PARA PODER LLEGAR A ENTENDER MUCHAS DE LAS COSAS QUE AHY AQUI, HAY QUE MIRARLAS CON LOS OJOS DEL "CORAZON".

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sábado, julio 24, 2010

RELATOS DE LOS MITOS DE CTHULHU III




Relatos de los mitos de Cthulhu (III)

H. P. Lovecraft y otros


Por primera vez completa en castellano, ésta es la recopilación de LOS MITOS llevada a cabo por August Derleth, colaborador directo y albacea literario de Lovecraft.
ÍNDICE

Un último tomo que no puede ser el último

Edición fría, por Ramsey Campbell

La ciudad hermana, por Brian Lumley

Alrededores de cemento, por Brian Lumley

Los profundos, por James Wade

El regreso de los lloigor, por Colin Wilson

Un último tomo que no puede ser el último

Ambigüedad e inconcreción, a todos los niveles, parecen ser características básicas de la narrativa lovecraftiana, como ya he intentado poner de manifiesto en los prólogos de los dos primeros volúmenes de esta antología.
Nada menos extraño, bien mirado, puesto que lo ambiguo y lo inconcreto tienen un poder desazonador del que carecen los horrores tangibles y clasificables.
Y la ambigüedad e inconcreción internas de los Mitos de Cthulhu se corresponden, lógicamente, con análogas características a nivel externo, en el sentido de que resulta prácticamente imposible delimitar la narrativa lovecraftiana dentro de la literatura fantástica en general (incluso se puede decir que transciende el marco de lo puramente literario), así como llevar a cabo un elenco de todas las obras asociables a los Mitos o de los autores adictos a la temática.
El último relato de este tercer y último tomo, adecuado colofón a nuestra antología, a cargo del erudito y versátil Colin Wilson, expresa con oportuna explicitud el carácter «abierto» de los Mitos, sus nexos con otras formas de narrativa (y de especulación), su deuda con determinados autores —como Poe y Machen—, y, en suma, su básica —y en gran medida deliberada— ambigüedad como fenómeno cultural.
Pues los Mitos de Cthulhu no constituyen sólo —ni siquiera principalmente— una temática más dentro de la narrativa fantástica, y la concreción que parecen conferirle tanto su denominación como sus autores más representativos es totalmente equívoca. Los Mitos expresan las contradicciones, temores e inquietudes de una sociedad que bajo su tosca máscara de racionalismo oculta un rostro tan absurdo y cruel como el de cualquier entidad lovecraftiana; y como expresión del irracionalismo reinante (o regente, si se prefiere), ligada a todo tipo de leyendas, religiones y oscurantismos, los Mitos carecen de una fisonomía definida y de unas fronteras claras: los relatos vinculables al ciclo se cuentan por cientos o por miles, con una gama de tipos y grados de vinculación tan amplia como se desee.
Por tanto, cualquier pretensión de publicar una antología completa o tan siquiera amplia de los Mitos está condenada a priori a la parcialidad, por lo que hemos tenido que contentarnos con ofrecer, dentro de una extensión razonable, una de las más representativas y autorizadas de todas las que han visto la luz hasta la fecha, con el propósito de complementarla, en un futuro próximo, con otras obras fundamentales para el conocimiento y la comprensión de uno de los fenómenos culturales más inquietantes y significativos de nuestro tiempo.

Carlo Frabetti
EDICIÓN FRÍA

Ramsey Campbell

(Título original: Cold Print)

John Ramsey Campbell, nacido en Liverpool en 1946, estuvo influido desde muy joven por Lovecraft, y si bien situó sus primeros relatos sobre los Mitos en los escenarios clásicos (Arkham), pronto les suministró una ambientación británica (el Valle de Severn, Brichester), fenómeno del que encontraremos más muestras en la presente selección.
En Edición fría se alude a una entidad infrecuente, pero no menos terrorífica que sus congéneres: el mudable Y'golonac.
...Porque ni aun los esbirros de Cthulhu se atreven a hablar de Y'golonac; sin embargo, llegará el tiempo en que Y'golonac surgirá de lo soledad de los tiempos inmemoriales y una vez más andará entre los hombres.

Revelaciones de Glaaki, vol. XII


Sam Strutt se chupó los dedos y se los secó con el pañuelo; tenía las yemas grises por la nieve del pasamanos de la plataforma del autobús. Luego sacó el libro de la bolsa de plástico que tenía en el asiento de al lado, extrajo el billete de entre sus páginas, lo sujetó contra la tapa para protegerlo de sus dedos y comenzó a leer. Como ocurría a menudo, el cobrador supuso que el billete de Strutt era válido; Strutt no le sacó del error. Fuera, la nieve caía en las calles laterales y se deslizaba bajo las ruedas de los coches que avanzaban cautelosos.
El barro le salpicó y cayó dentro de sus botas al apearse en Brichester Central, y cobijando la bolsa bajo la chaqueta para mayor precaución, apretó el paso hacia el quiosco de periódicos, pisando los copos recién caídos. Los cristales del quiosco no estaban completamente cerrados; la nieve se había filtrado por las ranuras y deslustraba los brillantes libros de bolsillo.
—¡Mire esto! —se quejó Strutt a un joven que estaba junto a él y miraba a la multitud, metiendo el cuello hacia dentro como una tortuga—. ¿No es una asquerosidad? ¡A la gente no le importan estas cosas!
El joven, sin dejar de mirar las caras mojadas que pasaban, asintió abstraído. Strutt se dirigió a otro mostrador del quiosco, donde el dependiente despachaba periódicos.
—¡Oiga! —llamó Strutt.
El dependiente, que estaba contando el cambio para un cliente, le indicó con un gesto que esperase. Por encima de los libros, a través del cristal empañado, Strutt vio que el joven se acercaba a una chica y la abrazaba, y luego le secaba el rostro suavemente con un pañuelo. Strutt miró el periódico del cliente que esperaba el cambio. Brutal asesinato en las ruinas de una iglesia, leyó; la noche anterior habían encontrado un cadáver entre las desmoronadas paredes de lo que había sido la iglesia de Lower Brichester; cuando quitaron la nieve de la figura marmórea, descubrieron en el cadáver horribles mutilaciones que parecían... El cliente cogió su periódico y el cambio y se alejó hacia la estación. El dependiente se dirigió a Strutt con una sonrisa:
—Siento haberle hecho esperar.
—No importa —dijo Strutt—. ¿Se da cuenta de que está cayendo nieve encima de los libros? La gente puede querer comprarlos.
—¿Y usted? —replicó el dependiente.
Strutt apretó los labios, y volvió a las ráfagas cargadas de nieve. Tras de sí oyó el sonido del cristal al cerrarse.
Los Buenos Libros de The Highway le proporcionaron cobijo; se sacudió el aguanieve y se puso a mirar los lomos. Los títulos corrientes de los estantes mostraban su cara anterior, mientras que otros estaban vueltos de espaldas. Un grupito de chicas se reía con las tarjetas cómicas de Navidad; un hombre sin afeitar fue empujado al interior por una ráfaga de afilados copos y se detuvo, mirando en torno suyo con inquietud. Strutt chascó la lengua; no debería permitirse que los vagabundos entraran en las librerías a ensuciar los libros. Mirando de soslayo para ver si el hombre abría las cubiertas o rompía los lomos, Strutt fue de estantería en estantería sin encontrar lo que buscaba. Charlando con la cajera, no obstante, había un dependiente que le había alabado el Last Exit to Brooklyn, cuando vino a comprarlo la semana anterior, y había escuchado pacientemente la lista de las recientes lecturas de Strutt, aunque no pareció reconocer los títulos. Strutt se acercó a él y le preguntó:
—Hola, ¿tiene más libros esta semana?
El hombre le miró desconcertado.
—¿Más...?
—Bueno, libros como éste —Strutt alzó su bolsa de plástico para mostrarle la cubierta gris de Ultimate Press, cuyo título era The Caning-Master, de Hector Q.
—¡Ah, no! Creo que no —se dio un golpecito en el labio—. Espere, ¿Jean Genet?
—¿Quién? Ah, quiere decir Jannet. No, gracias, es aburrido como una ostra.
—Bueno, pues lo siento, señor; me temo que no puedo serle útil.
—¡Oh! —Strutt se sintió desairado.
El hombre parecía no reconocerle, o quizá lo aparentaba. Strutt había conocido a otros así que le habían orientado en sus lecturas. Buscó en las estanterías otra vez, pero ninguna cubierta atrajo su mirada. En la puerta se desabrochó la camisa para proteger aún más su libro, y una mano se posó en su brazo. La mugrienta mano se deslizó hasta la suya y tocó la bolsa. Strutt la apartó furioso y se encaró con el vagabundo.
—¡Un momento! —siseó el hombre—. ¿Busca usted más libros de ese género? Yo sé dónde hay.
Esta proximidad ofendía a su estricto sentido de la lectura de libros, y no tenía por qué disimularlo. Arrancó la bolsa de los dedos que la cogían.
—Así que a usted le gustan también, ¿eh?
—¡Oh, sí!, tengo muchos.
Strutt le tendió una trampa.
—¿Cuáles?
—¡Oh!, Adán y Eva, Tómame como quieras, todas las aventuras de Harrison; ya sabe, hay montones.
Strutt admitió de mala gana que el ofrecimiento del hombre parecía sincero. El dependiente, junto a la caja, les observaba; Strutt miró hacia atrás.
—De acuerdo —dijo—. ¿Dónde está ese lugar del que me habla?
El otro le cogió del brazo y le sacó ansiosamente a la nieve que caía sesgada. Apretándose el cuello del sobretodo, los dos peatones se deslizaron por entre los coches que esperaban a que retirasen un autobús que había patinado. Los limpiaparabrisas aplastaban los copos de nieve en las esquinas de los parabrisas. El hombre tiró de Strutt en medio del concierto de claxons que bramaban y alborotaban, luego pasaron entre dos escaparates desde los que les miraron despectivamente unas chicas que vestían a unas figuras sin cabeza, y descendieron por un callejón. Strutt reconoció la zona, que había explorado minuciosa e inútilmente en busca de librerías apartadas; decepcionantes tienduchas de revistas para hombres, ocasionales vaharadas pungentes de cocinas, coches cubiertos de costras de nieve, calor de tabernas bulliciosas contra el frío. El guía de Strutt se refugió en la entrada de un bar para sacudirse el abrigo; la blanca capa de cristal se quebró y cayó de sus hombros. Strutt se unió a él y ajustó el libro en su bolsa, cobijada debajo de la camisa. Se puso a patear para desprender la costra de sus botas, y dejó de hacerlo cuando el otro siguió su ejemplo: no deseaba establecer relación alguna con el hombre ni aun mediante este gesto trivial. Miró con fastidio a su compañero, su nariz hinchada a través de la cual sorbía ahora un moco, el intermitente inflarse de sus mejillas al soplarse las manos temblorosas. Strutt sentía horror a tocar a alguien que no fuese remilgado. Más allá de la puerta, los copos cubrían ya las huellas que ellos habían dejado, y el hombre dijo:
—Tengo una sed espantosa, de tanto andar a este paso.
—Así que éste era el truco, ¿no? —pero la librería estaba más adelante. Strutt entró en el bar y pidió dos pintas a una camarera colosal y con el pecho erizado de volantes, que navegaba de aquí para allá con vasos y accionaba las espitas con placer. Unos viejos fumaban sus pipas en dudosos compartimentos; una radio transmitía marchas; unos hombres, con la jarra en la mano, hacían puntería con jovial despreocupación sobre una diana o sobre una escupidera. Strutt se sacudió el abrigo y lo colgó junto a él; el otro siguió con el suyo puesto, y miró su cerveza. Decidido a no hablar, Strutt miró los oscuros espejos que reflejaban gesticulantes tertulias en torno a sucias mesas no directamente visibles. Pero se iba sintiendo gradualmente sorprendido ante la taciturnidad de su compañero de mesa; ¿no era esta gente, pensó, bastante charlatana, de hecho prácticamente imposible de acallar? Resultaba intolerable, esto de permanecer sentado ociosamente en un bar asfixiante de una calle apartada, cuando podía estar paseando o leyendo... debía hacer algo. Se bebió su cerveza de un trago y golpeó con su vaso el de su compañero. El otro se sobresaltó. Luego, visiblemente avergonzado, empezó a sorber, extrañamente nervioso. Por último se hizo evidente que se entretenía con la espuma; dejó el vaso sobre la mesa y se quedó mirándolo.
—Parece que es hora de irnos —dijo Strutt.
El hombre alzó la vista; el temor agrandó sus ojos.
—Demonios, estoy empapado —murmuró—. Ya le llevaré cuando pare la nieve.
—Ese era el truco, ¿no? —gritó Strutt. En los espejos, los ojos le buscaron—. ¡Pues no le voy a invitar a un vaso a cambio de nada! ¡No he venido hasta aquí...!
El hombre se agitó, atrapado.
—De acuerdo, de acuerdo; sólo que a lo mejor no encuentro la tienda con este tiempo.
Strutt encontró esta observación demasiado tonta para hacer ningún comentario. Se levantó, se abrochó el abrigo, salió a la nieve, y miró hacia atrás para asegurarse de que el otro le seguía.
Después de las últimas tiendas, en cuyo interior se veían pirámides de latas con carteles mal rotulados, pasaron una línea de ventanas furtivamente encortinadas, distribuidas en un paisaje monótono de ladrillo rojo; detrás de los cristales, los adornos de Navidad colgaban en guirnaldas. Al otro lado de la calzada, enmarcada en la ventana de un dormitorio, una mujer de mediana edad corrió las cortinas y ocultó a un menor que tenía junto a su hombro: «Vaya, allá van», dijo Strutt para sus adentros; sabía que podía controlar sin hablar a la figura que iba delante, y efectivamente, no le dijo nada cuando se detuvo temblando, indudablemente de frío, y prosiguió al aparecer tras él Strutt, un par de centímetros más alto que el metro setenta de su mejor constituida persona. Por un instante, mientras el cuerpo nevado caminaba delante por la calle con los copos recortando la figura y cortándole las mejillas como efímeras cuchillas de hielo, Strutt sintió deseos de hablar, hablar de las noches en que permanecía en la cama sin poderse dormir, escuchando a la hija de su patrona cuando le pegaba su padre, en la habitación de arriba, o esforzándose en oír los apagados ruidos de muelles de una cama, quizá de la pareja de abajo. Pero pasó el momento, como barrido por la nieve; el final de la calle se había abierto, bifurcándose, con un refugio de peatones en medio, en dos calles espesamente tapizadas de nieve, una de las cuales se alejaba ocultándose entre las casas, y la otra, más corta, comunicaba con una circunvalación. Ahora Strutt supo dónde estaba. Esa misma semana había visto desde un autobús el letrero de Mantenga su izquierda tumbado boca arriba en el refugio de peatones, con su superficie cubierta de pisadas.
Cruzaron la calzada de circunvalación, salvaron los desmoronados bordes de surcos llenos de charcos engañosamente vidriados que se agrupaban detrás de las huellas de un tractor-oruga de unas obras, y siguieron por en medio del blanco torbellino hasta un descampado donde una chimenea solitaria se tragaba la nieve. El guía de Strutt se internó por un callejón y Strutt le siguió, dispuesto a mantenerse cerca de él, mientras se sacudía el polvo de nieve de las pestañas y vacilaba ante la puerta de un patio trasero en la que unos perros arañaban y gruñían. El hombre dio unos pasos a la izquierda, luego otros a la derecha, en el cerrado laberinto de paredes, entre casas de crueles esquinas, mellados cristales de ventanas y puertas entornadas, a las que ni la nieve, más benévola con los edificios que con sus ocupantes, podía suavizar. Torcieron por última vez, y el hombre avanzó bamboleante por un pavimento junto a los restos de un almacén, cuya fachada se abría vacía para enmarcar un montón de botellas de vino, abandonadas bajo un enorme cartel que anunciaba Aquí 57 variedades. Un pedazo de nieve cayó del esqueleto del toldo para ser tragado por el montón de abajo. El hombre movió la cabeza, pero al acercársele Strutt, señaló temerosamente la acera opuesta y dijo:
—Ahí es. Hemos llegado.
Los surcos de barro salpicaron las perneras de Strutt al cruzar corriendo, calculando mentalmente que, mientras el hombre había tratado de desorientarle, él había deducido que la calle principal se encontraba a unos quinientos metros; luego leyó el cartel de la tienda: Libros Americanos. Compra-venta. Tocó una reja que protegía un tragaluz opaco por debajo del nivel de la calle, notó una herrumbre mojada y deshecha bajo sus uñas, y contempló lo que el escaparate exhibía ante él : History of the Rod —libro que encontraba monótono—, arrimado entre novelas de Aldiss, Tubb y Harrison, que se ocultaban vergonzosamente detrás de otras tapas espeluznantes: Le Sadisme au Cinema; el Voyeur de Robbe-Grillet parecía insensible; The Naked Lunch... nada merecía el haber venido hasta aquí, pensó Strutt. «Bueno, es hora de que entremos»; instó al hombre a entrar, y con una mirada a los corroídos ladrillos rojos de la ventana del primer piso, que tenía un espejo de tocador contra ella, en sustitución del cristal que le faltaba, entró también. El otro se había detenido otra vez, y durante un desagradable segundo los dedos de Strutt rozaron el mohoso abrigo del hombre.
—Vamos, ¿dónde están los libros? —preguntó ya en la tienda.
La amarillenta luz del día se hacía más lóbrega debido al escaparate y a las revistas que colgaban delante del cristal de la puerta; el polvo flotaba perezosamente en los rayos de luz extraviados. Strutt se inclinó a leer los títulos de los libros de bolsillo metidos en cajas de cartón que había sobre la mesa; pero las cajas no contenían más que novelas del Oeste, fantásticas y eróticas, y se vendían a mitad de precio. Haciendo una mueca ante los libros que alzaban sus esquinas como pétalos florecientes, Strutt cruzó por delante de los volúmenes encuadernados y se asomó a la parte de atrás del mostrador, ligeramente preocupado; antes, al cerrar la puerta bajo su muda campanilla, le había parecido oír un grito allí cerca, súbitamente interrumpido. Desde luego, en estos sitios se oían cosas así continuamente, pensó, y se volvió hacia el otro.
—¿No atiende nadie aquí?
Con ojos muy abiertos, el hombre miró por encima del hombro de Strutt; Strutt se volvió y vio el cristal esmerilado de una puerta, con uno de sus ángulos reparado con un trozo de cartón, negro contra una débil luz amarillenta que se filtraba por el cristal. La oficina del librero, seguramente... ¿habría oído éste la observación de Strutt? Strutt se dirigió a la puerta, dispuesto a importunar. Entonces el hombre, movido de un impulso, buscó atribuladamente detrás del mostrador, abrió un estante de puertas de cristal, lleno de libros con oscuras sobrecubiertas, y extrajo finalmente un paquete envuelto en papel gris de un escondite que había en un rincón de una de las baldas. Se lo arrojó a Strutt, murmurando:
—Este es uno, éste es uno —y se quedó mirando, con un súbito temblor de piel debajo de los ojos, mientras Strutt rompía la envoltura.
—La vida secreta de Wacford Squeers. ¡Ah!, me gusta —aprobó Strutt, olvidándose momentáneamente de lo demás y echando mano de su cartera; pero los dedos mugrientos sujetaron su muñeca.
—Pagúelo la próxima vez —suplicó el hombre.
Strutt vaciló; ¿podía marcharse con el libro sin pagar? En ese momento se agitó una sombra en el cristal esmerilado: un hombre sin cabeza arrastraba algo pesado. Sin duda aparecía decapitado por el cristal y por su postura inclinada, concluyó Strutt; luego se dio cuenta de que el tendero debía de mantener contacto con Ultimate Press; convenía entonces no perjudicar este contacto robando un libro. Apartó los dedos frenéticos y contó dos libras; pero el otro retrocedió, extendiendo sus dedos con gran temor, a situarse contra la puerta de la oficina —de cuyo cristal había desaparecido la silueta—, casi cayendo antes en brazos de Strutt. Strutt lo rechazó y dejó los billetes en el hueco que había dejado el Wacford Squeers, y luego se volvió hacia él:
—¿No va a envolvérmelo? No; bien pensado, lo haré yo mismo.
El rollo del mostrador hizo un ruido sordo liberando una banda de papel marrón; Strutt cortó un trozo no descolorido. Al envolver el libro, mientras apartaba con los pies el trozo desechado, algo cayó al suelo. El otro se había retirado hacia la puerta de la calle con tal torpeza que un botón de la bocamanga que llevaba colgando se había enganchado en el borde de una caja llena de libros; se quedó helado ante los libros esparcidos, con la boca y las manos abiertas de asombro, un pie encima de una novela abierta como una polilla aplastada, y las partículas de polvo flotando a su alrededor en los rayos de luz moteada por la nieve que caía como cribada. Sonó el clic de una cerradura. Strutt dio un respingo, ató el paquete y rodeando al hombre con disgusto, abrió la puerta. El frío atacó sus piernas. Empezó a subir los peldaños y el otro se apresuró a seguirle. El pie del hombre estaba en el umbral, cuando unos pasos pesados avanzaron por el entarimado. El hombre giró rápidamente sobre sus talones y volvió a entrar; detrás de Strutt la puerta se cerró de golpe. Strutt aguardó; luego se le ocurrió que podía marcharse apresuradamente y desembarazarse de su guía. Salió a la calle y una brisa fría le picoteó las mejillas limpiándole el polvo rancio de la tienda. Volvió el rostro, pisó la costra de nieve del titular de un periódico mojado, y se encaminó hacia la calle principal, que sabía que pasaba cerca.


Strutt se despertó temblando. El letrero de neón de la ventana de su apartamento, un cliché implacable como un dolor de muelas, se recortaba deslumbrante contra la noche cada cinco segundos, y por esto, y por los dardos de frío, supo Strutt que era de madrugada. Cerró los ojos otra vez, pero aunque tenía los párpados febriles y pesados, su mente no descansaba. Más allá de los límites de su memoria, acechaba el sueño que le había despertado; se removió inquieto. Por alguna razón pensó en el pasaje de la lectura de la noche anterior: «Cuando Adán llegó a la puerta sintió la mano de Eva que le cogía la suya y le retorcía el brazo por la espalda, obligándole a caer en el suelo...» Sus ojos se abrieron y miraron hacia la estantería de los libros para cerciorarse: sí, allí estaba el libro, seguro dentro de sus cubiertas, cuidadosamente alineado entre sus compañeros. Recordó que al volver a casa encontró una tarde Miss Whippe, Institutriz de Old Style metida dentro de Prefects and Fags; la patrona le había explicado que debió de ser ella que había colocado mal los libros después de limpiar el polvo, pero Strutt sabía que los había alterado a propósito. Strutt había comprado una estantería con cerradura, y cuando ella le pidió la llave, le había contestado: «Gracias, yo los limpiaré». Hoy en día no se podían tener amigos. Cerró los ojos otra vez; la habitación y la estantería de libros, creadas cada cinco segundos por el neón y destruidas con igual regularidad, llenaban su vacío, recordándole que aún le quedaban algunas semanas, antes de empezar el siguiente trimestre, en que afrontaría la primera clase de la mañana y añadiría «ahora ya me conocéis» a su habitual introducción: «Si vosotros os portáis bien conmigo, yo me portaré bien con vosotros». Algunos chicos pondrían a prueba con seguridad esta advertencia, y Strutt tendría que demostrarlo; vio arrugarse un pantalón blanco de gimnasia allí donde él había dirigido una zapatilla con fuerza satisfactoria... Strutt se relajó; y apaciguado por un eco abrumador de pies resonando acompasados en el suelo de madera del gimnasio, con las agitadas sacudidas de las espalderas al trepar los chicos en enjambre hasta el techo mientras él los contemplaba desde abajo, se durmió.
Terminó jadeando sus ejercicios matinales, y luego se bebió de un tirón el zumo de fruta que era siempre su primera visita a la bandeja que le traía la hija de la patrona. Maliciosamente, puso el vaso en la bandeja con un sonoro golpe; el vaso se hizo añicos (diría que había sido un accidente; pagaba lo bastante como para cubrir el gasto, así que podía permitirse esta pequeña satisfacción). «Que tenga unas buenas Navidades», había dicho la muchacha, paseando la mirada por toda la habitación. Tenía que haberla cogido por la cintura y haber sometido su descarada feminidad... pero ya se había ido con un revuelo de pliegues de su falda, dejándole el estómago cálidamente apretado de deseo.
Más tarde, se encaminó al supermercado. De varios jardines surgía el estridente raspar de las palas quitando la nieve. Se debilitó el ruido, y fue reemplazado por el crujido de la nieve bajo las botas. Cuando salió del supermercado, con un montón de latas, una bola de nieve le rozó la cara y fue a aplastarse contra el escaparate, formando una barba translúcida que se escurrió hacia abajo como aquel fluido de las narices de los chiquillos que tan a menudo ponía furioso a Strutt, pues estaba decidido a quitarles a palos esta maldad, este indignante comportamiento. Strutt buscó en torno suyo al francotirador: era un chiquillo de siete años, montado en un triciclo y dispuesto a emprender una rápida retirada; Strutt hizo un gesto involuntario como para atrapar al niño. Pero la calle no estaba desierta; la madre, con pantalones y los rulos asomando por debajo del pañuelo de la cabeza, le dio una palmada en la mano a su hijo.
—Te he dicho que no hagas esas cosas... Lo siento —le gritó a Strutt.
—Nada, no tiene importancia —refunfuñó él, y regresó a su apartamento.
Su corazón latía alocadamente. Deseaba fervientemente haber podido hablar con alguien como el librero de la esquina de Goatswood, que compartía sus impulsos. Cuando el hombre murió, aquel año, Strutt se sintió abandonado en una tácita conjura, en un mundo hostil. ¿Tal vez el nuevo librero resultaría de un carácter similar? Strutt esperaba que el hombre que le había conducido allí el día anterior no trabajara en dicha librería; pero de ser así, seguramente podría librarse de... Un librero que vendía libros de la Ultimate Press debía de ser un alma gemela de Strutt, y tan opuesto como a él a la presencia de otra persona, mientras hablasen con franqueza. Y tanto como una charla así, Strutt necesitaba libros para leer durante las Navidades, ya que el Squeers no le duraría mucho; seguramente no cerraba el día de Nochebuena. Tranquilizado de este modo, descargó las latas en la mesa de la cocina y bajó corriendo.
Strutt descendió del autobús en silencio; el latido del motor se apagó rápidamente entre las casas cargadas. La nieve acumulada aguardaba algún ruido. Strutt saltó chapoteando entre los carriles que los coches dejaban en la calzada, con su oscura chaqueta deslucida por las incontables salpicaduras. La calle torcía solapadamente; tan pronto como perdió de vista la calle principal, la callejuela reveló su verdadero carácter. La nieve caída sobre las fachadas se volvió desmedrada, dejando asomar herrumbrosas protuberancias. Una o dos ventanas mostraban árboles de Navidad con sus viejas agujas medio caídas y sus ramas inclinadas con cárdenas luces chisporroteantes. Strutt, sin embargo, no tenía ojos para estas cosas, sino que iba atento al pavimento, procurando evitar las suciedades rodeadas de huellas de patas de perro. Una vez se encontró con la mirada de una vieja que contemplaba algún punto debajo de su ventana que quizá constituía el ámbito de su mundo exterior. Tuvo un escalofrío momentáneo, apretó el paso, seguido de una mujer que protegía a su niño en el cochecito con una capa de periódicos, y se detuvo ante la tienda. Aunque el cielo naranja apenas conseguía iluminar el interior, no se veía ningún resplandor eléctrico a través de las revistas, y en el roto cartelito que colgaba detrás de la mugre podía leerse: CERRADO. Lentamente, Strutt bajó la escalera. El niño del cochecito se puso a berrear, esparciendo los últimos copos de encima del periódico. Strutt miró a su inquisitiva propietaria, dio la vuelta y casi se hundió en una súbita oscuridad. Abajo, la puerta se había abierto y una figura obstruía la entrada.
—No tiene cerrado, ¿verdad? —farfulló la lengua de Strutt.
—Tal vez no. ¿En qué puedo servirle?
—Estuve ayer aquí. Me llevé un libro de Ultimate Press —dijo Strutt a la cara impasible, con la suya incómodamente cerca.
—Pues claro, fue usted; sí, ya recuerdo.
El otro se cimbreaba incesantemente con las flexiones de un atleta, y su voz oscilaba de manera constante entre el bajo y el falsete, lo que producía a Strutt un enorme desasosiego.
—Bueno, pase antes de que la nieve le cubra —dijo el otro, y cerró la puerta de golpe tras ellos, despertando una nota del fantasma de lengua de la campanilla.
El librero —era él, supuso Strutt— asomó detrás de él una cabeza más alto; en la penumbra, entre las vagas y vindicativas esquinas de las mesas, Strutt sintió un oscuro impulso a darse importancia, y observó:
—Espero que encontraría el dinero del libro. Su empleado no parecía desear que pagase. Otro le habría tomado la palabra.
—No está con nosotros hoy —el librero encendió la luz de su oficina.
Al iluminarse su cara arrugada y llena de bolsas, pareció aumentar; tenía los ojos hundidos en curvadas estrellas de pliegues; las mejillas y la frente se combaban desde los surcos; la cabeza flotaba como un globo inflado a medias encima de un traje relleno. Bajo la desnuda bombilla, las paredes se estrecharon, flanqueando un escritorio desvencijado y desbordante de ejemplares de The Bookseller llenos de huellas de dedos, amontonados junto a una máquina de escribir cubierta de suciedad, al lado de la cual había una barra de lacre y una caja de cerillas abierta. Dos sillas se encaraban una a otra a ambos lados de la mesa, y detrás había una puerta cerrada. Strutt se sentó ante la mesa, sacudiendo el polvo al suelo. El librero dio unos pasos a su alrededor y de repente, como asaltado por alguna cuestión, preguntó:
—Dígame, ¿por qué lee usted esos libros?
Esta pregunta se la había hecho a menudo su director en la sala de profesorado, hasta que Strutt tuvo que dejar de leer novelas durante los recreos. La súbita reaparición de dicha pregunta le cogió desprevenido, y sólo se le ocurrió replicar con su vieja salida ingeniosa:
—¿Cómo dice, por qué? ¿Y por qué no?
—No le critico —se apresuró a decir el otro, paseando inquieto alrededor de la mesa—; me interesa verdaderamente. Iba a decirle que... ¿no desearía que las cosas que lee sucedieran, en cierto modo?
—Bueno, quizá —Strutt sintió recelo ante el giro de la conversación, y deseó poder dominarla; sus palabras parecían hundirse en un silencio nevado entre aquellas paredes polvorientas, para desvanecerse inmediatamente sin dejar huella.
—Me refiero a lo siguiente: cuando usted lee un libro, ¿no hace que suceda ante usted, mentalmente? Sobre todo si trata de visualizarlo de manera consciente, aunque eso no es lo esencial. Podría tirar el libro, por supuesto. Yo conocía a un librero que trabajaba en esta teoría; uno no tiene mucho tiempo para sí en esta clase de ocupación, pero cuando podía trabajaba en ella, aunque nunca la formuló enteramente... Un segundo, le enseñaré algo.
Se alejó rápidamente de la mesa y entró en la tienda. Strutt se preguntó qué habría al otro lado de la puerta de detrás de la mesa. Medio se levantó, pero al mirar hacia atrás vio al librero que regresaba ya entre flotantes sombras, con un volumen extraído de entre las obras de Lovecraft y de Derleth.
—Éste está relacionado con los libros de Ultimate Press, en realidad —dijo, cerrando de un portazo la oficina—. Van a publicar un libro de Johannes Henricus Pott el año que viene, he oído, que trata también del saber prohibido, como éste; sin duda le sorprenderá saber que se cree que tendrán que dejar algunos pasajes de Pott en el latín original. Pero éste puede interesarle; es un ejemplar único. Probablemente no conoce las Revelaciones de Glaaki; es una especie de Biblia escrita bajo inspiración sobrenatural. Se conocían sólo once ejemplares... pero éste es el duodécimo; escrito por un hombre en la cima de Mercy Hill, movido por un sueño —su voz se hizo insegura al continuar—: No sé cómo iría a parar a otras manos; supongo que la familia lo debió de encontrar en algún desván después de la muerte del autor y pensó que valdría unos peniques, ¿quién sabe? El librero aquel... bueno, conocía las Revelaciones, y comprendió que eran inestimables; pero no quería que se dieran cuenta de que tenía un hallazgo y lo llevaran tal vez a la biblioteca o a la Universidad, así que se lo incluyó como parte de un lote y dijo que lo emplearía para tomar notas. Cuando lo leyó... Bueno, había un pasaje que, como probaba su teoría, le pareció providencial. Mire.
El librero rodeó a Strutt otra vez y colocó el libro en su regazo, posando sus brazos sobre los hombros de Strutt. Strutt apretó los labios y miró al rostro del otro; pero le flaqueó un poco la energía, renunció a manifestar su desaprobación, y abrió el volumen. Era un viejo libro mayor; tenía las bisagras rajadas, y sus páginas amarillentas estaban cubiertas con las líneas irregulares de una escritura angulosa. A Strutt le tenía desorientado todo el largo monólogo introductorio; ahora, con el libro ante sí, recordó vagamente aquellos mazos de hojas mecanografiadas y duplicadas que habían circulado en los aseos durante su adolescencia. La palabra «Revelaciones» sugería lo prohibido. Intrigado de este modo, leyó al azar. Aquí, en Lower Brichester, la bombilla desnuda definía cada fragmento de pintura descascarillada de la puerta opuesta, y unas manos se movían sobre sus hombros, pero en algún lugar, por debajo de él, unas pisadas inmensas y blandas le seguían en la oscuridad; al volverse a mirar, vio a una figura hinchada y encendida por encima de él. ¿Qué era todo esto? Una mano se cogió a su hombro izquierdo, mientras la mano derecha iba volviendo páginas; finalmente, un dedo subrayó un párrafo:
«Más allá de un abismo de noche subterránea, un pasadizo conduce a un muro de macizos ladrillos, y más allá de ese muro se yergue Y'golonac, servido por las harapientas y ciegas criaturas de las tinieblas. Mucho tiempo ha dormido él, al otro lado del muro, y aquellos que pisan los ladrillos pululan por su cuerpo ignorando a Y'golonac; pero cuando se pronuncia o se lee su nombre, viene él para ser adorado o alimentado y adopta la forma y el alma de aquellos de quienes se alimenta. Pues aquellos que leen sobre el mal y buscan su forma, le invocan en sus mentes y así es cómo puede Y'golonac volver a caminar entre los hombres y esperar el tiempo en que la tierra quede libre y salga Cthulhu de su tumba entre las algas, y Glaaki rompa la trampa de cristal, y la descendencia de Eihort surja a la luz, y Shub-Niggurath pise la lente lunar, y Byatis irrumpa de su prisión, y Daoloth arroje la ilusión y manifieste la realidad que se oculta detrás.»
Las manos sobre sus hombros se movían constantemente, aflojando y apretando. La voz fluctuó:
—¿Qué piensa usted de eso?
Strutt pensaba que era una divagación sin sentido, pero en cierto modo su calor le había abandonado; respondió inseguro:
—Bueno, no es... la clase de lectura que uno encuentra a la venta.
—¿No le resulta interesante? —la voz se hizo profunda; ahora era de un bajo dominante. El otro dio la vuelta y se colocó detrás del escritorio; parecía más alto: su cabeza chocó con la bombilla, sacando sombras escrutadoras de los rincones, barriéndolas, y sacándolas otras vez—. ¿Le interesa? —su expresión era intensa, dentro de lo que cabía, porque la luz movía la oscuridad en las oquedades de su cara, como si la estructura ósea se derritiera visiblemente.
En las brumas de la mente de Strutt surgió una sospecha; ¿no había oído decir a su querido y difunto amigo el librero de Goatswood que existía un culto de magia negra en Brichester, un círculo de jóvenes dominados por un tal Franklin o Franklyn? ¿No estaría hablando precisamente con él?
—Yo no diría tanto —replicó.
—Escuche. Había un librero que leyó esto, y yo le dije: usted puede convertirse en sumo sacerdote de Y'golonac. Podrá hacer bajar a las formas de la noche para que adoren a Y'golonac en determinadas épocas del año; usted se postrará ante él y a cambio sobrevivirá cuando la Tierra sea barrida por los Grandes Primordiales; usted traspasará los límites más allá de los cuales se agita en las tinieblas...
Antes de que pudiese continuar, Strutt exclamó:
—¿Se refiere usted a mí?
Entonces se dio cuenta de que estaba a solas en una habitación con un loco.
—No, no; hablaba del librero. Pero la oferta es ahora para usted.
—Bueno, lo siento; tengo cosas que hacer —Strutt se dispuso a levantarse.
—Él también la rechazó —el timbre de la voz chirrió en los oídos de Strutt—. Tuve que matarlo.
Strutt se quedó helado. ¿Cómo debía uno tratar a un loco? Ante todo, apaciguarle.
—Vamos, vamos... aguarde un momento...
—¿Qué sacaría poniéndolo en duda? Tengo a mi disposición más pruebas de las que usted podría soportar. Usted será mi sumo sacerdote, o no saldrá de esta habitación.
Por primera vez en su vida, mientras las sombras de aquellas paredes toscas y opresivas disminuían su balanceo como expectantes, Strutt luchó por dominar una emoción; reprimió su mezcla de temor y de ira con calma.
—Si no le importa, tengo una cita.
—No, cuando su realización se encuentra aquí entre estas cuatro paredes —la voz se espesó—. Usted sabe que he matado al librero... está en los periódicos. Huyó y se refugió en las ruinas de una iglesia, pero le cogí con mis manos... Entonces dejé el libro en la tienda para que fuese leído, pero el único que lo cogió por equivocación fue el hombre que le trajo a usted aquí... ¡Necio! ¡Se volvió loco, y se acurrucó en un rincón cuando vio las bocas! Le dejé porque pensé que podría traerme a alguno de sus amigos, de los que se sumergen en los tabúes físicos y desperdician las auténticas experiencias, las regiones prohibidas para el espíritu. Pero sólo se puso en contacto con usted y le trajo aquí mientras yo me alimentaba. Hay alimento de vez en cuando: jovencitos que vienen en busca de libros en secreto; ¡se aseguran de que nadie sepa lo que leen!, y se les puede convencer para que lean las Revelaciones. ¡Imbécil! Ya no podrá traicionarme con sus tartamudeos... ¡Ah! Yo sabía que volvería usted. Y será mío.
Strutt apretó los dientes en silencio hasta que creyó que se le partía la mandíbula; se levantó, asintió, y tendió el volumen de las Revelaciones hacia la figura; estaba preparado para, cuando la mano cogiese el libro mayor, salir disparado de la oficina.
—No puede salir, se lo advierto; está cerrado con llave —el librero se meció sobre sus pies, pero no saltó hacia él; las sombras eran ahora despiadadamente claras, y el polvo fluctuaba en el silencio—. Usted no tiene miedo... parece calcular demasiado. ¿Es posible que no me crea aún? De acuerdo... —posó la mano en el pomo de la puerta que había detrás de la mesa—. ¿Quiere ver lo que queda de mi alimento?
En la mente de Strutt se abrió una puerta, y retrocedió ante lo que podía haber al otro lado.
—¡No! ¡No! —gritó.
La furia sucedió a esta involuntaria manifestación de temor; deseó tener un bastón para someter a la figura que le humillaba. A juzgar por su cara, pensó, y los abultamientos que llenaban su traje, era una persona obesa; si luchaban, vencería Strutt.
—¡Abra paso —gritó—; ya hemos jugado bastante! Usted me va a dejar salir o... —pero miró en torno suyo en busca de un arma. De repente pensó en el libro que todavía tenía en la mano. Agarró la caja de cerillas de encima de la mesa, detrás de la cual vigilaba la figura ominosamente impasible. Strutt encendió una cerilla, luego sostuvo las dos tapas con los dedos y sacudió al aire las páginas—. ¡Quemaré el libro! —amenazó.
La figura se puso tensa, y Strutt sintió frío ante su próximo movimiento. Acercó la llama al papel, y las páginas se enroscaron y carbonizaron tan rápidamente que Strutt sólo tuvo la sensación de una repentina llamarada y de que las sombras se hacían más móviles y macizas en las paredes, antes de sacudir las cenizas al suelo. Durante un instante, se miraron inmóviles el uno al otro. Tras las llamas, una oscuridad anegó los ojos de Strutt. A través de ella, vio cómo se desgarraba pesadamente el traje mientras se inflaba la figura.
Strutt se abalanzó contra la puerta de la oficina, que resistió la embestida. Dio un puñetazo y miró con un extraño desasimismamiento intemporal cómo saltaba en pedazos el cristal esmerilado; el acto parecía aislarle, como si toda acción quedara ajena a él. A través de los cuchillos de vidrio, en los que brillaban gotas de sangre, vio posarse los copos de nieve a través de una luz ámbar infinitamente lejana; demasiado lejana para pedir ayuda. El horror le invadió al sentirse dominado desde atrás. Al otro lado de la oficina, sonó un ruido; Strutt se volvió, y al hacerlo cerró los ojos, aterrado al enfrentarse con el motivo de tal ruido... pero cuando los abrió, vio por qué la sombra del cristal esmerilado del día anterior carecía de cabeza, y gritó. Al apartar la mesa y ver la enorme figura desnuda, de cuya superficie colgaban aún jirones del traje desgarrado, el último pensamiento de Strutt fue el de la absoluta convicción de que todo esto sucedía porque había leído las Revelaciones; en algún lugar, alguien había deseado que esto le sucediese a él. No estaba bien, él no había hecho nada por lo que mereciese esto... pero antes de poder gritar su protesta, se le cortó en seco la respiración, al descender unas manos sobre su rostro, y abrirse unas rojas bocas en sus palmas.
LA CIUDAD HERMANA

Brian Lumley

(Título original: The Sister City)

Brian Lumley, nacido en 1937, es otro de los autores británicos incorporados a la escuela de Lovecraft, a la que se vinculó a través de Robert Bloch.
El siguiente relato tiene la peculiaridad de estar narrado en primera persona por uno de los inquietantes seres evocados en los Mitos.
(Este manuscristo se incluye como "Anexo A" en el informe número M-Y-127/52, fechado el 7 de agosto de 1952.)

