonces el señor, que se encontraba sentado entre Rosa la Marraja y el viejo campesino, se puso a guiñarles el ojo a los tres patos, cuyas cabezas salían de la gran cesta; después, cuando notó que tenía cautivado a su público, empezó a hacerles cosquillas a los animales bajo el pico, lanzándoles frases graciosas para alegrar a la compañía: «¡Hemos dejado nuestra charcharca! , ¡cua, cua, cua!, para conocer el asaasador, ¡cua, cua, cua! » Los desdichados animales giraban el cuello, con el fin de evitar sus caricias; hacían espantosos esfuerzos por salir de su prisión de mimbre; después, de pronto, los tres juntos lanzaron un lamentable grito de angustia: « ¡Cua, cua, cua, cua! » Hubo una explosión de risas entre las mujeres. Se inclinaban, se empujaban para ver; se interesaban locamente por los patos, y el señor redoblaba su gracia, su ingenio y sus arrumacos.
Rosa se metió y besó a los tres animales en la nariz, inclinándose sobre las piernas de su vecino. En seguida cada mujer quiso besarlos a su vez; y el señor sentaba a las damas en sus rodillas, las hacía saltar, las pellizcaba; de repente empezó a tutearlas.
Los dos campesinos, más espantados aún que sus patos, revolvían los ojos como endemoniados, sin atreverse a hacer un movimiento, y sus viejos rostros arrugados no tenían una sonrisa ni un estremecimiento.
Entonces el señor, que era viajante, ofreció en broma tirantes a las damas, y apoderándose de uno de sus paquetes, lo abrió. Era una argucia, el paquete contenía ligas.
Las había de seda, azul, de seda rosa, de seda roja, de seda violeta, de seda malva, de seda amapola, con hebillas de metal formadas por dos amorcillos enlazados y dorados. Las chicas lanzaron gritos de gozo, después examinaron las muestras, ganadas por la seriedad natural de toda mujer que manosea un artículo de tocador. Se consultaban con la mirada o con una palabra cuchicheada, se respondían igual, y Madame manejaba con ansia un par de ligas naranja, más anchas, más imponentes que las otras: verdaderas ligas de ama.
El señor esperaba, acariciando una idea: «Vamos, gatítas, dijo, hay que probarlas». Hubo una tempestad de exclamaciones; y se apretaban las faldas entre las piernas, como si hubieran temido que las violentaran. El, tranquilo, esperaba su hora. Declaró: «Pues si ustedes no quieren, vuelvo a embalarlas». Después, muy finamente: «Regalaría un par, a elegir, a las que se las probaran». Pero ellas no querían, muy dignas, con el busto erguido. Las dos Bombas, sin embargo, parecían tan desdichadas, que él renovó su proposición. Flora Balancín, sobre todo, atormentada por el deseo, vacilaba visiblemente. El la apremió: «Vamos, chica, un poco de valor; mira, el par lila iría bien con tu vestido». Entonces ella se decidió, y levantándose las faldas enseñó una recia pierna de vaquera, mal calzada, con una media ordinaria. El señor, bajándose, abrochó la liga primero bajo la rodilla, después por encima; y cosquilleaba suavemente a la chica para hacerle lanzar grititos con bruscos estremecimientos. Cuando hubo acabado le dio el par lila y preguntó: «¿A quién le toca?» Todas juntas gritaron: « ¡A mí! ¡A mí! » Empezó por Rosa la Marroja, que descubrió una cosa informe, completamente redonda, sin tobillo, una verdadera «morcilla de pierna», como decía Raphaéle. Fernande fue felicitada por el viajante, a quien entusiasmaron sus poderosas columnas. Las flacas tibias de la bella judía tuvieron menos éxito. Louise la Pájara, de broma, tapó la cabeza del caballero con su falda; y Madame se vio obligada a intervenir para acabar con aquella farsa inconveniente. Por fin, la propia Madame extendió su pierna, una hermosa pierna normanda, gruesa y musculosa; y el viajero, sorprendido y encantado, se quitó galantemente el sombrero para saludar aquella señora pantorrilla, como un verdadero caballero francés.
Los dos campesinos, inmovilizados por el asombro miraban de lado, con un solo ojo; y se parecían tan por entero a unos pollos que el hombre de las patillas rubias, al levantarse, les soltó en la nariz un «quiquiriquí», lo cual desencadenó de nuevo un huracán de gozo.
Los viejos bajaron en Motteville, con su cesta, sus patos y su paraguas; y se oyó a la mujer decirle a su hombre al alejarse: «Son perdidas que van a ese condenado París».
El gracioso viajante portafardos bajó por su parte en Ruán, tras haberse mostrado tan grosero, que Madame se vio obligada a ponerlo agriamente en su lugar. Ella añadió, como moraleja: «Eso nos enseñará a no charlar con el primero que aparezca».
En Oissel cambiaron de tren, y encontraron en la siguiente estación a Joseph Rivet, que las esperaba con una gran carreta llena de sillas y tirada por un caballo blanco.
El carpintero besó educadamente a todas las señoras y las ayudó a montar al carro. Tres se sentaron en tres sillas, al fondo; Raphaéle, Madame y su hermano, en las tres sillas de delante, y Rosa, al no disponer de asiento, se acomodó lo mejor que pudo en las rodillas de la gran Fernande; después el carruaje se puso en marcha. Pero en seguida el trote irregular del jaco sacudió tan terriblemente el coche, que las sillas empezaron a bailar, lanzando a las viajeras por los aires, a la derecha, a la izquierda, con movimientos de peleles, muecas asustadas, gritos de espanto, cortados de repente por una sacudida más fuerte. Se aferraban a los costados del vehículo; los sombreros se les caían a la espalda, sobre la nariz o hacia el hombro; y el caballo blanco seguía andando, alargando la cabeza y con la cola tiesa, una pequeña cola de rata sin pelos con la que se golpeaba las ancas de vez en cuando. Joseph Rivet, con un pie estirado sobre el varal, la otra pierna replegada debajo, los codos muy levantados, sujetaba las riendas, y de su garganta escapaba a cada instante una especie de cloqueo que, haciendo enderezar las orejas al jaco, aceleraba su marcha.
A ambos lados de la carretera se desplegaba la verde campiña. Las colzas en flor dibujaban de trecho en trecho un gran lienzo amarillo ondulante de donde se alzaba un sano y poderoso olor, un olor penetrante y dulce, llevado muy lejos por el viento. Entre el centeno ya crecido los acianos mostraban sus cabecitas azuladas que las mujeres querían coger, pero el señor Rivet se negó a pararse. A veces, además, todo un campo parecía regado con sangre, tan invadido estaba de amapolas. Y entre aquellas llanuras así coloreadas por las flores de la tierra, la carreta, que parecía llevar también un ramillete de flores de los más encendidos tonos, pasaba al trote del caballo blanco, desaparecía tras los grandes árboles de una granja, para reaparecer al final del follaje Y pasear de nuevo a través de las cosechas amarillas y verdes, salpicadas de rojo o azul, su deslumbrante carretada de mujeres que huía bajo el sol.
Daba la una cuando llegaron ante la puerta del carpintero.
Estaban rotas de fatiga y pálidas de hambre, pues no habían tomado nada desde la salida. La señora Rivet se precipitó, las ayudó a bajar una tras otra, besándolas en cuánto ponían el pie en tierra; y no se cansaba de besuquear a su cuñada, a quien deseaba acaparar. Comieron en el taller, desembarazado ya de los bancos para la comida del día siguiente.
Una buena tortilla a la que siguió una morcilla asada, rociada con buena sidra picante, devolvió la alegría a todo el mundo. Rivet, para brindar, había cogido un vaso, y su mujer servía, cocinaba, traía las fuentes, se las llevaba, murmurando al oído de cada una: «¿Tiene usted bastante?» Pilas de tablas pegadas a las paredes y montones de virutas barridas en los rincones difundían un perfume de madera cepillada, un olor de carpintería, ese hálito resinoso que penetra hasta el fondo de los pulmones.
Reclamaron a la cría, pero estaba en la iglesia y no volvería hasta la noche.
El grupo salió entonces a dar una vuelta por el pueblo.
Era un pueblecito atravesado por una carretera principal. Una decena de casas alineadas a lo largo de esta única calle albergaba los comercios del lugar: la carnicería, la tienda de ultramarinos, la carpintería, la taberna, la zapatería y la panadería. La iglesia, al final de esta especie de calle, estaba rodeada por un estrecho cementerio; y cuatro tilos descomunales, plantados ante el pórtico, la sombreaban por entero. Estaba construida con sílex labrado, sin el menor estilo, y rematada por un campanario de pizarra. Detrás de ella recomenzaba el campo, cortado aquí y allá por grupos de árboles que ocultaban las granjas.
Rivet, ceremonioso, aunque llevaba su ropa de trabajo, daba el brazo a su hermana a quien paseaba con solemnidad. Su mujer, muy emocionada con el traje dé hilillos dorados de Raphaéle, se había situado entre ésta y Fernande. La rechoncha Rosa trotaba detrás con Louise la Pájara y Flora Balancín, que cojeaba, extenuada.
Los vecinos salían a las puertas, los niños interrumpían sus juegos, una cortina alzada dejaba entrever una cabeza tocada con un gorro de indiana; una vieja con muletas y casi ciega se santiguó como al paso de una procesión; y cada cual seguía un buen rato con la mirada a todas las hermosas damas de la ciudad que habían llegado de tan lejos para la primera comunión de la cría de Joseph Rivet. Una inmensa consideración recaía de rebote sobre el carpintero.
Al pasar por delante de la iglesia, oyeron cantos infantiles: un cántico gritado hacia el cielo por vocecitas agudas; pero Madame les impidió entrar, para no perturbar a aquellos querubines.
Tras una vuelta por el campo y la enumeración de las principales fincas, del rendimiento de la tierra y de la producción del ganado, Joseph Rivet hizo volver a su rebaño de mujeres y lo instaló en su vivienda.
Como había muy poco sitio, las habían distribuido en las habitaciones de dos en dos.
Rivet, por esta vez, dormiría en el taller, sobre las virutas; su mujer compartiría su cama con su cuñada y, en el cuarto contiguo, Fernande y Raphaéle descansarían juntas. Louise y Flora estaban instaladas en la cocina en un colchón tirado en el suelo; y Rosa ocupaba sola un cuartucho interior encima de la escalera, junto a la entrada de un estrecho camaranchón donde dormiría, esa noche, la comulgante.
Cuando la chiquilla volvió, cayó sobre ella una lluvia de besos; todas las mujeres querían acariciarla, con ese necesidad de expansión tierna, ese hábito profesional de zalamerías que, en el vagón, las había hecho a todas besar a los patos. Cada una la sentó en sus rodillas, manoseó su fino pelo rubio, la estrechó entre sus brazos con impulsos de cariño vehemente y espontáneo. La niña, muy buenecita, impregnada de piedad, como encerrada en sí por la absolución, se dejaba, paciente y recogida.
Como el día había sido penoso para todos, se acostaron inmediatamente después de cenar. Ese silencio ilimitado de los campos que parece casi religioso envolvía el pueblecito, un silencio tranquilo, penetrante, y que llegaba hasta los astros. Las chicas, acostumbradas a las veladas tumultuosas de la casa pública, se sentían emocionadas por el mudo reposo de la campiña dormida. Por su piel corrían estremecimientos, no de frío, sino estremecimientos de soledad procedentes de un corazón inquieto y turbado.
En cuanto estuvieron en la cama, de dos en dos, se abrazaron como para defenderse de aquella invasión del tranquilo y hondo sueño de la tierra. Pero Rosa la Marraja, sola en su cuartito interior, y poco habituada a dormir sin nadie entre los brazos, se sintió asaltada por una emoción vaga y penosa. Daba vueltas en su yacija, sin poder alcanzar el sueño, cuando oyó, tras el tabique de madera pegado a su cabeza, débiles sollozos como los de un niño que llora. Asustada, llamó débilmente, y una vocecita entrecortada le respondió. Era la cría que, acostumbrada a dormir en la habitación de su madre, tenía miedo en su estrecho camaranchón.
Rosa, encantada, se levantó, y despacito, para no despertar a nadie, fue a buscar a la niña. Se la llevó a su cama calentita, la estrechó contra su pecho abrazándola, la mimó, la rodeó con su ternura de exageradas manifestaciones, y después, calmada también ella, se durmió. Y hasta que se hizo de día la comulgante descansó su frente sobre el seno desnudo de la prostituta.
Ya a las cinco, con el Angelus, la campanita de la iglesia repicando al vuelo despertó a aquellas señoras que solían dormir toda la mañana, único descanso de sus fatigas nocturnas. Los campesinos de la aldea ya estaban de pie. Las mujeres del pueblo iban ajetreadas de puerta en puerta, charlaban vivamente, llevando con precaución cortos trajes de muselina almidonados como cartón, o cirios descomunales, con un lazo de seda galoneado de oro en el centro, y muescas en la cera para indicar el sitio de la mano. El sol ya alto brillaba en un cielo muy azul que conservaba hacia el horizonte un tono un poco rosado, como un débil rastro de la aurora. Familias de gallinas se paseaban delante de las casas; y, de trecho en trecho, un gallo negro de cuello lustroso alzaba su cabeza rematada de púrpura, batía las alas, y lanzaba al viento su canto de cobre que repetían los otros gallos.
Llegaban carretas de los municipios vecinos, descargando en el umbral de las puertas altas normandas de trajes oscuros, con una pañoleta cruzada sobre el pecho y sujeta por una joya de plata secular. Los hombres se habían puesto la blusa azul sobre la levita nueva o sobre el viejo traje de paño verde cuyos dos faldones asomaban por debajo.
Cuando los caballos estuvieron en las cuadras hubo así a lo largo de todo la carretera una doble fila de carricoches rústicos, carretas, cabriolés, tílburis, charabanes, coches de todas las formas y de todas las edades, tumbados de nariz o bien con el culo a tierra y los varales al cielo.
La casa del carpintero estaba llena de una actividad de colmena. Las señoras, con chambras y enaguas, con el pelo suelto a la espalda, un pelo endeble y corto que se hubiera dicho deslucido y raído por el uso, se ocupaban de vestir a la niña.
La pequeña, de pie sobre una mesa, no se movía, mientras la señora Tellier dirigía los movimientos de su batallón volante. La lavaron someramente, la peinaron, le pusieron la toca, la vistieron y, con ayuda de multitud de alfileres, dispusieron los pliegues del traje, ajustaron la cintura demasiado ancha, organizaron la elegancia del atuendo. Luego, cuando hubieron terminado, mandaron sentarse a la paciente recomendándole que no se moviese: y la agitada tropa de mujeres corrió a ataviarse a su vez.
La pequeña iglesia recomenzaba a tocar. Su frágil tañido de campana pobre ascendía hasta perderse en el cielo, como una voz demasiado feble, pronto ahogada en la inmensidad azul.
Las comulgantes salían por las puertas, iban hacia el edificio municipal que contenía las dos escuelas y el ayuntamiento, situado en una punta del pueblo, mientras que la «casa de Dios» ocupaba la otra punta.
Los padres, vestidos de gala, con una fisonomía torpe y esos movimientos inhábiles de los cuerpos siempre encorvados sobre el trabajo, seguían a sus retoños. Las chiquillas desaparecían entre una nube de tul nevoso parecido a nata batida, mientras que los hombrecitos, similares a camareros en embrión, con la cabeza encolada con fijador, caminaban con las piernas muy abiertas, para no manchar los pantalones negros.
Era un honor para una familia cuando gran número de parientes, llegados de lejos, rodeaban al niño; y así el triunfo del carpintero fue total. El regimiento Tellier, con el ama a la cabeza, seguía a Constance; el padre daba el brazo a su hermana, la madre marchaba al lado de Raphaéle, Fernande con Rosa, las dos Bombas juntas, y la tropa se desplegaba majestuosamente como un estado mayor con uniforme de gala.
El efecto en el pueblo fue fulminante.
En la escuela, las niñas se alinearon bajo la toca de la monja, los niños bajo el sombrero del maestro, un guapo mozo muy envarado; y se pusieron en marcha iniciando un cántico.
Los varoncitos que iban a la cabeza alargaban sus dos filas entre las dos hileras de coches desenganchados, las niñas los seguían en el mismo orden; y como todos los vecinos habían cedido el paso, por consideración, a las damas de la ciudad, éstas iban inmediatamente detrás de las crías, prolongando aún la doble línea de la procesión, tres a la derecha y tres a la izquierda, con sus atuendos brillantes como un castillo de fuegos artificiales.
Su entrada en la iglesia enloqueció a la población. Se empujaban, se volvían, se agolpaban para verlas. Y las devotas hablaban casi en voz alta, estupefactas ante el espectáculo de aquellas señoras más recargadas que las casullas de los chantres. El alcalde les ofreció su banco, el primer banco a la derecha junto al coro, y la señora Tellier ocupó un puesto en él con su cuñada, Fernande y Raphaéle. Rosa la Marraja y las dos Bombas se colocaron en el segundo banco en compañía del carpintero.
El coro de la iglesia estaba lleno de niños de rodillas, las chicas a un lado, los chicos al otro, y los largos cirios que llevaban en las manos parecían lanzas inclinadas en todos los sentidos.
Ante el facistol, tres hombres de pie cantaban con voz plena. Prolongaban indefinidamente las sílabas del sonoro latín, eternizando los Amén con aa indefinidas que el serpentón sostenía con su nota monótona lanzada sin fin, mugida por el instrumento de cobre de ancha boca. La voz aguda de un niño daba la réplica y, de vez en cuando, un sacerdote sentado en una silla de coro y tocado con un bonete cuadrado se levantaba, farfullaba algo y se sentaba de nuevo, mientras los tres cantores volvían a empezar, los ojos clavados en el grueso libro de canto llano abierto ante ellos y sostenido por las alas desplegadas de un águila de madera montada sobre un eje.
Después se produjo un silencio. Toda la concurrencia, con un movimiento unánime, se puso de rodillas, y apareció el oficiante, viejo, venerable, de pelo blanco, inclinado sobre el cáliz que llevaba en la mano izquierda. Ante él marchaban los dos acólitos vestidos de rojo, y, detrás, apareció una muchedumbre de cantores de gruesos zapatos que se alinearon a los dos lados del coro.
Una campanilla tintineó en medio del gran silencio. Comenzaba el oficio divino. El sacerdote circulaba lentamente ante el tabernáculo de oro, hacía genuflexiones, salmodiaba con su voz cascada, temblona por la vejez, las oraciones preparatorias. En cuanto enmudecía, los cantores y el serpentón estallaban a la vez, y los hombres también cantaban en la iglesia, con voz menos fuerte, más humilde, como deben cantar los asistentes.
De pronto el Kyrie Eleison brotó hacia el cielo, lanzado por todos los pechos y todos los corazones. Granos de polvo y fragmentos de madera carcomida cayeron incluso de la antigua bóveda, sacudida por esta explosión de gritos. El sol que hería la pizarra del tejado convertía en un horno la pequeña iglesia; y una gran emoción, una ansiosa espera, la proximidad del inefable misterio, oprimían el corazón de los niños, ponían un nudo en la garganta de sus madres.
El sacerdote, que se había sentado un rato, volvió a subir hacía el altar y, destocado, cubierto con sus cabellos de plata, con gestos trémulos, se acercaba al acto sobrenatural.
Se volvió hacía los fieles y, con las manos extendidas hacia ellos, pronunció: Orate, fratres, «orad, hermanos». Oraban todos. El anciano cura balbucía ahora muy bajo las palabras misteriosas y supremas; la campanilla tañía una y otra vez; la muchedumbre prosternada llamaba a Dios; los niños desfallecían con inmensa ansiedad.
Entonces fue cuando Rosa, con la frente entre las manos, se acordó de repente de su madre, de la iglesia de su pueblo, de su primera comunión. Se creyó de vuelta a aquel día, cuando era tan pequeña, ahogada en su traje blanco, y se echó a llorar. Lloró suavemente al principío: lágrimas lentas salían de sus párpados, pero después, con los recuerdos, su emoción creció y, con el cuello hinchado, el pecho palpitante, sollozó. Había sacado el pañuelo, se enjugaba los ojos, se tapaba la nariz y la boca para no gritar: fue en vano; una especie de estertor salió de su garganta, y otros dos suspiros profundos, desgarradores, le respondieron, pues sus dos vecinas, inclinadas junto a ella, Louíse y Flora, oprimidas por las mismas remembranzas lejanas, gemían también entre torrentes de lágrimas.
Pero como las lágrimas son contagiosas, Madame, a su vez, sintió pronto húmedos los párpados y, volviéndose hacia su cuñada, vio que todo su banco lloraba también.
El sacerdote engendraba el cuerpo de Dios. Los niños no tenían ya ideas, arrojados sobre las losas por una especie de temor devoto, y, en la iglesia, de trecho en trecho, una mujer, una madre, una hermana, presa de la extraña simpatía de las emociones punzantes, trastornada también por aquellas hermosas damas de rodillas a quienes sacudían estremecimientos e hipos, humedecía su pañuelo de indiana de cuadros y, con la mano izquierda, se apretaba violentamente el corazón saltarín.
Como la pavesa que prende fuego a un campo maduro, las lágrimas de Rosa y sus compañeras alcanzaron en un instante a toda la muchedumbre. Hombres, mujeres, ancianos, jóvenes mozos con blusa nueva, pronto todos sollozaron, y sobre sus cabezas parecía ceñirse algo sobrehumano, un alma esparcida, el prodigioso hálito de un ser invisible y todopoderoso.
Entonces, en el coro de la iglesia, resonó un golpecito seco: la monja, golpeando su libro, daba la señal para la comunión; y los niños, tiritando con una fiebre divina, se aproximaron a la santa mesa.
Toda una fila se arrodillaba. El anciano cura, teniendo en la mano el copón de plata dorada, pasaba ante ellos, ofreciéndoles, entre dos dedos, la hostia consagrada, el cuerpo de Cristo, la redención del mundo. Ellos abrían la boca con espasmos, muecas nerviosas, los ojos cerrados, la cara muy pálida; y el largo lienzo extendido bajo sus barbillas temblaba como agua que corre.
De pronto se propagó por la iglesia una especie de locura, un rumor de muchedumbre delirante, una tempestad de sollozos con gritos abogados. Pasó como esas ráfagas de viento que inclinan los bosques; y el sacerdote permanecía en pie, inmóvil, una hostia en la mano, paralizado por la emoción, diciéndose: «Es Dios, es Dios que está entre nosotros, que manifiesta su presencia, que desciende obediente a mi voz sobre su pueblo arrodillado». Y balbucía plegarias turbadas, sin encontrar las palabras, plegarias del alma, en un furioso impulso hacia el cielo.
Acabó de dar la comunión con tal sobreexcitación de fe que sus piernas desfallecían, y cuando él mismo hubo bebido la sangre de su Señor, se abismó en una loca acción de gracias.
A sus espaldas el pueblo se calmaba poco a poco. Los cantores, realzada su dignidad por la blanca sobrepelliz, reanudaban sus cantos con una voz menos segura, aún húmeda; y el propio serpentón parecía ronco como si el instrumento hubiese llorado también.
Entonces, el sacerdote, alzando las manos, hizo un gesto de que callasen, y pasando entre las dos hileras de comulgantes se acercó hasta la verja del coro.
La asamblea se había sentado entre un ruido de sillas, y ahora todos se sonaban con fuerza. En cuanto vieron al cura se hizo el silencio, y él empezó a hablar en tono muy bajo, vacilante, velado: «Queridos hermanos, queridas hermanas, hijos míos, os doy las gracias desde lo más hondo de mi corazón: acabáis de procurarme la mayor alegría de mi vida. He sentido a Dios que descendía sobre nosotros llamado por mí. Ha venido, estaba aquí, presente, llenando vuestras almas, haciendo desbordar vuestros ojos. Soy el sacerdote más viejo de la diócesis, y soy también, hoy, el más feliz. Un milagro se ha producido entre nosotros, un auténtico, grande, sublime milagro. Mientras Jesucristo entraba por primera vez en el cuerpo de estos chiquillos, el Espíritu Santo, el ave celestial, el hálito divino, se ha abatido sobre vosotros, se ha apoderado de vosotros, ha hecho presa en vosotros, curvados como cañas bajo la brisa».
Después, con voz más clara, volviéndose hacia los dos bancos donde se encontraban las invitadas del carpintero: «Gracias sobre todo a vosotras, queridísimas hermanas, que habéis venido de tan lejos, y cuya presencia entre nosotros, cuya visible fe, cuya viva piedad han sido para todos un saludable ejemplo. Sois la edificación de mi parroquia; vuestra emoción ha caldeado los corazones; sin vosotras, acaso, este gran día no habría tenido este carácter realmente divino. Basta a veces una sola oveja escogida para decidir al Señor a descender sobre el rebaño».
La voz le fallaba. Agregó: «Esa es la gracia que os deseo. Así sea». Y volvió a subir hacia el altar para terminar el oficio.
Ahora todos tenían prisa por marcharse. Los propios niños se agitaban, cansados de tan prolongada tensión del ánimo. Tenían hambre, además, y los padres se iban poco a poco, sin esperar al último evangelio, para terminar los preparativos de la comida.
Hubo un barullo a la salida, un barullo ruidoso, un guirigay de voces chillonas en las que cantaba el acento normando. La población formaba dos hileras, y cuando aparecieron los niños, cada familia se precipitó sobre el suyo.
Constance se encontró agarrada, rodeada, besada por todas las mujeres de la casa. Rosa, sobre todo, no se cansaba de abrazarla. Por fin la cogió de una mano, la señora Tellier se apoderó de la otra; Raphaéle y Fernande levantaron su larga falda de muselina para que no arrastrase por el polvo; Louise y Flora cerraban la marcha con la señora Rivet; y la niña, recogida, totalmente empapada del Dios que llevaba en sí, se puso en camino entre esta escolta de honor.
El festín estaba servido en el taller sobre largos tablones apoyados en caballetes.
La puerta abierta, que daba a la calle, dejaba entrar toda la alegría del pueblo. Se banqueteaba en todas partes. Por cada ventana se divisaban mesas de gente endomingada, y salían gritos de las casas que estaban de juerga. Los campesinos, en mangas de camisa, bebían vasos llenos de sidra pura, y en medio de cada grupo se veían dos niños, aquí dos niñas, allá dos muchachos, comiendo en casa de una de las dos familias.
A veces, bajo el pesado calor del mediodía, un charabán cruzaba el pueblo al trote saltarín de un vicio jato, y el hombre con blusa que conducía lanzaba una mirada de envidia a todo aquel despliegue de comilonas.
En casa del carpintero, la alegría conservaba cierto aire de reserva, un resto de la emoción de la mañana. Sólo Rivet estaba en forma y bebía sin medida. La señora Tellier miraba la hora a cada momento, pues para no haraganear dos días seguidos tenían que coger el tren de las tres y cincuenta y cinco, que las dejaría en Fécamp el atardecer.
El carpintero hacía toda clase de esfuerzos para desviar su atención y retener a su gente hasta el día siguíente; pero Madame no se dejaba distraer; y nunca bromeaba cuando se trataba de negocios.
En cuanto tomaron café, ordenó a sus pupilas que se preparasen a toda prisa; después, volviéndose hacia su hermano: «Y tú, a enganchar ahora mísmo»; y ella misma fue a ultimar sus preparativos.
Cuando volvió a bajar, su cuñada la esperaba para hablarle de la cría; y tuvo lugar una larga conversación en la cual no se decidió nada. La campesina trapaceaba, falsamente enternecida, y la señora Tellier, que tenía a la niña en sus rodillas, no se comprometía a nada, hacía vagas promesas, se ocuparían de ella, tenían tiempo, ya se verían otra vez.
Mientras tanto el coche no llegaba, y las mujeres no bajaban. Incluso se oían arriba grandes carcajadas, empujones, gritos, aplausos. Entonces, mientras la mujer del carpintero se dirigía a la cuadra para ver si el carruaje estaba preparado, Madame, por fin, subió.
Rivet, muy curda y semidesvestido, intentaba, aunque en vano, violentar a Rosa que se moría de risa. Las dos Bombas lo agarraban de los brazos, y trataban de calmarlo, chocadas por esta escena después de la ceremonia de la mañana; pero Raphaéle y Fernande lo excitaban, retorciéndose de gozo, sujetándose los costados; y lanzaban gritos agudos a cada uno de los esfuerzos inútiles del borracho. El hombre, furioso, con la cara roja, todo despechugado, sacudiéndose con violentos esfuerzos las dos mujeres aferradas a él, tiraba con todas sus fuerzas de la falda de Rosa farfullando: «Guarra, ¿no quieres?» Pero Madame, indignada, se abalanzó sobre su hermano, lo cogió de los hombros y lo desprendió tan violentamente que fue a darse contra la pared.
Un minuto después se le oía en el corral, bombeándose agua sobre la cabeza; y cuando reapareció en la carreta, ya estaba totalmente apaciguado.
Se pusieron en camino como la víspera, y el caballito blanco echó a andar con su paso vivo y danzarín.
Bajo el sol ardiente, la alegría adormecida durante la comida se liberaba. Las chicas se divertían ahora con los tumbos del carricoche, empujaban incluso las sillas de sus vecinas, estallaban en risas a cada instante, regocijadas ahora por las vanas tentativas de Rivet.
Una luz loca llenaba los campos, una luz reverberante a la vista; y las ruedas levantaban dos surcos de polvo que remolineaban un buen rato detrás del coche sobre la carretera.
De repente Fernande, a quien le gustaba la música, suplicó a Rosa que cantase; y ésta inició con alegre viveza el Gordo Cura de Meudon. Pero Madame la mandó callar al punto, opinando que la canción era poco decente para aquel día. Agregó: «Cántanos más bien algo de Béranger». Entonces Rosa, tras haber vacilado unos segundos, se decidió, y con voz gastada comenzó la Abuela:

Ma grandmère, un soir a sa féte
De vin pur ayant du deux doigts,
Nous disait, en branlant la tête:
Que d'amoureux j’'eus autrefoix!
Combien je regrette
Mon bras si dodu
Ma jambe bien faite
Et le temps perdu!

