PARA PODER LLEGAR A ENTENDER MUCHAS DE LAS COSAS QUE AHY AQUI, HAY QUE MIRARLAS CON LOS OJOS DEL "CORAZON".

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lunes, mayo 30, 2011

Camelot Libro I 1ªparte



Terence H. White
Camelot
Libro I
La Espada en la Piedra
Título original: The Once and Future King
INCIPIT LIBER PRIMUS

LA ESPADA EN LA PIEDRA

No es cualquier tierra,
Agua, madera o aire,
Sino la isla Gramarye, de Merlín,
Donde tú y yo llegaremos.


CAPITULO I
os lunes, miércoles y viernes tenían Caligrafía gótica y Rudimentos de Lógica, mientras que el resto de la semana había Lógica Aristotélica, Astrología y repaso de asignaturas. La gober­nanta siempre se hacía un lío con el astrolabio, y entonces acostumbraba a desquitarse con Ve­rruga, golpeándole en los nudillos. No castigaba de este modo a Kay, porque cuando éste fuera mayor sería sir Kay, el dueño de la heredad. Verruga se llamaba así porque más o menos rimaba con Arte1, que era a su vez una contracción de su verdadero nombre. Había sido Kay quien le pusiera aquel apodo. A Kay no le llamaban más que de esta forma, pues era demasiado digno para admitir un apodo, y se habría irritado si alguien hubiese pretendido asignár­selo. La gobernanta era pelirroja y tenía una misteriosa herida que le proporcionaba un gran prestigio y que ella enseñaba a puertas cerradas ante las mujeres del castillo. Se creía que dicha herida se hallaba localizada en las posaderas de la mujer, y parece que le fue causada al sentarse por error, durante una merienda campestre, sobre los punzones de una armadura. En cierta ocasión la gober­nanta quiso enseñar su herida a sir Héctor, el padre de Kay. La dama se puso histérica, y fue despedida. Más tarde se supo que había estado encerrada en un manicomio durante tres años.
Por las tardes el plan de estudios era el siguiente: los lunes y los viernes, justas y equitación; los martes, cetrería; los miércoles, esgrima; los jueves, arquería; los sábados, teoría de la caballería, con el conocimiento de los acordes que debían ser tocados en cada ocasión; terminología de la caza y reglas del cazador. Si se co­metía algún error en la persecución o matanza de un animal, por ejemplo, el cazador debía agacharse sobre el cuerpo de la bestia muerta, o se le golpeaba con la espada de plano. Esto era una broma, como la de serle afeitada la cabeza al que cruzara la línea central en el torneo. A Kay nunca le pegaban con la espada, aun­que cometía errores con frecuencia.
Cuando ya se habían librado de la gobernanta, sir Héctor dijo en una ocasión:
—Al fin y al cabo, maldición, no podemos consentir que los muchachos correteen todo el día como unos rufianes, ¿eh?, mal­dición. Debemos proporcionarles una educación de primera clase. Cuando yo tenía su edad, ya me aprendía mi Latín y todas esas monsergas a las cinco de la mañana. Ah, sí, fue la época más feliz de mi vida... Alcanzadme el oporto, por favor.
Sir Grummore Grummursum, que se hospedaba allí aquella no­che porque le había sorprendido el crepúsculo durante una larga caminata, aseguró que cuando tenía esa edad le azotaban todos los días porque se iba por las mañanas a cazar con los halcones, en lugar de quedarse a estudiar. Atribuía a esta falta de aplicación el hecho de que nunca había logrado pasar del pretérito pluscuam­perfecto del verbo Haber. El maldito tiempo era el tercero por abajo, en la página noventa y siete de la gramática, según creía recordar. Y diciendo esto, entregó el oporto que le pedían.
—¿Qué tal os han ido las pesquisas hoy? —preguntó sir Héctor.
—No del todo mal. En realidad, ha sido un día bastante bueno, a fe mía. Sorprendí a un fulano llamado sir Bruce Sans Pitié, rebanándole la cabeza a una doncella en los matorrales de Weedon; le perseguí hasta la hacienda de Mixbury, en el Bicester, y le perdí de vista en el bosque de Wicken. Creo que llegó a hacer sus buenas veinticinco millas corriendo.
—Un tipo bastante ligero —comentó sir Héctor—. Pero vol­viendo a lo de los muchachos y el Latín, amábo, amábis, amábit y todo eso —agregó el anciano caballero—, y lo de corretear como rufianes, ¿qué me aconsejaríais vos?
—Ah —repuso sir Grummore, tocándose la nariz con un dedo y guiñando un ojo a la botella—, eso exige mucha reflexión, si no os importa que lo diga.
—No me importa en absoluto —dijo sir Héctor—. Es más, lo considero una atención de vuestra parte. Os quedo muy agrade­cido, de verdad. Pero servios de este oporto, por favor.
—Buen oporto es éste.
—Me lo ha regalado un amigo mío.
—Prosiguiendo con los chicos —manifestó sir Grummore—, ¿cuántos son, lo sabéis acaso?
—Son dos, contándolos a ambos, claro está —aseguró sir Héctor.
—¿No podéis enviarlos a Eton, tal vez? —inquirió cautamente sir Grummore—, aunque esté algo lejos, ya se sabe.
No habló exactamente de Eton, ya que el Colegio de la Blessed Mary no fue fundado hasta 1440, pero sería una institución pare­cida. Del mismo modo, tampoco bebían oporto, sino hidromiel, aun­que la mención de un vino moderno hace que todos nos entendamos mejor.
—No me importa la distancia —declaró sir Héctor—, sino el hecho de que ese gigante, como demonios se llame, está en el camino. Hay que pasar por sus terrenos, ¿comprendéis?
—¿Y cómo se llama el gigante?
—No puedo recordarlo en este momento, por mi vida. Es un tipo que vive cerca de Burbly Water.
—Galapas —dijo sir Grummore.
—El mismo fulano.
—La otra solución —declaró sir Grummore— sería ponerles un preceptor.
—Ah, decís uno de esos que enseñan.
—Eso es, un preceptor; ya sabéis, uno que enseña.
—Pero servios más oporto —dijo sir Héctor—; lo necesitáis, después de tanta persecución.
—Ha sido un día espléndido —aseguró sir Grummore—. Aun­que no parece que en estos tiempos les dé mucho por matar. Corres veinticinco millas para luego perder la pista o que se te desvanezca por completo. Lo peor es tener que iniciar una nueva búsqueda.
—Nosotros matamos a todos nuestros gigantes —dijo sir Héc­tor—. Ahora te hacen correr un buen rato, pero desaparecen.
—Se les pierde el rastro —dijo sir Grummore— por mejor de­cir. Siempre pasa lo mismo con los grandes gigantes en las tierras extensas. Se les pierde el rastro.
—Pero aun en el caso de que quisiera ponerles un preceptor —prosiguió sir Héctor—, no veo de qué forma podría conseguirlo.
—Anunciándolo.
—Ya lo anuncié. Fue voceado por el noticiero de Humberland y anunciador de Cordoyle.
La única otra forma —dijo sir Grummore—, sería iniciar una pesquisa.
—Queréis decir una búsqueda para dar con un preceptor, ¿ver­dad? —aclaró sir Héctor.
—Justamente.
—Hic, Haec, Hoc —dijo sir Héctor—. Tomad un poco más de esta bebida, sea cual sea su nombre.
—Hunc —sentenció sir Grummore.
Así quedó decidido. Cuando sir Grummore Grummursum se fue a su casa al día siguiente, sir Héctor se hizo un nudo en el pañuelo para no olvidarse, en cuanto tuviera tiempo, de iniciar una pesqui­sa, a fin de dar con un preceptor, y como no estaba seguro de cómo podría conseguirlo, dijo a los chicos que sir Grummore había suge­rido que entretanto no se comportaran como rufianes. Luego se fueron a dirigir la faena del henaje.
Era el mes de julio, y todos los hombres que no estuviesen impe­didos, así como las mujeres de la heredad, trabajaban ese mes en los campos, bajo la dirección de sir Héctor. En cualquier caso, a los muchachos se les hubiera permitido perder las clases en aquella época.
El castillo de sir Héctor se alzaba en un vasto claro de un bos­que aún más vasto. Tenía un patio de armas y un foso con barrera. El foso quedaba cruzado por un puente de piedra fortificado y que terminaba mediado el foso. La otra mitad quedaba cubierta por un puente levadizo de madera, que se levantaba todas las noches. En cuanto se salvaba el puente levadizo, el recién llegado se encontra­ba en el extremo de la calle del poblado —sólo tenía una calle—, la cual se extendía a lo largo de una media milla, y estaba flanquea­da por casas de adobe con techo de paja. La calle dividía la extensión del claro del bosque en dos grandes campos; en el de la izquierda se cultivaba en centenares de estrechas parcelas, mientras que el de la derecha se deslizaba hacia un río y servía para el pastoreo. La mitad de este último campo estaba vallado para obtener heno.
Era, pues, julio y el tiempo era el propio de julio, como acon­tecía en la vieja Inglaterra. Todo el mundo estaba muy bronceado, igual que si fueran pieles rojas, y los dientes y los ojos relumbraban al sol. Los perros deambulaban con la lengua colgando, o se echa­ban jadeantes a la sombra, en tanto que los caballos de la hacienda tenían cubierta de sudor la brillante piel, y se espantaban los tábanos con la cola, o con las gruesas patas, cuando se les posaban en el vientre. En los campos de pastoreo las vacas vagaban indo­lentes, y algunas correteaban con la cola al aire, lo que irritaba mucho a sir Héctor.
Sir Héctor se encontraba de pie encima de un gran montón de heno, desde donde podía ver lo que hacía todo el mundo, y vocife­rar órdenes que llegaban hasta el último rincón del campo de dos­cientos acres, lo cual le congestionaba bastante el rostro. Los me­jores segadores se aplicaban a su tarea formando una línea donde el heno aún no había sido cortado, y sus guadañas refulgían bajo los fuertes rayos solares. Las mujeres disponían el heno seco en lar­gas fajas con sus rastrillos de madera, y los dos chicos las seguían a cada lado de las franjas, volviendo las mieses con sus horcas y dejándolas a punto para la recogida. A continuación venían las grandes carretas, rechinando sus grandes ruedas de madera, y que arrastraban caballos fornidos o lentos bueyes blancos. Un hombre se hallaba encima de la carreta para guiarla y recibir el heno, mien­tras que otros dos iban a cada lado, recogiendo la mies que habían vuelto los chicos. La carreta avanzaba por la senda, entre dos fajas de heno cortado, y era cargada por turno estricto desde delante a atrás. El hombre de la carreta gritaba con fuerza donde quería que le arrojasen cada montón de heno con la horca. Los cargadores rega­ñaban a los chicos cuando no colocaban el heno adecuadamente, o si se rezagaban, les amenazaban con una azotaina, cuando les tuvie­ran a mano.
Cuando una carreta quedaba cargada, la llevaban hasta el mon­tón de heno sobre el que estaba sir Héctor, y allí la descargaban. El montón ascendía con rapidez porque la carga se colocaba metó­dicamente, no como en la actualidad. Sir Héctor volvía a trepar entonces a la cima del montón, y mientras los demás se afanaban a su alrededor, haciendo el verdadero trabajo, él sudaba y jadeaba con su horca, revolviendo la mies mientras gritaba que todo se derrumbaría cuando llegasen los vientos del Oeste.
A Verruga le gustaba la faena del henaje, y se desenvolvía con eficacia. Kay, que tenía dos años más, era bastante menos hábil en aquellos menesteres, y trabajaba el doble que Verruga, obtenien­do sólo la mitad del resultado de aquél. Pero aborrecía que le ganasen en cualquier cosa, y luchaba con la condenada hierba —que odiaba con toda su alma—, hasta que llegaba a sentirse en­fermo.
El día siguiente al de la visita de sir Grummore, hacía un calor bochornoso que tenía a mal traer a los hombres que se afanaban desde un ordeño al otro, y luego de nuevo hasta el anochecer, en su batalla con los ardientes rayos solares. El heno era para ellos como un elemento más, igual que el agua o el aire, y en él se hundían, se sumergían, y hasta parecían respirar. Las semillas y briznas de la mies llenaban el aire y revoloteaban ante sus bocas y las ventanas de la nariz, y se les introducían en las ropas, haciéndoles cosquillas. Cierto es que no llevaban puesta mucha ropa, y las sombras que se apreciaban entre sus húmedos músculos eran del tono oscuro de su piel. Los que temían los truenos se sintieron enfermos desde por la mañana.
La tormenta estalló durante la tarde. Sir Héctor mantuvo a su gente trabajando hasta el mismo momento en que los relámpagos cruzaron el cielo sobre sus cabezas, y entonces, con el firmamento tan oscuro como si fuera de noche, la lluvia comenzó a caer sobre la gente, dejándolos calados al momento, y sin permitirles ver más allá de las cien yardas. Se pusieron a cubierto debajo de las carre­tas, cubriéndose con el heno para resguardar sus cuerpos mojados del viento, que ahora soplaba muy frío, y todos bromearon mien­tras el cielo se desplomaba sobre los campos. Kay estaba temblan­do, aunque no de frío, pero también pretendía lanzar pullas, como los demás, porque no quería demostrar que estaba asustado. Con el último rayo, el más intenso, hasta los hombres se estremecieron involuntariamente, y cada uno vio el estremecimiento de su compa­ñero, hasta que todos rieron para olvidar su vergüenza.
Pero aquello significaba el fin de la recolección de las mieses, y el comienzo de los juegos. Los dos chicos fueron enviados a casa para que se cambiaran de ropas. La anciana dama que había sido su niñera les trajo jubones y calzas recién salidos de la plancha y les regañó por haberse mojado de aquella forma, culpando a sir Héctor de haberles tenido tanto tiempo bajo la lluvia. En cuanto se hubieron puesto las ropas secas y limpias, los chiquillos corrieron hacia el patio, ahora fresco y brillante por la lluvia recién caída.
—Voto porque saquemos a Cully, para ver si cazamos algunos conejos —exclamó Verruga.
—Los conejos no salen con esta humedad —dijo Kay desde­ñosamente, satisfecho de haber cogido a Verruga en tamaño error.
—Bah, no importa, pronto estará todo seco.
—Entonces, voy a buscar a Cully.
Kay quería llevar siempre el halcón cuando iban de caza, y tenía derecho a hacerlo, no sólo porque era mayor que Verruga, sino porque también era el hijo legítimo de sir Héctor. Verruga, en cambio, no era hijo legítimo. El no alcanzaba a comprender esto, pero le hacía sentirse desgraciado porque Kay, a causa de ello, pa­recía considerarle como un poco inferior. También era diferente por no tener padre ni madre, y Kay le había enseñado que ser diferente era algo malo. Nadie le hablaba de eso, pero Verruga lo pensaba cuando se hallaba solo, y le dolía. No le gustaba que la gente sacara a relucir el tema, pero como los otros chicos lo hacían cuando se planteaba un problema de procedencia, había tomado por costumbre ceder siempre ante el miedo a que saliese a relucir el problema. Por otra parte, Verruga admiraba a Kay y era un seguidor nato. Era de esas gentes que se complacen venerando a un héroe.
—¡Vamos, pues! —gritó Verruga, y salieron corriendo hacia el pabellón de cetrería, volcando algunas carretillas a su paso.
El pabellón de cetrería era uno de los lugares más importantes del castillo; se hallaba al lado de las caballerizas y de la perrera, y estaba orientado al Sur. Las ventanas exteriores eran pequeñas, porque así lo exigía la fortificación, pero las que daban al patio eran grandes y dejaban entrar el sol. Tenían unas tablillas clavadas muy juntas, verticalmente; carecían de vidrios, y para evitar las corrientes de aire a los halcones, en las ventanas pequeñas se colocaban cueros delgados. Al final del pabellón de cetrería había un pequeño hogar con unos taburetes a su alrededor, como las habitaciones donde los palafreneros se sientan a limpiar los arneses en las noches de lluvia, después de la caza del zorro. Además de los taburetes había un caldero, un banco con numerosos cuchillos de pequeño tamaño y otros instrumentos de cirugía, y algunos ana­queles con diversos jarros. Estos tenían etiquetas en las que podía leerse Cardamomo, jengibre, Azúcar cande, y los nombres de otras especias y medicamentos.
También se veían cueros colgados, algunos de los cuales tenían cortes cuyos trozos servían para confeccionar caperuzas y traíllas para halcones. Colgadas de una hilera de clavos había una serie de campanillas y cascabeles de plata, todos ellos con el nombre «Héc­tor» grabado en él. En un estante especial, el mejor de todos, se encontraban las caperuzas, algunas tan antiguas que se confecciona­ron para los halcones antes de que Kay naciera; otras diminutas, para los azores, y otras nuevas, espléndidas, que habían sido hechas para pasar las largas noches invernales. Casi todas estas caperuzas llevaban los colores de la casa de sir Héctor: el cuero era blanco, con franela roja a los lados, y un copete gris azulado en la parte superior, hecho con plumas de garza. Sobre otro banco reposaban una serie de objetos de los que suelen hallarse en cualquier taller, como herramientas, alambres, rollos de cordel, además de una botella de cuero, algunos guanteletes raídos para la mano izquierda, clavos, un par de anzuelos y varias tablillas de madera en las que se leía: Conays 11111111, Harn 111, etc. La caligrafía no era de­masiado buena.
A todo lo largo del pabellón, que estaba ahora iluminado por el sol poniente, se extendían una serie de perchas a las que se hallaban sujetas las aves. Había dos pequeños azores que no hacía mucho eran polluelos, un viejo halcón peregrino que no se em­pleaba demasiado en aquella región boscosa, pero que se tenía para guardar las apariencias, un cernícalo con el que los chicos habían aprendido los rudimentos de la cetrería, un pequeño gavilán que sir Héctor, amablemente, guardaba allí para el sacerdote de la pa­rroquia y, en su propia jaula, al final, se encontraba el halcón Cully.
El pabellón de cetrería se conservaba muy limpio, con serrín en el suelo, para recoger los excrementos, que se cambiaba diariamen­te. Sir Héctor visitaba el lugar todos los días a las siete de la mañana y los dos halconeros le esperaban muy rígidos ante la puerta. Sí olvidaban siquiera cepillarse el pelo, los hacía recluir en una mazmorra.
Kay se colocó uno de los guanteletes en la mano izquierda y llamó a Cully, que se hallaba en su jaula abierta. Pero el halcón, con las plumas bien pegadas al cuerpo y su expresión malévola, le miró fijamente y no hizo caso alguno. Entonces Kay se le acercó y lo cogió con el guantelete.
—¿Crees que debemos hacerle volar? —preguntó Verruga, con gesto de duda—. Ten en cuenta que está mudando el plumaje, Kay.
—Pues claro que podemos hacerle volar, tonto —repuso el aludido—. Está deseando que le saquen un poco, ya lo verás.
Así pues, echaron a andar a través del henar, advirtiendo que la hierba, antes cuidadosamente rastrillada, se hallaba ahora em­papada por la lluvia, habiendo perdido su hermoso aspecto. Se encaminaron hacia el lugar de caza, donde comenzaban los árboles, aislados primero, pero agrupándose luego para formar la espesura del bosque. Bajo aquellos árboles se veían por centenares los ori­ficios de las madrigueras, y tan juntos estaban que el problema no era hallar un conejo, sino encontrarlo lo suficientemente alejado de su agujero.
—Hob dice que no debemos hacer volar a Cully hasta que se haya levantado al menos un par de veces —advirtió Verruga.
—Hob no entiende nada de esto. Nadie sabe cuándo un halcón está dispuesto a volar, más que quien lo lleva. Además, Hob es sólo un villano —concluyó Kay, mientras desataba la traílla del halcón.
Cuando el ave advirtió que le habían quitado las correas a fin de que quedase dispuesto para la caza, hizo algunos movimientos como si pretendiera iniciar el vuelo. Alzó la cresta erizó las sua­ves plumas de la espalda y las patas. Pero en el último momento lo pensó mejor y se quedó quieto. Aquellos movimientos eran lo que hacían que Verruga anhelase llevarlo. Deseaba coger el halcón de manos de Kay, para demostrar su experiencia. Estaba seguro de que lograría poner a Cully de buen talante haciéndole cosquillas en las patas y hacia arriba, en las plumas del buche. Deseaba sostener el halcón, en lugar de caminar detrás, con el estúpido señuelo. Verruga sabía que al chico mayor le molestaban mucho sus conse­jos, y por eso prefería callarse. Del mismo modo que en la caza moderna nunca deben hacerse críticas al hombre que manda, así en cetrería era importante no distraer al halconero con opiniones y consejos.
—¡So-ho! —gritó Kay, levantando el brazo para que el halcón pudiese alzarse más fácilmente. Un conejo cruzó unos matorrales frente a ellos, y Cully inició el vuelo. El batir de alas sorprendió al conejo, que permaneció inmóvil por un instante. Luego el ave asesina comenzó a hender el aire, aunque de mala gana, como inde­cisa, cosa que aprovechó el conejo para ocultarse en una madri­guera. Siguió ascendiendo el halcón, hasta que se posó en la rama de un árbol y plegó las alas. Luego Cully miró a sus amos, abrió el pico con un iracundo graznido de fracaso, y se quedó in­móvil. Los dos corazones parecían haberse inmovilizado.
CAPITULO II
l cabo de bastante tiempo, cuando ya se habían cansado de silbar, y de seguir al turbado y malhumorado halcón, que volaba de árbol en árbol, Kay perdió la paciencia.