Hacia el final de la guerra, cuando bombardearon nuestra casa de Londres y murieron mis padres, fui hospitalizado debido a mis heridas y tuve que pasar casi dos años enteros postrado. Yo era joven —tenía sólo diecisiete años cuando salí del hospital—, y fue entonces cuando se despertó en mí el entusiasmo, que años después se convirtió en un anhelo insaciable, por los viajes, las aventuras y por conocer las antigüedades más grandes de la Tierra. Siempre he tenido una naturaleza vagabunda, pero estuve tan sujeto durante esos dos pesados años que, cuando finalmente me llegó la ocasión de emprender la aventura, me resarcí del tiempo perdido dejando que esa inclinación mía campase por sus respetos.
No es que esos largos y dolorosos meses estuviesen totalmente exentos de placeres. Entre una y otra operación, cuando mi salud lo permitía, leía ávidamente en la biblioteca del hospital, principalmente para olvidar mi desgracia, y después para dejarme llevar a esos mundos antiguos y maravillosos creados por Walter Scott en sus encantadoras Noches arábigas.
Aparte de deleitarme tremendamente, el libro contribuyó a desviar mi atención de las cosas que había oído decir sobre mí en las salas. Se comentaba en voz baja que yo era diferente; al parecer los médicos habían encontrado algo extraño en mi constitución física. Había rumores sobre las peculiares cualidades de mi piel y el cartílago córneo ligeramente prolongado de mi espina dorsal. Se hablaba del hecho de que los dedos de mis manos y de mis pies fuesen ligeramente palmeados, y de mi total carencia de pelo, de modo que me había convertido en objeto de muchas miradas extrañas.
Estas circunstancias, y mi nombre, Robert Krug, no contribuyeron precisamente a aumentar mi popularidad en el hospital. De hecho, en la época en que Hitler devastaba de cuando en cuando Londres con sus bombas, un apellido como el de Krug, con todas sus implicaciones de ascendencia germana, era probablemente un obstáculo mayor para granjearme amistades que todas mis otras peculiaridades juntas.
Al final de la guerra me encontré con que era rico: fui nombrado heredero único de la riqueza de mi padre, y aún no había cumplido los veinte años. Había dejado muy atrás a los Jinns, Gules y Efreets de Scott, pero había regresado al mismo tipo de emoción de las Noches arábigas con la publicación de las Excavaciones de los lugares sumerios, de Lloyd. En líneas generales, este libro fue el responsable del miedo que siempre me han inspirado esas mágicas palabras de «Ciudades Perdidas».
En los meses subsiguientes, y ya durante todos los demás años de mi formación, la obra de Lloyd quedó como un hito, pese a que fue seguida de otros muchos volúmenes de talante similar. Leí ávidamente Nínive y Babilonia y Primeras aventuras en Persia, Susa y Babilonia, de Layard. Leí morosamente obras tales como Origen y progreso de la Asiriología, de Budge, y Viajes a Siria y Tierra Santa, de Burckhardt.
Pero no fueron las fabulosas tierras de Mesopotamia los únicos lugares de interés para mí. Las ficticias Shangri-La y Ephiroth se situaban asimismo junto a la realidad de Micenas, Knosos, Palmira y Tebas. Leí entusiasmado las historias de la Atlántida y de Chichén-Itzá, sin molestarme nunca en separar lo real de lo fantástico, y pensaba con igual anhelo en el Palacio de Minos en Creta que en la Ignorada Kadath de la Inmensidad Fría.
Lo que leí de la expedición africana de sir Amery Wendy-Smith en busca de la muerta G'harne confirmó mi creencia de que ciertos mitos y leyendas no están muy lejos del hecho histórico. Al menos, una persona como este eminente arqueólogo había patrocinado una expedición en busca de una ciudad en la jungla, considerada por las más prestigiosas autoridades como puramente mitológica... ¡Bueno! Su fracaso no significaba nada, comparado con el hecho de que él lo había intentado...
Mientras otros, antes de mi época, habían ridiculizado la quebrantada figura del explorador demente que regresó solo de las selvas del Continente Negro, yo intenté imitar sus trastornados desvaríos —como han sido calificadas sus teorías— examinando una vez más las pruebas sobre Chyria y G'harne y ahondando más en las fragmentarias antigüedades de las ciudades legendarias y los países de nombres tan inverosímiles como R'lyeh, Ephiroth, Muar e Hiperbórea.
Con el paso de los años, mi cuerpo se restableció completamente y me convertí de un joven fascinado en un hombre de endeble constitución... Yo no sospechaba siquiera qué era lo que me impulsaba a explorar los oscuros pasajes de la historia y de la fantasía. Lo único que sabía era que había algo irresistiblemente atrayente para mí en el redescubrimiento de esos mundos antiguos de ensueño y leyenda.
Antes de empezar los viajes lejanos que iban a ocuparme durante cuatro años, compré una casa en Marske, en el mismísimo límite de los pantanos de Yorkshire. Era ésta una región en la que había pasado mi niñez, y siempre había experimentado por los desolados pantanos una fuerte sensación de afinidad muy difícil de definir. En cierto modo, allí me sentía más en casa, me sentía infinitamente más cerca del pasado. Dejé mis pantanos con auténtica renuencia, pero la inexplicable llamada de los lejanos lugares y nombres extranjeros me sacó de allí, y me llevó a cruzar los mares.
Primero visité los países que se hallan más al alcance, ignorando los lugares de ensueño y de fantasía, aunque prometiéndome a mí mismo que más tarde... ¡más tarde!
¡Egipto con todo su misterio! La pirámide escalonada de Djoser en Saggara, obra maestra de Imhotep; las antiguas mastabas, tumbas de reyes muertos hacía siglos; la inescrutable sonrisa de la Esfinge; la pirámide de Snefern en Meidum y las de Kefrén y Cheops en Gizeh; las momias, los dioses meditabundos...
Sin embargo, a pesar de todo su encanto, Egipto no me retuvo demasiado tiempo. La arena y el calor me dañaban la piel, que se me quemó y resquebrajó casi de la noche a la mañana.
Creta, ninfa del hermoso Mediterráneo... Teseo y el Minotauro; el Palacio de Minos en Knosos... Todo era maravilloso; pero lo que yo buscaba no estaba allí.
Salamina y Chipre, con sus ruinas de antiguas civilizaciones, me retuvieron un mes o poco más cada una. Sin embargo, fue en Chipre donde me di cuenta de otra de mis peculiaridades personales: mi extraña aptitud para el agua...
Trabé amistad con un grupo de buceadores de Famagusta. Hacían inmersiones diarias en busca de ánforas y otros restos del pasado frente a la costa de Salónica. Al principio, el hecho de que pudiese permanecer bajo el agua el triple de tiempo que el mejor de ellos, y nadar más de prisa sin ayuda de aletas ni tubo respiratorio, fue sólo motivo de asombro para mis amigos; pero a los pocos días observé que cada vez hablaban menos conmigo. No les chocaba demasiado la falta de pelo de mi cuerpo ni las membranas de mis dedos, que parecían haber crecido. Lo que no les gustaba era el leve abultamiento en la parte de atrás de mi traje de baño y la facilidad con que podía conversar con ellos en su propia lengua, aun cuando yo no había estudiado griego en mi vida.
Se hizo hora de cambiar de aires. Mis viajes me llevaron por todo el mundo, y me convertí en una autoridad en civilizaciones extinguidas, que para mí eran el único gozo de la vida. Luego, en Phetri, oí hablar de la Ciudad Sin Nombre.
Perdida en el desierto de Arabia, la Ciudad Sin Nombre era un conjunto de ruinas desarticuladas, con murallas bajas, casi enterradas en las arenas seculares. Fue en este lugar, donde soñó el poeta loco Abdul Alhazred, la noche antes de componer su inexplicable dístico:

Que no está muerto lo que puede yacer eternamente,
Y con los evos extraños aun la muerte puede morir.

Mis guías árabes pensaron que también yo estaba loco, cuando desoí sus advertencias y continué la búsqueda de aquella Ciudad de los Demonios. Sus ligeros camellos desaparecieron más que de prisa cuando notaron la extraña escamosidad de mi piel y otras cosas de mi persona que les desasosegaron. Además se habían quedado estupefactos, lo mismo que yo, ante la extraña fluidez con que manejé su lengua.
No hablaré de lo que vi y lo que hice en Kara-Shehr. Baste citar que me enteré de cosas que hicieron vibrar en lo más hondo mi subconsciente; cosas que me empujaron a seguir viajando en busca de Sarnath la Predestinada, en la que una vez estuvo el país de Mnar...
Ningún hombre conoce el paradero de Sarnath, y es preferible que siga siendo así. Por tanto, de mis viajes en busca del lugar y las dificultades con que tropecé en cada etapa no referiré nada. Sin embargo, mi descubrimiento de la ciudad sumergida en el limo, y de las inmemoriales ruinas de la vecina Ib, fueron importantísimos eslabones en la larga cadena de datos que lentamente iba reduciendo el vacío que se abría entre este mundo y mi destino final. Y yo, abrumado, no sabía siquiera dónde estaba ni cuál era ese destino.
Durante tres meses vagué por las orillas legamosas del tranquilo lago que ocultaba Sarnath, y por fin, movido de un impulso tremendo, hice uso una vez más de mis excepcionales facultades acuáticas y comencé a explorar bajo la superficie del espantoso pantano.
Esa noche dormí con una pequeña estatuilla verde, rescatada de las ruinas sumergidas, apretada contra mi pecho. En sueños, vi a mi padre y a mi madre —confusamente, como a través de una bruma—, y ellos me llamaban por señas...
Al día siguiente fui otra vez a pasear por las seculares ruinas de Ib, y cuando me disponía a marcharme, vi una piedra con una inscripción que me proporcionó la primera clave verdadera. Lo maravilloso es que yo pude leer lo que había escrito en aquel erosionado y antiquísimo pilar; pues estaba escrito en una rara escritura cuneiforme, más antigua aún que las inscripciones de las fragmentarias columnas de Geoh, y se hallaba profundamente erosionada por las inclemencias del tiempo.
No decía nada de los seres que una vez habitaron en Ib, ni tampoco de los largo tiempo desaparecidos habitantes de Sarnath. Sólo refería la destrucción que los hombres de Sarnath habían llevado sobre los seres de Ib, y de la Maldición consiguiente que cayó sobre Sarnath. Esta maldición fue obra de los dioses de los seres de Ib, pero no pude averiguar nada sobre dichos dioses. Yo sólo sabía que la lectura de esa piedra, y el estar en Ib, había removido recuerdos largamente sepultados, quizá incluso recuerdos ancestrales, en mi mente. Una vez más me invadió ese sentimiento de proximidad a casa, ese sentimiento que siempre experimentaba en los pantanos de Yorkshire. Entonces, mientras apartaba ociosamente con el pie los juncos de la base del pilar, aparecieron otras inscripciones labradas. Limpié el limo y las leí. Eran sólo unas líneas, pero contenían una clave inestimable para mí:

«Ib ha desaparecido, pero los Dioses viven. En el mundo existe una Ciudad Hermana, oculta en la tierra, en las tierras bárbaras de Zimmeria. Allí el Pueblo prospera, y los Dioses serán siempre venerados; hasta el advenimiento de Cthulhu...»

Muchos meses después, en El Cairo, busqué a un hombre versado en la antigua sabiduría, autoridad ampliamente reconocida en antigüedades prohibidas y regiones y leyendas prehistóricas. Este sabio no había oído hablar jamás de Zimmeria, pero conocía una región que en otro tiempo había tenido un nombre muy similar.
—¿Y dónde está situada Zimmeria? —pregunté.
—Desgraciadamente —contestó mi erudito asesor, consultando un mapa—, casi toda Zimmeria se halla bajo el mar, aunque originalmente estaba situada entre Vanaheim y Nemedia, en la antigua Hiperbórea.
—¿Dice que casi toda se halla sumergida? —pregunté—. ¿Pero cuál es la parte del país que se encuentra por encima del mar? —Quizá fuera la ansiedad de mi voz lo que hizo que me mirase de la forma que lo hizo, quizá fuera mi aspecto otra vez; pues el sol de muchos países había curtido mi piel de un modo muy peculiar, y una dura membrana había crecido entre mis dedos.
—¿Por qué desea saberlo? —me preguntó—. ¿Qué es lo que busca?
—Mi casa —respondí instintivamente, sin saber qué fue lo que me hizo contestar eso.
—Sí... —dijo él, estudiándome atentamente—. Podría ser muy bien así... Es usted inglés, ¿verdad? ¿Puedo preguntarle de qué parte?
—Del nordeste —dije, recordando súbitamente mis pantanos—. ¿Por qué quiere saberlo?
—Amigo mío, busca usted en vano —sonrió—; porque Zimmeria, o lo que queda de ella, circunda toda esa parte nordeste de Inglaterra que es su tierra natal. ¿No es irónico? Buscando su casa, la ha abandonado.
Esa noche el destino me deparó una carta que yo no podía ignorar. En la sala de estar de mi hotel había una mesa dedicada únicamente a los hábitos lectores de los residentes ingleses. Sobre ella había gran variedad de libros, periódicos y revistas, desde el Reader's Digest hasta el News of The World, y con el fin de pasar unas horas con relativo frescor, me senté bajo un reconfortante ventilador con un vaso de agua con hielo, y me puse a hojear ociosamente uno de los periódicos. De repente, al volver una página, me tropecé con una fotografía y un artículo que, una vez hube leído atentamente, motivaron el que tomara un pasaje en el primer vuelo a Londres.
La fotografía estaba pobremente reproducida, pero era lo bastante clara como para ver que representaba una pequeña estatuilla verde: el duplicado de la que yo había salvado de las ruinas de Sarnath, bajo las quietas aguas de la laguna...
El artículo, tal como lo recuerdo, rezaba así:

«Samuel Davies, con domicilio en Heddington Crescent, 17, Radcar, ha descubierto esta preciosa reliquia de edades pretéritas que reproducimos más arriba, en un arroyo cuya única fuente conocida está en la escarpa de los Pantanos de Sarby. La estatuilla se encuentra actualmente en el Museo de Radcar, donada por el señor Davies, y está siendo estudiada por el Prof. Gordon Walmsley de Goole. Hasta ahora el Prof. Walmsley se ha visto impotente para arrojar alguna luz sobre el origen de dicha estatuilla, si bien la prueba Wendy-Smith, procedimiento científico para determinar la edad de los fragmentos arqueológicos, ha demostrado que posee una antigüedad de más de diez mil años. La estatuilla verde no parece tener relación alguna con ninguna de las civilizaciones conocidas de la Inglaterra antigua y se cree que se trata de un hallazgo de rara importancia. Desgraciadamente, los espeleólogos son unánimes en la opinión de que es imposible llegar hasta el mismo nacimiento del manantial, en la escarpa de Sarby.»
Al día siguiente, durante el vuelo, dormí una hora o más, y en sueños vi a mis padres otra vez: aparecían como antes, en una bruma... pero las señas que me hacían eran más insistentes que en el sueño anterior, y en medio de los intermitentes vapores que los envolvían había extrañas figuras, inclinadas en aparente acatamiento, mientras de ocultas e innominadas gargantas brotaba un cántico harto familiar...


Había cablegrafiado a mi ama de llaves desde El Cairo, notificándole mi regreso, y cuando llegué a mi casa de Marske encontré a un procurador esperándome. Este caballero se presentó como el señor Harvey, de la firma de Radcar de Harvey, Johnson & Harvey, y me entregó un gran sobre lacrado. Estaba dirigido a mí, con la letra de mi padre, y el señor Harvey me informó que tenía instrucciones de entregarme el sobre en propia mano en cuanto cumpliese los veintiún años. Desgraciadamente, yo había estado fuera del país en esa fecha, hacía ya casi un año, pero la firma había estado en contacto con el ama de llaves para que el acuerdo estipulado hacía siete años entre mi padre y la firma se cumpliese. Cuando el señor Harvey se marchó, dije al ama que podía retirarse y abrí el sobre. El manuscrito que contenía no estaba redactado en ninguna de las escrituras que yo había aprendido en el colegio. Eran los caracteres que yo había visto en aquel antiquísimo pilar de la antiquísima Ib; no obstante, sabía instintivamente que era la mano de mi padre la que había escrito aquello. Y por supuesto, pude leerlo con la misma facilidad que si estuviera en inglés. Los muchos y diversos contenidos de la carta hacían que pareciese más, como he dicho, un largo manuscrito, y no es mi intención reproducirlo completamente. Sería muy farragoso, y la rapidez con que está aconteciendo el Primer Cambio no me lo permite. Solamente consignaré los puntos especiales significativos sobre los que se centró mi atención.
El primer párrafo lo leí con escepticismo; pero a medida que seguía la lectura, mi escepticismo se fue transformando en inquietante asombro, y después en incontenible alegría, ante las fantásticas revelaciones de estos intemporales jeroglíficos de Ib. ¡Mis padres no habían muerto! Solamente se habían ido; habían regresado...
El día aquél, hace ya casi siete años, en que yo volvía de mi residencia estudiantil reducida a cenizas por las bombas, a nuestra casa de Londres, ésta había sido saboteada a propósito por mi padre. Había montado un poderoso artefacto explosivo, con un dispositivo que entrase en funcionamiento cuando sonaran las sirenas; luego mis padres se fueron en secreto a los pantanos. No habían sabido, naturalmente, que yo volvía a casa después de la destrucción de la residencia donde vivía. Aun ahora ignoraban que yo había llegado a casa precisamente cuando las defensas de radar de los servicios militares de Inglaterra habían captado objetivos hostiles en el cielo. Aquel plan tan cuidadosamente trazado para que los hombres necios creyesen que mis padres habían muerto había dado resultado; pero estuvo a punto de destruirme a mí también. Y todo este tiempo había vivido convencido yo también de que habían muerto. Pero ¿por qué habían recurrido a ese extremo? ¿Cuál era el secreto que hacía tan necesario ocultarse de nuestros semejantes, y dónde estaban ahora? Seguí leyendo...
Lentamente quedó revelado todo. Nosotros, mis padres y yo, no éramos indígenas de Inglaterra; ellos me habían traído aquí de niño, desde nuestra tierra natal, un país muy próximo, y sin embargo, paradójicamente lejano. La carta seguía contando cómo todos los niños de nuestra raza debían crecer y hacerse mayores lejos de su lugar de nacimiento, mientras que los mayores sólo raramente pueden marcharse de su suelo natal. Este hecho está determinado por el aspecto físico que adquieren en el mayor período de sus ciclos de vida. Pues no son, durante la mayor parte de su existencia, ni física ni mentalmente semejantes a los hombres normales.
Esto significa que los hijos tienen que ser abandonados en los portales, en las entradas de los orfelinatos, en las iglesias y demás lugares donde pueden ser recogidos y cuidados; pues de muy pequeños apenas existen diferencias entre mi raza y la raza de los hombres. A medida que leía recordaba las historias fantásticas que tanto me habían gustado; sobre gules y hadas y demás criaturas que dejaban a sus hijos y que robaban niños para que se criaran a su semejanza.
¿Era ése, entonces, mi destino? ¿Iba a ser yo un gul? Seguí leyendo. Me enteré de que los de mi raza sólo pueden abandonar su país natal dos veces en la vida; en la juventud, cuando, como he explicado, los traen aquí por necesidad, para dejarlos hasta que lleguen aproximadamente a la edad de veintiún años, y más tarde, cuando los cambios en su aspecto los hacen compatibles con las condiciones exteriores. Mis padres habían alcanzado exactamente ese estadio de... desarrollo cuando nací yo. Debido al cariño de mi madre hacia mí, desatendieron sus deberes para con nuestro propio pueblo y me trajeron personalmente a Inglaterra donde, ignorando las leyes, se quedaron a vivir conmigo. Mi padre trajo ciertos tesoros para asegurarse una vida cómoda, para sí y para mi madre, hasta el momento en que se viesen obligados a dejarme: el Momento del Segundo Cambio, en que al quedarse podrían alertar a la humanidad sobre nuestra existencia.
Ese momento había llegado finalmente, y ocultaron su partida hacia nuestro secreto país haciendo saltar por los aires la casa de Londres; haciendo creer a las autoridades y a mí (aunque esto debió de partir el corazón de mi madre), que habían muerto en un bombardeo alemán.
¿Y qué otra cosa podrían haber hecho? No se atrevieron a adoptar la otra posibilidad, la de decirme lo que realmente ocurría; porque, ¿cómo saber el efecto que tal revelación podía haber producido en mí, cuando apenas empezaban a manifestarse mis diferencias? Tenían que esperar a que descubriera el secreto por mí mismo, o gran parte de él al menos, ¡cosa que he hecho! Pero para estar doblemente seguro, mi padre me había dejado la carta.
Esta contaba también que no son muchos los niños que encuentran el camino de regreso a su propio país. Algunos mueren en accidentes y otros se vuelven locos. Aquí recordé algo que había leído sobre dos enfermos del sanatorio de Oakdeene, cerca de Glasgow, los cuales están tan horriblemente locos y tienen un aspecto tan antinatural, que no se permite siquiera que se les vea, y sus enfermeros no pueden soportar el estar cerca de ellos mucho tiempo. Otros se retiran a vivir a parajes salvajes e inaccesibles, y otros sufren los más espantosos destinos; y me estremecí al leer qué clase de destinos eran ésos. Pero había unos pocos que conseguían regresar. Eran los afortunados, los que regresaban para reclamar sus derechos; y mientras que a algunos se les guiaba —lo hacían los adultos de la raza durante su segunda visita—, otros retornaban por instinto o por suerte. Aunque parecía horrible este plan de existencia, la carta explicaba su lógica. Mi país natal no podía sostener a muchos de mi especie, y aquellos peligros de locura intermitente, consecuencia de los inexplicables cambios físicos, los accidentes, y aquellos otros destinos que he mencionado, actuaban como un sistema de selección por el que sólo los más aptos mental y corporalmente retornaban a su lugar de nacimiento.
Pero un momento; acabo de leer la carta por segunda vez, y ya empiezo a sentir una tirantez en las piernas... El manuscrito de mi padre me ha llegado muy a tiempo. Hace muchos meses que me venían preocupando las diferencias cada vez más acusadas. La membrana de mis manos me llega ahora casi hasta los nudillos superiores, y mi piel es fantásticamente gruesa, áspera e ictoidea. La pequeña cola que me sobresale de la base de la espina dorsal no es ya tanto una rareza como un apéndice; un miembro aparte que, a la luz de lo que ahora sé, no es rareza en absoluto, ¡sino lo más natural, en mi mundo! Mi falta de pelo, con el descubrimiento de mi destino, ha dejado de ser motivo de turbación para mí. Soy diferente de los hombres, es cierto, pero ¿no es como debería ser? Porque, en definitiva, no soy hombre...
¡Ah, los venturosos destinos que me impulsaron a coger aquel periódico en El Cairo! De no haber visto aquella fotografía y haber leído aquel artículo, no habría regresado tan pronto a mis pantanos, y me estremezco al pensar lo que podría haber sido de mí entonces. ¿Qué habría hecho yo cuando el Primer Cambio me hubiese alterado? ¿Habría huido apresuradamente, disfrazado y envuelto en ropas disimuladas, a algún lejano lugar, para vivir una existencia de ermitaño? Tal vez habría regresado a Ib o a la Ciudad Sin Nombre, para vivir en las ruinas y la soledad hasta que mi aspecto fuese otra vez capaz de permitirme habitar entre los hombres. ¿Y qué después de eso, después del Segundo Cambio?
Tal vez me habría vuelto loco ante tan inexplicables alteraciones de mi persona. Quién sabe si me habría convertido en otro huésped del sanatorio de Oakdeene. Por otro lado, mi destino podría haber sido peor aún: podría haberme sentido impulsado a vivir en las profundidades, a unirme a los Profundos en su adoración a Dagon y al Gran Cthulhu, como han hecho otros antes que yo.
¡Pero, no! Por fortuna, merced a los conocimientos alcanzados en mis largos viajes y a la ayuda prestada por el documento de mi padre, he evitado todos esos terrores que otros de mi especie han conocido. Yo regresaré a la Ciudad Hermana de Ib, a Lh-yib, situada en el país de mi nacimiento bajo estos pantanos de Yorkshire; esa tierra de la cual procedía la estatuilla que me hizo regresar a estas costas, la estatuilla que es el duplicado de la que saqué de la laguna de Sarnath. Regresaré para ser adorado por aquellos cuyos hermanos ancestrales murieron en Ib bajo las lanzas de los hombres de Sarnath; aquellos que tan certeramente describen los Cilindros de ladrillo de Kadatheron; aquellos que cantan sin voz en los abismos. ¡Regresaré a Lh-yib!
Aun ahora oigo la voz de mi madre; me llama como me llamaba cuando era niño y solía vagar por estos mismos pantanos: «¡Bo! ¡Pequeño! ¿Dónde estás?»
Bo; solía llamarme así, y se echaba a reír cuando yo le preguntaba por qué. ¿Y por qué no? ¿No era Bo un nombre apropiado? ¿Robert... Bob... Bo? ¿Qué tiene de raro? ¡Qué ciego había estado! Jamás se me ocurrió pensar en el hecho de que mis padres no fueron nunca exactamente como los demás; ni siquiera hacia el final... ¿No eran adorados mis antecesores en esa ciudad de piedra gris que era Ib, antes de la aparición de los hombres, en los primeros días de la evolución de la Tierra? Debí haber adivinado mi identidad cuando saqué aquella estatuilla del limo; porque los rasgos que reproducían eran los que yo tendré después del Primer Cambio, y grabado en su base con los viejos caracteres de Ib —caracteres que yo podía leer porque formaban parte de mi lengua nativa, precursora de todas las demás lenguas— ¡estaba mi propio nombre!

Bokrug

¡Dios Lagarto-Acuático del pueblo de Ib y de Lh-yib, la Ciudad Hermana!


Nota :
Muy señor mío:
Acompañando a este manuscrito, «Anexo A» de mi informe, había una pequeña nota aclaratoria dirigida a la NECB de Newcastle que contenía lo siguiente:

Robert Krug,
Marske,
Yorks.,
19 de julio, '52
noche.

Sres. Secretario y Miembros
NECB, Newcastle-on-Tyne
Distinguidos Señores del Consejo Minero del Nordeste:
Mi descubrimiento, durante mi estancia en el extranjero, en las páginas de una revista popular científica, del proyecto de Vds. sobre los Pantanos de Yorkshire, cuyo comienzo está previsto para el próximo verano, me ha decidido, a la vista de mis recientes averiguaciones, a dirigirles esta carta. Esta no es más que una protesta contra sus propósitos de perforar el terreno con el fin de llevar a cabo una serie de explosiones subterráneas con la esperanza de crear bolsas de gas y utilizarlas como parte de los recursos naturales del país. Es muy posible que este proyecto que han concebido sus consejeros científicos suponga la aniquilación de dos antiguas razas de vida consciente. El deseo de evitar tal destrucción es lo que me impulsa a romper las leyes de mi raza y anunciar de este modo su existencia y la de sus servidores. Con el fin de explicar mi protesta más claramente creo necesario contar toda mi historia. Confío en que al leer el manuscrito que adjunto suspenderán Vds. indefinidamente sus proyectadas operaciones.
Robert Krug...


Informe policial M-Y-127/52

Presunto suicidio

Muy señor mío:
Tengo el deber de informarle que en Dilham, el 20 de julio de 1952, a las cuatro treinta de la tarde aproximadamente, me encontraba en servicio en el Puesto de Policía, cuando tres niños (adjunto declaraciones en el «Anexo B») notificaron al sargento de guardia que habían visto a un «payaso» encaramarse en la valla de la «Charca del Diablo», ignorando los carteles de avisos, y arrojarse a la corriente, en el lugar que ésta desaparece en el interior de la montaña. Acompañado por el mayor de los niños, me personé en el lugar del suceso, aproximadamente un kilómetro más arriba de los pantanos de Dilham, donde me indicó el punto en que el supuesto «payaso» había trepado a la cerca. Encontré señales de que alguien había subido recientemente allí; hierba pisoteada y manchas de hierba en los palos de la cerca. Con cierta dificultad, subí yo a dicha cerca, pero no me fue posible determinar si los niños habían dicho o no la verdad. No vi prueba alguna, ni allí ni en los alrededores de la charca, que indicara que alguien se había arrojado... pero no es de extrañar, ya que en ese punto la corriente penetra en la tierra y el agua se precipita con fuerza en el interior de la montaña. Una vez en el agua, sólo un nadador muy potente sería capaz de regresar. Tres experimentados espeleólogos se perdieron en el mismo lugar en agosto del año pasado al intentar un reconocimiento parcial del lecho de la corriente.
Cuando pregunté otra vez al chico que me había acompañado, me dijo que un segundo hombre había estado en el lugar antes del incidente. Habían visto a este otro hombre cojear como si estuviese herido, y meterse en una cueva próxima. Esto había ocurrido poco antes de que el «payaso» —descrito como de color verde y con una pequeña cola flexible— saliese de la misma cueva, se dirigiese a la cerca y se arrojase a la charca.
Al inspeccionar la citada cueva encontré lo que parecía ser una especie de piel animal arrancada y abierta por los brazos y patas y por la barriga, a la manera de los trofeos de caza mayor. Dicha piel estaba cuidadosamente depositada en un rincón de la cueva y ahora se encuentra en el depósito de objetos perdidos del Puesto de Policía de Dilham. Junto a esta piel había un equipo completo de ropa de caballero de buena calidad, cuidadosamente plegada y depositada. En el bolsillo de la chaqueta encontré un billetero que contenía, además de catorce libras en billetes de una libra, una tarjeta con la dirección de una casa de Marske: concretamente, Sunderland Crescent. Estos artículos de ropa, más el billetero, están también en el departamento de objetos perdidos.
A las seis treinta de la tarde aproximadamente fui a la dirección de Marske e interrogué al ama de llaves, una tal señora White, quien me facilitó una declaración (adjunta en el «Anexo C») con respecto a su señor, Robert Krug. La señora White me entregó también dos sobres, uno de los cuales contenía el manuscrito que acompaña a este informe en el «Anexo A». La señora White había encontrado este sobre, lacrado, con una nota en la que se le rogaba que lo entregase, cuando fue a la casa la tarde del día 20, una media hora antes de que llegase yo. En vista de las preguntas que le hice, y debido a la naturaleza de tales preguntas —o sea, sobre el posible suicidio del señor Krug—, la señora White consideró lo más prudente entregar el sobre a la policía. Aparte de esto, no sabía qué hacer con él, ya que Krug había olvidado ponerle señas. Como cabía la posibilidad de que el sobre contuviese una notificación de suicidio o una confesión del moribundo, lo acepté.
El otro sobre, que no está lacrado, contenía un manuscrito en una lengua extraña y ahora se encuentra en el Ayuntamiento de Dilham.
En las dos semanas transcurridas desde el supuesto suicidio, y a pesar de todos mis esfuerzos por averiguar el paradero de Robert Krug, no ha aparecido indicio alguno que apoye la esperanza de que pueda encontrarse vivo todavía. Esto, y el hecho de que la ropa hallada en la cueva haya sido identificada por la señora White como la que llevaba Krug la noche antes de su desaparición, me ha decidido a solicitar que mi informe se clasifique en el archivo de casos «no resueltos» y que se inscriba el nombre de Robert Krug en la lista de personas desaparecidas.

Sarg. J. T. Miller
Dilham,
Yorks.


7 de agosto de 1952
Nota:
Muy señor mío:
Comuníqueme si desea le envíe una copia del manuscrito del «Anexo A» —como pedía Krug a la señora White— a la Secretaría del Consejo Minero del Nordeste.

Inspector I. L. Ianson
Oficial del Condado de Yorkshire,
Radcar,
Yorkshire.


Estimado sargento Miller:
En respuesta a su nota del 7 del corriente, le comunico que no emprenda más diligencias referentes al caso Krug. Como usted sugiere, he incluido a este hombre entre los desaparecidos, como posible caso de suicidio. En cuanto a su documento, bien, pienso que estaba mentalmente desequilibrado, o era un monumental embaucador; posiblemente era una combinación de ambas cosas. Independientemente del hecho de que ciertas cosas de su historia son hechos indiscutibles, la mayoría parecen ser producto de una mente enferma.
Entretanto, espero un informe de sus progresos en ese otro caso. Me refiero al niño encontrado en un banco de la iglesia de Eely-on-the-Moor el mes de junio pasado. ¿Ha descubierto alguna pista sobre quién pueda ser su madre?
ALREDEDORES DE CEMENTO

Brian Lumley

(Título original: Cement Surrondings)

Otro relato de ambientación británica del creador de Yibb-Tstll y Shudde-M'ell, donde los protagonistas se ven sometidos a la más increíble de las persecuciones por parte de los más implacables perseguidores.
Nunca dejará de asombrarme cómo algunos pretendidos cristianos se complacen perversamente en las desdichas de los demás. La prueba de esto penetró a la fuerza en mi casa, con los rumores totalmente innecesarios que me importunaron a raíz del fatal decaimiento del pariente más próximo que me quedaba.
Había quienes concluían que así como la Luna es responsable de las mareas, y en parte del lento movimiento de las capas superiores de la Tierra, de igual modo lo era del comportamiento de sir Amery Wendy-Smith, a su regreso de África. Como prueba señalaban la repentina fascinación de mi tío por la sismografía —el estudio de los temblores de tierra—, materia que atraía su interés hasta tal extremo que construyó su propio instrumento, un modelo que no incorpora la convencional base de cemento, y de tal exactitud que mide incluso el más leve de los estremecimientos que constantemente sacuden nuestro mundo. Tengo ante mí ahora ese mismo instrumento, rescatado de las ruinas de la casa de campo, y de vez en cuando lo miro con inquietud. Antes de su desaparición, mi tío pasaba horas y horas, aparentemente sin objeto, estudiando los quebrados movimientos del estilo sobre el papel milimetrado.
Por lo que a mí respecta, me resultaba extraño por demás el que mientras sir Amery estuvo en Londres, después de su regreso, evitara viajar en Metro y pagase desorbitantes cuentas de taxi, antes que bajar a lo que él denominaba «esos túneles tenebrosos». Extraño, desde luego, pero nunca lo consideré un signo de locura.
Sin embargo, sus pocos amigos realmente allegados parecían convencidos de su locura, atribuyéndola al hecho de haber vivido demasiado sumergido en esas civilizaciones muertas y casi olvidadas que tanto le fascinaban. Pero ¿cómo podía haber sido de otro modo? Mi tío era arqueólogo hasta la médula. Sus extraños vagabundeos por países extranjeros no eran consecuencia de ningún anhelo de lucro o de fama. Más bien los emprendía por amor a la vida, pues la fama que de ellos resultaba —como ocurre frecuentemente— recaía la mayoría de las veces en sus siempre ávidos colegas. Estos contemporáneos suyos le envidiaban y habrían emulado sus éxitos, de haber poseído la perspicacia y curiosidad de que él estaba tan excepcionalmente dotado... o maldito, como ahora empiezo a creer. Mi rencor hacia ellos se debe a la manera en que le volvieron la espalda después de la espantosa culminación de esa última y fatal expedición. En los primeros años, muchos se habían sentido «atraídos» por sus descubrimientos, pero en esa última expedición, los «parásitos» no fueron invitados, les excluyó del favor, no les ofreció la oportunidad de apoderarse de una gloria remozada. Por eso creo que la mayor parte de las afirmaciones de que había perdido el juicio no eran ni más ni menos que un rencoroso medio de minimizar su genio.
Ciertamente, ese último safari fue su final físico. Al que antes había sido un hombre erguido y fuerte, habida cuenta de su edad, con un pelo como el azabache y una sonrisa constante, se le vio andar con la espalda cargada y muchos kilos de menos. Su pelo se había vuelto gris y su sonrisa nerviosa y rara, mientras que un pronunciado tic sacudía su carne en una comisura de la boca. Antes de que estos espantosos achaques hiciesen posible que sus en otro tiempo «amigos» le ridiculizaran, antes de la expedición, sir Amery había descifrado o traducido —sé muy poco de estas cosas— un puñado de ladrillos rotos y seculares, conocidos en los círculos arqueológicos como los Fragmentos de G'harne. Aunque él no hablaba nunca abiertamente de sus logros, sé que fue ese descubrimiento lo que le impulsó a ir, desventuradamente, a África.
Él y un grupo de amigos personales, todos ellos caballeros igualmente instruidos, se adentraron en ese continente en busca de una ciudad legendaria que, según creía sir Amery, existió siglos antes de que se pusieran los cimientos de las pirámides. En efecto, de acuerdo con sus cálculos, los primeros antepasados del hombre no habían sido concebidos aún cuando las inmensas murallas de G'harne alzaban sus monolíticas tallas hacia unos cielos primordiales. Con respecto a la edad de la plaza, si es que existió, no podían ser refutadas las pretensiones de mi tío. Las recientes comprobaciones científicas sobre los Fragmentos de G'harne habían demostrado que eran anteriores al período triásico, y su misma existencia resultaba imposible de explicar, a no ser como una arcilla milenaria.
Sir Amery, solo y en una terrible situación, se topó con un campamento de salvajes, cinco semanas después de su partida del pueblo nativo donde la expedición tuvo contacto por última vez con la civilización. Indudablemente, aquellos hombres feroces que encontró habrían terminado con él allí mismo, de no ser por sus supersticiones. Su aspecto enajenado y la extraña lengua en la que gritaba, justamente con el hecho de haber surgido de una zona que era «tabú» en sus leyendas tribales, contuvo sus manos. Finalmente, le cuidaron hasta devolverle cierta apariencia de salud y le transportaron a una región más civilizada, desde la que poco a poco fue capaz de abrirse camino hasta el mundo exterior. De los demás miembros de la expedición, nada se volvió a saber ni oír, y sólo yo conozco la historia, porque la he leído en la carta que mi tío me dejó. Pero dejaré eso para más adelante.
Después de su regreso solitario a Inglaterra, sir Amery desarrolló esas excentricidades ya mencionadas, y la mera alusión o especulación por parte de extraños sobre la desaparición de sus colegas bastaba para que empezase a desvariar horriblemente sobre cosas inexplicables, tales como «un país enterrado donde Shudde-M'ell medita y burbujea y trama la destrucción de la raza humana y la liberación del Gran Cthulhu de su prisión acuática...» Cuando se le instó oficialmente a que diese cuenta de la desaparición de sus compañeros dijo que habían muerto en un terremoto, y aunque, según la opinión común, se le pidió que aclarase su respuesta, no dijo nada más...
Así, como no estaba seguro de cómo reaccionaría a las preguntas sobre su expedición, no quise interrogarle sobre ella. Sin embargo, en aquellas raras ocasiones en que hablaba espontáneamente sin que se le presionase, yo escuchaba ávidamente porque igual que los demás, anhelaba esclarecer el misterio.
Había vuelto hacía sólo unos meses cuando súbitamente se marchó de Londres y me invitó a su casa de campo, aislada aquí en los pantanos de Yorkshire, para que le hiciese compañía. Esta invitación fue una cosa extraña en sí misma, ya que él era un hombre que había pasado meses enteros en absoluta soledad, en diversos lugares desolados y apartados, y le gustaba considerarse una especie de ermitaño. Acepté porque vi una ocasión perfecta para compartir un poco de esa soledad que me parecía particularmente útil para escribir.

2

Un día, poco después de instalarme en su casa, sir Amery me enseñó un par de esferas extrañamente hermosas y nacaradas. Medían unos diez centímetros de diámetro, y aunque no había logrado identificar categóricamente el material de que estaban hechas, me dijo que parecía ser una desconocida combinación de calcio, crisolita y polvo de diamante. «Cualquiera sabe cómo se habrá conseguido», decía él. Las esferas, dijo, habían sido halladas en el emplazamiento de la muerta G'harne —fue la primera alusión al hecho de que había encontrado realmente el lugar—, sepultadas bajo tierra en un estuche de piedra, sin tapa, con extraños ángulos y ciertos grabados absolutamente remotos en sus caras. Sir Amery no fue explícito ni mucho menos respecto de dichos dibujos, comentando solamente que sugerían cosas tan repugnantes que no estaría bien describirlas con demasiado detalle. Finalmente, en respuesta a mis preguntas de sondeo, me contó que representaban monstruosos sacrificios a cierta deidad inefable y atónica. Se negó a decir más, pero me remitió, ya que yo parecía tan «tremendamente ansioso», a las obras de Cómodo y del obseso Caracalla. Dijo también que en la caja, juntamente con los grabados, había muchas líneas de caracteres profundamente tallados, muy semejantes a los grabados cuneiformes de los Fragmentos de G'harne y que, en ciertos aspectos, tenían un inquietante parecido con los casi impenetrables Manuscritos Pnakóticos. Muy posiblemente, prosiguió, el recipiente había sido una caja de adorno, y las esferas, con toda probabilidad, debieron de ser chucherías de algún niño de la antigua ciudad; desde luego, se mencionaba a los niños —o jóvenes de muy corta edad— en lo que él había logrado descifrar de la singular escritura de la caja.
Fue en este punto de su relato cuando observé que los ojos de sir Amery empezaban a vidriarse y que su voz comenzaba a flaquear, casi como si algún extraño obstáculo psíquico afectase su memoria. Sin previo aviso, como el hombre que cae súbitamente en trance hipnótico, se puso a murmurar cosas sobre Shudde-M'ell y Cthulhu, Yog-Sothoth y Yibb-Tstll —«dioses remotos que desafían toda descripción»— y sobre mitológicos lugares de nombres igualmente fantásticos: Sarnath e Hiperbórea, R'lyeh y Ephiroth y muchos otros...
Aunque yo estaba deseoso de saber más sobre aquella trágica expedición, temía ser yo quien detuviera a sir Amery en sus explicaciones. Pero por más que me esforcé, oyéndole balbucear esas cosas, no pude evitar que se reflejase en mi rostro una expresión de compasión, de modo que cuando me miró, se excusó apresuradamente y corrió a refugiarse en la intimidad de su habitación. Más tarde, cuando pasé por delante de su puerta, le vi concentrado en su sismógrafo, y parecía estar correlacionando las señales de su papel con un atlas mundial que había cogido de la biblioteca. Me preocupó el notar que hablaba tranquilamente consigo mismo.
Naturalmente, siendo lo que era, y teniendo tan gran interés en los problemas étnicos, mi tío siempre había poseído —junto con sus colecciones de documentos históricos y geográficos— una serie de obras superficiales relativas al saber antiguo y a primitivas y dudosas religiones. Me refiero a obras como La rama dorada o el Culto de las brujas, de Margaret Murray. Pero ¿qué podía pensar yo de aquellos otros libros que encontré en su biblioteca a los pocos días de mi llegada? Había en sus estantes al menos nueve obras de las que sé que aluden a tales atrocidades que han sido calificadas por autoridades de muy distintas épocas de infames, blasfemas, repugnantes, execrables y completamente demenciales. Estaban entre ellas el Cthaat Aquadingen, de autor desconocido; las Notas sobre el Necronomicón, de Feery; el Liber Miraculorum; la Historia de la magia, de Eliphas Lévi, y un ejemplar encuadernado en una piel ya descolorida del horrendo Cultes des goules. Quizá el peor que vi fue un volumen mohoso de Cómodo que este maníaco escribió en el año 183, y que habían evitado que siguiese cuarteándose mediante laminación.
Y más aún, como si estos libros no fuesen lo bastante desconcertantes, ¡estaba eso otro! ¿Qué podría decir del cántico indescifrable, como un zumbido, que oía a menudo y que procedía de la habitación de sir Amery en plena noche? La primera vez que ocurrió esto fue la sexta noche de mi estancia en su casa; me sacaron de mi desasosegado sopor los morbosos acentos de una lengua aparentemente imposible de imitar por las cuerdas vocales del hombre. Sin embargo, mi tío se expresaba con fluidez; yo logré transcribir una especie de estribillo que repetía frecuentemente, en lo que consideré que podía ser su expresión fonética más apropiada. Los fonemas resultantes —o sonidos— eran:

Ce'haiie ep-ngh fl'hur G'harne fhtagn,
Ce'haiie fhtagn ngh Shudde-M'ell.
Hai G'harne orr'e ep fl'hur,
Shudde-M'ell ican-icanicas fl'hur orr'e G'harne...