Y el coro de chicas,. dirigido Por la Propia Madame, repitió:

Combien je regrette
Mon bras si dodu
Ma jambe bien faite
Et le temps perdu!

«Eso, ¡bien dicho! » declaró Rivet, encendido por la cadencia; y Rosa continuó al punto:

Quoi, maman, vous n’etiez pas sage?
-Non, vraiment!, et de mes appas,
Seule, à quinze ans, j’appris l’usage
Car, la nuit, je ne dormai pas (1)

Todos juntos aullaron el estribillo; Y Rivet golpeaba con el pie su varal, llevaba el compás con las riendas sobre el lomo del jaco blanco, que, como si también él se viera arrastrado por la vivacidad del ritmo, emprendió el galope, un galope tempestuoso, precipitando a las señoras, amontonadas unas sobre otras, al fondo del coche. Se levantaron riendo como locas. Y la canción continuó, berreada a grito pelado a través de la campiña, bajó el cielo ardiente, entre las cosechas que maduraban, al paso furioso del caballito que aceleraba ahora a cada repetición del estribillo, y se lanzaba cada vez cien metros al galope, para gran alegría de los viajeros.
De trecho en trecho, algún picapedrero se enderezaba, y miraba a través de su careta de alambre aquella carreta furiosa y aulladora que desaparecía entre la polvareda.
Cuando se apearon delante de la estación, el carpintero se enterneció: «Lástima, que os vayáis, lo habríamos pasado bien.»
Madame le respondió sensatamente: «Cada cosa a su tiempo, no puede uno divertirse siempre.» Entonces, una idea iluminó la mente de Rivet:. «Oye, dijo, iré a veros a Fécamp el mes que viene.» Y miró a Rosa con aire astuto, con ojos brillantes y pícaros. «Entonces, concluyó Madame, hay que portarse bien; ven si quieres, pero no hagas tonterías.»
El no respondió, y como se oía pitar el tren, se puso inmediatamente, a besar a todas. Cuando le llegó el turno a Rosa, se empeñó en buscar su boca, que ella, riendo con los labios cerrados, lo hurtaba cada vez con un rápido movimiento de lado. La tenía en sus brazos, pero no podía lograrlo, estorbado por el gran látigo que seguía entre sus manos y que, en sus esfuerzos, agitaba desesperadamente tras la espalda de la chica.
« ¡Los viajeros para Ruán, al tren! », gritó el empleado. Subieron.
Un breve silbido sonó, repetido enseguida por el silbato poderoso de la máquina que escupió ruidosamente su primer chorro de vapor mientras las ruedas empezaban a girar un poco con visible esfuerzo.
Rivet, al abandonar el interior de la estación, corrió a la barrera para ver una vez más a Rosa; y cuando el vagón lleno de aquella mercancía humana pasó ante él, se puso a restallar el látigo saltando y cantando con todas sus fuerzas:

Combien je regrette
Mon bras si dodu
Ma jambe bien faite
Et le temps Perdu!

Después miró alejarse un pañuelo blanco que alguien agitaba.


III

Durmieron hasta la llegada, con el sueño apacible de las conciencias satisfechas; y cuando regresaron al hogar, remozadas, descansadas para la tarea de cada noche, Madame no pudo evitar decir: «Es igual, ya me estaba aburriendo en aquella casa.»
Cenaron deprisa, y después, cuando se hubieron puesto los trajes de combate, esperaron a los clientes habituales; y el farolillo encendido, el farolillo de virgen, indicaba a los transeúntes que el rebaño había vuelto al aprisco.
En un abrir y cerrar de ojos se difundió la noticia, no se sabe cómo, no se sabe a través de quién. Philippe, el hijo del banquero, llevó incluso su amabilidad hasta avisar por un recadero al señor Tournevau, encarcelado en su familia.
El salazonero tenía justamente cada domingo varios primos a cenar, y tomaban café cuando se presentó un hombre con una carta en la mano. El señor Tournevau, muy emocionado, rompió el sobre y palideció: sólo había estas palabras trazadas a lápiz: «Cargamento de bacalao hallado; navío entrado en puerto; buen negocio para usted. Venga pronto.»
Rebuscó en sus bolsillos, le dio veinte céntimos al portador y, ruborizándose de repente hasta las orejas, dijo. «Es necesario que salga.» Y tendió a su mujer el billete lacónico y misterioso. Tocó el timbre, y, cuando apareció la criada: «Rápido, mi abrigo, rápido, y mi sombrero.» En cuanto estuvo en la calle echó a correr silbando una canción, y el camino le pareció dos veces más largo, tan viva era su impaciencia.
El establecimiento Tellier tenía un aire festivo. En la planta baja las voces escandalosas de los hombres del puerto producían un estrépito ensordecedor. Louise y Flora no sabían a quién atender, bebían con uno, bebían con otro, se merecían más que nunca su mote de las «dos Bombas». Las llamaban a la vez de todas partes; ya no podían dar abasto a la tarea. Y la noche se les anunciaba laboriosa.
El cenáculo del primero estuvo completo a las nueve. El señor Vasse, el juez del tribunal de comercio, el pretendiente reconocido aunque platónico de Madame, charlaba en voz baja con ella, en un rincón; y sonreían ambos como si estuvieran a punto de llegar a un entendimiento. El señor Poulin, el exalcalde, tenía a Rosa a caballo sobre sus piernas; y ella, con la nariz pegada a la de él, paseaba sus manos cortas por las blancas patillas del hombrecillo. Un trozo de muslo desnudo aparecía bajo la falda de seda amarilla levantada, cortando el paño negro del pantalón, y las medias rojas estaban sujetas por unas ligas azules, regalo del viajante.
La voluminosa Fernande, tumbada en el sofá, tenía los dos pies sobre el vientre del señor Pímpesse, el recaudador, y el torso sobre el chaleco del joven Philippe, a cuyo cuello se aferraba con la mano derecha, mientras que en la izquierda sostenía un cigarrillo.
Raphaéle parecía en tratos con el señor Dupuis, el agente de seguros, y terminó la conversación con estas palabras: «Sí, querido, esta noche, acepto.» Después, dando ella sola una rápida vuelta de vals a través del salón: «Esta noche, todo lo que quieran», gritó.
La puerta se abrió bruscamente y apareció el señor Tournevau. Estallaron gritos entusiastas: « ¡Viva Tournevau! » Y Raphaéle, que seguía girando, fue a caer sobre su corazón. El la abrazó con formidable impulso y, sin decir una palabra, levantándola del suelo como una pluma, cruzó el salón, llegó a la puerta del fondo y desapareció por la escalera de las habitaciones con su fardo viviente, en medio de aplausos.
Rosa, que encandilaba al exalcalde, besándolo una y otra vez y tirándole de las dos patillas al mismo tiempo para mantener erguida su cabeza, aprovechó el ejemplo: «Vamos, haz como él», dijo. Entonces el hombrecillo se levantó y, ajustándose el chaleco, siguió a la chica rebuscando en el bolsillo donde dormía su dinero.
Fernande y Madame se quedaron solas con los cuatro hombres, y Philippe exclamó: «Invito a champán: señora Tellier, mande a buscar tres botellas.» Entonces Fernande, abrazándolo, le pidió al oído: «Vamos a bailar, ¿eh?, ¿quieres?» El se levantó, y, sentándose ante la espineta secular dormida en un ángulo, hizo brotar un vals, un vals ronco, lacrimoso, del vientre plañidero del chisme. La voluminosa chica enlazó al recaudador, Madame se abandonó en los brazos del señor Vasse; y las dos parejas giraron intercambiándose besos. El señor Vasse, que había sido antaño un gran bailarín, hacía figuras, y Madame lo miraba con ojos cautivados, con esos ojos que responden «sí», ¡un «sí» más discreto y delicioso que una palabra!
Frédéric trajo el champán. Saltó el primer tapón, y Philippe ejecutó la invitación de una cuadrilla.
Los cuatro bailarines la danzaron a la manera mundana, decentemente, dignamente, con melindres, reverencias y saludos.
Después empezaron a beber. Entonces reapareció el señor Tournevau, satisfecho, aliviado, radiante. Exclamó: «No sé qué tiene Raphaéle, pero está perfecta esta noche.» Después, como le tendían una copa, la vació de un trago murmurando: « ¡Caramba!, esto sí que es un lujo.»
En el acto Philippe inició una viva polca, y el señor Tournevau se lanzó a ella con la hermosa judía a quien mantenía en el aire, sin dejar que sus pies tocaran el suelo. El señor Pimpesse y el señor Vasse se hablan sumado a ellos con renovado impulso. De vez en cuanto una de las parejas se detenía junto a la chimenea, para trasegar una copa de vino espumoso; la danza amenazaba con eternizarse, cuando Rosa entreabrió la puerta con una palmatoria en la mano. Estaba con el pelo suelto, en chancletas, en camisa, muy animada, muy roja: «Quiero bailar», gritó. Raphaéle preguntó: «Y tu tío?» Rosa rió a carcajadas: «¿Ese? Ya duerme, se duerme enseguida.» Agarró al señor Dupuis, que se había quedado de brazos caídos en el diván, y la polca recomenzó.
Pero las botellas estaban vacías: «Yo pago una», declaró el señor Tournevou. «Yo también», anunció el señor Vasse. «Y yo lo mismo», concluyó el señor Dupuis. Entonces todos aplaudieron.
La cosa se organizaba, se convertía en un auténtico baile. De vez en cuando, incluso, Louise y Flora subían a toda prisa daban rápidamente una vuelta de vals, mientras sus clientes, abajo, se impacientaban; después regresan corriendo a su café, con el corazón henchido de pesadumbre.
A medianoche seguían bailando. A veces una de las chicas desaparecía, y cuando la buscaban para hacer una mudanza, se daban cuenta de pronto de que uno de los hombres faltaba también.
«¿De dónde vienen?», preguntó con gracia Philippe, en el preciso momento en que el señor Pimpesse regresaba con Fernande. «De ver dormir a Poulín», respondió el recaudador. La frase tuvo un éxito enorme; y todos, sucesivamente, subían a ver dormir a Poulin, con una u otra de las señoritas, que se mostraron, esa noche, de una complacencia inconcebible. Madame cerraba los ojos; y sostenía en los rincones largos apartes con el señor Vasse, como para ultimar los detalles de un asunto ya convenido.
Por fin, a la una, los dos hombres casados, Tournevau y Pimpesse, declararon que se retiraban, y quisieron pagar su cuenta. Solamente les cargaron el champán, y encima a seis francos la botella en lugar de a diez, el precio normal. Y cuando se extrañaban de tanta generosidad, Madame, radiante, les repondió: «No todos los días es fiesta.»

La Maison Tellier (Harvard, París, 1881)



(1) «Mi abuela, un día de su santo, /tras beber dos dedos de vino puro,/nos decía, meneando la cabeza: / ¡cuántos enamorados tuve en tiempos! / ¡Cómo echo de menos 1 mis brazos rollizos / mi pierna torneada / y el tiempo perdido! / ¿Cómo, mamá, ¿no era usted formal? / —No, realmente, y a los quince años / aprendí yo sola a usar mis encantos / porque, de noche, no dormía. »

LA INFIDELIDAD -- EL TESTAMENTO -- GUY DE MAUPASSANT

LA INFIDELIDAD -- EL TESTAMENTO -- GUY DE MAUPASSANT
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EL TESTAMENTO

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Hacía poco tiempo que conocía a aquel muchacho que se llamaba René de Bourneval. Su trato era amable, aunque un poco triste; parecía desengañado de todo, sumamente escéptico, de un escepticismo mordaz, hábil sobre todo para poner de manifiesto, con una sola palabra, las hipocresías humanas. Con frecuencia le oía decir: “ En la vida no hay hombres honrados o al menos no lo son sino relativamente a los tunantes”.
Tenía dos hermanos con quienes no trataba nunca, y yo suponía que su madre se había casado dos veces en vista del distinto apellido de aquellos.
En algunas ocasiones había oído decir que en aquella familia había ocurrido una extraña historia, pero no me daban de ella ningún detalle.
Las condiciones morales de aquel hombre me gustaban y bien pronto nos hicimos amigos.
Una noche, después de haber comido los dos solos en su casa, le pregunté, no sé por qué: ¿Usted nació del primero o del segundo matrimonio de su madre? Le vi palidecer un poco, después sonrojarse y permaneció algunos segundos sin hablar, visiblemente turbado.
Al fin, con la sonrisa dulce y melancólica que le era peculiar, dijo: “Mi querido amigo, si no le fastidio a usted voy a darle sobre mi origen algunos detalles bien singulares. Sé que es usted un hombre inteligente y no temo que su amistad por mi disminuya al saberlos; si lo temiera así, no sentiría el gusto y la satisfacción que siento teniéndole por amigo.”
Mi madre era una mujer bondadosa y tímida, y por cuya fortuna, bastante considerable, Mr. Courcils la hizo la corte y acabó por casarse con ella.
Toda su vida fue un martirio. De alma delicada, temerosa y amante, fue maltratada por aquel que debió ser mi padre, hombre de noble cuna, que no era por su aspecto ni por sus inclinaciones sino un palurdo zafio y grosero. Al cabo de un mes de matrimonio, tenía por querida una criada de la casa, sin dejar por eso de perseguir y hacer el objeto de sus torpes amores a las hijas y mujeres de sus colonos.
Nada de esto le impidió tener dos hijos de su mujer; debería decir tres, comprendiéndome a mi. Mi madre nada decía; en aquella casa llena de ruido y algazara, vivía mi madre como esos ratoncillos que se ocultan debajo de los muebles.
Asustada, acobardada, estremecida, miraba a la gente con sus ojos claros e inquietos, siempre moviéndolos de un lado a otro, con los ojos propios de una persona azorada, dominada siempre por el miedo. Era bonita, sin embargo; muy bonita, rubia, de un rubio gris, un rubio tímido, por decirlo así, como si sus cabellos se hubiesen descolorido por sus incesantes temores.

Entre los amigos de Mr. de Coureils, que venían constantemente al castillo se encontraba un antiguo oficial de caballería, viudo, hombre temible, de carácter a un tiempo tierno y violento y capaz de las más enérgicas resoluciones: Mr. de Rousseau y hubiera podido asegurarse que había heredado algo de aquellas resoluciones de su antepasado. Sabía de memoria el Contrato social, la Nueva Eloisa y todos esos libros filosóficos que han ido poco a poco preparando y realizando la transformación de nuestros antiguos usos, de nuestros prejuicios, de nuestras rancias y antiguas leyes, de nuestra moral estúpida e imbécil.
Amó a mi madre y fue por ella correspondido. Aquellas relaciones permanecieron secretas hasta el punto de que nadie las sospechó. La pobre mujer, abandonada y triste, debió unirse a aquel hombre de una manera desesperada, y adquirir con su trato su mismo modo de pensar: teorías del libre sentimiento, audacias de amor independiente; pero como era tímida hasta el punto de no osar levantar la voz, todas aquellas teorías fueron encerradas, condensadas, prensadas en su corazón, que no se abría jamás.
Mis dos hermanos habían sido duros, ariscos con ella como su padre; nunca la acariciaban, y acostumbrados al poco caso que de ella se hacia, a lo poco que se le consideraba en la casa, la trataban casi corno a una criada.
Yo fui el único de sus hijos que la quiso verdaderamente y a quien ella también amó.
Murió cuando yo tenía 18 años. Debo añadir para que usted comprenda lo que voy a contarle que por consejo judicial se había pronunciado en el matrimonio una separación de bienes en provecho de mi madre, que había conservado gracias a los artificios de la ley y a los buenos oficios de un notario que la era adicto el derecho de testar a su capricho.
Fuimos, pues, prevenidos de la existencia de un testamento en casa de aquel notario e invitados a asistir a su lectura.
Me acuerdo de aquella como si fuera ayer. Fue una escena grandiosa, dramática, burlesca, sorprendente, producida por la protesta, por la indignación y la revelación póstuma de aquella muerta, por aquel grito de libertad, aquella reivindicación desde el fondo de la tumba, de aquella mártir oprimida por nuestras costumbres durante su vida y que lanzaba desde su sepulcro un grito desesperado de independencia.
El que pasaba por ser mi padre, un hombre grueso, sanguíneo, cuyo aspecto despertaba la idea de un carnicero, y mis hermanos, dos muchachones con veinte y ventidós años, respectivamente, esperaban tranquilamente sentados la lectura del documento. Mr. de Bourneval, invitado a presenciar el acto, entró colocándose detrás de mi. Estaba vestido con una larga y ajustada levita negra que hacia resaltar notablemente su intensa palidez, y con un movimiento nervioso mordisqueaba su bigote que comenzaba a blanquear; indudablemente sabía lo que allí iba a suceder.
El notario cerró la puerta con llave y comenzó la lectura, después de haber roto en nuestra presencia el sobre sellado con cera encarnada y del cual ignoraba el contenido.

Bruscamente mi amigo calló, y levantándose de su asiento se acercó a la mesa y de uno de sus cajones tomó un papel amarillento, lo desplegó y besándolo con respeto, con verdadera devoción, repuso : —He aquí el testamento de mi adorada madre.
“Yo, la abajo firmante, Ana Catalina, Genoveva-Matilde de Croiluxe, esposa legítima de Juan Leopoldo-José Gontrán de Coureils, sana de cuerpo y alma, expreso aquí mis últimas voluntades.
“Pido perdón a Dios, primero, y después a mi hijo René del acto que voy a realizar. Creo a mi hijo dotado de bastante buen corazón para comprenderme y perdonarme. He sufrido horriblemente toda mi vida. He sido casada por cálculo; después despreciada, desconocida, oprimida, engañada sin cesar por mi marido.
“Yo le perdono, pero no le debo nada.
“Mis hijos mayores no me han querido, no me han consolado con sus caricias, con sus cuidados; apenas me han tratado como a una madre.
“Yo he sido para ellos, durante mi vida, lo que debía ser; no les debo tampoco nada después de mi muerte. Los lazos de la sangre no existen sin la afección constante, sagrada, de cada día. Un hijo ingrato es menos que un extraño; es un culpable, porque no tiene el derecho de ser indiferente con su madre.
“Yo he temblado siempre ante los hombres, ante sus leyes injustas e inicuas, sus costumbres inhumanas sus infames prejuicios. Ante Dios no temo nada. Muerta ya, arrojo de mi la vergonzosa hipocresía; me atrevo a decir mi pensamiento, declarar y firmar el secreto de mi corazón.
“He dejado en depósito toda la parte de mi fortuna de que la ley me permite disponer a mi amante Pedro Germer-Simón de Bourneval, a quién adoro, para que sea entregada en seguida a nuestro querido hijo René.

(“Esta voluntad está formulada de una manera más precisa en un acta notarial.)
“Y ante el Juez Supremo que me escucha declaro que habría maldecido al cielo y a la existencia, sino hubiese encontrado la afección profunda, constante, tierna de mi amante, si en sus brazos no hubiese comprendido que el Creador ha hecho los seres para amarse, sostenerse, consolarse y llorar juntos en las horas de amargura.
“Mis dos hijos mayores tienen por padre a Mr. de Courcils; René sólo debe la vida a Mr. de Bourneval. Yo ruego a Dios, amo y señor de todos los hombres y de sus destinos, que coloque por encima de los prejuicios sociales al padre y al hijo, que les inspire un mutuo y eterno cariño y respeto hacia mi memoria.
“Tal es mi último pensamiento y mi postrer deseo.
“Matilde de Croiluxe.”
Mr. de Courcils se había levantado, gritando:
—“Ese es el testamento de una loca.”
Entonces Mr. de Bourneval avanzó un paso y con voz fuerte, con voz cortante, pronunció estas palabras:
—“Yo, Simón de Bourneval, declaro que este escrito no encierra sino la estricta verdad. Estoy pronto a probarlo por cartas que conservo en mi poder.”
Mr. de Courcils marchó hacia él.
Yo creí que iban a lanzarse uno sobre otro. Y estaban allí frente a frente, grandes los dos, delgado y pálido el uno, grueso y apoplético el otro, ambos estremecidos de furor. El marido de mi madre, con voz alterada por la rabia, balbuceó; “¡Es usted un miserable!” El otro pronunció con el mismo tono vigoroso y seco: “En otro lado nos entenderemos.” Ya le hubiera a usted abofeteado y provocado hace mucho tiempo si no me hubiese preocupado, ante todo, la tranquilidad y el sosiego durante su vida de la pobre mujer a quien tanto ha hecho usted sufrir.”
Después, volviéndose hacia mí, me dijo: “Usted es mi hijo. ¿Quiere usted seguirme? Yo no tengo el derecho de llevarle a usted conmigo; pero me lo tomo si usted quiere acompañarme.”
Yo estreché su mano sin pronunciar palabra.
Y salimos juntos.
Dos días más tarde Mr. de Bourneval mataba en duelo a Mr. Courcils. Mis hermanos, por temor a un terrible escándalo se han callado. Yo les he cedido y ellos han aceptado la mitad de la fortuna dejada por mi madre.
Yo he tomado el nombre de mi verdadero padre, renunciando al que la ley me daba y que no era el mío.
Mr. de Bourneval murió hace cinco años y yo no me he consolado de su muerte.

Se levantó, dio algunos pasos, y colocándose delante de mí: “Y bien, yo digo que el testamento de mi madre es uno de los actos más hermosos, más leales, más grandes que una mujer puede realizar. ¿No piensa usted lo mismo?” –
Yo le alargué mis dos manos, y estrechando fuertemente las suyas, exclamé con toda la sinceridad de mi alma: “¡Oh, sí, ciertamente, amigo mío!”

ELUCUBRACIONES SOBRE EL AMOR -- VANOS CONSEJOS -- GUY FE MAUPASSANT

ELUCUBRACIONES SOBRE EL AMOR -- VANOS CONSEJOS -- GUY DE MAUPASSANT
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VANOS CONSEJOS
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Mi querido amigo, el consejo que me pides es difícil de dar. Tienes, pues, un lío amoroso que no eres capaz de deshacer y que me parece que se encuentra en una situación lamentable para ti. Soy viejo; te han dicho que yo había vivido, y haces una llamada a mi experiencia para ayudarte. Temo no poder hacer nada por ti, me parece que no estás en una buena situación. Si he comprendido bien tu carta, he aquí tu caso: Has conquistado a una mujer casada demasiado tenaz. Y voy a hacer unas precisiones para estar seguro de no equivocarme. Tú eres joven, muy joven, veinticinco años. Después de haber correteado un poco, a derecha y a izquierda, por las calles y las mujeres de la calle, te has sentido llamado, como lo somos todos, al deseo de amores más refinados. Entonces te fijaste en una amiga de tu madre que se fijaba en ti desde hacía ya algún tiempo. Ella se encontraba entonces en ese momento en el que la mujer se encuentra aun bien, pero a punto de empeorar. Cuarenta años cumplidos, la gordura, el frescor, ese frescor de las uvas conservadas y el cariño suficiente como para vender, el cual su marido no consumía desde hace bastante tiempo. Empezasteis intercambiando miradas. Luego vuestros apretones de manos fueron un poco más largos, más estrechos, con una fuerza tímida al principio, luego más significativa. Después la besaste, una noche, detrás de una puerta y ella te devolvió tu beso con usura. Saliste para pasearte, encantado, ligero, delirante. Estabas preso. Unos días más tarde la cadena estaba bien cerrada. Una dura cadena, mi pobre amigo. En primer lugar la edad de tu amante constituye en sí misma un peligro terrible. Las mujeres llegadas a ese punto, buscan su última proeza, meter el trigo en el granero para los últimos días. Pero el granero está reforzado. Mejor. ¿Pero qué importa? Un viejo zorro es más retorcido que un joven. Y además piensa que la cosa a la que una mujer está menos dispuesta a renunciar es al amor. Retarda ese momento de abdicación lo más posible y, si puede, hasta la parálisis senil. Yo querría que se condenase el desenfreno de las mujeres mayores como las corrupciones de menores. ¿Es más culpable, en efecto, de comenzar demasiado pronto que de acabar demasiado tarde? En ambos casos, se viola la naturaleza. Mi pobre chico, ¡cuánto te compadezco! He aquí que la cosa dura cinco años, ¿no? Sí, he entendido bien, aún era apetecible. Ya no lo es. Cinco años, en la edad de dar volteretas, cuenta como cincuenta. La has visto deteriorarse día a día. Cuando tú la tomaste era un plato digerible. Pero ya no son más que sobras…para tirar. A partir de ahora no tendrás, me temo, más consuelo que el verla envejecer. Esto es, por lo menos una venganza... y una buena venganza. No puedo imaginar pues como podrías deshacerte de ella, a menos que se lo cuentes a tu madre, lo que no sería cortés. Ella cena en vuestra casa dos veces a la semana, va de visita, por la noche, cuando quiere. Su marido te adora y te lleva al espectáculo. Es lo normal. En cuanto a ella, te lapida con sus atenciones, cuidados, muestras de cariño y muestras indudables de amor. He aquí dos cosas que se debería de enseñar a los niños con el alfabeto: Nunca se debe tener una amante que ya no puede ser infiel y hay que mantenerse alejado lo más posible de las relaciones a las que no se puede poner fin con dinero. Cuando una mujer es aún deseable, manejándose bien, puede uno a menudo deshacerse de ella en perjuicio de un amigo. Tú no tienes esa esperanza. Sin embargo, quieres romper a cualquier precio, ¡ romper! ¡ vaya problema! Aquel que hiciera un buen manual sobre el arte de romper haría un mayor favor a la humanidad, a los hombres sobre todo, que el inventor del ferrocarril. Busquemos medios prácticos. Si viviésemos en otro siglo y con otras costumbres, te aconsejaría simplemente envenenarla, ya que cena a menudo en tu casa. Pero lo harías mal y te cogerían. Sé que hay también otros medios de envenenar a una mujer que la ley no puede prever ni castigar. No soy yo quien debe desvelártelos, continuemos. Solo existe en realidad, para romper con una amante, un buen método: la zambullida. Se desaparece y ya no se vuelve a aparecer. Que le escribe, uno no le responde, que viene a verle, uno ha cambiado de domicilio. Que le busca por todas partes, usted se mantiene imposible de localizar y si por casualidad uno la encuentra, hace como si no la conociera y pasa de largo. Si ella le para, se le pregunta con cortesía: ¿qué desea, señora? Y se disfruta de su asombro, de su furor indignado. Con este procedimiento, solo hay que temer al vitriolo. Este medio tiene la ventaja de ser radical y grosero. Pero no es aplicable en tu caso, desgraciadamente, ya que vives con tu familia. Es necesario que el conejo cazado vuelva siempre a encerrarse en su agujero: por muy larga que sea la ausencia hay que volver siempre a la casa paterna. Te volverá a atrapar a tu vuelta, así de fácil. Entonces, ¿qué? ¡Resignarte! Seguir con ella. Sé bien que ahora sientes hacia ella tanto odio como asco. Mala suerte. Creo que es necesario que apliques solamente tu habilidad para evitar las ocasiones. Luego, elúdela, pierde el conocimiento, simula ataques de nervios, de rabia o de epilepsia, grita: ¡ Fuego! ¡ Al asesino! Desde el momento en el que estéis solos, deja tu abrigo o incluso más, paga a un sirviente para que golpee las puertas tan pronto como ella se encuentre encerrada contigo. Pero resígnate a sufrir, al menos platónicamente, su pasión. Ahora si de todas maneras necesitas una ruptura, haz que su marido te sorprenda en flagrante delito, te librarás de ella solo con dos meses de prisión. Es poco. En cuanto al procedimiento no lo creas poco delicado, es tan lícito como legal. Sé que el marido quizás no querrá sorprenderte y que te expones así a una cita capital y muy penosa. Voy a indicarte la manera de atraer hacia tu trampa al esposo suspicaz y prudente. Escríbele una carta de amor que firmarás con el nombre de una actriz, joven y guapa, pidiéndole una hora para encontrarse con él en persona. Todo hombre tiene una tendencia a creerse irresistible. Vendrá. Y le habrás recomendado entrar valientemente en la mansión indicada sin llamar. Tú no pasarás el cerrojo y te resistirás el mayor tiempo posible. Si él se enfada o si te perdona, arreglará tu asunto. Ten sin embargo cuidado de tener testigos en un armario por si negase todas las evidencias. El amor, mi niño, es una cosa muy agradable y muy desagradable al mismo tiempo. “cuando está cansado, hay que beberlo” como decía el mariscal de Saxe desgraciadamente los viejos vinos del cariño no equivalen a los viejos vinos de las bodegas. Me doy cuenta de que te he dado un largo sermón, y de que no te doy, en suma, ninguna fórmula práctica. No hay. Todo depende de la habilidad personal, del tacto y de las personas. También puedes hacerte cura o, ¿quemarte el cerebro? También podrías… ¡un matrimonio! Pero, ¿eso acaso no sería ir de mal en peor? Y además... ¿te liberaría eso? En fin, entre nosotros, ¿sabes lo que haría en tu lugar? Es una mezquindad lo que voy a decirte, pero todo está permitido para defenderse. Y bien, trataría de hacerla madre, si aún es posible. Te odiaría tanto que puede que te dejase. Pero yo querría que hubiera en los colegios una enseñanza especial para prevenir a los jóvenes alumnos de los peligros de esta índole. Se os enseña el griego y el latín que os son poco útiles, y no se os enseña a defenderos de las mujeres que son en suma el mayor peligro de nuestra vida. Debería de revelársenos su naturaleza, sus trucos, su tenacidad otras mil cosas. Avisarnos sobre ellas. Es verdad que nada de eso nos serviría quizás de nada. Te doy la mano, como se hace en la puerta de los cementerios, a las personas que no se puede ni aliviar ni consolar.