—Déjale que se marche, de una vez —ma­nifestó—. No vale nada, de todas formas.
—No podemos dejarle ir —exclamó Verruga—. ¿Qué dirá Hob cuando se entere?
—Es mi halcón, no el de Hob— repuso Kay, furioso—. ¿Qué me importa lo que diga Hob? No es más que un criado.
—Pero Hob fue el que preparó a Cully. Es muy cómodo para nosotros perderle ahora, porque no tuvimos que estar sentados tres noches a su lado, y llevándolo todo el día, y todo eso. No, no podemos perder el halcón de Hob. Sería una faena.
—Quédate tú, entonces. Hob es un necio, y el halcón es un gallinazo inservible. ¿De qué nos sirve un halcón estúpido? Qué­date, si quieres. Yo me voy a casa.
—Me quedaré —contestó Verruga, con tristeza—, si envías a Hob cuando llegues allí.
Kay echó a andar en dirección equivocada, hirviendo de ira porque sabía que había dejado volar al ave cuando aún no era el momento adecuado. Verruga tuvo que gritarle para que tomara la dirección correcta. Luego, el pequeño se sentó bajo un árbol y miró a Cully, como un gato contempla a un gorrión, con el corazón latiéndole apresuradamente.
Aquello era excesivo para Kay, que no era muy ducho en ce­trería, y la practicaba porque era lo indicado para un niño de su edad. Verruga, en cambio, tenía más sentido de la realidad, y sa­bía que un halcón perdido suponía una gran calamidad. Estaba al corriente de que Hob había trabajado con Cully catorce horas por día para enseñarle a cazar, y que su empeño había sido como la lucha de Jacob con el ángel. Si Cully se perdía, se había perdido una parte de Hob también. Verruga no se atrevía a enfrentarse con la mirada de reproche que estaba seguro de encontrar en los ojos del halconero, después de todo lo que había tratado de enseñarles.
¿Qué podía hacer? Era mejor quedarse sentado, dejando el señuelo en tierra, a fin de que Cully decidiera, cuando lo deseara, posarse junto a él. Pero el halcón no parecía tener deseo alguno de hacerlo. Le habían dado una buena pitanza la noche anterior, y no tenía hambre. Además, el caluroso día le había puesto de mal humor. Los gestos y los silbidos de los muchachos, allá abajo, y la persecución de árbol en árbol, llegaron a perturbar su cerebro, de muy cortos alcances. Ahora no sabía muy bien lo que iba a hacer, pero desde luego, no sería lo que los otros quisieran. Pensó que quizá lo mejor podría ser dar muerte a algo, por rencor.
Mucho más tarde, Verruga se hallaba casi en el borde del bos­que, y Cully dentro de él. En una serie de rápidos movimientos, ambos se habían acercado más a la espesura, a costa de alejarse del castillo más de lo que Verruga se había apartado nunca.
El niño no se hubiera asustado de un bosque inglés de la actua­lidad, pero la gran selva de la vieja Inglaterra era algo muy distinto. No sólo había en ella jabalíes, que en esa época hacían resonar sus coléricos chillidos, sino también lobos, que se deslizaban detrás de los árboles con pálida mirada y afilados dientes. Y los animales perversos y salvajes no eran los únicos habitantes de la espesura tenebrosa, pues cuando los hombres se volvían también perversos, acudían al bosque a buscar refugio en él. Eran hombres fuera de la ley, astutos, sedientos de sangre, que eludían a sus perseguidores.
Verruga temía especialmente a un hombre llamado Wat, cuyo nombre utilizaban los granjeros para asustar a los chiquillos. Aquel individuo había vivido en un tiempo en el poblado de sir Héctor, y Verruga podía acordarse perfectamente de él. Era bizco, no tenía nariz y tampoco se distinguía por su agudeza mental. Los niños le arrojaban piedras. Un día se volvió contra los chiquillos, cogió a uno y después de hacer un ruido extraño, le dio un mordisco y le arrancó la nariz. Luego echó a correr hacia el bosque. Ahora los demás chicos arrojaban piedras al pequeño desnarigudo, mientras se creía que Wat continuaba en el bosque, corriendo a cuatro patas y cubierto de pieles, como un lobo.
En aquellos legendarios días también habitaban magos en la espesura, así como singulares animales, desconocidos en nuestros modernos libros de historia natural. Bandas de sajones sin ley vivían en las frondas; solían vestir de color verde y lanzaban flechas que jamás erraban el blanco. Incluso había unos pocos dragones, aunque muy pequeños, que se guarecían debajo de las piedras y sil­baban como una marmita llena de agua hirviente.
A todo esto, que ya conocía Verruga, había que añadir que estaba oscureciendo. El bosque estaba inexplorado, y nadie en el poblado sabía lo que se hallaba al otro lado. El silencio del cre­púsculo había descendido sobre la tierra, y los corpulentos árboles parecían mirar al niño en medio de un silencio completo.
Pensó el chiquillo que sería más conveniente regresar a casa, ya que aún sabía dónde se hallaba; pero era empecinado, y no tenía intención de rendirse. Se dijo que si Cully llegaba a dormir una noche en libertad, se volvería salvaje y no se le podría recu­perar jamás. Verruga pensó que si Hob llegaba dentro de poco con una linterna sorda, aún podrían capturar al halcón esa noche, tre­pando al árbol y dirigiéndole el rayo de luz a los ojos, mientras el ave se hallaba adormecida. El niño alcanzaba a ver todavía el lugar donde se había posado Cully, aproximadamente a un centenar de yardas, entre los árboles. Se dio cuenta de ello, además, porque las cornejas estaban armando allí un gran alboroto.
Verruga hizo una marca en uno de los árboles del borde del bosque, esperando que pudiera servirle de ayuda al regresar, y luego comenzó a abrirse camino entre la maleza, lo mejor que pudo. Por el ruido que hacían las cornejas pudo darse cuenta inmediatamente de que Cully se había trasladado más adentro.
La noche cayó cuando el pequeño aún seguía luchando entre las zarzas. Pero él continuó tenazmente, escuchando con toda aten­ción. Las escapadas de Cully parecían hacerse cada vez más cortas, como si lo invadiera el sueño, hasta que por fin, antes de que oscu­reciera del todo, pudo ver el corcovado lomo del halcón sobre un árbol, recortado contra el cielo. Verruga sentóse debajo del árbol en silencio, para no espantar al ave, y Cully, sosteniéndose en una pata, ignoró la existencia del muchacho.
«Tal vez —se dijo Verruga—, aunque Hob no venga (y no sé realmente cómo va a poder hallarme ahora, entre los árboles), pueda yo trepar al árbol hacia medianoche, cuando Cully esté bien dormido, y consiga apoderarme de él. Puedo llamarle suavemente por su nombre, para que crea que es la persona que va a ponerle la caperuza por las noches. Tendré que trepar sin hacer ningún ruido. Luego, si lo apreso, será necesario que encuentre el cami­no hasta casa. El puente levadizo estará alzado, pero seguramente habrá alguien esperándome, pues Kay, sin duda, les puso sobre aviso. Me pregunto hacia dónde estará el camino. Preferiría que Kay no se hubiese marchado.»
Se acomodó entre las raíces del árbol, tratando de hallar un lugar donde la dura madera no le hiciera daño en la espalda.
«Creo que la salida está detrás de aquel gran abeto de copa aguzada —siguió pensando—. Debo tratar de acordarme del lugar por donde se pone el sol, de modo que cuando amanezca pueda orientarme y volver a casa. Pero, ¿se ha movido algo detrás de ese abeto? ¡No desearía encontrarme con el viejo y fiero Wat, que puede arrancarme la nariz a mordiscos! Qué provocativo está Cully, de pie sobre una pata, como si no ocurriese nada...»
En ese momento oyóse un fuerte zumbido, un golpe seco, y Verruga vio una flecha que había ido a clavarse en el tronco del árbol, entre los dedos abiertos de su mano derecha. Retiró la mano precipitadamente, creyendo que le había picado un bicho, antes de darse cuenta del todo de que era una flecha. La observó a fondo y advirtió que se había hundido tres pulgadas en la dura madera. Se trataba de una flecha de color negro, con bandas amarillas, como una avispa, y cuyas plumas eran de color amarillo dos de ellas, y de color negro las otras dos. Notó que eran plumas de ganso te­ñidas.
Verruga se dio cuenta de que si bien anteriormente había tenido miedo al bosque, una vez en él no sentía temor alguno. Se puso en pie rápidamente, aunque le pareció que lo hacía con lentitud, y se dirigió a la parte posterior del tronco. Mientras rodeaba el tron­co, otra flecha llegó silbando, pero ésta se enterró por completo en la hierba, menos las plumas, y quedóse inmóvil como si nunca hubiera sido lanzada.
Al otro lado del tronco halló Verruga un campo de helechos que alcanzaban unos seis pies de altura. Aquello era un escondite magnífico, pero podía ponerle en evidencia a causa del ruido que hacían las hojas. Oyó entonces otra flecha zumbar entre la fronda y lo que parecía ser la voz de un hombre lanzando una maldición, aunque a cierta distancia. Se introdujo Verruga entre los helechos, y luego oyó que su perseguidor entraba también en su busca. Evi­dentemente, no quería gastar más flechas, puesto que éstas eran valiosas, y estaban destinadas a perderse en la espesura. Verruga avanzó como una serpiente, como un gazapo, como un búho silen­cioso. Era pequeño, y el desconocido no tenía ninguna posibilidad contra él en aquel juego. En cinco minutos se halló a salvo.
El asesino buscó sus flechas y se alejó gruñendo, pero Verruga comprendió que aunque ahora estuviese a buen recaudo, había perdido el camino y el halcón. No tenía la menor idea del lugar donde se hallaba. Se tendió durante media hora, apretado contra el tronco caído detrás del cual se había ocultado, a fin de que su corazón cesara de latir alocadamente. La verdad es que comenzó a latirle así cuando se dio cuenta de que no encontraba el camino de regreso.
«Ah, ahora sí que estoy perdido —pensó—, y ya no tengo otra alternativa sino que me muerdan la nariz, que me atraviesen con una de esas flechas como avispas, que me devore un silbante dra­gón, o un lobo, o un mago —si es que los magos comen niños, que seguramente lo hacen—. ¡Cómo me gustaría haber sido bueno, en lugar de enfadar a la gobernanta, cuando se hacía un lío con su astrolabio! ¡Cómo debí haber respetado a mi querido tutor, sir Héctor, que bien se lo merecía!»
Ante estos melancólicos pensamientos, y sobre todo al recordar la bondad de sir Héctor, con su horca de heno y su roja nariz, los ojos del pobre Verruga se llenaron de lágrimas, y el niño se acurru­có más desolado aún contra el tronco.
El sol lanzó los últimos destellos de su prolongado adiós, y lue­go se alzó la luna con imponente majestad sobre las copas de los árboles, antes de que el chiquillo se atreviera a ponerse en pie. Cuando lo hizo, sacudióse la tierra y las ramitas de su jubón y se decidió a vagar como alma en pena, tomando el camino más fácil y confiando su suerte a la voluntad de Dios. Había caminado de este modo durante un cuarto de hora a la luz de la luna, notando cierto gozo, incluso, porque hacía un tiempo muy fresco y agradable en el bosque, cuando se encontró con la escena más hermosa que había presenciado en su corta vida.
Se hallaba ante un claro del bosque, una amplia extensión de hierba que relucía bajo los rayos de la luna, que también plateaban los troncos de los árboles en el lado opuesto del claro. Estos árboles eran hayas, cuyos troncos adquieren mayor belleza bajo la luz nocturna. Entre las hayas notó Verruga cierto movimiento, y un sonido argentino. Vio a un caballero ataviado con una armadura completa, que se hallaba silencioso e inmóvil, como un ser ultraterreno, entre los majestuosos troncos. Montaba un gran caballo blanco que permanecía tan quieto como su amo. En la mano derecha, el hombre empuñaba una larga y delgada lanza de justa, cuyo extremo inferior se apoyaba en un estribo, mientras que el superior subía y subía, hasta recortarse contra el cielo aterciope­lado. Todo era luz de luna, todo plata, demasiado hermoso para ser descrito.
Verruga no supo qué hacer. No estaba seguro de si sería con­veniente acercarse al caballero, pues en el bosque había seres terri­bles, y hasta el jinete podía ser un fantasma. Y espectral semejaba, en efecto, mientras permanecía quieto en los confines de la penum­bra. Por fin el muchacho se dijo que aun cuando fuera una apa­rición, se trataría del fantasma de un caballero, y éstos se hallaban comprometidos por juramento a ayudar a las gentes en desgracia. Cuando se encontró ante la misteriosa figura, el chiquillo preguntó con voz cautelosa:
—Perdonad, señor; ¿podríais indicarme el camino que lleva al castillo de sir Héctor?
Al oír estas palabras el fantasma experimentó un sobresalto que casi le hizo caer de su cabalgadura, y a través de la visera de su casco lanzó un sofocado «¡baaa!», que sonó como el balido de una oveja.
—¡Perdón, señor...! —repitió Verruga, y se calló aterrado en medio de su frase.
Por fin el espectro alzó su visera, descubriendo dos grandes ojos de mirada tan fría como el hielo.
—¿Qué? ¿Cómo? —exclamó el jinete con voz llena de an­siedad.
Quitóse entonces lo que cubría sus ojos, que resultó ser un par de gafas de cuerno, empañadas por estar dentro del casco. El caba­llero trató de limpiarlas en la crin del animal..., pero eso no hizo más que empeorar las cosas. Levantó a continuación las manos por encima de la cabeza, para intentar limpiar los anteojos en su gallar­da cimera, pero se le cayó la lanza, se le cayeron las gafas, y tuvo que bajarse del caballo para buscarlo todo, en cuyo momento se le cerró la visera sobre el rostro. Alzó la visera y se inclinó de nuevo para buscar los anteojos, con lo que de nuevo la maldita visera volvió a cerrarse. El fantasma murmuró con voz quejumbrosa:
—¡Cielo santo!
Por último Verruga encontró las gafas, las limpió conveniente­mente y las entregó al espectro, que en seguida se las colocó, y mientras la visera se cerraba una vez más, intentó trepar a su caballo como si en ello le fuera la vida. Cuando se halló encima tendió la mano para coger la lanza, que Verruga le entregó prestamente. Sintiéndose ya seguro, alzó la visera con la mano izquierda y la sujetó para que no volviese a caer. Miró de esta forma al chi­quillo, con la mano sobre los ojos, igual que un marinero en busca de tierra firme, y exclamó:
¡Ajajá! ¿A quién tenemos aquí, eh?
—Señor —repuso Verruga—, soy el muchacho cuyo tutor es sir Héctor.
—Un gran tipo —aseguró el caballero—. No le he visto en mi vida.
—¿Podéis decirme el camino de vuelta al castillo? —inquirió Verruga.
—No tengo la menor idea. Soy forastero en estas tierras.
—Me he extraviado —dijo el niño.
—Muy gracioso —repuso el caballero—. Yo llevo perdido die­cisiete años. Soy el rey Pelinor. Tal vez hayas oído mi nombre, ¿eh?
La visera se cerró con un chasquido, pero él volvió a abrirla inmediatamente.
—Pues sí —agregó—. Hace diecisiete años que salí para la Sanmiguelada, en busca de la Bestia Bramadora, y así estoy hasta hoy. Algo lamentable, en verdad.
—Imagino que así es. señor —contestó Verruga, que jamás había oído hablar del rey Pelinor ni de la Bestia Bramadora, pero que consideró su respuesta más adecuada, en tales circunstancias.
Esa es la empresa de los Pelinor —afirmó el rey, lleno de orgullo—. Sólo un Pelinor puede capturar a la Bestia Bramadora; bueno, un Pelinor o algún pariente cercano —agregó—. Ya nos educan a los de nuestra familia con esa idea en la cabeza. Una educación limitada, en realidad. Fiemo, y todas esas cosas.
—Sé lo que es el fiemo —declaró el pequeño, interesado—. Son los excrementos de la bestia perseguida. El batidor los recoge en su cuerno, los enseña al amo, y puede decirse por ello si el animal vale la pena, así como el estado en que se encuentra.
Inteligente arrapiezo —hizo notar el rey—; sí, mucho. Ahora mismo llevo fiemos conmigo casi siempre. Hábito insano, y me temo que algo inútil. Sólo hay una Bestia Bramadora, de modo que poco importa el estado en que se encuentre.
Aquí el tono de voz del caballero se hizo tan compungido que Verruga consideró oportuno olvidarse de sus propias cuitas y tratar de alegrar el ánimo del jinete, haciéndole preguntas acerca del úni­co tema sobre el que realmente parecía capacitado para hablar. Era preferible conversar con la realeza extraviada, antes que permane­cer solo en el bosque.
—¿Qué aspecto tiene la Bestia Bramadora? —inquirió Verruga.
—También la llamamos la Bestia Ululante, ¿sabes? —replicó el monarca, adoptando una actitud erudita—. Ese animal tiene ca­beza de serpiente, sí, y cuerpo de lagarto, grupas de león y pezuñas de venado. Por donde pasa, la bestia va haciendo un ruido tremendo con el vientre, como el de treinta pares de sabuesos aulladores. Me­nos cuando está bebiendo, desde luego.
—Debe de ser un monstruo terrible —dijo Verruga, mirando a su alrededor, temeroso.
—Eso es, terrible —repitió el rey—. Es la Bestia Bramadora.
—¿Y cómo la seguís, señor?
Aquella pregunta pareció ser menos adecuada, ya que Pelinor se mostró aún más entristecido.
—Traigo un sabueso, una perra —afirmó desanimado—. Allí está.
Verruga miró hacia donde el caballero le había indicado con ademán de abatimiento, y vio una cuerda enrollada en torno al tronco de un árbol. El otro extremo de la cuerda estaba atado a la silla del rey Pelinor.
—No veo la perra —dijo Verruga.
—Debe de estar al otro lado del árbol, seguramente. Siempre va en dirección contraria a donde yo voy.
Verruga acercóse al árbol y vio detrás una gran perra blanca que se rascaba para ahuyentarse las pulgas. En cuanto el animal vio al chiquillo, comenzó a menear la cola, alegrándose neciamente y jadeando por los esfuerzos que hacía para lamerle la cara, lo que no podía lograr por hallarse enredada en la cuerda.
—Es una perra bastante buena —aseguró el rey Pelinor—, pero jadea demasiado, tropieza con todo, y siempre sigue el ca­mino equivocado. Entre eso y la visera, puedes creerme que a veces no sé por dónde tengo que ir.
—¿Por qué no la soltáis? —preguntó Verruga—. Estoy seguro de que buscaría mejor a la Bestia de ese modo.
—Cuando la suelto se escapa, ¿sabes?, y a veces no vuelvo a verla en una semana entera. Y el caso es que me siento muy solo sin ella, siguiendo por todas partes a la Bestia Bramadora, sin encontrarla. Me proporciona un poco de agradable compañía, ¿com­prendes?
—Parece tener un carácter bondadoso.
—Demasiado afectuoso. A veces dudo que tenga intenciones de dar caza a la Bestia.
—¿Qué hace, cuando la ponéis sobre el rastro?
—Nada.
—Bueno, estoy seguro de que llegará a interesarse, con el tiempo —dijo Verruga.
—Hace ocho meses fue la última ocasión en que creí estar cerca de la Bestia.
La voz del pobre hombre se iba haciendo cada vez más com­pungida, desde el comienzo de la conversación, hasta que comenzó decididamente a sollozar.
—Es la maldición de los Pelinor —agregó—. Ir siempre detrás de esa condenada Bestia. ¿Y de qué vale todo eso? En primer lugar, tengo que detenerme a desatar la perra, luego se me cae la visera, después, no veo nada a través de las gafas. No tengo sitio donde dormir; nunca sé dónde me encuentro. Padezco reu­matismo los inviernos e insolaciones los veranos. Tardo horas en ponerme esta horrorosa armadura. Cuando me la he colocado, me hielo o me aso dentro de ella, y además se oxida. Debo pasar­me las noches puliendo el metal. ¡Ah, cómo desearía tener una bonita casa propia, para vivir en ella! Una casa con camas, y almohadas de verdad, y sábanas. Si fuera rico eso sería lo primero que me compraría, una buena cama con una buena almohada y unas sábanas bien blancas donde tenderme. Entonces dejaría el caballo en medio de un prado, diría a la perra que se marchase donde quisiera, arrojaría con todas mis fuerzas la armadura por la ventana y me olvidaría de la Bestia Bramadora para siempre. Eso es lo que haría.
—Si pudierais enseñarme el camino de mi casa, señor —de­claró Verruga, astutamente—, estoy seguro de que sir Héctor os cedería un lecho para pasar la noche.
—¿Estás seguro? —preguntó el rey—. ¿Un lecho?
—Con colchón de plumas.
—¡Con colchón de plumas! —exclamó Pelinor, abriendo unos ojos como platos—. Con colchón de plumas... ¿Y tendría almo­hada?
—Sí, también de plumón.
—¡Una almohada de plumón! —susurró el rey, reteniendo el aliento—. ¡Qué hermosa casa debe de tener tu señor!
—Creo que el castillo no está a más de dos horas de camino —aseguró Verruga, aprovechando su ventaja.