Aunque entonces me pareció impronunciable, tal como lo oía, he descubierto que cada día que pasa, de un modo extraño, la pronunciación de esas palabras me resulta más fácil, como si con la proximidad de un horror obsceno fuese más capaz de proferir esas terribles expresiones. Quizá se deba a que últimamente, en mis sueños, he tenido ocasión de repetir esas mismas palabras, y, como todas las cosas se hacen más sencillas en los sueños, mi fluidez ha pasado a mi vida ágil. Pero eso no explica los temblores, los mismos inexplicables temblores que tanto asustaban a mi tío. ¿Son las sacudidas que provocan los perpetuos estremecimientos del estilo del sismógrafo meros vestigios de algún inmenso cataclismo subterráneo que tiene lugar a mil kilómetros de profundidad y a cinco mil de distancia... o son ocasionadas por algo distinto? ¿Algo tan outré y espantoso que mi mente se hiela cuando trato de estudiar el problema demasiado a fondo?

3

Llevaba yo con él algunas semanas, cuando sir Amery comenzó a dar claras muestras de recobrarse rápidamente. Desde luego, todavía se le veía cargado de espaldas —aunque daba la sensación de que algo menos—, y seguía con sus supuestas excentricidades; pero volvía a ser el mismo en otros aspectos. El tic nervioso había desaparecido de su cara completamente y sus mejillas habían recuperado algo de su antiguo color. Su mejoría, pensé, se debía a sus interminables estudios del sismógrafo; porque a la sazón yo había comprobado que existía una relación concreta entre los registros de esa máquina y la enfermedad de mi tío. No obstante, no alcanzaba a entender por qué los movimientos internos de la Tierra podían determinar el estado de sus nervios. Fue después de una visita a su habitación, para consultar ese instrumento, cuando me habló más de la ciudad muerta de G'harne. Era un tema del que yo tenía que haber intentado alejarle.
—Los fragmentos —dijo—, indican el emplazamiento de una ciudad cuyo nombre, G'harne, sólo se conoce por la leyenda y se la cita en el pasado junto con la Atlántida, Mu y R'lyeh. Es un mito nada más. Pero si a una leyenda se le da un emplazamiento geográfico, se la fortalece en cierto modo... y si ese emplazamiento proporciona reliquias del pasado, de una civilización perdida hace milenios, entonces la leyenda se convierte en historia. Te sorprendería conocer la cantidad de historia que efectivamente se ha reconstruido de ese modo.
»Yo tenía la esperanza, la corazonada podría decir, de que G'harne había existido en la realidad, y al descifrar los fragmentos vi que estaba a mi alcance probar, de una manera o de otra, esta realidad suya. He estado en algunos extraños lugares, Paul, y he escuchado relatos aún más extraños. Una vez viví con una tribu africana que declaraba poseer los secretos de la ciudad perdida y los narradores que contaban historias me hablaron de un país donde jamás brilla el sol; donde Shudde-M'ell, ocultándose profundamente en el suelo acolmenado, trama la propagación del mal y la locura por todo el mundo y proyecta ¡la resurrección de otras abominaciones aún peores!
»Se oculta en la tierra y espera a que llegue el momento en que las estrellas sean favorables, y sus hordas horribles sean suficientes en número, ¡para poder infestar el mundo entero con su repugnancia y provocar el retorno de otras criaturas nacidas en las estrellas, que habitaron en la Tierra millones de años antes de la aparición del hombre, y que aún estaban aquí, en ciertos lugares tenebrosos, cuando éste surgió! Y te digo, Paul —su voz se había elevado—, que aún están aquí..., ¡en los lugares más insospechados! Me hablaron de unos sacrificios a Yog-Sothoth y a Yibb-Tstll que te helarían la sangre, y de ritos horripilantes practicados bajo cielos prehistóricos, antes de que el viejo Egipto viera la luz. Las cosas que oí hacen palidecer las obras de Alberto Magno y de Grobert, y aun el propio Sade habría enmudecido de estupor al escucharlas.
La voz de mi tío había ido animándose progresivamente a cada frase, pero ahora se detuvo para tomar aliento; y en un tono más normal y sosegado, prosiguió:
—Mi primer pensamiento al descifrar los fragmentos fue organizar una expedición. Puedo decirte que yo sabía de ciertas cosas que podía haber excavado y sacado a la luz, aquí en Inglaterra (te sorprendería saber lo que acecha bajo la superficie de algunas de estas apacibles colmas de Cotswold); pero eso habría alertado a toda una hueste de supuestos «expertos» y aficionados, así que opté por G'harne. Cuando mencioné por primera vez a Kyle, a Gordon y a los demás, mi idea de organizar una expedición, mis argumentos parece que fueron tan absolutamente convincentes que todos insistieron en acompañarme. Algunos, sin embargo, debieron pensar que venían a una cacería de fantasmas, pues como he explicado, G'harne estaba en el mismo reino que Mu y que Ephiroth, o lo estuvo al menos, y debieron de imaginar que iban en busca de una verdadera lámpara de Aladino; pero a pesar de todo, vinieron. No podían permitirse el lujo de no venir, porque si G'harne resultaba ser real..., ¡bueno! Pienso en la gloria que se perderían... No se lo perdonarían jamás. Y por eso no puedo perdonarme a mí mismo; porque de no haberme entremetido con los fragmentos, estarían todos aquí ahora, Dios les asista...
Nuevamente la voz de sir Amery se había llenado de cierta temerosa excitación, y prosiguió febrilmente:
—¡Cielos, pero este lugar me pone enfermo! No podré resistir mucho tiempo. Está toda esta hierba y esta tierra. ¡Me hace estremecer! Alrededores de cemento es lo que necesito; y cuanto más gruesa sea la capa de cemento, mejor... Aunque hasta las ciudades tienen sus desventajas: los metros y demás... ¿Has visto Accidente de Metro, de Pickmen, Paul? ¡Dios mío, qué película! Y aquella noche, ¡aquella noche! ¡Si los hubieses visto trepar por las minas! Si hubieses sentido los temblores... ¡Bueno! El mismo suelo oscilaba y danzaba cuando salían... Los habíamos molestado, ¿comprendes? Incluso puede que creyeran que eran atacados, y salieron... ¡Dios mío! ¿Cuál pudo ser la razón de tanta ferocidad? Sólo unas horas antes me había estado felicitando a mí mismo por haber descubierto las esferas, y luego... Y luego...
Ahora jadeaba y sus ojos, como antes, se habían vuelto vidriosos. Su voz había sufrido un extraño cambio en el timbre y sus acentos eran tartamudeantes y extraños.
—Ce-haiie, Ce'haiie..., la ciudad puede estar enterrada, pero quienquiera que diga que está muerta, no sabe lo que se dice. ¡Estaban vivos! Están vivos desde hace millones de años; quizá no pueden morir... ¿Y por qué no? ¿No son dioses, de algún modo? Y salen de noche...
—¡Tío, por favor! —exclamé.
—No me mires así, Paul, ni pienses lo que estás pensando... Han ocurrido cosas extrañas, créeme... Wilmarth, de Miskatonic, debió de contar alguna historia fantástica, ¡apostaría a que sí! ¡Tú no has leído lo que Johansen escribió! ¡Dios mío, lee el relato de Johansen! Hai ep fl'hur... Wilmarth..., el viejo charlatán... ¿Qué no habrá que sepa él y no quiera revelar? ¿Y por qué lo que se encontró en aquellas Montañas de la Locura se mantuvo tan en secreto, eh? ¿Y qué extrajo el equipo de Peabodie de la tierra? Dime todo eso, si puedes. ¡Ja, ja, ja! Ce'haiie, Ce'haiie... G'harne icanica...
Y se puso a gritar, con los ojos vidriosos y gesticulando violentamente con las manos en el aire. No creo que me viese a mí, ni nada..., salvo —con los ojos de la mente— una horrible repetición de lo que imaginaba que había sucedido. Le cogí por el brazo para apaciguarle, pero él apartó mi mano, evidentemente sin saber lo que se hacía.
—Ya salen esos seres gomosos... Adiós, Gordon... No gritéis así; los gritos me trastornan la mente... ¡Gracias al cielo que sólo es un sueño! Una pesadilla como todas las que he venido sufriendo últimamente... Es un sueño, ¿verdad? Adiós, Scott, Kyle, Leslie...
De repente, con los ojos desencajados, giró sobre sí violentamente:
—¡El suelo se abre! Cuántos... Me caigo... ¡No es un sueño! ¡Dios mío! ¡NO ES UN SUEÑO! ¡No! ¡Apartaos! ¿Me oís? ¡Aghhh! ¡El limo...! ¡Corramos!... ¡Lejos de esas voces, lejos de esos ruidos de succión y de esos cánticos!
De manera imprevista, prorrumpió él mismo en un cántico, y su espantoso acento, no distorsionado por la distancia ni por el espesor de una puerta robusta, habría hecho perder el sentido a un oyente más temeroso. Era como el que le oía a veces en plena noche, pero las palabras no parecen tan malignas sobre el papel; más bien resultan casi ridículas. Sin embargo, oírlas de una boca de mi propia carne y sangre... y con aquella antinatural fluidez...

Ep ep fl'hur G'harne,
G'harne fhtagn Shudde-M'ell hyas Negg'h.

Mientras cantaba estas increíbles palabras, los pies de sir Amery habían empezado a tantear arriba y abajo en una grotesca parodia de carrera. De pronto, empezó a gritar otra vez, y con una brusquedad sobrecogedora, saltó junto a mí y echó a correr con todas sus fuerzas, yendo a chocar contra la pared. El golpe le abatió y cayó como un guiñapo en el suelo.
Me angustió el pensar en la posibilidad de que mis limitados auxilios no fuesen los adecuados; pero para mi inmenso alivio recobró la conciencia unos minutos después. Tembloroso, me aseguró que estaba «bien, sólo un poco alterado», y sostenido por mi brazo, se retiró a su habitación.
Esa noche me fue imposible cerrar los ojos, así que me envolví en una manta y me senté junto a la habitación de mi tío, por si su sueño se veía turbado. Sin embargo, pasó una noche tranquila y, paradójicamente, por la mañana parecía haber eliminado de su organismo aquel estado, y daba muestras de franca mejoría.
Los modernos médicos saben desde hace tiempo que en ciertos estados mentales se puede conseguir una curación haciendo que el paciente reviva los sucesos que ocasionaron su trastorno. Quizá la explosión de mi tío en la noche anterior surtiera el mismo efecto; al menos así lo creí yo, porque por entonces había concebido nuevas ideas sobre su anormal comportamiento. Me decía a mí mismo que si había tenido pesadillas periódicas y en medio de una de ellas había ocurrido un terremoto en el que murieron sus amigos y colegas, era muy natural que su mente se hubiera desquiciado temporalmente al despertar y descubrir la carnicería. Y si mi teoría era correcta, explicaría también sus obsesiones sísmicas...

4

Una semana más tarde afloró otro lamentable síntoma del estado de sir Amery. Parecía haber mejorado mucho, aunque de vez en cuando aún deambulaba en sueños, y había salido al jardín «a podar un poco». Estábamos ya en el mes de setiembre y hacía frío, pero lucía el sol y pasó la mañana entera ocupado con el rastrillo y la podadera. Nos arreglábamos nosotros solos; y estaba yo pensando en ponerme a preparar la comida, cuando ocurrió una cosa muy rara. Sentí claramente moverse el suelo bajo mis pies y oí un ruido sordo y prolongado. Yo estaba sentado en el cuarto de estar cuando ocurrió, y un momento después se abrió de golpe la puerta del jardín e irrumpió mi tío. Su rostro estaba mortalmente pálido y tenía los ojos horriblemente desencajados al pasar junto a mí en dirección a su cuarto. Me quedé tan aturdido ante su súbita aparición que apenas me moví de la silla, hasta que regresó temblando al cuarto de estar. Sus manos se agitaban nerviosas al sentarse en una butaca.
—Ha sido el suelo... Creí por un segundo que el suelo... —se puso a murmurar, más para sus adentros que para mí, y a temblar visiblemente de pies a cabeza, como consecuencia de la tremenda impresión sufrida. Luego vio la preocupación reflejada en mi rostro y trató de serenarse—. El suelo... Estaba seguro de haber sentido un temblor; pero me he equivocado. Debe de ser este lugar. Todo este espacio abierto... Me temo que tendré que hacer un esfuerzo y marcharme de aquí. ¡Hay en definitiva demasiada tierra y poco cemento! Alrededores de cemento es lo que...
Estuve a punto de decirle que yo también había notado la sacudida, pero sabiendo que él creía que estaba equivocado, me callé. No quería avivar inútilmente sus considerables trastornos.
Esa noche, cuando sir Amery se hubo retirado, entré en su despacho —habitación que, aunque él nunca me lo había dicho, yo sabía que consideraba inviolable— para echar un vistazo al sismógrafo. Antes de inspeccionar el aparato, empero, vi las notas esparcidas sobre la mesa de al lado. Una mirada bastó para comprender que las hojas de blanco papel estaban cubiertas de anotaciones fragmentarias con la letra de mi tío, y cuando miré más de cerca sentí malestar, al descubrir que eran una vaga mezcolanza de sucesos aparentemente inconexos —y sin embargo, aparentemente conectados también— en relación con sus fantásticas conjeturas. Dichas notas han pasado a mi posesión definitiva, y dicen textualmente así:

Muro de Adriano

Años 122-128. Ladera del limes (¿¿la Gn'yah de los Fragmentos??). Temblores de tierra interrumpieron excavaciones, por lo que los bloques de basalto quedaron abandonados en el foso incompleto con agujeros en cuña para abrir la piedra.

W'nyal-Shash (Mitra)

Los romanos tenían sus propias deidades, pero no a Mitra, a quien los discípulos de Cómodo el Maníaco ofrecían sacrificios en la ladera del limes. ¡Y ésa era la misma zona donde, cincuenta años antes, se desenterró y descubrió un gran bloque de piedra con inscripciones y dibujos grabados! El centurión Silvano borró ambas cosas a golpes y enterró el bloque otra vez. Recientemente se ha descubierto un esqueleto, identificado positivamente como el del propio Silvano por la sortija de sello de uno de sus dedos, bajo el suelo (profundo) donde una vez hubo una Taberna Vicus en Housesteads Fort; ¡pero no sabemos cómo desapareció! Tampoco eran demasiado precavidos los seguidores de Cómodo. Según Caracalla, también desaparecieron súbitamente... ¡durante un terremoto!

Avebury

(¿¿La A'byy neolítica de los Fragmentos y de los Manuscritos Pnakóticos??). Ref. al libro de Stukeley, Un templo para los druidas británicos. Druidas, efectivamente... ¡Pero Stukeley casi acertó al hablar del Culto a la Serpiente! ¡Gusanos, para ser más exactos!

Concilio de Nantes

(Siglo ix). El concilio no sabía lo que se hacía cuando ordenó: «Que también las piedras, aquellas que, engañados por los demonios, adoran en las ruinas y en el interior de los bosques, donde hacen sus votos solemnes y ejecutan sus ofrendas, sean arrancadas de sus mismos cimientos y arrojadas a lugares donde sus devotos jamás puedan encontrarlas otra vez»... ¡He leído este párrafo tantas veces que se me ha grabado en la memoria! Sólo Dios sabe lo que sucedió a los pobres diablos que trataron de cumplir las órdenes del Concilio...

Destrucción de grandes piedras

En los siglos xiii y xiv, la Iglesia intentó también arrancar ciertas piedras de Avebury, objeto de supersticiones locales, ¡ya que las gentes del campo participaban en los cultos paganos y de brujería que se celebraban en torno a ellas! De hecho, algunas de las piedras fueron destruidas —mediante fuego y ducha— «por los trazados que había en ellas».

Incidente

1920-25. ¿Por qué se realizó el enorme esfuerzo de enterrar una de las grandes piedras? Un temblor de tierra ocasionó el deslizamiento de la piedra, atrapando a un obrero. Al parecer, no se hizo nada por rescatarle... El «accidente» sucedió de noche, ¡y otros dos hombres murieron de terror! ¿Por qué huyeron los demás trabajadores del lugar? ¿Y qué era el titánico ser que uno de ellos vio hundirse en el suelo entre contorsiones? Al parecer, dicho ser dejó un olor nauseabundo detrás... Por su OLOR los conoceréis... ¿Era miembro de otro nido de gules intemporales?

El obelisco

¿Por qué rompieron el enorme obelisco de Stukeley? Los trozos fueron enterrados a principios del siglo xviii, pero en 1833, Henry Browne encontró sacrificios quemados en el lugar... Y cerca, en Silbury Hill... ¡Dios mío! ¡Dichoso monte del demonio! Hay cosas, aun en medio de estos horrores, cuyo mero pensamiento resulta imposible de soportar; ¡y mientras conserve mi juicio, es mejor que Silbury Hill sea uno de ellos!

América: Innsmouth

1928. ¿Qué sucedió realmente y por qué el Gobierno federal arrojó cargas de profundidad en el Arrecife del Diablo, en la costa atlántica, exactamente frente a Innsmouth? ¿Por qué desaparecieron la mitad de los ciudadanos de Innsmouth? ¿Cuál era su relación con la Polinesia, y qué hay sepultado en las tierras bajo el mar?

El que camina en el viento

(El Caminante de la Muerte, Ithaqua, el Wendigo, etc.) Sin embargo, otro horror, ¡aunque de tipo diferente!. ¡Y qué prueba! Supuestos sacrificios humanos en Manitoba. Increíbles circunstancias rodean el Caso Norris. Spencer, de la Universidad de Quebec, afirma la literal validez del caso... Y al...

Pero ahí terminaban las notas, y cuando las leí por primera vez me alegré de que fuese así. Cada vez era más evidente que mi tío estaba muy lejos de encontrarse bien, y no muy en su juicio. Desde luego, siempre cabía la posibilidad de que hubiese escrito esas notas antes de su aparente mejoría, en cuyo caso su estado no era forzosamente tan malo como parecía.
Después de volver a colocar las notas exactamente como las había encontrado, volví mi atención hacia el sismógrafo. La línea del gráfico era recta y firme, y cuando quité el carrete y revisé el papel vi que durante los últimos doce días había registrado aquella casi antinatural e invariable línea recta. Como he dicho, ese aparato y el estado de mi tío se hallaban directamente relacionados, y esta prueba de quietud de la tierra era indudablemente la razón del relativo bienestar que había experimentado él últimamente. Pero aquí había otra cosa singular... Francamente, estaba asombrado de mis descubrimientos, pues estaba seguro de haber notado un temblor —en efecto, había oído un ruido sordo y prolongado—, y parecía imposible que sir Amery y yo hubiésemos sufrido la misma y simultánea ilusión sensorial. Rebobiné el carrete, y al volverme para salir de la habitación, reparé en algo que se le había caído a mi tío. Era un pequeño tornillo de bronce que brillaba en el suelo. Una vez más, desmonté el carrete y vi el agujero del que faltaba, que ya había observado antes, aunque no me había parecido nada importante. Ahora adiviné que era el lugar del tornillo. No tengo ni idea de mecánica y no podría decir qué papel desempeñaba este pequeño elemento en el funcionamiento del aparato; no obstante, lo volví a colocar, y el instrumento quedó en perfecto estado. Entonces me quedé un instante junto a él, para asegurarme de que marchaba perfectamente, y a los pocos segundos comprobé que todo estaba en regla. Fueron mis oídos los primeros en advertirme del cambio. Antes había sonado un zumbido de maquinaria de reloj y un ruido como de raspar continuo y uniforme. El zumbido aún sonaba, pero en vez del raspar uniforme, oí suaves rasgueos que atrajeron mis fascinados ojos hacia el estilo.
Aquel tornillito, evidentemente, era la clave de todo. No era de extrañar que la sacudida que sentimos por la mañana, y que había alterado tantísimo a mi tío, hubiese quedado sin registrar. El instrumento no había funcionado correctamente entonces; pero ahora, sí... Ahora podía verse claramente cómo cada pocos minutos el suelo se estremecía con unos temblores que, aunque no tan fuertes como para notarlos sensiblemente, eran, desde luego, lo bastante intensos como para que el estilo zigzaguease sobre la superficie del papel giratorio.
Me sentí en un estado mucho más agitado que el propio suelo cuando finalmente me retiré esa noche. No obstante, no era capaz de determinar la causa de mi nerviosismo. ¿Por qué, exactamente, me sentía tan aprensivo respecto a mi descubrimiento? Desde luego, yo sabía que ahora el efecto del funcionamiento —¿correcto?— del aparato sobre mi tío habría sido probablemente de lo más desagradable, y que hubiera podido provocarle otra de sus «explosiones»; pero ¿era eso lo que me llenaba de inquietud? Cuando lo pensaba, no veía razón alguna por la que una zona del campo recibiese un porcentaje de temblores de tierra mayor del que le correspondía. Por último, concluí que, o el aparato era defectuoso, o era enormemente sensible, y me fui a acostar asegurándome a mí mismo que la violenta sacudida que habíamos sentido había sido mera coincidencia con el estado de mi tío. No obstante, antes de dormirme, noté que el aire mismo parecía cargado de una extraña tensión, y que la leve brisa que había agitado las últimas hojas durante el día se había calmado completamente, dejando una quietud absoluta en la que, durante mi sueño ligero, me pareció que el suelo temblaba toda la noche bajo mi cama...

5

Al día siguiente, me levanté temprano. Andaba escaso de material de escribir y había decidido coger el único autobús de la mañana para Radcar. Me marché antes de que se levantase sir Amery, y durante el viaje volví a pensar en los sucesos del día anterior; entonces decidí hacer alguna averiguación mientras estuviese en el pueblo. En Radcar tomé un bocado y luego pasé por las oficinas del Radcar Recorder, donde un tal señor Mckinnen, subdirector, me fue particularmente útil. Estuvo un rato en el teléfono de la oficina, haciendo extensas preguntas en interés mío. Finalmente me dijo que durante la mayor parte del año no había habido temblores de ningún tipo en Inglaterra, cuestión que yo habría discutido, evidentemente, de no haber esperado más información. Me enteré de que había habido algunas pequeñas sacudidas y que éstas habían ocurrido en lugares como Goole, que distaba unos kilómetros (una de ellas había tenido lugar precisamente en las últimas veinticuatro horas) y en Tenterden, cerca de Dover. Había habido también un levísimo temblor en Ramsey, Huntingdonshire. Le di las gracias efusivamente al señor Mckinnen por su ayuda, y me habría marchado inmediatamente; pero a última hora se le ocurrió preguntarme si me interesaría comprobarlo en las colecciones de periódicos internacionales. Acepté agradecido y me dejó que revisase yo solo un enorme montón de traducciones interesantes. Naturalmente, la mayoría no me servían de nada, pero no me costó demasiado dar con lo que me interesaba. Al principio me costó trabajo creer en el testimonio de mis propios ojos. Leí que en agosto había habido terremotos en Aisne de tal gravedad que una o dos casas se habían derrumbado hiriendo a determinado número de personas. Estas sacudidas habían sido semejantes a las que había habido semanas antes en Agen, en el sentido de que parecían más consecuencia de un asentamiento del terreno que un verdadero terremoto. A primeros de julio habían tenido lugar también temblores en Calahorra, Chinchón y Ronda, España. La trayectoria era recta como el vuelo de una flecha y pasaba por —o más bien por debajo de— el estrecho de Gibraltar y Xauen, en el Marruecos español, donde una calle entera de casas se había venido abajo. Más allá, sin embargo... Pero ya tenía bastante. No me atreví a seguir leyendo; no quería saber —ni aun remotamente— el paradero de la muerta G'harne...
¡Oh! Había más que suficiente para hacerme olvidar el motivo original de mi viaje. Mi libro podía esperar, porque ahora había cosas más importantes que hacer. Mi siguiente escala fue la biblioteca del pueblo, donde saqué el Atlas Mundial, de Nicheljohn, y lo abrí por esa página que tiene un mapa doblado de las Islas Británicas. Mi conocimiento de la geografía y condados ingleses es regular, y me había parecido extraordinario el que lugares sin relación alguna hubiesen sufrido pequeños terremotos. No me había equivocado. Utilizando un segundo libro a modo de regla, pude unir Goole, de Yorkshire, con Tenterden, en la costa sur, y vi con un hormigueo de monstruosa aprensión que la línea pasaba muy cerca, si no directamente por Ramsey, en Huntingdonshire. Seguí con angustiado interés la línea hacia el norte, y con los ojos súbitamente febriles, vi que pasaba ¡a menos de una milla de la casa de campo de los pantanos! Mis dedos torpes e insensibles volvieron las páginas hasta que encontré la correspondiente a Francia. Me detuve un instante, y luego proseguí hasta encontrar España, y, finalmente, África. Durante largo rato permanecí inmóvil, en anonadado silencio, volviendo páginas de vez en cuando, comprobando nombres y lugares de manera mecánica... Cuando finalmente abandoné la biblioteca, mis pensamientos se arremolinaban en torbellino, y sentí que me recorría la espalda un escalofrío de arcaico terror abismal. Mis nervios, antes perfectamente equilibrados, empezaban ya a desmoronarse...
Durante el viaje de regreso por los pantanos en el autobús de la tarde, el ronroneo del motor me arrulló, sumiéndome en una especie de sopor en el que otra vez oí algo que sir Amery había murmurado, algo que había dicho en voz alta cuando dormía, y probablemente soñaba. Había dicho:
«No les gusta el agua... Inglaterra está a salvo... Tienen que ahondar demasiado...»
El recuerdo de esas palabras me sobresaltó, desvelándome completamente y produciéndome un frío que me penetró hasta la médula de los huesos. No fueron ésos unos sentimientos de falso y alucinado presagio, pues en la casa me esperaba lo que consumaría la completa destrucción de mi sistema nervioso...
Cuando el autobús dio la vuelta en la curva final del bosque que oculta la casa, ¡lo vi! El edificio se había derrumbado. ¡Sencillamente, no podía comprenderlo! Aun sabiendo lo que sabía —con todas las pruebas que lentamente había ido recogiendo—, era demasiado para la comprensión de mi torturado cerebro; bajé del autobús y esperé a que éste pasara los coches aparcados de la policía, antes de cruzar la carretera. La cerca de la casa había sido derribada para dejar paso a una ambulancia ahora estacionada en el jardín singularmente inclinado. Habían montado proyectores, pues era casi de noche, y un par de socorristas trabajaba frenéticamente entre las increíbles ruinas. Al quedarme contemplándolo todo, horrorizado, se me acercó un oficial de la policía y, tras identificarme, me contó la siguiente historia.
Al pasar, un motorista había visto el derrumbamiento, y los temblores que acompañaron se habían sentido en Marske. El motorista se dio cuenta de que poco podía hacer él solo, y fue rápidamente a Marske a dar parte. Al parecer, la casa se había venido abajo como un castillo de naipes. La policía y una ambulancia se habían presentado en el lugar del suceso en cuestión de minutos, y las operaciones de rescate habían comenzado inmediatamente. Por ahora parecía que mi tío estaba fuera cuando ocurrió el derrumbamiento, pues hasta el momento no habían encontrado rastro alguno de él. Habían notado un olor extraño, hediondo en el lugar, pero se desvaneció poco después de comenzar los trabajos de rescate. Los socorristas habían despejado los suelos de todas las habitaciones, salvo el del despacho; y mientras el oficial me ponía al corriente, seguían sacando más escombros.
Súbitamente, se hizo silencio en el excitado murmullo de voces. Vi que el grupo de obreros que trabajaban en el rescate se habían quedado como mirando algo en el suelo. Mi corazón dio un vuelco, y trepé por encima de los escombros para averiguar qué era lo que habían descubierto.
Allí, en lo que había sido el piso del despacho, estaba lo que yo había temido y casi me esperaba. Era simplemente un boquete. Un boquete abierto en el piso; pero en los bordes quedaban restos del entarimado, y por la forma en que se había astillado, parecía como si el suelo, en vez de hundirse, hubiera sido destrozado desde abajo...

6

Desde entonces, no se ha sabido nada de sir Amery Wendy-Smith, y aunque figura entre las personas desaparecidas, yo sé que de hecho está muerto. Se ha ido a los mundos de antigua maravilla y lo único que pido es que su alma vague por el lado nuestro del umbral. Pues en nuestra ignorancia, cometimos con sir Amery una gran injusticia, yo y todos los que hemos pensado que había perdido el juicio. Ahora entiendo todos sus extraños comportamientos; pero el llegar a comprenderlo resulta duro, y sé que me va a costar caro. No, él no estaba loco. Hizo lo que hizo como autoprotección, y aunque sus precauciones resultaron inútiles, en definitiva fue el miedo a un terror innominado, y no la locura, lo que le impulsó a adoptarlas.
Pero lo peor está aún por venir. Yo mismo tengo que enfrentarme con un final parecido. Lo sé, porque haga lo que haga, los temblores me persiguen. ¿O son sólo figuraciones mías? ¡No! Tengo muy poco trastornado el juicio. Mis nervios están deshechos, pero mi mente está intacta. ¡Sé demasiado! Ellos me han visitado en sueños, como creo que visitaron a mi tío, y lo que han leído en mi mente les ha advertido del peligro que corren. No se atreven a dejarme investigar, pues he llegado a tal punto que un día podría denunciarlos plenamente a los hombres, antes de que estén preparados... ¡Dios! ¿Por qué no ha contestado ese viejo loco de Wilmarth, de la Miskatonic, a mis telegramas? ¡Debe haber una salida! Aun ahora siguen cavando, esos moradores de las tinieblas...
¡Pero, no! Sería inútil. Debo seguir y terminar este relato. No he tenido tiempo de ir a contarles a las autoridades la verdad, pero aun cuando lo hubiese tenido, sé cuál habría sido el resultado. «Hay algo mal en la sangre de los Wendy-Smith», dirían. Pero este manuscrito contará la historia por mí y también servirá de advertencia para los demás. Quizá cuando se vea lo próximos que pasan mis paralelos de los de sir Amery, sienta la gente curiosidad; con este manuscrito como guía, quizá lo averigüen los hombres y destruyan la vieja locura de la Tierra, antes de que sea ésta quien les destruya a ellos...
Unos días después del derrumbamiento de la casa de campo de los pantanos, me instalé aquí, en esta casa de las afueras de Marske, para estar cerca por si aparece de nuevo mi tío, aunque tengo muy poca esperanza. Pero ahora, un terrible poder me retiene aquí. No puedo huir... Al principio, su poder no era tan fuerte, pero ahora... Ya no soy capaz ni de abandonar este escritorio y sé que el final ha de llegar pronto. Me encuentro inmovilizado en esta silla como si hubiese echado raíces en ella, y todo lo que puedo hacer es ¡escribir! Pero debo seguir..., debo seguir... Aunque los movimientos del suelo son mucho más fuertes ahora. Este condenado, burlesco, infernal estilo salta locamente de un lado a otro del papel...
A los dos días tan sólo de instalarme aquí, la policía me entregó un sobre sucio y manchado de tierra. Lo encontraron entre las ruinas de la casa —cerca de aquel extraño boquete—, y está dirigido a mí. Contiene esas notas que ya he copiado, y una carta de sir Amery, que por su espantoso final, debía de estar aún escribiendo cuando el horror vino por él... Bien pensado, no es de sorprender que el sobre escapara a la destrucción. Ellos no sabían qué era, y por eso no le prestaron ningún interés. En realidad, nada en la casa fue destruido deliberadamente —o sea, nada inanimado—, y por lo que he podido averiguar, los únicos objetos que faltan son aquellas terribles esferas, o lo que quedaba de ellas... Pero debo apresurarme... No puedo escapar, y los temblores de tierra no cesan de aumentar en fuerza y en frecuencia... ¡No! No tendré tiempo. No tendré tiempo de escribir todo lo que quería contar... las sacudidas son demasiado fuertes... Dema siado fuer tes... Int errum pen mi má quina dees cribir... terminar é esto de la única f orma que me qu eda y coser é lac arta de s ir Amer y a este man uscr ito...

«Querido Paul:
»En caso de que esta carta llegue a ti, hay ciertas cosas que debo pedirte que hagas por la salvación y la cordura del mundo. Es absolutamente necesario que estas cosas sean estudiadas y afrontadas, aunque no sé qué decir sobre cómo puede hacerse lo que pido. Era mi intención, por mi propia salud mental, olvidar lo sucedido en G'harne. Cometí un error al tratar de ocultarlo. En este mismo momento, hay hombres excavando en lugares extraños y prohibidos, y ¿quién sabe lo que pueden desenterrar? Ciertamente, todos esos horrores deben ser descubiertos y extirpados..., pero no por aficionados entrometidos. Deben hacerlo hombres que estén dispuestos a terminar con este espantoso y cósmico horror. Hombres con armas. Quizá las más convenientes sean los lanzallamas... Desde luego, es necesario un conocimiento científico de la guerra... y dispositivos para descubrir al enemigo... Me refiero a instrumentos sismológicos especiales... Si tuviese tiempo, prepararía un informe detallado y explícito, pero parece que tendrá que bastar esta carta para guiar a los cazadores de horrores del mañana. Como ves, ¡ahora estoy seguro de que vienen por mí! Y no puedo hacer nada por evitarlo. ¡Es demasiado tarde! Al principio, al igual que muchos otros, me creía que estaba algo trastornado. ¡Me negaba a admitir que lo que había presenciado pudiera suceder en absoluto! ¡Admitirlo era admitir la demencia! Pero es completamente real..., sucedió. ¡Y sucederá otra vez!
»Sólo el cielo sabe qué le puede haber pasado a mi sismógrafo, ¡pero ese maldito trasto me ha traicionado de la manera más nefasta! ¡Oh! Ellos me habrían cogido tarde o temprano, pero al menos podría haber tenido tiempo de preparar un informe más adecuado... Te pido que pienses, Paul... Que pienses en lo que ha sucedido en la casa de campo... Puedo hablar como si ya hubiese ocurrido, ¡porque sé que ocurrirá! ¡Ocurrirá! Es Shudde-M'ell, que viene por sus esferas... Paul, analiza la forma de mi muerte, porque si lees esto es que yo habré muerto o desaparecido..., lo que viene a ser lo mismo. Lee cuidadosamente las notas que incluyo, te lo ruego. No tengo tiempo de ser más explícito, pero estas viejas notas mías pueden servir de alguna ayuda. Si eres la mitad de curioso de lo que creo que eres, no tardarás en admitir la existencia de un horror fantástico en el que, repito, el mundo entero debe esforzarse en creer... El suelo se estremece ahora, pero sabiendo que es el final, me mantengo sereno, pese al miedo que siento... No espero que dure mi presente estado de serenidad... Creo que cuando ellos vengan realmente por mí, mi mente estallará por completo. Puedo imaginarlo ahora... El suelo se astilla, revienta violentamente para dejarles paso. ¡Bueno! Aun al pensarlo, mis sentidos se embotan de terror... Notaré un olor nauseabundo, un limo, un cántico, una gigantesca contorsión y... Y luego...
«Incapaz de escapar, espero a la monstruosidad..., estoy atrapado por el mismo poder hipnótico que confesaron los otros de G'harne. ¡Qué abominables recuerdos! ¡Desperté para ver cómo a mis amigos y compañeros les succionaban la sangre y los secaban enteramente aquellos seres vermiculares y vampirescos de la sentina del tiempo! Dioses de dimensiones ajenas a este mundo... ¡Yo estaba hipnotizado entonces por esta misma fuerza terrible, incapaz de moverme para ayudar a mis amigos o al menos para ponerme a salvo! Milagrosamente, con el paso de la luna tras algunos jirones de nubes, el efecto hipnótico se quebró. Entonces, gritando y sollozando, con el juicio trastornado temporalmente, huí; tras de mí oía los babeantes ruidos de succión, así como el zumbido, el cántico demoníaco de Shudde-M'ell y sus hordas.
»Sin saber lo que hacía, en mi insensatez, cargué con aquellas esferas infernales... Anoche soñé con ellas. Y en mis sueños volví a ver las inscripciones de esa caja de piedra. Es más, ¡incluso pude leerlas! Todos los temores y ambiciones de esas criaturas demoníacas estaban grabados allí, ¡y podían leerse con la claridad de los titulares de un periódico! Puede que sean o no sean "Dioses", pero una cosa es segura: el más grave obstáculo para sus planes de conquista de la Tierra ¡es su ciclo de reproducción, terriblemente largo y complejo! Sólo nace un puñado de hijos cada mil años; pero considerando la cantidad de años que hace que están aquí, se aproxima el instante en que contarán con el número suficiente. Como es natural, les cuesta tanto alcanzar el número necesario que no están dispuestos a perder un solo miembro de su horrenda estirpe. ¡Y por eso precisamente perforan túneles de miles y miles de kilómetros, incluso bajo los océanos, con el fin de recuperar las esferas! Me he preguntado por qué me persiguen; pero ahora ya lo sé. Y también sé cómo. ¿No adivinas cómo saben dónde estoy, Paul, o por qué vienen? Estas esferas son como un faro para ellos; como una sirena que les llama. Y al igual que cualquier otro padre —aunque con una ambición espantosamente inconcebible para nosotros— ¡responden meramente a la llamada de sus hijos!
»¡Pero vienen demasiado tarde! Hace unos minutos, justo antes de empezar esta carta, los seres han roto el cascarón. ¿Quién podía haber imaginado que eran huevos, o que el recipiente donde estaban era una incubadora? No puedo culparme de no saberlo. Incluso una vez traté de someter las esferas a los rayos X, malditas sean, ¡pero reflejaron los rayos! ¡Y la cascara era demasiado densa! Sin embargo, en el momento de la eclosión, se han roto en fragmentos diminutos. Las criaturas del interior no eran más grandes que una nuez... Teniendo en cuenta el tamaño de un adulto, deben de crecer a un ritmo fantástico. ¡Pero esos dos no crecerán ya! Los he achicharrado con la brasa de mi cigarro... ¡Y tenías que haber oído los alaridos mentales que salían de abajo!
»Si al menos hubiese podido saber antes, definitivamente, que no era locura, podría haber encontrado una forma de escapar de este horror... Pero ahora es inútil. Mis notas..., examínalas, Paul, y haz lo que yo debería haber hecho. Completa un informe detallado y preséntalo a las autoridades. Wilmarth puede ayudarte, y quizá Spencer, de la Universidad de Quebec... No me queda ya mucho tiempo... El techo cruje...
»Esta última sacudida..., el techo salta en pedazos..., suben. Ayúdame, Dios mío, ya suben... Los oigo avanzar a tientas dentro de mi cabeza, mientras suben...»


«Muy señor mío:
»Le envío este manuscrito encontrado en las ruinas de la casa número 17 de Anwick Street, Marske, Yorkshire, tras los temblores de tierra del mes de setiembre de este año, el cual considero una "fantasía" que el escritor Paul Wendy-Smith había concluido para su publicación. Es más que probable que las supuestas desapariciones de sir Amery Wendy-Smith y su sobrino, el escritor, no sean sino un artificio para promocionar dicho relato... Es bien sabido que sir Amery está/estaba interesado por la sismografía y que quizá algún indicio de los dos terremotos proporcionó al sobrino la inspiración necesaria para dicho relato. Prosiguen las investigaciones...
»Srg. J. Williams
»Dep. del condado de Yorks.
»2 de octubre de 1933.»
LOS PROFUNDOS

James Wade

(Título original: The Deep Ones)

James Wade nació en Illinois en 1930, y reside en Seúl, Corea, desde 1960, donde alterna el oficio de escritor con el de profesor de música y compositor.
Los profundos es su primer relato publicado perteneciente al ciclo de los Mitos.
Aún no se ha creado nada más divino que los delfines; pues, efectivamente, en otro tiempo fueron hombres, y vivían en ciudades junto a los mortales.