Para copia compulsada

MAUFRIGNEUSE

MISERIA CAMPESINA -- EL VAGABUNDO -- GUY DE MAUPASSANT

MISERIA CAMPESINA -- EL VAGABUNDO -- GUY DE MAUPASSANT
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EL VAGABUNDO


Llevaba más de un mes caminando en busca de trabajo por todas partes. Por falta de él había dejado su país, Ville-Avaray, en la Mancha. Maestro carpintero, de unos veintisiete años, honrado trabajador, había estado durante dos meses sosteniendo a su familia, por ser el mayor de los hijos, teniendo que cruzarse de brazos ante la escasez de todo. El pan empezó a faltar en la casa; las dos hermanas trabajaban a jornal, pero sus ganancias eran escasas, y él, Santiago Randel, el más fuerte, no hacía nada porque no tenía nada en qué emplearse y había de comerse la ración de los otros. Entonces se presentó en la Alcaldía y el secretario le dio esperanzas de encontrar trabajo en el Departamento Central. Partió, pues, provisto de papeles y certificados, con siete francos en el bolsillo y llevando al hombro, en un pañuelo azul sujeto al extremo de un palo, un par de zapatos de repuesto, un pantalón y una camisa.
Había caminado sin descansar, ni de día ni de noche, por interminables caminos, bajo el sol y la lluvia, sin llegar nunca a ese país misterioso donde encuentran trabajo fácilmente los obreros.
Se había empeñado, desde un principio, en que no debía trabajar más que de carpintero, puesto que ese era su oficio. Pero en todos los talleres en que se presentaba le respondían que acababan de despedir obreros por falta de demandas, y terminó por decidirse, al encontrarse falto de recursos, a aceptar la primera colocación que le saliera al encuentro. En poco tiempo fue picapedrero, mozo de cuadra, empedrador, leñador, pocero, albañil, cestero y hasta pastor, todo mediante una mezquina retribución, que él mismo proponía para tentar la codicia de aldeanos y patrones, que a pesar de todo, una vez terminado su trabajo, se deshacían de él. Luego, durante una semana, si no encontraba nueva ocupación, consumía lo que tenía y muchas veces sólo comía un pedazo de pan, gracias a la caridad de algunas mujeres, a quienes pedía desde el umbral de las puertas a su paso por las calles. Llegaba la noche, y Santiago Randel, harapiento, con el estómago vacío, las piernas destrozadas y el alma angustiada, marchaba descalzo sobre la hierba por el borde del camino, para conservar el último par de zapatos, pues los primeros hacía tiempo no existían.
Era un sábado a fines de otoño. Espesas, nubes grises cruzaban el cielo rápidamente, arrastradas por el viento que gemía entre los árboles. El tiempo amenazaba lluvia; el campo estaba desierto, porque había oscurecido y era víspera de fiesta. De trecho en trecho, en medio de la huerta, se elevaban, semejantes a grandes hongos amarillos, montones hacinados de paja trillada; las tierras, desnudas de toda vegetación, ocultaban en su seno la simiente de la próxima cosecha. Randel sintió hambre, un hambre brutal, una de esas hambres que arroja al lobo sobre el hombre. Extenuado, alargaba el paso para llegar antes; y con la cabeza pesada, sintiendo el zumbido de la sangre en los oídos, los ojos inyectados, la boca seca, apretaba su palo convulsivamente, sintiendo el vago deseo de apalear al primer transeúnte que encontrase entrando en su casa a cenar.
Miraba los bordes del sendero, sin apartar de su memoria la imagen de un montón de patatas desenterradas y esparcidas por el suelo. Si hubiera encontrado unas cuántas, hubiera reunido unas ramas secas y allí, en el mismo barranco, después de hacer fuego, se hubiera proporcionado una buena cena con aquellos redondos tubérculos, bien asados, que con seguridad hubieran hecho desaparecer el frío que le crispaba las manos.
Pero la época de la patata había pasado y habría de contentarse con roer, como había hecho la víspera, una remolacha cruda arrancada de uno de aquellos surcos.
Dos días después hablaba en voz alta consigo mismo, alargando el paso. por la obsesión de sus ideas. No había pensado hasta entonces nada en concreto; todas sus facultades, su inteligencia entera, la había puesto al servicio de su profesión.
Pero la fatiga, la encarnizada persecución de un trabajo que no hallaba, las repulsas, las malas acogidas, las noches pasadas sobre la hierba, el ayuno y el desprecio. que notaba por parte de los bien acomodados que le tomaban por vagabundo; el consejo diariamente recibido: «¿Por qué salió usted de su púeblo?”; la tristeza de no poder ocupar en nada sus robustos y forzudos brazos; el recuerdo de sus padres abandonados en el pueblo, sin recursos casi, iban acumulandola poco a poco en su corazón una sorda cólera, amasada cada día, cada hora, cada minuto con nuevos ultrajes y que iba saliendo a la superficie a pesar de él, traduciéndose en frases cortas e irritadas.
Al tropezar continuamente en los guijarros que rodaban bajo sus pies descalzos, refunfuñaba: “¡ Desgracia... miseria ... montón de cochinos..., dejar reventar de hambre a un hombre ... a un trabajador... montón de cochinos..., ni cuatro cuartos ... ni un céntimo... y ahora a llover ... eso faltaba ... cochinos, más que cochinos!”
Y se indignaba con las injusticias de la suerte, tomando por testigos a todos los hombres, de que la naturaleza, nuestra madre común, era ciega, injusta, pérfida y feroz. Y repetía entre dientes: “¡Montón de marranos!”, contemplando al mismo tiempo la pequeña nube de humo gris que salía de los tejados de una aldea cercana a aquella hora, que era la de cenar. Y sin reflexionar en la otra injusticia humana, que se llama violencia y robo, sentía ardientes deseos de correr hacia el pueblo, entrar en una de sus casas, aplastar a los habitantes y sentarse en su lugar a la mesa.
“Yo tengo el derecho de vivir —decía—, y ahora con mas razón, puesto que me dejan reventar de hambre... ¡cochinos! ... yo no pido más que trabajo, nada más, ¡cochinos!” Y el dolor de sus miembros, el dolor de su estómago, el dolor de su corazón se le subía a la cabeza como una especie de formidable borrachera, haciendo nacer en su cerebro esta idea sencilla: “¡Tengo el derecho de vivir, puesto que el aire es de todos! ¡No hay derecho alguno que pueda privarme del pan que necesito para alimentarme!”
Caía una lluvia fría, espesa y helada. Se detuvo, murmurando: “¡ Miseria..., desgracia ... todavía un mes de camino para volver a casa!” ... Y en efecto, volvía allá pensando en que era más fácil encontrar pronto en qué ocuparse en su pueblo natal, donde era conocido, que en aquellas carreteras en las que a todos se hacía sospechoso.
Puesto que la carpintería no prosperaba, seria peón de albañil, yesero, picapedrero, cualquier cosa. Aunque no ganara más que veinte sueldos diarios, tendría, por lo menos, para comer.
Se arrolló al cuello lo que restaba de su último pañuelo, un pingajo, a fin de impedir que el agua fría se escurriese por el pecho y la espalda; pero pronto sintió que atravesaba la delgada tela de sus ropas e instintivamente lanzó a su alrededor una angustiosa mirada, en la que se retrataba el dolor de no encontrar un sitio donde guarecerse, donde resguardar su cuerpo, donde apoyar su cabeza.
Llegó la noche, cubriendo de sombra los campos; Allá lejos, en un prado, percibió una mancha oscura sobre la hierba; era una vaca. Atravesó el barranco y se dirigió hacia allí sin darse cuenta de lo que hacía. Cuando llegó cerca de ella, el animal levantó al verle su gruesa cabeza. “Si siquiera tuviera un cacharro —pensó——, podría beber un poco de leche”. Miraba a la vaca, que, a su vez, no separaba los ojos de él; le dio un puntapié en el vientre, diciéndole: “jArriba!”, y el pobre animal se levantó lentamente, dejando al descubierto las colgantes y pesadas ubres; se ácostó entre las patas del animal, tendiéndose boca arriba, y bebió con avidez largo tiempo, estrujando con ambas manos el tibio pezón que aún olía a establo. Y bebió tanto, que se hartó de leche en aquella fuente vivificadora.
La lluvia caía ahora más espesa y glacial y en toda la llanura desierta no había un abrigo donde refugiarse. Tenía frío; de cuando en cuando veía brillar entre los árboles la luz que filtraban las ventanas de una casa.
La vaca se había vuelto a acostar pesadamente. Se sentó a su lado, acariciándole la cabeza, agradecido del alimento que le había proporcionado. El aliento tibio y fuerte del animal saliendo de su hocico como dos chorros de vapor, acariciaba la cara del trabajador, que le decía: “¡No debes tener frío ahí dentro, como yo!” Y le daba palmaditas en el pecho e introducía sus manos bajo las patas para buscar calor. Entonces tuvo una idea; acostarse y pasar la noche arrimado a aquel tibio y grueso vientre; buscó un sitio donde acomodarse, y por fin recostó su cabeza sobre las voluminosas ubres que acababan de prestarle su alimento. Quebrantado de fatiga, no tardó en dormirse. Se despertó varias veces con el pecho o la espalda helados, según el costado que aplicaba al vientre del animal; entonces daba una vuelta para calentarse y secár la parte del cuerpo que había quedado expuesta al relente de la noche y se dormía otra vez pesadamente.
El canto de un gallo le hizo ponerse en pie. Amanecía; no llovía ya y el cielo aparecía puro y despejado. ‘La vaca descansaba aún con el hocico pegado al suelo; se inclinó, apoyándose sobre las palmas de las manos, y besando el húmedo y caliente hocico, le dijo:
—Adiós, hermosa ... hasta otra vez; eres un animal caritativo ... Adiós.
Y después que se hubo calzado, emprendió su marcha. Durante dos horas avanzó por el mismo camino de siempre, hasta que el cansancio le produjo una lasitud tan grande que se vio precisado a tomar asiento sobre la hierba. Ya había salido el sol; las campanas de las iglesias repicaban; mujeres con blanca cofia, unas a pie y otras en carritos, comenzaban a pasar por el camino en dirección a los pueblos vecinos, a festejar el domingo con sus amigos o parientes.
Vio un aldeano, ya de edad, que conducía delante de é1 un rebaño de corderos que balaban inquietos, y que un perro hacía marchar agrupados, corriendo tras los revoltosos que pretendían separarse de sus compañeros.
—¿No tendría trabajo para un obrero muerto de hambre? —preguntóle Randel, levantándose y saludando.
—No tengo trabajo para la gente que encuentro por los caminos —contestó, el pastor, midiendo de pies a cabeza al vagabundo con recelosa mirada.
Y el carpintero volvió a sentarse al borde del camino. Allí esperó largo tiempo, viendo desfilar delante de él a los campesinos y buscando una buena cara, un rostro compasivo, para volver a formular su petición. Al fin, se decidió a dirigirse a una especie de burgués, bien abrigado, con un largo gabán desabrochado que dejaba ver una cadena de oro cruzando su pecho.
—Busco trabajo hace dos meses —le dijo—: no encuentro nada y no tengo ni un céntimo en el bolsillo.
—Debías haber leído —le contestó el burgués— el bando fijado a la entrada del pueblo prohibiendo la mendicidad en el territorio de la comuna. Soy el alcalde, y si no te marchas pronto, de prisa, te haré detener.
Randel, a quien empezaba a dominar la cólera, murmuro:
—Hágame detener, si quiere, tal vez será mejor para mí; al menos no me moniré de hambre.
Y se volvió a sentar sobre la senda.
Aún no había transcurrido un cuarto de hora, cuando dos gendarmes aparecieron en el camino. Marchaban despacio, juntos, bien vestidos; sus sombreros de hule relucían al sol; brillaban los ribetes amarillos de sus trajes y los botones de metal como si desde lejos quisieran espantar a los malhechores y hacerles huir.
El carpintero, a pesar de estar persuadido de que venían por él, no se movió; estaba poseído de una sorda rabia y de un gran deseo de desafiarlos, de ser cogido y de vengarse mas tarde de ellos.
Los gendarmes se aproximaron sin parecer percatarse de él, marchando con ese paso marcial zambo y pesado como el de un ganso. De pronto, al pasar a su lado, hicieron ademán de haberlo descubierto, y parándose, empezaron a mirarle de pies a cabeza con gesto amenazador y furioso.
—¿Qué hace usted aquí? —le preguntó el cabo, avanzando hacia él.
—Descansar —respondió Santiago tranquilamente.
—¿De dónde, viene?
—Si fuera a enumerarle todos los pueblos por donde he pasado, tendría para más de una hora.
—¿A dónde va usted ahora?
—A Ville-Avaray.
—¿ Dónde está eso?
—En la Mancha.
—¿Es el pueblo de usted?
—Es mi pueblo.
—¿Por qué se ha marchado usted de él?
—Para buscar trabajo.
El cabo se volvió hacia su compañero y con el tono colérico del que está cansado de oír la misma superchería, exclamo:
—Todos estos granujas dicen lo mismo. Conozco el sistema.
—¿Tiene usted sus papeles en regla? —dijo, volviéndose al carpintero.
—Sí, señor.
—Muéstrelos.
Randel sacó de su bolsillo sus papeles, sus certificados, pobres y mugrientos documentos que estaban hechos pedazos, y los alargó al gendarme.
Este los deletreó mascullando. Después convencido de que estaban al corriente, se los devolvió, con el aire descontento del hombre a quien se le acaba de jugar una mala partida.
—¿Lleva dinero encima? —preguntó de nuevo, después de unos momentos de reflexión.
—No.
—¿Nada?
—Nada.
—¿Ni un céntimo siquiera?
—Ni un céntimo.
—Entonces, ¿de qué vive usted?
—De lo que me dan.
—¿Mendigando?
—Cuando puedo —respondió Randel, resueltamente.
Entonces el gendarme con tono solemne declaró:
—Ha sido, sorprendido usted en flagrante delito de vagancia y de mendicidad sobre el camino, y le ordeno que me siga.
—Adonde quiera —contestó el carpintero, levantándose.
Y colocándose entre los gendarmes, antes de recibir la orden, añadió:
—Préndame; al menos estaré bajo techo cuando llueva. Y se dirigieron hacia el pueblo, del que se veían los tejados, a través de los árboles desprovistos de hojas, desde un cuarto de legua de distancia.
Era la hora de la misa mayor cuando atravesaron el pueblo. La plaza estaba llena de gente formando calle para ver pasar al malhechor, al que seguían corriendo una nube de chiquillos. Aldeanos y aldeanas le contemplaban al verle pasar, y en sus miradas se notaba el ardiente deseo de apedrearlo, de arañarlo, de magullarlo a patadas. Unos decían que era un ladrón; otros aseguraban que un asesino. El carnicero, antiguo sargento, afirmaba que era un desertor; el estanquero creía reconocer en él a un pordiosero que le había pasado aquella misma mañana una moneda de dos reales falsa, y el quincallero apostaba a que aquél era el misterioso asesino de la viuda Malet, que la policía buscaba hacia seis meses.
En la sala del Concejo Municipal, donde le hicieron entrar sus guardianes, Randel encontró al alcalde sentado ante la mesa-despacho, teniendo a su lado al secretario.
—¡Hola, hola! —exclamó el magistrado—. ¡Ya estás aquí, valiente! ¿No te dije que te haría encerrar? ¿Qué ha sucedido, cabo?
—Un vagabundo sin casa ni hogar, señor alcalde —respondió éste—, sin recursos y sin dinero encima, según é1 mismo afirma, arrestado en pleno ejercicio de mendicidad y vagancia, provisto de certificados de buena conducta y de documentos en regla.
—Vamos a ver esos papeles —dijo el alcalde.
Los cogió, los leyó y releyó, y después de devolvérselos, ordenó:
—Regístrenlo.
Los gendarmes lo registraron, sin encontrar nada. El alcalde, perplejo, preguntó al obrero:
—¿Qué hacías esta mañana sobre el camino?
—Buscaba trabajo.
—¿Trabajo?..: ¿En el camino?
—¿Cómo había de encontrarle si me escondiera en el bosque?
Y se contemplaron los dos con un odio de animales pertenecientes a dos especies distintas:
—Voy a ponerte en libertad —dijo el alcalde—; ¡pero cuidado con que te vuelva a encontrar!
—Mejor quiero que me encierre —dijo el carpintero—; estoy cansado de correr por los caminos.
—Cállate —ordenó el alcalde con severidad.
—Y volviéndose a los gendarmes:
—Lleven a este hombre —les dijo— hasta doscientos metros del pueblo y déjenlo continuar su camino.
—Denme de comer siquiera —murmuró el obrero.
—¡No faltaba más! —exclamó el alcalde, indignado—. No tengo obligación de alimentarte. ¡Estaría bueno!
—Si me dejan marchar hambriento —repitió Randel con tono firme— me obligarán a que haga una barbaridad. Tanto peor para ustedes, los satisfechos.
—¡Llévenselo en seguida, porque acabaré por incomodarme! — dijo el alcalde levantándose.
Los gendarmes cogieron entonces por ambos brazos al carpintero y lo arrastraron. Se dejó llevar así hasta las afueras del pueblo, donde siguiendo el mismo camino, y una vez llegados al poste kilométrico que señalaba los doscientos metros convenidos, dijo el cabo:
—Aquí es; andando y de prisa; que no lo vuelva a ver más en el pueblo, o sabrá quién soy yo.
Randel se puso en marcha sin responder y sin saber a punto fijo dónde se dirigía. Durante quince o veinte minutos caminó, embrutecido de tal modo, que no se le ocurría ni una idea ni un pensamiento.
De pronto, al pasar por frente a una casita, cuya ventana estaba abierta, percibió un olor de comida tan agradable, que le hizo detenerse junto a la puerta. Sintió hambre, un hambre feroz, devoradora, enloquecedora, que le atraía como a una bestia inconsciente hacia aquella casa solitaria.
—¡Por Cristo vivo! —exclamó en voz alta e irritada—, es preciso que me den de comer cualquiera cosa esta vez.
Y empezó a golpear la puerta fuertemente con su palo; nadie respondió; aporreó con más fuerza, gritando:
—¿No hay nadie en esta casa? ¡Abran por favor! ... ¡Eh, abran!
—Nadie se movía en el interior; aproximándose a la ventana la empujó y el aire encerrado en la cocina, un ambiente tibio y lleno de olores de carne cocida, de sopa exquisita y de coles hervidas le acarició el estómago hambriento, escapándose luego arrastrado por el viento frío del exterior.
De un salto el carpintero entró en la casa; sobre una mesa había colocados un par de cubiertos; sin duda los propietarios habían ido a misa y dejado a punto, sobre el fuego, la comida, el buen guisado del domingo, con la sopa de legumbres substanciosas.
Un pan tierno se veía sobre la chimenea, entre dos botellas llenas al parecer. Randel se arrojó violentamente sobre el pan y lo mordió con tanta violencia como si tratase de estrangular a un hombre; luego empezó a tragar con avidez grandes trozos; el olor de la carne cerca de él le atrajo hacia la chimenea, y después de levantar la tapa de la olla metió en ella un tenedor y sacó un gran pedazo de ternera atada con un bramante. Después de esto, cogió unas berzas, unas zanahorias, algunas cebollas, y cuando llenó una silla de provisiones, lo puso todo sobre la mesa y sentándose enfrente cortó la ternera en cuatro partes y empezó a comer como si estuviera en su casa. Cuando hubo devorado casi todo el pedazo de carne y una buena cantidad de aquellas legumbres, notó que tenía sed y cogió las dos botellas que había sobre la chimenea. Apenas vertió el líquido en su vaso, conoció que era un vino excelente. Tanto mejor; aquello era caliente, le encendería la sangre, que buena falta le hacía después de haver tenido tanto frío; y bebió.
A pesar de haber perdido la costumbre, encontró buena la bebida y se sirvió un vaso lleno, vaciándolo en dos sorbos. Y casi repentinamente se sintió alegre, resucitado por el alcohol, contento y decidor como si dentro de su estómago sintiese un gran consuelo. Y continuó comiendo con más tranquilidad, mojando pedazos de pan en el caldo. Las sienes le latían con fuerza, la piel se le iba poniendo ardiente. Sintió a lo lejos el tintineo de una campana; era que la misa había concluido. Y obedeciendo al instinto más que al miedo, a ese instinto de. conservación que guía y hace perspicaces a los que se encuentran en peligro, se levantó de su asiento y después de introducir en sus bolsillos el resto del pan y una de las botellas de vino saltó por la ventana al camino.
Aún no se divisaba nadie. Entonces se puso en marcha, pero en vez de seguir el camino real tomo a través del campo, en dirección a un bosque que desde allí se divisaba.
Se sentía fuerte, alegre, contento de lo que acababa de hacer y tan ágil que saltaba a pies juntos de un solo salto las zanjas de la huerta.
Cuando llegó bajo los árboles, sacó de su bolsillo la botella y se puso a beber a grandes tragos, sin interrumpir su marcha. Empezaban a embrollarse sus ideas, a turbársele la vista y sus piernas entorpecidas le hacían dar frecuentes traspiés. Luego lanzó al aire una antigua canción popular.
Marchaba entonces sobre una espesa alfombra de húmeda y fresca hierba. Aquel dulce tapiz le produjo una loca alegría y un deseo infantil de hacer cabriolas. Tomó carrera y después de cada voltereta volvía a cantar la misma canción.
De pronto se encontró al borde de un camino en desmonte, y vio venir hacia él una mujer ya madura, una criada que volvía al pueblo, llevando un garrafón de leche en cada mano, separados del cuerpo por un aro de cuba. Randel la esperó, inclinado, con los ojos encendidos como los de un perro a la vista de una codorniz.
Al llegar junto a él, alzó la vista la mujer y se echó reír gritándole:
—¿Era usted el que cantaba?
Sin responder palabra, el carpintero saltó al camino, a pesar de la altura del talud, que no bajaba de seis pies.
—¡Que susto me ha dado usted! -dijo ella al verle su lado.
El desgraciado no la oía; estaba borracho, loco, poseído de otra rabia más voraz que el hambre; poseído de la fiebre alcohólica y de la furia de un hombre que ha carecido de todo durante dos meses y que es fuerte y joven; poseído de todos los apetitos del macho, de todas las necesidades de la carne.
La mujer retrocedía ante él, asustada de su semblante, de su mirada, de su boca entreabierta, de sus brazos extendidos. Randel la cogió por los hombros y sin decirle una palabra la tumbó sobre el camino. Los garrafones cayeron, rodando con estrépito y vaciándose por completo, y la mujer empezó a gritar hasta que, convencida de que no había de servirle de nada llamar en aquel desierto, y comprendiendo que no se trataba de un asesinato, cedió sin gran pena, sin incomodarse, porque aunque brutal, el joven era fuerte y viril. Pero al levantarse y ver sus garrafones vacíos, sintió tal furor, que arrojándose a su vez sobre el hombre y quitándose un zapato, le amenazó con romperle la cabeza si no le pagaba la leche.
Pero Randel, despreciando este ataque violento y sintiéndose un poco despejado, echó a correr con toda la ligereza de sus piernas, asustado, espantado de lo que acababa de hacer, mientras que ella le arrojaba piedras, algunas de las cuales le alcanzaron en la espalda.
Corrió largo tiempo, hasta que sintiéndose cansado de un modo extraordinario y viendo que sus piernas se negaban a continuar, se acostó al pie de un árbol; sus ideas eran confusas, había perdido el recuerdo de todo y la facultad de pensar.
A los cinco minutos dormía profundamente. Un gran golpe le despertó y al abrir los ojos vio dos tricornios de hule inclinados sobre él y conoció los dos gendarmes de aquella mañana, que le estaban atando los brazos.
—Ya sabía yo que nos volveríamos a ver —le dijo burlonamente el cabo.
Randel se levantó sin responder palabra. Los gendarmes lo sacudían, prontos a tratarlo con más rudeza si hacía un gesto, porque desde aquel momento era suyo; ya era prisionero; una especie de pieza cobrada por estos cazadores de criminales que no soltarían ya.
—¡En marcha! —ordenó el gendarme.
La noche se aproximaba, extendiendo sobre la tierra el velo pesado y siniestro de una crepúsculo de otoño. Al cabo dé una media hora llegaron al pueblo. Todas las puertas estaban abiertas, pues ya se sabía lo sucedido. Aldeanos y aldeanos, poseídos de cólera, como si ellos hubieran sido los robados, como si ellas hubieran sido las violadas, querían ver entrar al miserable para insultarle y maltratarle. Fue una gritería que empezó en la primera casa para terminar en la Alcaldía, donde el alcalde, deseando vengarse también del vagabundo, esperaba con impaciencia.
—¡Hola, valiente! ¡Ya estamos aquí! ... —le gritó desde lejos.
Y se frotaba las manos, contento como nunca.
—Ya lo había dicho yo; ya lo habla dicho yo —repetía—, con sólo verlo en el camino.
Y en un desbordamiento de alegría, exclamó:
—¡Ah, miserable, granuja, pillo, indecente: ya tienes techo por lo menos para veinte años!

HIJOS Y SUICIDIOS -- YVELINE SAMORIS -- GUY DE MAUPASSANT

YVELINE SAMORIS

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La condesa de Samoris.
—¿Esa señora de negro, allá lejos?
—La misma, lleva luto por su hija, a quien mató.
— ¡Vamos! ¿Qué me cuenta?
—Una historia muy simple, sin crimen y sin violencias.
—¿Qué pasó, pues?
—Casi nada. Dicen que muchas cortesanas nacieron para ser mujeres honestas; y muchas mujeres llamadas honestas, para ser cortesanas, ¿no? Pues la señora de Samoris, nacida cortesana, tenía una hija nacida mujer honesta, y eso es todo.
—No lo entiendo bien.
—Me explicaré.