—De modo que ese caballero te mandó para que me invitases a su casa, ¿verdad? —dijo, olvidando que Verruga estaba perdi­do—. Qué amable de su parte, sí, qué atento, ¿eh?
—Le alegrará veros, señor —manifestó Verruga, sinceramente.
—Ah, qué atento —repitió el rey, comenzando a moverse en­tre las diversas piezas metálicas—. ¡Qué caballero más refinado debe de ser, para tener lechos de plumas! Pero, tal vez tenga que compartir el mío con alguien más, ¿no es cierto? —preguntó Pelinor, desencantado.
—Tendréis vuestra propia cama.
—Una cama para mí solo, con colchón de plumas, almohada y sábanas. Tal vez sean dos almohadas, o una almohada y un almohadón, ¿eh? ¡Y sin tener que levantarme temprano! Bueno, ¿sirven temprano el desayuno allí? Porque en tal caso quizá haría un esfuerzo.
—No, señor —repuso Verruga.
—¿Hay pulgas en la cama?
—Ni una sola.
—¡Espléndido! —manifestó el rey Pelinor—. Parece dema­siado hermoso para ser cierto. Una cama de plumas, y nada de fiemo por un tiempo. ¿Cuánto tiempo crees que tardaremos en llegar hasta el castillo?
—Dos horas —dijo Verruga, pero tuvo que gritar, pues sus palabras quedaron ahogadas por un ruido infernal que iba alzán­dose no lejos de ellos.
—¿Qué ha sido eso? —dijo Verruga.
—¡Calla! —gritó el rey.
—Sí, señor.
—¡Es la Bestia!
E inmediatamente el empedernido cazador olvidó todo lo de­más, y se aplicó a su tarea. Limpióse las gafas en la tela de sus asentaderas, el único trozo de género accesible que tenía en todo el cuerpo, mientras el tremendo alarido se hacía cada vez más intenso. Colocóse las gafas sobre su larga nariz, un instante antes de que la visera se cerrase herméticamente; aferró la lanza de justa con la diestra, y se lanzó al galope en dirección al lugar de donde partía el bramido. Pero se detuvo en seco por culpa de la cuerda, que estaba enrollada en el árbol, y cayó de su caballo con singular estruendo metálico, mientras la perra lanzaba melan­cólicos aullidos. Un segundo después Pelinor estaba de nuevo en pie, saltando en torno al caballo con un pie metido en el estribo. Las correas resistieron la prueba y milagrosamente volvió a que­dar sentado en la silla, con la lanza entre las piernas. Entonces co­menzó a galopar en círculos alrededor del árbol, en dirección opues­ta a la que la perra había seguido para enrollar la cuerda. La tarea resultó más fácil porque el animal corría en sentido contrario, sin dejar de ladrar, mientras tanto. Por fin se vieron libres el can y el caballero.
— ¡A la carga! —gritó el rey Pelinor, agitando la lanza en el aire y moviéndose lleno de excitación sobre su silla. Un momento después se perdía en las tinieblas del bosque, con el desdichado sabueso arrastrando detrás, al otro extremo de la cuerda.
CAPITULO III
l chiquillo durmió bien sobre el colchón que había hecho con las hojas del bosque, con ese sueño tenue pero reconfortante de que goza la gente cuando duerme al aire libre. Al principio apenas si se sumergió en el sueño, como un salmón en aguas bajas, tan cerca de la super­ficie que le parecía hallarse en el aire. Creyó estar despierto, cuan­do en realidad se encontraba ya dormido. Antes contempló los as­tros, girando silenciosos e incansables sobre su cabeza, y las hojas de los árboles que susurraban quedamente. Le pareció oír ruidos entre la hierba. Eran leves rumores de animalillos, aletear de aves, y arrastrar de vientres de reptiles, que al principio le asustaron. Luego atrajeron su interés, y trató de ver qué bichos los causaban. No consiguió descubrirlos, y el tenue ruido llegó incluso a calmar­le, por lo que dejó de interesarse en los seres que lo producían. Por fin fue hundiéndose cada vez más profundamente en el sueño, con el rostro entre la aromática hierba y sobre la tierra tibia, como si se sumergiera en misteriosas aguas subterráneas.
No le resultó fácil dormirse bajo la brillante luz de la luna, pero cuando lo hubo logrado, Verruga no se despertó hasta la mañana. El sol salió temprano, haciéndole agitarse inquieto sobre su improvisado lecho. Pero se había acostumbrado a vencer a la luz al dormir, y los rayos del sol no consiguieron despertarle. Eran ya las nueve, cinco horas después del alba, cuando volvió a mo­verse sobre la hierba, abrió los ojos y se despertó al instante. Verruga sintió un hambre muy intensa.
El muchacho había oído hablar de gentes que se alimentaban de moras, pero eso no suponía una solución, por el momento, ya que era el mes de julio y no se veía ninguna. Halló dos fresas silvestres y se las comió con avidez. Le supieron deliciosamente, por lo que hubiera deseado encontrar más. Luego pensó que de haber estado en abril habría buscado algunos nidos, para comerse los huevos de los pájaros. También, si hubiese tenido a Cully, el halcón tal vez le habría procurado algún conejo, que asaría en una hoguera encendida al frotar dos palos entre sí. Pero había perdido a Cully, y también se dijo que con los dos palos segu­ramente no hubiera podido encender la hoguera. Pensó que no debía hallarse a más de tres o cuatro millas de su casa, y que lo mejor que podía hacer era sentarse a escuchar. Entonces quizá oyese los gritos de los hombres que recogían el heno, si tenía la suerte de que el viento soplara desde allí, y así podría orientarse para volver al castillo.
Pero lo que escuchó fue un sonido metálico que le hizo pensar que el rey Pelinor debía hallarse de nuevo a la caza de la Bestia Bramadora, por allí cerca. Mas, se trataba de un ruido tan regular e intencionado, que Verruga se dijo que el rey Pelinor debía estar dedicado a algún menester que requería gran paciencia y concen­tración, como por ejemplo el de rascarse la espalda sin quitarse la armadura. Por último el pequeño se encaminó hacia el lugar de donde partía el ruido.
Vio otro claro en el bosque, en cuyo centro se alzaba una cabaña de piedra de agradable aspecto. Aunque en ese momento Verruga no se dio cuenta de ello, la cabaña se hallaba dividida en dos partes. La parte principal era el salón o habitación para todos los usos, una estancia elevada que se extendía desde el suelo hasta el tejado. En el salón había un hogar cuyo humo escapaba por un agujero practicado en el techo de paja. La otra mitad es­taba constituida por dos habitaciones, una arriba y otra abajo. La estancia superior era alcoba y estudio a la vez, mientras que la inferior hacía de despensa, almacén, establo y granero. Un ca­ballo habitaba en aquella habitación inferior. Por una escalera se llegaba a la de arriba.
Frente a la cabaña se veía un pozo, y el ruido metálico que oyera Verruga había sido causado por un hombre muy anciano, que estaba sacando agua del pozo mediante una manivela que ac­cionaba una cadena.
Clank, clank, clank, hacía la cadena, hasta que el balde apa­reció en el brocal del pozo.
¡Maldición! —exclamó el viejo caballero—. Cualquiera pen­saría que después de tantos años de estudio podría haber conse­guido algo mejor que un maldito pozo con un maldito cubo, fuese cual fuese el maldito precio que costara.
El anciano atrajo el balde hasta el borde, le echó una malévola mirada y agregó:
—Voto a bríos, ¿por qué no tendremos ya luz eléctrica y agua corriente?
Estaba vestido con una flotante túnica con puños de pieles y símbolos del zodíaco bordados por toda la tela, además de otros signos cabalísticos, como triángulos con ojos en el centro, cruces extrañas, hojas de árboles, huesos y estrellas que relucían como espejos al sol. Se tocaba con un capirote semejante al que las da­mas de la época solían llevar, si bien las mujeres acostumbraban a adornarlo con un trozo de velo que flotaba en el aire. Usaba también unas gafas con montura de cuerno, como las del rey Pelinor. Eran unos anteojos poco corrientes, ya que carecían de pati­llas y tenían forma de tijeras o de antenas de la avispa tarántula.
—Perdonad, señor —dijo Verruga—. ¿Podéis indicarme el camino del castillo de sir Héctor, si no os importa?
El anciano depositó el balde en el suelo, miró al pequeño y dijo:
—Tú debes de ser Verruga, ¿no es cierto?
—Sí, señor, yo soy.
—Me llamo Merlín —declaró el viejo.
—¿Cómo estáis, señor?
—¿Qué tal?
Cuando hubieron concluido las formalidades, Verruga tuvo ocasión de mirar despacio a Merlín. El mago estaba observándole fijamente, sin parpadear, con una expresión de benévola curiosidad que le daba un aspecto tranquilo, tan apacible como el de la vaca que parecía reflexionar profundamente mientras sacaba la cabeza por la puerta del establo.
Merlín poseía una larga barba blanca y unos bigotes también largos y blancos que colgaban lacios a ambos lados de la barba. Una inspección más detenida mostraba que el anciano estaba muy lejos de ir limpio. No es que tuviera las uñas negras, ni nada por el estilo, sino que en su cabello parecía haber estado anidando algún ave de gran tamaño. Verruga se hallaba familiarizado con los nidos de los halcones y azores, conocía los absurdos conglo­merados de ramitas, huesos viejos, plumas llenas de barro y otros objetos diversos que formaban los de las urracas. Esta fue la impresión que el muchacho sacó del pelo de Merlín. El anciano apa­recía cubierto de excrementos de pájaro por los hombros, y sobre las estrellas y triángulos de su túnica. Además, una gran araña descendía desde la punta de su sombrero, mientras el viejo ob­servaba al muchacho que estaba delante de él. Tenía expresión preocupada, como si estuviera tratando de recordar algo impor­tante. Sus suaves ojos azules, muy grandes y redondos detrás de las gafas de cuerno, poco a poco se fueron empañando mientras miraba al niño, hasta que por fin volvió la cabeza hacia otro lado con expresión resignada, como si aquello fuera demasiado para él.
—¿Te gustan los melocotones? —preguntó.
—Mucho, señor —contestó Verruga, y se le hizo la boca agua como si ya tuviera en ella la carne jugosa y dulce del fruto.
—Apenas si están en sazón —dijo el anciano, y volviéndose en­caminóse hacia la cabaña.
Verruga le siguió, puesto que era lo más sencillo que podía hacer; ofrecióse a llevar el cubo de Merlín, el cual pareció com­placido y se lo entregó. El niño esperó mientras el mago exami­naba sus llaves, las revolvía, y dejaba caer algunas torpemente sobre la hierba. Por fin, cuando entraron en la cabaña casi con tantas dificultades como si hubieran sido dos ladrones, Verruga subió la escalera detrás de su anfitrión y se encontró en la habi­tación del piso superior.
Aquella era la estancia más maravillosa que Verruga había visto en su vida.
De las vigas del techo pendía un cocodrilo de verdad, muy natural y horrible con sus ojos de cristal y la escamosa cola ten­dida hacia atrás. Cuando entró su amo en la habitación, el co­codrilo le guiñó un ojo a modo de saludo, aunque estaba embal­samado. Había miles de libros encuadernados con pieles pardas, algunos asegurados con una cadena a los estantes, y otros agru­pados entre sí, como si hubieran bebido demasiado y no estuvieran seguros de su equilibrio. Además, veíanse allí numerosos pájaros disecados, como papagayos, Martín pescadores y pavos reales con todas sus plumas menos dos, así como diminutos pajarillos tan pequeños como escarabajos, y un gran ave fénix que olía a incien­so y canela. No podía tratarse de un fénix verdadero, ya que sólo hay una de esas aves a un tiempo. Sobre la repisa del hogar se veía una cabeza de zorro, un salmón de unas cuarenta libras y un basilisco de aspecto muy natural. Varios colmillos de jabalí y unas cuantas uñas de tigre se hallaban clavados formando figuras si­métricas.
Entre los huéspedes de la estancia se contaban también seis serpientes vivas, que reposaban dentro de una caja de cristal, nu­merosas abejas que desde las ventanas se dirigían a una colmena, situada en el interior de la habitación, dos jóvenes erizos, una pareja de tejones, que comenzaron a chillar «¡Yik, yik, yik!» en cuanto vieron entrar al mago, y numerosos gusanos de seda, dis­puestos en veinte cajitas.
De los objetos que allí se veían, destacaremos una panoplia con toda clase de armas, muchas de las cuales no serían inven­tadas hasta medio millar de años más tarde, un cofrecillo lleno de moscas para la pesca del salmón, otro cofre con etiquetas en los cajones que decían Mandrágora, Mandrake, Barba de Viejo, etcétera, un gran manojo de plumas de ganso y de pavo, para hacer con ellas plumas de escribir, un astrolabio, doce pares de botines, una docena de monederos, tres docenas de rollos de alam­bre, doce sacacorchos, algunos nidos de hormigas entre dos hojas de vidrio, frascos llenos de tinta de todos los colores posibles desde el rojo al violeta, una medalla de oro por haber sido el mejor alumno en Winchester, dos calaveras, recipientes de cristal de Venecia y de Bristol, una botella de barniz, algunas piezas de porcelana, la decimocuarta edición de la Enciclopedia Británica —en la que desmerecía el sensacionalismo de los grabados popu­lares—, dos cajas de pinturas, una de acuarelas y otra de óleo, tres globos terráqueos de las regiones entonces conocidas, unos cuantos fósiles, la cabeza disecada de un cameleopardo, algunas retortas con sus hornillos, quemadores Bunsen, y una serie com­pleta de cromos de cigarrillos con la fauna salvaje dibujada por Peter Scott.
Merlín quitóse el capirote cuando entró en la habitación, de­bido a que el gorro era demasiado alto para el techo de la estan­cia, e inmediatamente oyóse un batir de alas en uno de los rin­cones; un búho pardo revoloteó hasta posarse sobre el oscuro hueso de calavera que protegía la parte superior del cráneo de Merlín.
—¡Ah, qué hermoso búho! —exclamó Verruga.
Pero cuando fue a tender la mano hacia el ave, ésta se irguió creciendo casi la mitad de su primitiva estatura, y rígida como un poste entrecerró los ojos hasta dejar sólo una estrecha ranura, por donde espió al niño; luego dijo con voz desdeñosa:
—No soy un búho.
Entonces el ave cerró del todo los ojos y volvió la cabeza ha­cia otra parte.
—Sólo es un niño —manifestó Merlín.
—Tampoco soy un niño —aseguró el ave, sin volver la ca­beza.
Verruga se hallaba tan asombrado al advertir que el búho podía hablar, que se olvidó de sus modales y se acercó curiosa­mente al animal. Esto puso tan nerviosa al ave, que dejó caer un excremento sobre la cabeza de Merlín —toda la habitación estaba blanca de detritus—, después de lo cual voló hasta su percha, que era la punta de la cola del cocodrilo; allí se sintió seguro.
—Nos visita tan poca gente —explicó el mago, secándose la cabeza con un trozo de pijama viejo que tenía para tal fin—, que Arquímedes se muestra un tanto huraño con los desconocidos. Ven, Arquímedes, quiero que conozcas a un amigo mío que se llama Verruga.
Al decir esto el mago tendió una mano al búho, que avanzó patosamente, como un ganso, sobre el lomo del cocodrilo, hasta que al llegar encima de la mano, saltó sobre el dedo de Merlín de muy mala gana.
—Extiende el índice y colócalo detrás de sus patas —dijo Merlín a Verruga.
Cuando el niño hubo hecho lo que le decía el mago, éste de­positó sobre su dedo el búho, y el ave se aferró con fuerza hasta que sus agudas garras se clavaron en la piel del chiquillo. Verruga sonrió encantado.
—Saluda como es debido a nuestro amigo —ordenó Merlín al búho.
—No pienso hacerlo —contestó Arquímedes, mirando a otro lado, pero sujetándose fuerte.
—¡Es maravilloso! —comentó Verruga—. ¿Lo tenéis desde hace mucho tiempo, señor?
—Arquímedes está conmigo desde que era pequeño; desde que tenía la cabeza tan diminuta como la de un pollito.
—Me gustaría que me dijera algo —manifestó Verruga.
—Tal vez si le entregas cortésmente este ratón, se muestre más afectuoso contigo.
Merlín cogió un ratón muerto que tenía dentro de una de las calaveras, mientras agregaba:
—Guardo los ratones muertos aquí, así como los gusanos para pescar. Me parece un lugar muy adecuado.
Luego entregó el animalillo muerto a Verruga, el cual lo tendió tímidamente a Arquímedes. El curvado pico tenía aspecto peli­groso. El búho observó al ratón, guiñó un ojo a Verruga, se acercó más sobre el dedo, y se inclinó hacia adelante. Así permaneció un momento con los ojos entrecerrados y una expresión de arro­bo en el rostro, hasta que al fin recogió el bocado con el pico, tan suavemente que no hubiera roto una pompa de jabón.
El búho siguió inclinado hacia adelante, con el ratón colgando de su pico, como si no supiera bien qué debía hacer con él. Luego levantó la pata derecha —no era zurdo, aunque la gente dice que sólo los hombres usan la diestra—, y cogió el ratón. Lo observó como un guardia puede contemplar su porra, y luego mordisqueó la cola del animalillo. Entonces el búho lo volvió para que que­dara con la cabeza hacia adelante, ya que Verruga se lo había ofrecido al revés, y luego se tragó al ratón de un bocado. Mien­tras la cola le colgaba del pico, miró a los presente como diciendo: «Me gustaría que dejarais de observarme de esa forma.» A con­tinuación volvió la cabeza, engulló educadamente el rabo del ratón, se rascó las patillas con la garra izquierda, y comenzó a alisarse las plumas.
—Déjale solo —dijo Merlín—. Tal vez no quiera hacer amis­tad contigo hasta que no sepa bien quién eres. Los búhos no se hacen amigos con facilidad.
—Tal vez prefiera subirse a mis espaldas —dijo Verruga, y extendió un poco el brazo.
Como al búho le gustaba estar lo más alto posible, ascendió por la pendiente y se colocó hurañamente junto a una oreja del niño.
—Y ahora, el desayuno —dijo Merlín.
Verruga observó que estaba ya dispuesto un perfecto desayuno para dos personas, en la mesa situada delante de la ventana. Ha­bía melocotones. Y también un melón, fresas con crema, bizco­chos, trucha parda humeante, una perca a la parrilla de esplén­dido aspecto, pollo asado como para deshacerse en la boca, riñones y setas sobre pan tostado, salsa curry, café caliente, y chocolate con crema, servido en unas grandes tazas.
—Prueba un poco de mostaza —dijo el mago, cuando se sirvie­ron los riñones.
Al decir esto, el pote de mostaza avanzó hacia el plato de Verruga, anadeando sobre sus patitas de plata igual que si fuera el búho. Luego el pote alzó una de sus asas, levantóse la tapa con ademán versallesco, y con la otra asa sirvió a Verruga una abun­dante cucharada de mostaza.
—¡Qué mostacera más simpática! —dijo gozoso Verruga—. ¿Dónde la habéis conseguido, señor?
Al oír esto, el rostro del pote de mostaza relumbró de satis­facción; pareció que iba a decir algo, pero Merlín le golpeó en la tapa con una cucharilla y la mostacera se quedó quieta y en silencio en seguida.
—Sí, no es mal pote de mostaza —reconoció Merlín, con dis­plicencia—, aunque a veces le gusta darse aires de importancia.
Verruga sintióse muy impresionado por la amabilidad del an­ciano, y sobre todo con las maravillosas cosas que poseía, al punto que apenas si se atrevía a hacer preguntas. Le pareció más apro­piado callarse y contestar cuando le hablasen. Pero Merlín no era muy hablador, y cuando lo hacía no era para preguntar, de modo que Verruga tenía escasas oportunidades para entablar una con­versación. Por último su curiosidad pudo más que él, y decidió averiguar algo que le había preocupado desde el principio.
—¿Os importaría que os hiciera una pregunta, señor? —in­quirió el pequeño.
—Estoy a tu disposición.
—¿Cómo supisteis que debíais preparar un desayuno para dos personas?
El anciano se echó hacia atrás en su silla y encendió una enor­me pipa —«Dios santo, respira fuego», pensó Verruga, que nunca había visto el tabaco—, antes de hallarse en condiciones de res­ponder. Con aire desconcertado se quitó el trozo de calavera de la cabeza y se rascó la calva.
—¿Nunca has contemplado un espejo de mano? —preguntó al fin el mago.
—Creo que no —repuso el chiquillo.
—Espejo de mano —dijo Merlín, extendiendo la diestra. In­mediatamente apareció en ella un espejito de tocador como los que usan las mujeres.
—Tú no, imbécil —dijo Merlín, irritado—. Quiero uno de los que sirven para afeitarse.
El espejito de tocador desvanecióse, y en su lugar apareció un espejo del tamaño de un pie por cada lado. Pidió en seguida Merlín papel y algo para escribir, y recibió unas cuantas hojas del «Heraldo de la Mañana» y un lápiz despuntado. Lo devolvió y obtuvo luego una estilográfica descargada y seis resmas de papel de envolver. De nuevo se mostró iracundo, exclamando varias veces «¡Por todos los cielos!», y logró entonces un carboncillo y unas cuantas hojitas de papel de fumar. Rindióse al fin y colocó una de las hojitas de papel de fumar delante del espejo; luego hizo en ella cinco puntos, y manifestó:
—Ahora quiero que unas estos cinco puntos, de modo que quede formada una W, pero mirando siempre al espejo.