Oppian, Halieutica (año 200)

No había visto al doctor Frederick Wilhelm antes de entrar a trabajar en el Instituto de Estudios Zoológicos, situado en una ensenada remota de la costa de California, unos kilómetros al norte de San Simeón y Piedras Blancas, no lejos de la zona del Gran Sur; pero, naturalmente, había oído algo sobre sus estudios. Los suplementos dominicales hablaron de Wilhelm hacía unos años, lo que era natural: ¿qué tema más potencialmente sensacional podía obtener un periodista, que la idea de que el hombre compartía la tierra con otra especie más antigua, y quizá más inteligente, una especie no tenida en cuenta e incluso ignorada por la moderna ciencia, pero con la cual podría llegarse a establecer comunicación algún día?
No se trataba de un tópico gastado como el de los platillos volantes, el espiritismo o los gnomos escondidos bajo las colinas, naturalmente. El tema de Wilhelm era el delfín, ese mamífero de océano, avistado hacía siglos por los marineros supersticiosos y transformado en mitos de sirenas, y en toda clase de razas legendarias de fabulosos moradores del mar. Ahora, al parecer, las supersticiones podían no estar demasiado equivocadas.
Las pruebas preliminares habían demostrado hacía tiempo que nuestros lejanos primos oceánicos albergaban un alto grado de inteligencia pura y potencial para la comunicación, insospechada a causa de su habitat acuático y su falta de manos u otros aparatos prensiles capaces de producir artefactos. Las investigaciones de Wilhelm no eran las primeras, pero sus especulaciones parecían ciertamente las más atrevidas; y había manifestado su preocupación en una serie de conferencias, recabando fondos tanto del gobierno como de fundaciones privadas para construir el instituto hacia el que me dirigía yo en un jeep alquilado por carreteras llenas de surcos y arena, y junto a un Pacífico verde, en una luminosa tarde de abril, hace un año.
Aunque había oído hablar de Frederick Wilhelm y de su instituto, no estaba seguro de cómo y qué sabía él de mí. En cierto sentido, era comprensible que mi campo, la percepción extrasensorial y la telepatía, pudiese relacionarse con su trabajo; pero sus cartas iniciales y sus cablegramas no habían indicado detalle alguno sobre lo que esperaba de mi colaboración. Sus mensajes, efectivamente, me habían parecido eufóricos y evasivos, limitándome a descripciones grandilocuentes sobre sus proyectos fundamentales y ayudas, además de los detalles acerca de los aspectos financieros de nuestra asociación.
Quiero admitir que la cantidad de dinero que el doctor Wilhelm me ofreció fue un poderoso factor para que yo aceptase un trabajo cuya exacta naturaleza seguía poco clara. Como coordinador de investigación de una pequeña fundación oriental dedicada a los estudios de parapsicología, dependiente del grupo de Rhine en Duke, estaba harto de presupuestos raquíticos y sueldos famélicos. La oferta de Wilhelm había llegado como una oportunidad de oro en más de un aspecto, así que no perdí mucho tiempo en hacer mis maletas y emprender viaje a la radiante California.
En realidad, el lugar donde Wilhelm llevaba a cabo los experimentos me produjo más vacilación que ningún otro de los dudosos aspectos de su oferta. Confieso que siempre he sentido antipatía hacia California, a pesar del poco tiempo que recuerdo haber estado allí. Quizá he leído demasiadas obras de mordaces autores satíricos al estilo de Waugh y Nathanael West, pero a mí siempre me ha parecido algo decadente y hasta siniestro este autoalabado paraíso del Pacífico.
Mi impresión no quedó mitigada con mi llegada por vía aérea a la arenosa y galvánica ciudad de Los Angeles, ni con el paseo por el pequeño parque de la parte baja de la ciudad donde se reúnen los homosexuales, drogadictos y fanáticos de todas clases bajo las hinchadas y retorcidas palmeras, como suelen hacer tantísimos enfermos del manicomio del doctor Caligari. Para algunos, las almenadas murallas góticas o las contracorrientes de Nueva Inglaterra representan el súmmum del horror y ruina espirituales; para mí, la iluminada y chillona depravación de Los Angeles colmaba la medida. Como observó una vez el actor Fred Allen, California es un gran lugar si uno es una naranja. Este y otros muchos pensamientos giraban en mi cabeza mientras conducía mi jeep por el abrupto camino que, como había asegurado el jovial agente que me había alquilado el coche en San Simeón, me llevaría infaliblemente al Instituto de Estudios Zoológicos.
—La carretera no conduce a ningún otro sitio —me había informado, muy amablemente—. Después de girar a la izquierda, pasado el primer puesto de jugo de naranja..., ya sabe, ese quiosco que tiene la forma de una naranja muy grande. Siga por ahí, y que no le paren los hippies ni las mareas, hasta que termine la carretera.
Al mirar en torno mío, un poco nervioso, pude ver a mi izquierda una especie de campamento de tiendas de un blanco descolorido, y oscuras figuras veloces junto a la ondeante franja de olas del borde de la playa. ¿Eran los hippies a los que se había referido mi guía, esos seres burlones que se reían de todo en la periferia de nuestra sociedad, denigrando y mofándose de todos los esquemas y valores de tres mil años de civilización? ¿O me había tomado el pelo, y no eran más que un montón de jóvenes de clase media pasando una tarde en la playa y disfrutando del sol, la arena y el sexo, como una tregua en el desgastador agobio de nuestra sociedad dudosamente opulenta?
Andaban estos vulgares y pueriles pensamientos dando vueltas en mi cabeza, cuando súbitamente, la borrosa carretera describió una curva cerrada por encima de un rasante y me lancé repentina y sobrecogedoramente (como en un zoom cinematográfico) hacia lo que no podía ser otra cosa que el Instituto de Estudios Zoológicos.

II

—¿Qué sabe usted realmente de los delfines, o marsopas, como se los suele llamar a veces?—me preguntó el doctor Frederick Wilhelm, con sus ojos invisibles detrás de espesos lentes que reflejaban la luz filtrada de unos globos, bajo las doradas pantallas de su afelpado despacho.
Acabábamos de sentarnos a tomar un cóctel, hábilmente preparado por el propio Wilhelm, tras una rápida visita al Instituto, guiado por su director, inmediatamente después de acoger mi llegada en jeep.
Wilhelm había estado cordial y casi obsequioso, aunque me había parecido un poco raro por su parte que me hiciese recorrer las instalaciones sin darme tiempo siquiera a dejar el equipaje en mi apartamento y refrescarme un poco después del largo viaje. Lo atribuí a la vanidad de un pionero de la ciencia que se había hecho a sí mismo y se encontraba en la última etapa de sus investigaciones.
La impresión que saqué tras la rápida visita fue superficial y un poco precipitada: los largos, bajos edificios revocados de blanco que se extendían por la línea de la costa parecían más atiborrados de equipos sonoros, luminosos, fotográficos y de grabación, así como de otros menos identificables, de lo que se necesitaría para estudiar la lista entera de pasajeros del arca de Noé, así que no digamos ya una subespecie secundaria de mamíferos marinos.
No obstante, no había nada raro en el propio Wilhelm; era un pingüino grande, arrugado y gris en forma de hombre; se movía y hablaba con el conmovedor entusiasmo del escolar que acaba de descubrir que existe una cosa que se llama ciencia. Mientras me llevaba presurosamente de laboratorio en laboratorio con la lengua fuera, me explicó:
—Mañana veremos los estanques de delfines. Josephine, mi ayudante de investigación, Josephine Gilman, está trabajando allí ahora; se reunirá más tarde con nosotros a tomar unas copas y cenar.
Como había sabido a través de la correspondencia con el doctor Wilhelm, su personal directivo (que con mi llegada totalizaba el número de tres, contándole a él también) tenía su residencia en el Instituto, mientras que la docena o así de técnicos y ayudantes de laboratorio empleados aquí tenían que hacer todos los días el viaje de ida y vuelta a San Simeón en un microbús «Volkswagen».
Mientras estaba sentado en la penumbra del despacho suntuosamente decorado, ante un martini corrosivamente tentador, oí alejarse el microbús, y comprendí que me encontraba a solas en el extenso complejo de edificios con su director y la inimaginable Josephine Gilman.
—¿Qué sabe usted realmente acerca de los delfines? —estaba diciendo Wilhelm.
—Lo que sabe un profano —contesté con franqueza, casi sin darme cuenta—. Sé que esta investigación comenzó en la década de 1950, que se dijo que el tamaño del cerebro del delfín y las adaptaciones especializadas hacían probable un alto grado de inteligencia, y que estaba dotado de un equipamiento sensorial que sugería una posibilidad de comunicación con el hombre. Que yo sepa, hasta la fecha no se ha llegado a nada concluyente, a pesar de los innumerables esfuerzos. Compré los libros del doctor Lilly sobre sus investigaciones en las Islas Vírgenes, pero todo esto ha sucedido tan de prisa que no he tenido tiempo de leerlos todos, aunque los he traído conmigo, en la maleta.
—No se moleste en leerlos —interrumpió el doctor Wilhelm, volviendo a llenar mi vaso de una coctelera de cristal con el clásico dibujo grabado de un niño cabalgando sobre un delfín—. Yo puedo mostrarle aquí cosas que Lilly no habría soñado jamás.
—Pero el gran misterio para mí —tuve la temeridad de manifestar— es por qué estoy aquí. ¿Acaso quiere que hipnotice a sus delfines, o que lea sus pensamientos?
—No exactamente —contestó Wilhelm—. Al menos, no en la presente etapa. Lo que realmente me propongo es que usted empiece por hipnotizar a un ser humano, para ver si esa persona puede hacerse más sensible a las pautas de pensamiento del animal.
»Hemos trabajado mucho, siguiendo las directrices de Lilly, grabando y analizando los sonidos que emiten esas bestias, tanto bajo el agua como en el aire: chasquidos, balidos, silbidos, una amplia gama de sonidos.., algunos de ellos por encima del espectro sonoro audible del ser humano. Hemos registrado estos sonidos, los hemos codificado y los hemos introducido en los ordenadores, pero no nos han proporcionado ninguna pauta de lenguaje, aparte de ciertas señales muy evidentes de dolor, angustia, apareamiento... señales que emiten muchas clases de animales, pero que no podemos calificar de lenguaje real. Y aunque los delfines imitan la voz humana, a veces con sorprendente claridad, por lo general parece un parloteo vacío, sin comprensión real.
»Al mismo tiempo, sin embargo, nuestros encefalogramas muestran en los cerebros del delfín pautas de emisión eléctrica similares a las que se registran durante el habla humana, y en partes del cerebro análogas a nuestros centros de lenguaje... todo esto, sin existir vocalización de ningún género, ni subsónica ni suprasónica, ni en el medio aéreo ni en el medio acuático.
»Esto nos lleva a la teoría de que el medio básico de comunicación del delfín puede ser telepático, y a la convicción de que no podemos entrar en contacto con ellos de ningún otro modo.
Yo me sentía algo desconcertado.
—¿Cuenta usted entre su personal con un sujeto experimentado que sea telepáticamente sensible, o va a contratar a una persona así? —pregunté.
—Mucho mejor que eso —exclamó el doctor Wilhelm triunfal, dándose ligeros tirones de los lentes, con énfasis—. Tenemos a una persona sensible y familiarizada con los animales desde hace muchos meses, alguien que sabe cómo piensan, sienten y reaccionan los delfines; alguien que ha vivido con los delfines tan cerca que casi podría ser aceptada entre ellos como un delfín más.
—Se refiere a mí, señor Dorn. —En la puerta que comunicaba con el oscuro vestíbulo apareció suavemente la pequeña figura de una mujer.

III

Mirándola de soslayo por encima de la mesa Iluminada con velas, una hora más tarde, concluí que Josephine Gilman era llamativa, pero no guapa. Bastante joven, con una figura formada, carecía de verdadera distinción debido al tinte barroso y más bien atezado de su piel, y especialmente por la fijeza de sus ojos protuberantes.
Su actitud tampoco despertaba simpatía. Podía perdonarse su melodramática entrada en el despacho del doctor Wilhelm esa tarde, aun cuando parecía implicar que había estado escuchando fuera durante cierto tiempo. Pero en la conversación subsiguiente, había demostrado ser tan monomaníaca como su jefe respecto de sus experimentos, y tener muchísimo menos sentido del humor. Una digna Trilby para el benigno y avuncular Svengali de Wilhelm.
—Pero naturalmente —me dijo, durante el café—, usted conocerá todas las viejas historias griegas y romanas acerca de los delfines, señor Dorn. Cómo congregaban a los peces en rebaños para ayudar a los pescadores, y cómo salvaban a las personas en peligro de ahogarse, y a veces hasta se enamoraban de jóvenes atractivos y se los llevaban al mar montados sobre sus lomos. Hay una larga historia sobre las amistosas relaciones entre nuestras dos especies, aun cuando el último incidente parece basarse en... ¿cómo diríamos, un malentendido?
—No sé a qué se refiere, señorita Gilman —dije—. Por lo que he podido observar ya en California, algunos de nuestros modernos jóvenes intentarían lo que fuese, al menos una vez.
—Surf, arena y sexo —intervino el doctor Wilhelm como un slogan—. Sé a qué se refiere. Tenemos de esos tipos acampados en la playa precisamente ahora, al sur de la curva. Hippies, se llaman a sí mismos, hoy en día. Pero volviendo a los delfines, son una especie de lo más inteligente. No estoy completamente seguro de que su buen índice de «relaciones públicas», por llamarlo de alguna manera, a través de los tiempos, sea realmente auténtico —prosiguió Wilhelm—. A veces incluso creo que se parece a la forma en que las gentes supersticiosas solían referirse a las hadas y gnomos como la «buena gente» para adularles, por temor a lo que pudieran hacer. Así tenemos nosotros el tipo de hada de las canciones de cuna y de Walt Disney sustituyendo a las ocultas razas de gnomos, los amenazadores, raquíticos y desplazados moradores de los montes que fueron su origen real.
Josephine Gilman tomó su taza de café y se encogió como para expresar desacuerdo.
—No, Jo, debe de ser algo así —insistió Wilhelm, levantándose y paseándose por delante de una enorme estantería del oscuro rincón de la habitación—. Deja que te ponga un ejemplo de tradición no occidental. —Buscó un libro en uno de los estantes superiores—. Sir Arthur Grimble fue gobernador colonial en las islas Gilbert no hace muchos años. Visitó un atolón llamado, ¿cómo era?, Butaritari, donde se suponía que había un hombre que podía llamar a los delfines. —Wilhelm encontró el libro que buscaba, y lo abrió torpemente—. Grimble dice... ahora verás, aquí está: «Su espíritu salía de su cuerpo en sueños; e iba en busca del pueblo de las marsopas, a su misma morada bajo el horizonte occidental, y las invitaba a las danzas y festines de la ciudad de Kuma. Si él pronunciaba las palabras de invitación correctamente (y muy pocos poseían el secreto de ellas), las marsopas le seguían dando gritos de alegría hasta la superficie.» Bueno, Grimble lo presenció personalmente. El lugar estaba mortalmente quieto aquella tarde bajo las palmeras, según lo describe él, y los niños se habían congregado bajo los sombrajos, las mujeres estaban absortas trenzando guirnaldas de flores, y los hombres pulían en silencio sus ceremoniales ornamentos de conchas. Los aderezos del festín estaban dispuestos en cestas. De repente... Espera que lo encuentre... «un aullido estrangulado brotó de la choza del soñador. Salió éste precipitadamente y se detuvo arañando al aire —dice Grimble—, y gimiendo en unos tonos extraños, como de cachorro. Brotaron las palabras de ¡Teiraki! ¡Teiraki! Amigos de occidente... ¡Vayamos a darles la bienvenida!»
»Del pueblo brotó un rugido, y todos corrieron hacia la playa del borde oceánico del atolón. Se extendieron y avanzaron chapoteando por la playa poco profunda, ataviados todos ellos con las guirnaldas trenzadas esa tarde. De las profundidades aparecieron las marsopas "saltando hacia nosotros con rapidez". Todo el mundo chillaba con fuerza. Cuando las marsopas llegaron al borde del arrecife, aflojaron la marcha, se desplegaron, y empezaron a nadar horizontalmente por delante de la fila humana. Luego, de pronto, desaparecieron.
El doctor Wilhelm trajo el libro a la mesa, se sentó, y se terminó el café que le quedaba.
—Grimble creyó que se habían ido. Pero un momento después, el soñador señaló hacia abajo, murmurando: «El rey de occidente viene a saludarme». Y allí, a no más de diez metros, había una enorme silueta de marsopa, «quieta como una sombra vacilante en el agua verdosa y cristalina. Detrás le seguía toda una oscura flota de animales».
»Las marsopas parecían en suspenso, como en trance. Su guía avanzó lentamente hasta las piernas del invocador. "Al acercarnos a las aguas color esmeralda, las quillas de las criaturas empezaron a rozar la arena: daban suaves golpes con las aletas como pidiendo ayuda. Los hombres se inclinaron para rodear sus cuerpos con los brazos y ayudarles a nadar sobre las olas. Ellas no manifestaron el menor signo de alarma. Era como si su único deseo fuese llegar a la playa.
»"Cuando el agua les llegó a los hombres a los muslos, se congregaron alrededor de las marsopas diez o más por cada una. Entonces el soñador gritó: '¡Izad!', y las formas negras y pesadas fueron medio varadas, medio transportadas en el aire, hasta el borde del agua, sin ofrecer resistencia. Allí se acomodaron, las hermosas y honradas formas, completamente sosegadas, mientras una infernal algarabía estallaba en torno a ellas."
Los lentes de Wilhelm reflejaron las llamas de las dos velas de la mesa; era imposible ver sus ojos. ¿Era este extravagante relato, pensaba yo, el verdadero fundamento de su creencia en la posibilidad de la comunicación telepática con los delfines?
—Hombres, mujeres y niños —continuó— saltaban y gesticulaban y proferían gritos que desgarraban el cielo, y se arrancaban las guirnaldas y las arrojaban alrededor de los cuerpos inmóviles, en una súbita y espantosa furia de ostentación y de burla. «Mi mente —dice Grimble—, aún se estremece ante esta última escena: los humanos delirando, y las bestias triunfalmente sosegadas.» Bueno, ¿qué piensa usted de eso? —cerró el libro.
—Parece —contesté— que los isleños hicieron a los delfines objeto de cierta clase de ritual religioso, y que los delfines gozaron del espectáculo. Parece como si nuestros vecinos los hippies fueran a hacer algo parecido.
—Se equivoca en ese sentido —dijo Josephine Gilman solemnemente—. Esa gente de la playa odia a los delfines. O les tiene miedo.

IV

El día siguiente amaneció húmedo y nublado. Mientras desayunaba en la terraza acristalada contigua a mi habitación, que dominaba las agitadas olas de color gris verdoso del Pacífico, al otro lado de la estrecha franja arenosa, vi al doctor Wilhelm vagando por la playa en lo que parecía un paseo matinal. De pronto, me di cuenta de que no estaba solo; avanzando afanosa para reunirse con él, iba una figura fantástica: era un hombre con botas y barba, vestido con una piel, el semblante bulboso y una enmarañada masa de pelo coronada por una enorme boina roja; me pareció una tosca caricatura del conocido retrato de Wagner. ¡Era uno de los hippies!
Un impulso, quizá la simple curiosidad, me movió a tragarme precipitadamente los huevos y las tostadas que el puntual camarero me había traído en una bandeja, salir a la playa por la puerta de atrás, y unirme a la extraña conversación sostenida bajo las estriadas nubes de plata, en el momento en que Wilhelm recibía a su extraño visitante.
La actitud de mi patrón parecía brusca y poco amistosa, mientras escuchaba lo que el barbudo le estaba diciendo. Aminoré el paso y me acerqué a ellos, como por casualidad; hasta que no estuve muy cerca, todo lo que oí fue el siseo sibilante de las olas sobre la arena, casi junto a nuestros pies.
—Buenos días, señor Dorn —exclamó Wilhelm, evidentemente contrariado de verme—. Quizá deba usted conocer al señor Alonso Waite, ya que es nuestro vecino. El señor Waite es el sumo sacerdote, o como quiera él llamarse a sí mismo, de ese montón de hippies de la carretera.
—Yo no me llamo de ninguna manera —replicó el otro vivamente—. Mis discípulos me han concedido el título de gurú o guía espiritual, porque he pasado más tiempo en ejercicios místicos que ellos. Pero ni busco ni acepto ninguna preeminencia entre ellos. Somos todos compañeros peregrinos en la sagrada búsqueda de la verdad. —Su voz era profunda, cavernosa, extrañamente solemne; y sus palabras, aunque excéntricas, parecían más cortésmente cultivadas de lo que yo había esperado.
—Todo está muy bien, quizá —exclamó Wilhelm impertinentemente—, pero esa búsqueda de la verdad parece decidida a interferir en la mía.
—He venido simplemente a advertirle, como le he advertido antes, que su trabajo con los delfines es potencialmente muy peligroso, para usted y para los demás. Debería abandonar esos estudios y dejar en libertad a esas bestias, antes de que esto acarree graves consecuencias.
—¿Y en qué evidencia basa usted esta extraordinaria profecía? —inquirió agriamente Wilhelm—. Dígaselo al señor Dorn; yo ya he oído todo eso antes.
La cavernosa voz de Waite se hizo aún más baja:
—Como usted debe de saber, la Liga para el Descubrimiento Espiritual ha estado trabajando con sustancias dilatadoras de la mente, no drogas en el sentido estricto, que producen intuiciones y percepciones que escapan al cerebro ordinario. No somos de ese grupo, pero también proclamamos que esos estados son auténticos trances extáticos, comparables o superiores a los que siempre han desempeñado una función vital en todas las religiones orientales, y que la ciencia moderna haría bien en reconocer e investigar.
—Eso atañe más al campo del señor Dorn que al mío —dijo Wilhelm, inquieto—. Es parapsicólogo. Yo no sé nada sobre cuestiones de ésas, aunque nada de todo esto me resulta verosímil.
—¿Pero qué tiene todo esto que ver con los delfines? —pregunté al barbudo gurú.
—Nuestros sueños y visiones se han visto turbados últimamente por la presencia de grandes formas blancas y amenazadoras que cruzan e interrumpen los sagrados trazados policromos de los mandalas que nos conducen a una comprensión espiritual más grande —explicó Waite—. Esas formas son las vibraciones que emanan de las criaturas que usted tiene encerradas aquí, a las que usted llama delfines, pero que nosotros conocemos por un nombre más antiguo. Estas criaturas son malignas; poderosas y malignas. Como sus experimentos han aumentado, las perturbadoras manifestaciones se han intensificado. Estas vibraciones son terriblemente destructivas, no sólo mentalmente, sino físicamente también. Por su propio bien, le aconsejo que desista, antes de que sea demasiado tarde.
—Si lo que nosotros hacemos altera sus visiones de opio —exclamó Wilhelm con mal disimulado desprecio—, ¿por qué no se van a otra parte y se ponen fuera de alcance?
El hombre alto y barbudo parpadeó y miró a lo lejos.
—Debemos permanecer aquí y concentrar nuestros poderes psíquicos con el fin de combatir las vibraciones malignas —contestó serenamente—. Hay ciertos ejercicios y ceremonias espirituales que pueden ayudar a contener o a desviar el peligro temporalmente. De hecho, lo único seguro por su parte es soltar a esas viejas y perversamente inteligentes criaturas, y renunciar a su experimento.
Waite miró solemnemente hacia el mar, y su figura adquirió un aire grotesco, presagioso y grave, con su enorme boina y su atuendo de pieles tremolando al viento.

V

—Ha sido una escena de película de ciencia ficción —murmuró Wilhelm airado mientras me conducía hacia el enorme laboratorio en forma de granero y de elevado techo, hacia una puerta trasera concretamente. No parecía dar por olvidado el incidente de la playa, y le molestaba más de lo que yo podía comprender.
Por mi parte, consideré al tal Waite un producto típico de California, aunque más inteligente que la mayoría, y dudé que llegásemos a tener verdaderos problemas con él.
—Ya ha visto nuestro equipo de registro sonoro aéreo y acuático —dijo Wilhelm, cambiando finalmente de tema—. Ahora va a ver dónde se utiliza, y dónde deberá usted concentrar su trabajo.
La parte posterior del laboratorio daba a la playa; cerca del borde del agua había un edificio más pequeño y sin ventanas; era largo, bajo, y estaba revocado de cemento blanco como los demás; Wilhelm me condujo a él y abrió su puerta metálica con una llave que se sacó del bolsillo.
El interior estaba ocupado casi completamente por un depósito hundido que parecía una pequeña piscina cubierta. El estrecho borde que rodeaba el tanque en tres de sus lados contenía paneles de control eléctrico, cuadros de mandos y demás instrumentos conectados con el gran aparato de grabación y los bancos de datos del laboratorio grande. La parte del edificio que daba al océano consistía casi en su totalidad en una especie de compuerta que podía abrirse dando acceso a un túnel que comunicaba con el mismo océano, como supe después, de forma que el agua podía limpiarse y renovarse cuando hiciese falta. Una lámpara de cruda luz fluorescente cabrilleaba sobre la centelleante superficie de la piscina, despidiendo onduladas espirales de luz que se reflejaban en todos los rincones de la sala; se oía un siseo apagado procedente de los radiadores de vapor, junto con los termostatos que mantenían constante y controlable la temperatura del aire y del agua.
Pero nada de esto atrajo mi inmediata atención; pues por fin me encontraba aquí ante el sujeto del experimento mismo: una forma flexible, voluminosa aunque graciosa —moteada de gris por encima, de un blanco sucio por debajo, con un hocico largo de dientes serrados y ojos hundidos e inteligentes—, quieta en el agua poco profunda y moviendo lentamente las aletas.
Pero no estaba solo; pues el delfín compartía su estanque con Josephine Gilman, vestida con un traje de baño de un vivo color rojo que realzaba su figura de modo impresionante. En efecto, me encontré mirando con más atención a Josephine que a su acuático compañero.
—Hola —el saludo de Josephine fue dulce, pero sugería una velada ironía, como si fuera consciente de mi mirada secreta.
—Jo vive más o menos en este estanque hace unos dos meses y medio —explicó el doctor Wilhelm—. La idea es que establezca una completa relación con Flip, el delfín, y anime cualquier intento de comunicación por su parte.
—Flip —intervino Josephine— es la abreviatura de Flipper, naturalmente; el delfín de aquella vieja serie de TV, en virtud de la cual la gente empezó a tomar conciencia de la inteligencia del animal.
Jo rió, izándose diestramente al enlosado ángulo del estanque.
—El show era exactamente una Lassie marina, por supuesto —alargó la mano y se envolvió cómodamente en un pesado albornoz—. ¿Alguien toma café? Hace un poco de frío hoy para estas prácticas matinales.
Mientras Jo servía café en una mesita de sílex, Wilhelm me fue facilitando datos de Flip.
—Es un excelente ejemplar de Tursiops truncata, aunque un poco más pequeño de lo normal: mide unos dos metros actualmente. El cerebro pesa más o menos 1.700 gramos; 350 gramos más que el cerebro humano, con comparable densidad de células.
»Hace un año que tenemos a este camarada, y aunque emite todos los sonidos por los que se distinguen (ladridos, gruñidos, chasquidos y silbidos y ruidos como de raspar) e imita incluso la voz humana, no podemos sacar de él una pauta lingüística. Sin embargo, ellos deben de hablar entre sí. Mi primer interés por la delfinología se despertó por un informe sobre las cartas de sonar que los barcos de la Marina dieron cerca de Ponape, en el Pacífico sur. Las cartas mostraban una ordenada disciplina de sus movimientos submarinos en kilómetros de distancia; y algo más: una pauta o formación de movimientos matemáticamente exactos que sugiere o bien un juego complicado o una especie de ritual.
—Puede —interrumpí alegremente— que practicasen la ceremonia que tanto impresionó al gobernador Grimble.
—De cualquier modo —dijo Jo, dejando su taza y apretándose el cinturón sobre el albornoz—, en diez semanas no he conseguido nada en absoluto con Flip, y ahora se supone que usted nos llevará a la adecuada longitud de onda. También tiene que proporcionarnos algunas sugerencias sobre pruebas de comunicación. Francamente, no tengo mucha fe en ello; pero si Fred quiere intentarlo, yo cooperaré con el menor número posible de reservas mentales.
Recordando un pasaje del libro pionero del doctor Lilly sobre delfines, pregunté a Wilhelm:
—¿Ha implantado electrodos en el cerebro de la bestia para los experimentos de estímulo-placer?
—Hemos ido más allá de todo eso —contestó Wilhelm impaciente—. Se sabe desde hace años que aprenden las más complejas pautas de reacción casi inmediatamente después del estímulo, mucho más allá de lo que puede alcanzar cualquier animal inferior. Además de, hablando crudamente, una especie de masturbación eléctrica, o de LSD, como propugnan nuestros amigos de ahí de la playa. Eso no indica el debido respeto por nuestra fundamental igualdad con el delfín... o a su superioridad sobre nosotros, como podría ser el caso.
Mientras seguía esta conversación, mi atención fue desplazándose gradualmente hacia el animal, que flotaba en el estanque junto a nosotros. Evidentemente, seguía nuestra charla, aunque supuse que sin la menor comprensión verbal. El único ojo visible se movía de uno a otro de nosotros con vivo interés, incluso me pareció sorprender expresiones humanas en él: interés de propietario cuando se volvía hacia Josephine Gilman, de divertida tolerancia con respecto al doctor Wilhelm, y hacia mí, ¿qué? ¿Resentimiento, animosidad, celos? ¿Qué figuraciones me estaba forjando yo bajo las deslumbrantes luces de un laboratorio científico?
—Tendrá que familiarizarse más con Flip —decía Wilhelm— si quiere ayudarnos a interpretar el delfinés; usted y él deben hacerse buenos amigos.
Hubo una conmoción en el agua; Flip se volvió súbitamente hacia la izquierda y nadó medio sumergido, emitiendo el primer sonido de delfín que yo oía en mi vida: un penetrante silbido de burla.

VI

Esa noche después de cenar, Josephine Gilman y yo paseamos por la playa bajo una luna que resplandecía de modo intermitente a través de las nubes. El doctor Wilhelm estaba en su despacho redactando notas, y el ama cocinera, última en marcharse cada noche, se alejaba en dirección a San Simeón en el ruidoso «Land Rover» del Instituto.
Yo no sabía cómo interpretar mis propios sentimientos hacia Jo. Al verla aquella mañana en el estanque con el delfín, me había atraído intensamente y me había dado la impresión de que se hallaba en su propio elemento. Pero durante la cena, con un frívolo vestido de cóctel que no le acababa de sentar, me repelió una vez más, con su piel cetrina, sus ojos saltones y su falta de humor.
—Mañana deben empezar las sesiones de hipnotismo —le recordé, mientras paseábamos lentamente hacia el borde de las olas—. ¿Está completamente decidida a someterse a ellas?
—Haré lo que Fred crea que es mejor, y supondré lo que él suponga, al menos temporalmente. Estoy perfectamente preparada para eso, dentro de lo que cabe. ¿Sabía usted que una vez quiso que me casara con él? Pero ahí es donde puse la raya.
—No —me sentí ofuscado ante la repentina confesión de sus asuntos personales.
—Creo que fue por conveniencia, principalmente. Su primera esposa había muerto, trabajábamos juntos, compartíamos los mismos intereses... incluso teníamos que quedarnos por la noche los dos juntos, vigilar el trabajo las veinticuatro horas del día, cuando era preciso... Bien, habría hecho las cosas más fáciles; pero le dije que no.
—¿Cómo empezó a interesarse usted por... la delfinología, es ésa la palabra? —traté de cambiar de tema. Habíamos llegado al punto a partir del cual las olas se retiraban, dejando franjas de espuma siseante, irridiscente, casi visibles en la oscuridad.
—En realidad siempre me he sentido fascinada por el mar y los seres que viven bajo el agua. Solía pasar la mitad del tiempo en el acuario, allá en Boston... en el acuario, o en el puerto.
—¿Es de Boston su familia?
—No originalmente. Mi padre pertenecía a la Marina, y estuvimos viviendo allí durante mucho tiempo, desde que murió mi madre. Su familia procedía de un pueblo ruinoso, con un puerto de mar y un molino, llamado Innsmouth, más arriba de Marblehead. Los Gilman son una antigua familia de allí. Tenían negocios balleneros y comercio con las Indias Orientales desde hace lo menos doscientos años, y supongo que de ahí me viene el interés por la oceanografía.
—¿Va con frecuencia por allí?
—No he ido nunca, por extraño que parezca. Casi todo el pueblo quedó arrasado por un incendio allá en la década de 1920, antes de que naciese yo. Mi padre decía que era un lugar muerto y deprimente, y me hizo prometer hace años que me mantendría alejada de allí... no sé exactamente por qué. Eso fue poco después de una visita que él hizo al lugar, y en su siguiente viaje se cayó por la borda del destructor que mandaba. Nadie sabe cómo ocurrió; el tiempo estaba en calma.
—¿No ha sentido nunca curiosidad por averiguar por qué quiso mantenerla alejada de... cómo ha dicho, Innsville? —tartamudeé.
—Sí, sobre todo después de su muerte. Consulté los periódicos de la época en que tuvo lugar el incendio (las bibliotecas de Boston no tenían casi nada más sobre Innsmouth), y encontré una historia que podía tener alguna conexión. Hacía absurdas alusiones a que las gentes de Innsmouth habían traído con ellos, hacía años, una especie de salvajes idólatras híbridos de los Mares del Sur, y que comenzaron un culto al demonio que les proporcionó tesoros sumergidos y poderes sobrenaturales sobre el tiempo. La historia insinuaba que los hombres mezclaron su sangre con las sacerdotisas polinesias o lo que fueran, y que ésa fue una de las razones por la que las gentes de las cercanías les evitaban y odiaban.
Pensé en la atezada piel de Josephine y en sus extraños ojos.
Habíamos recorrido un kilómetro o más, desde el Instituto, y de pronto nos dimos cuenta de que la oscuridad que teníamos delante remataba en un débil resplandor vacilante, como de una hoguera, en la parte sur de la playa. Al mismo tiempo, se hizo audible una especie de rumor o cántico viscoso que venía de la misma dirección. De repente, un alarido histérico muy alto, resonando en espantoso éxtasis, desgarró el aire de la noche y se prolongó increíblemente —ya henchido de terror, ya burlonamente irónico, ya insensatamente animal—, elevándose y disminuyendo en un frenesí que sugería sólo el delirio o la demencia, hasta llegar al más alto grado concebible en el ser humano... o infrahumano.
Sin pensarlo ni quererlo, Josephine y yo nos abrazamos y nos besamos con un abandono que pareció responder al salvaje maullido de la playa.
Los hippies, al parecer, celebraban su prometido ritual para exorcizar la maligna influencia de las siniestras criaturas del mar.

VII

Los pocos días siguientes pueden sintetizarse perfectamente en las anotaciones del diario clínico que empecé a llevar a partir del inicio de nuestro intento de establecer contacto telepático con el delfín Flip, mediante hipnosis de un sujeto humano:

20 de abril:
Esta mañana he sometido a Josephine a una ligera hipnosis, encontrando que es un sujeto casi idealmente sugestionable. He impuesto órdenes poshipnóticas con el fin de que estuviese alerta y se concentrase en la mente del delfín para captar cualquier mensaje que emanara de él. Al despertarla, regresó al tanque con Flip y pasó el resto del día allí, realizando diversos juegos que han inventado juntos. Es digno de observar lo adicto que le es el animal, siguiéndola por la piscina y protestando con sonoros ladridos y balidos cada vez que ella sale del agua. Flip acepta el alimento, pescado crudo, sólo de sus manos.
Le he preguntado al doctor Wilhelm si hay algún peligro en esas mandíbulas de aspecto perverso y pobladas de dientes que atrapan el pescado como un par de cizallas enormes y mortales. Dice que no; ni en la historia ni en la leyenda se recoge noticia alguna de que un delfín haya atacado jamás, ni aun accidentalmente, a un hombre. Luego me ha citado un pasaje de Plutarco —su erudición es profunda, aunque parcial— que posteriormente he consultado en la biblioteca. Es éste:
«Sólo al delfín, por encima de todos los demás, ha concedido la Naturaleza aquello a lo que aspiran los mejores filósofos: la amistad sin beneficios...»

22 de abril:
Seguimos sin resultados. Wilhelm quiere que intente una hipnosis más profunda y una sugestión más fuerte. De hecho, ha propuesto que dejemos a Josephine en trance durante períodos de un día o más, con la imprescindible capacidad de volición para mantener la cabeza por encima del agua del tanque. Cuando le he objetado que era peligroso, ya que en tal estado podría ahogarse fácilmente sin que lo advirtiésemos, Wilhelm me ha dirigido una mirada extraña y me ha dicho: «Flip no lo consentiría...»

25 de abril:
Hoy, dada la carencia de progreso alguno, he accedido a intentar el plan de la segunda etapa de Wilhelm, puesto que Jo consiente. La he dormido junto al ángulo de la piscina mientras Flip vigilaba curioso (no creo que yo le caiga en gracia a este delfín, aunque no he tenido dificultades en trabar amistad con los del tanque más grande, de la parte norte de la playa). Tras inculcar en su subconsciente las más vigorosas admoniciones para que tuviese cuidado con el agua, he dejado que entrara en la piscina durante unas horas. Su comportamiento, naturalmente, es el de un sonámbulo o una persona en estado letárgico. Se sienta en el borde de la piscina o camina dentro del agua vadeándola abstraídamente. Flip parece desconcertado y resentido de que no juegue a los juegos habituales con él.
Cuando he acudido a ayudar a Jo a salir de la piscina, al cabo de una hora o así, el delfín ha pasado a terrible velocidad, y estoy seguro de que ha estado a punto de darme una dentellada en el brazo, haciendo de mí el primer hombre mordido por un delfín de toda la historia; pero al parecer cambió de idea en el último momento y se desvió, graznando y rechinando furiosamente, con su ojo visible brillando de cólera...

27 de abril:
El doctor Wilhelm quiere que aumente el período de Jo en la piscina bajo hipnosis. Porque cuando ella despertó ayer, dijo que recordaba vagas y extrañas impresiones que podían ser imágenes telepáticas o mensajes. Estoy casi seguro de que se trata de seudorrecuerdos, creados por su subconsciente para complacer al doctor Wilhelm, y me he manifestado enérgicamente en contra de esta fase del experimento.
Esas orgías hippies del sur de la playa prosiguen casi cada noche, a todas horas. Los tres estamos perdiendo el sueño y llegando al límite de nuestra paciencia; especialmente Jo, que se cansa fácilmente tras estos períodos más largos bajo hipnosis.

28 de abril:
Jo ha tenido una impresión especialmente vívida de una especie de escenas o imágenes que le han sido transmitidas durante su estado de hipnosis, después de haberla sacado ya del trance esta tarde. A sugerencia de Wilhelm, la he sometido otra vez para ayudarla a recordar, y hemos grabado algunos intercambios de preguntas y respuestas poco convincentes. Ha hablado de una ciudad de piedra en ruinas bajo el mar, con arcos cubiertos de algas y cúpulas y espiras, y de criaturas marinas que pululan por sus calles sumergidas. Una y otra vez ha repetido una palabra que sonaba algo así como «Arlyah». Es pura imaginación, estoy seguro, motivada por recuerdos de poemas de Poe o de libros de horror barato... puede que incluso por la historia que Wilhelm nos leyó sobre las marsopas de isla Gilbert y su «Rey de Occidente». Sin embargo, Wilhelm estaba excitado, y lo mismo Josephine, al despertar y oír la grabación. Los dos quieren que la someta a un profundo trance y la deje en la piscina el día entero. Considero esto una idea disparatada, y así se lo he dicho a ambos.

29 de abril:
Esta mañana Wilhelm me ha insistido otra vez. Le he dicho que no me responsabilizaba de lo que pudiese suceder, y ha contestado: «No, por supuesto que no; el responsable de cuanto ocurra en este Instituto soy yo.» Entonces me ha enseñado una especie de aparejo o cabria con un pantalón de lona que él podía armar en la piscina, firmemente asegurado a los bordes, donde Jo podía ir sujeta y con libertad para anclar por el agua sin peligro de ahogarse bajo hipnosis.

30 de abril:
Todo se ha desarrollado sin dificultad, y al menos Jo y Wilhelm están convencidos de que lo que ellos llaman sus «mensajes» se están volviendo más vívidos y concretos. Para mí, lo que ella recuerda bajo ligera hipnosis no son más que desvaríos o fantasías mezclados quizá con esos extraños rumores referentes al pueblo natal de su padre, llamado Innsmouth, del que me habló hace días. No obstante, los dos quieren repetir el experimento durante otro día más; yo he accedido, ya que parece que no encierra ningún peligro.