* * *


La condesa de Samoris es una de esas extranjeras de pacotilla que llueven a cientos sobre París, todos los años. Condesa húngara o polaca, o no sé qué, apareció un invierno en un piso de los Campos Elíseos, ese barrio de las aventureras, y abrió sus salones al primero que llegara.
Yo iba allí. ¿Por qué?, me dirá usted. No lo sé demasiado bien. Iba como vamos todos, porque se juega, porque las mujeres son fáciles y los hombres indecentes. Ya conoce usted ese mundo de filibusteros con condecoraciones variadas, todos nobles, todos con títulos, todos desconocidos en las embajadas, con excepción de los espías. Todos hablan del honor a troche y moche, citan sus antepasados, cuentan su vida, fanfarrones, mentirosos, tramposos, peligrosos como sus naipes, engañosos como sus apellidos, la aristocracia del presidio, en fin.
Adoro a esa gente. Son interesantes de estudiar, interesantes de conocer, divertidos de oír, a menudo ingeniosos, jamás triviales como funcionarios públicos. Sus mujeres son siempre bonitas, con un leve sabor de pillería extranjera, con el misterio de su existencia transcurrida acaso a medias en un correccional. Tienen en general ojos soberbios y un pelo inverosímil. Las adoro también.
La señora de Samoris es el prototipo de esas aventureras: elegante, madura y todavía guapa, encantadora y felina, se la nota viciosa hasta la médula. Nos divertíamos mucho en su casa, jugábamos, bailábamos, cenábamos a altas horas...; en fin, hacíamos todo cuanto constituye los placeres de la vida mundana.
Y tenía una hija, alta, espléndida, siempre alegre, siempre poropensa a las fiestas, siempre riendo a todo reír y bailando hasta reventar. Una auténtica hija de aventurera. Pero una inocente, una ignorante, una ingenua, que no veía nada, no sabía nada, no entendía nada, no adivinaba nada de cuanto pasaba en la casa paterna (1)
—¿Cómo lo sabe usted?»
—¿Cómo lo sé? Es de lo más gracioso. Llaman una mañana a mi casa, y mi ayuda de cámara viene a avisarme de que don Joseph Bonenthal pregunta por mí. Digo al punto:
—¿Quién es ese señor?
Mi servidor respondió:
—No lo sé muy bien, señor, quizás se trate de un doméstico.
Era un doméstico, en efecto, que quería entrar en mi casa.
«¿De dónde sale usted?
—De casa de la señora condesa de Samoris.
—¡Ah! Pero mi casa no se parece en nada a la suya.
—Lo sé perfectamente, señor, y por eso quisiera entrar en la casa de usted; estoy harto de esa gente; uno pasa por ella, pero no se queda.
Justamente necesitaba un hombre, y lo contraté.
Un mes después, la señorita Yveline Samoris moría misteriosamente; y he aquí todos los detalles de esa muerte, que supe por Joseph, quien los sabía por su amiga la doncella de la condesa.
Una noche de baile, dos recién llegados charlaban detrás de una puerta. La señorita Yveline, que acababa de bailar, se apoyó contra esa puerta para respirar un poco de aire. No la vieron acercarse; ella los oyó. Decían:
—Pero ¿quién es el padre de la jovencita?
—Un ruso, parece, el conde Ruvalof. Ya no ve a la madre.
—¿Y el príncipe reinante de hoy?
—Ese príncipe inglés que está de pie junto a la ventana. La señora Samoris lo adora. Aunque sus adoraciones nunca duran más de un mes o seis semanas. Por lo demás, ya ve usted que el personal de amigos es numeroso; todos son llamados... y casi todos son escogidos. Cuesta un poco caro, pero... ¡bah!
—¿De dónde sacó ese nombre de Samoris?
—Del único hombre al que quizás amó, un banquero israelita de Berlín que se llamaba Samuel Morris.
—Bien. Se lo agradezco. Ahora que estoy informado, lo veo todo claro. Y me lanzaré de cabeza.
¿Qué tormenta estalló en aquel cerebro de jovencita dotada de todos los instintos de una mujer honesta? ¿Qué desesperación trastornó aquella alma sencilla? ¿Qué torturas apagaron la alegría incesante, la risa encantadora, la exultante dicha de vivir? ¿Qué combate se entabló en su corazón, tan joven, hasta la hora en que hubo marchado el último invitado? Eso era lo que Joseph no podía decirme. Pero esa misma noche Yveline entró bruscamente en el cuarto de su madre, que iba a meterse en cama, mandó salir a la camarera, que se quedó detrás de la puerta, y de pie, pálida, con los ojos agrandados, dijo:
—Mamá, esto es lo que he oído hace un poco en el salón.
Y contó palabra por palabra la conversación que le he citado.
La condesa, estupefacta, no sabía al principio qué responder. Después lo negó todo con energía, inventó una historia, juró, puso a Dios por testigo.
La joven se retiró trastornada, pero no convencida. Y espió.
Recuerdo perfectamente el extraño cambio que había sufrido. Estaba siempre seria y triste; y clavaba en nosotros sus grandes ojos fijos como para leer en el fondo de nuestras almas. No sabíamos qué pensar, y se pretendía que buscaba un marido, ora definitivo, ora pasajero.
Una noche no le cupieron más dudas: sorprendió a su madre. Entonces, fríamente, como un hombre de negocios que plantea las condiciones de un trato, dijo:
—Mamá, he decidido una cosa. Nos retiraremos las dos a un chalecito o bien al campo; viviremos sin ruido, como podamos. Sólo tus joyas valen una fortuna. Si encuentras un hombre honrado con quien casarte, mejor que mejor; y mejor aún si también yo encuentro uno. Si no consientes en esto, me mataré.
Esta vez la condesa mandó a su hija a la cama y le prohibió repetir aquella lección, tan inoportuna en sus labios.
Yveline respondió:
—Te doy un mes para reflexionar. Si en un mes no hemos cambiado de existencia, me mataré, pues no me queda ninguna otra salida honorable en la vida.
Y se marchó.
Al cabo de un mes, se seguía bailando y cenando a altas horas en el hotel Samoris.
Yveline entonces pretendió que le dolían las muelas y mandó comprar en un farmacéutico vecino unas gotas de cloroformo. Al día siguiente volvió a hacerlo; tuvo que recoger en persona, cada vez que salía, dosis insignificantes del narcótico. Llenó una botella.
La encontraron, una mañana, en su cama, ya fría, con una careta de algodón sobre el rostro.
Su ataúd fue cubierto de flores, la iglesia revestida de blanco. Hubo una muchedumbre en la ceremonia fúnebre.
Pues bien, ¡de veras! , si lo hubiera sabido —aunque nunca se sabe—, quizás me habría casado con aquella muchacha. Era terriblemente guapa.

*
—Y la madre, ¿qué pasó con ella?
— ¡ Oh! Lloró mucho. Sólo hace ocho días que vuelve a recibir a sus íntimos.
—¿Y qué dijeron para explicar esa muerte?
—Se habló de un nuevo modelo de estufa cuyo mecanismo se había estropeado. Como ya en otra época habían tenido mucha resonancia los accidentes de esos aparatos, la cosa no pareció nada inverosímil.



(1) Aunque el adjetivo paternelle no parezca el más adecuado en este caso, puesto que no hay padre a la vista, todas las ediciones, salvo la de Schmidt, son concordes en darlo así.

HIJOS -- YVETTE -- GUY DE MAUPASSANT

HIJOS -- YVETTE -- GUY DE MAUPASSANT
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YVETTE

I
Al salir del café, Juan de Servigny dijo a su amigo León Laval:
—Si te parece, no tomaremos coche. Da gusto andar con un tiempo tan hermoso.
Y su amigo contestó:
—Me parece muy bien.
Juan repuso:
—No son las once aún; llegaremos antes de medianoche; vayamos tranquilamente.
Una muchedumbre agitada bullía en el bulevar, con la animación propia de las noches de verano, bebiendo, susurrando y deslizándose como una corriente de bienestar y alegría. De cuando en cuando, las ventanas de un café arrojaban su claridad sobre los que ocupaban en la calle las mesitas atestadas de botellas y de vasos, Y en el arroyo, los coches con faroles rojos, verdes o azules, pasaban rápidamente, mostrando la silueta del penco flaco y trotador, el perfil del cochero y la caja sombria.
Los dos amigos andaban lentamente, con el abrigo al brazo, el cigarro en la boca, una flor en el ojal de la levita y el sombrero algo inclinado, como alguna vez se lleva con cierto abandono, desués de comer bien y cuando sopla un airecillo agradable y templado.
Se habían conocido en el colegio, y desde la niñez los unía estrecha, sólida y firme amistad.
Juan de Servigny, de regular estatura, esbelto, un poquito calvo y bastante delgado, muy elegante, con el bigote muy rizado, los ojos claros, los labios finos, era uno .de esos trasnochadores que parecen nacidos y educados en pleno bulevar, infatigable aun cuando tenía siempre apariencias de fatigado, vigoroso y descolorido; era el tipo del parisiense delicado , que a fuerza de gimnasia, esgrima, duchas y estufa, consigue una fuerza nerviosa y ficticia. Tan conocido por sus calaveradas como por su ingenio, por su fortuna, por sus relaciones, por la sociabilidad, amabilidad y galantería mundana, peculiares a ciertos hombres.
Verdadero parisiense, despreocupado, escéptico, variable, irresistible, irresoluto y enérgico, egoista por educación y generoso por instinto, capaz de todo y de nada, consumía sus rentas con moderación y se divertía con higiene. Indiferente y apasionado, se abandonaba y se reprimía sin cesar, combatido por inclinaciones opuestas y cediendo a todas, para obedecer al fin a su conveniencia de hombre placentero, cuya lógica de veleta consistía en seguir el viento y aprovecharse de las circunstancias como se ofrecieren, pero sin tomarse nunca la molestia de prepararlas.
Su compañero León Laval, rico también, era uno de esos arrogantes colosos que, al pasar por la calle, obligan a las mujeres a volver la cabeza para contemplarlos. Daba la idea de un monumento hecho hombre, de un modelo de la raza, como esos ejemplares elegidos que se ven en las exposiciones. Demasiado hermoso, demasiado alto, demasiado fornido y demasiado resistente, superaba por exceso en todo, por exceso de cualidades. Había inspirado muchas. pasiones.
A la puerta del Vaudeville preguntó a su amigo:
—¿Anunciaste a esa señora mi presentación?
Servigny soltó la risa.
—¡Anunciar una presentación a la marquesa Obardi! ¿Anuncias al conductor de un ómnibus que subirás en su carruaje cuando te dé la gana?
Laval, entonces, preguntó algo perplejo:
—¿Qué clase de mujer es ésa?
Y el otro respondió:
—Es una advenediza, una improvisada, una farfullera muy agradable, que apareció un día nadie sabe cómo ni por dónde, en la sociedad aventurera, y supo lucir y convencer. ¿Qué nos importa lo demás? Dicen que su verdadero nombre, su nombre de familia es Octavia Bardin. con el cual formó su titulo de Obardi, conservando la primera letra del nombre y suprimiendo la última del apellido. Es una mujer muy agradable, de la que serás amante sin excusa posible, por tu físico. No se lleva en balde a Hércules a casa de Mesalina. Tengo que advertirte que, si la entrada es libre, como en los bazares, en esa casa no se adquiere la obligación forzosa. de adquirir lo que dentro se vende. Allí se juega y se ama, pero no te comprometen a esto ni a aquello. Es libre también la salida. Se instaló hace tres años en el barrio de la Estrella, lugar sospechoso, y abrió sus salones a esa espuma de los continentes que llega para ejercer en París sus talentos varios, temibles y criminales. ¿Cómo fui a su casa? No lo sé. Acaso porque había en ella juego, amores fáciles y hombres viciosos. Me atrae la sociedad filibustera con sus decoraciones variadas; todos extranjeros, todos nobles, todos felices, al parecer, y todos desconocidos en las embajadas de sus respectivas naciones, excepto los espías. Todos hablan del honor a propósito de... unas botas, y citan a sus antepasados en toda ocasión; refieren su historias sin venir a cuento; son charlatanes, embusteros, tramposos; falsos como su nombre; osados por necesidad, como los bandoleros, que sólo pueden robar a caminantes arriesgando sus vidas. Forman algo así como la aristocracia del presidio. Me divierten; me interesa conocerlos, penetrarlos; me distrae oírlos; con frecuencia son decidores y nunca son vulgares como los funcionarios franceses. Nacen mujeres hermosas, con un dejo de bribonería extraña, con el misterio de su existencia desconocida.
Ellas tienen por lo general ojos abrasadores y cabellos incomparables, todo lo necesario para ser deseadas; ¡una gracia que emborracha, una seducción que enloquece, un encanto perturbador, irresistible! Son dominadoras como los aventureros de otras épocas; rapaces, verdaderas hembras de pajarracos de rapiña. Me resultan adorables. La marquesa Obardi es el modelo de tan elegantes perdidas. Algo madura y siempre bella, encantadora y felina, se la siente viciosa y brutal hasta la medula de los huesos. Su casa es de lo más divertido, allí se juega, se baila, se cena..., y se hace todo lo que resulta un placer en la vida mundana.
León Laval preguntó:
—¿Fuiste o eres su amante?
Servigny le respondió:
—No lo he sido, ni lo soy, ni lo seré. Me gusta la hija.
—¡Ah! ¿Tiene una hija?
—¡Maravillosa! ¡Una hija maravillosa! Hoy por hoy es el principal atractivo en aquella caverna. Gallarda, buena moza; dieciocho años..., ¡a punto de caramelo! Tan rubia como su madre morena, siempre alegre, siempre dispuesta para diversiones, riendo y bailando siempre. ¿Cuándo y dónde caerá? ¿Cayó a estas alturas? No lo sé. Muchos aguardamos la ocasión. Veremos. Una criatura como ésa, en manos de una mujer como la Obardi, es un tesoro. Se defienden bien las dos malditas. Nadie comprende su juego.
Acaso aguardan algo que les convenga más..., que yo. Pero yo te aseguro que me aprovecharé si la ocasión se me ofrece alguna vez. La muchacha me desconcierta por completo. Si no es el mayor monstruo de perversidad y astucia que imaginarse podría, es el caso de inocencia más ideal que se haya visto. Vive en ese ambiente de corrupción, satisfecha, tranquila y triunfante, admirablemente disimulada o sencilla. Maravilloso retoño de aventurera, nacido en el estercolero del peor mundo, como una planta magnífica entre basura, acaso es hija de algún aristócrata, de algún artista genial, de algún príncipe, de algún rey divertido una hora en el lecho de la madre. Tan misterioso como su existencia es también su pensamiento. Ya verás.
Laval reía, diciendo:
—Estás enamorado.
—No. Estoy en lista, no es lo mismo. Te presentaré a mis rivales más temibles. Pero me parece que les llevo alguna ventaja. Ella me distingue con sus atenciones.
Repitió Laval:
—Estás enamorado.
—No. La muchacha me turba, me seduce y me inquieta, me atrae y me descompone; pero desconfío de todo junto a ella, receloso de una emboscada; la deseo, como deseo un sorbete cuando estoy sediento. Me fascinan sus encantos y me acerco a ella con las aprensiones que sentiría si me acercase a un ladrón. A su lado me conmueve su candor posible y me hace desconfiar su malicia no menos probable. La siento como un ser anormal, sustraído a las rigurosas leyes de la Naturaleza, sublime o detestable, no lo sé.
Laval repetía por tercera vez:
—Estás enamorado. Hablas de la mujer con énfasis poético y lirismos de trovador. Vaya, obsérvate, abre los ojos, palpa tu corazón y confiesa.
Servigny anduvo un rato en silencio; después, continuó:
—Es posible. Desde luego me preocupa mucho. Sí; acaso estoy enamorado. Pienso con excesiva frecuencia en ella: dormido y despierto... La cosa es grave. Su imagen me sigue, me persigue, me acompaña sin cesar, a mi lado siempre, alrededor de mí, dentro de mí. ¿Esto es amor? ¿Es una obsesión física? Tan profundamente se grabó su rostro en mi alma, que se me aparece cada vez que cierro los ojos. Al verla, el corazón me palpita, no lo niego. Amo, no lo dudo, pero de mala manera. La deseo ardientemente y la idea de que pueda ser mi esposa me parece una locura, una estupidez, una monstruosidad. A veces me hace temer como temen los pájaros cuando el gavilán voltea. Y vivo celoso de todo lo que se me oculta en aquel incomprensible corazón. En ocasiones me pregunto: ¿Es una encantadora niña o una perversa? Dice las cosas con una ingenuidad aterradora; pero las cotorras hablan así también. Suele mostrarse imprudente o impúdica de tal modo, que me hace afirmar su candor inmaculado, o sencilla con sencillez inverosímil, que me hace suponer que nunca fue casta. Me provoca, excitándome como una cortesana y despidiéndose como una virgen. Creo que me quiere y que se burla de mí; en público se ofrece como si fuera mi querida, y en la intimidad me trata como a un hermano unas veces, y otras, como a un criado.
Ya imagino que tiene tantos amantes como su madre, ya la creo ignorante de la vida, ignorante de todo. ¿Comprendes? Ha leído muchas novelas. Yo, aguardando mejor empleo, dirijo sus lecturas. Ella me llama su «bibliotecario». Cada semana, la Librería Nueva, le remite de mi parte cuanto se publica, y todo lo lee. Tanta lectura desordenada formará en su cerebro un pisto atroz, ¡y acaso éste sea el motivo principal de sus maneras inexplicables. A través de quince mil novelas, deben formarse ideas muy extrañas de la vida. Espero. Ciertamente, nunca sentí por mujer alguna lo que siento por ésta; pero estoy seguro de no casarme con ella. Si tuvo amantes aumentaré su lista cuando el turno me llegue; si no los ha tenido, la encabezaré siendo el primero. El caso es muy sencillo. Una mujer así no puede casarse. ¿Dónde hay un marido para la hija de la marquesa Obardi, Octavia Bardin? Imposible, por mil razones. ¿Un hombre de buena sociedad cargaría con ella? Nunca. Es la de la madre una casa pública, y la niña sirve de cebo para la clientela. No hay quien lo pase. ¿Y un burgués? Menos. Además, la marquesa no admite malos negocios, y necesita para la muchacha un hombre de brillante posición. Una mujer que no pertenece a la nobleza ni a la burguesía, ni al pueblo humilde, no puede casarse. Por su descendencia, por su nacimiento, por su educación, por sus maneras, por sus costumbres pertenece a la prostitución elegante, y no escapa, so pena de hacerse monja, lo que no es probable. Sólo hay para ella un porvenir: el amor. Caerá con el tiempo, si no ha caído, y así sea en mis brazos. Lo espero. Tiene muchos pretendientes: un francés, el señor de Belvigne; un ruso, llamado el príncipe Kravalov; un italiano, el caballero Valreall, presentaron francamente sus candidaturas y maniobran por triunfar. Son los principales y hay muchos otros merodeadores de menos importancia. La marquesa está en acecho, pero me parece que puso los ojos en mí, creyéndome tal vez más rico y más aficionado que mis contrincantes. El salón de la marquesa es de lo más original que se ha visto en este género de exposiciones. Encuéntranse allí caballeros en toda regla, no seremos los únicos. En cuanto a mujeres, ha escogido lo mejor entre las buscadoras de oro. No sé dónde las busca ni cómo las encuentra; pero esas mujeres elegantes y cultas, al parecer, no son muy diferentes de las verdaderas perdidas. La Obardi tuvo una inspiración genial: reunió especialmente aventureras madres, prefiriendo siempre a las que tienen hijas y las llevan consigo. De modo que un imbécil supone que allí trata con señoras decentes.

II
Llegaban a la avenida de los Campaos Elíseos. Una brisa ligera removía dulcemente las hojas de los árboles y refrescaba los rostros como el dulce balanceo de un abanico gigante. Sombras mudas vagaban entre los árboles; otras, en los bancos, uníanse fomando masas confusas. Y éstas y aquéllas hablaban muy bajo, como si se confiaran secretos importantes o vergonzosos.
Servigny prosiguió:
—No puedes imaginarte la colección de títulos fantásticos y nuevos que te asaltan en aquella guarida. Y, a propósito; voy a presentarte haciéndote conde; si, «el conde Laval»; Laval a secas no resultaría de buen efecto.
Su amigo exclamó:
—De ningún modo. No quiero que nadie me atnibuya, ni un solo instante, ni siquiera esas gentes, la ridícula pretensión de lucir un titulo imaginario. ¡Ah! Eso, nunca.
Servigny saltó la risa.
—Eres muy estúpido. A mí, en aquel centro, me llaman el duque de Servigny. No sé cómo ni por qué me bautizaron; y soy en aquella casa «el duque», sin quejarme ni protestar. Allí no me importa; y sin esto, me desdeñarían espantosamente.
Laval no se dejaba convencer.
—Tú eres de una familia noble, y eso en ti puede pasar. Pero yo no puedo admitir esa farsa, no; seré el único plebeyo del salón; en esto me distinguiré de todos y acaso esta diferencia me dé mayor importancia.
Servígny obstinándose, repetía:
—No es posible, te aseguro que no es posible. ¿Oyes? No es posible; parecerías casi un monstruo. Harías el efecto de un trapero entre una reunión de magnates. Déjame presentarte como virrey del Alto Mississipí: a nadie sorprenderá.
—No quiero, en absoluto; no quiero.
—Sea. Pero soy muy tonto en esforzarme por convencerte, cuando estoy seguro de que al entrar, sin decirles nada, te decoran con un titulo, como reparten a las damas ramitos de violetas a la puerta de algunos almacenes de modas.
Tomaron la calle de Berry, subieron al primer piso de un elegante hotel de construcción moderna y dejaron sus abrigos y bastones a cuatro criados que iban de calzón corto.
Un hálito abrasador, de fiesta, de flores, de perfumes, de mujeres, se respiraba al entrar; un murmullo intenso y continuado salía de las habitaciones inmediatas, llenas de gente.
Uno así como maestro de ceremonias, alto, derecho, grueso, se rio y con patillas blancas, se acercó a los recién llegados preguntando:
—¿A quién debo anunciar?
Servigny respondió:
—Al señor de Laval.
Entonces, levantando la cortina, el hombre de las patillas dijo con voz sonora:
—El señor duque de Servigny. El señor barón de Laval.
El primer salón estaba lleno de mujeres que lucían sus pechos desnudos asomando por escotes abiertos en trajes lucidos y primorosos.
La señora de la casa estaba en pie hablando con tres amigas y se acercó a ellos con paso majestuoso, con graciosos movimientos y sonrisas amables.
Su frente, muy estrecha, se coronaba de abundante cabello negro y brillante.
Era buena moza y arrogante, demasiado gruesa y un poco madura, pero muy hermosa, de una belleza palpitante y dominadora. Bajo un casco de cabellos que hacían soñar y obligaban a sonreír, haciéndola misteriosamente apetecible, abríanse dos ojos enormes, negros también. La nariz era pequeña, la boca grande, infinitamente seductora, hecha para sonreír y acariciar.
Su mayor atractivo estaba en la voz, que salía entre sus labios como el agua de un manantial, tan fácil, tan ligera, tan bien timbrada, tan cristalina, que oyéndola solamente se gozaba de una voluptuosidad. Era un goce para el oído recoger aquellas notas dulces, aquellas palabras vibrantes como la corriente de un arroyuelo; era un goce para los ojos ver el movimiento de aquellos labios, con exceso encendidos.
Teniendo una mano abandonada a Servigny, que la besó, soltó el abanico, pendiente de una preciosa cadena de oro labrado, para ofrecer la otra mano a Laval, diciéndole:
—Sea usted bienvenido, barón; todos los amigos del duque, aquí están en su casa.
Luego clavó su brillante mirada en el coloso. La condesa tenía cubierto el labio superior por una sombra de bozo que se le notaba más cuando hablaba. Su perfume favorito, fuerte, irritante, agradable, atraía; era, sin duda, aroma de América o de la India.
Otros visitantes llegaron: condes, marqueses, príncipes; ella dijo a Servigny, con expresión maternal:
—Encontrará usted a la niña en el otro salón. A divertirse; cuanto hay en mi casa es de ustedes.
Y los dejó para saludar a los recién llegados, lanzando a Laval una mirada furtiva y risueña, de las que usan las mujeres para dar a entender a un hombre que las agradó.
Servigny cogió del brazo a su amigo, diciéndole:
—Voy a guiarte. Aquí se reúnen las mujeres; mira, este salón es un templo de la Carne…, fresca o en adobo. Servicios usados, que valen como nuevos y a veces más, que se cotizan bien y se alquilan. A la izquierda, el juego: aquel salón es el templo del Dinero. En el del fondo, se baila: el tercer salón es el templo de la Inocencia. el santuario, el... mercado donde se negocian las doncellas. Allí exhiben estas damas los productos de su fabricación. Hasta se consienten uniones legitimas. Aquello es el porvenir, la esperanza de... nuestras noches, lo más curioso que se observa en este museo de enfermedades morales; niñas que tienen dislocada el alma como los miembros de los infantiles clowns, hijos de saltimbanquis. Vamos a verlas.
Saludaba, prodigando expresiones galantes, a derecha y a izquierda, hundiendo la mirada en las desnudeces de sus conocidas. En el salón de las vírgenes, una orquesta tocaba un vals; se detuvieron a la puerta para ver. Quince parejas danzaban; los hombres, gravemente; las mujeres, con la sonrisa en los labios. Iban casi todas escotadas como sus mamás, y los corpiños de algunas se apoyaban ligeramente sobre los hombros con un lazo de cinta estrecha, dejando ver en ocasiones las axilas velludas.
Bruscamente, desde el fondo del salón, una muchacha hermosa y arrogante, haciéndose lugar entre los que bailaban y sosteniendo con su mano izquierda la desmesurada cola de su vestido, avanzó hacia ellos, gritando:
—¡Eh! ¡Galán! ¡Buenas noches, galán!
Había en sus facciones una exuberancia de vitalidad y el placer se irradiaba en su rostro como una brillante aureola. Su cutis era blanco, sonrosado, transparente y sus abundantes cabellos, dorados al fuego, resplandecían, pesando con su abundancia sobre su frente angelical y sobre su cuerpo flexible, un poco delgado.
Parecía formada para moverse, como la madre para hablar; de tal modo eran sencillos, naturales y nobles sus gestos. Viéndola inclinarse, andar, bracear, sentiase un goce moral y un placer físico.
Siguió alborotando:
—¡Eh! ¡Galán! ¡Buenas noches, galán!
Servigny le dió la mano, sacudiéndola violentamente, como a un hombre, mientras hacia la presentación:
—La señorita Yvette; mi amigo, el barón de Laval.
Yvette saludó al desconocido y, contemplándole sonriente, le preguntó:
—¿Está usted así tan crecido todos los días?
Con el tono burlón que le servía para encubrir sus desconfíanzas, su incertidumbre, Servigny respondió:
—No, señorita. Hoy se ha estirado lo más posible para presentarse a mamá, que gusta de los buenos mozos.
La muchacha dijo con muy cómica seriedad:
—Perfectamente; pero cuando venga usted por mi, achíquese un poco, si es posible; yo prefiero los hombres más pequeños. Mire usted a mi galán, que tiene las necesarias proporciones.
Y ofreció a su nuevo y gigantesco amigo una mano pequeña y fina, diciendo a Servigny:
—¿Baila usted, galán? Vaya. Una vuelta de vals conmigo.
Sin responder, con un movímiento rápido, Servigny estrechó el talle de la muchacha y se alejaron con la furia de un torbellino.
Iban más de prisa que todos; :girando, girando, avanzaban muy juntos, con los cuerpos rígidos y las piernas casi inmóviles, como si un mecanismo invisible los impulsara.
Parecían infatigables. Todas las parejas terminaron y ellos continuaban solos, valsando indefinidamente, como si no supiesen lo que hacían ni dónde estaban, como si hubieran huido lejos de allí, en un éxtasis. Los músicos de la orquesta seguían tocando, con los ojos puestos en la pareja endiablada. Todo el mundo los contemplaba, y cuando al fin se detuvieron, todos los aplaudían.
Ella tenía un poco arrebatado el color, y en sus ojos una expresión extraña; ojos ardientes y tímidos, nos muy turbados, con el iris tan azul y la pupila tan negra, que no parecían ojos humanos.
Servigny se sintió desvanecido, y se apoyó en una puerta para recobrar su aplomo.
Yvette le dijo:
—Se le va la cabeza, mi pobre galán. Yo soy más fuerte.
El sonreía nerviosamente y la devoraba con los ojos, concibiendo brutales deseos.
Ella, frente a él, brindaba sonriente a las miradas del hombre un pecho desnudo y palpitante, y dijo:
—En algunas ocasiones parece usted un gato dispuesto a saltar sobre su presa. Vaya, déme usted el brazo y busquemos a su amigo.
Sin decir una palabra, Servigny le ofreció su brazo y atravesaron el gran salón.
Laval no estaba solo ya. La marquesa Obardi le acompañaba. Le hablába de cosas corrientes, de asuntos mundanos, con aquella voz encantadora que hacia delirar. Y clavándole hasta lo más profundo los ojos, parecía decirle otras frases distintas de las que pronunciaba su boca. Viendo a Servigny, la marquesa le sonrió, diciéndole:
—Sepa usted, duque amigo, que tengo alquilada en Bougival una villa para pasar dos meses en ella. Supongo que nos visitarán usted y su amigo. Me voy el próximo lunes. ¿Quieren ir a comer el sábado y quedarse allí todo el domingo?...
Servigny volvió bruscamente la cabeza para mirar a Yvette. Ella sonrió, tranquila, serena, y dijo con un aplomo que no dejaba lugar a dudas:
—Claro es que mi galán irá el sábado a comer con nosotras. Y nos divertiremos lo indecible, corriendo por el campo.
Servigny creyó adivinar una promesa en la sonrisa y sorprender una intención en el tono.
Entonces la marquesa, fijando en Laval sus magníficos ojos negros, le preguntó:
—¿Usted irá también?
Y su sonrisa era seguramente una promesa; Laval, inclinándose, contestó:
—Es para mi un gran placer, señora.
Yvette murmuró con una malicia inocente o pérfida:
—Escandalizaremos a todo el mundo allí, ¿verdad, galán? Haremos que mi tropa rabie.
Y con una mirada ligera, señaló a varios hombres que la observaban desde lejos.
Servigny añadió:
—Todo lo que usted quiera, señorita.
La marquesa dijo muy satisfecha, entretenida visiblemente por otro pensamiento, y sin apartar los ojos de Laval:
—¡Qué muchachos tan alegres!
—Mi galán me gusta, me divierte. Quisiera tenerle siempre cerca—dijo Yvette sencillamente.
Y Servigny, haciendo una gran reverencia, repuso:
—No me apartaría de usted ni de día ni de noche.
Yvette sintió algo así como un latigazo y dijo:
—¡Ah, no; eso, no! De día me gusta, pero de noche me disgustaría.
El preguntó con impertinencia:
—¿Por qué?
Y ella contestó con audacia tranquila:
—Porque no debe de ser usted muy atractivo en paños menores.
La marquesa exclamó sin emocionarse:
—Dices unas enormidades... Niña, esto ya pasa los límites de la inocencia.
Y Servigny añadió, burlonamente:
—Claro que pasa, y soy del mismo parecer, marquesa.
Yvette clavó los ojos en él, enfadada y altanera:
—Señor Servigny, acaba usted de cometer una grosería, y de algún tiempo a esta parte, le sucede a usted lo mismo con frecuencia—y volviéndose a los que la miraban desde lejos añadió—: Caballeros, defiéndanme, aquí me insultan.
Un señor moreno, flacucho, de pausados modales, se acercó.
¿Quién es el culpable?—dijo sonriendo.
Ella señaló a Servigny con la cabeza:
—Es él. Pero hasta cuando me insulta me agrada más que todos ustedes. Mi galán es menos aburrido.
El caballero Valreali dijo, haciendo una reverencia:
—No sabemos hacer más. Acaso tengamos facultades más cortas; pero nuestros deseos de servir a usted son muy grandes.
Se acercó otro, barrigudo, alto, con patillas grises, y con voz de trueno:
—Señorita Yvette, estoy a sus órdenes.
Ella exclamó:
—¡Ah! El señor de Belvigne.
Luego, dirigiéndose a Laval, hizo la presentación:
—Mi pretendiente oficial, gordo, alto, rico y tonto. Así me gustan los hombres. Un tambor mayor…, de casa de huéspedes. ¡Hola! Usted es más alto aún. ¿Cómo los llamaría yo a estos gigantes? ¡Ah! Sí: «Sucesores de Rodas», porque deben de ser nietos del coloso de Rodas. Buenas noches. Me despido, porque deben de teñer ustedes cosas muy interesantes que decirse por encima de las cabezas de todos.
Y se fué hacia la orquesta para pedir a los músicos un rigodón.
La señora Obardi estaba distraída, y dijo a Servigny con voz lenta, por hablar de algo:
—La impacienta usted, la provoca demasiado y así contribuirá a que ella tenga un carácter irascible.
El replicó:
—¿No han terminado ustedes aún su educación?
La marquesa, como si no le hubiera entendido, continuó sonriendo benévolamente.
Y descubriendo a un señor solemne y cargado de cruces, que se dirigía hacia ella, corrió a su encuentro.
—¡Ah príncipe! Príncipe, ¡qué fortuna!
Servigny volvió a cogerse del brazo de Laval y se alejaron.
—Es el último pretendiente serio; el príncipe Kravalov. Y ella, ¿qué te ha parecido?
Laval respondió:
—Las dos me resultan admirables, y me contentaría con la mamá.
—Cuando gustes; ella no ha de poner inconvenientes.
Se disponían las parejas a bailar el rigodón.
—Vayamos a ver que hacen los jugadores—añadió Servigny.
Entraron en la sala de juego.
Alrededor de cada mesa, un cerco de hombres, en pie, miraba. Escasa conversación y de cuando en cuando el sonido del oro, arrojado sobre el tapete y recogido con brusquedad, mezclaba una ligera vibración metálica entre los murmullos de los jugadores, como si la voz del dinero dijese también su frase junto a las voces humanas. Todos aquellos hombres, condecorados, lucían insignias de varios colores, presentando un mismo porte vulgar y severo, con rostros distintos. Principalmente se los distinguía por las barbas. El americano la llevaba corta y estrecha, formando herradura; el inglés, como un abanico abierto sobre el pecho; el español, cubriéndole todo el rostro, hasta cerca de los ojos; el romano, con los bigotazos enormes de que Victor Manuel dotó a Italia; el austríaco, con sus patillas; un general ruso, parecía llevar el labio armado con dos lanzas de pelo, y los franceses con los bigotes galantes, y varios lucían las invenciones de todos los barberos del mundo.
—¿Tú no juegas? —preguntó Servigny a Laval.
—No, ¿y tú?
—Aquí, nunca. Si quieres, vayámonos; otro día volveremos tranquilamente; hay demasiada concurrencia hoy. No se puede adelantar nada.
—Vámonos.
Y desaparecieron por una puerta que conducía al vestíbulo.
Llegando a la calle, Servigny preguntó:
—¿Qué me dices?
—Me resulta interesante; sobre todo, el salón de las mujeres.
—Ya lo creo. Esas mujeres son lo mejor que hay para nosotros en la raza. ¿No te parece oler el amor entre todas, como se huele a perfumes entrando en una peluquería? Verdaderamente, sólo en estos lugares puede uno divertirse por su dinero. Y ¡cuánto saben! ¡Cuántos primores del oficio! ¡Verdaderas artistas! ¿Has comido alguna vez pasteles en las panaderías? Tienen buena facha y no valen cosa; el que los hace sólo sabe hacer pan. Pues bien: los amores de una mundana vulgar me recuerdan siempre los pasteles de panadería, mientras que los amores que te sirven en casa de la marquesa Obardi son cosa exquisIta. ¡Oh! ¡Estas hacen deliciosamente sus pasteles! se pagan bastante más caros, pero queda uno satisfecho.
Laval preguntó:
—¿Quién es ahora el amante pagano?
Encogiéndose de hombros, contestó Servigny.
—Nada sé, amigo mío. El último era un lord, que se fué hace tres meses. Ahora la marquesa debe de sacar dinero de todo: el juego y los jugadores le pagan sus caprichos. Decidimamente, ¿Iremos el sábado a comer con ellas en Bougival? En el campo se goza de más libertad y acabaré por enterarme de lo que tiene Yvette en su preciosa cabecita.
Laval añadió:
—Me parece admirable; nada tengo que me lo impida el sábado.
Y volviendo por los Campos Elíseos interrumpieron las oraciones de unos prójimos. que se hallaban acostados en un banco, a la luz de las estrellas.
Servigny murmuró:
—¡Qué torpeza y qué sublime cosa! ¡De qué modo y hasta qué punto es vulgar, divertido, monótono y variado el amor! Y el miserable que paga un franco a esa prostituta le pide lo mismo que se pide a una Obardi cualquiera por diez mil francos, y acaso la del hotel no sea más joven y fresca, ni menos bruta que la de la calle. ¡Qué pequeñeces!
Callaron algunos minutos; luego prosiguió:
—Lo mismo da; considerarla una fortuna llegar a tiempo, ser el primer amante de Yvette. ¡Oh! Diera por serlo, diera..., diera...
Y no supo decir lo que daría. Laval se despidió cuando llegaron a la esquina de la calle Real.