Verruga cogió el carboncillo y trató de hacer lo que le pedían.
—No está del todo mal —declaró luego el mago, dudosamen­te—. En cierto modo, más parece una M.
Entonces Merlín se puso a reflexionar mientras se acariciaba la barba, respiraba fuego y contemplaba el papel.
—¿Qué me decís del desayuno, señor? —preguntó Verruga.
—Ah, sí. Preguntabas que cómo supe que íbamos a ser dos, ¿no es cierto? Por eso te he enseñado el espejo. Sabrás que la gente corriente nace hacia adelante en el tiempo, me comprendes, ¿no?, y que casi todo en este mundo va también hacia adelante. Eso hace que a la gente ordinaria le sea fácil la vida, del mismo modo que resulta muy sencillo unir esos cinco puntos para formar una W, siempre que se mire hacia adelante, en lugar de hacerlo hacia atrás y de dentro afuera. Pero por desgracia yo nací en una época equivocada, y tengo que vivir de adelante atrás, vién­dome rodeado por gentes que viven al revés.
Merlín dejó de hablar, y miró a Verruga con expresión de an­siedad.
—Te había dicho esto antes, ¿verdad? —preguntó.
—No; sólo hace media hora que nos hemos conocido, señor —repuso el niño.
—¿Tan poco tiempo ha pasado? —dijo Merlín, y una gruesa lágrima se deslizó hacia abajo, hasta la punta de su nariz. La secó con el trozo de pijama y agregó lleno de ansiedad—: ¿Voy a con­tártelo de nuevo?
—No lo sé —repuso Verruga—; a menos que no haya termi­nado aún de contármelo.
—Ya lo ves, uno se arma un lío con el tiempo, cuando las cosas son así. Y las épocas se confunden en seguida, si sabes lo que va a ocurrir a la gente, y no sabes lo que les ha ocurrido, ¿comprendes? Es como dibujar mirando a un espejo.
Verruga no lo comprendía del todo, y estaba a punto de decir a Merlín cuánto lamentaba que esas cosas le hicieran desdichado, cuando notó una curiosa sensación en una oreja.
—No te muevas —dijo el anciano, justamente cuando el pe­queño estaba a punto de hacerlo. Verruga quedóse quieto. Sucedía que Arquímedes, que durante todo ese tiempo permaneció olvi­dado en el hombro del niño, había introducido su pico en el pa­bellón de la oreja de Verruga, el cual sentía cosquillas que le cau­saban las plumas del ave.
—Hola, ¿cómo estás? —susurró de pronto una voz baja y ronca, que resonó suavemente en el interior de la oreja del chi­quillo.
—¡Ah, el búho! —exclamó Verruga, olvidándose al instante de las cuitas de Merlín—. ¡Mirad, se ha decidido a hablarme!
Verruga inclinó un poco la cabeza hacia las suaves plumas, y la parda ave, cogiendo el lóbulo de la oreja con su pico, lo mor­disqueó delicadamente.
—Le llamaré Archie —dijo Verruga.
—¡Confío en que no harás nada de eso! —repuso Merlín al instante, con voz severa e irritada, al tiempo que el búho se retiró todo lo que pudo, sobre el hombro del chico.
—¿Por qué? ¿Es algo malo?
—También podrías llamarme Wol, Olly —dijo el búho, amar­gamente—. Hubiera sido igual.
Merlín cogió una mano de Verruga y dijo con tono afable:
—Eres demasiado joven para comprender estas cosas, pero debes saber que los búhos son las criaturas más corteses, ingenuas y fieles que hay en el mundo. Nunca debes mostrarte demasiado familiar ni grosero con ellos, ni debes tratar de ponerlos en ri­dículo. La madre de estos pájaros es Atenea, la diosa de la Sabi­duría, y si bien están siempre dispuestos a hacer de bufones para divertirnos, tal conducta sólo es una prerrogativa de la verdadera sabiduría. En fin, que ningún búho soportaría que le llamaran Archie.
—Cuánto lo siento, búho —dijo Verruga.
—También yo lo lamento, pequeño —repuso el ave—. Ya veo que has hablado sin conocimiento de causa, y siento mucho ha­berme enfadado, cuando no tenías intención de causar ninguna ofensa.
El ave, en efecto, lo lamentaba sinceramente, y parecía tan contrita, que para alegrarla un poco Merlín decidió cambiar de conversación.
—Bien —manifestó el anciano—. Ahora que hemos terminado de desayunar, creo que es hora de que los tres vayamos a buscar el camino hasta el castillo de sir Héctor. Ah, perdonadme un mo­mento.
Volvióse hacia los platos y demás vajilla del desayuno, y se­ñalando con su nudoso índice ordenó con voz severa:
—¡Lavaos!
Ante esta orden, toda la porcelana y los cubiertos abandonaron la mesa, el mantel sacudió sus migas por la ventana, y las servilletas se doblaron cuidadosamente. La porcelana avanzó escaleras arriba, hasta el piso superior, donde el mago había dejado el cubo de agua, y al momento oyóse un tumulto como si un montón de chiquillos estuvieran metiéndose en una bañera. Merlín se dirigió a la puerta, y desde allí gritó:
—¡Ojo con que se rompa algo!
Pero su voz quedó enteramente ahogada por un estrépito de chapuzones, chillidos y gritos de «¡Ay, qué frío!», «¡Eh, cuidado, que puedes romperme!», y «¡Vamos a hundir a la tetera!»
—¿De verdad pensáis acompañarme todo el camino hasta casa? —preguntó Verruga, que no podía creer lo que oía.
—¿Por qué no? —dijo Merlín—. Es muy lógico, si voy a ser tu preceptor.
Al escucharle, los ojos de Verruga se agrandaron enormemente hasta parecer casi tan grandes como los del búho que continuaba sobre su hombro. El rostro del niño se puso muy colorado, y su respiración se hizo tan agitada que parecía ir al compás de los latidos de su corazón.
—¡Vaya! —exclamó Verruga, con los ojos brillándole de ale­gría—. ¡Esto sí que ha sido una suerte!
CAPITULO IV
erruga comenzó a parlotear antes de haber cru­zado la mitad del puente levadizo.
¡Mirad a quién he traído! —exclamó—. ¡Mirad, he estado de exploración! Me dispara­ron tres flechas, todas con franjas negras y amarillas. El búho se llama Arquímedes. He conocido al rey Pelinor, y éste es mi preceptor, el mago Merlín. Hice una búsqueda para encontrarle. Iba en busca de la Bestia Bra­madora, bueno, me refiero al rey Pelinor. Sucedió algo terrible, allí en el bosque. Merlín hizo que los platos se lavaran ellos mismos. Hola, Hob. Mira, hemos traído a Cully de vuelta.
Hob miró al chiquillo y éste enrojeció al darse cuenta de que hablaba demasiado. De todos modos, era una gran satisfacción vol­ver a casa con nuevos amigos y después de haber recuperado el halcón perdido.
—Bueno, amo —repuso Hob, ásperamente—, creo que aún tendremos que hacer de vos un halconero.
Hob se acercó a Cully, pues no podía permanecer más tiempo alejado del halcón, pero también dio unas palmaditas afectuosas en la cabeza de Verruga. En realidad, Hob no sabía bien a quién de los dos se alegraba más de ver. Cogió a Cully en su puño, con el ademán del cojo que se coloca la pierna de palo después de haberla perdido.
—Merlín lo atrapó —dijo Verruga—. Envió a Arquímedes para que le enseñara el camino de casa. Pero Arquímedes volvió y nos dijo que Cully había matado una paloma y se la estaba comiendo. Nos acercamos, y sólo conseguimos ahuyentarle. En­tonces Merlín clavó seis plumas de la cola de la paloma, que había quedado allí, en torno a ella, formando un círculo, e hizo un lazo por fuera de las plumas con un largo cordel. Uno de los extremos del lazo lo ató a un palo que clavó en el suelo, y luego fue a ocul­tarse detrás de unos matorrales reteniendo el otro extremo del cordel. Dijo que no emplearía su magia en aquello, pues en las Grandes Artes no debía emplearse la magia, como no debía utili­zárselo para hacer una hermosa estatua. Esta había que hacerla esculpiéndola con cincel. Entonces Cully descendió para terminar con la paloma que dejara, y en ese momento tiramos del cordel. El lazo se deslizó por encima de las plumas, y cogió al halcón por las patas. ¡Qué enfadado se puso! Pero le dimos la paloma.
Hob hizo una reverencia a Merlín, el cual le devolvió la cor­tesía. Ambos se miraron con expresión de grave afecto, dándose cuenta de que eran maestros en el mismo arte. Cuando estuvieran a solas hablarían de cetrería, pese a que Hob era por naturaleza un hombre silencioso. Esperarían a que llegase ese momento.
—¡Mira, Kay! —exclamó Verruga, cuando aquél apareció con la vieja niñera y otras personas que acudían a darles la bienve­nida—. Mira, he conseguido un mago como preceptor nuestro. Tiene una mostacera que anda.
—Me alegro de que hayas vuelto —repuso Kay.
—Cielos, ¿dónde habéis dormido, amo Art? —preguntó la niñera, dirigiéndose a Verruga—. Mirad ese jubón, todo desga­rrado y sucio de barro. Y el disgusto que nos habéis dado, sólo yo me lo sé. Ah, ese pelo, lleno de hierbas y de hojillas. Mi pobre corderito descarriado...
Sir Héctor salió en ese momento apresuradamente, y besó a Verruga en ambas mejillas.
—Vaya, vaya, vaya —dijo enternecido—. Aquí estamos de nuevo, ¿eh? Qué demonios estuviste haciendo, ¿eh? Has tenido trastornada a toda la casa esta noche.
Pero interiormente el anciano sentíase orgulloso de Verruga, que había permanecido fuera del castillo por un halcón, y más contento le producía aún que lo hubiese recuperado, pues a todo esto Hob mantenía al ave bien alta en la mano, para que todo el mundo pudiera verla.
—Señor —dijo Verruga—, he realizado esa búsqueda que que­ríais iniciar para conseguirnos un preceptor, y le he encontrado. Mirad, es este caballero, que se llama Merlín. Se ha traído algunos de sus tejones, erizos, ratones y hormigas en su asno blanco, porque no quería dejar que se murieran de hambre. Es un gran mago, y puede hacer que las cosas vuelen por el aire.
—Ah, un mago —manifestó sir Héctor, al tiempo que se ca­laba los anteojos y miraba de cerca a Merlín—. Espero que será magia blanca, ¿verdad?
—Desde luego —repuso Merlín, que permanecía en actitud paciente entre el corrillo de curiosos, con los brazos cruzados sobre la túnica, mientras Arquímedes se erguía muy rígido encima de su cabeza.
—Bien, necesito algunas referencias vuestras —añadió sir Héc­tor—. Es lo acostumbrado.
—Aquí están —dijo Merlín, extendiendo una mano vacía.
Al momento aparecieron en ella algunas tablillas firmadas por Aristóteles, un pergamino de Mecateo de Mileto, y una hoja me­canografiada y rematada con la firma del rector del Colegio de la Trinidad, al que Merlín no recordaba haber conocido. En esos documentos se daban excelentes referencias de Merlín.
—Lo tenía todo en la manga —dijo sir Héctor, como quien conoce el truco—. ¿Podéis hacer algo más?
—¡Árbol! —dijo el mago, y al momento apareció un enorme moral en medio del patio, con sus exquisitos frutos azules, dis­puestos para ser arrancados. Y ello era aún más notable, puesto que las moras sólo adquirieron fama desde los días de Cromwell.
—Lo hace con espejos —aseguró sir Héctor.
—¡Nieve! —agregó Merlín—. Y un paraguas —añadió apre­suradamente.
Antes de que hubiera terminado de hablar, el claro cielo de verano adquirió un frío tono broncíneo, mientras caían los ma­yores copos de nieve que jamás vieran los presentes. Una pulgada de nieve cubrió el suelo antes de que alguien pudiese hablar, y todos temblaron de frío. Sir Héctor tenía la nariz azul, y de la punta de la misma le colgaba un carámbano. Todos, menos Mer­lín, quedaron con los hombros cubiertos de nieve. El mago se ha­llaba en medio, con el paraguas en alto para proteger al búho.
—Eso lo consigue con hipnotismo —sentenció sir Héctor, mien­tras le castañeteaban los dientes—. Pero ya basta. Estoy seguro de que será un excelente preceptor para los chicos.
La nevada cesó inmediatamente, y el sol volvió a brillar.
—Hemos podido coger una pulmonía —dijo preocupada la niñera.
Merlín cerró el paraguas y lo lanzó al aire, donde desapareció.
—Imaginaos, el pequeño buscando a un preceptor como éste —manifestó sir Héctor—. Vaya, vaya, vaya. Nunca deja uno de maravillarse.
—No creo que haya sido precisamente una búsqueda —inter­vino Kay—. Después de todo, sólo iba a atrapar al halcón.
—Y lo encontró, amo Kay —dijo Hob, con tono de reproche.
—Bueno —aseguró el chico—, apostaría a que el anciano lo cazó por él.
—Kay —dijo Merlín, con voz repentinamente terrible—. Siem­pre has sido un charlatán altivo y malintencionado. Tus penas vendrán por tus propias palabras.
Esto hizo que todo el mundo se sintiera impresionado, y Kay, en lugar de experimentar su habitual arrebato de cólera, bajó la cabeza. En realidad, no era una mala persona, sino un chico inteligente y activo, aunque orgulloso, apasionado y terco. Era de esas personas que nunca serán ni líderes ni segundones, pero que tienen un corazón anhelante, lleno de impaciencia, dentro del cuer­po que le aprisiona. Merlín se arrepintió en seguida de su severi­dad, y obtuvo del aire una pequeña daga de caza de plata, que entregó al niño. La empuñadura de la daga representaba el dimi­nuto cráneo de un armiño, y le gustó mucho a Kay.
CAPITULO V
a morada de sir Héctor recibía el nombre de Castillo del Bosque Salvaje. En realidad era más un poblado que una vivienda, y en épocas de peligro se acentuaba este carácter de pueblo que tenía la heredad. Debemos destacar que nuestra historia se refiere a épocas de conflic­tos armados. Cada vez que se producía la invasión de algún tirano de la vecindad, todas las gentes de los contornos corrían a refugiarse en el castillo, llevando con ellos sus animales, que dejaban en los establos hasta que había pasado el peligro. Las chozas de adobe y techo de paja eran incendiadas casi siempre, y los dueños se veían obligados a reconstruirlas mientras lanzaban maldiciones. Por tal razón no se creyó oportuno construir una iglesia en el poblado, pues hubiera tenido que ser alzada de nuevo cada cierto tiempo. Los habitantes del pueblo solían oír misa en la capilla del castillo. En tales ocasiones se ponían sus mejores ropas y avanzaban calle arriba los domingos con andares respetables, mirando dignamente en todas direcciones. Los días normales acudían con sus atuendos corrientes, y andaban mucho más alegremente. Todo el mundo iba a la iglesia, y sentía un gran contento haciéndolo.
El Castillo del Bosque Salvaje sigue en pie, y aún se pueden contemplar sus hermosas ruinas cubiertas de hiedra, que desafían el sol y los vientos. Ahora sólo viven allí algunos lagartos, y los hambrientos gorriones se guarecen durante las noches invernales entre la hiedra. Una lechuza habita también entre las. plantas tre­padoras, y con su aletear ruidoso suele asustar a los pajarillos, que remontan el vuelo. La mayor parte de la muralla se ha de­rrumbado, si bien es posible advertir los cimientos de las doce torres que guardaron el castillo. Eran torres circulares que sobre­salían de la muralla hacia el foso, a fin de que los arqueros pu­diesen disparar en todas direcciones y dominar todos los sectores que la rodeaban. Por el interior de las torres ascendían unas escaleras de caracol, cuya columna central estaba llena de hue­cos para disparar flechas. Aun cuando el enemigo traspusiera la muralla y entrase en la base de las torres los defensores po­dían retirarse a la parte superior de la escalera, y disparar des­de allí a los atacantes a través de los orificios de la columna central.
La parte de piedra del puente levadizo, con su barbacana y las garitas de la puerta, aún se halla en buen estado. Aquel lugar se defendía mediante algunos ingeniosos artefactos. Aunque los ene­migos cruzaran sobre el puente de madera —que se levantaba para impedirlo—, había un gran rastrillo de hierro, cargado con un enorme tronco, que podía aplastarlos o dejarlos clavados debajo. En la barbacana había una amplia trampa que se abría en el mo­mento oportuno para dejarlos caer al foso. Al otro extremo de la barbacana había otro rastrillo, de modo que los enemigos que entrasen podían quedar atrapados entre ambos, siendo aniquilados desde fuera. Las garitas, por su parte, tenían orificios en el piso y por ellos se dejaban caer piedras y otros objetos sobre los ata­cantes. Por fin, a continuación de la puerta de entrada había un agujero en el centro de la bóveda del techo. Este orificio daba a una estancia del piso superior, donde se hallaba un gran caldero para arrojar aceite o plomo hirviendo.
Y lo mismo ocurría con las demás defensas exteriores. Una vez dentro del lienzo de la muralla, se hallaba uno en un amplio pasadizo, a veces ocupado por aterradas ovejas, y después se lle­gaba ante el castillo propiamente dicho, con sus ocho enormes torres que aún se mantienen en pie. Es muy agradable ascender a la torre más alta y acodarse allí mirando hacia las comarcas veci­nas, de las que a veces llegaban algunos de esos peligros, sólo con el sol encima y los escasos turistas deambulando por abajo, sin preocuparse para nada de las flechas o el aceite hirviente de tiem­pos pasados. Pensad en los muchos siglos que esa inconquistable torre ha resistido. Cambió de dueños por sucesión una vez, por asedio otra y por traiciones en dos oportunidades; pero nunca cayó en un asalto. En esta torre montaban guardia los vigías. Des­de allí observaban por encima de los bosques azulinos, en dirección a Gales. Sus huesos limpios y blancos yacen ahora bajo el suelo de la capilla. No lo olvidéis al visitarla.
Si miráis hacia abajo y no os asusta la altura (la Sociedad Protectora de Esto y lo Otro ha hecho colocar una resistente ba­randilla, para que nadie pueda caerse), podréis ver toda la gran­diosidad del patio interior, extendiéndose debajo como un mapa. Puede apreciarse la capilla, ahora abierta a los elementos, así como los fustes de las enormes chimeneas, y la amplísima cocina. Si sois personas sensibles y curiosas, tal vez pasaréis días, y hasta sema­nas, examinando con detenimiento las caballerizas, la armería, los graneros, el pozo, la herrería, las perreras, los alojamientos de los soldados, la sala del sacerdote, y las estancias del señor y de su esposa. Entonces todo os parecerá que cobra vida. La gentecilla —eran de menor estatura que nosotros, hasta el punto que nos resultaría muy difícil colocarnos las armaduras que nos han lega­do—, se aplicaría a sus tareas bajo los rayos del sol, las ovejas balarían como siempre lo hicieron, y todo discurriría normalmente en el castillo.
Este lugar era, como puede imaginarse, una especie de paraíso para los chiquillos. Verruga corría como un conejo por aquel in­trincado laberinto de estancias y pasadizos. Conocía todos los rin­cones, las celdas, los escondrijos, las despensas y los almacenes. Tenía un sitio preferido en cada estación, como los gatos, y chi­llaba sin cesar, luchaba con imaginarios enemigos y representaba el papel de un caballero. En el momento a que nos referimos se hallaba en la perrera.
En aquellos días la gente tenía un concepto diferente acerca de lo que debe ser el entrenamiento de un perro. Lo hacían con más afecto que disciplina. Los canes dormían a veces en el mismo lecho de sus amos, y Flavio Arriano asegura que «es mejor si pueden dormir con una persona, porque ello les hace más humanos, y porque se regocijan en la compañía de la gente. También, si tienen una noche inquieta o algún trastorno interno, uno puede enterarse, y no lo empleará para cazar al día siguiente».
En las perreras de sir Héctor había un muchacho, el perrero, que vivía con los sabuesos noche y día. Su misión era sacar los canes a pasear todos los días, quitarles las espinas de las patas y las garrapatas de las orejas, curarles las dislocaciones, suminis­trarles pócimas contra las lombrices, aislarlos cuando estaban irri­tables, y poner orden en las grescas. Este mozo dormía hecho un ovillo entre los perros, por las noches. Si se me permite una cita más autorizada, he aquí cómo el duque de York, que fue muerto en Agincourt, describía más tarde a ese chico en su obra Maestro de Caza: «También enseñaré al muchacho a conducir los sabuesos para que hagan sus necesidades dos veces al día, por la mañana y por la tarde, mientras el sol esté alto, sobre todo en invierno. Luego los soltará y los dejará jugar en el campo, al sol, y a conti­nuación peinará a cada sabueso, uno tras otro, y los limpiará con un gran manojo de paja, lo cual será hecho todas las mañanas. Los guiará después hasta algún grato lugar donde crezca hierba tierna de la que puedan comer, pues es medicina para ellos». Así pues, como tendría puesta «su alma y sus afanes en los sabuesos», éstos llegarían a ser «benévolos, afectuosos y limpios, contentos, alegres y juguetones, y buenos con toda clase de gentes, excepto con los animales salvajes, con los que deben mostrarse fieros, ávi­dos e implacables».