VIII

«¡No encierra ningún peligro!» Si cuando escribí estas palabras hubiera tenido siquiera una sospecha de lo que ahora sé, habría suspendido el experimento inmediatamente; o me habría marchado de este puesto avanzado del océano, en el borde de lo desconocido, amenazado por la superstición fanática desde el exterior, y por la hubris de un científico obstinado, desde el interior. Pero aunque había indicios, reconocibles más tarde, en aquel momento no vi nada, no sentí nada, sino una vaga e indefinida desazón, así que no hice nada; y de este modo, debo compartir la culpa de lo que sucedió.
Avanzada la noche del 30 de abril, poco después de haber escrito la nota del diario transcrita más arriba, el doctor Wilhelm y yo salimos de nuestras habitaciones al oír un alarido en el que, aunque débil y apagada por la distancia, reconocimos inmediatamente la voz de Jo, y no el infrahumano aullar de nuestros drogados vecinos.
Si alguien me pregunta ahora por qué dejamos a Jo Gilman sola en el tanque del delfín esa noche, admitiré que parece una negligencia criminal o una inexcusable estupidez. Pero Wilhelm y yo la habíamos estado vigilando la noche antes mientras colgaba medio sumergida en su aparejo de lona y soñaba sus sueños extraños bajo la luz de los tubos fluorescentes. El aparejo la mantenía con la cabeza y el tórax bastante fuera del agua; y Flip, tendido sosegadamente en el tanque, parecía dormitar también (aunque los delfines no duermen, ya que deben mantenerse en superficie para respirar, como las ballenas). Así que esta segunda noche, accediendo a los ruegos que ella misma nos había hecho previamente, Wilhelm y yo nos habíamos ido a cenar y luego nos retiramos a descansar a nuestras habitaciones.
El grito que sacudió el vago torpor que nos invadía por la falta de descanso, se oyó alrededor de las diez de la noche. La habitación del doctor Wilhelm estaba más próxima al laboratorio grande que la mía; por tanto, pese a sus años y a su corpulencia, llegó antes que yo a la pesada puerta de hierro del acuario de junto a la playa. Al acercarme al edificio, pude verle manotear tembloroso en la cerradura. Me quedé desconcertado cuando me espetó jadeante por encima del hombro:
—¡Espere aquí!
No me dejó opción, porque se deslizó al interior y cerró la puerta de golpe tras él. La cerradura actuó automáticamente, y como sólo Wilhelm y el jefe técnico del laboratorio —ahora en San Simeón, a tres kilómetros— tenían llave, me vi obligado a obedecer.
Puedo recordar y revivir con todo detalle la agonía y temor de aquella vigilia, mientras el siseante oleaje se acumulaba a sólo unos metros bajo un viento refrescante, y una luna casi llena brillaba con irónica tranquilidad por encima del edificio espectralmente blanco, mudo, sin ventanas.
Había echado antes una mirada a mi reloj, mientras corría por la playa, así que comprobé que habían transcurrido casi exactamente diez minutos desde que Wilhelm cerró la puerta hasta que ésta volvió a abrirse: lenta, chirriante, recortando la abertura, como siempre, un rectángulo de cruda, deslumbrante luz.
—Ayúdeme a llevarla —murmuró Wilhelm desde dentro, y volvió a desaparecer.
Entré. Había sacado la débil forma de Jo Gilman del agua y la había envuelto con varias de las amplias toallas de playa que siempre había a mano cerca del tanque. Al mirar más allá de la figura, me asusté al ver el aparejo de Jo flotando desmembrado en la parpadeante superficie del agua; incluso parte de su traje de baño rojo, que parecía enredado en la lona hecha jirones. Vi también la oscura silueta del delfín Flip, completamente sumergido y extrañamente inmóvil en un ángulo del tanque.
—Vamos a llevarla a su habitación —murmuró Wilhelm cuando levantamos a Jo. Echamos a andar, tambaleantes, avanzando de lado en la arena mullida, llegamos al edificio vivienda, abrimos a tientas la puerta, entramos a trompicones en el apartamento de Jo (yo nunca había estado en él, pero Wilhelm parecía conocer el camino), y finalmente dejamos caer sin contemplaciones el cuerpo envuelto en la estrecha cama plegable.
—Llamaré a un médico —murmuré, dirigiéndome a la puerta.
—¡No, no! —exclamó Wilhelm, ajustando la débil luz de la cabecera de la cama—. En realidad no está herida; como zoólogo, sé lo bastante para darme cuenta de eso. Traiga la grabadora del laboratorio. Creo que aún está hipnotizada, y puede que nos cuente lo que ha sucedido.
—Pero yo he visto... —empecé casi sin aliento.
—Usted ha visto solamente lo que ha visto —gruñó irritado, mirándome con ojos encendidos a través de sus lentes, que reflejaban la luz de la lámpara—. Estaba en el borde de la piscina cuando entré, parcialmente consciente, con el aparejo quitado, y... ¡traiga la grabadora, por favor!
Aún no entiendo por qué obedecí sin replicar, pero corrí otra vez atropelladamente por la playa, con las llaves de Wilhelm en la mano, y recogí la grabadora portátil de la ordenada vitrina del laboratorio grande.
Cuando entré de nuevo con el aparato en la habitación de Josephine, me encontré con que el doctor Wilhelm se las había arreglado para meterla en un vestido incongruentemente frívolo y la había tapado con el embozo de la cama. Le estaba dando un masaje en las muñecas con movimientos mecánicos, y vigilaba su cara ansiosamente. Los ojos de Jo aún seguían cerrados, su respiración era áspera e irregular.
—¿Está bajo hipnosis o sufre un shock? —preguntó en tono cortante.
—Cualquiera de las dos cosas, o quizá las dos —respondí—. En esta situación, los síntomas pueden ser similares.
—Entonces, ponga en marcha el aparato.
No tardamos en comprobar que el estado de profundo mesmerismo en el que había sumido esa mañana a Jo Gilman aún perduraba. Pude sacarle alguna respuesta utilizando las palabras clave que empleaba yo para disparar el estado de trance, a las que recurría estos días con tanta familiaridad que casi resultaba asombroso.
—Jo, ¿puede oírme? Díganos qué le ha ocurrido —la insté dulcemente. El color empezaba a volverle a la cara; suspiró hondamente y se removió bajo las ropas de la cama. De lo que pasó a continuación, tengo como prueba no sólo mis propios recuerdos, sino también la transcripción mecanografiada de lo registrado en la grabadora, cuyo micrófono sostenía el doctor Wilhelm junto a su almohada con tensa expectación. He aquí un resumen —omito algunas de las repeticiones de Jo, y nuestras preguntas— de lo que oímos que murmuraban los amoratados labios de aquella mujer aletargada, junto al brillante Pacífico bañado por la luna, cerca de las doce de la noche de la Víspera de Mayo:
—Salir..., salir y unificar las fuerzas. Los que esperan en la acuática Arlyah (?), los que caminan por las nevadas inmensidades de Leng, silbadores y acechadores de la sombría Kadath..., todos se alzarán, todos se unirán otra vez para adorar al Gran Clulu (?), a Shub-Niggurath, a El Que no debe ser Nombrado...
»Me ayudarás, compañera del aire, poseedora de calor, depositaria de la semilla de la última siembra y de la inacabable cosecha... (aquí, un nombre impronunciable; posiblemente Y'ha-nthlei) celebrará nuestras nupcias, los laberintos de algas serán nuestro lecho, los silenciosos moradores de la oscuridad nos acogerán con gran júbilo danzando sobre sus patas de mil segmentos..., sus antiguos ojos relucientes están alegres... Y viviremos en medio de la maravilla y la gloria para siempre...
Jo boqueó y pareció luchar por despertarse. Mis sospechas habían cristalizado en una certeza:
—Es histeria —susurré.
—No; no es histeria —siseó el doctor Wilhelm, tratando en su euforia de hablar en tono suave—. No es histeria. Lo ha logrado. ¿No ve usted qué es esto? ¿No ve que repite ideas e imágenes que le han sido enviadas a ella? ¿No lo comprende? Lo que acabamos de escuchar es un intento de verbalizar lo que ha experimentado hoy: lo más asombroso que un ser humano ha podido experimentar: ¡la comunicación con otra especie inteligente!

IX

Del resto de esa noche recuerdo poca cosa. Los aparentes shocks de los ataques histéricos de Jo Gilman —pues así interpreté yo no sólo sus palabras inconscientes sino también el grito inicial y la lucha de su aparato inhibidor—, más la insensata interpretación de los incidentes que hizo mi patrón, sirvieron para desalentarme hasta el punto de que cuando Jo se sumió gradualmente en un sueño normal me excusé ante el doctor Wilhelm, me retiré a mi propia habitación antes de las doce y dormí ininterrumpidamente —ya que no de manera sosegada— durante diez horas.
Una sorpresa diferente me aguardaba cuando me reuní con ellos dos en el comedor, al día siguiente, al notar una reticencia que rayaba en conspiración de silencio, respecto a los sucesos de la noche anterior. Jo, aunque pálida y agitada, comentó ante los demás miembros que había sido «su viaje LSD», y el doctor Wilhelm habló de una fase abortiva de la «Operación Delfín» que había sido abandonada.
En cualquier caso, Jo abandonó completamente su anterior intimidad con Flip; en efecto, nunca más volví a verla en el edificio del acuario; al menos, hasta cierta ocasión cuyas circunstancias casi dudo en referir, aun en esta coyuntura.
De pronto, todos los esfuerzos de investigación parecieron desplazarse súbitamente hacia los poblados criaderos de delfines jóvenes, al norte de la playa, y a mí se me encargó que interpretase las cartas de sonar y las pautas del movimiento subacuático grabadas en diagramas que podían —o no— indicar una comunicación telepática múltiple entre los individuos y grupos de animales libres y en cautividad.
Aunque esto era un cambio plausiblemente razonable en el ritmo agotador de los experimentos, había algo que no acababa de convencerme; parecía una mera tapadera (tanto por parte de Josephine como por la de Wilhelm), que ocultaba un temor, una incertidumbre, o alguna inimaginable preocupación que yo no lograba determinar. Quizá estas otras anotaciones de mi diario aclaren la inquietud que me invadió durante este período:

7 de mayo:
Jo sigue distante y evasiva conmigo. Hoy, mientras trabajábamos juntos codificando las pautas de movimientos del delfín para pasarlas al computador, de repente se ha quedado callada, ha dejado de trabajar y ha empezado a mirar hacia delante fijamente. Al pasarle yo la mano por delante de la cara, he comprobado que tenía la mirada perdida, y que había caído efectivamente otra vez en trance; no he podido sacarla de su estado con las mismas palabras claves que utilizábamos cuando la hipnotizaba regularmente.
Me he sentido horrorizado, pues estos trances involuntarios pueden ser muy bien síntoma de un trastorno psíquico profundo, del que sólo puedo culparme yo, por haber cedido a la irreflexiva terquedad del doctor Wilhelm. Al despertarse, no obstante, ha admitido tan sólo que tenía dolor de cabeza y que se había adormilado un momento. No he querido contradecirla.

8 de mayo:
La anotación de más arriba la escribí avanzada la tarde. Como durante la cena, Jo parecía ser la misma, decidí ir a su habitación más tarde para hablarle seriamente sobre el peligroso estado en que ha caído. Pero cuando buscaba la puerta de su apartamento, me sorprendió oír voces que, al parecer, conversaban en el interior.
Me quedé unos momentos en suspenso, sin saber si llamar o no. De pronto, me di cuenta de que aunque lo que oía era una alternancia de voces como en una conversación, con pausas y variaciones en el ritmo y el tempo de las voces participantes, en realidad el timbre era sólo de una persona: el de la propia Josephine Gilman.
Estoy estupefacto: ¿ha degenerado su estado en una esquizofrenia? ¿Puede efectivamente captar mensajes telepáticos, y si es así, de quién? No podía distinguir nada en el apagado torrente de palabras. Cautelosamente, intenté abrir la puerta. Estaba cerrada con llave, y me alejé de puntillas por el corredor como un ladrón o un vulgar entrometido...

10 de mayo:
Todavía no puedo creer lo que Jo ha dicho en la grabación después del supuesto rapto histérico: que era realmente una transmisión telepática recordada de Flipp; y a pesar de lo que el doctor Wilhelm ha dicho esta noche, no sé si él lo cree. He estudiado la transcripción una y otra vez, y creo que he descubierto la clave. Hay algo en una de las frases que dijo que parece sorprendentemente familiar: «Sus antiguos ojos relucientes están alegres.»
Recordando la notable memoria de Wilhelm, se la he mencionado y él ha asentido inmediatamente :
—Sí, es de Yeats. La reconocí casi en seguida.
—Pero eso significa que el supuesto mensaje, o parte de él, al menos, debe provenir de su propio recuerdo subconsciente de un poema.
—Quizá. Pero al fin y al cabo, fue Yeats quien escribió sobre «ese despedazado / delfín, ese mar gongo / atormentado». Quizá sea su poeta predilecto.
Esta ligereza me irritó.
—Doctor Wilhelm —le espeté, enfadado—, ¿cree usted verdaderamente que esa grabación es una transmisión telepática de Flip?
Entonces se serenó.
—No lo sé, Dorn. Puede que no lo sepamos nunca. Yo así lo creía al principio, pero quizá me haya dejado llevar por el entusiasmo. Casi deseo que así sea... Ha sido una experiencia muy turbadora. Pero sí sé una cosa: usted tenía razón; esa línea particular de aproximación es demasiado peligrosa, al menos para un sujeto tan altamente sensible. Quizá podamos idear una forma más segura de reanudar la investigación con hipnosis más adelante; pero por ahora no veo cómo. Tenemos suerte de que ella no haya sufrido un daño real.
—Eso no lo sabemos —repliqué—. Ha empezado a hipnotizarse a sí misma.
Wilhelm no ha contestado...

20 de mayo:
Durante esta semana, no he observado que Jo haya caído en uno de sus trances por el día. Sin embargo, siempre se retira temprano, pretextando cansancio, así que no sabemos qué puede pasar por la noche. Varias veces me he detenido deliberadamente junto a su puerta antes de irme a acostar, y en una ocasión al menos me ha parecido oír una extraña conversación apagada como la de la otra vez, pero más suave y más distante.
La investigación es ahora mecánica y curiosamente artificial; no veo que estemos haciendo nada, ni hay ningún motivo especial por el que yo deba seguir aquí. El antiguo entusiasmo y vigor parecen haberse apagado en Wilhelm también. Ha perdido peso y parece más viejo; le encuentro receloso, como si esperase algo...

24 de mayo:
Anoche estaba yo sentado en la terraza mirando hacia el océano, que era invisible porque no había luna. A eso de las nueve me pareció ver moverse algo blanco junto al borde del agua; singularmente preocupado, eché a correr hacia allí.
Era Jo, por supuesto, hipnotizada o sonámbula (¡fue una escena de película de terror digna de haberla presenciado Wilhelm!). La cogí del brazo y pude conducirla de nuevo al edificio donde vivimos. La puerta de su apartamento estaba abierta y la metí en la cama sin resistencia por su parte. Sin embargo, cuando traté de despertarla con los habituales métodos mesméricos, fracasé. Al cabo de un rato, no obstante, pareció caer en un sueño normal, y la dejé, disponiendo la cerradura de la puerta del vestíbulo de forma que cerrase automáticamente.
Wilhelm estaba trabajando aún en su despacho, pero pensé que no había motivo para contarle el incidente. Probablemente no se lo diré tampoco a Jo, ya que podría alterarle los nervios aún más. Me doy cuenta de que le he tomado mucho cariño desde su «viaje LSD», en el sentido de afecto y protección, muy distinto de mi inicial atracción física hacia ella. Y esta conciencia me hace reconocer también que hay que hacer algo para salvarla. Todo lo que se me ocurre es llamar a un psiquiatra, pero Wilhelm ha negado que haya necesidad de eso, y sé que Jo se dejará guiar por él.
Debo permanecer alerta por si hay más pruebas que convenzan a los dos de que ese paso es apremiantemente indicado.
Durante las pasadas semanas nuestros hippies han dejado de celebrar sus ceremonias nocturnas; pero anoche, después de dejar a Jo en su habitación, pude oír que iniciaban un cántico y unos gritos inhumanos, y he visto también, desde mi terraza, los resplandores de la hoguera que habían encendido en la playa.
Otra vez he dormido mal.

X

Había transcurrido la mitad de junio sin cambio alguno en la tensa pero delicada situación del Instituto, cuando tuvo lugar mi trascendental entrevista con el hippie gurú Alonso Waite.
La luna brillaba intensamente aquella noche, y yo estaba sentado como siempre en la acristalada terraza, tomando a pequeños sorbos un último coñac y tratando de ordenar de algún modo mis pensamientos e ideas por enésima vez. Jo Gilman se había retirado temprano, según su costumbre, y el doctor Wilhelm había ido al pueblo a buscar no sé qué material que necesitaba; de modo que estaba solo en el Instituto. Puede que Waite se enterara de alguna manera, porque vino directamente de la playa a mi puerta, con la zamarra colgándole lastimosamente alrededor de sus flacas piernas, aun cuando en mi apartamento estaban todas las luces apagadas. Me levanté algo vacilante parar abrirle.
Se sentó en una silla de lona, rechazó el coñac y se quitó abstraídamente la sucia boina roja que cubría sus abundantes y alborotados mechones. Al débil resplandor de la lámpara que yo había encendido, sus oscuros ojos parecían distantes y ensimismados; me pregunté si no estaría bajo el influjo de las drogas.
—Señor Dorn —empezó mi visitante, con el tono sonoro que tan bien recordaba yo—, sé que usted, como hombre de ciencia, no puede aprobar ni comprender lo que mis compañeros y yo tratamos de hacer. Sin embargo, como su campo es la exploración de los aspectos menos conocidos de la mente humana, tengo esperanzas de que me pueda prestar una atención más benévola que el doctor Wilhelm.
»Yo también soy científico, o lo fui... ¡No se ría! Hace unos años fui profesor auxiliar de psicología clínica de un pequeño centro de Massachusetts como era la Miskatonic University, lugar del que posiblemente ni siquiera habrá oído hablar. Está en una vieja ciudad colonial llamada Arkham, muy atrasada, aunque muy conocida en la época de los juicios por brujerías de Salem.
»Ahora bien, por extravagante que parezca la coincidencia —si es que realmente es una coincidencia—, yo conocía de vista a su colaboradora Josephine Gilman, cuando estudiaba allí, aunque seguramente ella no me habrá reconocido, ni recordará mi nombre quizá, dada la forma de vida que he adoptado ahora. —Se encogió ligeramente y miró su estrafalario atuendo. Luego, prosiguió—: Usted no se enteraría probablemente del escándalo que se produjo al dejar yo mi puesto, ya que lo acallaron, y sólo unos cuantos periódicos sensacionalistas se hicieron eco del asunto. Yo era uno de esos primeros mártires de la ciencia —o de la superstición, si usted prefiere; pero ¿de qué superstición?— que se entregó a las llamas de los experimentos con drogas con estudiantes en los primeros días de la investigación del LSD. Como otros que llegaron a ser más conocidos y que a veces explotaron sus descubrimientos para lucro o para ganar fama, yo estaba convencido de que las drogas dilatadoras de la mente abrían a la humanidad acceso a un mundo de experiencias psíquicas y religiosas enteramente nuevo. Nunca dejé de preguntarme en aquellos tiempos si la experiencia no implicaría más que belleza, o también abarcaría el terror. Yo era entonces un científico puro, me gustaba pensar, y para mí cualquier cosa era buena..., o al menos materia prima neutra para el progreso del entendimiento humano. Tenía mucho que aprender.
»El mundo de la droga de la Miskatonic University era un poco especial. El centro tiene una de las colecciones más importantes de libros antiguos sobre prácticas religiosas extrañas vigentes en la actualidad. Puedo citar el tratado árabe medieval llamado Necronomicón en su versión latina. Usted no habrá oído hablar de él; sin embargo, el ejemplar de la Miskatonic es inestimable; uno de los tres que, según se sabe, existen en la actualidad..., los otros dos se encuentran en la biblioteca de Harvard y en la de París, respectivamente.
»Estos libros hablan de una antigua sociedad secreta o culto, que cree que la Tierra y todo el universo conocido fueron gobernados una vez por inmensos invasores de espacios y tiempos exteriores, mucho antes de que apareciese el hombre. Estas entidades eran tan completamente extrañas a la materia molecular y a la vida protoplasmática que eran en todos los sentidos sobrenaturales..., sobrenaturales y malignas.
Waite podía haber sido alguna vez profesor, pensé, pero a juzgar por su portentoso lenguaje y su dicción, podía haber sido aun mejor un actor shakespeariano de los viejos tiempos o un predicador revivalista. Su atuendo también contribuía a producir ese efecto.
—En determinado momento —prosiguió el barbado gurú—, estos usurpadores fueron derrotados y desterrados por adversarios cósmicos aún más fuertes, los cuales, al menos desde nuestro limitado punto de vista, parecen benevolentes. Sin embargo, los derrotados Primordiales no fueron aniquilados, ni neutralizados de manera permanente. Siguen viviendo prisioneros, pero pugnan continuamente por recuperar su poderío sobre el universo espacio-temporal, con el fin de llevar a cabo sus designios inmemoriales y completamente impenetrables.
»Estos viejos libros recogen el saber que fue transmitido a sacerdotes humanos por parte de otros prehumanos, que sirvieron a estas deidades encarceladas, las cuales se esfuerzan continuamente en modelar e influir los pensamientos de los hombres por medio de sueños, moviéndoles a realizar los ritos y ceremonias mediante los cuales las entidades exteriores pueden ser preservadas, fortalecidas y finalmente liberadas de su odiado cautiverio.
»Todo esto sucede aún hoy, y ha influido sobre media historia de la ciencia y de la religión humanas de mil maneras desconocidas. Y naturalmente, hay cultos contrarios que tratan de evitar el regreso de los Primordiales y frustrar los esfuerzos de sus seguidores.
»En pocas palabras, las visiones producidas por el LSD en los estudiantes de la Miskatonic, juntamente con los resultados de ciertos experimentos y ceremonias que aprendimos en los viejos libros, confirmaron de modo terrible la realidad de esta fantástica mitología. Ni aun ahora me podrían persuadir para que contase a persona alguna las cosas que he visto en mis visiones, ni mencionar tampoco los lugares por los que mi espíritu ha viajado durante los períodos de separación astral. Hubo varias desapariciones de miembros del grupo que se atrevieron a ir demasiado lejos, y varios casos de trastornos mentales, acompañados de ciertos cambios físicos, debido a los cuales fue necesario recluir permanentemente a la víctima. Estos sucesos, se lo aseguro, no se debieron a agentes humanos de ningún género, independientemente de lo que las autoridades decidieran creer.
»Aunque no había pruebas de nada ilícito, el grupo fue descubierto y expulsado, y yo perdí mi empleo. Después, algunos nos reunimos aquí y constituimos una comunidad dedicada a hacer fracasar los esfuerzos de los adoradores del mal para liberar a los Grandes Primordiales, cosa que supondría la muerte o la degradación de todos los hombres que no jurasen acatamiento. Éste es el objetivo de nuestros actuales esfuerzos por lograr el conocimiento y la disciplina espirituales mediante el empleo controlado de agentes alucinógenos. Créame, hemos visto horrores más que suficientes relacionados con estas cuestiones, y nuestras simpatías están completamente del otro lado. Por desgracia, hay grupos opuestos, algunos de ellos aquí mismo en California, trabajando del mismo modo para obtener resultados diametralmente opuestos.
—Una historia interesante —dije impaciente, disgustado por lo que consideraba divagaciones insensatas—, pero ¿qué tiene todo esto que ver con las investigaciones que realizamos aquí, y con el hecho de que usted conociese a la señorita Gilman en sus tiempos de estudiante?
—La familia de Josephine procede de Innsmouth —rugió Waite, agoreramente—. Ese pueblo arrasado fue en otro tiempo uno de los focos de esa conspiración cósmica. Antes de la guerra civil, las gentes marineras de Innsmouth trajeron creencias de sus viajes comerciales por el Pacífico sur; extrañas creencias, extraños poderes y extrañas y deformadas mujeres polinesias como esposas. Más tarde, seres aún más extraños surgieron del mismo mar, en respuesta a ciertas ceremonias y sacrificios.
»Esas criaturas, medio humanas y medio anfibias, de desconocida estirpe batrácica, vivieron en la ciudad y mezclaron su sangre con la de sus habitantes, engendrando híbridos monstruosos. Casi todo el pueblo de Innsmouth se corrompió con esta herencia inhumana; cuando llegaban a la madurez, se iban todos a vivir bajo el agua, en las inmensas ciudades de piedra construidas por las razas que sirven al Gran Cthulhu.
Yo repetí el extraño nombre tartamudeando; una especie de timbre de alarma sonó en mi memoria. Todo esto resultaba singularmente familiar, tanto por lo que Jo me había contado como por sus palabras delirantes grabadas en la cinta, que Wilhelm medio creía que representaban el mensaje mental de una especie subacuática.
—Cthulhu —repitió Waite, sepulcralmente— es la deidad demoníaca de R'lyeh, sumergida en algún punto del Pacífico por el poder de sus enemigos, hace ya milenios; duerme, pero sueña eternamente en el día de la liberación, en que recobrará su poderío sobre la Tierra. Y sus sueños han creado y controlado durante siglos a esas razas subacuáticas de perversa inteligencia que son sus siervas.
—¡No se referirá usted a los delfines! —exclamé.
—A ellos y a otros... de tal aspecto que sólo algunos desdichados los han visto y han vivido después. Éstos son los orígenes de las legendarias hidras y harpías, de Medusa y de las sirenas, de Escila y de Circe, que aterraron a los seres humanos en los albores de la civilización, y antes aún.
»Ahora comprenderá por qué he aconsejado constantemente al doctor Wilhelm que abandone su trabajo, aun cuando está más cerca de conseguir lo que se propone de lo que él mismo cree. Se ha metido en cosas más terribles de lo que podemos imaginar, tratando de establecer comunicación con estos Profundos, estos siervos del horror blasfemo conocido con el nombre de Cthulhu.
»Y aún hay más: la joven por medio de la cual trata de establecer esa comunicación es una Gilman de Innsmouth... ¡No, no me interrumpa! Lo supe tan pronto como la vi en la universidad; los signos son inequívocos, aunque no están muy avanzados: ojos protuberantes e ícticos, piel rugosa alrededor del cuello, donde las incipientes aberturas branquiales se le desarrollarán gradualmente con la edad. Algún día, como sus antepasados, abandonará la tierra y vivirá bajo el agua, como un anfibio inmortal, en las ciudades cubiertas de algas donde habitan los Profundos, a los que veo casi a diario en mis visiones y pesadillas.
»Por eso, no puede ser una coincidencia, sino una maquinación, el traer aquí a esta muchacha, casi totalmente ignorante de su espantosa herencia, ¡para que intime y mantenga impío contacto con una criatura que puede terminar con sus escasas posibilidades de escapar a su monstruoso destino genético!

XI

Aunque hice lo posible por calmar a Alonso Waite asegurándole que los intentos de establecer relación hipnótica entre Jo y Flip habían terminado, y que la chica había cobrado incluso aversión al animal, no le dije nada sobre los demás aspectos desconcertantes del asunto, algunos de los cuales parecían encajar asombrosamente con el grotesco fárrago de supercherías y alucinaciones que había tratado de hacerme creer.
Waite no pareció muy convencido de mis protestas, pero yo quería librarme de él y meditar el asunto de nuevo. Evidentemente, toda esta historia era absurda; pero evidentemente también él creía en ella. Y si los demás la creían de igual modo, como pretendía Waite, entonces esto podría explicar hasta cierto punto las singulares coincidencias y el esquema semiinconsciente que parecía unir las muchas incoherencias y ambigüedades que yo veía.
Pero después de marcharse Waite, concluí que aún faltaban piezas en este rompecabezas. Así que cuando Jo Gilman llamó a mi puerta poco antes de las once, no sólo me quedé sorprendido (jamás había salido de noche, desde su episodio de sonambulismo), sino que me alegré de tener la oportunidad de hacerle algunas preguntas.
—No podía dormir y he sentido ganas de hablar —explicó Jo, con un aire más bien de forzada indiferencia, acomodándose en la misma silla que Waite había utilizado—. Espero no molestarle.
Aceptó un coñac con soda y encendió un cigarrillo. Tuve una súbita y fugaz sensación de que esta escena me resultaba decididamente familiar: bebida y cigarrillos, una chica en bata, en el apartamento de un soltero, junto a la playa. Pero nuestra conversación no recayó en el cliché de siempre; hablamos de gráficas de sonar y del destino de la neurona, de vibraciones supersónicas, de grabaciones computadas y de la influencia de la temperatura del agua en los hábitos de apareamiento de los delfines.
Yo vigilaba atentamente a Jo por si mostraba algún indicio de caer en ese estado autohipnótico en el que conversaba consigo misma, pero no; parecía más normal de lo que había estado durante muchas semanas. Al mismo tiempo, me molestó el darme cuenta de que yo estaba más pendiente que antes de las peculiaridades físicas que aquel idiota de Waite había atribuido a una herencia biológicamente imposible en su estirpe.
La conversación había sido totalmente anodina, hasta que aproveché la oportunidad de un corto silencio para hacerle una de las preguntas que había empezado a intrigarme:
—¿Cuándo oyó hablar por primera vez de los estudios del doctor Wilhelm, y cómo vino a trabajar con él?
—Fue poco después de morir mi padre. Tuve que dejar los estudios en Massachusetts y empezar mi propia vida. Había oído hablar de las investigaciones de Fred, y naturalmente me sentí fascinada desde el principio, pero no se me había ocurrido pedir trabajo aquí hasta que mi tío Joseph me lo sugirió.
—¿El hermano de su padre?
—Sí, un viejecito muy gracioso. De pequeña siempre pensé que era como una rana. Se pasa la mitad del año en la casa familiar de Innsmouth, y la otra mitad en Boston. Parece que tiene todo el dinero que necesita, aunque yo no se lo he visto jamás. Mi padre le preguntó una vez bromeando qué hacía él para ganarse la vida, y tío Joe se echó a reír y contestó que bucear y sacar doblones españoles.
»De cualquier modo, pocas semanas después de abandonar los estudios y volver a Boston, tío Joe me enseñó un artículo sobre el trabajo del doctor Wilhelm con los delfines, creo que venía en el Scieníific American. Tío Joe sabía de mis estudios sobre oceanografía, naturalmente, y dijo que conocía a una autoridad en esa materia y que me daría una buena recomendación. Debió de ser muy buena, desde luego, porque menos de seis semanas después estaba yo aquí. De eso hará ahora unos dos años.
¡Si Alonso Waite necesitaba otro eslabón en su disparatada teoría de una maquinación, aquí tenía materia prima de lo más idónea!
—¿Sabe? —prosiguió Jo, con ligereza aparentemente casual—. Ya le conté a usted hace tiempo que el doctor Wilhelm me pidió que me casara con él. Eso fue hace seis meses. Entonces pensé que era un error, pero ahora empiezo a creer que debí haberle aceptado.
—¿Por qué? ¿Tiene miedo de quedarse soltera? Puede que le cuente algo sobre eso uno de estos días.
—No. —Su voz era tan serena y casual como antes—. La razón es que... desde el día en que Fred Wilhelm me rescató de mi «viaje LSD» en el tanque del delfín..., estoy embarazada. Al menos, eso es lo que el médico de San Simeón ha determinado.

XII

—Entonces, ¿es de Fred?
Mi observación sonó estúpida, tonta; como algo que la hipotética pareja de la playa que yo había imaginado podría discutir como pasatiempo barato, ilustrativo de la «Nueva Moralidad» californiana.
—Adivínelo usted mismo —contestó Jo, con una risa nerviosa—. O es de usted, o de Fred. Yo no recuerdo nada hasta que desperté a la mañana siguiente, como un saco apaleado.
—Wilhelm estuvo a solas con usted lo menos diez minutos, antes de dejarme entrar en el acuario. Y luego en su apartamento después de marcharme yo a dormir, tres horas más tarde. Esa noche no estuve a solas con usted en ningún momento.
—Eso es lo que he supuesto por lo que ustedes me dijeron al día siguiente. Además, yo no he vuelto a someterme a usted, quizá sólo porque usted no me lo ha pedido.
—Jo... —dije, levantándome de la silla, y no sé qué iba a decir a continuación.
—No, sea lo que fuere, olvídelo —murmuró ella—. Fuera lo que fuese lo que iba a decir, es demasiado tarde. Ahora tengo que pensar de acuerdo con unas coordenadas enteramente distintas.
—¿Qué va a hacer?
—Creo que voy a casarme con Fred, es decir, si aún le interesa a él. Ya veremos. Ahora hay algo más que me preocupa, y ésa parece la mejor solución, la única solución que puedo encontrar.
No hablamos mucho más. Jo se sintió repentinamente soñolienta y la acompañé a su apartamento. Después, salí a pasear por la playa. Se había levantado aire alrededor de la medianoche y las nubes ocultaban la posición de la luna. Me sentía torpe; hasta ese momento no había sabido, o no había admitido ante mí mismo, cuáles eran mis sentimientos hacia Jo. Yo la quería también. Pero si Wilhelm, el viejo sátiro, la había embarazado mientras estaba bajo hipnosis, entonces lo que ella se proponía era probablemente lo mejor para todos. ¡Pero qué impropia de Wilhelm me parecía semejante acción! El entusiasta científico y erudito, con su pelo gris y senil y su divertida figura de pingüino, podía haberse enamorado ciegamente y hacerle proposiciones a una joven, especialmente a una joven que compartía sus entusiasmos. Eso caía dentro de lo posible. Pero ¿un ataque cobarde como el que Jo sospechaba? Debía de estar loco.
Oí petardear el «Land Rover» por la carretera arenosa; el doctor Wilhelm regresaba. Me resultaría difícil encararme con él a la mañana siguiente. De hecho, sería la mejor ocasión para presentarle mi renuncia, aunque no tenía ninguna otra colocación a la vista. Tal vez pudiese recobrar mi puesto anterior. En cualquier caso, nadie me necesitaba ya allí, eso estaba claro como el agua.
Regresé a mi habitación y me tomé varios coñacs más. Antes de caer dormido, oí a los hippies celebrando una de sus salvajes orgías en la playa sur. Según lo que Waite había dicho, celebraban ceremonias para que el mundo se conservase agradable, normal y sano, para personas agradables, normales y sanas.
Como si hubiese alguna en estos tiempos.

XIII

No creo que llevase durmiendo más de una hora cuando algo me hizo saltar de la cama, completamente despierto. Puede que fuera un ruido, o tal vez alguna especie de mensaje mental (irónico, ya que éste es mi campo de trabajo, y nunca había observado, y mucho menos experimentado, un ejemplo plenamente convincente de comunicación telepática).
En cualquier caso, algo pasaba, estaba seguro de eso; y si mi premonición demostraba ser correcta, sabía dónde ir a averiguarlo; a la playa, junto al laboratorio grande. Me vestí apresuradamente y eché a correr por la mullida arena.
El viento, ahora con fuerza de ventarrón, había apartado las nubes de una luna en forma de hoz, que brillaba nítida sobre la playa y se reflejaba en el océano de hojalata ondulada. Vi dos figuras que se dirigían hacia el edificio sin ventanas de junto al agua, donde Flip, el olvidado sujeto de nuestro viejo experimento, seguía en aislamiento. Llegaron y entraron en el edificio juntas, tras un momento de vacilación ante la cerradura.
Mientras corría, una ráfaga de viento me trajo rumores de la ceremonia hippie; distinguí tambores y címbalos tocados furiosamente, así como ese mismo cántico apagado, y el agudo y flotante lamento de éxtasis o terror, o de ambas cosas a la vez.
La cruda luz blanca de los tubos fluorescentes surgió por la puerta abierta que daba al tanque del delfín, y oí otro ruido en el interior mientras me acercaba: el chirriar de maquinaria y el zumbido de un motor eléctrico. El doctor Wilhelm abría la compuerta del edificio que daba al océano, la compuerta que a veces se utilizaba para renovar el agua del tanque, mientras Flip era sujetado adecuadamente por los ayudantes del laboratorio. Ahora no había nadie que pudiese sujetarlo. ¿Iba Wilhelm a soltar al animal para satisfacer algún vago y oscuro escrúpulo de conciencia?
Pero mientras corría jadeando hacia la puerta abierta, me di cuenta de que había algo más. En una fugaz mirada, antes de que la tormenta nos dejara sin fluido eléctrico, capté una escena increíble: la enorme compuerta al mar estaba totalmente izada, permitiendo que las turbulentas olas penetraran en la iluminada piscina y se estrellasen violentamente contra sus bordes, inundando la cubierta de observación y sus complicados equipos.
El delfín, enfrentando sus poderosos músculos contra la fuerza del agua que entraba, luchaba implacablemente por abrirse paso hacia el mar. Del doctor Wilhelm no había ni rastro; pero montada sobre el ancho y suave lomo de la gran bestia marina, con el cuerpo desnudo parcialmente cubierto por los cabellos empapados y chorreantes, iba Josephine Gilman, erguida, a horcajadas, como el antiguo dibujo griego del niño sobre el delfín, ese enigmático símbolo del maridaje entre la tierra y el océano.
Luego se apagaron las luces, pero las olas siguieron golpeando, y el lejano y delirante cántico llegó a un extremo de histeria desatada, y se mantuvo de un modo increíble e inacabable.
No recuerdo nada más.

XIV

El cuerpo de Josephine no ha sido encontrado; ni veía yo razón alguna para esperar que lo fuera. Cuando el personal del laboratorio llegó a la mañana siguiente, repararon el tendido eléctrico y elevaron las compuertas otra vez. El cuerpo del doctor Wilhelm estaba atrapado debajo, destrozado. La compuerta le había cogido cuando intentaba seguir a la fantástica pareja que él había liberado al abrir.
Sobre la pulcra mesa del despacho del doctor Wilhelm, donde vi por primera vez a Josephine Gilman, la noche de mi llegada, había un sobre de papel manila dirigido a mí. Contenía una carta mecanografiada y un rollo de cinta magnetofónica. El sobre lo encontré yo, y no se lo enseñé a la policía, que parece haber creído mi historia de que Wilhelm y Josephine fueran arrastrados hacia el mar, al abrirse las compuertas accidentalmente durante un experimento.
La carta dice:

«Estimado Dorn:
»Cuando lea esto, yo habré muerto si tengo suerte. Debo soltar a los dos para que regresen a las profundidades del océano a las que pertenecen. Como ve, ahora creo en todo lo que la grotesca persona de Alonso Waite me contó.
»Le mentí a usted una vez, cuando me preguntó si había implantado electrodos en el cerebro del delfín en el que experimentábamos. Implanté un electrodo sobre el mecanismo del estímulo sexual del animal. Y cuando nuestros experimentos sobre la comunicación telepática parecieron poco convincentes, fui criminalmente estúpido, al emitir una ligera señal para activar ese estímulo, en un nefacto intento por aumentar la relación entre el sujeto y el animal.
»Esto fue la tarde del 30 de abril, y ya puede usted imaginar —con qué desagrado— lo que sucedió esa noche. Asumo la plena responsabilidad y culpa, que expiaré del único modo que parece apropiado.
»Cuando llegué a la piscina antes que usted, aquella noche espantosa, vi en una fugaz mirada lo que acababa de ocurrir. Josephine había sido arrancada de su aparejo, y maltratada, aunque seguía hipnotizada. Tenía el traje casi completamente arrancado, pero yo la envolví con un vestido y la metí en la cama sin permitir que se enterase usted de lo que realmente había sucedido. La hipnosis perduraba, y ella no llegó a enterarse tampoco. A partir de ese momento, no obstante, ella empezó a estar en contacto telepático y bajo el control del animal del estanque, aun cuando ella lo evitaba de manera consciente y deliberada.
»Esta noche, al volver del pueblo, ella me ha notificado su embarazo, pero en medio de la conversación, ha caído en uno de sus trances habituales y se ha dirigido hacia la playa. La he encerrado en su habitación y me he sentado a escribir esto, ya que usted tiene derecho a saber la verdad, aunque no quede nada más por hacer, después de esta noche.
»Creo que los dos queríamos a Josephine a nuestra manera, pero ahora es demasiado tarde. Debo dejarla que vaya a reunirse con los suyos —está experimentando el cambio—, y cuando el niño nazca..., bueno, puede imaginar lo demás.
»Personalmente no habría creído nada de esto jamás, de no ser por la grabación. Póngala, y lo comprenderá todo. A mí no se me ocurrió pensar en ella en estas dos semanas, tonto de mí. Luego recordé que había ordenado que mientras estuviese Jo hipnotizada en la piscina con el delfín, se dejasen conectados los micrófonos para registrar lo que ocurriese. Las cintas fueron archivadas de manera rutinaria al día siguiente sin pasarlas. Encontré el rollo el 30 de abril, y copié la parte que le incluyo en esta carta.
»Adiós..., y lo siento.
»Frederick C. Wilhelm.»

Han transcurrido muchas horas —horas de aturdimiento y escepticismo—, antes de decidirme a traer una grabadora a mi habitación para escuchar lo que Wilhelm ha dejado para mí. He pensado en destruir la cinta sin oírla; después he ido a borrar la cinta original del laboratorio principal.
Pero la necesidad de saber la verdad —virtud científica que a veces se convierte en debilidad humana— me ha obligado a escuchar este maldito documento. Para mí, representa la pérdida del equilibrio espiritual y la seguridad de la vida. Espero que Jo y Flip hayan encontrado alguna satisfacción en ese extraño y ajeno mundo tan ominosamente descrito por el gurú Waite, y que Frederick Wilhelm haya encontrado la paz. Yo no puedo ni pretenderla ni esperarla.
Esto es lo que he transcrito de la cinta, después de muchas horas de agonía escuchándola. El dial de velocidad indica que fue grabada a las 9,35 de la noche del 30 de abril, escasamente unos minutos antes de que el agónico alarido de Josephine nos hiciese salir a Wilhelm y a mí disparados para salvarla de lo que tuvo lugar en aquella iluminada cámara de horror:

«Amada esposa, debes ayudarme. Debo salir y reunir fuerzas. Aquellos que aguardan en la acuática R'lyeh, aquellos que caminan en las nevadas inmensidades de Leng, silbadores y acechadores de la sombría Kadath..., a todos levantaré, a todos reuniré de nuevo en alabanza del Gran Cthulhu, de Shub-Niggurath, de Aquel Que no debe ser Nombrado. Me ayudarás, compañera del aire, poseedora de calor, depositarla de la semilla de la última siembra y de la interminable cosecha. Y'ha-nthlei bendecirá nuestras nupcias, los laberintos de algas serán nuestro lecho, los silenciosos moradores de las tinieblas nos acogerán con gran júbilo danzando sobre sus patas de mil segmentos..., sus antiguos ojos relucientes están alegres. Y viviremos en medio del encanto y la gloria para siempre.»

Mera repetición, dirán; mera versión anticipada de aquellas palabras delirantes que Josephine repitió una hora después bajo hipnosis en su dormitorio, un entrecortado chorro de fragmentos inhibidos y de temores de la mente subconsciente de una joven que, de modo instintivo, sentía miedo de algún oscuro pasado de su familia, allá, en un puerto apartado y ruinoso al otro lado del continente.
Me gustaría poder creer eso también, pero no puedo. Porque estas palabras insensatas fueron pronunciadas, no por una mujer mentalmente desequilibrada, en estado de profundo trance hipnótico, sino con el tono silbante y aflautado de la inequívoca voz del propio delfín, siervo extraño de unos amos más extraños aún: los Profundos de la leyenda, prehumanas (y quizá, muy pronto, poshumanas también) inteligencias cuyo manso y benigno exterior oculta una amenaza tal para el hombre, que ningún ingenio destructivo humano puede igualar ni prevenir.