III

Habían servido la mesa en el mirador que dominaba la orilla del río. La villa Primavera, alquilada por la marquesa Obardi, se hallába dentro de la curva que forma el Sena, y que en aquel punto se inclina hacia Marly. Frente a la casa, la isla de Croissy formaba un horizonte de copudos árboles, una masa de verdura y se veía una extensión de agua considerable hasta el café flotante de La Rana, oculto en el follaje.
Anochecía; era una tarde silenciosa y quieta, dulce y sonrosada; una tarde tranquila de las que ofrecen sensaciones de felicidad. Ni un soplo de aire mecía las ramas, ni se rizaba la superficie brillante del Sena. Sin hacer mucho calor, era templado el ambiente; daba gozo vivir. La frescura de las aguas se comunicaba y se extendía hasta el cielo azul, sin una sola nube.
El sol iba cayendo tras de los árboles hacia otros lugares, y al parecer se aspiraba el bienestar de la tierra de pronto adormecida, la paz del espacio, la perezosa palpitación del mundo.
Al salir del salón para sentarse a la mesa, cada uno sintió el éxtasis; la dicha y la ternura invadieron los corazones; todos imaginaban que allí comerían deliciosamente, admirando la campiña, el río, la puesta del sol y respirando un aíre perfumado y fecundo.
La marquesa iba del brazo de Laval. Yvette se apoyaba en el de Servlgny.
No había más invitados.
Las dos mujeres no parecían las mismas de París: Yvette, sobre todo, estaba desconocida: sin hablar casi, languideciendo, seria.
Laval, extrañado, le preguntó:
—¿Qué tiene usted, señorita? En una semana cambió por completo de carácter. Ahora parece usted una persona formal.
Ella dijo:
—El campo me transforma; no soy la misma; todo esto me produce una extraña impresión. Además, nunca me hallará usted igual dos días seguidos. Hoy le pareceré una loca y mañana una elegía. Cambio como el tiempo; ignoro por qué. Soy capaz de todo, según las ocasiones. Algunas veces, me dan ganas de matar, y mataría hombres; animales, nunca, ¡pobrecitos! Y otras veces lloro por nada; todo me conmueve. Cruzan mi cerebro ideas muy distintas. Del humor que tengo al despertarme depende todo. Tal vez son los ensueños de la noche que influyen para todo el día en mí, tal vez mis lecturas, lo último que leí me impresiona de cierto modo, según sea.
Su traje de franela blanca la envolvía delicadamente; flotando con blandura y a través de los anchos pliegues de la tela, se marcaban los pechos, libres, duros y bien desarrollados. Entre blondas, asomaba su cuello delgado, inclinándose con dulces movimientos, como cediendo al peso de su abundante cabellera de oro.
Servigny la miraba con insistencia y dijo:
—Está usted adorable, señorita. Quisiera verla siempre así.
Ella contestó, con algo de su acostumbrada malicia:
—No se me declare usted ahora, galán, porque podría yo tomarlo en serio y costarle a usted caro.
La marquesa parecía estar satisfecha, muy satisfecha.
De negro, noblemente vestida y con un traje sencillo que dibujaba sus lineas firmes y llenas, con una guirnalda de claveles rojos, cayendo desde la cintura como una cadena; una rosa encarnada en el pelo, mostraba en toda su persona y sencillo adorno, en su mirada profunda, en su voz lenta, en sus movimientos, algo de ardiente y apasionado.
Laval también estaba serio, absorto. De cuando en cuandó se estiraba la negra barba, cortada en punta, y parecía meditar cosas difíciles.
Todos callaron durante algunos minutos.
Mientras servían una trucha, Servigny dijo:
—El silencio tiene una ventaja: con frecuencia, en silencio estamos en más íntima comunicación con los que nos rodean que charlando. ¿Verdad, marquesa?
La Obardi respondió, inclinándose un poco hacia él:
—Es verdad. ¡Es tan dulce pensar callando en las mismas cosas agradables!
Alzando los ojos, clavó en Laval una mirada ardiente, y durante algunos instantes permanecieron así, los ojos del uno fijos en los del otro.
Un pequeño movimiento, imperceptible casi, se produjo bajo la mesa.
Servigny prosiguió:
—Señorita Yvette: Si continúa tan comedida como hasta este momento, supondré que vive usted enamorada. Y ¿de quién? Ayúdeme a indagar, si es tan complaciente. Dejemos a un lado el batallón de moscones vulgares, tomemos nota de los más granaditos. ¿Será el príncipe Kraivalov?
Al oir este nombre, Yvette se revolvió:
—¿Puede usted suponerlo siquiera, galán? El príncipe me parece un ruso de museo de figuras de cera, que hubiese obtenido premio en concursos de peluquería.
—Bien; suprimamos al principe. Usted ha tenido ciertas distinciones para el vizconde Pedro de Belvigne.
Yvette soltó la risa, preguntando:
—Supóngame usted colgada tiernamente del cuello de Belvigne, susurrando en sus narices: «Amado mío, adorable Pedro, Pedrin de mi alma, ofréceme tu cabezota para que la bese tu mujercita.»
Servigny exclamó:
—Desechado también el número dos; falta el caballero Valreali, quien la marquesa patrocina.
Yvette recobró en este instante toda su alegría.
—¡El sauce llorón, sentimental como una Magdalena! Es de los que acompañan los entierros de primera clase. Cuando fija en mi sus húmedos ojos, creo hallarme de cuerpo presente.
—Y van tres inútiles. Queda Laval, que pudo inspirarle una pasión violenta, instantánea.
—¿Rodas? Menos, ¡imposible! No me deslumbran las grandezas. ¡Me parecería tener amores con el Arco de Triunfo!
—Entonces, Yvette, como hemos pasado a todos revista y sólo falta mi nombre, que pongo en último lugar por modestia, y... prudentemente: ¿sin duda soy el favorecido, el que la preocupa, el que la hizo sentir amor? Gracias, Yvette.
—¿Enamorada..., y de usted, galán? Eso, no. Le quiero mucho, pero no le quiero así. Acaso algún día... No se debe desconfiar de nada... Es posible, pero no ha llegado aún... Tiene usted algunas probabilidades... Insista, galán; preténdame, oblígueme con sus atenciones, con su respeto, con sus cuidados, con mucha humildad, siempre dócil a mis caprichos..., y veremos con el tiempo...
—Pero, señorita, cuanto usted me pide podría ofrecérselo de igual manera después que antes, si a usted le fuera lo mismo.
Ella preguntó ingenuamente:
—¿Después de qué, galán?
—Después de haberme probado que me quería como quieren los amantes.
—Bien; suponga que le quiero así; créalo si le place.
—Pero falta...
—Silencio, galán; hemos hablado ya bastante.
Servigny, haciendo un saludo militar, calló.
El sol se había hundido por completo detrás de la Isla, pero el cielo estaba enrojecido aún; el agua tranquila era entonces del color de la sangre. Los reflejos del horizonte lo enrojecían todo, y la rosa que llevaba prendida la marquesa parecía una gota de púrpura caída sobre su cabeza.
Yvette miraba a lo lejos, y la mano de su madre se acercó distraídamente a la de Laval; pero a1 volverse la niña, la marquesa retiró su mano con rapidez.
Servigny, que se daba cuenta de todo, preguntó a Yvette:
—¿Quiere usted que vayamos a pasear por la isla?
Le pareció muy bien la idea:
—Sí, si: muy agradable el paseo. Vamos usted y yo solos, ¿verdad, galán?
—Sí; yo solo con usted, Yvette. Hubo un silencio.
La tranquilidad soñolienta de la tarde pesaba en los ánimos de todos, en los cuerpos, en las ideas, en las palabras. Hay horas tranquilas, horas de recogimiento, en las cuales resulta difícil hablar.
Los criados servían sin ruido; e1 incendio del. firmamento se apagaba, y la noche, lentamente, desplegaba sobre la tierra su apacible sombra. Laval preguntó:
—¿Permanecerán ustedes aquí muchos días?
Y la marquesa respondió, acentuando mucho las palabras:
—Mientras me resulte agradable aquí la vida.
Cuando se quedaban a oscuras, trajeron luces. Se cubrió la mesa de reflejos pálidos, y una nube de mosquitos apareció de pronto, revoloteando. Eran dimínutos, y quemándose las alas, caían sobre los manteles, en los platos, en las copas; aparecían mezclados con el vino, con las salsas, y se los veía removerse en el pan; ciegamente saltaban al rostro, a las manos, obllgando a tirar las bebidas, a cubrir las fuentes, a preservar con precauciones infinitas cada bocado.
En esto se divertía Yvette. Servigny cuidaba mucho de librar de ataques lo que pensaba ella comer, de servirle vino sin cuerpos náufragos y de tender la servilleta, para que no se enredarran entre los pelos. Pero la marquesa, poniéndose nerviosa con la invasión de insectos, aligeró el final de la comida.
Yvette, que no había olvidado el ofrecimiento de Servigny, le dijo:
—Ahora iremos a la Isla.
Su madre le recomendó con languidez:
—No tarden mucho en volver. Los acompañaremos hasta el embarcadero.
Avanzaban de dos en dos, la niña y su amigo delante. La marquesa y Laval iban hablando en voz baja, muy baja y rápidamente. Todo estaba oscuro, no se veía nada. Pero en el cielo aparecían, como chispas de lumbre, innumerables estrellas.
Las ranas cantaban con su graznido monótono y duro.
Muchos ruiseñores lanzaban sus trinos entre la enramada.
Yvette preguntó de pronto:
—¿Dónde se han metido? ¿No venían detrás? ¡Mamá!
Nadie respondía. La niña insistió:
—No pueden estar lejos. Hace un momento los oí aún.
Servigny murmuraba:
—Tal vez se pararon. Acaso mamá sentía frío.
Y siguieron avanzando.
Una luz brillaba.
Era el merendero de Martinet, fondista y pescador.
Llamaron; salió de la casa un hombre. y se metieron los tres en una lancha grande, amarrada entre las hierbas de la orilla.
El barquero empuñó los remos, la pesada barca se deslizó, despertando los reflejos de las estrellas, dormidos en el agua; los hacía oscilar como en una danza frenética y se iban calmando tras ellos, a medida que la barca se alejaba lentamente.
Al llegar a la otra orilla, saltaron al pie de los árboles.
Un perfume fresco de tierra húmeda se extendía bajo las ramas exuberantes, que parecían sustentar más ruiseñores que hojas.
Se oyó a lo lejos un piano que tocaba un vals popular.
Servigny se había cogido al brazo de Yvette, y deslizando la mano suavemente por el cuerpo de la muchacha, estrechó su cintura, diciendo:
—¿En qué piensa usted?
—¿Yo? No pienso en nada. ¡Soy muy feliz!
—Y ¿es cierto que no me ama usted?
—Sí, galán; yo le quiero mucho; pero déjeme tranquila, no me pregunte. Lo que aquí se goza es demasiado hermoso para interumpirlo con palabras.
El la oprimía contra sí; ella trataba de apartarse, pero sin violencia, y a través del vestido, blando y suave, sentía el hombre todo el encanto de la mujer, y murmuraba:
—Yvette, Yvette...
—¿Qué ocurre?
—Que te amo, ¡que yo te amo!
—Esto no es muy serio, galán.
—Sí; hace tiempo que te amo.
Ella intentaba separarse, y hacía esfuerzos para retirar un brazo, que no podía mover, oprimído entre los dos cuerpos. Y avanzaban lentamente, luchando en silencio, tambaleándose como borrachos.
El no sabia qué decir, comprendiendo que no debe hablarse a una muchacha como a una mujer. Turbado, no sabiendo cómo empezar, preguntándose a cada punto si ella consentía o si estaba ignorante de sus pretensiones, torturaba su ingenio para encontrar las palabras tiernas, convincentes, precisas, propias en aquella ocasión.
Y repetía:
—¡Yvette! ¡Yvette! ¡Yvette! Bruscamente, jugando el todo por el todo, le dió un beso en la mejilla. Ella hizo intención de apartarse, diciéndole disgustada:
—¡Esto es ridículo! ¿Quiere dejarme tranquila?
El tono de su voz no dejaba descubrir claramente sus pensamientos ni sus intenciones, y no creyéndola muy enfadada, Servigny volvió a besarla en el cuello, junto al primer mechón dorado, en el sitio que más atraía su deseo.
Entonces ella se revolvió para huir; pero él, con los dos brazos la sujetaba fuertemente, y sorprendió en sus labios una caricia delirante y profunda.
Yvette se deslizó entre los brazos del hombre con una rápida ondulación de todo el cuerpo; resbalando por el pecho de Servigny, se escapó, y vivamente desapareció en la oscuridad, haciendo con sus enaguas un ruido semejante al vuelo de un pájaro.
Servigny quedó inmóvil, sorprendido por tanta ligereza y la rapidez de la desaparición. Después, nada oía; llamó a media voz:
—¡Yvette! ¿Nadie le contestó. Avanzaba procurando ver entre la sombra; pretendiendo descubrir entre los arbustos el blanco traje de Yvette; pero todo era negrura y oscuridad. Entonces gritó:
—¡Yvette! ¡Yvette!
Los ruiseñores callaron.
Apretó el paso, cada vez más inquieto, y alzando más la voz cada vez:
—¡Yvette! ¡Yvette! ¡Yvette!
Nada. Se detuvo; escuchó. Toda la Isla estaba silenciosa; apenas se oía un murmullo de hojas en las copas de los árboles. En el suelo sólo algunas ranas hacían oir su canto estridente.
Entonces registró mata por mata; iba en dirección a Bougival; retrocedía otra vez; andaba de un lado a otro, repitiendo:
—¡Yvette! ¿Dónde se ha escondido? ¡Conteste ya! ¡Fué una broma! ¡Vaya! Conteste. No me haga buscarla tanto: me doy por vencido.
Y seguía. Un reloj lejano dio las doce. Hacía dos horas que la perdió. Sin duda Yvette estaría ya en la villa.
Se decidíó a retirarse, ansioso, dando la vuelta por el puente.

***

Un criado le aguardaba, soñoliento, dormitando en un sillón del vestíbulo.
Servigny le preguntó:
—¿Hace mucho que ha vuelto la señorita?
—Si; la señorita volvió a las diez, señor duque.
Entró en su cuarto y se acostó. Estuvo con los ojos abiertos; no podía dormir. Aquel beso robado le desconcertaba. Y se decía: ¿Qué quiere? ¿Qué piensa? ¿Qué sabe? ¡Oh! ¡Estaba tan hermosa, tan atractiva!
Los deseos juveniles fatigados en su agitada vida por todas las mujeres gozadas, por todos los amores logrados, se despertaban de nuevo, revividos por aquella criatura singular, tan lozana, tan provocativa, tan misteriosa.
Oyó dar la una, luego las dos. Decididamente no pegaba los ojos. Tenía calor, sudaba. Su corazón latía con violencia. Decidió levantarse y abrir la ventana.
Y aspiró con delicia el aire fresco. Fijaba sus ojos en la sombra negra, callada, inmóvil. De pronto, en la oscuridad apareció un punto encendido, una chispa, un cigarro. No podía ser otro que Laval, en el jardín, a tales horas. Le llamó quedo:
—¡León!
Y una voz queda también dijo:
—!Eres tú, Juan?
—Sí. Aguárdame, abajo.
Se vistió para salir al encuentro de su amigo, que fumaba tranquilamente, sentado a horcajadas en una silla de hierro.
—¿Qué haces aquí a estas horas?
Laval contestó riendo:
—¿Yo? Descanso.
Apretándole una mano. Servigny dijo:
—Mi enhorabuena. Pues yo... me aburro.
—Esto significa, sin duda...
—Significa esto: que Yvette y su madre... no se parecen.
—¿Qué te ha sucedido? Cuéntame.
Servigny refirió sus tentativas y su fracaso. Luego añadió:
—Esa muchacha me turba. No me ha sido posible dormir. ¡Es tan encantadora! En su expresión inocente, ¡cualquiera descubre algo! A una mujer que ha vivido, que ha gozado, que nada ignora, se la conoce fácilmente: la ciencia no se disimula; pero con una virgen, con una inexperta, nada se adivina. Voy creyendo que se burla de mí.
Laval, meciéndose, decía:
—Cuidado, amigo: esto puede conducirte al matrimonio. Recuerda tantos ilustres ejemplos. Por tales procedimientos, la Montijo, que al menos era de buena raza, llegó a emperatriz. No hagas de Napoleón.
Servigny replicó:
—No temas; yo me aseguro. Ni soy necio ni emperador. Es preciso llegar a ser una de ambas cosas para dar semejante campanada. ¿No tienes sueño?
—No.
—¿Quieres ir a pasear por la orilla del río?
—Con mucho gusto.
Abrieron la verja, y avanzaron por la pendiente hacia Marly.
Era la hora que precede al crepúsculo matinal, hora de profunda quietud, de gran reposo, de inmensa calma. Hasta los rumores más leves de la noche habían cesado. Los ruiseñores ya no cantaban, las ranas habían puesto fin a su algarabía; sólo un animalejo ignorado, un pájaro tal vez, hacía un ruido como de sierra, débil, monótono, acompasado, constante.
Servigny, que a ratos era poeta y a ratos filósofo, dijo:
—Decididamente, me turba esa muchacha. En aritmética, uno y uno son dos; en amores, uno y uno debieran ser uno solo, y también son dos. ¿Tú no lo sentiste nunca? ¿Desconoces el deseo de absorber a tu amada o de ser absorbido por ella? No me refiero a las atracciones brutales de la carne, sino al tormento moral y a la preocupación intelectual que incitan a fundirse con otro ser, abriéndole toda el alma, entregándole todo el corazón, penetrando en su pensamiento hasta lo más profundo. Y no se consigue averiguar nada, nunca se descubren todas las fluctuaciones de su voluntad, sus deseos y sus ideas. Nunca se adivina la más pequeña cosa del misterio de un alma que sentimos tan cerca, de un alma oculta en unos ojos que nos miran, claros como el agua, transparentes como si no hubiera secreto en ellos, de un alma que vibra en las frases de unos labios que se nos ofrecen; de un alma que nos comunica sus delirios, y que, sin embargo, está más lejos de nosotros y es aún más impenetrable que las estrellas. ¿No es curioso esto?
Laval contestó:
—Yo no pido tanto a una mujer. Yo no miro detrás de los ojos. No me preocupa el contenido si la forma es atractiva.
Y Servigny murmuró:
—Yvette es una extraña criatura. ¿De qué modo me tratará en adelante?
Cuando llegaron a la máquina hidráulica de Marly, el cielo palidecía.
Los gallos empezaron a cantar, y sus voces lejanas se percibían distintamente. Un pajarillo piaba en un jardín, repitiendo sin cesar su ritornelo, de una sencillez inocente y cómica.
—Ya me parece oportuno que volvamos—dijo Laval.
Volvieron. Y cuando Servigny entraba en su cuarto, vió por su ventana, que había quedado abierta, el horizonte sonrosado con las primeras luces de la aurora.
Cerrando la persiana y las cortinas, durmió.