El perrero de sir Héctor no era otro que el que había sido mordido en la nariz por el terrible Wat. Al no tener nariz como las demás personas, y por ser tratado a pedradas, por los demás chicos del poblado, el muchacho sentíase más a gusto con los ani­males. Les hablaba, no puerilmente como una solterona, sino co­rrectamente, imitando sus ladridos y gruñidos. Todos los canes le apreciaban por quitarles de encima garrapatas y espinas, y acudían a él para que zanjase sus diferencias. El muchacho se daba cuenta inmediatamente de lo que marchaba mal, y por lo general solu­cionaba el problema satisfactoriamente. Para los perros era una gran cosa tener a su dios con ellos, en forma visible.
Verruga sentía afecto por el perrero, y le juzgaba muy hábil al poder hacer cuanto deseaba con los animales, ya que con sólo mover las manos el chico se hacía obedecer en cuanto quisiera. A su vez el perrero quería a Verruga del mismo modo que los perros le apreciaban a él, y le consideraba una especie de santo, porque sabía leer y escribir. Pasaban bastante tiempo juntos, ju­gando con los canes en la perrera.
Esta se hallaba en la planta baja, cerca del pabellón de cetre­ría, y tenía un desván encima, para que estuviera fresca en verano y tibia en invierno. Los sabuesos se llamaban Hebe, Colle, Gerland, Talbot, Luath, Luffra, Apolo, Ortros, Bran, Chico, León, Toby y Diamante. Había tres o cuatro más, y el preferido de Verruga era uno llamado Cavall. Justamente se hallaba éste lamiéndole con verdadero cariño la nariz a Verruga, cuando se presentó Merlín en la perrera.
—Eso puede ser considerado un hábito poco saludable —dijo Merlín—; aunque yo mismo no lo califico así. Después de todo, Dios hizo a los animales con lengua, igual que a ti te hizo con nariz.
Verruga no sabía muy bien lo que Merlín quería decir, pero le gustaba que le hablase. No le hacían gracia las personas mayores que se dirigían a él con aires de superioridad, sino las que le ha­blaban de un modo natural, dejándole que sacara conclusiones, que adivinase, y se aferrase a palabras conocidas, o se riera de jocosos chistes. Entonces, era como un delfín que se remojaba y saltaba por extraños mares.
—¿Nos vamos? —preguntó Merlín—. Creo que ya es hora de que comencemos con las clases.
Él ánimo de Verruga se vino abajo cuando oyó eso. Su pre­ceptor llevaba ya un mes en el castillo; estaban en agosto, pero hasta ese momento no habían dado ninguna lección. De pronto recordó que para eso se encontraba allí Merlín, y pensó con pavor en los Rudimentos de Lógica y en el repugnante astrolabio. Pero se dijo que debía obedecer, y poniéndose en pie dio a Cavall su última y cariñosa palmadita. Pensó que las cosas no serían tan malas con Merlín, quien era capaz de hacer interesante hasta al viejo órgano, sobre todo si hacía un poco de magia.
Se dirigieron al patio, donde el sol brillaba con tal fuerza que el calor pasado durante la recolección del heno parecía una insig­nificancia. Aquello semejaba el horno de un panadero. Las nubes del tiempo caluroso aparecían cubriendo una parte del cielo; eran altas columnas de cúmulos con bordes resplandecientes, que no anunciaban tormenta. Hasta hacía demasiado calor para eso.
«Si no tuviera que dar esas cargantes clases, podría ir a nadar al foso», pensó Verruga.
Cruzaron el patio y casi se vieron obligados a jadear, lo mis­mo que si hubiesen entrado en un horno. La sombra de la mura­lla era fresca, pero en la barbacana, con sus delgadas paredes, era donde más calor hacía. En el último cruce por aquella especie de desierto, llegaron al puente levadizo. ¿Acaso habría adivinado Merlín lo que estaba pensando?, se dijo el chiquillo. Un momento después ambos se hallaban mirando al foso.
Era la época de los nenúfares, y de no haber ordenado sir Héctor que mantuvieran libre una parte del foso para que los chicos pudieran bañarse, toda la superficie del agua habría que­dado cubierta por esas plantas. Así pues, una veintena de yardas a ambos lados de la entrada se mantenían despejadas todos los veranos, lo que permitía zambullirse desde el mismo puente leva­dizo. El foso era muy profundo, y en él se criaban peces a fin de que los habitantes del castillo dispusieran de pescado los viernes. Por tal razón los arquitectos habían cuidado de que las cloacas y otras aguas de desecho no desembocaran en el foso, que todos los años estaba generosamente surtido de peces.
—Me gustaría ser pez —dijo Verruga.
—¿Qué clase de pez?
Casi hacía demasiado calor para pensar en eso, pero Verruga echó una mirada hacia la fresca profundidad ambarina, donde varios cardúmenes de pequeñas percas vagaban sin rumbo fijo.
—Creo que me gustaría ser una perca —dijo el chiquillo—. Son más inteligentes que el necio escarcho, y no tan sanguinarias como el lucio.
Merlín se quitó el capirote, cogió un trozo de lignum vitae que llevaba siempre con él, lo alzó en el aire y dijo lentamente:
Sodulas ed nilrem a onutpne arap euq aes nat elbama et ratpeca a etse ocihc omoc zep.
Inmediatamente se oyó un estrépito de conchas marinas y ca­racolas, y un grueso caballero de jovial aspecto apareció sentado en una nube, por encima de los bastidores. Llevaba tatuada un ancla sobre la barriga, y una hermosa sirena con el nombre de Mabel debajo, en el pecho. Lanzó un salivazo de tabaco, saludó afablemente a Merlín, y apuntó con su tridente a Verruga. Este ad­virtió de pronto que se hallaba sin ropas. En seguida notó que saltaba del puente levadizo y que se sumergía de lado en el agua. Le pareció que el foso y el puente crecían un centenar de veces. Dióse cuenta de que se estaba convirtiendo en un pez.
—Por favor, Merlín —exclamó—. Venid conmigo.
—Por esta vez —dijo una tenca grande y solemne que nadaba a su lado— te acompañaré. Pero en el futuro deberás arreglártelas tú solo: educación es experiencia, y la base de ésta es la confianza en uno mismo.
Verruga notó que le resultaba difícil adaptarse a su nueva exis­tencia. No adelantaba nada procurando nadar como un hombre, pues avanzaba como un sacacorchos, o mucho más despacio. No sabía nadar como los peces.
—No se hace así —manifestó la tenca, con su poderosa voz—; vuelve la cabeza y no te preocupes de la aleta que debes mover primero.
Las piernas de Verruga estaban ahora soldadas a su espinazo, y sus pies y dedos se habían convertido en una aleta caudal. Los brazos eran otras dos aletas de un delicado color rosa, y también le habían salido algunas más por el vientre. Tenía un hermoso color verde oliva, una cubierta escamosa por todo el cuerpo, y un par de bandas oscuras le recorrían los costados. No estaba del todo seguro sobre cuáles eran sus costados, su espalda y su parte delan­tera, pero le parecía que su vientre presentaba un atractivo color blanquecino, en tanto que su lomo aparecía armado con una esplén­dida aleta de gran tamaño, que podía erguirse para el combate, y que poseía aguzadas espinas. Movió las aletas laterales, y vio que se dirigía hacia el cieno del fondo.
—Emplea la cola para ir hacia la derecha y la izquierda —acon­sejó la tenca—, y extiende esas aletas de la panza para mantenerte a nivel. Ahora vives en tres dimensiones, no en dos.
Verruga advirtió que podía mantenerse más o menos nivelado cambiando la inclinación de las aletas de los lados y el vientre. Se alejó nadando torpemente, pero experimentando un gran contento.
—Vuelve aquí —dijo la tenca—. Debes aprender a nadar bien, antes de marcharte de paseo.
Regresó Verruga donde estaba su preceptor, haciendo una serie de zigzags, y repuso:
—Me parece que no voy demasiado derecho.
—Lo malo de ti es que no nadas con el cuerpo. Lo haces como si fueras un niño, doblándote por la cintura. Procura moverte hacia la derecha igual que hacia la izquierda. Cuida ese detalle.
Art dio dos fuertes aletazos y desapareció en una mata de plan­tas acuáticas que había algo más allá.
—Eso ya está mejor —dijo la tenca, a la que Verruga no alcan­zaba a ver ahora.
Con grandes dificultades logró Verruga librarse de las plantas en que se había enredado, y retrocedió agitando hacia atrás las ale­tas. Mediante otro fuerte impulso consiguió volver al lugar de don­de partía la voz.
—Muy bien —manifestó la tenca, en el momento en que ambos peces chocaban suavemente—. Pero aún hay que afinar un poco esa dirección. Trata de hacer esto, si puedes.
Sin el menor esfuerzo la tenca retrocedió hasta situarse justa­mente debajo de un nenúfar. Verruga, que era un alumno inteligen­te, había observado el ligero movimiento de las aletas. Entonces movió las suyas en sentido contrario al de las agujas del reloj, dio un suave coletazo y se encontró en seguida precisamente al lado de la tenca.
—Magnífico —dijo Merlín—. Vamos a dar un paseo. Verruga se mantenía ahora nivelado y podía moverse con razo­nable soltura. Complacíase admirando el extraordinario mundo en el que el tatuado caballero del tridente le había sumergido. En pri­mer lugar, el cielo que había ahora por encima de él era un círculo perfecto. A fin de imaginaros la situación de Verruga, será necesario que penséis en un horizonte circular, unas pocas pulgadas por encima de vuestra cabeza, en lugar del horizonte plano que estamos habituados a ver. Debajo había que pensar en otro horizonte casi esférico y en posición invertida, pues la superficie del agua actua­ba en parte como un espejo respecto a lo que había debajo de ella. Resulta difícil de imaginar. Y lo que hace aún más complicada la representación es el hecho de que todo lo que se halla por encima del agua está teñido con los colores del espectro solar.
Por ejemplo, si hubierais tratado de pescar a Verruga, éste os habría visto en el borde de la ribera que era el mundo exterior para él, no como una persona que agitaba una caña de pescar, sino como siete personas cuyas respectivas siluetas fueran de color rojo, ana­ranjado, amarillo, verde, azul, añil y violeta, todas ellas agitando una caña cuyos colores eran igualmente variados. Es decir, que habríais sido una especie de arco iris para él, un faro de colores deslumbrantes.
La otra cosa maravillosa era que Verruga carecía de peso. Ya no se hallaba sujeto a la tierra, y no tenía que dar pasos sobre una superficie llana, abrumado por la gravedad y el peso de la atmós­fera. Podía hacer lo que los hombres siempre desearon, esto es, volar; pues prácticamente no existe diferencia entre volar en el aire y hacerlo en el agua. Y lo más asombroso es que no tenía que valerse de un aparato para volar; no tenía que sentarse quieto, moviendo palancas, sino que podía deslizarse con su propio cuer­po. Era como los sueños que tienen muchas personas.
En el momento en que iban a iniciar su gira de inspección, apa­reció un pececillo entre dos frondosas plantas acuáticas y se acercó a ellos, presa de gran agitación. Miró a la tenca y a Verruga con sus grandes ojos llenos de temor, como si deseara decirles algo, aunque no se decidía a hacerlo.
—Ven, acércate —dijo Merlín, gravemente. Así lo hizo el pececillo, como si fuera una gallina, y deshacién­dose en lágrimas dijo tartamudeando:
—P-p-por favor, doctor, en nuestra f-f-familia tenemos un caso terrible, y n-n-n-nos hemos preguntado si tendrías algún t-t-tiempo libre. Se trata de nuestra q-q-q-querida madre, que nada s-s-siempre cabeza abajo, y tiene un aspecto t-t-tan horrible y habla tan raro que pensamos buscarle un m-m-médico. ¿P-p-podéis venir, s-s-s-señor?
Y aquí el pobre pececillo comenzó a gimotear tan fuerte, que junto con sus tartamudeos fue imposible entenderle, por lo que al fin quedóse mirando a Merlín con sus enormes ojos angustiados.
—No te preocupes, pequeño —repuso el mago—. Vamos, va­mos, llévame hasta donde está tu querida madre, y veremos lo que puede hacerse.
Los tres nadaron hacia la sombra que proyectaba el puente levadizo, para cumplir la humanitaria tarea.
—Un neurótico, este pececito —susurró Merlín al oído de Verruga—. Probablemente se trata de un caso de histeria, más apropiado para un psicólogo que para un médico.
La madre del pequeño pez se hallaba con el vientre hacia arri­ba, como él había dicho. Estaba bizqueando, tenía las aletas ple­gadas sobre el vientre, y de vez en cuando lanzaba por la boca una burbuja. Todos sus hijos estaban reunidos a su alrededor, formando un círculo, y cada vez que la madre echaba una burbuja, se mira­ban unos a otros y movían negativamente la cabeza. Ella tenía una sonrisa beatífica en los labios.
Bien, bien dijo Merlín, adoptando su apariencia más doc­toral—. ¿Cómo se encuentra hoy la señora pez?
El mago dio unos golpecitos en la cabeza a los pececillos y avanzó majestuosamente hacia la enferma. Debemos hacer notar que Merlín, como pez, era un robusto ejemplar de unas cinco libras, de color pardo, con pequeñas escamas, gruesas aletas, cuerpo es­belto y ojos vivaces; en fin, una respetable figura.
La enferma tendió lánguidamente una aleta, suspiró significati­vamente, y dijo:
—¡Ay, doctor, por fin ha venido...!
—Humm —repuso el médico, con voz grave.
Entonces Merlín dijo a todos que cerraran los ojos, pero Verruga espió. Luego el mago comenzó a nadar en torno a la madre de los pececillos lenta y majestuosamente. Mientras danzaba, iba cantan­do así:
Terapéutico,
Elefántico,
Diagnóstico,
¡Bum!
Pancreático,
Microstático,
Antitóxico,
¡Dum!
Con un normal catabolismo,
Aplicaremos un sinapismo,
Snip, snap, snorum,
Quizá sea el abdonorum.
Dispepsia,
Anemia,
Toxemia.
Una, dos y tres,
La enferma se ha curado,
Y cinco guineas nos hemos embolsado.
Al terminar la canción, Merlín nadaba tan cerca de la paciente que casi llegaba a tocarla, acariciando con las suaves escamas de sus flancos las escamas más pálidas y ásperas de la enferma. Como es sabido, todos los peces recurren a la tenca para que les cure. Quizá lo estaba haciendo con légamo del fondo, o tal vez con masa­jes o hipnotismo. El caso es que la paciente dejó de pronto de bizquear, volvió a su posición normal y dijo:
—Ah, doctor, querido doctor, me siento con deseos de comer alguna lombricilla.
—Nada de lombrices —advirtió Merlín—, al menos durante dos días. Voy a recetaros un caldo concentrado de algas cada dos horas. Es necesario que os fortalezcáis. Después de todo, Roma no se construyó en un día.
Volvió a dar unas palmadas a los pececillos, les dijo que cre­cieran para convertirse en peces de provecho, y se alejó nadando con aires de importancia hacia la penumbra.
—¿Qué habéis querido decir, con eso de que Roma no se cons­truyó en un día? —preguntó Verruga.
—Sólo el cielo lo sabe.
Siguieron avanzando, y Merlín corregía de vez en cuando a Verruga su forma de nadar. El extraño mundo subacuático comen­zó entonces a clarear delante de ellos, deliciosamente fresco después del calor que habían soportado en el exterior. Las grandes matas de plantas acuáticas formaban delicadas figuras, y entre ellas se man­tenían inmóviles numerosos cardúmenes de gasterosteos que hacían sus ejercicios físicos todos al unísono. A la voz de «Uno» se queda­ban quietos; a la voz de «Dos» se enfrentaban por parejas, y a la de «Tres» formaban rápidamente un cono cuyo vértice era algún trozo de alimento. Caracoles de agua se deslizaban lentamente por los tallos de los nenúfares, o debajo de sus hojas, en tanto algunos mejillones de agua dulce yacían sobre el fondo sin hacer nada de particular. Alcanzaba a verse su carne, que era de color rosado, como los buenos helados de fresa. Un grupo de percas —resultaba extraño, pero todos los peces grandes parecían estar escondidos— circulaban graciosamente, enrojeciendo o palideciendo con la misma facilidad que la heroína de una novela de la época victoriana. Cuan­do el color de los peces adquiría un tono oliváceo, era que se hallaban irritados.
Cada vez que Merlín y su compañero pasaban cerca de esos cardúmenes, las percas alzaban amenazadoras las espinas de la aleta dorsal, y sólo las volvían a bajar cuando advertían que Mer­lín era una tenca. Las rayas negras de sus costados les hacían pa­recer como si hubieran sido asadas a la parrilla, y esas rayas tam­bién podían volverse más claras u oscuras, según el talante del pez. En una ocasión los dos excursionistas pasaron debajo de un cisne. El blanco animal parecía flotar encima como un dirigible, todo él borroso menos la parte de su cuerpo que se hallaba bajo el agua. Se apreciaba claramente que el cisne flotaba un poco de lado, con una pata recogida debajo del cuerpo.
—Mirad, señor —dijo Verruga—. Un pobre cisne que tiene una pata lisiada. Sólo puede nadar con la pata buena.
—Bobadas —dijo el cisne ásperamente, introduciendo la cabe­za en el agua y mirándolos ceñudo—. A los cisnes nos gusta des­cansar en esta posición. Puedes guardarte tu compasión para cuando te la pidan.
El cisne los siguió observando desde arriba, igual que una serpiente blanca que pendiera del techo, hasta que los dos peces se hubieron perdido de vista.
—Procura nadar como si no temieras a nadie en el mundo dijo la tenca—. Quizá recuerdes que este lugar es muy parecido a la espesura que atravesaste para llegar hasta mí, ¿verdad?
—Creo que sí.
Verruga miró a su alrededor, sin ver nada al principio. Luego divisó una pequeña silueta translúcida que permanecía inmóvil cer­ca de la superficie. Se hallaba casi al borde de la sombra de un nenúfar, y evidentemente estaba disfrutando del sol. Se trataba de un alevín de lucio, muy rígido y probablemente dormido. Cuando creciese sería un verdadero forajido.
—Voy a llevarte a ver uno de ésos —dijo la tenca—. Es el emperador de estos contornos. Como médico poseo inmunidad, y me atrevo a decir que también a ti te respetará como compañero mío, pero será mejor que no te separes mucho de mí, por si de pronto sintiera tentaciones.
—¿Es el rey del foso?
—En efecto. Unos le llaman el Viejo Jack, y otros, Peter el Negro, pero la mayoría no se atreve siquiera a mencionar su nom­bre, refiriéndose a él como «el señor L». Ya verás lo que supone ser rey.
Verruga se acercó todo lo que pudo a la cola de su guía, y obró acertadamente, ya que se encontraron en el lugar de destino antes de lo que imaginaron. Cuando Verruga divisó al viejo déspota, casi retrocedió horrorizado, pues el señor L. medía cuatro pies de largo y su peso debía de ser enorme. El gran cuerpo, oscurecido y casi invisible entre la espesura de plantas, terminaba en un rostro que parecía mostrar todas las pasiones del monarca absoluto: la cruel­dad, el dolor, el orgullo, el egoísmo, la soledad, y pensamientos demasiado fuertes para un solo cerebro. Allí permanecía flotando, con su boca grande e irónica entreabierta en un gesto melancólico, en tanto que sus mandíbulas lampiñas le daban una característica expresión americana, semejante a la del Tío Sam. Parecía inmisericorde, desilusionado, lógico, voraz, fiero, implacable. Pero la gran joya de su ojo parecía la de un ciervo herido, enorme, temible, sensitiva y llena de aflicción. No hizo movimiento alguno. Tan sólo se quedó observando a los dos peces con mirada amarga.
Verruga trató de convencerse a sí mismo de que no le asustaba el señor L.
—Mi señor —dijo Merlín, superando su nerviosismo—, he traí­do conmigo a un joven alumno que desea aprender a profesar.
—¿A profesar el qué? —preguntó el Rey del Foso lentamente, casi sin abrir las mandíbulas, hablando a través de la nariz.
—El poder —dijo la tenca.
—Déjale que hable por sí mismo.
—Por favor —susurró Verruga—. No sé qué voy a decirle.
No hay nada como el poder que pretendes hallar: poder para triturar, poder para digerir, poder para buscar y para hallar; poder para esperar y reclamar; todo el poder y la impiedad surgiendo de tu cogote.
—Ah, claro. Gracias.
—El amor es una treta que emplean para jugar con nosotros las fuerzas de la evolución. El placer es el cebo con que nos tientan esas mismas fuerzas. Sólo existe el poder. El poder caracteriza a la mente individual, pero no basta con el poder de la mente, es el poder del cuerpo lo que decide las cosas en última instancia. Sólo el Poderío es la Verdad.
»Y ahora, creo que es hora de que te marches, joven alumno —agregó el Rey del Foso—, pues encuentro esta conversación ago­tadora y poco interesante. Creo que debieras irte cuanto antes, no vaya a darse el caso de que mi desilusionada boca juzgue oportuno introducirte en mis grandes branquias, que también están provistas de dientes. Sí, realmente pienso que debes alejarte. Sería lo más prudente. Así pues, hasta nunca, y mis mejores deseos.