EL REGRESO DE LOS LLOIGOR

Colin Wilson

(Título original: The Return of the Lloigor)

Colin Wilson, nacido en 1931, es un escritor extraordinariamente prolífico y versátil, y ha contribuido al ciclo de los Mitos con obras como The Mind Parasites y The Philosophers' Stone.
Corresponsal de August Derleth, en el siguiente relato se centra en las amenazadoras e inaprensibles criaturas creadas por éste: los lloigor.
Me llamo Paul Dunbar Lang, y dentro de tres semanas cumpliré setenta y dos años. Mi salud es excelente, pero dado que uno nunca sabe cuántos le quedan, dejaré escrita esta historia, y quizá la publique, si me da por ahí. En mi juventud fui un firme creyente de la autoridad baconiana de las obras de Shakespeare, pero procuré no manifestar nunca mis convicciones por temor a mis colegas académicos. Pero la edad tiene una ventaja: le enseña a uno que las opiniones de los demás no son en definitiva muy importantes; la muerte es mucho más real. Así que si publico esto, no será por el deseo de convencer a nadie de su verdad, porque me importa bien poco que lo crean o no.
Aunque nací en Inglaterra —en Bristol—, he vivido en América desde que tenía doce años. Y durante cuarenta, he enseñado literatura inglesa en la Universidad de Virginia, en Charlottesville. Mi Vida de Chatterton es todavía una obra clásica en esta materia, y durante los pasados quince años he sido editor de los Poe Studios.
Hace dos años, en Moscú, tuve el placer de conocer al escritor ruso Irakli Andronikov, conocido principalmente por sus «historias de investigación literaria», género que puede decirse creó él. Fue Andronikov quien me preguntó si había llegado a conocer personalmente a W. Romaine Newbold, cuyo nombre está relacionado con el manuscrito de Voynich. No sólo no conocía yo al profesor Newbold, muerto en 1927, sino que jamás había oído hablar del manuscrito. Andronikov me resumió la historia. Quedé fascinado. Cuando volví a Estados Unidos, me apresuré a leer la Clave de Rogerio Bacon (Filadelfia, 1928), y dos artículos del profesor Manly sobre este tema.
La historia del manuscrito de Voynich es, brevemente, como sigue: lo encontró en un viejo arcón de un castillo italiano un comerciante de libros raros, Wilfred M. Voynich, quien lo trajo a Estados Unidos en 1912. Con el manuscrito, Voynich encontró también una carta que, según afirmaba, había pertenecido a dos famosos sabios del siglo xvii, y que había sido escrita por Rogerio Bacon, el monje frasciscano muerto hacia el año 1294. El manuscrito constaba de 116 páginas, y, al parecer, estaba en clave. Era evidentemente una especie de documento científico o mágico, ya que contenía dibujos de raíces o plantas. Por otra parte, tenía también bocetos que sorprendentemente parecían ilustraciones de algún texto de biología moderna sobre células y organismos diminutos; por ejemplo, de espermatozoos. Había también diagramas astronómicos.
Durante nueve años, profesores, historiadores y criptógrafos trataron de desentrañar la clave. Entonces, en 1921, Newbold anunció a la Sociedad Filosófica Americana de Filadelfia que había logrado descifrar ciertos pasajes. La conmoción fue enorme; el hecho se consideró una suprema hazaña de la erudición americana. Pero el asombro aumentó cuando Newbold reveló el contenido del manuscrito. Pues parecía que Bacon había sido capaz de adelantarse en varios siglos a su propia época. Al parecer, había inventado el microscopio unos cuatrocientos años antes que Leewenhoek, y había mostrado una agudeza científica que rebasaba incluso la de su homónimo del siglo xvi, Francis Bacon.
Newbold murió antes de completar su obra, pero sus «descubrimientos» fueron publicados por su amigo Roland Kent. Fue en este momento cuando el profesor Manly emprendió el estudio del manuscrito, y concluyó que el entusiasmo de Newbold le había inducido a error. Examinado al microscopio, se vio que la extraña naturaleza de los caracteres no se debía enteramente a una redacción en clave. La tinta había saltado del pergamino al secarse, de suerte que aquella especie de «taquigrafía» se debía en realidad al natural roce y deterioro de los siglos. Con el anuncio de Manly de su descubrimiento en 1931, el interés por el «manuscrito más misterioso del mundo» (según frase de Manly), desapareció, decreció la fama de Bacon y todo el asunto cayó rápidamente en el olvido.
A mi regreso de Rusia, visité la Universidad de Pennsylvania y examiné el manuscrito. Fue una extraña sensación. No estaba dispuesto a considerarlo desde un punto de vista romántico. En mi juventud había sentido erizárseme el pelo frecuentemente al manejar una carta de puño y letra de Poe, y había pasado muchas horas en su habitación de la Universidad de Virginia, tratando de comunicar con su espíritu. Al envecejer, me volví más positivista —reconozco que los genios son fundamentalmente como los demás hombres—, y dejé de imaginar que los objetos inanimados tratan de algún modo de «contarnos una historia».
Sin embargo, tan pronto como tuve en mis manos el manuscrito de Voynich, sentí una sensación repulsiva. No puedo describirla con más precisión. No fue una sensación de maldad ni de horror ni de temor: fue de repulsión, como la sensación que solía tener de niño cuando pasaba por delante de la casa de una mujer que tenía fama de haberse comido a su hermana. Me hizo pensar en un asesinato. Esta sensación perduró en mí durante dos horas, mientras examinaba el manuscrito, como un olor desagradable. Evidentemente, la bibliotecaria no compartía mi sensación. Cuando le devolví el manuscrito, dije en broma:
—No me acaba de gustar.
Se limitó a mirarme extrañada; comprendí que no tenía idea de lo que yo había querido decir.
Dos semanas más tarde, me llegaron a Charlottesville las dos fotocopias del manuscrito que había pedido. Envié una a Andronikov, como le había prometido, y la otra la destiné a la biblioteca de la universidad. Pasé algún tiempo examinándola con una lupa, leyendo el libro de Newbold y los artículos de Manly. No me volvió la sensación de repulsión. Pero unos meses más tarde, cuando llevé a mi sobrino a que echase una mirada al manuscrito, volví a experimentar esa misma sensación. Mi sobrino no notó nada.
Mientras estábamos en la biblioteca, un conocido me presentó a Averel Merriman, un joven fotógrafo cuya obra se utiliza profusamente en lujosos libros de arte de la categoría de los publicados por Thames y Hudson. Merriman me dijo que había fotografiado recientemente una página del manuscrito de Voynich en color. Le pregunté si podía verla. Esa misma tarde, pasé a visitarle a su hotel y me enseñó la fotografía. ¿Cuál era el motivo? Creo que fue una especie de morboso deseo de averiguar si la «repulsión» perduraba en la foto en color. No fue así. Pero había algo más interesante aún. Resulta que la página que Merriman había fotografiado me era bastante familiar. Y ahora, al contemplarla detenidamente, tuve el firme convencimiento de que, en cierto modo muy sutil, era distinta del original. La examiné largamente, antes de darme cuenta del porqué. El color de la fotografía —revelada mediante un proceso inventado por Merriman— era ligeramente «más rico» que el del manuscrito original. Y cuando miré indirectamente determinados símbolos —concentrado en la línea que había justo encima de ellos— me pareció que estaban en cierto modo «completos», como si la decoloración debida a la tinta saltada se hubiese vuelto visible.
Procuré no manifestar mi excitación. Por alguna razón, me sentí enormemente reservado, como si Merriman me hubiese facilitado la clave de un tesoro escondido. Una especie de sensación de «Mr. Hyde» se apoderó de mí: un sentimiento de disimulo y una especie de codicia. Le pregunté como al azar cuánto costaría fotografiar todo el manuscrito de este modo. Me dijo que varios cientos de dólares. Entonces se me ocurrió la idea. Le pregunté si por una suma mucho mayor —digamos mil dólares— estaría dispuesto a sacarme ampliaciones de las páginas, a unos cuatro aumentos. Me dijo que sí, y le extendí un cheque inmediatamente. Estuve tentado de pedirle que me enviara las fotografías una a una, a medida que las hiciera, pero pensé que esto podía despertar su curiosidad. A mi sobrino Julian le expliqué al marcharnos que la biblioteca de la Universidad de Virginia me había pedido que encargara dichas fotografías..., una mentira tonta que a mí mismo me extrañó. ¿Por qué diría yo esa mentira? ¿Tenía el manuscrito algún dudoso influjo del que yo me había convertido en víctima?
Un mes más tarde llegó el paquete certificado. Cerré con llave la puerta de mi despacho, y me senté en la butaca junto a la ventana, mientras rompía la envoltura. Cogí al azar una fotografía de en medio del mazo y la sostuve a la luz. Me dieron ganas de gritar de alegría, ante lo que vi. Muchos de los símbolos parecían estar «completos», como si las rotas mitades se hubiesen unido merced a un leve oscurecimiento del pergamino. Miré hoja tras hoja. No cabía la más mínima duda. La fotografía en color mostraba de algún modo las huellas de tinta invisibles incluso al microscopio.
Lo que ahora siguió fue un trabajo de rutina, aunque tardé muchos meses. Fijé las fotografías, una tras otra, y luego las calqué. Pasé los rasgos con el máximo cuidado a un grueso papel de dibujo. Luego, trabajando con deliberada lentitud, tracé la parte «invisible» de los símbolos, completándolos. Cuando hube terminado toda la tarea, lo pegué en un gran infolio, y me dispuse a estudiarlo. Había completado más de la mitad de los símbolos, que quedaron, naturalmente, cuatro veces más grandes de su tamaño natural. Luego, con la ayuda de una especie de cuidadoso trabajo detectivesco, pude completar prácticamente todos los demás.
Sólo entonces, después de diez meses de trabajo, me permití abordar la parte más importante de mi tarea: la cuestión de descifrarlo.
Para empezar, me consideraba totalmente a oscuras. Los símbolos estaban completos, pero ¿qué representaban? Enseñé unos cuantos a un colega que había escrito un libro sobre el descifrado de lenguas antiguas. Dijo que guardaban semejanza con los jeroglíficos egipcios más modernos del período en que había desaparecido toda similitud con las «imágenes». Perdí un mes siguiendo esta falsa pista. Pero los hados estaban de mi parte. Mi sobrino iba a regresar a Inglaterra, y me pidió que le dejase llevarse fotos de unas cuantas páginas del manuscrito de Voynich. Sentí una profunda renuencia, pero no pude negarme. Todavía mantenía mi trabajo en el más completo secreto, y me justificaba diciéndome a mí mismo que sólo quería asegurarme de que nadie usurpara mis ideas. Finalmente, decidí que tal vez la mejor manera de prevenir que Julian sintiese curiosidad sobre mi trabajo fuese darle la menor importancia posible. Así que días antes de embarcar, me presenté ante él con la fotografía de una página del manuscrito, y con mi versión reconstruida de otra. Lo hice casualmente, como si fuese una cuestión que apenas me interesase.
Diez días más tarde, recibí una carta de Julian que hizo que me alegrase de mi decisión. En el barco, había hecho amistad con un joven miembro de la Asociación Cultural Árabe, quien iba a Londres a ocupar un puesto. Una noche, por casualidad, le enseñó las fotografías. La página original del manuscrito de Voynich no significaba nada en árabe; pero cuando vio mi «reconstrucción» dijo inmediatamente: «¡Ah, esto es una forma de árabe!» No árabe moderno, por lo que no fue capaz de leerlo. Pero no le cabía ninguna duda de que el manuscrito procedía del Próximo Oriente.
Fui corriendo a la biblioteca de la universidad y encontré un texto árabe. Una simple ojeada me reveló que aquel individuo había tenido razón. El misterio del texto de Voynich estaba resuelto: parecía ser árabe medieval.
Me costó dos semanas aprender a leer árabe, aunque naturalmente no lo entendía. Me puse a estudiar esa lengua. Si le dedicaba seis horas diarias, calculaba que podría hablarlo con fluidez en cuatro meses. Sin embargo, este trabajo resultó innecesario. Porque una vez había llegado a dominar la escritura lo bastante como para transmitir unas cuantas frases con caracteres ingleses, me di cuenta de que no estaba en árabe, sino que era una mezcla de latín y griego.
Mi primer pensamiento fue que alguien se había tomado el enorme trabajo de ocultar sus pensamientos de ojos suspicaces. Luego comprendí que esto era una suposición superflua. Los árabes, naturalmente, estaban entre los más versados doctores de Europa en la Edad Media. Si un médico árabe quería escribir un manuscrito, ¿qué más probable que lo hiciera en latín o en griego, utilizando los caracteres árabes?
Yo estaba ahora tan excitado que apenas podía comer ni dormir. Mi ama de llaves me decía continuamente que necesitaba unas vacaciones. Decidí seguir su consejo y hacer un viaje por mar. Volvería a Bristol para ver a mi familia, y me llevaría conmigo el manuscrito, dado que en el barco podría trabajar el día entero sin que me interrumpiesen.
Dos días antes de que el barco se hiciera a la mar, descubrí el título del manuscrito. Faltaba la primera página, pero había una referencia en la catorce que aludía claramente a la obra misma. Se llamaba Necronomicón.
Al día siguiente, estaba yo sentado en el salón del hotel Algonquin de Nueva York, tomando un martini antes de cenar, cuando oí una voz familiar. Era mi viejo amigo Foster Damon, de la Brown University, Providence. Nos habíamos conocido hacía años cuando él recopilaba canciones populares de Virginia, y mi admiración por su poesía, así como por sus trabajos sobre Blake, nos había mantenido en estrecho contacto desde entonces. Me alegré de encontrarle en Nueva York. El también se hospedaba en el Algonquin. Naturalmente, cenamos juntos. A mitad de la cena, me preguntó en qué estaba trabajando.
—¿Has oído hablar alguna vez del Necronomicón? —le pregunté, sonriente.
—Por supuesto.
Le miré asombrado.
—¿Sí? ¿Dónde?
—En Lovecraft. ¿No te referías a él?
—¿Quién demonios es Lovecraft?
—¿No lo conoces? Uno de nuestros escritores locales de Providence. Murió hace unos treinta años. ¿Nunca te has tropezado con su nombre?
Un recuerdo se agitó entonces en mi memoria. Cuando estuve investigando la casa de la señora Whitman en Providence —para mi libro La sombra de Poe—, Foster había aludido a Lovecraft más o menos con estas palabras: «Deberías leer a Lovecraft. Es el mejor autor de relatos de horror, después de Poe.» Recuerdo que dije que creía que ese título le correspondía más bien a Bierce, pero luego lo olvidé.
—¿Quieres decir que el nombre de Necronomicón aparece realmente en Lovecraft?
—Estoy completamente seguro.
—¿Y de dónde crees que lo sacó él?
—Siempre he supuesto que se lo había inventado.
Mi interés por la comida había desaparecido. Este era un sesgo que nadie podía haber previsto. Pues, que supiese, yo era la primera persona que había leído el manuscrito de Voynich. ¿O no? ¿Y los dos eruditos del siglo xvii? ¿Lo habría descifrado alguno de ellos y había mencionado su nombre en sus escritos?
Evidentemente, lo primero que había que hacer era comprobar lo que decía Lovecraft, y averiguar si el recuerdo de Foster no me había fallado. No sé por qué, deseé que se equivocara. Después de la cena, cogimos un taxi y nos dirigimos a una librería de Greenwich Village, donde pude encontrar una edición de bolsillo de los relatos de Lovecraft. Antes de salir de la tienda, Foster hojeó sus páginas, y luego señaló con el dedo en una de ellas:
—Ahí está. «El Necronomicón, del árabe loco Abdul Alhazred...»
Allí estaba, no cabía duda. En el taxi, de regreso al hotel, procuré que no se me notase lo alterado que me sentía. Pero poco después de volver, me excusé y me retiré a mi habitación. Traté de leer el libro, pero no podía concentrarme.
Al día siguiente, antes de zarpar, busqué más obras de Lovecraft en la librería Brentano, y pude encontrar dos libros encuadernados, así como varios otros en edición de bolsillo. Los encuadernados eran La habitación cerrada y El horror sobrenatural en la literatura. En el primero encontré un extenso comentario sobre el Necronomicón, juntamente con varias citas. El comentario explicaba: «Mientras que el libro mismo, y la mayoría de sus traductores, y su autor, son todos imaginarios, Lovecraft empleó aquí... sus técnicas de insertar hechos realmente históricos en amplias zonas de saber puramente imaginario.»
Puramente imaginario... ¿Sería quizá una mera cuestión de coincidencia de nombre? El Necronomicón: el libro de los nombres muertos. No era un título difícil de inventar. Cuanto más lo pensaba, más probable me parecía que fuera ésta la correcta explicación. Así que antes de embarcar aquella tarde, me sentí ya mucho más tranquilo. Cené estupendamente, y estuve leyendo a Lovecraft hasta que me dormí.
No estoy seguro de cuántos días transcurrieron, antes de que empezase a experimentar gradualmente una creciente fascinación por este nuevo descubrimiento literario. Sé que mi primera impresión fue, sencillamente, que Lovecraft era un hábil constructor de historias horripilantes. Quizá fue mi labor de traducción del manuscrito de Voynich lo que condicionó mi acercamiento a él. O posiblemente fuera el darme cuenta de que Lovecraft estuvo excepcionalmente obsesionado por este extraño mundo de su propia creación... excepcionalmente, aunque se le compare con escritores de antropología, quienes, aunque carentes de habilidad literaria, impresionan por la pura autenticidad del material empleado.
Dedicándole varias horas al día, completé rápidamente la traducción del manuscrito de Voynich. Mucho antes de terminar, me había dado cuenta de que era un fragmento, y que implicaba ciertos misterios que iban más allá del cifrado; era una clave dentro de otra clave, por así decir. Pero lo que más me asombraba —hasta el punto de que a veces tenía la mayor dificultad en reprimir el impulso de salir corriendo a cubierta y ponerme a hablar con la primera persona que encontrase— era el increíble conocimiento científico que revelaba este manuscrito. Newbold no anduvo muy descaminado en esto. El autor sabía infinitamente más de lo que cualquier monje —o erudito mahometano, si era el caso— del siglo xiii podía abarcar. Hay un largo y oscuro pasaje acerca de un «dios» o demonio que es, de algún modo, una especie de vórtice henchido de estrellas, al que le sigue otro en el que el constitutivo primordial de la materia está descrito como energía (utilizando para ello los términos griegos dúnamis y enérgeia, así como el latino vis), en unidades limitadas. Esto indica una clara anticipación de la teoría cuántica. Además, la semilla del hombre se describe como formada por unidades de fuerza, cada una de las cuales dota al hombre de una característica vital. Esto, evidentemente, suena de manera palpable a una referencia a los genes. El dibujo de un espermatozoo humano aparece en medio de un texto que alude al Sefer Yeziráh, el Libro de la Creación de la Kábala. Varias alusiones de pasada al Ars Magna, de Ramón Llull apoyan la idea de que el autor de la obra fue Rogerio Bacon, contemporáneo del místico matemático, aunque en un lugar del texto hace referencia a sí mismo bajo el nombre de Martinus Hortulanus, que podría traducirse por Martín Hortelano.
¿Qué es, en última instancia, el manuscrito de Voynich? Se trata del fragmento de una obra que declara ser una explicación completa del universo: su origen, su historia, su geografía (si se me permite denominarla de este modo), su estructura matemática y sus profundidades ocultas. Las páginas que yo poseía contenían una síntesis preliminar de este material. Había partes que eran terriblemente ininteligibles, y había otras que parecían ser la típica mélange medieval de magia, teología y especulación precopernicana. Saqué la impresión de que la obra podía deberse a varios autores, o que la parte que yo poseía era el compendio de algún otro libro imperfectamente asimilado por Martín Hortelano. Hay las habituales alusiones a Hermes Trimegisto y a la Tabla Esmeraldina, al libro de oro de Cleopatra, el Crysopeia, a la serpiente gnóstica Ouroboros, y a un misterioso planeta o astro llamado Tormantius, del que se dice es morada de deidades pavorosas. Había también muchas referencias a una «lengua khiana», la cual, según se deducía del contexto, no tenía relación alguna con la isla del Egeo llamada Chíos, cuna de Hornero.
Fue esto lo que me llevó al segundo paso de mi descubrimiento. En El horror sobrenatural en la literatura, de Lovecraft, hay una pequeña sección dedicada a Arthur Machen, donde encontré una alusión a la «lengua Chiana», relacionada de algún modo con el culto de la brujería. También hablaba de los «doles», «voolas» y de ciertos «caracteres aklo». Esto último atrajo mi atención; en el manuscrito de Voynich había encontrado una alusión a las «inscripciones aklo». Al principio supuse que aklo sería una especie de corrupción del «agla» cabalística, palabra utilizada en el exorcismo; luego modifiqué mi opinión. Apelar a la coincidencia más allá de ciertos límites es signo de mentalidad obtusa. La hipótesis que ahora se presentaba a mi mente era ésta: que el manuscrito de Voynich era un fragmento o compendio de una obra mucho más vasta llamada Necronomicón, quizá de origen cabalístico. Existen, o han existido, ejemplares de este libro, y podía ser que se conservasen por tradición oral entre sociedades secretas tales como la Iglesia del Carmelo del infame Maundorff, o la Cofradía de Tlon, descrita por Borges. Machen, que pasó algún tiempo en París en la década de 1880, entró casi con seguridad en contacto con un discípulo de Naundorff, el Abbé Boullan, de quien se sabe que practicaba la magia negra (aparece en La Bas, de Huysmans). Esto podría explicar las huellas del Necronomicón que se encuentran en su obra. En cuanto a Lovecraft, puede que se tropezara con él, o con tradiciones orales que aludían a dicha obra, o bien personalmente, o quizá incluso a través de Machen.
En ese caso, puede que hubiera ejemplares de dicho libro ocultos en alguna buhardilla, o quizá en otro arcón del castillo italiano. ¡Qué triunfo, si yo lograse localizar uno y pudiese publicarlo juntamente con mi traducción del manuscrito de Voynich! O incluso si pudiese probar de manera definitiva que tal obra existía.
Este era el sueño que me preocupó durante cinco días en el Atlántico. Y leí y releí mi traducción del manuscrito, con la esperanza de descubrir alguna clave que pudiese conducir a la obra completa. Pero cuanto más la leía, menos claro veía. En la primera lectura, había captado un esquema global, una oscura mitología, nunca consignada claramente, aunque deducible de las alusiones. Al releer la obra, empecé a preguntarme si no sería todo esto producto de mi imaginación. El libro parecía disolverse en un montón de fragmentos inconexos.
En Londres, pasé inútilmente una semana en el British Museum, buscando referencias al Necronomicón en diversas obras sobre magia, desde el Azoth, de Basil Valentine, a Aleister Crowley. La única referencia prometedora fue una nota de pie de página en Remarks on Alchemy, de E. A. Hitchcock (1865), sobre «los actualmente inalcanzables secretos de las tabletas aklo». Pero el libro no contenía ninguna otra referencia a estas tabletas. ¿Significaría la palabra «inalcanzable» que se sabía que las tabletas habían sido destruidas? Si era así, ¿cómo llegó Hitchcock a tener conocimiento de ellas? La lobreguez de un octubre londinense, y la fatiga que me producía un persistente dolor de garganta, casi me habían persuadido de regresar a Nueva York en avión, cuando cambié de idea. En una librería de Maidstone me encontré con fray Anthony Carter, un monje carmelita editor de una pequeña revista literaria. Este había conocido a Machen en 1944, tres años antes de la muerte del escritor, y más tarde había dedicado un número de su revista a su vida y obra. Acompañé a fray Carter al Priorato, cerca de Sevenoaks, y mientras conducía su anticuado «Austin» a la moderada velocidad de cincuenta kilómetros por hora, me habló largo y tendido de Machen. Finalmente, le pregunté si sabía si Machen había tenido algún contacto con sociedades secretas o con la magia negra.
—¡Oh, lo dudo! —respondió, para decepción mía; otra pista falsa—. Supongo que recogería diversas tradiciones extrañas cerca de Melincourt, su lugar de nacimiento; la que fue Isca Silurum, en tiempos de Roma.
—¿Tradiciones? —traté de adoptar un tono casual—. ¿Qué clase de tradiciones?
—Bueno, ya sabe. Ese tipo de cosas que él describe en la colina de los sueños. Cultos paganos y demás.
—Yo creía que eran pura imaginación.
—¡Oh, no! Una vez me dijo que había visto un libro que revelaba toda clase de cosas horribles relativas a esa zona de Gales.
—¿Dónde? ¿Qué clase de libro?
—No tengo ni idea. No presté mucha atención. Creo que lo vio en París... o puede que fuera en Lyon. Pero recuerdo el nombre de la persona que se lo enseñó. Stanislav de Guaita.
—¡Guaita! —no pude evitar la exclamación, y fray Carter casi se sale de la carretera. Me miró con dulce reproche.
—Exactamente. Ese hombre estuvo implicado en cierta absurda sociedad que practicaba la magia negra. Machen me decía que él consideraba todo eso en serio, pero estoy seguro de que lo decía para tomarme el pelo...
Guaita estuvo implicado en el círculo de magia negra de Boullon y de Naundorff. Era un ladrillo en el edificio.
—¿Dónde está Melincourt?
—En Monmontshire, creo. En las proximidades de Southport. ¿Piensa usted ir?
La trayectoria de mis pensamientos había sido clara. No vi motivo alguno para negarlo.
El sacerdote no dijo nada hasta que el coche se detuvo en el sombrío poblado de árboles, detrás del Priorato. Entonces me miró fijamente y dijo con suavidad:
—Yo no me metería demasiado a fondo en esas cosas, si estuviese en su lugar.
Hice un ruido circunstancial con la garganta, y dejamos el tema. Pero unas horas más tarde, de nuevo en mi habitación del hotel, recordé su comentario y me sorprendió. Si creía que Machen le había estado tomando el pelo con sus «cultos paganos», ¿por qué me aconsejaba que no me metiera en eso? ¿Acaso creía realmente en ellos, pero prefería callárselo? Como católico, naturalmente, estaba obligado a creer en la existencia de un mal sobrenatural...
Reservé habitación en el hotel de Branshaw antes de irme a dormir. Había un tren a Newport desde Paddington a las 9.55, con un cambio para Caerleon a las 2.30. A las diez y cinco estaba yo sentado en el coche-restaurante, tomando café, contemplando cómo las oscuras casas de Ealing dejaban paso a los verdes campos de Middlesex, y experimentando una honda y pura excitación, completamente nueva para mí. No puedo explicarlo. Sólo puedo decir que, a estas alturas de mi investigación, tenía la clara sensación de que empezaba lo más importante. Hasta entonces, me había sentido ligeramente desanimado, a pesar de los desafíos del manuscrito de Voynich. Tal vez se debiera a una ligera aversión al tema del manuscrito. Soy romántico como el que más —y creo que la mayoría de la gente es saludablemente romántica en el fondo—, pero supongo que todo este parloteo sobre magia me resultaba en definitiva una estupidez degradante para el entendimiento humano y para su capacidad de evolución. Pero en esa mañana gris del mes de octubre, sentía algo distinto: el erizamiento de cabello que Watson solía experimentar cada vez que Holmes le sacudía para despertarle, gritándole: «El asunto marcha, Watson». Yo no tenía aún ni la más remota idea de cuál podía ser el asunto. Pero estaba empezando a experimentar una rara intuición de su gravedad.
Cuando me cansé de mirar el paisaje, abrí la cartera y saqué una guía de Gales y dos libros de Arthur Machen: algunos relatos escogidos y el autobiográfico Far Off Things. Este último me hacía esperar descubrir una tierra de encanto en la parte de Gales de Machen. Dice: «Siempre consideré como la parte más grande de la fortuna que me ha tocado en suerte, el haber nacido en el corazón de Gwent.» Su descripción del «túmulo místico», la «ola gigantesca y redonda» de la Montaña de Piedra, los bosques profundos y el río serpeante, sugerían un paisaje de ensueño. De hecho, Melincourt es la morada legendaria del rey Arturo, y Tennyson sitúa allí sus Idylls of the King.
La guía de Gales que había comprado en una librería de segunda mano de Charing Cross Road, describía Southport como un pueblecito campesino con su feria, «en medio del apacible, ondulado y lujuriante paisaje de bosques y prados». Tenía media hora de tiempo entre uno y otro tren, y decidí dar una vuelta por el pueblo. Me bastaron diez minutos. Fueran cuales fuesen sus encantos en 1900 (fecha de la guía), ahora es una ciudad típicamente industrial, con grúas recortadas en el cielo y el aullido de los trenes y los barcos. Me tomé un whisky doble en el hotel de junto a la estación para reconfortarme ante un posible desencanto semejante al de Caerleon. Pero incluso esto supuso un escaso alivio, ante el impacto que me produjo el lúgubre y modernizado pueblo al que llegué una hora más tarde, tras un corlo trayecto por las afueras de Southport. El pueblo está dominado por una inmensa monstruosidad de ladrillo rojo, que, como adiviné acertadamente, era un sanatorio mental. Y el «Usk de poderosos rumores» de Chesterton me pareció como un riachuelo de barro cuyo aspecto no mejoraba con la lluvia que ahora caía de un cielo gris pizarra.
Me registré en el hotel —un lugar sin pretensiones ni calefacción central— a las tres y media, eché una mirada al papel floreado que cubría las paredes de mi dormitorio —superviviente, lo menos, del año 1900—, y decidí salir a pasear bajo la lluvia.
A un centenar de metros de la calle principal, pasé por delante de un garaje con un cartel pintado a mano que decía: «Se alquilan coches». Un hombre bajito y con gafas estaba inclinado sobre el motor de un automóvil. Le pregunté si era chófer y estaba libre.
—¡Oh, sí, señor!
—¿Esta tarde?
—Si lo desea. ¿Adonde quiere que le lleve?
—A dar una vuelta por el campo.
Me miró, incrédulo.
—¿Es usted turista, señor?
—En cierto modo, sí, supongo.
—En seguida estoy con usted.
Su aire, mientras se secaba las manos, indicaba que consideraba la ocasión demasiado buena para despreciarla. Cinco minutos más tarde, esperaba delante del edificio, vestido con una chaqueta de cuero de la década de 1920, conduciendo un coche de la misma época. Los faros vibraban arriba y abajo al ritmo del parloteo del motor.
—¿Adónde vamos?
—A cualquier sitio. Vamos hacia el norte... hacia Monmouth.
Me arrebujé en el asiento trasero, contemplando la lluvia, mientras percibía claros signos del frío que se avecinaba. Pero al cabo de diez minutos, el coche se calentó y mejoró el paisaje. A pesar de la modernización y de la llovizna de octubre, el valle de Usk seguía siendo extremadamente hermoso. El verdor de los campos era sorprendente, incluso comparado con el de Virginia. Los bosques eran, como decía Machen, misteriosos y sombríos, y el escenario parecía casi demasiado pintoresco para ser auténtico, como esos grandiosos paisajes románticos de Asher Durand. Al norte y al nordeste se hallaban las montañas, apenas visibles a través de las desflecadas nubes: tenía el paisaje desolado de El pueblo blanco y La novela del Sello Negro muy frescos en la memoria. El señor Evans, mi chófer, tuvo la delicadeza de no hablar, permitiendo que me sumergiera en el sentimiento del paisaje.
Pregunté a mi chófer si había visto alguna vez a Machen, pero tuve que deletrear el nombre antes de que el señor Evans supiera de quién le hablaba. Por lo que yo podía apreciar, Machen parecía completamente olvidado en su pueblo natal.
—¿Lo está estudiando usted, señor?
Empleó la palabra «estudiar» como si se tratase de alguna actividad ritualista. Asentí; de hecho, exageré un poco, diciendo que pensaba escribir un libro sobre Machen. Esto despertó su interés. Fuera cual fuese la actividad que tuviera para con los escritores ya fallecidos, para con los vivos no tenía otra que la de respeto. Le dije que varios relatos de Machen se desarrollaban en aquellas colinas desoladas que teníamos ante nosotros, y añadí en tono casual:
—Lo que realmente quiero averiguar es dónde recogió él las leyendas que solía incluir en sus relatos. Estoy casi seguro de que no las inventaba. ¿Sabe de alguien por aquí que pudiera conocerlas? ¿El vicario, por ejemplo?
—¡Oh, no! El vicario no sabe nada de leyendas —lo dijo como si las leyendas fueran una materia totalmente pagana.
—¿Conoce a algún otro que sí?
—Déjeme pensar. Está el Coronel, si tiene la suerte de caerle bien. Es un tipo raro, ese Coronel. Si no le cae usted bien, gastará saliva en balde.
Traté de saber algo más sobre el Coronel; si era aficionado a la arqueología, quizá; pero los comentarios de Evans fueron célticamente vagos. Desvié la conversación hacia el escenario, y obtuve un chorro inacabable de información que duró todo el camino de regreso a Melincourt. A sugerencia del señor Evans, seguimos hacia el norte hasta Raglan; luego torcimos hacia el oeste y regresamos con las Montañas Negras a nuestra derecha, que parecían más frías y amenazadoras de cerca que desde las verdes tierras bajas de los alrededores de Melincourt. En Pontypool, me detuve y compré un libro sobre los restos romanos en Melincourt, y un ejemplar de segunda mano de Giraldus Cambrebsis, el historiador y geógrafo gales contemporáneo de Rogerio Bacon.
Las tarifas del taxi del señor Evans resultaron sorprendentemente razonables, así que convine con él en alquilarlo por todo el día, tan pronto como el tiempo mejorase. Luego, de regreso en el hotel, con una bebida llamada grog, consistente en ron negro, agua caliente, zumo de limón y azúcar, me puse a leer los periódicos londinenses, e hice unas cuantas preguntas discretas sobre el Coronel. En vista de lo infructuoso de este método de aproximación —los galeses no son afables con los forasteros—, busqué su nombre en la guía de teléfonos. Coronel Lionel Urquart, Los Pastos, Melincourt. Entonces, reconfortado por el grog, entré en la helada cabina telefónica y marqué su número. Una voz de mujer con un acento galés casi incomprensible dijo que el Coronel no estaba en casa; luego, que puede que estuviera, y que iría a ver.
Tras una larga espera, una voz áspera, de la clase superior británica, ladró al teléfono:
—Diga, ¿quién es?
Me identifiqué, pero antes de que pudiera terminar, me espetó:
—Lo siento, yo nunca concedo entrevistas.
Le expliqué rápidamente que yo era profesor de literatura, no periodista.
—¡Ah, literatura! ¿Qué clase de literatura?
—En este momento, estoy interesado en las leyendas locales. Me han dicho que usted conoce muchísimas.
—Conque sí, ¿eh? Bien, supongo que sí. ¿Cómo me ha dicho que se llamaba?
Lo repetí, y mencioné la Universidad de Virginia, y mis publicaciones principales. Hubo curiosos tartamudeos en el otro extremo de la línea, como si estuviese comiéndose el bigote y le costara tragar. Finalmente, dijo:
—Mire..., ¿por qué no viene usted a última hora de la tarde, digamos a las diez? Podríamos tomar unas copas y charlar.
Le di las gracias, y regresé al salón, donde había un buen fuego, y pedí otro ron. Consideré que debía felicitarme, después de las advertencias del señor Evans sobre el Coronel. Sólo me preocupaba una cosa. Aún no tenía idea de quién era, ni qué clase de leyendas le interesaban. Sólo podía suponer que sería un apasionado de la historia.
A las ocho y media, después de una abundante aunque poco imaginativa cena a base de chuletas de cordero, patatas cocidas y unas verduras inidentificables, salí en dirección a la casa del Coronel, tras preguntar previamente su dirección al conserje en su mostrador, quien se quedó manifiestamente intrigado. Aún llovía y hacía viento, pero pude rechazar el frío gracias a un grog.
La casa del Coronel se hallaba fuera del pueblo, a mitad de una cuesta empinada. Tenía una verja de hierro oxidado, con un camino para carruajes lleno de charcos de agua embarrada. Al tocar la campanilla, diez perros comenzaron a ladrar inmediatamente, y uno de ellos se acercó al otro lado de la verja y gruñó disuasoriamente. Una rolliza galesa abrió la puerta, le dio una manotada al doberman que gruñía y babeaba, y me condujo por delante de una jauría de perros gruñidores —algunos, según observé, con cicatrices y desgarrones en las orejas—, a una biblioteca escasamente iluminada que olía a humo de carbón. No estoy seguro de la clase de hombre que esperaba conocer —probablemente alto y británico, con la cara tostada y el bigote hirsuto—, pero resultó una sorpresa. Era bajito y caminaba torcido —una caída de caballo le había fracturado la cadera derecha—; su piel oscura hacía pensar en una mezcla de sangre, mientras que su barbilla deprimida le daba un aspecto ligeramente reptilesco. La primera impresión fue de un personaje repugnante. Tenía ojos brillantes y sagaces, pero desconfiados. Me pareció un hombre capaz de despertar una considerable cantidad de resentimiento. Me estrechó la mano y me pidió que me sentara. Me senté junto al fuego. Inmediatamente, brotó una nube de humo que me asfixió, haciéndome toser y boquear.
—Necesita una limpieza —dijo mi anfitrión—. Siéntese en esa otra silla.
Unos momentos más tarde, cayó algo de la chimenea juntamente con un montón de hollín, y antes de que las llamas lo hicieran irreconocible, me pareció distinguir el esqueleto de un murciélago. Supuse —correctamente, como pude comprobar más tarde—, que el Coronel Urquart recibía muy pocas visitas, y que por tanto raramente hacía uso de la biblioteca.
—¿Cuál de mis libros es el que ha leído? —me preguntó.
—Yo... esto... para ser sincero, sólo los conozco de oídas.
Sentí alivio cuando dijo secamente:
—Como casi todo el mundo. De todos modos, es alentador saber que le interesan.
En ese instante, al mirar por encima de su cabeza, vi su nombre en el lomo de un libro. Parecía una sobrecubierta horrendamente diseñada; y su título: Los misterios de Mu, era claramente visible con letras escarlata. Así que añadí rápidamente:
—Naturalmente, no sé gran cosa sobre Mu. Recuerdo haber leído un libro de Spence...
—¡Un completo charlatán! —exclamó Urquart, y me pareció que sus ojos adquirían un tinte rojizo con el resplandor del fuego.
—Luego —añadí—, Robert Graves tiene curiosas teorías sobre Gales y los galeses...
—¡Por las tribus perdidas de Israel! ¡En mi vida he visto una idea más infantil y descabellada! Cualquiera podría decirle que lo que afirma es un disparate. Yo he demostrado de manera concluyente que los galeses son supervivientes del desaparecido continente de Mu. Tengo pruebas que lo demuestran. Sin duda las conoce.
—No tanto como desearía —contesté, un tanto azarado.
En ese momento, se interrumpió para ofrecerme un whisky, y yo tuve que tomar una rápida determinación: rogarle que aplazásemos nuestra entrevista para otro momento y huir, o aguantar como fuera. El ruido de la lluvia en las ventanas me decidió. Había que resistir.
Mientras servía el whisky, dijo:
—Creo que adivino en qué está pensando. ¿Por qué Mu y no la Atlántida?
—Pues sí, en efecto —dije, algo confundido. Yo ni siquiera sabía que se supusiera que Mu estuvo situada en el Pacífico.
—Lógico. Yo mismo me hice esa pregunta hace veinte años, cuando acababa de realizar mis descubrimientos. ¿Por qué Mu, cuando los restos más importantes se hallan en el sur de Gales y en Providence?
—¿En Providence? ¿En qué Providence?
—La de Rhode Island. Tengo pruebas de que fue el centro de la religión de los supervivientes de Mu. Reliquias. Ésta, por ejemplo.
Me tendió un pedazo de piedra verde, casi demasiado pesada para sostenerla con una sola mano. Nunca había visto esa clase de piedra, aunque sé muy poca geología. Tampoco había visto nada parecido al dibujo e inscripción que tenía grabados, salvo una vez, en un templo de las selvas del Brasil. La inscripción estaba en caracteres curvos, no muy distintos de la taquigrafía de Pitman; la cara que había en medio de dichos caracteres podía ser una máscara de demonio, o un dios serpiente, o un monstruo marino. Al contemplarlo, sentí la misma sensación desagradable —la sensación de repulsión— que experimenté la primera vez que vi el manuscrito de Voynich. Bebí un largo sorbo de whisky. Urquart señaló el «monstruo marino».
—Es el símbolo del pueblo de Mu. El Yambi. Esta piedra es su color. Es uno de los medios de saber dónde estuvieron: el agua de ese color.
Le miré sin comprender.
—¿En qué sentido?
—Cuando ellos destruyen un lugar, les gusta dejar tras de sí charcas de agua, pequeños lagos, de ser posible. Siempre se puede averiguar cuáles son esas charcas porque tienen un aspecto ligeramente distinto de una alberca corriente. Tienen esta combinación del verde típico del agua estancada y este gris azulenco que ve aquí.
Se volvió hacia la estantería y sacó un lujoso libro de arte titulado Los placeres de las ruinas. Lo abrió y señaló una fotografía. Estaba en color.
—Mire esto: Sidón, en Lebanon. La misma agua verde. Y mire esto: Anuradhapura, Ceilán: el mismo verde y azul. Los colores de la ruina y la muerte. Ambas son ciudades destruidas por ellos, en cierto modo. Hay seis más, que yo sepa.
Yo me sentía fascinado e impresionado a pesar de mí mismo. Quizá se debía todo a la piedra.
—Pero ¿cómo hicieron eso?
—Usted comete el error habitual: el de creer que ellos son como nosotros. Pero, no. En términos humanos, digamos que eran informes e invisibles.
—¿Invisibles?
—Como el viento o la electricidad. Tiene que comprender que eran fuerzas, más que seres. No eran entidades claramente separadas, como nosotros. Es lo que se consigna en las tabletas naacal de Churchward.
Siguió hablando, pero no voy a transcribir aquí todo lo que dijo. La mayoría de las cosas me parecieron puras tonterías. Pero había una lógica extravagante en casi todo ello. Sacó libros de las estanterías y me leyó diversos pasajes, la mayoría, según me pareció, escritos por toda clase de chiflados. Pero luego cogió un texto de antropología o paleontología, y leyó cierto resumen que parecía confirmar lo que acababa de decir.
Lo que me contó, en suma, fue esto. El continente de Mu existió en el Pacífico Sur hace entre veinte mil y doce mil años. Estaba poblado por dos razas, una de las cuales era semejante al hombre de hoy. La otra la constituían los «invisibles de las estrellas», de Urquart. Estos últimos, dijo él, eran decididamente ajenos a nuestro mundo, y el jefe de todos ellos se llamaba Ghatanothoa el oscuro. A veces, adoptaban formas, como la del monstruo de la tableta —que era una representación de Ghatanothoa— pero existían como «vórtices» de fuerza en su estado natural. No eran benevolentes, según nuestro sentido, pues sus instintos y deseos eran completamente distintos de los nuestros. Una tradición recogida en las tabletas naacal afirma que estos seres crearon al hombre; pero esto, dice Urquart, debe de ser inexacto, ya que las pruebas arqueológicas han demostrado que el hombre evolucionó durante millones de años. Sin embargo, los hombres de Mu eran evidentemente esclavos de estos seres, y fueron tratados con lo que nosotros consideramos increíble brutalidad. Los lloigor, o seres-estrellas, podían amputar miembros sin causar la muerte, y lo hacían al menor signo de rebelión. Podían asimismo hacer crecer tentáculos a manera de cánceres en sus esclavos humanos, y utilizar también esto como castigo. Un grabado de las tabletas naacal muestra a un hombre creciéndole tentáculos en las cuencas de los ojos.
Pero la teoría de Urquart sobre Mu tenía un rasgo extremadamente original. Me dijo que había una diferencia muy importante entre los lloigor y los seres humanos. Los lloigor eran profunda y enteramente pesimistas. Urquart subrayó que difícilmente podíamos imaginar lo que esto significaba. Los seres humanos viven con esperanzas de diversa índole. Sabemos que tenemos que morir. No tenemos idea de dónde venimos, ni adónde iremos. Sabemos que estamos expuestos a los accidentes y a las enfermedades. Sabemos que raramente alcanzamos lo que queremos; y si lo alcanzamos, dejamos de apreciarlo. Sabemos todo esto, y sin embargo, seguimos siendo incurablemente optimistas, aun engañándonos a nosotros mismos con creencias absurdas y visiblemente disparatadas sobre la vida más allá de la muerte.
—¿Por qué hablo con usted —exclamó Urquart—, si sé perfectamente que ningún profesor posee una mentalidad abierta, y que todos aquellos con los que he tenido algún trato me han traicionado? Porque creo que usted podría ser la excepción; podría captar la verdad de lo que digo. Pero ¿por qué quiero que sepa, cuando tengo que morir como todos los demás? Es absurdo, ¿no? Pero es que nosotros no somos criaturas razonables. Vivimos y obramos con un insensato reflejo de optimismo... un mero reflejo, como el de la rodilla al golpearla. Evidentemente, estúpido por demás. Sin embargo, vivimos por él.
Me sentí impresionado, a pesar de mi convicción de que estaba algo chiflado. Desde luego, era inteligente.
Siguió explicándome que los lloigor, infinitamente más poderosos que los hombres, sabían también que ese optimismo era absurdo en este universo. Sus mentes formaban una unidad, no estaban compartimentadas como las nuestras. En ellos no había distinción alguna entre mente consciente, mente subconsciente y mente supraconsciente. De modo que veían las cosas con claridad en todo momento, sin posibilidad de desviar el intelecto de la verdad, ni de olvidar. Mentalmente hablando, lo más parecido a ellos sería uno de aquellos románticos suicidas del siglo xix, henchido de tristeza, convencido de que la vida es un abismo de miseria, y aceptando esa tesis como fundamento de la vida diaria. Urquart negó que los budistas se pareciesen a los lloigor en su pesimismo esencial, no sólo por el concepto de nirvana, que ofrece una especie de absoluto equivalente del Dios cristiano, sino porque ningún budista vive realmente en la contemplación de su pesimismo. Lo acepta intelectualmente, pero no lo siente en sus nervios y en sus huesos. Los lloigor vivían su pesimismo.
Desgraciadamente —y aquí me resultó difícil seguir a Urquart— la Tierra no es propicia a tal pesimismo, a nivel subatómico. Es un planeta joven. Todos sus procesos de energía se hallan aún en una etapa ascendente, por así decir; son evolutivos, tienden progresivamente a hacerse más complejos, y por tanto a neutralizar las fuerzas negativas. Un simple ejemplo de esto es la forma en que murieron tantos jóvenes románticos; la Tierra, sencillamente, no tolera las fuerzas subversivas.
De ahí la leyenda de que los lloigor crearon al hombre para que fuese su esclavo. Pues ¿por qué iban a necesitar esclavos estos seres omnipotentes? Sólo por la activa hostilidad, por así decir, de la Tierra misma. Para contrarrestar esta hostilidad, para llevar a cabo sus más simples designios, necesitaban criaturas que actuasen sobre una base optimista. Y así, crearon a los hombres, seres deliberadamente miopes, incapaces de contemplar firmemente la verdad evidente en torno al universo.
Lo que había sucedido entonces era absurdo. Los lloigor se habían ido debilitando progresivamente a causa de su existencia en la Tierra. Urquart dijo que los documentos no dan razón alguna de por qué los lloigor abandonaron su lugar de origen, probablemente situado en la nebulosa de Andrómeda. Habían ido debilitándose cada vez más como fuerzas activas. Y sus esclavos habían llegado a predominar, convirtiéndose en los hombres de hoy. Las tabletas naacal y demás obras que nos han llegado de Mu se deben a estos hombres, no a los «dioses» originales. La Tierra ha favorecido la evolución de sus hijos torpes y optimistas, y debilitó a los lloigor. Sin embargo, estas antiguas potencias aún perviven. Se han retirado al interior de la tierra y del mar, con el fin de concentrar su poder en las piedras y las rocas, cuyo normal metabolismo son capaces de invertir. Esto les ha permitido subsistir en la Tierra durante muchos miles de años. Ocasionalmente acumulan suficiente energía para irrumpir de nuevo en la vida humana y los resultados son ciudades destruidas. Llegó un momento en que fue el continente entero —el propio Mu— y más tarde otro, el de la Atlántida. Siempre han sido especialmente virulentos cuando han logrado descubrir vestigios de sus antiguos esclavos. A ellos deben atribuirse muchos de los misterios arqueológicos : las grandes ciudades en ruinas de Sudamérica, Camboya, Birmania, Ceilán, África del Norte, incluso de Italia. Y también, según Urquart, las dos grandes ciudades ruinosas de Norteamérica, Grudèn Itzà, ahora hundida bajo las tierras pantanosas de los alrededores de Nueva Orleans, y Nam-Ergest, ciudad floreciente que una vez se alzó en la tierra donde hoy se abre el Gran Cañón. El Gran Cañón, dijo Urquart, no se originó por la erosión de la tierra, sino por una tremenda explosión subterránea seguida de una «lluvia de fuego». Él sospechaba que, como la gran explosión de Siberia, fue producida por una especie de bomba atómica. A mi pregunta de por qué no había signos de explosión alguna en la zona del Gran Cañón, Urquart dio dos respuestas: que había ocurrido hacía tantísimos años que los elementos naturales habían borrado la mayoría de los vestigios, y segundo, que para cualquier observador imparcial, estaba bastante claro que el Gran Cañón era un cráter inmenso e irregular.
Tras dos horas de conversación, y de recurrir varias veces a su excelente whisky, me sentía tan confundido que se me fueron de la cabeza completamente las preguntas que le quería formular. Le dije que debía irme a acostar y pensar sobre todo esto, y el Coronel se ofreció a llevarme en su coche. Me acordé de una de mis preguntas precisamente cuando me acomodaba en el asiento delantero, junto al del conductor, de un antiguo «Rolls Royce».
—¿Qué quería decir con eso de que los galeses eran los supervivientes de Mu?
—Pues lo que he dicho. Estoy seguro de eso; tengo pruebas que confirman que son descendientes de los esclavos de los lloigor.
—¿Qué clase de pruebas?
—De todo tipo. Necesitaría otra hora para explicárselo.
—¿No podría darme alguna idea?
—De acuerdo. Eche una mirada al periódico de esta mañana. Dígame qué es lo que le choca de él.
—Pero ¿qué es lo que tengo que mirar?
Le divertía el que me negara a «esperar a ver». Debería saber que los viejos somos más impacientes que los niños.
—Las cifras de crímenes.
—¿No puede decirme más?
—De acuerdo.
Nos habíamos detenido delante del hotel, y aún llovía copiosamente. A esas horas de la noche no se oía otro ruido que el de la lluvia y el gorgoteo del agua en los canalones.
—Descubrirá que el promedio de crímenes en esta zona es unas tres veces el del resto de Inglaterra. Las cifras son tan elevadas que raramente se publican. En lo que se refiere a asesinatos, crueldades, violaciones, toda clase de perversiones sexuales... esta zona tiene el más alto índice de las Islas Británicas.
—Pero ¿por qué?
—Ya se lo he dicho. Los lloigor realizan esfuerzos para reaparecer a cada momento —y para dar a entender que quería regresar a su casa, se inclinó por encima de mí y me abrió la portezuela. Antes de que llegase yo al umbral del hotel, se había ido.
Pregunté al vigilante de turno si podía prestarme un periódico local; me sacó uno de detrás de su silla, y dijo que podía quedármelo. Subí a mi fría habitación, me desvestí y me metí en la cama... Luego me puse a hojear el periódico. A primera vista, no descubrí prueba alguna de las afirmaciones de Urquart. La primera página aludía a una huelga en los astilleros de la localidad, y las noticias principales se referían a un concurso de ganadería local, en el que se acusaba a los jueces de haber aceptado sobornos, y a una nadadora de Southport que casi había batido el récord del cruce del canal a nado. En la página central, el editorial hablaba sobre cierta cuestión de la observancia del domingo. Parecía bastante inocente.
Luego empecé a leer una serie de noticias más escuetas que venían entre anuncios o noticias deportivas. En el depósito de agua de Bryn Mawr se había descubierto flotando un cadáver sin cabeza que provisionalmente había sido identificado como el de una joven de Llandalffen. Un menor de catorce años había sido condenado a reclusión en un correccional por haber infligido heridas a una oveja con un hacha pequeña. Un granjero solicitaba el divorcio, alegando que su mujer parecía haberse enamorado locamente de su hijastro imbécil. Un vicario había sido condenado a un año de prisión por agredir a los niños del coro. Un padre había matado a su hija y su novio por celos sexuales. Un viejo de un asilo de ancianos había incinerado a dos de sus compañeros derramando parafina sobre sus camas y prendiéndoles fuego. Un niño de doce años había ofrecido a sus hermanas mellizas, de siete años, un helado espolvoreado con raticida, y luego se reía incontroladamente en el tribunal de menores (por suerte, las dos niñas sobrevivieron, con grandes trastornos intestinales). Una breve nota informaba que la policía había imputado a un hombre los tres asesinatos de Lover's Lane.
Era la crónica de una pacífica zona rural, si bien admitiendo que Southport y Cardiff, con sus elevados porcentajes de crímenes, estaban bastante cerca. Desde luego, no era un récord demasiado malo, comparado con la mayoría de las ciudades de América. Incluso Charlottesville puede dar una cifra de delitos que en Inglaterra podría considerarse como una de las mayores olas de crímenes.
Antes de dormirme, me puse una bata, bajé al salón, donde había visto un ejemplar del Amanac, de Whitaker, y miré el promedio de crímenes en Inglaterra. Sólo 166 asesinatos en 1967: tres asesinatos por cada millón de habitantes; el índice de homicidios en América es unas veinte veces más elevado. Sin embargo, aquí, en la sencilla edición de un pequeño periódico local, había encontrado la referencia de nueve homicidios... aunque había que admitir que algunos de ellos databan de tiempo atrás (los asesinatos de Lover's Lane se repartían en dieciocho meses).
Dormí muy mal esa noche; mi espíritu se vio atormentado constantemente por monstruos invisibles, espantosos cataclismos, sádicos asesinos y jovenzuelos demoníacos. Fue un alivio despertar en una mañana radiante de sol y tomar una taza de té. Aun así, me sorprendí a mí mismo mirando furtivamente a la camarera —una joven menuda de pálido rostro, ojos apagados y pelo lacio y duro—, y preguntándome qué anómala unión le habría dado el ser. Desayuné; me enviaron a la habitación el periódico de la mañana, y lo leí con morboso interés.
Nuevamente, las noticias más horribles se hallaban reducidas a pequeñas notas. Dos escolares de once años habían sido acusados de estar implicados en el asesinato de la chica sin cabeza, pero afirmaban que en realidad la había decapitado un vagabundo «de ojos llameantes». Un droguero de Southport fue obligado a dimitir como concejal del Ayuntamiento al ser acusado de haber tenido «conocimiento carnal» de su dependienta de catorce años. Las pruebas sugerían que una comadre difunta había sido eficiente en velar por los niños a la manera de la infame señora Dyer de Reading. Una vieja dama de Llangwn había sido gravemente herida por un hombre que la acusaba de brujería: concretamente, de hacer que naciesen los niños con deformidades. Un atentado contra la vida del alcalde de Chepstow, perpetrado por un hombre dominado por cierto oscuro rencor... Omito más de la mitad de la lista, pues los crímenes son tan estúpidos como sórdidos.
No cabía duda de que toda esta preocupación por el crimen y la corrupción estaba ejerciendo su efecto en mi opinión. Siempre me habían gustado los galeses, con su baja estatura, su pelo negro y su piel pálida. Ahora me daba cuenta de que los miraba como si fuesen trogloditas, tratando de descubrir algún rasgo que delatase vicios secretos en sus ojos. Y cuanto más los miraba, más los veía. Observé el número de palabras que empezaban por LL, desde Lloyd's Bank a Llandudno, y pensé en los lloigor con un estremecimiento (a propósito, la palabra me resultaba familiar, y la encontré en la página 258 del libro de Lovecraft titulado La habitación cerrada, registrado como el dios «que camina en los vientos de los espacios estelares». También encontré Ghatanothoa, el Dios Oscuro, citado allí, aunque no como el principal de los «moradores de las estrellas»).
Era casi insoportable deambular por aquella calle soleada, mirando la población rural que se dirigía a sus quehaceres cotidianos, a sus compras, viendo alabarse unas a otras a sus bebés, sentir este espantoso secreto dentro, y luchar por arrojarlo fuera de mí. Quise considerar todo esto como una mera pesadilla, como el desvarío de una mente medio desquiciada; luego tuve que admitir que todo tenía una conexión lógica con el manuscrito de Voynich y los dioses de Lovecraft. Sí, era difícil ponerlo en duda: sencillamente, Lovecraft y Machen habían llegado a tener conocimiento de todo esto merced a una antigua tradición que quizá existiera ya antes de que apareciese ninguna civilización sobre la Tierra.
La única otra alternativa posible era la de que fuese alguna complicada broma literaria, organizada entre Machen, Lovecraft y Voynich, quien debería ser considerado como un falsario, cosa imposible. Pero ¡qué alternativa! ¿Cómo podría yo creer en eso, y creer además que estaba en mi sano juicio, aquí en esta calle soleada, con el alegre sonido del galés en mis oídos? Un mundo perverso, oscuro, tan extraño a nosotros que el ser humano es incapaz siquiera de vislumbrarlo; extraños poderes cuyas acciones parecen increíblemente crueles y vengativas, y sin embargo, están regidas por leyes abstractas hechas por seres incomprensibles para nosotros. Urquart, con su rostro de reptil y su taciturna inteligencia. Y por encima de todo, unas fuerzas invisibles sojuzgando las mentes de estas gentes en apariencia inocentes de mi alrededor, y volviéndolas corrompidas y depravadas.
Yo había decidido ya lo que iba a hacer ese día. Pediría al señor Evans que me llevase a las Colinas Grises de las que hablaba Machen, tomaría algunas fotografías y haría algunas discretas averiguaciones. Incluso llevaría una brújula —normalmente tenía una en mi coche, en América—, para el caso de que me perdiera.
Vi un grupo de gentes que se había congregado en la puerta del garaje del señor Evans, y una ambulancia aparcada junto a la acera. Cuando me acercaba, dos enfermeros salieron transportando una camilla. Vi al señor Evans de pie, con expresión lúgubre, en el interior de una tiendecita contigua a su garaje, contemplando a la multitud. Le pregunté:
—¿Qué ha ocurrido?
—Un tipo de arriba se ha suicidado esta noche. Ha dejado abierta la llave del gas.
Cuando se alejaba la ambulancia, pregunté:
—¿No cree que hay bastantes, por aquí?
—¿Bastantes, qué?
—Suicidios, homicidios y demás. Los periódicos locales están llenos.
—Supongo que sí. Hoy en día son los jóvenes. Hacen lo que les da la gana.
Vi que no tenía objeto prolongar el tema. Le pregunté si estaba libre para llevarme a las Colinas Grises. Negó con la cabeza.
—He prometido esperar aquí para prestar declaración ante la policía. Pero puede llevarse el coche, si lo desea.
Así que compré un mapa de la región y me puse al volante. Me detuve diez minutos a admirar el puente medieval mencionado por Machen, y luego me dirigí despacio hacia el norte. La mañana era ventosa, pero no fría, y el sol le daba al paisaje un aspecto totalmente distinto del de la tarde anterior. Aunque iba atento tratando de descubrir indicios de las Colinas Grises de Machen, no vi en el pacífico y ondulado paisaje nada que respondiese a esa descripción. Poco después rebasé el poste de señales que anunciaba Abergavenny a diez millas. Decidí echar una mirada al lugar. Cuando llegué, el sol había disipado de tal modo los vapores nocturnos de mi cabeza que di una vuelta en coche por el pueblo —bastante ordinario arquitectónicamente—, y luego subí a pie a contemplar las ruinas del castillo de la parte alta. Pregunté a un par de nativos que me parecieron más ingleses que galeses. Efectivamente, el pueblo no estaba muy lejos del valle del Servan y del condado de Shropshire de A. E. Houseman.
Pero me recordaron el mito de los lloigor unas frases que traía la guía local sobre William de Braose, lord de Brecheindog (Brecon), «cuya sombra entenebrece el pasado de Abergavenny», cuyas «fechorías» habían asombrado al parecer incluso a los ingobernables ingleses del siglo xii. Tomé nota mentalmente para preguntar a Urquart cuánto tiempo habían estado presentes los lloigor en el sur de Gales, y hasta dónde se había extendido su influencia. Luego me dirigí hacia el noroeste recorriendo la parte más atractiva del valle del Usk. En Crickhowell me detuve ante una agradable y anticuada taberna, pedí una pinta de cálida cerveza, y trabé conversación con un individuo de la localidad que demostró haber leído a Machen. Le pregunté dónde suponía él que se encontraban las Colinas Grises, y me dijo sin más que estaban directamente hacia el norte, en las Montañas Negras, en los altos, agrestes páramos entre los valles del Usk y del Wye. Seguí durante otra media hora, hasta lo alto del puerto llamado Bwlch, cuyo panorama se encuentra entre los más grandiosos de Gales, con los Faros de Brecon al oeste, y bosques y colinas al sur, donde los destellos del Usk reflejaban el sol. Pero las Montañas Negras del este parecían todo menos amenazadoras, y su descripción no correspondía a la página de Machen que yo utilizaba como guía. Así que me desvié hacia el sur otra vez, a través de Abergavenny (donde tomé una ligera comida), y luego, a través de carreteras de segundo orden hacia Llandalffen, desde donde la carretera subía pronunciadamente otra vez.
Fue aquí donde empecé a sospechar que me acercaba a mi objetivo. Reinaba una aridez en las colinas que sugería la atmósfera de La novela del Sello Negro. Pero no quise hacerme ilusiones, pues la tarde se había nublado, y sospechaba que podía ser pura imaginación. Paré el coche en la cuneta, junto a un puente de piedra, y bajé a asomarme por el pretil. El agua corría rápida, y la fuerza de la corriente cristalina me fascinó hasta el punto de sentirme hipnotizado por ella. Bajé por un lado del puente, hundiendo los tacones para mantener el equilibrio en el empinado terraplén, y llegué a una roca plana que había junto a la corriente. Fue casi un acto de desafío, pues experimentaba una clara sensación de intranquilidad y yo sabía perfectamente que se debía parcialmente a la autosugestión. Un hombre de mi edad tiende a sentirse cansado y deprimido después de comer, sobre todo si ha bebido.
Yo llevaba colgando del cuello mi cámara polaroid. El verde de la hierba y el gris del cielo formaban tal contraste que decidí tomar una fotografía. Ajusté el diafragma y enfoqué la cámara corriente arriba; disparé y me metí la máquina debajo del abrigo para revelar la foto. Un minuto después, la saqué. El papel estaba en negro. Evidentemente, le había dado demasiada exposición. Levanté la cámara y disparé por segunda vez, arrojando al río la primera fotografía. Mientras sacaba la segunda foto de la cámara tuve la súbita certeza de que también iba a estar en negro.
Miré nerviosamente alrededor, y a punto estuve de caerme al agua, al ver una cara que me miraba desde lo alto del puente. Era un chiquillo, o un joven, inclinado sobre el pretil, vigilándome. El cronometrador del tiempo dejó de zumbar. Ignorando al muchacho, extraje el papel de la cámara. Estaba en negro. Solté una maldición en voz baja y arrojé la segunda foto al agua. Entonces miré hacia la pendiente para calcular el trayecto más fácil para subir, y vi que el joven estaba justo en lo alto. Vestía unas ropas raídas y pardas, absolutamente indescriptibles. Su rostro era delgado y moreno, y me recordó a los gitanos que había visto en la estación de Newport. Sus ojos castaños eran inexpresivos. Empecé a subir hacia él sin sonreír, al principio curioso por averiguar qué quería.
Pero él no hizo ningún gesto amistoso, y me asaltó el súbito temor de que quisiera robarme, quizá la cámara, o tal vez los cheques de viaje de mi billetero. Una segunda mirada me convenció de que no sabría qué hacer con ninguna de las dos cosas. Sus ojos ausentes y sus orejas separadas indicaban que tenía ante mí a un imbécil. Y entonces, con súbita y total certidumbre, supe cuáles eran sus intenciones con la misma claridad que si me lo hubiera dicho. Quería arrojarme por la pendiente y tirarme al agua. Pero ¿por qué? Miré hacia la corriente. Era muy rápida, y quizá me llegara a la cintura —tal vez un poco más—, pero no era lo bastante profunda como para que se ahogase un hombre adulto. Había rocas y piedras en su cauce, pero no lo bastante grandes como para herirme, si mi cuerpo chocaba contra ellas.
Jamás me había ocurrido nada semejante; al menos, en mis cincuenta últimos años. Me sentí invadido por el miedo y la debilidad, de forma que me dieron ganas de sentarme. Sólo la decisión de no delatar mi miedo me impidió hacerlo. Hice un esfuerzo, y le miré con el ceño arrugado y la expresión irritada, como solía mirar a veces a mis alumnos. Para sorpresa mía, me sonrió —aunque creo que fue una sonrisa maliciosa, más que divertida— y se alejó. Sin perder tiempo, trepé por la pendiente para lograr una posición menos vulnerable.
Cuando llegué a la carretera, unos segundos después, el muchacho había desaparecido. El único sitio donde podía haberse ocultado, en veinte metros a la redonda, era el otro lado del puente, o detrás de mi coche. Me agaché a mirar bajo el coche, para ver si descubría sus pies, pero no. Me sobrepuse al pánico, y fui a asomarme por el otro pretil del puente. Tampoco estaba allí. La única otra posibilidad era que se hubiese escondido debajo mismo del puente, aunque el agua parecía demasiado rápida. En todo caso, no iba a asomarme allí. Volví al coche, conteniéndome para no echar a correr, y sólo me sentí seguro cuando lo puse en marcha.
En lo alto de la colina comprobé con sorpresa que había olvidado qué camino llevaba. La alarma me había borrado todo recuerdo de cuál era la dirección que traía al llegar al puente y aparcar perpendicularmente en una de las salidas. Me detuve en un ensanche de la carretera para consultar la brújula. Pero su aguja negra giraba suavemente en círculos, al parecer indiferente a la dirección. Le di unas palmadas, pero siguió lo mismo. No estaba rota; la aguja seguía montada sobre su eje. Sencillamente, se había desmagnetizado. Seguí conduciendo, hasta que encontré un poste de señales; descubrí que seguía la dirección correcta, y proseguí hacia Pontypool. El problema de la brújula me inquietó vagamente, aunque no demasiado. Sólo más tarde, cuando pensé en ello, me di cuenta de que era imposible que se desmagnetizase una brújula, a no ser que le quitase la aguja y la calentara, o que la golpeara violentamente. Al mediodía la había mirado y estaba bien. Entonces se me ocurrió que el asunto de la brújula, como el del chico, había sido una advertencia. Una vaga, indiferente advertencia, como el roce de una mosca en un durmiente.
Todo esto suena absurdo y fantástico; y admito francamente que casi me sentía inclinado a echarlo todo en olvido. Pero tengo tendencia a fiar en mis instintos.
Me sentía nervioso; lo bastante nervioso como para tomarme un largo trago de coñac de mi frasco, al llegar al hotel. Luego llamé a conserjería y me quejé del frío de la habitación, y a los diez minutos vino una camarera a encender un fuego de carbón en un hogar que yo ni siquiera había visto. Sentado frente a él, fumando una pipa y sorbiendo un coñac, empecé a sentirme mejor. Al fin y al cabo, no había pruebas de que estas «fuerzas» fuesen activamente hostiles... aun admitiendo por un momento que existiesen. Cuando era joven solía reírme de las cosas sobrenaturales, pero a medida que me iba haciendo viejo, la acusada línea que separa lo creíble de lo increíble tendía a volverse borrosa; me doy cuenta de que el mundo resulta ligeramente increíble.
A las seis decidí de pronto ir a ver a Urquart. No me molesté en llamarle por teléfono, pues había llegado a considerarle un aliado, no un extraño. Así que me dirigí a píe, bajo la fina lluvia, a su casa, e hice sonar el timbre. Casi inmediatamente, se abrió la puerta, y apareció un hombre. La galesa dijo:
—Adiós, doctor.
Yo me aparté y me quedé mirándola, presa de un súbito temor.
—¿Se encuentra bien el Coronel?
Fue el médico quien me contestó:
—Bastante bien, si tiene cuidado. Si es usted amigo suyo, no le distraiga demasiado. Necesita dormir.
La galesa me dejó entrar sin hacerme preguntas.
—¿Qué ha sucedido?
—Un pequeño accidente. Se cayó por la escalera del sótano, y tardamos dos horas en encontrarle.
Mientras subía, noté que había algunos perros en la cocina. La puerta estaba abierta, pero no ladraron al oír mi voz. El corredor de arriba era húmedo y estaba mal alfombrado. El doberman se hallaba echado al pie de la puerta. Me miró con aire cansado, sumiso, y ni siquiera se movió cuando pasé junto a él.
Urquart dijo:
—¡Ah, es usted, muchacho! Me alegro de que haya venido. ¿Quién se lo ha dicho?
—Nadie. Venía simplemente a charlar con usted. ¿Qué ha pasado?
Esperó a que el ama hubiese cerrado la puerta tras de sí.
—Me han empujado en la escalera del sótano.
—¿Quién?
—No debería preguntarme eso.
—Pero ¿qué ha pasado?
—He bajado al sótano a coger un poco de cuerda. A mitad de la escalera he notado una sensación repulsiva, sofocante... creo que pueden producir una especie de gas. Luego, he recibido un claro empujón desde un lado. He caído directamente sobre el carbón. Me he torcido el tobillo, y creía que me había roto una costilla. Luego han cerrado la puerta y han echado el cerrojo. He gritado como un loco durante dos horas, hasta que me ha oído el jardinero.
Ahora no dudé de su palabra, ni pensé que estaba chiflado.
—Pero usted se encuentra en evidente peligro aquí. Debería mudarse a otra parte de la región.
—No. Son bastante más fuertes de lo que yo creía. Pero al fin y al cabo, yo estaba bajo tierra, en el sótano. Tal vez sea ésa la explicación. Pueden llegar a la superficie del suelo, pero les cuesta más energía de la que poseen. En cualquier caso, no me han hecho ningún daño grave. Sólo tengo un tobillo torcido, y no tengo ninguna costilla rota, en definitiva. Ha sido una suave advertencia... por haber hablado con usted la pasada noche. ¿Qué le ha sucedido a usted?
—¡Así que es eso! —Mis propias experiencias encajaban ahora. Le conté lo que me había pasado. Me interrumpió para decir:
—Usted bajó una pendiente empinada, exactamente como yo en el sótano. Hay que evitar eso.
Y cuando le mencioné lo de la brújula, se rió sin mucho humor.
—Eso es fácil para ellos. Se lo he dicho, pueden penetrar la materia con tanta facilidad como el agua en una esponja. ¿Una copa?
Acepté, y él se sirvió también. Entre sorbo y sorbo, dijo:
—Ese chico del que me habla... creo que sé quién es. Es el nieto de Ben Chickno. Le he visto por ahí.
—¿Quién es Chickno?
—Un gitano. La mitad de su familia es idiota. Se cruzan todos entre sí. Uno de sus hijos permaneció encarcelado cinco años por estar implicado en un asesinato, uno de los más repulsivos que se han perpetrado por aquí. Torturaron a un viejo matrimonio para averiguar dónde guardaban el dinero, y después los mataron a los dos. Encontraron algunos de los bienes robados en la caravana del hijo, pero él pretendía que los había dejado allí un desconocido. Tuvo suerte de escapar de la acusación de asesinato. Y, por cierto, el juez murió una semana después de juzgar al hijo. De un ataque cardíaco.
Yo conocía a Machen más que Urquart, y la sospecha que ahora me asaltó era natural. Porque Machen habla del contacto sexual entre ciertas gentes de campo medio imbéciles, y sus extrañas potencias del mal. Le pregunté a Urquart:
—¿Podría ese aniano, Chickno, estar en relación con los lloigor?
—Depende de lo que entienda usted por estar en relación. No creo que sea él tan importante como para saber gran cosa sobre ellos. Sí es en cambio la clase de persona que a ellos les gusta alentar: un puerco degenerado. Puede preguntarle por él al inspector Davison, el jefe de la policía local. Chickno tiene una ristra de delitos tan larga como su brazo: incendio intencionado, violación, robo con violencia, bastialidad, incesto. Es un completo degenerado.
La señora Dolgelly entró con la cena en ese momento, dando a entender que era hora de que me marchase. En la puerta, pregunté:
—¿Está la caravana de ese hombre por aquí cerca?
—A un par de kilómetros o así del puente que usted ha mencionado. No pensará ir allá, ¿verdad?
Nada estaba más lejos de mis pensamientos, y así se lo dije.