IV

Un ruido singular le despertó. Incorporándose para oír mejor, de pronto no percibía nada. Luego sonó en las persianas un tamborileo, semejante al que produce una granizada.
Saltó de la cama, y abriendo las cortinas y los póstigos de par en par, vió a Yvette en el jardín, que le tiraba puñados de arena.
Llevaba un vestido color de rosa, y un sombrero de paja de anchas alas, adornado con una pluma grande, a lo mosquetero, y reía burlesca y maliciosamente.
—Hola, galán. ¿Dormía usted aún? ¿Qué ha hecho usted esta noche para levantarse a estas horas? ¿Anduvo usted en aventuras, mi pobre galán?
El estaba deslumbrado por la penetrante luz del sol, que hirió de pronto sus ojos, entumecido aún por el sueño y el cansancio, y asombrado ante la tranquilidad irónica de la muchacha.
Contestó:
—Bajo en seguida. Un minuto para zambullir las narices en el agua, y bajo en seguida.
Ella gritó:
—Ande listo. Son ya las diez. Y he de participarle un gran proyecto, una conspiración. Ya sabe que a las once se almuerza.
Al bajar Servigny, la encontró sentada en un banco. Tenía sobre la falda un libro; cualquier novela. Se levantó; le tomó el brazo familiarmente, amigablemente, con alegre ingenuidad, como si nada hubiese ocurrido la víspera, y llevándole a un extremo del jardín, le dijo:
—He aquí mi proyecto. Desobedeceremos a mamá, que no me deja ir al restaurante de La Rana. Yo quiero ir con usted, quiero ver eso. Mamá dice que las muchachas decentes no pueden ir allí. Pero me da lo mismo que se pueda o no se pueda. Yo quiero, y usted me acompaña, ¿verdad, galán? Y nos divertiremos ruidosamente con los bateleros.
Yvette olía bien, sin que Servigny pudiese adivinar qué aroma tenue y sutil revoloteaba en derredor de la niña. No era como los penetrantes perfumes de la madre, sino una reminiscencia tal vez de polvos iris, y acaso algo de verbena.
¿De dónde se desprendía el aroma imperceptible? ¿Del traje, de los cabellos, del cutis? Como ella le hablaba de muy cerca. Servigny recibía en pleno rostro el aliento de la virgen, y lo respiraba con delicia. Supuso entonces que acaso el aroma que le intrigaba era solamente obra de los sentidos exaltados, algo así como la emanación engañosa de aquella gracia juvenil y atractiva.
Ella decía:
—Conformes en todo, ¿verdad, galán? Como después de almorzar hace mucho calor, no es posible que salga mamá. Dejándola con el gigante, nos vamos. Luego diremos que fuimos al bosque. ¡Si usted supiera cuánto me divertirá ver La Rana!
Llegaron a la verja, frente al río. El sol caía sobre las aguas dormidas y brillantes. Un cálido vapor se desprendía formando sobre la superficie una bruma ligera y reverberante.
De cuando en cuando, paraban embarcaciones, canoas ligeras, botes pesados; se oían a distancia silbidos, cortos o prolongados: los de los trenes que arrojan cada domingo el pueblo de Paris a la campiña, los de los vaporcillos que avisan para el paso en la presa de Marly.
Una campana sonó. Los llamaban para el almuerzo.
Entraron.
Comieron silenciosamente. Un bochornoso mediodía de julio pesaba sobre la tierra y deprimía la voluntad. El calor se hacia denso, paralizando los cuerpos y los espíritus. Las palabras torpemente salían de los labios y los movimientos se hacian difíciles, como si hubiese que vencer en el aire obstáculos penosos.
Bien que silenciosa, como los demás, Yvette sentíase animada, viva, impaciente.
Apenas hubieron tomado el postre, dijo:
—Podríamos ir a pasearnos. Dará gusto ponerse a la sombra de los árboles.
La marquesa, con expresión fatigada, murmuró:
—¿Estás loca? ¿Se puede salir con un tiempo semejante?
La muchacha, satisfecha, insistía:
—Bueno; el barón puede quedarse contigo; pero Servigny me acompañará; Iremos al bosque, para sentarnos a leer sobre la hierba.
Y dirigiéndose a Servigny:
—¿Qué dice usted a eso?
—Que haré lo que usted guste.
Ella corrió a buscar el sombrero.
La marquesa se encogió de hombros, suspirando:
—Está loca, loca rematada.
Luego tendió perezosamente la mano al barón, mostrando, hasta en este movimiento amoroso, la fatiga, y Laval se inclinó para cogerla y besarla.
Yvette y Servigny salieron. Por la orilla del río llegaron al puente, que los condujo a la isla. Como era pronto para ir a La Rana, se sentaron bajo un sauce, sobre la hierba.
La muchacha sacó un libro, y dijo riendo:
—Galán, tendrá usted que leer para distraerme.
Y le ofreció el volumen.
El hizo un movimiento, rechazándolo.
—¿Yo, Yvette? ¡Pero si no sé leer!
Ella insistió con gravedad.
—Vaya; no caben excusas ni explicaciones. Me parece usted un magnífico pretendiente. Sí. Todo por nada; ésta es su divisa.
El, cogiendo y abriendo el volumen, quedó sorprendido. Era un tratado de entomología. Una historia de las hormigas, por un autor inglés. Y, como quedase inmóvil, creyendo que Yvette se burlaba, la muchacha se impacientó, diciéndole:
—Vamos, lea usted.
El preguntó:
—¿Es un empeño formal o una broma ligera?
—No, galán; vi este libro en una librería; me dijeron que no había estudio más completo acerca de las hormigas, y me pareció divertido conocer las costumbres de los diminutos animales que vemos correr entre la hierba. Lea usted.
Se tendió Yvette de cara al suelo, con los codos apoyados, la cabeza entre las manos y los ojos fijos en el césped.
Servigny leyó:
«Sin duda los monos antropoides, entre todos los animales, son los que se parecen más al hombre por su estructura anatómica; pero si consideramos las costumbres de las hormigas, su organización social, sus extensas relaciones, las casas y los caminos que construyen, su manera de domesticar a otros animales, y hasta algunas veces de hacer esclavos, nos vemos obligados a reconocer que tienen derecho a exigir un lugar inmediato al hombre en la escala de las inteligencias...»
Y continuaba con monótona entonación, parándose de cuando en cuando para preguntar:
—¿Hemos leído bastante?
Yvette decía que no con la cabeza; y habiendo recogido en el extremo de un tallo de hierba una hormiga, se divertía viéndola correr de un extremo a otro. Escuchaba con atención muda todos los detalles sorprendentes de la vida de tan pequeños animales, acerca de sus instalaciones subterráneas, acerca de los procedimientos que usan para criar los pulgones, encerrándolos y alimentándolos, para beber el licor azucarado que segregan, como nosotros hacemos con las vacas de leche en nuestros establos; acerca de la costumbre de domesticar pequeños insectos ciegos, a los cuales educan para que limpien los hormigueros, y de la costumbre de batallar para conseguir esclavos, que sirvan a los vencedores con solicitud.
Y, poco a poco, como si el anlmalito, inteligente y diminuto, hubiera despertado en su corazón una ternura maternal, Yvette contemplaba cariñosamente a la hormiga, que paseaba sobre su índice, y sentía deseos de besarla.
Y cuando Servigny leía de qué modo viven en comunidad, cómo juegan, cómo luchan amigablemente, haciendo ejercicios de fuerza y de agilidad, la joven, entusiasmada, quiso besar al insecto, que se deslizó corriendo sobre su rostro. Entonces Yvette lanzó un grito penetrante, como si se viera amenazada de un gran peligro, y con gestos de terror se golpeaba las mejillas para espantar a la bestezuela. Servigny, riendo estrepitosamente, la cogió sobre la sien, cerca de los cabellos, y puso en el mismo lugar donde hizo su presa un beso prolongado, sin que Yvette se apartara.
Luego dijo ella, incorporándose:
—Me gusta más que una novela este libro. Vamos a La Rana; ya es hora.
Llegaron a la parte de la isla cultivada como un parque y sembrada por árboles inmensos. Muchas parejas amorosas llegaban a la orilla del río, bajo el espeso follaje. Mujeres públicas y jóvenes libertinas, obreras con sus amantes, que iban en mangas de camisa, con la chaqueta al brazo y el sombrero echado hacia atrás, con expresión de fatiga y borrachera; burgueses humildes con sus familias, emperejiladas las mujeres Y con la ropa de los domingos, y saltando las criaturas como una pollada en torno de sus padres.
Un rumor lejano y continuo de voces humanas, un clamor sordo y regañón, anunciaba la proximidad del establecimiento preferido por los bateleros.
Una inmensa barcaza, provista de un techo, amarrada en la orilla, sostenía una muchedumbre de mujeres y hombres bebiendo, sentados alrededor de las mesas, en pie, gritando, cantando, chillando, bailando, saltando al compás de un piano quejumbroso, desafinado, estridente como una matraca. Rollizas mozas de cabellos rojos lucían por delante y por la espalda la doble provocación de sus pechos y de sus caderas, yendo y viniendo, con los ojos encandilados, los labios rojos, casi borrachas y diciendo obscenidades.
Otras bailaban como locas, emparejadas con mozalbetes casi desnudos, pues no llevaban más que pantalón de hilo y camiseta de algodón, cubriéndose la cabeza con gorras de colores, como los jockeys.
Y olía todo aquello a sudor y polvos de arroz, emanaciones de perfumería ordinaria y de sobacos.
Los bebedores, alrededor de las mesas, tragaban líquidos blancos, amarillos, verdes, y gritaban y vociferaban sin motivo, cediendo a una violenta necesidad de alborotar, a un brutal placer de sentirse las orejas y el cerebro aturdidos.
A cada instante, un bañista, sobre el cobertizo, se arrojaba al agua, salpicando a los más próximos y lanzando gritos salvajes.
Y numerosas embarcaciones cruzaaban el río. Canoas largas y estrechas volaban, deslizándose a fuerza de remos impulsados por brazos desnudos y fibrosos. Las bateleras, vestidas de azul o de rojo, con sombrillas rojas o azules también, se recostaban en sus asientos a popa, inmóviles, adormecidas.
Embarcaciones más pesadas iban despacio, llenas de gente. Un colegial bromista, queriendo lucirse, remaba con movimientos de aspa de molino, tropezando con todas las canoas, cuyos tripulantes le insultaban, poniendo en peligro de ahogarse a dos nadadores; luego se alejaba rápidamente, perseguido por las voces de la muchedumbre amontonada en el café flotante.
Yvette, entusiasmada, confundiéndose del brazo de Servigny, entre aquel público ruidoso y vario, parecía satisfecha de tantos apretones maleantes, contemplando a las mozas con ojos compasivos y serenos.
—Mire usted, galán, qué bonito pelo tiene aquélla. Parece que se divierten mucho todas.
Cuando el pianista—un batelero vestido de rojo y cubierto con un colosal sombrero de paja—empezó un vals, Yvette se agarró bruscamente a su compañero por la cintura y comenzaron a bailar vertiginosamente; y tantas vueltas dieron, y tanto se mantenían infatigables, que ya todos los miraban. Los bebedores, en pie sobre las mesas, llevaban el compás golpeando en la tabla; otros, con los vasos, y el músico, como si se hubiera vuelto loco, golpeaba las teclas de marfil con el puño cerrado, moviendo todo el cuerpo y balanceando rápidamente la cabeza, cubierta de un inmenso quitasol.
De pronto, se detuvo, echándose al suelo, como hubiera muerto de fatiga. Una risotada vibró en los ámbitos del café, y todos aplaudieron.
Cuatro amigos se precipitaron sobre la supuesta víctima, como suele ocurrir en los accidentes, recogiendo a su camarada, llevándolo uno por cada remo, después de colocar sobre su cuerpo el sombrerazo enorme que le servía de tienda.
Un guasón se unió al grupo entonando el De profundis, y casi todos formaron filas detrás, recorriendo los paseos del parque, arrastrando en el séquito a cuantos hallaban a su paso. Yvette seguía también, satisfecha, riendo con toda su alma y hablando con todo el mundo, enloquecida por el movimiento y por el ruido. Algunos jóvenes la miraban fijamente, acercándosele mucho, encendidos, como si olfatearan, como si quisieran comérsela con los ojos; y Servigny temía ya que terminase de mala manera la broma.
La procesión seguía y aceleraba su marcha, porque los cuatro que llevaban al pianista iban casi al trote, seguidos por la muchedumbre bulliciosa. Pero de pronto, se dirigieron a la orilla del rio, detuviéronse junto al agua, y, balanceando a su compañero, lo dejaron caer al Sena.
Un inmenso grito de loco entusiasmo salió de todas las gargantas, mientras el pianista, desagradablemente sorprendido, escupía, tosía, juraba, renegaba, y hundido en el fango, esforzábase por ganar la orilla.
El sombrero que fué arrastrado por la corriente, lo recogió una barca.
Yvette saltaba de alegría, batiendo palmas y repitiendo:
—¡Ah, galán, qué divertida estoy! ¡Qué divertida estoy!
Servigny la observaba, serio, algo cohibido, algo desencantado al verla tan a gusto entre aquella canalla. Un instinto se revelaba en él, un instinto de superioridad que un hombre bien nacido no pierde nunca, ni cuando se abandona más; un instinto que rechaza las familiaridades viles y los contactos puercos.
Y pensaba:
—¡Canastos! Lo lleva en la masa de la sangre.
Y sentía deseos de tutearla, como la tuteaba mentalmente, como se tutea de improviso a las mujeres que son de todos. Apenas la distinguía de las vulgares criaturas de cabellos rojos que allí los codeaban gritando, con voces enronquecidas, frases obscenas. Corrían entre la muchedumbre; las frases puercas, cortas y sonoras, parecían revolotear sobre sus cabezas, nacidas allí como las moscas en un estercolero. No molestaban ni sorprendían a nadie. Yvette no las había extrañado siquiera.
—Galán, quiero bañarme —dijo—vamos a nadar.
El contestó:
—Lo que usted diga.
Y se acercaron al despacho para tomar unos trajes de alquiler. Estuvo lista primero y le aguardó en la orilla, sonriente, bajo todas las miradas. Después entraron juntos en el agua templada.
Ella nadaba, satisfecha, gozosa, estremeciéndose de placer con las caricias del agua, levantando los brazos como si de un solo impulso quisiera lanzarse a la orilla. Servigny la seguía difícilmente, fatigándose, disgustado al sentirse vencido. Ella moderó su marcha, y luego, saltando bruscamente con los pies juntos, quedó tendida sobre el agua, los brazos cruzados, y los ojos fijos en el cielo azul. Servigny contemplaba la línea ondulosa de su cuerpo sobre la superficie del río, los pechos duros, mostrados a través de la tela mojada, su forma perfecta y sus pezones muy salientes, y el vientre y el muslo de curvas admirables, las pantorrillas desnudas y el pie diminuto.
Veíala del todo, como si se mostrara expresamente para tentarle, para ofrecérsele, para burlarse de nuevo, y la deseaba con un ardor apasionado, rendido. Yvette volvió a ocultarse, nadando, mirándole y riendo, diciéndole:
—Tiene usted una bonita cabeza.
Servigny se sintió molestado por esta broma, y con la cólera maligna de un enamorado escarnecido, cediendo torpemente a un confuso instinto de venganza, un deseo mayor de humillar y de herir que de guardarse y defenderse, preguntó:
—¿Le gustaría mucho a usted esta vida?
Ella, con ingenuidad, repuso:
—¿Qué vida?
—¡Vamos! No se haga la tonta; ya sabe lo que le digo.
—Palabra de honor, que no lo sé.
—Aquí acaba la comedia, ea, ¿Quiere o no quiere usted?
—No entiendo.
—¡Bah! No es usted tan simple. Además, el otro día lo hablamos.
—¿Qué? No recuerdo.
—Que yo adoro en usted.
—¿Sí?
—De veras.
—¡Qué guasa!
—Lo juro.
—Falta que lo pruebe.
—¡No deseo ya otra cosa!
—¿Qué?
—Probarlo.
—A ello, pues.
—No me decía usted tanto ayer tarde.
—No me propuso usted nada.
—¡Qué simpleza!
—Y, además, no es a mí a quien debe usted diriglrse.
—¡Qué gracia! ¿Pues a quién?
—A mamá.
Servigny rió estrepitosamente.
—¿A su mamá? No. ¡Es demasiado!
Yvette se puso de pronto muy sería, mirándole fíjamente.
—Oiga usted, Servigny: si me quiere para casarse conmigo, digáselo a mamá; luego hablaremos nosotros.
El creyó que la niña se burlaba, y rabioso, dijo:
—Señorita, me confunde usted..., con otro.
Ella guardó silencio, clavando en él sus ojos claros.
Después de breves dudas, le dijo:
—Tampoco ahora le comprendo a usted.
Entonces él, vivamente, con algo de brusquedad y de malicia en sus entonaciones, añadió:
—Yvette; ya es tiempo de que acabe una farsa ridícula que dura demasiado Está usted jugando a la niña inocente, y ese papel ya no le sienta, créame usted. Sabe de sobra que no podemos tratar seriamente de casamiento usted y yo..., sino de amor. Digo que adoro en usted y es la verdad; lo repetiré mil veces: adoro... y deseo. No haga usted niñerías porque me comprende, y no soy digno de que me trate como a un tonto.
Estaban en pie, metidos aún los dos en el agua, frente a frente, sosteniéndose con pequeños movimientos de los brazos. Ella quedó algunos instantes inmóvil, como si no pudiera decidirse a penetrar el sentido de aquellas frases; después se ruborizó hasta los cabellos, y sin contestar palabra se dirigió a la orilla nadando con toda su fuerza, precipitadamente. Y no pudiendo alcanzarla, él se ahogaba siguiéndola.
La vio salir del agua, recoger su toalla y entrar en su caseta sin volver los ojos.
El tardó algo en vestirse, muy perplejo acerca de lo que había dicho, Imaginando si debía excusarse o insistir.
Cuando Servigny salió, Yvette se había ido sola. El regresó lentamente, ansioso y turbado.
La marquesa, del brazo de Laval, paseaba por el jardín y viendo llegar a su amigo, le dijo con el dulce abandono que guardaba desde la víspera:
—Ya les dije que no es prudente salir con tanto calor. Yvette se ha sofocado y tuvo que acostarse. Ha venido como una amapola, ¡pobre criatura!, con una jaqueca terrible. Habrán estado al sol, habrán hecho locuras. ¡Quien sabe!.. Usted es tan irreflexivo como ella.
La muchacha no bajó al comedor, y cuando le dijeron que le llevarían a su cuarto la comida, les respondió que no tenía ganas, que se había encerrado y que la dejasen tranquila.

***

Servigny se marchó con Laval en el tren de las diez, prometiendo repetir la visita el jueves próximo. Y la marquesa se quedó junto a la ventana para soñar en sus amores, oyendo lejana la música del baile de los bateleros, que interrumpía el solemne silencio de la noche.
Arrastrada por el amor y para el amor, sentía repentinas ternuras que la invadían como una enfermedad. Esas pasiones la dominaban bruscamente, la poseían por completo, la enloquecían, la enervaban o la abrumaban, según ofrecieran un carácter exaltado, violento, dramático o sentimental.
Era una de esas mujeres nacidas para amar y para ser amadas. Procedente de una humilde familia, se encumbró a la sombra de la galantería que profesaba, ignorante casi de lo que hizo y obrando instintivamente, por natural disposición: aceptaba el dinero como las caricias, sencillamente, sin distinguir, empleando su pericia de una manera inconsciente, como lo hacen los animales para satisfacer las obligaciones de su existencia. Muchos hombres llegaron a su lecho sin hacerle sentir ninguna ternura, sin que tampoco le inspirasen repugnancia sus caricias. Admitia ciertos tratos con sosegada indiferencia, como se come viajando lo que ofrecen diversas cocinas, porque hay que vivir. Pero, de cuando en cuando, su corazón o su carne se enardecian, y entonces se apasionaba profundamente durante semanas o meses, según las condiciones fisicas y morales del amante. Aquéllos eran los momentos deliciosos de su vida. Entregaba todo su cuerpo, toda su alma, con arrebato, con éxtasis. Se sumergía por completo en su amor, como el suicida se sumerge en el rio para dejarse arrastrar y ahogarse, dispuesta siempre a morir. Pero de gozo, enloquecida, embriagada, infinitamente dichosa. Cada vez imaginaba que nunca sintió un deleite parecido, y se hubiera asombrado si le recordasen el número de amantes diferentes que la hicieron delirar muchas noches mientras contemplaba las estrellas.
Laval la había cautivado, esclavizando el cuerpo y el alma de la la marquesa. Pensaba en él, acariciada por su imagen y por su recuerdo, en la exaltación tranquila del placer satisfecho, de la dicha presente y segura.
Un ruido que sintió a su espalda le hizo volver la cabeza. Yvette entraba, con el mismo traje que llevó por la tarde, pálida y encandilados los ojos como después de grandes fatigas.
Se apoyó en el alféizar de la ventana, frente a su madre.
—Tenemos que hablar—le dijo.
La marquesa la miró sorprendida. La quería con egoísmo de madre, satisfecha de la belleza de la muchacha, como de una fortuna, sintiéndose aún bastante apetecible para no hallarse celosa, demasiado indiferente para reflexionar los proyectos que se la imponían, demasiado sutil para desconocer sus conveniencias.
Respondió:
—Ya te oigo, hija mia: ¿qué sucede?
Yvette clavaba en su madre los ojos como para leer en el fondo de su alma, pensando sorprender todas las sensaciones que producirían sus palabras.
—Ha sucedido una cosa extraordinaria.
—¿Cuál?
Servigny me ha dicho que me quiere.
La marquesa oía con inquietud. Pero como Yvette no dijo más, preguntó:
—Y ¿cómo te ha dicho eso? Explícate.
La niña, sentándose a los pies de su madre en una postura cariñosa que le era familiar, le cogió las manos, añadiendo:
—Ha dicho que pensaba casarse conmigo.
La señora Obardi, haciendo un movimiento brusco de asombro, exclamó:
—¿Servigny? ¡Estás loca!
Yvette no apartaba la vista del rostro de su madre, queriendo espíar su pensamiento y su sorpresa. Entonces, le preguntó gravemente:
—¿Por qué me llamas loca? ¿Por qué Servigny no puede casarse conmigo?
La marquesa, turbada, balbució:
—Te has equivocado; eso no es posible. Habrás oído mal; interpretarías mal una frase. Porque Servigny es demasiado rico para pretenderte... Demasiado..., demasiado..., parisiense, para casarse.
Yvette se había puesto en pie lentamente, y añadió:
—Pero si me quiere como dice...
Su madre, impaciente, murmuraba:
—Te creí bastante avisada, bastante instruida en las cosas del mundo, para que te preocupasen ciertas ilusiones... Servigny es un calavera, un egoísta. De casarse, lo hará con una mujer de su categoría y de su fortuna. Si te habló de matrimonio... fué..., fué por...
La marquesa no atreviéndose a descubrir su sospecha, calló un instante, interrumpiéndose, y exclamando al fin:
—¡Vaya! Déjame tranquila y acuéstate.
La muchacha, como si ya supiera todo lo que deseaba saber, contestó dócilmente:
—Si, mamá.
Besó en la frente a su madre, y se retiró con mucha calma.
Cuando estaba ya en la puerta, la marquesa dijo:
—Y ¿cómo sigues de tu insolación?
—Aquello no era nada, no tuve nada. Sólo esta idea...
—Ya lo trataremos otro día. Entre tanto, procura no quedarte sola con él en algún tiempo; convéncete de que no, se casará contigo; no lo dudes; él sólo quisiera…, comprometerte. No encontró otra palabra más oportuna para expresar su pensamiento.
Yvette se retiró a su cuarto. La señora Obardi se entregó de nuevo a sus divagaciones…

***

Gozando muchos años de una quietud amorosa y opulenta, procuraba rehuir todo pensamiento que pudiera preocuparla, inquietarla o entristecerla. Jamás quiso preguntarse qué seria de Yvette; siempre seria tiempo de reflexionarlo cuando llegara el momento dificultoso. Su instinto de cortesana, le hizo comprender que su hija sólo podría casarse con un hombre rico y aristócrata por una casualidad venturosa, por una sorpresa de amor violento, como las que algunas veces sentaron a aventureras en los tronos. Con eso no contaba, ni ponía en juego los medios que pudieran conseguirlo, muy ocupada con asuntos propios, para combinar proyectos que no la concernían directamente.
Yvette sería, sin duda, como su madre, una mujer galante, ¿por qué no? Pero jamás la marquesa se decidió a pensar cuándo ni cómo aquello sucedería.
Y hete ahí que la muchacha, de pronto, sin preparación, le hacía una de las preguntas incontestables, obligándola repentinamente a tomar una actitud en un asunto difícil, muy delicado, muy peligroso en todos los conceptos, perturbador de su conciencia, de la conciencia que se debe mostrar cuando se trata de una hija, y de tales cosas.
Tenía demasiada astucia natural, astucia soñolienta, pero no dormida, para engañarse ni un fomento acerca de las intenciones de Servigny; conocía bastante a los hombres por experiencia, y, sobre todo, a los hombres de aquella raza. Por eso desde las primeras palabras de Yvette pensaba sin querer:
«Pero ¿cómo habrá usado ese recurso viejo, él, malicioso, calavera, hombre muy hecho al trato de mujeres? ¿Qué decidiría? Y ¿cómo prevenir a la muchacha? ¿Cómo decírselo más claramente? ¿Cómo defenderla? Porque podía también abandonarse a sentímentalismos inconvenientes. ¿Hubiérase creído jamás que Yvette estuviera tan inocente de todo, tan poco enterada de lo que veía, que fuese tan poco maliciosa?»
Y la marquesa, confusa, cansada ya de reflexionar, buscaba inútilmente una solución, porque el caso le parecía muy comprometido.
Eludiendo preocupaciones molestas, pensó:
«¡Bah! Los vigilaré mucho, de cerca, y resolveré según las circunstancias. Si es preciso, hablaré a Servigny, que me comprenderá fácilmente con media palabra.»
No pensó qué le diría, ni qué pudiera él responder, ni qué género de inteligencia era posible que se afirmara entre ambos, pero satisfecha de haberse tranquilizado, sin haber tenido que tomar una resolución, volvió a extasiarse con el recuerdo del arrogante Laval, y con los ojos fijos en las profundidades vagas de la noche, contemplando la hermosa claridad que se cernía sobre París lejano, lanzó dos besos en la sombra, sin darse cuenta de lo que hacía, y con voz trémula y ahogada, como si hablase aún con el amante, murmuró:
—¡Te amo! ¡Te amo!