Verruga sintióse como hipnotizado por aquellas altisonantes palabras, y casi no se dio cuenta de que la tensa boca se iba acer­cando cada vez más a él. Se aproximó imperceptiblemente, mientras el discurso distraía la atención de Verruga, hasta que éste vio de pronto la boca cerniéndose a una pulgada de su nariz. Al concluir la última frase, abrióse la boca, horrible y vasta, y la piel se estiró ávidamente de hueso a hueso y de diente a diente. Dentro no pa­recía haber otra cosa que dientes, aguzados como espinas, en hile­ras y franjas, por todas partes como los clavos de las botas de un campesino. Sólo en el último instante Verruga fue capaz de recupe­rar el dominio de sí mismo, y pudo retirarse prestamente. Aquellos innumerables dientes chasquearon detrás de él, justo sobre el extremo de su cola, mientras él propinaba el mayor aletazo que die­ra hasta entonces en el agua.
Un segundo después, Verruga se hallaba de nuevo en tierra, de pie al lado de Merlín, junto al puente levadizo y jadeando dentro de sus sofocantes vestiduras.
CAPITULO VI
quel jueves por la tarde, los dos chicos se de­dicaban a hacer prácticas de arco, como de costumbre. Había dos blancos de paja a una distancia de cincuenta yardas, y después de arrojar sus flechas al mismo tiempo, sólo tenían que ir a recogerlas, para volver a disparar una vez que se enfrentaban de nuevo con el blanco. Aún duraba el hermoso tiempo veraniego, y tras una comida excelente, compuesta principalmente de pollo, Merlín se había acercado al borde del cam­po de tiro, y tomó asiento debajo de un árbol. Entre el calor, el pollo, la crema que había echado a su tarta, el continuo ir y venir de los muchachos, así como los golpes sordos de las flechas sobre los blancos —que producían casi tanto sueño como el ruido de una segadora de césped o los golpes de los mazos en un partido de cricket— y el incesante danzar de las redondas manchas de sol entre las hojas de los árboles, el anciano no tardó en quedarse dormido.
La arquería era una disciplina muy seria en aquellos días, y no había caído aún en manos de los indios y los chiquillos. Cuando uno disparaba mal, solía irritarse bastante. Kay lo estaba haciendo mal, y ello le disgustaba.
—Bueno, ya estoy harto de estos malditos blancos. Disparemos mejor contra el loro.
Dejaron los blancos y lanzaron algunos flechazos contra el loro, una gran ave artificial de vivos colores que estaba asegurada al extremo de un poste. Pero Kay seguía errando. Primero se dijo que tendría que darle al maldito loro, aunque se quedase sin me­rendar hasta lograrlo. Luego sintióse aburrido de nuevo.
—Juguemos a vagabundos —dijo Verruga entonces—. Podemos volver dentro de media hora, y despertar a Merlín.
Lo que llamaban jugar a vagabundos consistía en echar a an­dar con los arcos y lanzar una flecha cada uno contra un objeto convenido, que podía ser el agujero de un topo, una mata de jun­quillos, o unos abrojos. La distancia de los blancos elegidos solía variar bastante; algunas veces éstos se hallaban casi a sus pies, y otras estaban a ciento veinte yardas, el máximo que podían alcan­zar los arcos de los chicos. Solían apuntar algo más abajo del ob­jeto, si éste se hallaba cerca, ya que la flecha siempre salta uno o dos pies cuando abandona el arco. Contaban cinco puntos por cada acierto, y al final sumaban los puntos obtenidos.
Aquel jueves eligieron los blancos con todo cuidado. Además, la hierba del gran prado había sido cortada no hacía mucho, por lo que no necesitaban buscar mucho tiempo sus flechas, lo que casi siempre ocurre cuando, como en el golf, se opera cerca de setos o en lugares llenos de maleza. El resultado de su juego fue que se alejaron más de lo acostumbrado y se encontraron cerca del borde del intrincado bosque en el que se había perdido Cully.
—Propongo que vayamos hasta las madrigueras —dijo Kay—, a ver si podemos cazar un conejo. Resultará más divertido que disparar contra todas estas tonterías.
Así lo hicieron. Eligieron dos árboles a un centenar de yardas de distancia entre sí, y cada uno de los niños se colocó debajo, en espera de que salieran los gazapos. Permanecieron quietos, con el arco alzado y la flecha dispuesta, a fin de no hacer el menor mo­vimiento y no asustar a los animalillos cuando apareciesen en la boca del agujero. No les resultaba difícil lograr eso, ya que la pri­mera prueba que deben pasar en arquería, consiste en sostener el arco con el brazo extendido durante media hora. Cada uno de ellos tenía seis flechas, y podrían disparar varias veces sin necesi­dad de asustar a los consejos al ir a recoger las flechas. Y es que cuando se lanza una flecha, apenas si se hace ruido, y no llega a asustarse más que al conejo contra el cual se ha disparado.
Al quinto disparo Kay tuvo suerte y dio exactamente en la ca­beza a un joven gazapo. Este cometió la imprudencia de ponerse a mirar al niño, para ver lo que era aquello.
—¡Ah, buen tiro! —exclamó Verruga, mientras corría para le­vantar la pieza. Era el primer conejo al que acertaban, y habían tenido la fortuna de matarle.
Una vez que le hubieron sacado las entrañas con el cuchillo regalado por Merlín, a fin de que el animal se conservase fresco, y que pasaron una de las patas traseras por el jarrete de la otra, para poder llevarlo mejor, los dos chiquillos se dispusieron a volver a casa con la presa obtenida. Pero antes de desmontar la cuerda del arco decidieron llevar a cabo la ceremonia tradicional. Todos los jueves por la tarde, cuando terminaba su entrenamiento, solían colocar la última flecha en el arco, y la arrojaban al aire. Era en parte un gesto de despedida, y en parte de triunfo, y resultaba her­moso. Ahora, con más motivo, lo hicieron como homenaje a su primera presa.
Verruga observó cómo subía su flecha. El sol ya descendía hacia el Oeste, iniciándose el anochecer, y los árboles comenzaban a cu­brirse de sombras. Así pues, la flecha traspasó las copas de los árboles, y llegó hasta donde aún lucían los rayos del sol, comen­zando a brillar como si fuera el sol mismo. Subía y subía, sin osci­lar, como hubiera ocurrido en caso de tener una pluma floja; se remontaba como admirando el cielo, serena, dorada, soberbia. Y en el momento en que perdía fuerza, cuando su ambición fue con­tenida por el destino y se disponía a caer, a descender al seno de la madre tierra, ocurrió un portento. Un cuervo llegó aleteando len­tamente, ante la noche que se aproximaba, y se apoderó de la flecha. Se alejó sin detenerse, despacio, parsimonioso, con ella en el pico.
Kay sintióse amedrentado por este hecho, pero Verruga se puso furioso. Le había complacido el movimiento de la flecha, su ar­diente ambición por llegar al sol, y además era la mejor que tenía; la única que se hallaba perfectamente equilibrada, que era aguda, cerrada de plumas y de fuste liso y recto.
—Era una bruja —dijo Kay.
CAPITULO VII

a equitación y las artes de justa se practicaban dos tardes por semana, debido a que eran las disciplinas más importantes en aquellos días para la educación de los caballeros. Merlín re­funfuñaba contra los ejercicios físicos, asegu­rando que en los tiempos que corrían la gente parecía pensar que no se era un hombre educado si no se arrojaba a otro hombre de su caballo al suelo. Afirmaba que la locura de los torneos era la ruina de la cultura. Nadie estudiaba como cuando él era pequeño, y los colegios se habían visto obligados a hacer más sencillos sus programas. Sir Héctor, que era un poco apasio­nado, dijo un día que la batalla de Crécy se había ganado gracias a los campos de entrenamiento de Camelot. Esto irritó tanto a Mer­lín que hizo que sir Héctor padeciese reumatismo dos noches, hasta que se calmó. Las artes de justa eran muy nobles y exigían mucha práctica. Cuando dos caballeros peleaban en un torneo, sostenían sus lanzas con la mano derecha y se embestían de frente con los caballos, quedando las armas ofensivas a un lado, y los escudos, que se sostenían con el brazo izquierdo, al otro lado. Por la de­recha arremetían los caballeros, y por ello cargaban escudo contra escudo, quedando bien cubiertos, mientras ladeaban un poco la lan­za para atacar sobre ese mismo lado. En caso de que no se estu­viera seguro de acertar con la punta, sobre el oponente, podía desmontársele con la vara de la lanza, en una especie de movimiento horizontal de barrido. Este era el más desdeñable golpe que se llevaba a cabo en la justa, y el que requería menos habilidad.
Un buen campeón de torneo, como lo eran Lancelote o Tristán, empleaba siempre el golpe de punta, pues aunque era más difícil para manos inexpertas, resultaba más efectivo. Si un caballero cargaba con la lanza muy ladeada, a fin de barrer al oponente de su silla, éste podía hacerle caer, si le acertaba con la punta, por llegar antes su golpe que el del contrario.
Pero había que saber bien cómo debía sostenerse la lanza para dar el golpe de punta. No era conveniente encogerse en la silla ni aferrar el arma con dureza, pues la rigidez de la postura sin duda haría que se errase el blanco. Por el contrario, resultaba conveniente sentarse flojo sobre la silla del caballo, con la lanza balanceándose con facilidad ante el galope del animal. Sólo en el preciso momen­to de golpear, se agarrotaban las rodillas contra los costados de la montura, se echaba el cuerpo hacia delante, se aferraba la lanza con toda la mano, y no sólo con el índice y el pulgar, y se apretaba con el codo para soportar el extremo del arma.
El tamaño de la lanza era muy importante. Evidentemente, el caballero que hubiera dispuesto de un arma larguísima, habría gol­peado a su oponente mucho antes. Pero resultaba imposible hacer una lanza larguísima, y no menos difícil era cargar con ella. El caballero debía utilizar la mayor longitud de lanza posible, siem­pre que pudiera manejarla con soltura. No había otra solución. Sir Lancelote, que aparecerá más adelante en esta historia, poseía lan­zas de distinta longitud, y solía pedir su lanza grande o su lanza pequeña, según lo exigiera la ocasión.
Era necesario aprender los puntos más convenientes para gol­pear al enemigo. En la armería del Castillo del Bosque Salvaje podía verse un gran cuadro de un caballero armado, con varios círculos en los puntos vulnerables. Estos variaban según el tipo de armadura, de modo que era conveniente observar al enemigo antes de realizar la carga, para elegir el lugar más apropiado donde debía acertársele. Los mejores armeros —que vivían en Warrington, y aún siguen habitando allí—, se cuidaban de hacer bien con­vexos los costados y bordes de las armaduras, con objeto de que la punta de la lanza resbalase en ellos. Resultaba curioso advertir que los escudos de las armaduras góticas eran más bien cóncavos; era preferible que la punta quedase en el escudo, y no que se deslizara hacia arriba o abajo, y diese en un punto vulnerable del caballero. El mejor lugar para aplicar un golpe con la punta de la lanza era en la cimera del yelmo, es decir, si el caballero era lo suficiente­mente vanidoso para usar una cimera de metal, en cuyos adornos la punta de la lanza hallaba muy pronto un alojamiento. Y eran muchos los que se enorgullecían de lucir tales adornos, entre los que se contaban osos, dragones, y hasta naves y castillos, pero sir Lancelote siempre contendía con un casco liso, o en todo caso con una cimera de plumas, y hasta en algunas ocasiones con un suave guante de mujer.
Sería demasiado largo extenderse sobre todos los interesantes detalles relativos a las artes de justa que debían aprender los dos pequeños, pues en aquellos días había que ser un maestro de los pies a la cabeza. Debían saber cuál era la mejor madera para hacer las lanzas, y cómo debían confeccionarse éstas para que no se asti­llaran ni arquearan. Existía un millar de detalles acerca de las armas y armaduras, todos los cuales eran verdaderamente imprescin­dibles para la lucha.
Frente al castillo de sir Héctor se hallaba un campo de justa para los torneos, si bien nunca hubo ninguno desde que Kay na­ciera. Se trataba de un verde prado cuya hierba se mantenía muy corta, con unos terraplenes más altos alrededor, donde podían alzarse los pabellones y tiendas. A un lado se veía un viejo estrado de madera donde se acomodaban las damas. En los momentos a que nos referimos ese campo sólo se usaba para la práctica de ejercicios de justa, por lo que había un muñeco como blanco en un extremo, y un anillo en el otro. El muñeco era de madera y repre­sentaba a un sarraceno. Tenía el rostro vivamente pintado de azul, roja la barba y ojos centelleantes. Empuñaba un escudo con la mano izquierda, y una espada de madera con la derecha. Si se le daba en plena frente todo iba bien, pero como se le golpease en el escudo o en cualquier parte del cuerpo, hacia la derecha o la iz­quierda de la línea media del muñeco, giraba con gran rapidez, y por lo general daba un golpe de rechazo al atacante con su espada de madera. La pintura ya estaba bastante desconchada, y la madera del ojo derecho había saltado. El anillo era un aro metálico corrien­te, atado a una especie de patíbulo por una cuerda. Si se conseguía introducir la punta por dicho aro, la cuerda se rompía, y entonces podía galoparse orgullosamente con el aro colgando en la lanza.
Aquél era un día algo más fresco que los anteriores, ya que el otoño se hallaba a la vista. Los dos chicos estaban en el campo de justas con el maestro armero, acompañados de Merlín. El maestro armero, o sargento de armas, era un caballero de tez pálida, cuer­po envarado y bigote enhiesto. Siempre caminaba sacando el pecho, como las palomas. Pero le costaba mucho mantener el vientre hacia adentro, ya que no podía verlo por debajo de su pecho. Siempre esta­ba exhibiendo sus músculos, lo que molestaba mucho a Merlín.
Verruga se hallaba tendido al lado de Merlín, a la sombra del estrado de madera, y se rascaba el picor que le producían los bichos de las mieses. Las guadañas habían terminado su labor no hacía mucho, y el trigo estaba amontonado formando haces. No sólo le molestaban los bichos a Verruga, sino que le dolía mucho la espal­da y una oreja, donde le había golpeado el sarraceno de madera, al no darle precisamente en el centro, ya que, como puede compren­derse, la práctica de justa se hacía sin armadura. A Verruga le ale­graba al menos que le hubiese llegado la hora de practicar a Kay, y allí estaba tendido, con aire soñoliento, bostezando, rascándose y atendiendo en parte al espectáculo.
Merlín, vuelto de espaldas a toda aquella exhibición atlética, estaba practicando un conjuro que había olvidado. Era un conjuro con el que pretendía que los bigotes del sargento le pendieran la­cios, pero hasta ese momento sólo había conseguido que una de las dos puntas cayera hacia abajo, lo cual no fue advertido por el men­cionado personaje. Con gesto ausente el maestro de armas se lo volvía a rizar, cada vez que Merlín le hacía caer la punta, y el mago lanzaba una maldición y seguía insistiendo. En una ocasión se confundió e hizo que le colgaran las orejas, lo cual espantó al sargento que miró asustado hacia arriba.
En ese momento llegaba desde el otro extremo del campo la voz del maestro de armas, a través del aire sereno.
—No, no, amo Kay —decía el hombre—. No es así. Fijaos bien, la lanza debe sostenerse entre el pulgar y el índice de la dies­tra, y luego, con el escudo en línea con la costura de la pernera, debéis...
Verruga rascóse la oreja dolorida y lanzó un suspiro.
—¿Qué es lo que te apena? —preguntó Merlín.
—No me sucede nada. Estoy pensando.
—¿Y en qué estabas pensando?
—En nada importante. Pensaba en Kay aprendiendo a ser caballero.
—Pues eso debiera ser motivo para que te afligieses. Un hatajo de necios sin cerebro, trajinando de aquí para allá y creyendo que están educados porque pueden hacerse caer unos a otros de un caballo con un palo de madera... Eso me pone enfermo. Por mi vida, creo que sir Héctor se habría sentido más satisfecho de ha­ber conseguido para vosotros un preceptor que se balanceara sobre los brazos, como un gorila, en lugar de un mago de conocida pro­bidad y reputación internacional, como es mi caso, y que ha reci­bido toda clase de honores de las principales universidades europeas. Lo malo de la aristocracia normanda es que le encantan los torneos. Eso es lo que les pasa.
Callóse indignado, y deliberadamente hizo que al sargento se le doblaran las orejas dos veces, ambas al mismo tiempo.
—No estaba pensando en eso —repuso Verruga—, sino en lo hermoso que resultaría ser un caballero, como Kay.
—Bueno, tú también lo serás dentro de poco, ¿no es así?— pre­guntó el anciano, impaciente.
Verruga no contestó.
—¿No es cierto? —insistió el mago, al tiempo que se volvía y observaba al chiquillo a través de sus anteojos—. —Bueno, ¿qué pasa aquí? —dijo Merlín ásperamente, al ver que Verruga estaba pugnando por no llorar, y comprendiendo que si le hablaba con suavidad rompería en sollozos.
—Yo nunca seré un caballero —repuso Verruga, tan fríamente como pudo.
La treta de Merlín había dado resultado, y el niño no se sintió inclinado a llorar: más bien sentía deseos de dar una patada a Merlín.
—No seré un caballero, porque no soy hijo legítimo de sir Héc­tor. Armarán caballero a Kay, y yo sólo seré su escudero o su acom­pañante.
Merlín le volvió la espalda, de nuevo, pero sus ojos aparecían velados detrás de sus gafas.
—Malo, malo... —dijo el mago.
Verruga dio entonces rienda suelta a sus anhelos, y dijo en voz alta:
—¡Ah, cómo me hubiera gustado tener unos padres de verdad, para poder ser caballero andante...!
—¿Por qué te hubiera gustado eso?
—Habría tenido una espléndida armadura, docenas de lanzas, un caballo negro de dieciocho manos de alto, y me habría hecho llamar el Caballero Negro. Entonces me hubiese colocado junto a un pozo o un puente, obligando a todos los caballeros que llegasen, a que lucharan conmigo por el honor de mis damas. Y después de vencerles, les habría perdonado. Viviría todo el año al aire libre, en mi pabellón de campaña, y no haría nada más que luchar, y realizar pesquisas, y ganar trofeos en las grandes justas, sin decir nunca mi verdadero nombre.
—Tu esposa pasaría una vida muy alegre.
—Bueno, yo no tendría esposa. Creo que las mujeres son unas tontas.
El caballero soñador reflexionó un poco, y comprendiendo su error añadió:
—Bien, creo no obstante que debiera tener una dama, para poder llevar su pañuelo en mi yelmo, y realizar grandes proezas en su honor.
Un abejorro pasó zumbando entre ambos, y se remontó hacia la luz del sol.
—¿Te gustaría ver algunos caballeros andantes en bien de tu educación?—preguntó el mago, lentamente.
—¡Oh, claro que sí! Nunca ha habido un torneo, desde que estamos aquí.
—Creo que eso podrá arreglarse.
—Sí, por favor. Vos podéis llevarme a algún sitio, como lo hi­cisteis cuando lo del foso.
—Creo que será algo educativo, en cierto modo —declaró Merlín.
—Sí, sí, muy instructivo. No creo que haya nada más práctico que ver a unos caballeros peleando. Por favor, ¿querréis hacerlo por mí?
—¿Tienes preferencia por algún caballero?
—El rey Pelinor—contestó Verruga inmediatamente, pues sentía una evidente debilidad por este caballero, desde el extraño encuentro que tuvieran en el bosque.
—Está bien—manifestó Merlín—. Baja los brazos y afloja los músculos. Y ahora, Cabricias arci thurum, catalamus, singulariter, nominativa, haec musa. Cierra los ojos y manténlos así. Bonus, bona, Bonum. Allá vamos. Deus sanctus, est-ne aratio Latina? Etiam, oui, guare? Pourquoi? Quai substantivo et adjetivum concordat in generi, numerum et casus. Ya hemos llegado.
Mientras pronunciaba este conjuro, el chiquillo tuvo algunas sensaciones extrañas. En primer lugar estaba oyendo decir al maes­tro de armas:
—No, no es así. Mantened los talones en el suelo, y girad el cuerpo por la cintura.
Luego las palabras fueron haciéndose cada vez más débiles, y sintióse como si girase en el interior de un torbellino, que le aspira­se hacia arriba. Luego notó un rugido provocado por el movi­miento giratorio, y un silbido penetrante que iba aumentando hasta hacerse insoportable. Por fin volvió a hacerse el silencio, y oyó decir a Merlín:
—Ya hemos llegado.
Todo esto ocurrió en el tiempo que necesitaría un cohete de seis peniques para iniciar su furiosa carrera, ascender y deshacerse en una lluvia de estrellas.
Verruga abrió los ojos y comprobó que se hallaba debajo de la haya del Bosque Salvaje.
—Aquí estamos. Ponte de pie y sacúdete la ropa —dijo Merlín, evidentemente satisfecho porque su conjuro había salido esta vez a la perfección—. Si no me equivoco, allí está tu amigo, el rey Pelinor, aproximándose a nosotros a través del claro.
—Hola, hola —exclamó el rey Pelinor, tratando de levantarse la visera del yelmo—. Eres el chiquillo del otro día, ¿no es cierto?
—Sí, yo soy, señor —repuso Verruga—, y me alegro de veros. ¿Conseguisteis dar caza a la Bestia Bramadora?
—No, no lo logré. ¡Pero ven aquí, perra, y deja tranquilo ese matorral! Malo, malo; se vuelve loca cada vez que ve un conejo. ¡Ea, ea, basta ya! Me tiene harto, lo juro.
En ese momento la perra consiguió hacer salir a un faisán de entre las matas, y se puso tan excitada que dio varias vueltas en torno a su amo, unida siempre por la cuerda y mientras jadeaba como si tuviera asma.