Esa noche, escribí una larga carta a George Lauerdale, de la Brown University. Lauerdale escribe relatos detectivescos bajo seudónimo, y es autor de dos antologías de poesía moderna. Yo sabía que estaba escribiendo un libro sobre Lovecraft, y necesitaba su consejo. A estas alturas tenía la sensación de estar totalmente implicado en el asunto. Ya no tenía ninguna duda. Así que, ¿había alguna prueba de los lloigor en el área de Providence? Quería saber si existía alguna teoría acerca de las fuentes de las que había obtenido su información básica. ¿Dónde había visto u oído hablar del Necronomicón? Tomé la precaución de ocultar mis verdaderas preocupaciones en la carta a Lauerdale; le expliqué simplemente que había logrado traducir gran parte del manuscrito de Voynich, y que tenía razones para creer que era el Necronomicón al que hacía referencia Lovecraft. ¿Qué podía decir Lauerdale a esto? Seguí contándole que había pruebas de que Machen había utilizado leyendas auténticas de Monmouthshire en sus relatos, y que yo sospechaba que en la obra de Lovecraft subyacían leyendas similares. ¿Tenía él conocimiento de alguna de dichas leyendas locales? Por ejemplo, ¿había alguna historia desagradable relacionada con la «apartada casa» de Lovecraft en Benefit Street, Providence?
Al día siguiente del accidente de Urquart sucedió algo muy extraño, que mencionaré brevemente, dado que no tuvo consecuencias. Ya he hablado de la camarera, una muchacha de pálido rostro, pelo hirsuto y flacas piernas. Después de desayunar, subí a mi habitación y la encontré aparentemente inconsciente, tendida sobre la alfombra junto a la chimenea. Traté de llamar a conserjería, pero no cogieron el teléfono. Era una muchacha pequeña y delgada, así que decidí trasladarla a la cama o a una butaca. No me fue difícil; pero al levantarla, no pude por menos de darme cuenta de que llevaba poca o ninguna ropa bajo el uniforme negro. Esto me extrañó; el tiempo era frío. Entonces, al depositarla, abrió los ojos y me miró con astuta complacencia, convenciéndome de que había estado fingiendo, y una de sus manos cogió la muñeca de la mía que trataba de apartarse, con la inequívoca intención de prolongar nuestro contacto.
Pero todo se redujo a un movimiento brusco, y yo me incorporé. Al hacerlo, oí un ruido en el otro lado de la puerta, y la abrí rápidamente. Un hombre de aspecto rudo y rostro agitanado estaba allí, algo sobresaltado de verme. Empezó a decir:
—Estaba buscando... —y vio a la muchacha en la habitación.
Dije rápidamente:
—La he encontrado inconsciente en el suelo. Voy a buscar a un médico.
Yo lo único que quería era huir escaleras abajo, pero la muchacha me oyó y dijo:
—Ya no hace falta —y saltó de la cama.
El hombre dio media vuelta y se alejó, y ella le siguió unos segundos después sin tratar de excusarse siquiera. No hacía falta una perspicacia especial para comprender lo que habían tramado: él abriría la puerta y me sorprendería acostado con ella. No se me ocurre qué hubiera podido suceder entonces; quizá me hubiese pedido dinero. Pero creo que lo más probable es que me hubiera atacado. Había un claro parecido familiar con el chico que me estuvo mirando en el puente. Nunca le volví a ver, y a partir de entonces, la camarera pareció dispuesta a olvidarme.
El incidente me confirmó cabalmente que la familia de gitanos estaba más íntimamente implicada con los lloigor de lo que Urquart imaginaba. Llamé a su casa, pero me dijeron que dormía. Pasé el resto del día escribiendo cartas a casa, y visitando las ruinas romanas del pueblo.
Por la tarde, vi a Chickno por primera vez. Camino de la casa de Urquart, tuve que pasar por delante de una pequeña taberna, con un cartel en la ventana que decía: No se admiten gitanos. Sin embargo, en la entrada de la taberna había un viejo vestido con ropas holgadas —un viejo de aspecto inofensivo— que me miró fijamente con las manos en los bolsillos. Fumaba un cigarrillo que colgaba flojamente de sus labios. Era inequívocamente gitano.
Le conté a Urquart el incidente de la camarera, pero él no pareció concederle demasiada importancia; en el peor de los casos, creía él, podían haber intentado hacerme chantaje. Pero cuando le mencioné al viejo, se sintió más interesado y me hizo describírselo con detalle.
—Era Chickno, desde luego. Me pregunto qué demonios querrá.
—Parece inofensivo —dije.
—Inofensivo como una araña venenosa.
El encuentro con Chickno me inquietó. Creo que no soy más cobarde, físicamente hablando, que cualquiera; pero el joven del puente y el asunto de la camarera me hicieron comprender que todos somos bastante vulnerables. Si el novio de la camarera —o su hermano o quien fuese— hubiera querido golpearme violentamente en el estómago, podía haberme dejado inconsciente. Y ningún tribunal habría castigado a un hombre que trataba de defender el «honor» de su novia, especialmente cuando ella alegara que había vuelto en sí de un desmayo para encontrarse con que la habían violado... La sola idea me produjo la más desagradable sensación en el estómago, y un auténtico temor de estar jugando con fuego.
Este temor explica otro incidente que debo consignar aquí. Pero tengo que decir primero que Urquart se había levantado de la cama al tercer día, y que fuimos en coche juntos a las Colinas Grises, tratando de averiguar si tenía algún fundamento la alusión de Machen a cuevas subterráneas donde se suponía que habitaban sus maliciosos trogloditas. Interrogamos al vicario de Llandalffen, y de los pueblecitos vecinos, y hablamos con varios granjeros con quienes nos cruzamos, explicando que estábamos interesados en prospecciones. Nadie puso en duda nuestro plausible pretexto, pero nadie nos facilitó información alguna, aunque el sacerdote de Llandalffen dijo que había oído rumores sobre la existencia de aberturas en las laderas, ocultas por peñas.
Urquart estaba agotado, después de un día de andar renqueando de un lado para otro conmigo, y regresamos a casa a las seis, con el fin de acostarnos temprano. Cuando me dirigía a mi hotel, tuve la sensación —o quizá lo imaginé— de que un hombre de aspecto agitanado me seguía a unos centenares de metros. Alguien parecido al joven andaba rondando por la entrada del hotel, y se alejó al aparecer yo. Empecé a considerarme un hombre vigilado. Pero después de cenar, sintiéndome más reconfortado, decidí acercarme a la taberna donde había visto al viejo Chickno, y averiguar discretamente si le conocían allí.
Cuando aún me encontraba a medio kilómetro del lugar, le vi en la puerta de una lechería, mirándome y sin molestarse lo más mínimo en disimular. Yo sabía que si le ignoraba, mi sensación de inseguridad aumentaría y me costaría quizá una noche de insomnio. Así que hice lo que hago a veces con los monstruos de las pesadillas: me dirigí hacia él y me acerqué. Tuve la satisfacción de comprobar, por un momento, que le había cogido de sorpresa. Sus ojos acuosos se desviaron rápidamente... gesto típico del hombre que tiene habitualmente algo sobre su conciencia.
Entonces, mientras me acercaba, comprendí que no tenía sentido abordarle directamente; si yo le preguntaba: «¿Por qué me sigue?», él reaccionaría con la instintiva astucia del hombre que está normalmente fuera de la ley, y lo negaría de plano. Así que en vez de eso, sonreí y dije:
—Agradable noche.
Él me hizo una mueca y dijo:
—¡Oh, sí!
Entonces me puse a su lado e hice como que contemplaba el paso del mundo. Tuve otra intuición. Él se hallaba en posición ligeramente incómoda en su papel de cazador, por así decir; estaba más acostumbrado a ser la presa. Un instante después dijo:
—Usted es forastero aquí —su acento no era galés; era más áspero, más norteño.
—Sí, soy americano —dije. Y tras una pausa, añadí—: Usted es forastero también, a juzgar por su acento.
—Sí. De Lancashire.
—¿De qué parte?
—De Dowham.
—¡Ah!, el pueblo de las brujas —yo había dado una clase sobre los novelistas victorianos, y recordé Las brujas de Lancashire, de Ainsworth.
Me sonrió con una mueca, y vi que no tenía un solo diente entero; los trozos que asomaban eran marrones y quebrados. Viéndole de cerca, comprendí también que me había equivocado por completo al considerar su aspecto inofensivo. La comparación de Urquart con una araña venenosa no era del todo disparatada. Para empezar, era mucho más viejo de lo que parecía a lo lejos; tendría unos ochenta años, pensé (más tarde me llegó el rumor de que tenía unos cien. Desde luego, su hija contaba sesenta y cinco años). Pero la edad no le había suavizado ni le había hecho más benévolo. Había en él un vago aspecto degenerado, y una especie de desagradable vitalidad, como si pudiese gozar aún haciendo daño o inspirando temor. Incluso al hablar con él producía una sensación ligeramente inquietante, como el acariciador restregarse de un perro, cuando sospechas que tiene la rabia. Urquart me había contado ciertos rumores, de lo más repugnantes sobre él, aunque yo no los había creído. Se refería a la historia de la hija pequeña de un trabajador del campo que había aceptado su hospitalidad una noche de lluvia y me costó trabajo disimular mi repugnancia.
Permanecimos diez minutos más contemplando la calle iluminada y los escasos jóvenes que, con sus radios portátiles, pasaban por delante de nosotros ignorándonos.
—Extienda la mano —dijo.
La extendí. Entonces me la examinó con interés. Luego trazó con su pulgar las líneas que recorrían la base del dedo pulgar de mi mano derecha.
—Tiene una línea de la vida larga.
—Me alegro de oírselo decir. ¿Puede ver algo más?
Me miró y sonrió maliciosamente.
—Nada que pueda interesarle.
Había algo irreal en esta entrevista. Miré mi reloj.
—Es hora de tomar algo —dije, y me dispuse a marcharme; entonces, como si se me acabara de ocurrir la idea, añadí—: ¿Le importa acompañarme?
—No faltaría más.
Pero la sonrisa fue tan declaradamente insultante que, de no mediar otro motivo, cualquiera la habría considerado una ofensa. Yo sabía qué pensaba: que le tenía miedo, y que intentaba imponerme a él. Había algo de verdad en la primera parte; pero de ningún modo en la segunda. Y me di cuenta de que el hecho de no comprenderme me otorgaba una ligera ventaja.
Nos dirigimos a la taberna que yo tenía intención de visitar. Luego vi el cartelito de la ventana, y vacilé.
—No se preocupe. Ese aviso no reza conmigo —dijo.
Un momento más tarde, vi por qué. El mostrador estaba medio lleno. Unos cuantos trabajadores jugaban a los dardos. Chickno fue a sentarse directamente bajo la diana. Algunos hombres parecieron enfadarse, pero nadie dijo nada. Dejaron los dardos en el alféizar de la ventana y regresaron al mostrador. Chickno enseñó los dientes a modo de sonrisa. Me daba cuenta de que disfrutaba mostrando su poder.
Dijo que tomaría un ron. Me acerqué al mostrador, y el tabernero me sirvió sin mirarme directamente a la cara. Los parroquianos se hicieron a un lado, a una distancia que juzgaron conveniente sin que resultase llamativa. Evidentemente, Chickno era temido. Quizá la muerte del juez que sentenció a su hijo tuviera algo que ver; más tarde, Urquart me contó otras historias.
Una cosa hizo que me sintiese menos preocupado. No pudo aguantar su bebida. Yo le había pedido un ron sencillo, para que no creyese que quería emborracharle, pero él lo miró y dijo:
—Un poco pequeño, resulta.
Así que fui y le pedí otro. El se bebió el primero antes de que yo le trajese el segundo. Y diez minutos más tarde, sus ojos habían perdido un tanto de astucia y perspicacia.
Pensé que no perdería nada con hablar francamente.
—He oído hablar de usted, señor Chickno. Y tenía mucho interés en conocerle.
Él dijo:
—Sí. Ya lo sé —se llevó a los labios su segundo vaso, pensativo, y sorbió por una mella. Luego dijo—: Usted parece una persona razonable. ¿Por qué permanece aquí, donde no se le quiere?
No quise aparentar que no comprendía.
—Me voy a marchar dentro de poco..., probablemente a finales de semana. Pero he venido para tratar de averiguar algo. ¿Ha oído hablar del manuscrito de Voynich?
Evidentemente, no. Así que, pese a que me daba la sensación de que malgastaba saliva —miraba por encima de mí con ojos ausentes—, le conté brevemente la historia del manuscrito, y cómo lo había descifrado. Terminé diciéndole que Machen también parecía conocer la obra, y que yo sospechaba que su otra mitad, o quizá otro ejemplar del mismo libro, podía encontrarse en esta parte del mundo. Cuando me contestó, vi que me había equivocado al creerle estúpido o distraído.
—Conque piensa hacerme creer que busca usted un manuscrito en esta región, ¿eh? ¿Eso es todo? —dijo.
Su tono tenía la brusquedad típica de Lancashire, pero no era hostil. Dije:
—Ese es el motivo por el que he venido.
Se inclinó sobre la mesa, echándome encima su aliento cargado de ron.
—Escuche, señor, sé mucho más de lo que usted cree. Lo sé todo sobre usted. Así que dejemos todo eso. Usted puede ser un profesor, pero eso a mí no me impresiona.
Experimenté la fuerte sensación de que tenía delante de mí a una rata o una comadreja, la sensación de que era peligrosa, y que debía ser exterminada como una serpiente venenosa; pero hice un esfuerzo por apartar esto de mi imaginación. De pronto, supe algo más sobre él: estaba impresionado por el hecho de que yo fuera profesor; y disfrutaba de poder ordenarme prácticamente que me fuera y me metiese en mis asuntos.
Así que tomé aliento y dije cortésmente:
—Créame, señor Chickno; mi interés principal está en ese manuscrito. Si pudiese encontrarlo, sería completamente feliz.
Él se bebió todo el ron, y por un momento pensé que se iba a levantar y a marcharse. Pero se limitó a pedir más. Me acerqué al mostrador y le traje un doble, y otra haig para mí.
Cuando me senté nuevamente, él dio un buen trago de ron.
—Sé por qué está usted aquí, señor. Y también sé lo de su libro. No soy un individuo vengativo. Todo lo que digo es que usted no les interesa. Conque, ¿por qué no regresa a América? Le puedo asegurar desde ahora que no encontrará por aquí el resto de su libro.
Ninguno de los dos dijimos nada durante unos minutos. Luego decidí llegar a unos términos de completa franqueza:
—¿Por qué quieren que me marche?
Por un instante, no entendió lo que yo había dicho. Luego su rostro se volvió más sobrio y serio... aunque sólo por breves momentos.
—Será mejor no hablar de eso —pero un instante después, pareció reconsiderar su sugerencia. Sus ojos eran maliciosos otra vez. Se inclinó hacia mí—: Usted no les interesa, señor. No podrían mostrar menos interés por usted. Es él quien no les gusta —agitó la cabeza vagamente; yo supuse que hablaba de Urquart—. Está loco. Ha recibido un montón de advertencias; y puede decirle de mi parte que no se van a molestar en advertírselo otra vez.
—Él no cree que tengan ellos poder alguno. Al menos, el suficiente para hacerle daño —dije.
Pareció incapaz de decidir si sonreírse o burlarse. Su rostro se contrajo, y por un instante tuve la impresión de que sus ojos se volvían rojos, como los de una araña. Luego me espetó:
—Entonces es que no es más que un condenado... loco, y que merece lo que se le va a venir encima.
Al tiempo que sentí una punzada de temor, experimenté también un hormigueo de triunfo. Había empezado a hablar. Mi franqueza había sido recompensada. Y a menos que se volviese súbitamente cauto otra vez, estaba a pique de descubrir algunas cosas que yo deseaba averiguar.
Se dominó, y luego dijo menos violentamente:
—Ante todo, está loco porque en realidad no sabe nada. Ni un maldito detalle —me dio un golpecito en la muñeca con un dedo encorvado.
—Me lo sospechaba —dije.
—¿Sí, de verdad? Bueno, pues estaba en lo cierto. Todo ese asunto sobre la Atlántida... —No había duda de que ese desprecio era real. Pero lo que más me sorprendió de cuanto dijo fue lo que añadió a continuación. Se inclinó hacia delante, y confesó con singular sinceridad—: Esos seres no son un cuento de hadas, sépalo usted. Ni son juegos de niños.
Y comprendí algo que no había visto claro hasta entonces. Él «los» conocía; los conocía con el realismo indiferente del científico que habla de la bomba atómica. Creo que, hasta entonces, yo no había creído en «ellos»; había abrigado la esperanza de que fuesen alguna extraña ilusión; o que, como los fantasmas, no pudieran incidir en los asuntos humanos desde un punto de vista material. Sus palabras me hicieron comprender que estaba equivocado. «Esos seres». Se me erizó el cabello, y sentí un frío que me recorrió las piernas hasta los pies.
—¿Qué hacen ellos, entonces?
Vació su vaso, y dijo en tono casual:
—Eso no es de su incumbencia, compadre. Usted no puede hacer nada. Ni usted ni nadie —dejó el vaso—. Mire, en cualquier caso, este mundo es de ellos. Nosotros somos un error. Lo quieren otra vez. —Captó la mirada del tabernero, y señaló su vaso.
Me levanté y le traje otro ron. Ahora quería dejarle lo antes posible, para hablar con Urquart. Pero sería difícil, sin correr el riesgo de ofenderle.
Chickno resolvió el problema. Después de su tercer doble de ron, dejó repentinamente de ser inteligible. Empezó a murmurar cosas en un lenguaje que a mí me pareció gitano. Mencionó varias veces a una «Liz Meridional», pronunciando «miridional», y sólo más tarde recordé que ése era el nombre de una de las brujas de Lancashire, ejecutada en 1612. No logré averiguar de qué estaba hablando, ni si se refería de hecho a la bruja. Sus ojos se volvieron vidriosos, aunque él creía evidentemente que me estaba revelando algo. Finalmente, tuve la pavorosa impresión de que no era ya el viejo Chickno quien me hablaba, sino que estaba poseído por alguna otra criatura. Media hora más tarde, dormitaba con la cabeza apoyada sobre la mesa. Me dirigí al tabernero.
—Siento que haya pasado esto —señalé al viejo Chickno.
—No se preocupe —dijo él. Creo que se había percatado ya de que yo no era amigo del gitano—. Telefonearé a su nieto. Él se lo llevará a su casa.
Llamé a la casa de Urquart desde la cabina telefónica más próxima. El ama me dijo que estaba dormido. Me sentí tentado de acercarme y despertarle; luego lo pensé mejor, y regresé al hotel, deseando tener a alguien con quien hablar. Traté de ordenar mis pensamientos, para ver qué significado tenía lo que había dicho Chickno. Si no había negado la realidad de los lloigor, entonces ¿por qué Urquart estaba tan equivocado? Pero yo había bebido demasiado, y me sentía agotado. Me acosté a las doce de la noche y me quedé profundamente dormido; pero dormí mal, agobiado por las pesadillas. A las dos de la madrugada, me desperté con la horrible sensación de la maligna realidad de los lloigor, aunque mezclada en mi espíritu con pesadillas sobre el marqués de Sade y Jack el Destripador. Mi sensación de peligro era tan fuerte que encendí la luz. Esto mejoró las cosas. Entonces decidí que sería mejor escribir mi entrevista con Chickno, y dársela a Urquart para que la leyera, por si él podía añadir alguna de las piezas que faltaban al rompecabezas. La redacté detalladamente.
Con los dedos entumecidos de frío, me dormí otra vez, pero me despertó un débil temblor de la habitación que me recordó el de un terremoto que sentí en México. Luego me dormí otra vez, hasta mediada la mañana.
Antes de entrar a desayunar, pregunté en conserjería si había recibido correspondencia. Había contestación a la carta que le enviara a Lauerdale, de la Brown University, y la leí mientras tomaba unos arenques ahumados.
Gran parte de la carta era literaria: una disertación acerca de Lovecraft y su psicología. Pero había páginas que tenían mucho más interés para mí. Decía Lauerdale: «Yo mismo me inclino a creer, basándome en las cartas, que una de las experiencias más importantes que Lovecraft tuvo en sus primeros años fue una visita que hizo a Cohasset, un ruinoso pueblecito pesquero situado entre Quonochontang y Weekapaug, en el sur de Rhode Island. Como el Innsmouth, de Lovecraft, este pueblo tuvo que ser borrado más tarde de los mapas. Yo he estado allí, y su descripción corresponde en muchos aspectos a la que hace Lovecraft de Innsmouth, que él sitúa en Massachusetts: "más casas vacías que habitantes", el ambiente de ruina, el olor a pescado rancio. Había efectivamente un personaje conocido como el capitán Marsh, que vivía en Cohasset en 1915, en el tiempo en que Lovecraft estuvo allí, el cual pasó algún tiempo en los Mares del Sur. Puede que fuera él quien le contó al joven Lovecraft las historias de los malignos templos polinesios y las gentes que vivían bajo el mar. Lo principal de estas leyendas —como dicen también Jung y Spence— gira en torno a dioses (o demonios) de las estrellas, los cuales fueron en un tiempo los señores de este mundo, y perdieron su poderío al practicar la magia negra, si bien retornarán algún día y volverán a imperar sobre la Tierra. En la versión citada por Jung, se dice que estos dioses crearon a los seres humanos a partir de monstruos subhumanos.
»En mi opinión, Lovecraft sacó el resto de los "mitos" de Machen, o quizá de Poe, quien alude de cuando en cuando a esos seres. En el Manuscrito hallado en una botella, por ejemplo. No he encontrado prueba alguna acerca de los siniestros rumores sobre la "solitaria casa" de Benefit Street ni sobre ninguna otra casa de Providence. Me interesaría profundamente leer lo que usted pueda decirme acerca de las fuentes de Machen. Aunque pienso que es posible que Machen oyese alguna historia sobre algún volumen "arcano" del tipo del que usted menciona, no encuentro prueba de ninguna clase de que Lovecraft tuviese conocimiento de primera mano de tal libro. Estoy seguro de que cualquier relación entre su Necronomicón y el manuscrito de Voynich, como usted sugiere, es pura coincidencia.»
Se me erizó el pelo al leer la frase sobre los dioses «que retornarán algún día y volverán a imperar sobre la Tierra», y también ante la referencia a leyendas polinesias. Pues, como ha escrito Churchward, «la isla de Pascua, Tahití, Samoa... Hawai y las Marquesas, son los dedos patéticos de ese gran país, y perduran hoy como centinelas de una tumba silenciosa». Las islas de la Polinesia son los restos de Mu.
Todo esto aportaba muy poco más a lo que yo ya sabía o sospechaba. Pero mi encuentro con Chickno me planteaba un problema práctico: ¿en qué medida se encontraba realmente Urquart en peligro? Podía estar en lo cierto con respecto a que los lloigor carecían de poder en sí mismos, o tener muy poco en todo caso; pero Chickno y su familia eran una cuestión diferente. Incluso adoptando la postura más escéptica de todas, la de que el asunto no fuera más que pura imaginación y superstición, los Chickno representaban un peligro muy real. Por alguna razón, odiaban a Urquart.
El conserje me tocó en la manga:
—Al teléfono, señor.
Era Urquart. Dije:
—Gracias al cielo que me llama. Tengo que hablar con usted.
—¿Lo ha oído entonces?
—¿Oír el qué?
—La explosión. Chickno ha muerto.
—¡Qué! ¿Está seguro?
—Bastante. Aunque no es mucho lo que han podido encontrar de él.
—Voy inmediatamente.
Esa fue la primera vez que oí hablar de la gran explosión de Llandalffen. Tengo en mi mesa un volumen titulado Stranger than Logic, del fallecido Frank Edwards, consistente en una de esas recopilaciones informales de misterios y maravillas. Tiene una sección titulada «La gran explosión de Llandalffen», y lo que dice, en esencia, es que fue una explosión atómica, debida probablemente a un fallo en el mecanismo de un «objeto volante no identificado»; cita al científico astronáutico ruso Willey Ley, quien afirma que el cráter siberiano de 1908 puede haber sido producido por una explosión de antimateria, y establece paralelos entre la explosión de Llandalffen y la depresión de la Podkamennaya tunguska. Esto sonaba sencillamente absurdo. Vi la zona de la explosión, y no había destrozo suficiente como para que se tratase de una explosión atómica, por pequeña que fuese.
Pero me estoy adelantando a mi relato. Me encontré con Urquart a mitad de camino de su casa, y nos fuimos en coche a Llandalffen. Lo que había sucedido era sencillamente una tremenda explosión alrededor de las cuatro de la madrugada; puede que fuera eso lo que me sacudió y me despertó a esa hora. La zona es desértica, por suerte, pero un peón que vivía en una casita a cinco kilómetros de distancia fue arrancado de su cama por la sacudida. El detalle más extraño de todo este asunto es que produjo poco ruido en realidad; él creyó que se trataba de un temblor de tierra, y se acostó otra vez. Dos hombres del pueblo, que regresaban a sus casas de una reunión, dijeron que habían oído la explosión, y que sonó apagada, como una voladura o un trueno lejano, y se preguntaron si no se habría estrellado un avión cargado de bombas. El peón fue en bicicleta a investigar lo ocurrido a las siete de la mañana, pero no encontró nada. Sin embargo, lo comentó con el granjero para el que trabajaba, y fueron los dos en el coche de la granja, un poco después de las nueve. Esta vez, el granjero se desvió por un camino vecinal, dirigiéndose hacia las caravanas de los gitanos que se encontraban a unos tres kilómetros más allá. Lo primero que encontraron no fue, como pretende la señora Edwards, un trozo de cuerpo humano, sino parte de una pata delantera de un asno, que yacía en mitad de la carretera. Más adelante, descubrieron que las cercas de piedra y los árboles habían quedado arrasados. Y había esparcidos fragmentos de carromatos y demás restos en un radio de cientos de metros, alrededor del centro de la explosión, cubriendo el prado de unos dos acres en el que habían acampado los gitanos.
Vi el prado personalmente; el inspector de policía de Llandalffen, que conocía a Urquart, nos permitió acercarnos. Mi primera impresión fue que había sido un terremoto, más que una explosión corriente. Una explosión produce un cráter, o arrasa una zona más o menos llana, pero aquí el suelo estaba desgarrado y agrietado como por una convulsión interior. Un riachuelo que recorría el prado se había desviado ahora y había convertido la zona en un lago. Por otra parte, habían quedado arrasados algunos árboles, convertidos ahora en tocones destrozados; otros, en cambio, estaban intactos. La tapia entre el prado y la carretera principal estaba casi indemne, aunque se extendía hasta lo alto de una pequeña loma o dique, si bien otra tapia mucho más alejada del siguiente prado había sido arrasada en gran parte.
Estaban también, naturalmente, los desfigurados restos humanos y animales que habíamos esperado encontrar; jirones de piel, fragmentos de huesos. Pocos eran identificables; la explosión parecía haber fragmentado a toda criatura viviente del prado. La parte de asno encontrada por el granjero fue el trozo más grande que quedó.
No tardé en sentirme bastante mal, y tuve que ir al coche a sentarme; Urquart, en cambio, estuvo deambulando por allí durante una hora, recogiendo diversos fragmentos. Oí a un sargento de la policía preguntarle qué buscaba, y a Urquart contestarle que no sabía. Pero sí lo sabía; esperaba encontrar una prueba concreta que relacionase a los gitanos con Mu. Y, de algún modo, yo estaba seguro de que no la encontraría.
A la sazón, debía de haber un millar de visitantes en toda la zona, que trataban de acercarse bastante para averiguar qué había sucedido. Nuestro coche fue detenido una docena de veces o más, cuando tratábamos de alejarnos. Urquart dijo a todos los que le preguntaron que creía que había sido un platillo volante que había estallado.
De hecho, estábamos los dos bastante seguros de lo que había pasado. Creo que el viejo Chickno había ido demasiado lejos, que me había dicho demasiado. Urquart creía que su principal error había sido considerar a los lloigor un poco como seres humanos, y a sí mismo como su servidor, con derecho a tomarse ciertas libertades. No se había dado cuenta de que no era en absoluto indispensable, y de que su natural tendencia a alardear y a presentarse como embajador de los lloigor le había hecho peligroso a ojos de ellos.
Llegamos a esta conclusión, después de contarle yo a Urquart mi conversación con Chickno. Cuando hube terminado de leer mis notas, Urquart dijo:
—No cabe duda de que le han matado ellos.
—Habló demasiado. Y quizá creyeron que podíamos deducir más de lo que dijo.
Comimos en el hotel, y lo lamentamos. Todo el mundo parecía saber dónde habíamos estado, y nos miraban y trataban de oír nuestra conversación. El camarero se pasó tanto tiempo revoloteando alrededor de nuestra mesa que finalmente el maître tuvo que llamarle la atención. Comimos a toda prisa y regresamos a casa de Urquart. Tenía encendida otra vez la chimenea de la biblioteca, y la señora Dolgelly trajo café.
Aún recuerdo cada momento de esa tarde. Reinaba una atmósfera presagiosa, de peligro físico. Lo que más impresionaba a Urquart era el desprecio de Chickno, cuando le dije que aquél creía que «ellos» carecían de poder real. Aún recuerdo el chorro de palabras desdeñosas que soltó, haciendo volver a la cabeza a media clientela de la taberna. Y Chickno había demostrado que tenía razón: «Ellos» tenían muchísimo poder: varias clases de poder. Pues llegamos a la conclusión de que la devastación del campamento de gitanos no se debía ni a un terremoto ni a una explosión, sino a una especie de mezcla de ambas cosas. Una explosión lo bastante violenta como para arrasar las caravanas habría sido oída con claridad en Southport y el Melicourt, y también, lo más seguro, en Llandalffen, que distaba unos ocho kilómetros de allí. Las grietas y hendiduras de la tierra sugerían una convulsión del suelo. Pero la convulsión del suelo no habría destrozado y diseminado las caravanas. Urquart creía —y finalmente coincidí con él— que las caravanas y sus habitantes habían sido literalmente barridos. Pero en ese caso, ¿cuál era el objeto de la convulsión de la tierra? Había dos explicaciones posibles. Que había ocurrido esto al abrirse camino las «criaturas» desde el subsuelo. O que el «terremoto» era un rastro deliberadamente falso, una maniobra de distracción. Y las consecuencias que se derivaban de tal suposición eran tan sobrecogedoras que nos escanciamos sendos whiskys a pesar de que aún era media tarde. Significaba que «ellos» deseaban proporcionar una explicación aparentemente natural a lo que había sucedido. E implicaba que tenían alguna razón para obrar con este sigilo. Y, por lo que nosotros podíamos ver, sólo podía existir una razón: tenían algún «plan», algún plan para el futuro. Recordé las palabras de Chickno: «En cualquier caso, este mundo es de ellos... Quieren volver otra vez.»
Lo desesperante era que, con todos sus libros sobre ocultismo y sobre la historia de Mu, Urquart no podía aportar nada que sugiriera una respuesta. Era difícil luchar contra una paralizadora sensación de desespero, de no saber por dónde empezar. El periódico de la tarde aumentó nuestra depresión, ya que declaraba con total seguridad que la explosión había sido causada por ¡nitroglicerina! Los «expertos» habían llegado a una teoría que parecía explicar los hechos. El hijo y el yerno de Chickno habían trabajado en unas canteras del norte, y habían utilizado con frecuencia explosivos. A veces se había tenido que emplear nitroglicerina en dichas canteras porque resulta fácil de manejar. Según la información del periódico, se sospechaba que los hijos de Chickno habían robado cierta cantidad de glicerina y de ácidos sulfúrico y nítrico. Su intención, decía el informante, era utilizarlos para desvalijar cajas fuertes. Debieron de conseguir fabricar bastante cantidad de nitroglicerina, y alguna especie de terremoto la hizo estallar.
Era una explicación absurda; habría sido necesaria una tonelada de nitroglicerina para provocar tanto destrozo; en cualquier caso, una explosión de nitroglicerina deja huellas características; y no se veía huella alguna de ese tipo en el prado devastado. Una explosión de nitroglicerina, además, se oye; y ésta no se oyó.
Y sin embargo, no se puso en duda seriamente tal explicación, pese a que hubo una posterior investigación oficial en la zona del desastre. Probablemente porque los seres humanos tienen miedo de los misterios para los que no existe absolutamente ninguna explicación, la mente necesita algún tipo de solución, por absurda que sea, que la tranquilice.
El periódico de la tarde traía otro artículo que al principio me pareció sin importancia; el titular decía: «¿Ha provocado la explosión algún misterioso escape de gas?» Se trataba de una breve nota en la que se declaraba que mucha gente de la zona se había despertado con grandes dolores de cabeza y con una sensación de flojedad, signos aparentes de una inminente epidemia de gripe. Ambas sensaciones se habían disipado al avanzar el día. ¿Había provocado la explosión un escape de gas, se preguntaba el periodista, que produjo estos síntomas? El «corresponsal científico» del periódico añadía una nota, diciendo que el anhídrido sulfuroso podía producir exactamente estos síntomas, y que varias personas habían notado un olor así durante la noche. La nitroglicerina, naturalmente, contiene una pequeña cantidad de ácido sulfúrico, lo que podía explicar el olor...
Urquart dijo:
—Averiguaremos eso en seguida, de todos modos.
Y llamó al departamento de meteorología de Southport. De allí nos llamaron diez minutos más tarde con la respuesta; había soplado viento del noroeste esa noche. Y Llandalffen se halla al norte del lugar de la explosión.
Y ninguno de los dos encontramos tampoco significado alguno al artículo. Perdimos horas buscando alguna clave en mi traducción del manuscrito de Voynich, y luego en una treintena de libros sobre Mu y temas relacionados.
Y entonces, cuando iba a echar mano de otro volumen sobre Lemuria y la Atlántida, mis ojos repararon en un libro titulado Poltergeists, de Sacheverell Sitwell. Me detuve y me quedé mirándolo. Mi mente buscó a tientas algún hecho semiolvidado. Y entonces me vino a la memoria.
—¡Dios mío, Urquart! —exclamó—, se me acaba de ocurrir algo. ¿De dónde sacaban esas criaturas su energía? —Me miró perplejo—. ¿Tienen energía natural propia? Se necesita un cuerpo físico para generar energía física. Pero ¿cómo los poltergeists...?
Y entonces comprendió él también.
—Los poltergeists sacaban energía de los seres humanos, normalmente de muchachas adolescentes. Una escuela de pensamiento considera que los poltergeists carecen de existencia independiente; son una especie de manifestación psíquica de la mente inconsciente de los adolescentes, una explosión de alguna frustración o un anhelo de atención. Otra escuela cree que son «espíritus» que necesitan sacar energía de una persona emocionalmente perturbada; Sitwell cita casos de trastornos debidos a poltergeists en casas que han permanecido deshabitadas durante largos períodos.
¿Podía ser por esto que mucha gente de la zona se había sentido cansada y «griposa» al despertarse, porque la energía de la explosión provenía de ellos?
Si esto era así, entonces el peligro no era tan grave como habíamos creído. Significaba que los lloigor carecían de energía propia, tenían que extraerla de las personas... probablemente de la gente dormida. Sus poderes eran, por tanto, limitados.
Un mismo pensamiento nos vino a los dos simultáneamente. Que el mundo, naturalmente, estaba lleno de gente...
No obstante, los dos nos sentimos súbitamente eufóricos, y con este nuevo estado de ánimo, afrontamos nuestra tarea fundamental: enterar al género humano de la existencia de los lloigor. No eran indestructibles, ni tampoco se habrían molestado en destruir a Chickno por el mero hecho de haber hablado de ellos. Era posible destruirlos con una explosión nuclear subterránea. El que hubiesen permanecido en estado letárgico durante tantos siglos significaba que su poder era limitado. Si podíamos aducir una prueba concreta de su existencia, entonces la posibilidad de contrarrestar la amenaza era grande.
El evidente punto de partida era la explosión de Llandalffen: enterar al público de que ésta delataba inequívocamente la realidad de estas fuerzas ocultas. En cierto modo, la muerte de Chickno era lo mejor que había podido suceder; con ella habían revelado sus intenciones. Decidimos visitar el lugar de la explosión otra vez, por la mañana, y recoger todo un expediente de datos sobre ella. Entrevistaríamos a los habitantes de Llandalffen y averiguaríamos si alguno de ellos había notado realmente olor a dióxido sulfuroso durante la noche, y si persistían en la historia cuando nosotros les hiciéramos ver que el viento había estado soplando en la dirección opuesta. Urquart conocía a unos periodistas de Fleet Street interesados por las cuestiones ocultas y sobrenaturales; hablaría con ellos y les daría a entender que allí había un asunto interesante.
Cuando regresé a mi hotel, ya de noche, me sentía contento como no lo había estado desde hacía días. Dormí profunda y pesadamente. Al despertarme, era muy avanzado el día ya, y me sentí agotado. Lo atribuí a haber dormido tanto, hasta que me levanté para ir al cuarto de baño, y me di cuenta de que la cabeza me latía como si hubiese cogido la gripe. Tomé dos aspirinas, me afeité, y luego bajé. Para mi alivio, nadie más había mostrado signos de agotamiento parecido. El café y las tostadas con mantequilla que me sirvieron parecieron reconfortarme ligeramente; decidí que sufría un agotamiento normal y corriente. Entonces llamé a Urquart.
La señora Dolgelly dijo:
—Me temo que aún no se ha levantado, señor. No se siente demasiado bien esta mañana.
—¿Qué le pasa?
—Nada grave. Parece que se siente muy cansado.
—Voy ahora mismo —dije.
Pedí en conserjería que me llamaran un taxi; estaba demasiado exhausto para ir a pie.
Veinte minutos más tarde, me encontraba sentado junto a la cama de Urquart. Tenía mal aspecto y se sentía peor que yo.
—No me agrada tener que sugerirlo —dije—, encontrándonos como nos encontramos, pero creo que sería conveniente que nos fuéramos de aquí lo antes posible.
—¿No podríamos esperar hasta mañana? —preguntó él.
—Mañana sería muchísimo peor. Nos extraerán las fuerzas de tal modo que moriremos en cuanto cojamos la más leve enfermedad.
—Creo que tiene razón.
Aunque todo esto parecía demasiado engorroso para expresarlo con palabras, me las arreglé para volver al hotel, hice las maletas y pedí al taxista que me llevase a la estación de Cardiff, donde podíamos coger el tren de las tres para Londres. Urquart se tropezó con más dificultades que yo; la señora Dolgelly dio muestras de una inesperada tozudez, y se negó a prepararle la maleta al Coronel. Me llamó éste, y tuve que volver a su casa, cuando de lo único que tenía ganas era de meterme en la cama. Pero el esfuerzo me reanimó; antes de mediodía, el dolor de cabeza me había desaparecido, y me sentía menos agotado, aunque extrañamente aturdido. La señora Dolgelly creyó mi explicación de que habíamos recibido un telegrama urgente, según el cual nuestro viaje era cuestión de vida o muerte, aunque estaba convencida de que Urquart se desmayaría en el viaje a Londres.
Esa noche dormimos en el Regent Palace Hotel. Y por la mañana nos despertamos sintiéndonos perfectamente normales. Fue Urquart quien dijo, mientras esperábamos un desayuno de huevos con jamón:
—Creo que estamos ganando, muchacho.
Pero, en realidad, ninguno de los dos lo creíamos.
Y a partir de aquí, mi historia deja de ser un relato continuo y se convierte en una serie de fragmentos, y en una crónica de frustración. Pasamos semanas en el Museo Británico, buscando alguna clave, y más tarde en la Bibliothèque Nationale. Los libros sobre los cultos religiosos en los Mares del Sur indican que muchas tradiciones de los lloigor sobreviven allí, y es bien sabido que un día retornarán y reclamarán su mundo. Un texto citado por Leduc y Poitier dice que provocarán una «desgarradora locura» para propagarla entre aquellos a los que quieren destruir, y en el pie de página se dice que el vocablo «desgarradora» empleado en el texto significa destrozar con los dientes, como al comer un hombre una pata de pollo. Von Storch tiene referencias de una tribu haitiana en la que los hombres llegaron a estar poseídos por un demonio que indujo a muchos de ellos a matar a sus esposas e hijos destrozándoles la garganta a mordiscos.
Lovecraft nos proporcionó una importante alusión. En La llamada de Cthulhu cita una colección de recortes de prensa, todos los cuales revelan que los «sepultados primordiales» se están volviendo más activos en el mundo. Después, en ese mismo día, conocí a una chica que trabajaba en una agencia de recortes de prensa, la cual me contó que su trabajo consistía simplemente en leer docenas de periódicos al día, buscando artículos donde se mencionaba el nombre de los clientes. Le pregunté si podía buscar artículos de interés «poco corriente» —cualquiera que hiciese referencia a cosas misteriosas o sobrenaturales—, y dijo que por qué no. Le di un ejemplar del Lo!, de Charles Fort, para que se hiciera una idea del género de artículos que yo deseaba.
Dos semanas más tarde, me llegó un delgado sobre marrón, con una docena de recortes de prensa. La mayor parte carecían de importancia —niños con dos cabezas y curiosidades médicas por el estilo, un hombre muerto en Escocia por un pedrisco enorme, noticias de haber visto al abominable hombre de las nieves en las laderas del Everest—, pero dos de ellos estaban más acordes con nuestras investigaciones. Inmediatamente nos pusimos en contacto con varias agencias dedicadas a recortes de prensa de Inglaterra, América y Australia.
El resultado fue una enorme cantidad de material, que finalmente ocupó dos gruesos volúmenes, ordenado en diversas secciones: explosiones, homicidios, brujería (y casos preternaturales en general), demencia, observaciones científicas, miscelánea. Los detalles de la explosión próxima a Al Kazimiyah son tan similares a los del desastre de Llandalffen —incluido el agotamiento que experimentaron los habitantes de Al Kazimiyah— que no me cabe la menor duda de que esta zona es otra plaza fuerte de los lloigor. La explosión que cambió el curso del Thula Gol, cerca de Ulan Bator, en Mongolia, movió a los chinos a acusar a los rusos de haber lanzado una bomba atómica. La extraña locura que exterminó al noventa por ciento de los habitantes de la isla de Zaforas, en el Mar de Creta, es todavía un misterio sobre el que el gobierno militar griego se niega a hacer ningún comentario. La matanza de Panagyurishte, en Bulgaria, la noche del 29 de marzo de 1968, fue achacada, en los primeros informes oficiales, a un «culto de vampiros» que «consideraba la nebulosa de Andrómeda como su verdadero lugar de origen». Estos son algunos de los sucesos más llamativos que nos convencieron de que los lloigor planean un magno ataque a los habitantes de la Tierra.
Pero había literalmente docenas —centenares, en realidad— de artículos de menor importancia que encajaban igualmente. La criatura marina que arrastró consigo al fondo a un pescador en Loch Eilt dio lugar a varios artículos periodísticos sobre «supervivientes prehistóricos»; pero la edición del Daily Express (18 de mayo de 1968), de Glasgow, publicaba una historia de un culto brujeril en el que se adoraba a un demonio marino que desprendía un insoportable hedor a podredumbre que recordaba al descrito por Lovecraft en Innsmouth. Una noticia sobre el estrangulador de Melksham me impulsó a ir allí y pasar varios días, hasta que obtuve una declaración firmada por el sargento detective Bradley, confirmando que las palabras que profirió el asesino repetidamente antes de morir fueron: «Ghatanothoa», «Nug» (otra fuerza elemental descrita por Lovecraft) y «Rantegoz» (¿Ran Tegoth, el dios-bestia mencionado también por Lovecraft?). Robbins (el estrangulador) gritaba que estaba poseído por una «potencia del subsuelo», cuando mató a tres mujeres y les amputó los pies.
No tendría objeto seguir enumerando esta lista. Esperamos publicar una cantidad suficiente de casos seleccionados —unos quinientos en total—, en un volumen que enviaremos a cada miembro del Congreso americano y de la Cámara de los Comunes británica.
Hay ciertos artículos que no publicaremos en dicho libro, y que quizá sean los más inquietantes de todos. A las 7.45 del día 7 de diciembre de 1967, una pequeña avioneta particular pilotada por R. D. Jones, de Kingston, Jamaica, salió de Fort Lauerdale, Florida, con destino a Kingston. Iban tres pasajeros a bordo. El trayecto era de 500 kilómetros y debería haber tardado dos horas. A las diez, la esposa de Jones, que le esperaba en el campo de aterrizaje, empezó a preocuparse y pidió que le buscaran. Todos los intentos de establecer contacto por radio resultaron inútiles. La búsqueda empezó por la mañana. A las 13.15, Jones envió un radiomensaje al campo pidiendo permiso para tomar tierra, al parecer, ignorando la angustia que había ocasionado. Cuando le preguntaron dónde había estado, pareció perplejo, y dijo: «Volando, naturalmente.» Cuando le dijeron la hora se quedó asombrado: Su propio reloj marcaba las 10.15. Dijo que había estado volando a través de una nube baja casi todo el trayecto, pero que no observó nada anormal. Los informes meteorológicos indicaban que era un día excepcionalmen-te despejado, para estar en diciembre, y que no debía haber encontrado nube alguna (Gleaner; 8 dic., 1967).
Los otros cuatro casos de los que poseemos detalles son similares a éste, si bien en uno de ellos, el de Jeannie, se trataba de un guardacostas del litoral occidental de Escocia, y no de un aeroplano. En éste, los tres hombres de a bordo se encontraron con una «niebla» espesa, descubrieron que no funcionaba la radio, y que, por alguna razón, los relojes se habían parado. Supusieron que se trataba de alguna extraña perturbación magnética. Sin embargo, los otros instrumentos del barco funcionaban a la perfección, y a su debido tiempo, el barco llegó a Stornoway on Lewis... tardando veintidós horas, en vez de tres o cuatro como creía la tripulación. El avión de entrenamiento naval Blackjack, lejos de la península Baja, California sur, tiene el récord; estuvo perdido tres días y cinco horas. La tripulación creía que se había ausentado de la base unas siete horas.
No hemos conseguido averiguar qué explicación facilitó la Marina de este singular episodio, ni el servicio de guardacostas de Gran Bretaña del incidente del Jeannie. Probablemente supusieron que la tripulación se había emborrachado en alta mar y se había dormido. Pero hay una cosa que nosotros aprendimos muy pronto de manera patente: los seres humanos no desean saber nada que amenace su sensación de seguridad y de «normalidad». Esto fue también un descubrimiento del fallecido Charles Fort; él dedicó su vida a analizarlo. Y supongo que los libros de Fort presentan el ejemplo clásico de lo que William James llamaba «una cierta ceguera de los seres humanos». Pues invariablemente, aduce notas periodísticas sobre los increíbles sucesos que cita. ¿Por qué nadie se molestó jamás en comprobar sus referencias —o algunas de ellas— y escribió luego una declaración admitiendo su honestidad o acusándole de fraude? El señor Tiffany Thayer me dijo una vez que los lectores críticos son de la opinión de que había alguna «circunstancia especial» en cada caso que Fort cita que lo invalida: un testigo dudoso aquí, un periodista imaginativo allá, y así. Y jamás se cae en la cuenta de que utilizar esta explicación para cubrir mil páginas repletas de hechos cuidadosamente reunidos equivale a pura sugestión.
Como la mayoría de la gente, he supuesto siempre que mis semejantes son relativamente honestos, relativamente razonables, relativamente curiosos. Si necesitara algo para confirmarme la curiosidad sobre lo aparentemente inexplicable, no tendría más que echar una mirada al puesto de periódicos de cualquier aeropuerto, con sus docenas de libros de bolsillo de Frank Edwards et alt., todos con títulos como El mundo de lo preternatural, Cien casos que superan la ficción, etc. Produce sorpresa el descubrir que todo esto no da prueba alguna de una auténtica honradez respecto de lo «preternatural», sino sólo un deseo de sentir emoción y estupor. Estos libros son una especie de pornografía de lo oculto, parte del juego de «hagamos creer que el mundo es muchísimo menos anodino de lo que realmente es».
El 19 de agosto de 1968, Urquart y yo invitamos a doce «amigos» a las habitaciones que habíamos alquilado en el número 83 de Gower Street, la casa donde Darwin vivió inmediatamente después de su casamiento. Consideramos que esta asociación con Darwin era apropiada, pues no nos cabía la menor duda de que la fecha sería largamente recordada por todos los presentes. No voy a entrar en detalles; sólo diré que había cuatro profesores —tres de Londres y uno de Cambridge—, dos periodistas, ambos de periódicos bastante respetables, y varios miembros de diversas profesiones, incluso médicos.
Urquart me presentó, y yo leí una declaración preparada de antemano, demorándome allí donde lo consideré necesario. Al cabo de diez minutos, el profesor de Cambridge se aclaró la garganta y dijo: «Dispensen», y salió precipitadamente de la habitación. Más tarde averigüé que se creyó víctima de una broma pesada. Los demás escucharon hasta el final, y durante la mayor parte del tiempo, me daba cuenta de que también ellos se preguntaban si no sería todo aquello una broma. Cuando se dieron cuenta de que no era así, se volvieron sensiblemente hostiles. Uno de los periodistas, un joven recién salido de la Universidad, me estuvo interrumpiendo a cada momento con: «¿Debemos entender...?» Una de las damas se levantó y se fue, aunque más tarde oí decir que no fue tanto por su escepticismo como porque de pronto se dio cuenta de que ahora éramos trece en la habitación, y consideró que esto traería mala suerte. El joven periodista traía consigo dos libros de Urquart sobre Mu, y leyó unas cuantas citas de ellos, lo que produjo un efecto fatal. Desde luego, Urquart no es precisamente un maestro de la lengua inglesa, y hubo un momento en que yo habría visto en esas citas un pretexto para un buen comentario sarcástico.
Pero lo que me asombraba era que ninguno de los presentes parecía aceptar nuestra «conferencia» como un aviso. Discutían de todo ello como si se tratase de una interesante teoría, o quizá de un relato extraordinario. Finalmente, tras una hora de comentar diversos recortes de periódicos, un abogado se levantó y pronunció un discurso que evidentemente reflejaba el sentir general, y que empezaba: «Creo que el señor Hough (el periodista) ha expresado las sospechas que todos experimentamos...» Su principal observación, que repitió varias veces, era que no había pruebas concretas. La explosión de Llandalffen podía haber sido causada por nitroglicerina o incluso por el impacto de una lluvia de meteoros. Los pobres libros de Urquart fueron tratados de modo tal que me habría hecho estremecer aun en mis tiempos más escépticos.
No tiene objeto seguir. Hemos grabado toda la sesión, y la hemos mecanografiado por duplicado, con la esperanza de que un día sea considerada casi como la increíble prueba de la ceguera y la estupidez humanas. Luego, nada más ha sucedido. Los dos periódicos decidieron no publicar siquiera una crítica a nuestros argumentos. Numerosas personas se enteraron de nuestra reunión y vinieron a vernos; damas pechugonas cargadas con esos tableros de letras y signos de los espiritistas, un individuo flaco que creía que el monstruo del Loch Ness era un submarino ruso, y toda una variedad de chiflados. Entonces fue cuando decidimos trasladarnos a América.
No tardamos en desilusionarnos, aunque es cierto que encontramos a una o dos personas, al menos, dispuestas a no poner en tela de juicio nuestra cordura. Pero, en general, los resultados fueron negativos. Pasamos un día interesante en el casi muerto pueblecito pesquero de Cohasset, el Innsmouth de Lovecraft; fue lo suficiente para descubrir que es un centro de los lloigor tan activo como Llandalffen, o quizá más, y que, de permanecer allí, correríamos gravísimo peligro. Sin embargo, nos las arreglamos para localizar a Joseph Cullen Marsh, nieto del capitán Marsh de Lovecraft, que ahora vive en Popasquash. Nos dijo que su abuelo había muerto loco, y creía que había poseído ciertos libros y manuscritos «ocultos», los cuales fueron destruidos por su viuda. Puede que fuera aquí donde Lovecraft viera realmente el Necronomicón. Mencionó también que el capitán Marsh aludía a los Primordiales como los «Dueños del Tiempo»; interesante comentario, si tenemos en cuenta los casos del Jeannie, del Blackjack y demás.
Urquart está convencido de que los manuscritos no fueron destruidos... y se funda en la extraña suposición de que tales obras antiguas poseen un carácter muy particular, y tienden a evitar la destrucción. Ha iniciado una abundantísima correspondencia con los herederos del capitán Marsh, y los procuradores de su familia, en un intento de encontrar el rastro del Necronomicón.
A estas alturas...