V

Yvette no dormía. Como su madre se asomaba a la ventana de su cuarto, abierta de par en par, y lloraba: eran las primeras lágrimas tristes que arrasaron sus ojos.
Hasta entonces había vivido, se había educado en la confianza expansiva y serena de la dichosa juventud. ¿Por qué se preocupaba, reflexionaba, indagaba? qué no había de ser ella una joven como las otras? ¿Por qué una duda, un temor, una terrible sospecha la desconsolaban?
Parecía saberlo todo porque hablaba de todo, porque adoptaba la entonación, las maneras, las atrevidas palabras de lás personas que vivían a su alrededor. Pero no sabía mucho más que una criatura educada en un convento; sus audacias de frase no procedían de su pensamiento, sino de su memoria, de la facultad de imitación y de asimilación que tienen las mujeres, y de su razonamiento.
Hablaba de amor como el hijo de un pintor o de un músico puede hablar a los diez años de música o de pintura. Sabía, o más bien sospechaba, qué clase de misterio se cubría con ese nombre—demasiadas bromas había oído acerca del particular para que su inocencia no las hubiese sospechado—; pero ¿cómo deducir de aquello que todas las familias no eran como la suya?
Besaban las manos de su madre con respeto aparente; los amigos que iban a verlas ostentaban titulos de nobleza; todos eran o parecían ricos; todos nombraban familiarmente a príncipes de sangre real. Hasta dos hijos de reyes fueron algunas veces de noche a casa de la marquesa, ¿Cómo sospechar de todo esto?
Además, Yvette era, por temperamento, inocente. No indagaba ni olfateaba como su madre. Vivía tranquila, demasiado satisfecha de vivir para inquietarse de aquello que pudiera parecer sospechoso a naturalezas más reflexivas, más recelosas, menos expansivas y menos triunfantes.
Pero de pronto Servigny, con algunas palabras cuya brutalidad ella sentia sin comprenderlas, despertaba una inquietud súbita, inexplicable al principio, y luego convertida en aprensión atormentadora.
Habia vuelto a casa, huyendo tres, como una bestia herida; herida en realidad bárbaramente por las palabras que repetía, para comprender todo lo que significaban, todo su alcance: «No podemos tratar seriamente de casamiento sino.., de amor.»
¿Qué significaba esto? Y ¿por qué tal injuria? ¿Ignoraría ella sin duda un secreto vergonzoso? ¿Lo ignoraría ella sola? Pero ¿qué podía ser? Y se aterraba pensándolo, como quien descubre una infamia oculta, la traición de un ser amado, un desastre del corazón que abruma y enloquece.
Había meditado, reflexionado, investigado; llorado; había mordido en todos los temores y en todas las sospechas. Luego, su gran alma juvenil y alegre recobraba la serenidad combinando una simple aventura, una situación anormal y dramática zurcida con todos los recuerdos de novelás poéticas y sentimentales que había leído. Recordaba peripecias conmovedoras, relaciones tiernas y sombrías, revolviéndolas con su propia historia, embelleciendo el misterio, adornando su vida.
No se desconsolaba ya; soñando plácidamente, descorría velos, imaginaba complicaciones inverosímiles, mil cosas singulares, terribles, seductoras, a lo menos por su extrañeza.
¿Sería tal vez la hija natural de un príncipe? Su pobre madre, seducida y abandonada, hecha marquesa por un rey, acaso por el rey de Italia, pudo tener que huir ante la indignación de su familia...
También era posible que fuese una criatura abandonada por sus padres, muy nobles y muy ilustres, fruto de un amor clandestino, recogida por la marquesa, que la crió y educó.
Y otras muchas imaginaciones cruzaban su pensamiento. Las aceptaba o las rechazaba caprichosamente. Se enternecía compadecíéndose, dichosa en el fondo y también triste; sobre todo, satisfecha de verse convertida en una especie de personaje de novela, y creyéndose obligada en lo sucesivo a mostrarse adoptando actitudes nobles, dignas de su raza. Pensaba en el papel que tendría que desempeñar según se ofrecieran los acontecimientos. Vagamente veía el personaje que le tocaba representar como una creación de Scribe o de Jorge Sand, un compuesto de sacrificio, abnegación, dignidad, grandeza de alma, ternura y bonitas frases. Su naturaleza veleidosa se alegraba casi de la nueva situación.
Estuvo toda la tarde pensando qué debía resolver, buscando estratagemas para sonsacar a la marquesa la verdad.
Y cuando llegó la noche, favorable a las situaciones trágicas, había combinado un engaño sencillo y sutil para conseguir lo que se prometía: decir bruscamente a su madre que Servigny la pidió en matrimonio.
Sorprendida la señora Obardi con esta nueva, de seguro dejaría escapar alguna palabra o alguna exclamación que arrojase luz sobre las dudas de la muchacha.
Yvette realizó su proyecto.
Esperaba una explosión de asombro, una expansión de amor, una confidencia llena de gestos y lágrimas.
Pero la señora Obardi, lejos de mostrarse devorada ni sorprendida, mostró cierto cansancio; y en la expresión aburrida, turbada y descontenta de. su madre, comprendió la niña que no era prudente insistir; despertaron de pronto en ella toda la astucia, la malicia y la perversidad femeninas, indicándola que sería de otra naturaleza el misterio, doloroso de averiguar, y más oportuno descubrirlo a solas. Por eso volvió a su cuarto con el corazón oprimido, el alma dolorida, y abrumada por la sospecha de una desdicha verdadera, sin saber con precisión por qué ni de dónde procedían estas emociones. Y lloraba con los codos apoyados en el alféizar de la ventana.
Lloró mucho tiempo, sin pensar ya en nada, sin esforzarse para descubrir algo más, y poco a poco el desfallecimiento la vencía. Cerraba los ojos, amodorrábase algunos minutos con el sueño pesado de las personas fatigadas que no tienen resolución para desnudarse y acostarse, y entrecortado por sacudidas bruscas, cada vez que la cabeza resbala entre las manos.
No se acostó hasta que aparecieron los primeros resplandores del día, y el frío matinal, helando su cuerpo, la obligó a cerrar la ventana.
Y, durante dos días, conservó una actitud reservada y melancólica. Un trabajo de reflexión, incesante y rápido, la transformaba; y acostumbróse a espiar, adivinar y razonar. Una claridad, vaga todavía, la hizo ver de un modo nuevo a su alrededor los hombres y las cosas; y nacía en ella una suspicacia contra todos, contra todo lo que había creído, contra su madre. Hizo en esos dos días infinitas suposiciones. Examinó todas las posibilidades, arrojándose a las resoluciones más extremas con el ímpetu de su temperamento variable y desmedido. El miércoles determinó su plan, toda una regla de conducta y un sistema de espionaje. Se levantó el jueves por la mañana con la intención de ser más redomada que un policía, y prevenida para luchar con todo el mundo.
Hasta se resolvió a tomar por divisas estas palabras: «Yo sola», y trató, durante más de una hora, de qué modo podría disponerlas para que hiciesen buen efecto, grabadas en derredor de sus iniciales, en su papel de cártas.
Laval y Servigny llegaron a las diez. La muchacha les tendió la mano con reserva, pero sin turbación, y familiarmente dijo:
—Buenos días, galán. ¿Cómo le va?
—Bien, señorita; ¿y a usted?
Servigny la observaba pensando: «¿Qué nueva comedia quiere representarme?»
Habiéndose apoyado la marquesa en el brazo de Laval, Servigny ofreció el suyo a Yvette y dieron un paseo por el jardín, apareciendo y desapareciendo a cada instante detrás de los macizos de verdura y de los grupos de árboles.
Yvette se mostraba prudente y reflexiva; con los ojos bajos, mirando las piedrecillas del suelo, escuchando poco a su acompañante y contestándole apenas.
De pronto le preguntó:
—¿Es usted verdaderamente amigo mío?
—Ya lo creo, señorita.
—¿Verdaderamente? ¿Con toda sinceridad?
—Sí; con toda mi alma y con toda mi vida.
—Pero ¿hasta el punto de no mentirme, de no engañarme ni una sola vez?
—Ni... dos veces, cuando sea preciso.
—¿Hasta el punto de confesarme la verdad, la torpe verdad toda entera?
—Sí.
—Bueno. ¿Qué piensa usted, qué juicio tiene del príncipe Kravalov?
—¡Ah! ¡Diablo!
—¿Se tomá usted el tiempo necesario para inventar una mentira?
—No, pero rebusco las palabras para que sean oportunas del todo. El príncipe Kravalov es un ruso, un verdadero ruso, que habla en ruso, que ha nacido en Rusia, que acaso tuvo un pasaporte para venir a Francia y que no tiene más de falso que su nombre y su titulo.
Ella le miró a los ojos con fijeza.
—¿Quiere usted decir que es...?
El dudó; luego, resueltamente, dijo:
—Un aventurero, señorita.
—Gracias. Y el caballero Valreali, ¿no vale más, ciertamente?
—Usted lo ha dicho.
—¿Y el señor de Belvigne?
—Ya es otra cosa. Es un hombre de mundo..., un provinciano distinguido y noble…, hasta cierto punto. Pero un poco estragado...
—¿Y usted?
A esta pregunta respondió Servigny de corrido:
—Yo soy lo que se llama un trueno, un hijo de buena familia y un hombre de buen talento, que lo ha derrochado haciendo frases ingeniosas; que tenía una salud robusta y la perdió en locuras, que podía ser algo en el mundo y sólo es un calavera. Me queda bastante dinero y práctica de la vida; una carencia de preocupaciones casi completa, un desprecio profundo por los hombres y acaso también por las mujeres, una muy arraigada convicción de mi absoluta inutilidad y una gran tolerancia por la canallería general. Tengo ráfagas de noble franqueza como usted puede observar, y soy capaz de mentir cuando conviene. Con estos defectos y estas cualidades quedo a sus órdenes, Yvette, moral y físicamente. para que disponga usted de mí a su antojo.
Ella no reía, escuchaba seriamente, analizando las frases y las intenciones. Luego preguntó:
—¿Qué piensa usted de la condesa de Lammy?
El contestó vivamente:
—Le ruego que me permita reservar mis opiniones acerca de las mujeres.
—¿No me dirá lo que piensa de ninguna?
—De ninguna.
—Eso es decirme que las juzga usted muy mal a todas. Veamos, busque usted. ¿No hay una excepción siquiera?
Servigny sonrió irónicamente con la insolencia que pocas veces ocultaba y con la brutal audacia que para él era una fuerza, un arma, dijo:
—Siempre se hace una excepción de los presentes.
Ella se ruborizó un poco, preguntándole con mucha calma:
—¿No puedo saber lo que piensa usted de mi?
—¿Usted lo exige? Sea. Veo en usted una persona de gran sentido y de gran práctica. Si le parece a usted mejor, de gran sentido práctico, que domina perfectamente su juego, que sabe divertir a las gentes, ocultar sus intenciones, tender sus lazos y que aguarda sin impacientarse los sucesos.
Yvette preguntó:
—¿Eso es todo?
—Todo.
Entonces ella dijo con mucha gravedad:
—Yo haré que mude usted de opinión.
Y se acercó a su madre, que andaba a pasos menudos y con la cabeza inclinada, con ese abandono particular de los que, paseándose, hablan en voz muy baja de cosas intimas y dulces. Avanzando poco a poco, hacía rayas en la arena, letras acaso, con la contera de su sombrilla y hablaba sin mirar a Laval; hablaba seguido, lentamente, apoyándose mucho en su brazo, apretada contra él. Yvette, de pronto, fijó los ojos en ella, y un presentimiento, una sospecha tan vaga que no llegó a formularse, más bien una sensación de duda, cruzó su espíritu como cruza la tierra la sombra de una nube arrastrada por el viento.
La campana avisó para el almuerzo, que fué silencioso, casi lúgubre.
En el espacio azul se fraguaba una tormenta. Nubes grandes, inmóviles, parecían aguardar en acecho, limitando el horizonte, mudas, pesadas, amenazadoras.
Cuando hubieron tomado el café en la terraza, la marquesa preguntó:
—Oye, hijita, ¿vas a salir hoy también con Servigny? La tarde convida.
Yvette lanzó a su madre una mirada profunda; fué un momento nada más, porque inmediatamente dirigió hacia otra parte la vista, y dijo:
—No, mamá; hoy no saldré de casa.
La marquesa, contrariada, insistió:
—Vete a dar un paseo, hija mía; te conviene mucho andar.
Entonces Yvette dijo bruscamente:
—No, mamá; hoy no pienso salir de casa; ya sabes el motivo, puesto que anoche te lo dije.
La señora Obardi no lo recordaba ya, embebecida en el deseo de quedar sola con Laval. Se ruborizó, se turbó, inquietándose por si misma, no sabiendo cómo podría procurarse una o dos horas de absoluta libertad.
—Es verdad; lo había olvidado; tienes razón. Tengo la cabeza perdida.
La muchacha, cogiendo una labor de bordado que llamaba «la salud pública» y en la cual trabajaba seis o siete veces al año en los días de calma chicha, se sentó junto a su madre, mientras los dos hombres, a horcajadas en sillas de tijera, fumaban sus cigarros.
El tiempo transcurría en una conversación perezosa y mortecina. La marquesa, impaciente, lanzaba sobre Laval rayos de pasión, clavando en él sus ojos, buscando un pretexto para separarse de su hija. Comprendió al fin que no conseguiría su propósito y, no sabiendo qué recurso adoptar, dijo:
—Sepa usted, señor duque de Servigny, que no consentiré que se vayan esta noche. Quiero que almorcemos juntos mañana, en el restaurante Fournaise, de Chatou.
Comprendiendo la femenil astucia, sonriendo, contestó:
—Estamos a sus órdenes, marquesa.
Y la tarde avanzaba lenta, perezosamente, bajo los preparativos de tempestad.
Llegó la hora de comer. El cíelo se cubrió de nubes lentas y pesadas. Ni un soplo de aire refrescaba el ambiente.
La comida fué silenciosa. Una molestia, una turbación, una especie de temor vago parecía enmudecer a los dos hombres y a las dos mujeres.
Cuando terminaron, siguieron en la terraza, hablando poco y con largos intervalos de silencio. y la noche cerraba, terriblemente bochornosa. De pronto, rasgó el horizonte una inmensa línea de fuego, que iluminó con claridad alucinadora y amarillenta los cuatro rostros que ya se hallaban hundidos en la sombra. Luego un ruido lejano, un ruido sordo y débil, semejante al rodar de un coche por un puente, cruzó la tierra, y parecía que el calor aumentaba, que la atmósfera se hacía más densa y el silencio de la noche más profundo.
Yvette se levantó y dijo:
—Me voy a la cama, la tormenta me hace daño.
Y ofreciendo la frente a su madre y las manos a los dos amigos, se retiró.
Como su habitación caía sobre la terraza, las boj as de un gran castaño que había frente a la puerta se iluminaron de pronto con una verde claridad. Servigny fijó los ojos en aquel reflejo pálido, en el cual parecíale, de cuando en cuando, ver cruzar una sombra. pero pronto la luz se apagó. La señora Obardí, suspirando profundamente, dijo:
—Mi hija se ha acostado ya.
Servigny se levantó.
—Yo pienso hacer otro tanto.marquesa, con su permiso.
Le besó la mano que ella le ofrecía y se retiró.
La señora Obardi quedaba sola con Laval. Se enlazaban, se oprimían; luego, aunque. trató el tunante de evitarlo, ella se arrodilló a sus pies, murmurando:
—Quiero contemplarte a la luz de las estrellas.
Pero Yvette, después de apagar la bujía, volvió a la ventana con los pies descalzos, deslizándose como una sombra, y escuchaba, roída por una sospecha dolorosa y confusa.
No podía verlos hallándose sobre el mismo techo de la terraza. Oía solamente un susurro de voces, y su corazón palpitaba con tal violencia, que llenaba de murmullos sus oídos. Una ventana se cerró en el. piso de más arriba. Esto la hizo suponer que Servigny había subido. Su madre quedaba sin duda sola con el otro.
Un segundo relámpago, rasgando el cielo, hizo surgir por un instante la campiña, que Yvette conocia bien, inundándola de una claridad violada y siniestra, y vio e1 río, de color de plomo fundido, como los ríos que se imaginan en los paises fantásticos. Al mismo tiempo, una voz decía en la terraza:
—¡Te adoro!
Nada más oyó. Un extraño temblor había estremecido todo su cuerpo, y su espíritu flotaba en una turbación espantosa.
Un silencio abrumador, infinito, que parecía el silencio eterno, pesaba sobre la tierra. Yvette respiraba difícilmente; le oprimía el pecho algo desconocido y horrible. Otro nuevo relámpago brilló en el espacio, iluminando el horizonte un instante. Después otro, y otro más.
Y la misma voz, exaltándose, repetía:
—¡Oh! ¡Cómo te adoro! ¡Cómo te adoro!
Yvette reconoció entonces aquella voz; no había duda; era la voz de su madre.
Una gruesa gota cayó sobre su frente y se agitaron las hojas del castaño, estremecidas por la lluvia.
Luego se produjo un rumor lejano, un rumor confuso, que se acercaba, semejante al bramido del viento entre los árboles. Era un chubasco azotando la tierra, el rio, los árboles. En pocos minutos, el agua chorreaba por todas partes, la cubría, la salpicaba, la empapaba como un baño; Yvette no apartó. Pensaba sólo en lo que ocurría en la terraza.
Los oyó que se incorporaban, que subían a sus habitaciones, y se cerraron algunas puertas, y la niña, obedeciendo a una curlosidad irresistible que la enloquecía el y la torturaba, salió a la escalera, y abriendo con tiento la puerta del jardin, salió, azotada por la lluvia furiosa, para ocultarse tras un macizo de verdura y mirar desde allí las ventanas.
En una veía luz: en la de su madre. Y, de pronto, aparecieron dos sombras en el cuadro luminoso; estaban muy juntas; luego se acercaron más aun, confundiéndose al fin en una sola, y a la luz de un relámpago, que proyectó sus resplandores en la fachada, Yvette vio a los dos enamorados besándose, unidos apasionadamente.
Sin reflexionar, sin saber lo que hacía, lanzó un grito, una voz potente: «¡Mamá!», como se grita para prevenir a cualquiera de un peligro mortal.
Su grito desesperado se perdió entre los repiqueteos de la lluvia, pero los amantes se apartaron uno de otro, inquietos. Y una de las sombras desapareció, mientras la otra se esforzába por descubrir algo entre las negruras del jardín.
Entonces, temiendo que la sorprendiesen, temiendo la presencia de su madre, Yvette corrió a la casa y subió precipitadamente la escalera, dejando tras de si un reguero de agua que corría de escalón en escalón. Se encerró por dentro y decidió no abrir para nadie la puerta de su cuarto.
Sin quitarse la ropa empapada y pegada a sus carnes, cayó de rodillas, uniendo las manos, implorando en su aflicción algún remedio sobrehumano, algún socorro misterioso del Cielo, esa desconocida ayuda que reclaman los atribulados en las horas de llanto y desesperación.
Los relámpagos iluminaban frecuentemente con reflejos lívidos el cuarto, y ella se veía en el espejo, con los cabellos en desorden, chorreando y con tan dolorosas apariencías que no se reconocía.
Estuvo así mucho tiempo; tanto, que cesó la tempestad sin que se diese cuenta.

VI

No llovía. Una tenue claridad inundó el cielo aún oscurecido por las nubes, y una frescura tibía, deleitosa, deliciosa, una frescura de hierba y de hojas humedecidas entró por la ventana abierta.
Yvette se puso en pie, se quitó las ropas empapadas y frías y, sin pensar siquiera en lo que hacía, se metió en la cama. Quedó así con los ojos fijos en las claridades del naciente día. Luego lloró de nuevo, reflexionando.
¡Su madre! ¡Un amante! ¡Qué vergüenza! Pero había leído tantos libros en que las mujeres, las madres inclusive, se abandonaban así para renacer al honor en las últimas páginas, que acabó por no impresionarle mucho aquella situación, tan semejante a las de muchos personajes de sus lecturas. La violencia de su primer disgusto, el espanto cruel de la sorpresa, ya se atenuaban un poco mezclándose con el recuerdo confuso de accidentes análogos. Su pensamiento se había de tal modo sumergido en aventuras trágicas, poéticamente conducidas por los noveladores, que el horrible descubrimiento le parecía poco a poco la natural continuación de algún folletín leído la vispera.
Y se dijo:
«Yo salvaré a mamá.»
Serenándose casi por completo con esta resolución de heroína, se sentía fuerte, poderosa, dispuesta desde luego al sacrificio y a la lucha. Y pensaba los medios que le sería preciso emplear. La agradó uno sólo, en consonancia con su temperamento novelesco. Y preparó, como un actor ensaya la escena que debe representar, la entrevista que se proponía tener con su madre.
Había salido el sol. Los criados circulaban por la casa. La doncella entró con el chocolate; Yvette se lo hizo dejar sobre la mesilla y le dió el recado siguiente:
—Diga usted a mamá que no estoy buena, que no me levantaré hasta que se hayan ido esos caballeros; que no me ha sido posible dormir en toda la noche y que le ruego que me dejen tranquila porque deseo descansar.
La doncella, sorprendida, vio sus vestidos mojados, caídos como pingajos en el suelo, y exclamó:
—Pero ¿la señorita ha salido en la lluvia?
—Sí, bajé a pasear para refrescarme.
La doncella recogió las faldas, las enaguas, las medias, los zapatos enlodados y salió, llevando con precauciones para no mancharse aquellas ropas que parecían las vestiduras de un ahogado.
Yvette aguardó, segura de que su madre subiría.
Y así fué. Al oír las primeras palabras de la doncella, saltó de la cama y se vistió de prisa. No tenía quietud completa desde que oyó en la sombra del jardín aquel grito: «¡Mamá!»
La marquesa, subiendo al cuarto de su hija, le preguntó:
—¿Qué sientes?
Yvette la miraba, murmurando:
—Siento..., siento...
Y poseida por una emoción terrible, comenzó a sollozar.
Sorprendida su madre le preguntó de nuevo:
—¿Qué sientes? Dimelo.
Entonces, olvidando todos sus proyectos y sus frases preparadas, la muchacha, ocultando su rostro entre las manos, balbució:
—¡Mamá! ¡Oh! ¡Mamá!
La señora Obardi estaba en pie junto a la cama, de sobra conmovida para comprender bien aquello, pero adivinándolo casi, por el instinto sutil que siempre la guió.
Como Yvette no pudiese hablar, ahogada por sus lágrimas; la arquesa, inquietándose al fin y sintiendo que llegaba la hora de una explicación molesta, preguntó bruscamente:
—Acabemos. ¿Dirás a tu madre lo que te sucede?
Yvette pudo pronunciar difícilmente:
—Anoche... vi... tu ventana.
La marquesa, palideciendo, interrogó
—¿Y qué?
La hija repetía entre gemidos;
—¡Mamá! ¡Oh! ¡Mamá!...
La señora Obardi, cuyas turbaciones y sobresaltos convirtiéronse ya en cólera, encogiéndose de hombros, hizo ademán de irse:
—Veo que te has vuelto loca del todo. Cuando estés más tranquila, si quieres algo, avísame.
Pero la muchacha, de pronto, apartó de sus manos el rostro cubierto de lágrimas, diciendo:
—¡No te vayas!... Oyeme... Tenemos que hablar... Oyeme... Prométeme una cosa. Que nos iremos las dos en seguida, muy lejos..., al campo, a vivir allí como labradoras, y nadie sabrá en donde nos ocultamos... Di, mamá, ¿quieres? Te lo ruego; te lo suplico. Mamá, ¿quieres?
La marquesa, irresoluta, se detuvo en el centro del cuarto. Corría por sus venas sangre plebeya, sangre irascible. Además, la vergüenza, un pudor de madre se había mezclaban a un miedo vago, a una exasperación de mujer apasionada. cuyo amor se ve amenazado. Estremecíase, no sabiendo si pedir perdón o mostrarse violenta. Y dijo:
—No te comprendo.
Yvette insistió:
—Mamá..., te vi... anoche... No lo puedes negar... Si tú supieras... Vayámonos las dos. Te querré tanto, que mi cariño te lo hará olvidar todo.
La señora Obardi, con voz temblorosa, dijo:
—¡Escucha, hija mía. Ciertas cosas no puedes comprenderlas aun. Y nunca olvides que te prohibo… que te prohibo hablarme de todo eso.
Pero Yvette, representando con más vehemencia que nunca el papel de redentora que se había impuesto, añadió:
—No, mamá; ya no soy una chiquilla; tengo derecho a saberlo todo. Pues bien: sé que recibimos a personas de mala reputación, aventureros, y sé que por este motivo nadie nos respeta. Sé mucho más. Todo ha de acabarse; no puede ser que vivamos así. Nos iremos. Venderás tus joyas, trabajaré si hace falta para vivir honradamente, lejos de aquí, en cualquier parte. Y si puedo casarme, tanto mejor.
Su madre la miraba con sus ojos negros encendidos, y exclamó:
—Estás loca. Levántate, vístete y baja como todos los días al comedor cuando nos llamen para el almuerzo.
—No, mamá; eso, no. Le vería sentado a la mesa y no quiero verle. Si no le arrojas de tu casa, me iré yo. Elige.
Se había sentado en la cama, y hablaba gesticulando y alzando la voz, como las actrices en escena, planteándose al fin el drama que había imaginado, olvidada casi de su disgusto para cuidar de su misión.
La marquesa, estupefacta, no sabiendo qué decirle, repetía:
—Estás loca; pero loca del todo.
Yvette pronunció con acento muy teatral:
—No, mamá. Si ese hombre no abandona esta casa, me iré yo. Estoy resuelta; no cedo.
—Y ¿adónde irás tú? ¿Qué harías tú?
—No lo sé, ni me importa en este momento. Sólo aspiro a que vivamos como viven las mujeres honradas.
Al oír «mujeres honradas», la marquesa desbordóse con todo el furor de una prostituida.
—Cállate; no tolero que me hables así. Yo valgo lo que otra cualquiera. ¿Lo entiendes tú? Soy una cortesana, verdad, y no me avergüenzo; las «mujeres honradas» valen menos que yo.
Yvette la miraba, horrorizándose de lo que oía, y balbuciendo:
—¡Mamá! ¡Mamá!
Pero la marquesa iba exaltándose y excitándose.
—Bién. Sí, es cierto; soy una cortesana. ¿Y qué? Si yo no fuese cortesana, tú serías cocinera;¡tú!, como lo he sido yo; y ganarías un jornal mezquino fregando platos, yendo a la compra con el cesto, y el ama te despediría si te distrajeras; mientras que ahora te distraes y te diviertes día y noche, porque yo soy una cortesana. Sí, no hay remedio; cuando una es humilde criada, con cincuenta francos de ahorro por todo capital, necesita industriarse para no morir hambrienta; y no hay más que un modo para salir de penas; no es fácil escoger; uno solamente para buscar fortuna: la propia carne; sólo nuestra carne.
Se golpeaba el pecho como un penitente que se confiesa, exaltándose, acalorándose y acercándose a la cama.
—Joven y hermosa..., es preciso vivir de la hermosura y de la juventud o pasar penas toda la vida; no hay otro remedio.
Después, volviendo a su idea bruscamente:
—Por supuesto que las «mujeres honradas» tampoco se privan. Ellas, aún son más bribonas, porque nada las obliga. Tienen dinero, tienen de qué vivir y gozar y admiten amantes por vicio. Son más bribonas, mucho más.
En pie, junto a la cama, imponía su presencia, y la muchacha, llorando a gritos como lloran los pequeños cuando les pegan, estaba a punto de huir o de pedir «socorro».
La marquesa calló, miró a su hija y hallándola tan descensolada, sintióse dolorida; el remordimiento, la ternura, la piedad la vencieron, y arrojándose hacía Yvette con los brazos abiertos, comenzó también a llorar, balbuciendo:
—¡Mi pobre niña, pobre niña; si tú supieras qué daño me hiciste!
Y lloraron las dos largo tiempo.
Luego la marquesa, cuyos disgustos no eran duraderos nunca, se incorporó dulcemente, y dijo en voz baja:
—Vamos, nenita; las cosas del mundo son como son. Ya no hay remedio. Hay que tomar la vida como se ofrece.
Yvette seguía llorando. El golpe fué muy rudo, brutal, inesperado. No era fácil reflexionar y tranquilizarse de pronto.
Su madre continuó:
—Vaya, levántate, baja almorzaremos todos juntos; que nadie note nada.
La muchacha decía que «no» con la cabeza, sin poder hablar. Al fin, dijo con voz lenta, conteniendo el llanto:
—No, mamá. Te lo dije; no cambio de parecer. No quiero salir de mi cuarto hasta que hayan ido. No quiero ver a ahora; y a gentes como ésos…, nunca, nunca... Si vuelven, yo… no los veré.
La marquesa ya tenía enjutos los ojos y, fatigada por la emoción, murmuró:
—Hija, reflexiona; sé razanable.
Y, después de un minuto de silencio, añadió:
—Bueno, mejor será que descanses y te tranquilices. Por la tarde subiré a verte.
Y dando un beso a su hija, fue a vestirse para el almuerzo, ya del todo repuesta.
En cuanto su madre desapareció, levantóse la muchacha correr el cerrojo de la puerta para sentirse apartada, sola, enteramente sola, y comenzó a feflexionar.
Llamó la doncella a eso de las once, preguntando a través de la puerta:
—La señora marquesa me hace subir por si la señorita desea cualquier cosa o quiere almorzar.
Yvette respondió:
—No tengo apetito. Sólo que me dejen tranquila, que no me importunen.
Y no se movió de la cama como si estuviese de verdad enferma.
Llamaron de nuevo hacia las tres. Yvette preguntó:
—¿Quién?
Era su madre.
—Yo, nenita; vengo a ver cómo sigues.
Yvette dudó. ¿Qué respondería?
Se levantó y volvió a la cama después de abrir.
La marquesa se fué acercando, hablándola como a un convaleciente, a media voz:
—¿Cómo estás? ¿Mejor? ¿No quieres unos huevos pasados por agua?
—No, gracias; no tengo apetito.
La señora Obardi se sentó junto a la cama.
Estuvieron silenciosas buen rato; luego, como Yvette seguía inmóvil, con los brazos inertes y tendidos por encima de la colcha, la marquesa preguntó:
—¿No quieres levantarte?
Yvette dijo:
—Sí; en seguida.
Y añadió con tono grave y lento:
—He reflexionado mucho, mamá, y estoy resuelta..., resuelta del todo. Lo pasado, pasado; no se hable más. Pero el porvenir, será diferente... Si no..., ya sé lo que debo. hacer. Por ahora, no digamos nada; esto acabó.
La marquesa, que ya daba por terminado el incidente, se impacientó bastante. Aquello era excesivo. La gansa de su hija debió mucho antes hacerse cargo de todo. Reprimiéndose, limitóse a decir:
—¿Te levantarás pronto?
—En seguida.
Su madre la sirvió, dándole unas medias, un corsé..., una falda y un beso.
—¿Querrás pasearte un poco antes de comer?
—Sí, mamá.
Y fueron las dos a la orilla del río, hablando solamente de cosas triviales.