El caballo del rey Pelinor permaneció inmóvil, pacientemente, mientras la cuerda se enrollaba en torno a sus patas. Merlín y Verruga pudieron hacerse con la perra, antes de proseguir con la conversación.
—Debo daros las gracias —dijo el rey Pelinor—. Sí, muchas gracias. ¿Quieres presentarme a tu amigo, pequeño?
—Os presento a Merlín, mi preceptor, un gran mago.
—¿Cómo estáis? —manifestó el rey—. Siempre tuve deseos de conocer a un mago. En realidad, me gusta conocer a todo el mundo. Me aburro bastante, siempre de pesquisas.
—Ave —dijo Merlín, misteriosamente.
—Ave —repitió Verruga, deseando causar una buena impresión, tras lo cual se estrecharon las manos.
—¿Habéis dicho «ave» —inquirió al instante el rey, preocu­pado—. Bueno, creí que había sido un saludo.
—Sí, lo es —terció Verruga—. Quise decir «¿cómo estáis?».
—Claro, claro. Muy bien, ¿y vos? De nuevo se estrecharon las manos.
—Hermosa tarde —agregó Pelinor—. ¿Os parece que seguirá el buen tiempo?
—Creo que se acerca un anticiclón— aseguró Merlín.
—Un anticiclón, desde luego —repuso el rey—. Bueno, creo que debo marcharme.
Al decir esto el rey dio muestras de gran nerviosismo, abrió y cerró varias veces la visera, tosió, hizo un nudo con las riendas y mostró intención de querer alejarse.
—Hace magia blanca —dijo Verruga—. No debéis asustaros. Es mi mejor amigo, majestad. De todos modos, siempre suele con­fundirse al hacer los conjuros.
—Ah, bueno —repuso Pelinor—. Magia Blanca, ¿eh? ¡Qué pequeño es el mundo! ¿Cómo estáis?
—Ave —declaró Merlín.
—Ave —contestó el rey.
Y se estrecharon las manos por tercera vez.
—Yo que vos no me iría ahora —dijo el mago—. Sir Grummore Grummursum se halla en camino para desafiaros a una justa.
—¡Qué me decís! ¿Sir no sé qué en camino para desafiarme a una justa?
—Así es.
—¿Es un buen luchador?
—Creo que la justa será equilibrada.
—Bien, debo decir —aseguró el rey— que ésas son las luchas que me gustan.
—Ave —dijo Merlín.
—Ave —repitió el rey Pelinor.
—Ave —terció Verruga.
—No estoy dispuesto a estrecharle la mano a nadie más —in­formó el rey—. Creo que todos nos conocemos ya. ¿Estáis seguro de que sir Grummore —agregó Pelinor, cambiando rápidamente de tema —viene a presentar batalla al rey Pelinor?
—Mirad hacia allí —repuso Merlín, y los otros dos miraron hacia donde señalaba con su índice.
Sir Grummore llegaba al trote de su caballo, en esos momentos, al borde del claro. Venía tan armado que parecía una panoplia completa. En lugar de un casco ordinario llevaba puesto un yelmo con visera, que hacía bastante ruido con la marcha. El caballero venía canturreando una antigua canción de los días en que apren­día a pelear. La letra decía así:
Lucharemos todos a una,
Desde la grupa a la coronilla,
Y nada en el mundo podrá acabar,
Con nuestro amor por el viejo cantar.
Adelante, adelante, adelante,
Mientras el escudo resuena de nuevo,
Con el estruendo de los ruidosos compañeros.
¡Cielos! —exclamó Pelinor—. Hace ya dos meses que no tenía una justa de verdad. Me siento impaciente por entrar en liza, a fe mía.
Sir Grummore llegó cuando el rey estaba hablando, y al recono­cer a Verruga dijo:
—Buenos días. Eres el chico de sir Héctor, ¿verdad? Vaya, ¿y quién es ese tipo con un capirote tan gracioso?
—Es mi preceptor —contestó rápidamente Verruga—. El mago Merlín.
Sir Grummore miró con indiferencia a Merlín —los magos eran considerados despectivamente por los hombres de justa de aquellos tiempos—, y dijo:
—Ah, un mago. ¿Qué tal?
—Y éste es el rey Pelinor —agregó el niño—. Sir Grummore Grummursum, majestad.
—¿Cómo estáis? —dijo sir Grummore.
—Ave —repuso Pelinor y agregó—: no; será mejor dejar tran­quilos a los pájaros, ¿verdad?
—Bonito día —manifestó el recién llegado.
—En efecto, bonito día.
—¿Vais de pesquisa, señor? —preguntó sir Grummore al rey Pelinor.
—Ah, sí, desde luego. Yo siempre voy de pesquisa, ¿sabéis? Busco a la Bestia Bramadora.
—Un asunto interesante. Mucho.
—Ya lo creo. ¿Os gustaría ver algunos fiemos de ella que tengo guardados? —dijo Pelinor.
—Por mi vida, claro que sí. Veamos esas boñigas.
—Tengo algunas mejores en casa, pero éstas son bastante bue­nas, de todos modos.
—Alabada sea mi alma. Así que éstas son sus boñigas, ¿ver­dad?
—Estas son.
—Interesante en verdad.
—Sin duda alguna. Sólo que uno llega a cansarse de ver tantos fiemos —aseguró el rey Pelinor.
—Vaya, vaya, bonito día, ¿no?
—En efecto, bonito día.
—Tal vez será mejor que hagamos una justa, ¿eh?
—Me parece lo más oportuno —repuso Pelinor—. ¿Alguno de vosotros querría ayudarme a ponerme el yelmo?
Los tres tuvieron que ayudarle, pues las tuercas y tornillos con que torpemente se había ajustado al capacete por la mañana, no le permitían quitárselo para ponerse el yelmo. Este era un enorme artefacto, casi tan grande como un bidón de aceite, y forrado inte­riormente con dos capas de cuero entre las que había tres pulgadas de paja.
En cuanto los contendientes estuvieron dispuestos, se situaron a ambos extremos del claro y avanzaron hasta encontrarse en el centro del mismo.
—Noble caballero —dijo el rey Pelinor, según la costumbre—. Os ruego que me digáis vuestro nombre.
—Eso no os concierne —repuso sir Grummore, continuando con el rito establecido.
—Faltáis a la cortesía —aseguró Pelinor—. Ningún caballero ocultaría su nombre, si no fuese por una causa vergonzosa.
—Sea como fuere, prefiero que no conozcáis mi nombre, ya que éste no es momento de hacer preguntas.
—En tal caso, debéis quedaros y entrar en liza conmigo, falso caballero.
—¿No os habéis equivocado, Pelinor? —inquirió sir Grummo­re—. Creo que debisteis decir «debéis permanecer aquí».
—Ah, sí, lo siento, sir Grummore. Rectifico: «Debéis perma­necer aquí y entrar en liza conmigo, falso caballero».
Y sin más palabras, ambos rivales se retiraron a extremos opues­tos del claro, empuñaron sus lanzas y se dispusieron a iniciar la primera embestida.
—Creo que será más prudente subirnos a este árbol —manifes­tó Merlín—. Nunca se sabe lo que puede ocurrir en una justa como ésta.
Ascendieron fácilmente a la corpulenta haya, que tenía grandes ramas extendidas en todas direcciones, y Verruga se situó a unos quince pies del suelo, desde donde gozaba de una vista excelente. No hay nada más cómodo que sentarse en una haya.
Es conveniente describir con detalle la terrible batalla que a continuación se desarrolló. El caballero que en esos días iba pro­tegido con armadura completa, llevaba encima casi tanto peso en metal como el suyo propio. No solía pesar casi nunca menos de doscientas libras. Ello quiere decir que su caballo tenía que ser len­to y muy resistente para la carga, como lo son los percherones de nuestros días. Y los movimientos del propio caballero se veían tan obstaculizados por su armadura, que el luchador parecía moverse a cámara lenta, igual que en el cine.
—¡Allá van! —exclamó Verruga, reteniendo el aliento, lleno de excitación.
Lenta y majestuosamente, los poderosos caballos iniciaron la marcha. Las lanzas, que habían apuntado al cielo, se inclinaron horizontalmente. El rey Pelinor y sir Grummore apretaron los talo­nes contra los flancos de sus cabalgaduras, y pocos minutos más tarde los espléndidos animales emprendieron un trote que hacía conmover la tierra. Tump, tump, tump, iban haciendo los cascos de los caballos, y los dos jinetes empezaron a mover los codos y las piernas al unísono, dejando pasar una generosa porción de luz del día por debajo de sus asentaderas. Hubo un cambio de ritmo, y el caballo de sir Grummore entró decididamente en un galope corto. Al momento la montura del rey Pelinor hacía lo propio. Era un espectáculo sobrecogedor.
—¡Dios mío! —exclamó Verruga, apenado de que su deseo pu­diera ser causa de que aquellos dos caballeros luchasen ante él—. ¿Creéis que se matarán?
—Peligroso deporte —aseguró Merlín, moviendo negativamen­te la cabeza.
—¡Ahora! —gritó Verruga.
En medio de un estruendo de cascos herrados, los potentes caballeros se enfrentaron. Sus lanzas oscilaron un segundo a escasas pulgadas de los respectivos cascos —habían elegido el punto más difícil—, y al momento seguían galopando en dirección contraria. Sir Grummore fue a introducir su lanza entre las ramas inferiores de la haya donde estaban sentados Merlín y Verruga, mientras el rey Pelinor desaparecía hacia el lado opuesto.
—¿Se puede mirar? —preguntó Verruga, que había cerrado los ojos en el momento crítico.
—Desde luego —repuso Merlín—. Tardarán algún tiempo en colocarse como antes.
—¡Ahé, ahé, por mi vida —gritó el rey Pelinor, con voz aho­gada y en tono distante, entre los zarzales.
—¡Pelinor! ¡Eh, Pelinor! —exclamó sir Grummore—. Volved aquí, querido amigo. ¡Estoy aquí!
Se produjo una larga pausa, mientras los dos caballeros se re­ponían, y al fin el rey Pelinor apareció al otro extremo de donde había comenzado, mientras sir Grummore se enfrentaba con él des­de su posición inicial.
—¡Traidor caballero! —rugió sir Grummore, según lo previsto.
—¡Cobarde! ¡Desleal! —repuso con furia el rey Pelinor. Empuñaron de nuevo las lanzas y el suelo retumbó otra vez bajo los cascos de los caballos.
—Espero que no se hagan mucho daño —dijo Verruga.
Pero las dos monturas ya se enfrentaban, y ambos caballeros parecieron decidirse por el golpe de costado. Los dos colocaron la lanza en ángulo recto, hacia la izquierda, y antes de que Verruga pudiese añadir algo más, oyóse un terrible y metálico estruendo. ¡Clang!, hicieron las armaduras, como si un autobús entrase en coli­sión contra varios yunques, y los dos campeones se encontraron sentados el uno al lado del otro sobre el verde césped, mientras sus caballos seguían trotando en direcciones opuestas.
—¡Ah, espléndida caída! —sentenció Merlín.
Cumplido su deber, los dos caballos detuvieron su marcha, y con aire filosófico empezaron a comer hierba. El rey Pelinor y sir Grummore permanecían sentados, mirando hacia el frente, con la lanza aferrada pacientemente debajo del brazo.
—¡Vaya, qué porrazo! —dijo Verruga—. Hasta ahora los dos parecen encontrarse perfectamente.
Con grandes trabajos, sin Grummore y el rey Pelinor consiguie­ron ponerse en pie.
—¡Defendeos! —vociferó el rey Pelinor.
—¡El cielo os ampare! —gritó sir Grummore.
Y diciendo esto ambos sacaron sus espadas y se lanzaron con tal saña al ataque, que habiéndose golpeado los dos en medio del yelmo, se vieron impulsados bruscamente hacia atrás.
—¡Aaah! —exclamó el rey Pelinor, al tiempo que caía sentado al suelo.
—¡Uuuf! —gruñó sir Grummore, quedando en la misma posi­ción.
—¡Piedad! —gritó Verruga—. ¡Qué combate!
Ahora los dos caballeros habían perdido la paciencia, y la ba­talla entró en una fase decisiva. No importaba demasiado, ya que ambos estaban tan forrados de metal que no podían hacerse mucho daño.
Después de la pesada faena de ponerse en pie, el rey Pelinor y sir Grummore permanecieron frente a frente durante media hora, aporreándose con las espadas el uno al otro en los yelmos. Sólo podían golpearse uno cada vez, de modo que lo hacían por turnos; mientras el rey Pelinor golpeaba, sin Grummore se recuperaba, y viceversa. Al principio, si a uno se le caía la espada, o le quedaba clavada en la tierra, debido al impulso, el otro aprovechaba para propinarle dos o tres golpes más, mientras el primero trataba pacien­temente de sacar su arma del atasco. Más tarde llegaron a perfeccio­nar el sistema, y parecían dos herreros machacando sobre un yun­que. Por fin, la monotonía de aquel ejercicio comenzó a aburrirles.
Para variar, introdujeron un cambio de común acuerdo, con el que se inició la segunda etapa. Sir Grummore se alejó patosamente hacia un extremo del campo, y el rey Pelinor lo hizo hacia el lado opuesto. Luego los dos se volvieron en redondo, y se tambalearon adelante y atrás un par de veces, para recuperar el equilibrio. Cuando se inclinaban demasiado hacia adelante, se veían obligados a correr, a fin de no caerse. Si lo hacían hacia atrás, se caían irre­misiblemente, de modo que hasta el hecho de andar les resultaba complicado. Cuando creyeron que habían distribuido conveniente­mente su peso hacia adelante, ambos iniciaron el trote para no caer. Se abalanzaron como si fueran dos jabalíes furiosos.
Encontráronse en el centro del campo, pecho contra pecho, con un estrépito semejante al de la colisión entre dos navíos, y grandes campanadas resonando. Ambos rebotaron hacia atrás y cayeron de espaldas mientras jadeaban intensamente. Así permanecieron varios minutos, resollando sin parar. Luego comenzaron a levantarse pesa­damente del suelo, y se hizo evidente que una vez más estaban im­pacientes.
El rey Pelinor no sólo había perdido la paciencia, sino que pa­recía algo mareado por el impacto. Se puso en pie dando la espal­da a sir Grummore, y no podía hablarle. En verdad debía discul­pársele esta circunstancia, ya que sólo tenía una rendija para mirar por ella, y por si fuera poco, ésta se hallaba en parte tapada por el forro de cuero; pero de todos modos parecía evidentemente ma­reado. Tal vez hasta se le habrían roto las gafas. Sir Grummore se aprovechó con relativa rapidez de su ventaja.
—¡Toma esto! —exclamó sir Grummore, al tiempo que daba al infortunado monarca un golpe a dos manos con la espada, mien­tras Pelinor volvía lentamente la cabeza a uno y otro lado, obser­vando ansiosamente en dirección contraria.
El rey Pelinor se volvió despacio, pero su enemigo resultaba demasiado rápido para él, y dio toda la vuelta, continuando detrás del rey. Entonces le dio otro golpe demoledor en el mismo sitio.
—Por mi vida, ¿dónde estáis? —inquirió Pelinor.
—¡Aquí! —gritó sir Grummore, propinándole otro mandoble. El pobre rey giró en redondo, tan rápido como pudo, pero sir Grummore de nuevo le había sacado ventaja.
—¡Sorpresa! —exclamó sir Grummore, que seguía aporreándole.
—Pienso que sois un grosero —afirmó jadeando el rey Pelinor.
—¡Va golpe! —repuso sir Grummore, propinándolo.
Entre la colisión inicial, los repetidos mandobles en el yelmo y el confuso ataque de su enemigo, podía apreciarse que el rey Peli­nor tenía el cerebro visiblemente alterado. Se tambaleó hacia ade­lante y hacia atrás, bajo el impulso de los trastazos que le eran administrados, y agitó débilmente los brazos, lleno de impotencia.
—Pobre rey —murmuró Verruga—. Me gustaría que no le die­sen tanto.
Como en respuesta a estas palabras, sir Grummore hizo un alto en su faena.
—¿Pedís Pax? —preguntó sir Grummore, muy latino.
Pelinor no contestó.
Sir Grummore le favoreció con otro mandoble y dijo:
—Si no pedís Pax, os voy a cortar la cabeza.
—No, no lo haré —repuso el soberano.
«¡Clang!», hizo la espada sobre su yelmo.
«¡Clang!», sonó de nuevo.
«¡Clang!», repitió por tercera vez.
—¡Pax! —farfulló el rey Pelinor.
Entonces, y en el momento en que sir Grummore descansaba gozando del fruto de su victoria, Pelinor se volvió en redondo, gritó «¡Non!», y dio a su enemigo un buen empujón en el pecho.
Sir Grummore cayó de espaldas.
—Vaya —dijo Verruga—. ¡Qué tramposo! Nunca lo hubiera creído de él.
El rey Pelinor apresuróse a sentarse sobre el pecho del caído, aumentando así el peso que éste tenía encima en casi un cuarto de tonelada, y haciéndole imposible todo movimiento. Luego empezó a quitarle el casco a sir Grummore.
—¡Habíais dicho Pax! —exclamó éste.
—¡Dije Pax Non, a fe mía! —repuso Pelinor.
—Es un engaño.
—Nada de eso.
—Sois un rufián.
—No, no lo soy.
—Sí, lo sois.
—Que no.
—Que sí.
—Dije Pax Non.
—Dijisteis Pax.
—No, no.
—Sí, SÍ.
—Que no.
—Que sí.
Para entonces a sir Grummore le había sido quitado el yelmo, y podía verse su rostro, totalmente congestionado, mirando fiera­mente al rey Pelinor.
—¡Ríndete, felón! —dijo el rey.
—¡Nunca !—repuso sir Grummore.
—Si no os rendís, os corto la cabeza.
—Cortádmela.
—Vamos, vamos —añadió Pelinor—, sabéis que es menester rendirse, cuando le han quitado a uno el yelmo.
—No sé nada de eso —contestó sir Grummore.
—Bien, os cortaré la cabeza.
—No me importa.
El rey Pelinor blandió amenazadoramente la espada en el aire.
—Adelante, estoy esperando —manifestó sir Grummore, desde el suelo.
El rey bajó la espada y dijo:
—Vamos, rendíos, por favor.
—Vos tenéis que rendiros.
—No puedo rendirme. Soy el que está encima, después de todo ¿No es eso, eh?
—Pues no pienso rendirme.
—Vamos, Grummore, sois un necio al no aceptarlo. Sabéis muy bien que puedo cortaros la cabeza.
—No me voy a rendir a un tramposo que siguió pelando des­pués de decir Pax.
—No soy un tramposo.
—Lo sois.
—No lo soy.
—Sí, sí, lo sois.
—Está bien —manifestó el rey Pelinor—. Podéis poneros en pie y colocaros el casco. Seguiremos luchando. No quiero que nadie me llame tramposo.
—¡Tramposo! —repitió sir Grummore.
Los dos se pusieron en pie y forcejearon para colocar el casco sobre la armadura de sir Grummore, mientras seguían murmurando «No lo soy», «Sí, lo sois», hasta que el yelmo quedó asegurado. Entonces se retiraron a los extremos opuestos del claro, equilibraron el peso sobre los dedos de los pies, y luego avanzaron retumbando estrepitosamente, como dos tranvías descarrilados.
Por desgracia, se hallaban ahora tan enfurecidos que calculara mal las distancias y ambos erraron el golpe. El peso de sus arma duras era demasiado grande para poder frenar, y los dos siguiera caminando bonitamente. Cuando se detuvieron, ninguno podía ver al otro. Resultaba divertido observarlos, porque como el rey Pelinor ya había sido sorprendido de aquel modo, ahora se volvía continua mente, para mirar temeroso a sus espaldas, mientras que sir Grummore, que había utilizado la estratagema, hacía lo propio. Así permanecieron unos cinco minutos, ora escuchando, ora arrodillándose, reptando, espiando, andando de puntillas, y dando de vez en cuando un golpe tras sus espaldas, por si acaso. En una ocasión llegaron a estar a pocos pies el uno del otro, casi espalda contra espalda, pero en seguida avanzaron en dirección opuesta con infinitas pre­cauciones. En otra oportunidad el rey Pelinor alcanzó a sir Grummore con uno de sus golpes hacia atrás, pero ambos giraron tan rápidamente que se marearon y volvieron a separarse.
Tras varios minutos de incesante búsqueda, sir Grummore ma­nifestó:
—Vamos, Pelinor, de nada os vale esconderos. Veo bien donde estáis.
—No me escondo —repuso el soberano, indignado—. ¿Dónde estoy?
Por fin se descubrieron y entonces se acercaron mucho, hasta quedar yelmo contra yelmo.
—Rufián —dijo sir Grummore.
—Bah —repuso el rey Pelinor.
Se volvieron en redondo y regresaron a sus respectivos rinco­nes, ardiendo de indignación.
—¡Tramposo! —gritó aún sir Grummore.
—¡Matasiete! —contestó Pelinor.