Nota del editor: Las últimas palabras de más arriba fueron escritas por mi tío unos minutos antes de recibir un telegrama del senador James R. Pinckney, de Virginia, viejo compañero suyo de estudios, y probablemente uno de aquellos a los que mi tío alude cuando dice que hay quien «no está dispuesto a poner en tela de juicio nuestra cordura». El telegrama decía: «Ven a Washington lo antes posible. Trae recortes. Ven a verme a casa. Pinckney.» El senador Pinckney me ha confirmado que el secretario de Defensa había accedido a hablar con mi tío, y que, si le convenía, era probable que pudiera concertarle una entrevista con el propio presidente.
Mi tío y el coronel Urquart no consiguieron alcanzar el vuelo de las tres quince de Charlottesville a Washington; fueron al aeropuerto en espera de que hubiese cancelaciones. Sólo hubo una, y, tras una breve discusión, el coronel Urquart convino con mi tío en que era preferible seguir juntos a ir a Washington cada uno por su lado. En ese momento, el capitán Harvey Nichols, accedió a llevarles a Washington en un Cessan 311, del que era propietario en parte.
El avión salió de una pista lateral a las 3.43 el 19 de febrero de 1969; el cielo estaba completamente despejado, y los informes meteorológicos eran excelentes. Diez minutos más tarde, el campo recibió un mensaje desconcertante: «Nos metemos en una nube baja.» Por entonces, el aparato debía de encontrarse por la zona de Gordonsville, y el tiempo allí era excepcionalmente claro. Los intentos subsiguientes de establecer contacto por radio con el aparato fueron inútiles. A las cinco de la tarde, se informó que se había perdido el contacto. Pero durante las horas que siguieron, se reavivaron nuestras esperanzas, ya que las amplias exploraciones iniciadas informaron no haber descubierto ningún accidente. Hacia las doce de la noche, supusimos que el informe del siniestro llegaría más tarde o más temprano.
Pero no ha llegado. Han transcurrido dos meses desde entonces, y no se ha vuelto a saber nada más de mi tío ni del avión. Mi opinión —apoyada por muchas personas con amplia experiencia en vuelos—, es que el aparato tuvo un fallo en sus instrumentos, y de algún modo se desvió hacia el Atlántico, donde fue a hundirse.
Mi tío ya había acordado la publicación de este libro sobre recortes de prensa con la Black Cockerell Press de Charlottesville, y parece apropiado que estas notas suyas vayan a modo de introducción.
En las historias de los periódicos que han aparecido sobre mi tío durante los pasados dos meses, se ha supuesto que estaba loco, o al menos que sufría alucinaciones. Yo no comparto esa opinión. Hablé con el coronel Urquart en numerosas ocasiones, y creo que era totalmente indigno de confianza. Mi madre me lo describió como «una persona sumamente astuta». Incluso el comentario de mi tío sobre él, con ocasión de su primer encuentro, lo pone de manifiesto. Sería caritativo el suponer que Urquart se creía todo lo que escribía en sus libros, pero me resulta difícil admitirlo. Son cuestiones baratas y sensacionalistas, y algunas partes están completamente inventadas (por ejemplo, no menciona jamás el nombre del monasterio hindú —o siquiera su enclave—, donde realizó los sorprendentes «descubrimientos» sobre Mu; ni menciona tampoco el nombre del sacerdote que se supone le enseñó a leer la lengua de las inscripciones).
Mi tío era un hombre sencillo y pacífico, casi una caricatura del profesor abstraído. Esto se revela en su ingenuo relato de la reunión en el 83 de Gower Street, y la reacción de su auditorio. No tenía idea de las posibilidades de la duplicidad humana que, en mi opinión, se revelan en los escritos del coronel Urquart. Y, muy característicamente, mi tío no dice que fue él quien pagó el pasaje del Coronel para cruzar el Atlántico, así como las habitaciones de Gower Street. Los ingresos del Coronel eran extremadamente exiguos, mientras que mi tío gozaba, supongo, de una posición relativamente desahogada.
Y aún hay, creo, otra posibilidad que debe ser tenida en cuenta, sugerida por Foster Damon, amigo de mi tío. Mi tío era muy querido por sus estudiantes y colegas, por su satírico sentido del humor, y ha sido comparado muchas veces con Mark Twain. Pero la semejanza no termina ahí; también compartía con Twain esa honda vena de pesimismo acerca del género humano.
Yo conocí bien a mi tío en los últimos años de su vida, y le vi con frecuencia en los últimos meses. El sabía que yo no creía en sus historias sobre los lloigor, y que consideraba a Urquart un charlatán. Un fanático habría tratado de convencerme, y quizá me habría negado la palabra, al oponerme a discutir sobre el tema. Mi tío siguió tratándome con el mismo buen humor de siempre, y mi madre y yo notamos que sus ojos chispeaban cuando me miraban. ¿Se congratulaba de tener un sobrino demasiado pragmático para dejarse sorprender por su broma?
Me gusta pensarlo así. Pues era un hombre bueno y sincero, y son innumerables los amigos que ha dejado.

Julian F. Lang. 1969.

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