VII

A la mañana siguiente, Yvette salió sola y fué a sentarse donde Servigny había leído para ella la historia de las hormigas, pensando:
«Es indispensable que tome pronto una resolución.»
Frente a ella, casi a sus pies, corría el agua, llena de susurros y de remolinos que huían rápidos.
Yvette ya tenía meditados todos los aspectos de la situación y todos los recursos para resolverla.
¿Qué decidiría ella si la madre no respetaba escrupulosamente la condición propuesta, si no quería renunciar a su mundo, a sus placeres, a todo, para ocultarse y vivir sólo del amor de su hija en un país lejano?
Podia irse, abandonarla, huir.
Pero ¿adónde? ¿Cómo? ¿De qué viviría?
¿Trabajando? ¿En qué? ¿A quién dirigirse para encontrar labor? Además, la existencia humilde y oscura de las pobres obreras le parecía un poco vergonzosa, indigna de ella. Pensó en hacerse institutriz como las heroínas de ciertas novelas; la enamoraría y se casaría luego con ella el señorito de la casa. Pero era necesario, para este final, ser de una familia noble y poder exclamar, cuando el padre la increpara por haber conseguido el amor del joven: «Me llamo Yvette Obardi.»
No podía, y, además, era éste un recurso muy visto, muy gastado.
El convento no resultaba mucho mejor. No sentía inclinaciones hacia la vida religiosa, teniendo sólo una devoción intermitente y fugaz. Nadie podía redimirla por el matrimonio, siendo hija de quien era. ¡Ningún socorro podía prometerse de un hombre, ningún arbitrio posible, ningún recurso definitivo!
Y además ella intentaba resolver algo que probase mucha energía, fuerza y voluntad; algo que sirviese de ejemplo. Y aceptó la idea del suicidio.
Decidióse de pronto, como si se tratara de un viaje, tranquilamente, sin reflexionar qué cosa es morir, sin ocurrírsele que aquello era el final de lo que ya nunca esperab.a, la marcha sin regreso posible y el adiós eterno a la tierra y a la vida.
Se dispuso inmediatamente a esta determinación extrema, con la sencillez irreflexiva de las almas exaltadas y jóvenes. Pensando qué medio emplearía, todos le parecieron difíciles, inseguros y dolorosos; todos exigían un impulso violento que la repugnaba.
Rechazó desde luego el puñal, y el revólver, que pueden herir sin matar, estropeando y desfigurando, que requieren una mano robusta y experta. La cuerda, tampoco; ahorcarse resulta muy vulgar, feo y ridículo: es el recurso de los pobres. El agua, imposible sabiendo nadar. Quedaba el veneno. Pero ¿qué veneno? Casi todos hacen padecer y provocan vómitos. Ella no quería padecer ni vomitar. Entonces recordó el cloroformo, habiendo leído en un periódico en qué forma se asfixió una pobre mujer por este procedimiento.
Y al resolverse, al fin, sintió una especie de alegría, un orgullo íntimo, una sensación de arrogancia. Se vería pronto de cuánto era capaz.
Entró en el pueblo de Bugival, fué a casa del farmacéutico y le pidió cloroformo para una muela que le dolía. El hombre, que la conocía, le dió en un frasquito un poco del narcótico.
Entonces fué a otro pueblo cercano, Croissy, donde se procuró, con la misma excusa, otra pequeña porción. Obtuvo luego una tercera en Chatou y una cuarta en Reuil, llegando a la villa muy pasada la hora del almuerzo. Después de la caminata sintió bastante apetito y almorzó mucho.
Su madre, satisfecha mirándola comer de aquel modo, tranquilamente, dijo cuando se levantaron de la mesa:
—Todos nuestros amigos vendrán a vernos el domingo. He invitado al príncipe, al caballero Valreali y al señor de Belvigne.
Yvette palideció algo, pero no respondió nada.
Salió en seguida, fué a la estación y pidió billete para Paris.
Durante toda la tarde recorrió farmacias, comprando en cada una un poquito de cloroformo.
Regresó por la noche, con muchos frascos en los bolsillos.
Al día siguiente hizo también otro tanto, y habiendo entrado por casualidad en un almacén de drogas, pudo conseguir de un solo golpe un cuarto de litro.
El sábado no salió de casa: era un día nublado y bochornoso; estuvo en la terraza tendida sobre una butacona de mimbre.
No se preocupaba por nada, muy resuelta y muy tranquila. Vistióse a la mañana siguiente con un traje azul que le sentaba muy bien; quería estar hermosa.
Y mirándose al espejo, se dijo de pronto: «Mañana estaré muerta.» Y un temblor extraño estremeció todo su cuerpo. «¡Muerta! ¡No hablaré, no pensaré, no existiré; nadie me verá.., y no veré a nadie!»
Atentamente se contemplaba como si nunca se hubiera visto, examinando principalmente sus ojos, descubriendo mil cosas en ella, un carácter, oculto hasta entonces, de su fisonomía, y asombrándose de verse, como si tuviese ante si una persona desconocida, pensaba:
«Soy la misma en el espejo. ¡Qué cosa tan extraña, verse a sí misma! Sin el espejo no llegaríamos a conocernos jamás. Y sabrían todos como éramos y nosotros no lo sabríamos nunca.»
Deshizo su peinado y dejó caer sobre su pecho toda la cabellera, sin perder ninguno de sus movimientos y actitudes.
«¡Qué bonita soy!—pensaba—. Mañana estaré muerta.»
Miró su cama, pareciéndole que ya estaba rígida en ella, pálida, entre cirios.
«Muerta. Dentro de ocho días mi cara, estos ojos y estas mejillas no serán más que podredumbre. Y estaré metida en una caja debajo de la tierra.»
Una horrible angustia oprimía su corazón.
Un sol espléndido se derramaba por la campiña, y entró por la ventana un aire apacible.
Sentóse pensando en esto:
«¡Muerta!» Y reflexionaba.
Era como si el mundo fuese a desaparecer para ella. Pero no; en el mundo nada cambiaría con su muerte; ni siquiera su cuarto. Si; hasta su cuarto y su cama quedarían allí, con todos los muebles. Hasta los frascos de su tocador. Y ella, sólo ella, desaparecería para siempre. Exceptuando tal vez a su madre, ninguno sentiría tristeza.
Dirían, sin duda: «¡Qué lástima! ¡Era tan bonita...!»
Y al ver su mano apoyada en el brazo del sillón, pensó de nuevo en la miseria, en la podredumbre que había de consumir su carne. Y nuevamente sintió un estremecimiento y cierta repugnancia; y no comprendía cómo era posible desaparecer así del mundo, sin que todo el mundo se aniquilara. De tal manera se creía integrada en todo: en el campo, en el aire y en el sol y en la vida.
En el jardín estallaron risas, voces, gritos, el desconcierto alegre y ruidoso de los invitados y la voz sonora del señor de Belvigne, que cantaba:
Asómate a la ventana para dar celos al sol.
Se levantó sin réflexionar y asomóse. Todos apláudieron. Estaban allí los cinco y dos más a los que no conocía.
Retrocedió bruscamente, desgarrada por una idea. Todos iban a divertirse a casa de su madre, a casa de una cortesana.
Llamaron para el almuerzo.
«Voy a enseñarles cómo se muere», se dijo Yvette.
Y bajó con paso firme, con algo del ardimiento de los mártires, cuando entraban en el circo, en donde los aguardaban leones y panteras.
Dio la mano a todos, afablemente, risueña, pero altiva.
Servigny le preguntó:
—¿Está usted menos regañona hoy, señorita?
Ella respondió con tono severo y singular:
—Quiero hacer locuras. Me siento de un humor endiablado. Guárdense de mí.
Luego, dirigiéndose al señor de Belvigne, añadió:
—Usted será mi «víctima» hoy. Todos me acompañarán luego a las ferias de Marly.
Presentáronle a los dos forasteros: el conde de Tamine y el marqués de Briquetot.
Mientras almorzaron, Yvette no habló casi nada, reservando su voluntad para mostrarse alegre luego, para que ninguno comprendiese nada, para que les cogiera más de improviso la desdicha, para que se dijese después:
«¿Quién lo hubiera pensado? ¡Estaba tan alegre, tan satisfecha! ¡Cómo se trastornan esas cabecitas?»-
Esforzábase para no pensar en el anochecer, hora elegida, cuando estuvieran todos en la terraza.
Bebió mucho vino, queriendo aturdirse, y dos copitas de coñac. Se levantó de la mesa muy sofocada, con el cuerpo y el espíritu muy caldeados. Tenía fuerzas y resolución para todo.
—¡En marcha!—dijo.
Y apoyada en el brazo del señor Belvigne, ordenó a los otros:
—Vaya, formen ustedes mi batallón. A Servigny le nombró sargento. Usted, fuera de línea. En primer lugar, la guardia extranjera; los dos exóticos, el caballero y el príncipe. Detrás de todos, los reclutas, los dos forasteros, que hoy toman las armas a mis órdenes. ¡Marchen!
Y salieron. Servigny tocaba la corneta con el puño cerrado, y los los nuevos imitaban el rataplán del tambor.
El señor de Belvigne, algo confuso, dijo en voz baja:
—Yvette, sea usted razonable; no haga cosas que la comprometan.
Ella respondió:
—A usted le comprometo, y le apuro; me preocupa muy poco lo que digan de mí. Yo no pierdo nada; usted supone que puede perder algo. Peor para usted. Hay que guardarse, no ir a ferias con muj eres como yo.
Atravesaron el pueblo de Bougival, con asombro de los paseantes.
Todos los miraban; salían a sus puertas los vecinos; los viajeros de la vía férrea que va de Rueil a Marly, silbaron. Los hombres, en pie sobre la plataforma, gritaban:
—¡A1 rio con ellos!... ¡Al río!... ¡Al río!
Yvette, con paso militar, avanzaba del brazo de Belvigne, llevándole como se lleva un prisionero. Ella no reía. Bañaba su semblante una palidez grave, una especie de inmovilidad siniestra. Servigny dejó la trompeta para gritar voces de mando.
El príncipe y el caballero se divertían mucho, encontraban aquella farsa muy agradable y muy distinguida. Los dos forasteros tocaban el tambor sin descanso.
Cuando llegaron a la feria, dieron el golpe. Las mozas aplaudían, los hombres alborotaban; un señor gordo, que iba del brazo de su mujer, dijo, envidiándolos:
—Ahí tienes unos que no se aburren.
Se acercaron a los caballitos. Yvette hizo montar a Belvigne a su derecha, mientras el batallón asaltaba lós corceles giratorios. Cuando se detuvo la máquina, ella no quiso apearse, y su escolta estuvo también a caballo durante cinco sesiones. El público reía y lanzaba pullas. El señor Belvigne, lívido, tenía dolor de estómago al apearse.
Luego vagaron entre las barracas. Yvette les mandó apearse, rodeados por muchos curiosos y guasones. Les hizo comprar juguetes ridículos, obligándoles a mostrarlos. El príncipe y el caballero empezaban a encontrar pesda la broma. Sólo Servigny, el corneta, y los dos tambores, no se descorazonaban.
Cuando lo hubieron recorrido todo, Yvette miró a sus acompañantes de un modo singular, con ojos burlones y malévolos, y una extraña fantasía cruzó su pensamieto. Los alineó junto a la orilla del río.
—Quien me quiera, que se arroje al agua.
Ninguno saltó. Apiñóse a su espalda una muchedumbre. Algunas mozas, con delantal blanco, los míraban asombrados. Y unos soldados con pantalón rojo reían estupidamente.
Yvette repitió:
—¿No hay uno, entre todos, capaz de satisfacer mi deseo?
Servigny dijo:
—¡Vamos allá!
Y se tiró al agua vestido.
Al caer, salpicó el traje de Yvette. Un murmullo de asombro y alegría se alzó entre la multitud.
Entonces Yvette, cogiendo un pedacito de tabla que había en el suelo y tirándolo a la corriente, gritó:
—¡Búscalo, galán, búscalo!
Servigny, nadando, cogió la tabla con la boca, y la llevó como un perro, arrodillándose al salir del agua.
Yvette le acarició la cabeza, y dijo:
—Bravo, galán.
Una vieja, indignada, exclamó:
—¡Parece increíble!
Otra indicó:
—Y ¿se divierten con esas cosas?
Un hombre clamaba:
—¡Cualquier día me decido yo a eso por ninguna!
Yvette volvió a tomar el brazo de Belvigne, diciéndole:
—Es usted un estúpido; no sabe lo que se ha perdido.
Al volver, Yvette miraba con ojos irritados a los transeúntes, murmurando:
—Qué facha de necios tienen todos.
Luego, fijándose con descaro en el rostro del señor de Belvigne, añadió:
—Y usted también.
Yvette notó que habían desaparecido el príncipe y el caballero. Servigny, chorreando, silencioso, ya no tocaba la corneta; los dos forasteros, fatigados, tampoco tocaban ya el tambor.
Yvette, riendo con sequedad, les dijo:
—Al parecer, se hartaron; ya no quieren más. Y a eso llaman divertirse, ¿no es cierto? Ustedes venían a eso, a divertirse, y quedan bien servidos.
Luego, siguió andando en silencío; y de pronto, Belvigne vió lágrimas en sus ojos. Alterado, preguntó:
—¿Qué tiene usted, señorita?
—Déjeme: a nadie le importa.
Pero él insistía neciamente:
—Señorita, ¿qué tiene usted? ¿Por qué llora?
Ella dijo, impacientáridose:
—¡Calle usted!
Y bruscamente, sin resistir más la tristeza profunda que se desbordaba en su corazón, echóse a llorar de tal modo que no le fué posible seguir andando.
Cubrió su rostro con las dos manos, gemía y se ahogaba con la violencia de su desconsuelo.
Belvigne, quieto a su lado, repetía:
—¡Qué podrá ser!
Pero Servigny, avanzando bruscamente, dijo:
—Vamos a casa; que no la vean llorar en la calle. ¿Por qué hace semejantes locuras si le entristecen?
Y cogiéndola por el codo, la hizo andar. Pero. en cuanto estuvieron frente a la villa, Yvette, corriendo escapada, cruzó el jardín, subió la escalera y encerróse por dentro en su cuarto.
Compareció a la hora de comer, pálida y muy seria.
Estaban todos muy alegres, y Servigny había comprado en un comercio blusa, camisa con flores, pantalón de pana; vestía como un campesino y procuraba imitar los modales de la gente del pueblo.
Yvette sintió que le faltaban fuerzas; cuando estuvo servido el café, retiróse a su cuarto.
Bajo su ventana todos reían. El caballero decía chuscadas, usando frases infelices y groseras. Servigny, un poco alegre, hacía de obrero borracho, llamando a la marquesa «patrona». Y de pronto dijo a Laval:
—¡Eh! ¡Patrón!
Fué una carcaj ada unánime.
Yvette, en aquel momento, se resolvió. Y en una hoja de papel de cartas, puso:

«Bugival. Domingo, nueve de la noche. Me mato por no ser una entretenida.
Yvette»

Luego añadió esta posdata:

«Mamá, perdóname. Te quiero mucho. Adiós.»

El sobre iba dirigido a la señora marquesa de Obardi.
Acercó a la ventana un sillón y una mesa, dejando en ella el frasco del cloroformo y algodón en rama.
Un magnífico rosal cubierto de rosas, que desde la terraza subía a su ventana, exhalaba en la noche un perfume delicado y suave. Yvette lo aspiró. La luna, en cuarto creciente, flotaba sobre un cielo negro, mordida y a veces velada por pequeñas nubes.
Yvette se decía: «¡Voy a morir, voy a morir!»
Y su corazón, henchdo ya de sollozos, reventaba de pena. La infeliz sentía necesidad, ansia, de que la socorriesen, de que la salvasen, de que la quisieran.
La voz de Servigny se destacó, refiriendo una historia obscena, interrumpida por carcajadas a cada paso. La marquese reía brutalmente y repetía sin cesar:
—Sólo él sabe decir esas cosas…Ja… ja… ja
Yvette cogió la botella y la destapó, empapando unos algodones. Un olor fuerte, azucarado, extraño, se desprendió, y cuando lo acercó a sus labios, el sabor irritante la hizo toser.
Cerró la boca y aspiró por las narices aquellaqs emanaciones de muerte. Cerraba los ojos, evitando pensamientos que puediesen hacerla desistir.
Le parecía que su pecho se iba ensanchando, que su alma se aligeraba, sacudiendo el peso de sus penas; tanto se aligeraba, que parecía dispuesta para remontarse y volar…
Percibía una sensación apacible que penetraba todo su cuerpo, sus manos y sus pies, toda su carne, una especie de borrachera vaga, de fiebre dulce.
Los algodones ya estgaban secos y aún ella no estaba muerta. Sus sentidos se habían afinado, eran más sutiles, más despiertos.
Oyó hasta las más leves frases pronunciadas abajo. El príncipe Kravalov refería de qué mod mató en duelo a un general austriaco.
Luego, de lejos, de la campiña, llegaban los ruidos nocturnos, de perros y sapos, y el murmullo imperceptible casi de las hojas.
Volvió a empapar los algodones y volvió a respirar el veneno. Durante un instante nada sintió; después, el suave y apacible bienestar volvió a invadirla.
Dos veces más añadió cloroformo a los algodones, ansiosa de conservar la sensación física y la sensación moral, aquel desvanecimiento delicioso en que se perdía su alma.
Pareciale que no tenía huesos ni carne; que no tenía brazos ni piernas. Se fué despojando suavemente de todo, sin que lo notara. El cloroformo había consumido su cuerpo, no dejando más que su alma despierta, más viva, más libre, más poderosa de lo que nunca fué.
Recordaba mil detalles olvidados, pequeñeces de su infancia, que la complacían. Su pensamiento, con agilidad hasta entonces desconocida, saltaba entre ideas muy distantes, recorría mil aventuras, vagaba en el pasado y se perdía en el porvenir. Activo y negligente a un tiempo, le ofrecía un encanto sensual, un placer divino.
No dejaba de oír las voces, pero ;sin comprender ya las palabras, que tenían para ella un valor disinto. Se hundía poco a poco en una especie de maravilla exótica variada.
En un barco gigantesco atravesaba un país florido. Veía en las playas personas que gritaban mucho. Luego, sin saber cómo, estaba otra vez en tierra, y Servigny, en traje de príncipe, la conducía del brazo a una corrida de toros. .Estaban llenas las calles de transeuntes que hablaban, y ella oía todas las conversaciones, reconociendo las voces, porque, a través de su turbación soñadora, oía reír y hablar a los amigos de su madre abajo, en la terraza.
Todo se hizo más vago.
Al fin, despertó, deliciosamente abatida y recordando con dificultad.

VIII

Yvette se daba cuenta de que no estaba todavía muerta.
Sentía un descanso absoluto, un bienestar físico muy agradable, una dulzura espiritual; era su anonadamiento de tal modo exquisito, que ya, sin ansia de acabar, lo hubiera prolongado por su gusto infinitamente.
Respiraba despacio, viendo la luna frente a ella, por encima de los árboles. Algo había cambiado en su alma; ya no pensaba como antes. El cloroformo, debilitando su cuerpo y su espíritu, había calmado su pena y adormecido su deseo de morir.
¿Por qué no volver a la vida? ¿Por qué no ser amada y dichosa? Ya todo le parecía posible, fácil y cierto. Ya era todo agradable y dulce, todo era encantador.
Queriendo soñar siempre, humedeció de nuevo los algodones, y aspiraba sólo a intervalos para no absorber demasiado, para no morir. Miraba la luna, y veía un rostro de mujer que se balanceaba en pleno cielo; después cantaba, cantaba con una voz muy conocida, la Aleluya de amor.
La marquesa, retirándose de la terraza, se había sentado al piano.
Yvette volaba. En el silencio de la noche, de una clara y transparente noche, volaba por encima de los árboles y del río. Volaba deliciosamente, abriendo las alas, batiéndolas, arrastrada por el viento como por una caricia. Se revolvía en el aire que besaba su piel, y deslizábase rápida; tan rápida, que no tenía tiempo de mirar abajo. Y luego se hallaba en la orilla de un lago; allí pescaba.
Echando el anzuelo, sentía un tirón fuerte, como si un pez grande mordiera en él. Alzando la caña, sacó al extremo del hilo un magnifico y elegante collar de perlas que había deseado mucho. No la sorprendía el hallazgo, pareciéndole cosa natural aquella pesca; y clavaba los ojos en Servigny, que apareció a su lado, sin explicarse cómo, pescando también y haciendo salir del agua un caballito de madera.
Después tuvo de nuevo la sensación de un despertar y oyó que la llamaban.
Su madre había dicho:
—Apaga la bujía.
Y Servigny, fingiendo algo la voz, gritaba con entonaciones cómicas:
—Apague usted la bujía, señorita Yvette.
Y todos repetían a coro:
—Señorita Yvette, apague usted la bujía.
Ernpapó nuevamente los algodones en el cloroformo; pero como ya no quería morir, los puso a cierta distancia para respirar el aire fresco, inundando al mismo tiempo su habitación con las emanaciones asfixiantes del narcótico. Imaginaba que subirían, y tomando una postura de completo abandono, una postura de muerta, esperó.
La marquesa dijo:
—No estoy tranquila. Esa locuela se durmió dejando encendida la vela y abierta la ventana. Diré a Clementina que suba para que cierre los cristales y apague la luz.
La doncella dió unos golpecitos en la puerta, llamando:
—¡Señorita! ¡Señorita!
Hubo un silencio, y prosiguió:
—Señorita Yvette, la señora desea que apague usted la bujía y cierre la ventana.
Otro silencio. Clementina esperaba escuchando. Luego dió con los nudillos más fuerte, arreciando la voz:
—¡Señorita! ¡Señorita!
Como Yvette no contestaba, la doncella bajó y dijo a la señora:
—La señorita se habrá dormido, sin duda, muy profundamente. Ha cerrado por dentro y no despierta.
La señora Obardl murmuró:
—¡Y habrá que dejarla con los cristales abiertos y la luz encendida!
Todos, a propuesta de Servigny, se reunieron al pie de la ventana de Yvette y gritaron a coro:
—¡Hip! ¡Hip! ¡Hurra! ¡Señorita, señorita!
El clamor vibró en la noche tranquila, se alzó hasta la luna en el aire transparente, repercutió en toda la campiña y fué perdiéndose como el ruido cada vez más débil de un tren en marcha que se aleja.
Yvette no respondió, y su madre dijo:
—Mientras no le haya sucedido algo... Empiezo a intranquilizárme.
Servigny, cogiendo rosas y capullos del rosal que trepaba por la pared, arrojándolos al aire, los hacía entrar por la ventana.
Al recibir el primero que la tocó, Yvette se estremeció y estuvo a punto de gritar. Rosas y capullos cayeron sobre su falda, sobre su cabellera; otros pasaban por encima, llegando a la cama, que se cubrió de flores.
La marquesa gritó con toda su fuerza:
—¡Hlja mía! ¿No respondes?
Entonces advirtió Servigny:
—Realmente, lo que ocurre no es natural. Subiré trepando a la ventana.
Pero el caballero se indignó.
—Permítame. Yo reclamo para mí el favor que me parece demasiado. Es una oportunidad para obtener una cita.
Los otros, creyendo que todo era una broma de Yvette, gritaron:
—¡Protesto! ¡Protesto! ¡Hay añagaza! ¡ Están convenidos! ¡Que no suba! ¡Que no suba!
Pero la marquesa, emocionada, insistió:
—Es necesario saber lo que ocurre.
Con dramática entonación dijo el príncipe:
—Favorece al duque; nos hace traición.
—Juguémoslo a cara o cruz; el que gane, subirá—objetó el caballero, sacando una moneda de cien francos.
Y pidió primero el príncipe:
—¡Cruz!
Fué cara.
El principe cogió la moneda, preguntando a Laval; éste dijo:
—¡Cara!
El príncipe tiró la moneda.
Fué cruz.
Y así, todos perdían…
Sólo faltaba Servigny, el cual advirtió con aire insolente:
—¡Claro Hace trampa
El ruso, llevándose una mano al corazón y ofreciendo a su rival con la otra la moneda, murmuró:
—Tire usted mismo, amable duque.
Servigny cogió la moneda y la tiró al aire, gritando:
—¡Cara!
Fué cruz.
Devolvió la moneda, y señalando al príncipe los pilares de la terraza, dijo:
—Príncipe, suba usted.
Pero el príncipe miraba en derredor con inquietud:
¿Qué busca? —preguntó Valreali.
—Busco..., busco una escalera
Todos rieron estrepitosamente.
Laval, adelantándose, dijo:
—Le ayudaremos.
Y alzándole de pronto entre sus brazos hercúleos, añadió:
—Agárrese a los hierros.
Se agarró bien el Príncipe, y al dejarle Laval, quedó suspendido, puer agitando las piernas y sin avanzar. Servigny, agarrando aquellos pies que buscaban un apoyo en el vacío, tiró con fuerza, y el principe cayó como una masa inerte sobre la barriga del señor Belvigne, que se acercaba para sostenerlo.
—¿A quién le toca por turno? —preguntó Servigny.
Pero nadie reclamaba su dereho.
—Valor, Belvigne
—Gracias, le tengo mucho cariño a mis huesos.
—Veamos, caballero Valrealí; usted acaso tenga costumbre
—Le cedo mi vez, amable duque.
—Vaya; la cosa no es para tanto.
Y Servigny trepó, abrazando la columna; luego se agarró a los hierros, hizo una contracción y saltó a la ventana.
Todos, con la cabeza levantada, la plaudían. Servigny gritó:
—¡Acudan pronto! Yvette está desmayada.
La marquesa, lanzando un grito se precipitó a la escalera.
La muchacha, con los ojos cerrados, se hacía la muerta.
Servigny descorrió el cerrojo, y la marquesa entró desesperada:
—¿Qué tiene? ¿Qué tiene?
Servigny, recogiendo el frasco del cloroformo, dijo:
—Se asfixló.
Y acercando el oído al pecho de Yvette:
—Respira; la reanimaremos. ¿Hay amoníaco?
La doncella, turbada, repetía:
—¿Qué pide, señor? ¿Qué pide?
—Agua sedativa.
—Sí; agua.
—Tráigala corriendo y deje la puerta de par en par. Que circule el aire.
La marquesa cayó de rodillas, gimoteando:
—¡Yvette! ¡Yvette! ¡Hija mía! ¡Cielo mio! ¡Escúchame! ¡Contéstame! ¡Yvette! ¡Hija mía! ¡Oh!¿Qué tienes?
Y todos, revolviéndose despavoridos, inútiles, iban y venían con agua, toallas, vasos, vinagre.
Alguien dijo:
—Habrá que desnudarla.
Y la marquesa trató de hacerlo pero no supo. Sus manos temblabanan, tropezaban, se perdían; y ella sollozaba:
—No acierto... No sé... No sé... No acierto...
La doncella entró con una botella. Servigny, empapando un pañuelo en el amoniaco, lo aproximó a la nariz de Yvette.
—Respira bien. Esto no será nada.
Y la frotó con el mismo pañuelo mejillas, nuca y sienes.
Luego indicó a la doncella que aflojase los vestidos y le quitase el corsé, y levantándola entre sus brazos, la llevó a la cama, estremeciéndose al contacto del cuerpo casi desnudo, sintiendo el perfume de aquella carne. Cuando la hubo puesto sobre los colchones, se incorporó, muy pálido, y dijo:
—Pronto volverá en sí. Esto no es nada.
Había sentido su respiración ontinua y regular.
Viendo que todos los hombres fijaban los ojos en el cuerpo de Yvette, se sintió irritado, celoso, y dirigióse a ellos, indicando:
—Señores, aquí somos demasiados y hace falta mucho aire. Déjennos a Laval y a mi.
Usaba un tono seco y autoritario. Los cuatro salieron.
La señora Obardi se arrojó en los brazos de su amante, gritando:
—¡Salvémosla! ¡Salvémosla!
Y Servigny vió sobre la mesa la carta. Leyendo el sobre, pensó: «Mejor será que la madre no lo sepa.» Rasgando la envoltura, enteróse del contenido.
«¡Caramba!—pensó—. Esto merece la pena.»
Y disimuladamente se guardó la carta en un bolsillo.
Luego, acercándose a Yvette, comprendió que la niña estaba ya en sus cabales, no atreviéndose a manifestarlo, por vergüenza y por temor a las preguntas.
La marquesa, de rodillas, a los pies de la cama, lloraba. De pronto exclamó:
—Un médico, en seguida; que venga un médico.
Pero Servigny, que acababa de hablar en voz baja con Laval, dijo:
—No; no hace falta. Déjeme sola con ella un minuto, y cuando usted vuelva su hij la besará: lo prometo.
Laval, cogiendo a la señora de Obardi por un brazo, salió con ella.
—Señorita: escúcheme.
Ella no respondió. Se sentía tan bien, tan dulcemente, allí echada, que no quería moverse, ni hablar, ni vivir de otro modo. Un bienestar infinito la invadía, un bienestar que hasta entonces nunca sintió.
El aire tibio de la noche inundaba el cuarto en ondas tenues, oreando el rostro de la enferma de un modo exquisito y apenas perceptible. Era una caricia, era como un beso del aire, como un aliento sutil, como el soplo de un abanico formado con todas las hojas de los árboles y todos los misterios de la noche, de las brumas del rio y de las flores del jardín; porque las rosas caídas poco antes en el lecho, y las que trepando se asomaban a la ventana, mezclaban su perfume lánguido con el fecundo sabor de la brisa nocturna.
Yvette bebía con placidez aquel aire, y conservaba los ojos cerrados y el corazón divertido aún en la persistente somnolencia del opio; no deseaba morir; al contrario: sentía un deseo poderoso de vivir, de ser dichosa, de ser querida, muy querida, mucho, mucho.
Servigny repetía:
—Yvette, escúcheme.
Y ella se decidió a tener los ojos abiertos.
Viéndola reanimada, él prosiguió:
—¿Qué significan esas locuras?
Yvette murmuraba:
—Mi pobre galán, la tristeza me vencía.
Servigny la oprimió paternalmente.
—Así no se adelanta nada. Veamos. ¿Promete no insistir?
Yvette no contestó, pero movía la cabeza, sonriendo con una débil contracción, apenas visible.
Servigny sacó del bolsillo la carta que recogió sobre la mesa.
—¿Quiere usted que se lo digamos a mamá?
Ella hizo un signo de negación. El no sabia qué decir, el caso era difícil. Murmuró:
—Yvette, encantadora Yvette, es necesario resolverse, conformarse... Hay situaciones dolorosas... Yo prometo a usted...
Ella balbució:
—Usted es muy bueno.
Callaron. Servigny la contemplaba. En los ojos de la mujer había mucha ternura, desfallecímiento, y de pronto ella levantó los brazos como si quisiese atraer al hombre. Servigny se inclinó y se unieron sus labios.
Duró mucho aquel beso. Cuando él, comprenediendo que se acababa, se incorporó, ella sonreía, reteniéndole:
—Voy a buscar a la marquesa—dijo el amante.
Ella murmuraba:
—¿Me querrá usted mucho?
El, arrodillándose, besaba la nano de Yvette, ydecía:
—¡Te adoro!
Alguien estaba junto a la. puerta. Servigny salió, y con su acostumbrada tranquilidad, siempre algo irónica, dijo:
—Entre usted, marquesa. Ya está salvada.
La madre corrió hacia su hija; se abrazaron, se besaron frenéticamente, con los ojos llenos de lágrimas, y Servigny, con el corazón alborotado y la carne ansiosa, fué hacia la ventana para respirar a plenos pulmones el aire le la noche, tarareando:

La mujer varia,
como la veleta;
nadie la comprende,
nadie las sujeta.

ººº LITERATURA ººº

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