Con esto parecieron recuperar sus energías para el encuentro decisivo. Se inclinaron hacia adelante, bajaron la cabeza como dos cabras iracundas, y tomaron carrerilla. ¡Cielos, de nuevo les falló la puntería! Erraron al menos por cinco yardas, y pasaron el uno al lado del otro a todo vapor, haciendo sus buenos ocho nudos, como dos buques que se cruzan sin verse en una noche tormentosa, enfrentados con su trágico destino. Los dos caballeros corrían agi­tando los brazos como molinos de viento —pero en sentido contrario al de las agujas del reloj—, en un vano esfuerzo por detenerse. Siguieron sin perder velocidad, hasta que Sir Grummore fue a cho­car de cabeza contra la haya en la que Verruga se hallaba sentado, mientras el rey Pelinor entraba en colisión con un castaño que se alzaba al otro lado del claro. Los árboles se conmovieron, la selva se estremeció. Conejos y ardillas lanzaron chillidos, y las aves remontaron el vuelo, asustadas, en media milla a la redonda. Los dos caballeros permanecieron inclinados un lapso en el que pudo contarse hasta tres, y luego, con unánime y enorme estrépito metá­lico, se desplomaron fatal y definitivamente.
—Buen golpe, diría yo —manifestó Merlín.
—Cielos —exclamó Verruga—. Creo que debiéramos bajar y ayudarlos, ¿no os parece?
—Podríamos echarles un poco de agua —declaró Merlín, pen­sativamente—, pero quizá nos echasen en cara que les oxidamos las armaduras. Ya se les pasará. Además, es hora de que volvamos a casa.
—¡Pero quizá estén muertos!
—No lo están, lo sé. Dentro de unos minutos se levantarán para ir a comer a sus casas.
—El pobre rey Pelinor no tiene casa.
—Entonces, sir Grummore le invitará a pasar la noche en la suya. Se harán buenos amigos. En realidad, ya lo son.
—¿Eso creéis?
—Querido niño, lo sé muy bien. Ahora cierra los ojos, que nos vamos.
Verruga hizo lo que Merlín le ordenaba, pero mientras tenía los ojos cerrados preguntó:
—¿Sabéis si sir Grummore tiene lecho de plumas en su casa?
—Es probable que lo tenga.
—Ah, bueno —repuso Verruga—. Eso le gustará al rey Pelinor, aunque esté un poco mareado.
Merlín dijo las palabras latinas e hizo los pases secretos. El túnel de sibilante ruido y el vasto espacio volvieron a acogerlos en su seno. Pocos segundos más tarde se encontraban junto al estrado, y la voz del sargento les llegaba desde el otro lado del campo de torneos.
—Vamos, amo Art, vamos —decía—. Ya habéis dormitado bas­tante. Venid aquí al sol, con el amo Kay, y practiquemos un poco las nobles artes de la justa.
CAPITULO VIII
ra una noche fresca y lluviosa, como las que suelen presentarse a finales de agosto, pero Verruga no se sentía con ánimos de permane­cer en casa. Pasó algún tiempo en la perrera, hablando con Cavall, y luego salió de allí para ir a la cocina y ayudar a dar vueltas al asador. Pero en la cocina hacía demasiado calor. Se veía obligado a perma­necer en casa por culpa de la lluvia, entre sus supervisoras femeni­nas, como ocurre generalmente con los infelices niños de nuestras generaciones. Las tinieblas y la humedad que reinaban afuera le hacían desistir de dirigirse al exterior. Verruga odiaba a todo el mundo en esos momentos.
—Condenado chiquillo —dijo sir Héctor—. Deja ya de mirar por esa ventana, y ve a buscar a tu preceptor. Cuando yo era niño, siempre solíamos estudiar en los días de lluvia; así educába­mos nuestras mentes.
—Verruga es un necio —dijo Kay.
—Marchaos, gatito mío —declaró la vieja niñera, cuando Ve­rruga llegó junto a ella—. No tengo tiempo de distraer vuestra me­lancolía, con todo lo que tengo que hacer.
—Joven amo —manifestó Hob—, será mejor que salgáis de aquí, para no excitar aún más a estas aves.
—No puedo atenderos —dijo el sargento—. Bastante tengo con sacar el brillo a esta condenada armadura.
Hasta el chico de los sabuesos parecía ladrarle, cuando Verruga entró en la perrera.
Verruga se dirigió a la habitación de la torre, donde Merlín se estaba tejiendo un gorro de dormir de lana para el invierno.
—Pensé que debía recibir un poco de educación —dijo Ve­rruga—. No se me ocurría hacer nada más.
—¿Acaso crees que el estudio es algo que debe dejarse para cuando no se tiene otra cosa que hacer? —preguntó Merlín áspera­mente, pues también él estaba de mal humor.
—Bueno, al menos, eso pasa con algunos estudios.
—¿Quién te lo ha dicho? —exclamó Merlín, y sus ojos relucie­ron de ira.
—Por favor, Merlín —manifestó Verruga—, dadme algo que hacer, porque me siento muy triste. Nadie me quiere a su lado hoy, y está lloviendo tanto...
—Puedes aprender a hacer calceta.
—¿No podríais mandarme afuera, como un pez, o algo por el estilo?
—Ya has sido pez —repuso Merlín—. No creo que beneficie a tu educación que lo seas por dos veces.
—Bueno, ¿y un pájaro, qué os parece?
—Si supieras algo de las cosas, estarías enterado de que a los pájaros no les gusta volar cuando llueve, porque las plumas se les mojan y se pegan unas a otras. Además, se ensucian con el lodo.
—Podría ser un halcón en el pabellón de cetrería de Hob —dijo Verruga, tercamente—. Entonces no estaría al aire libre y no me mojaría.
—Eres muy ambicioso —manifestó el anciano— al querer ser un halcón.
—Sabéis que os resultaría fácil convertirme en halcón, si qui­sierais—exclamó Verruga—, pero preferís no hacerme caso, como los demás, porque hace mal tiempo.
—¡Vaya, vaya!
—Por favor, querido Merlín, convertidme en un halcón. Si no accedéis soy capaz de hacer cualquier cosa, aunque no sé bien qué podría hacer.
Merlín dejó a un lado el tejido de punto y miró a su pupilo por encima de las gafas.
—Pequeño —comenzó diciendo el mago—, podrías ser todo lo de este mundo: animal, vegetal, protozoo o mineral, antes de que termine con tu educación, pero debes confiar en mi perspi­cacia. Aún no ha llegado la hora de que seas un halcón. En pri­mer lugar, porque Hob aún se encuentra dándoles de comer en el pabellón. De modo que por el momento harás bien sentándote ahí y contentarte con seguir siendo un ser humano.
—Está bien —contestó Verruga, resignadamente, y tomó asien­to, como le aconsejaban.
Después de algunos minutos, preguntó:
—¿Puedo hablar también como un ser humano?
—Todo el mundo puede hablar, si lo desea.
—Me alegro, porque quería deciros que habéis tejido ya con vuestra barba tres hileras del gorro de dormir.
—Vaya, si seré...
—Creo que lo mejor será cortar el extremo de vuestra barba. ¿Voy a buscar unas tijeras?
—Oye, ¿por qué no me lo dijiste antes?
—Quería ver lo que pasaba.
—Corres el riesgo, querido niño —dijo Merlín—, de que te convierta en un trozo de pan y te tueste a fuego lento.
Y diciendo esto, el mago comenzó a desenredar su barba, mur­murando algo para sus adentros.
—¿Resulta tan difícil volar como nadar? —preguntó Verruga, cuando consideró que su preceptor se había calmado un poco.
—No necesitarás volar. No pienso convertirte en un halcón suelto, sino dejarte en el pabellón de cetrería por esta noche, para que hables con las demás aves. Esa es la forma de aprender, ha­blando con los entendidos.
—¿Creéis que me hablarán?
—Suelen hacerlo todas las noches, cuando reina la oscuridad. Se cuentan cómo los capturaron, lo que recuerdan de su antigua existencia, hablan de su linaje, de las proezas de sus antepasados, del entrenamiento, de lo que han aprendido y de lo que apren­derán. Es algo así como una conversación entre militares, igual que la que se oiría en el pabellón de oficiales de un regimiento de fama: táctica, armas, apuestas, caza, vino, mujeres y canciones.
»Otro tema de conversación muy frecuente —prosiguió Mer­lín— es el de la comida. Resulta lamentable, pero como es lógico se entrena a esas aves aprovechándose principalmente de su apetito. Su hambre aumenta, pobres gentes, cuando recuerdan los restau­rantes a que estaban acostumbrados, y el champaña, el caviar y la música cíngara. Claro está, pues todos son de noble alcurnia.
—Qué vergüenza supondrá para ellos verse prisioneros y con hambre...
—En realidad no se dan cuenta de que están prisioneros, como tampoco se percatan de ello los oficiales de caballería. Se consideran dedicados a una noble profesión, igual que los miembros de una orden de caballería, o algo por el estilo. Como sabes, los integrantes de un pabellón de cetrería deben ser aves rapaces, ex­clusivamente. Ellos saben que nadie de las clases inferiores puede entrar allí. En sus perchas no se albergan mirlos, ni gentuza por el estilo. Y en cuanto al apetito, están muy lejos de morirse de hambre. Se hallan siempre de entrenamiento, y como ocurre con los atletas, piensan a menudo en la comida.
—¿Cuándo creéis que puedo comenzar?
—Ahora mismo, si lo deseas. Mi clarividencia me indica que Hob ha terminado hace un momento, por esta noche. Pero en primer lugar debes elegir la clase de halcón que te gustaría ser.
—Me gustaría ser un azor.
—Una sabia elección —repuso Merlín—. Si estás dispuesto, podemos empezar inmediatamente.
Verruga se levantó del escabel y colocóse delante de Merlín.
—Primero hazte pequeño —dijo el mago, apretando a Ve­rruga en la cabeza, hasta que quedó de un tamaño algo menor al de una paloma—. Ahora apóyate sobre los dedos de los pies, dobla las rodillas, aprieta los codos contra los costados del cuerpo, alza las manos a nivel de tus hombros, y junta los dedos primero y segundo, y el tercero y el cuarto. Mira, de este modo.
Y el viejo nigromante, al decir esto, se colocó en puntillas, e hizo lo mismo que explicaba.
Verruga le imitó cuidadosamente y se preguntó qué ocurriría después. Y sucedió que Merlín, que había estado murmurando en voz baja las palabras finales del conjuro, se convirtió de pronto en un cóndor, dejando a Verruga en puntillas, sin transformarle en nada. Allí quedó Merlín, como si se estuviera secando al sol, con una envergadura de alas de unos once pies, una cabeza de vivo color anaranjado, y un cogote rojizo. Parecía estar descon­certado y algo divertido.
—Bueno —dijo Verruga—. Ya os habéis transformado en lo que no debíais.
—Ha sido la condenada limpieza semanal —exclamó Merlín, volviendo a su figura habitual—. Cuando se deja que entre una mujer a arreglar una habitación, cambian las cosas de sitio y se arma uno un lío hasta con los conjuros. Ponte como antes, y va­mos a probar de nuevo.
Esta vez el diminuto Verruga notó que sus dedos se extendían y rascaban el suelo. Sintió que los talones se le alzaban y que las rodillas se pegaban a su vientre. Sus muslos se acortaron. Una piel áspera le cubrió desde las muñecas a la espalda, en tanto que las plumas primeras le crecían rápidamente al final de los dedos. Las secundarias surgieron por sus antebrazos, y unas en­cantadoras falsas primarias le salieron al final de cada pulgar.
La docena de plumas de su cola, junto con la doble hilera de plumas del cuerpo, aparecieron en un abrir y cerrar de ojos, en tanto que las de la espalda, el pecho y los hombros crecían para ocultar la raíz de las plumas más importantes.
Verruga miró rápidamente a Merlín, metió la cabeza entre las piernas, para echar un vistazo por allí, se alisó algunas plumas y comenzó a rascarse la barbilla con una pata.
—Perfecto —dijo el mago—. Y ahora, súbete a mi mano. Eh, cuidado, no me arañes. Escucha lo que voy a decirte. Te lle­varé al pabellón de cetrería, que Hob ha cerrado por esta noche, y allí te dejaré suelto y sin caperuza, al lado de Balin y Balan. Presta atención. No te acerques a ninguno sin hablarles primero. Debes recordar que la mayor parte de los halcones tienen puesta la caperuza y pueden asustarse y obrar precipitadamente. Puedes confiar en Balin y Balan, así como en el cernícalo. No te apro­ximes al gavilán a menos que te lo indique. Y en ningún caso de­bes arrimarte a la jaula de Cully, porque está sin caperuza y se echaría contra ti a la menor ocasión que tuviera. No está muy bien de la sesera, el pobre, y si te coge no te soltará vivo. Recuerda que estás visitando una especie de pabellón militar de espartanos. Ésos tipos son soldados profesionales, y como oficial subalterno te corresponde mantener la boca cerrada, sin interrumpir, y ha­blando sólo cuando te pregunten.
—Apostaría a que soy algo más que un subalterno, si real­mente soy un azor.
—Pues sí, lo eres. Advertirás que tanto el cernícalo como el gavilán son corteses contigo, pero no te atrevas a interrumpir a los azores más veteranos, ni al gran halcón peregrino. El es el coronel honorario de este regimiento y un noble caballero. En cuanto a Cully, bueno, también es coronel, aunque sólo sea de infantería, de modo que mucho ojo con lo que le dices.
—Tendré cuidado —repuso Verruga, que comenzaba a sen­tirse un tanto atemorizado.
—Está bien. Vendré a buscarte por la mañana, antes de que Hob se levante.
Todas las aves se callaron mientras Merlín introducía al nuevo compañero, y el silencio duró un buen rato después que el mago se hubo marchado en la oscuridad. La lluvia había dejado paso a una brillante luna llena de agosto. Era tan fuerte la claridad que podía verse perfectamente a unas quince yardas más allá de la puerta a una oruga trepando por un tronco. Verruga tardó algunos minutos en acostumbrarse a la penumbra que reinaba en el pa­bellón. La oscuridad se atenuaba donde daban los plateados rayos, y al fin Verruga pudo apreciar el sobrenatural aspecto del interior del pabellón de cetrería. Cada uno de los halcones parecía un ave de plata, de pie en una pata y con la otra recogida bajo el cuer­po. Todos parecían estatuas de caballeros en sus armaduras. Per­manecían gravemente inmóviles, con sus emplumados cascos. La lona de las pantallas que protegían sus perchas oscilaba lenta­mente a impulsos del viento, como las banderas en un templo. En aquellos días solían colocar caperuzas a todas las aves rapaces, incluso a los azores, a los que según las modernas prácticas ya no se les coloca capacete.
Verruga retuvo el aliento al observar aquellas imponentes fi­guras, tan quietas que podrían haberse tomado por estatuas de pie­dra. Se sentía abrumado por su magnificencia, y no tuvo necesi­dad alguna de obligarse a ser humilde y silencioso, como le había aconsejado Merlín, pues ello le salía espontáneamente.
De pronto oyóse un suave toque de campanilla, y el gran halcón peregrino se desperezó un poco y dijo con fuerte voz nasal, que procedía de su aristocrática nariz:
—Caballeros, podéis seguir hablando.
Pero continuó el silencio absoluto.
Sólo en una esquina del pabellón —que había sido alambra­da para Cully—, suelto, sin caperuza y en plena época del cam­bio de plumas, podía oírse murmurar al irritable coronel:
—Condenado gobierno, condenados políticos, condenados bol­cheviques. Maldito lugar. Cully, si sólo te quedara una hora de vida, y te condenases eternamente...
—Por favor, coronel —interrumpió fríamente el halcón pere­grino—, no habléis así delante de los oficiales jóvenes.
—Ah, os pido disculpas, señoría —dijo el coronel, en segui­da—. Es que tengo algo en la cabeza, ¿sabéis? Algo que me trae a mal traer.
Siguió otro silencio terrible y abrumador.
—¿Quién es el nuevo oficial? —inquirió la primera voz, her­mosa y fiera.
Nadie respondió.
—Hablad de una vez, señor —ordenó el peregrino, mirando hacia adelante, como si viese algo realmente. Pero no podían ver porque tenían puestas las caperuzas.
—Perdón —comenzó diciendo Verruga—. Soy un azor... Y se detuvo, asustado del denso silencio. Balan, que era uno de los azores verdaderos que se hallaban a su lado, se inclinó hacia él y le murmuró afablemente al oído:
—No temas, llámale señoría.
—Soy un azor, señoría.
—Un azor, eso está bien. ¿Y puede saberse a qué rama de los Azores pertenecéis?
Verruga no tenía la menor idea de lo que debía responder, pero no quiso dejar de hacer una tentativa.
—Señoría —repuso—, pertenezco a los Azores del Bosque Salvaje.
De nuevo se hizo el silencio que Verruga había comenzado a temer.
—Están los Azores de Yorkshire —manifestó el coronel ho­norario, lentamente—, los Azores de Gales y los MacAzores de Escocia. También conozco los de Salisbury, los de Exmoor y los de Connaught. Pero no creo haber oído hablar jamás de los Azores del Bosque Salvaje.
—Puede ser una rama nueva de la familia, me atrevería a decir —declaró Balan.
«Dios le bendiga —pensó Verruga—. Mañana cazaré un go­rrión bien gordo y se lo daré a espaldas de Hob.»
—Sí, eso podría ser, capitán Balan. Eso podría ser. De nuevo se hizo el silencio. Al cabo de un rato el halcón pe­regrino hizo sonar su campanilla y dijo:
—Comenzaremos con los reglamentos, antes de tomarle jura­mento.
Verruga oyó que el gavilán de la izquierda comenzaba a toser nerviosamente al oír esto, pero el halcón peregrino no prestó aten­ción.
—Azor del Bosque Salvaje —dijo el halcón peregrino—, ¿qué es una Bestia de Pata?
—Una Bestia de Pata —repuso Verruga, bendiciendo su suerte, por haber querido sir Héctor que le dieran una educación de pri­mera clase— es un caballo, un sabueso, o un halcón.
—¿Por qué se les llama así?
—Porque estos animales dependen del poder de sus patas, de modo que por ley, todo daño que se infiera a la pata de un halcón, sabueso o caballo se considera como un atentado contra su propia vida. Un caballo cojo es un caballo muerto.
—Está bien —declaró el halcón peregrino—. ¿Cuáles son tus miembros más importantes?
—Las alas —afirmó Verruga, después de un momento, aven­turando una opinión, pues no lo sabía realmente.
A esto siguió un tintineo general de las campanillas de las aves, cuando cada una de las graves figuras bajó la pata alzada, en señal de disgusto. Ahora se hallaban de pie sobre las dos patas con aire afligido.
—¿Las qué? —preguntó el halcón peregrino, ásperamente.
—Ha dicho sus condenadas alas —manifestó el coronel Cully, desde su encierro.
—Si hasta los tordos tienen alas —dijo el cernícalo, despecti­vamente, hablando por vez primera con su aguda voz.
—Vamos, piensa —susurró Balan, en voz baja.
Verruga meditó desesperadamente.
El tordo tenía alas, cola, ojos, patas... Aparentemente, lo mis­mo que las demás aves.
—¡Las garras! —dijo de pronto Verruga.
—Bien, puede pasar —contestó el peregrino, afablemente, des­pués de una de sus temibles pausas—. La respuesta debió de ser «las patas», como en las otras preguntas, pero «garras» también puede valer.
Todos los halcones —y empleamos el término con amplitud, ya que algunos no lo eran—, alzaron la pata en que tenían la cam­panilla y volvieron a ponerse cómodos.
—¿Cuál es la primera ley de la pata?
(«Piensa», le había dicho amistosamente el pequeño Balan, detrás de sus falsas plumas primarias.) Verruga meditó, y lo hizo con acierto.
—No soltar nunca la presa —repuso.
—La última pregunta —dijo el peregrino—. ¿Cómo harías, siendo un azor, para matar a una paloma, si es de mayor tamaño que el tuyo propio?
Verruga tuvo suerte, pues había oído a Hob contar cómo había hecho eso Balan, una tarde. Por ello repuso:
—La estrangularía con mi pata.
—¡Muy bien! —contestó el halcón peregrino.
—¡Bravo! —exclamaron los demás, irguiendo las plumas.
—Noventa por ciento —dijo el gavilán, después de una rá­pida suma—. Descontando lo de las alas.
—¡El demonio me confunda!
—¡Coronel, por favor!
—El coronel Cully —susurró Balan a Verruga— no está en sus cabales. Creemos que se trata de su hígado, pero el cernícalo asegura que eso le ocurre por tratar de mantenerse al mismo nivel que su señoría, lo que le origina una gran tensión nerviosa. Desde hace un tiempo no es el mismo de antes.
—Capitán Balan —dijo el halcón peregrino—. Murmurar es una grosería. Ahora procederemos a tomar el juramento al nuevo oficial. Pater, cuando guste.
El pobre gavilán, que se estaba poniendo cada vez más ner­vioso, sonrojóse profundamente y comenzó a tartamudear un com­plicado juramento acerca de cascabeles, correas y caperuzas.
—Con este cascabel —oyó Verruga que le decía— te obligo a dispensar... amor, honor y obediencia, en lo sucesivo.
Pero antes de que el capellán hubiese terminado de pronun­ciar el juramento, se detuvo y musitó sollozando:
—Oh, señoría, os pido perdón, pero he olvidado mis admi­nículos.
—Esos objetos de que habla son unos huesos —explicó en voz muy baja Balan—. Como es natural, tienes que jurar sobre unos huesos.
—¿Que habéis olvidado vuestros adminículos? Sabéis que es vuestro deber tenerlos a mano.
—Lo... lo sé.
—¿Qué habéis hecho con ellos?
La voz del gavilán pareció quebrantarse ante la enormidad de su confesión.
—Me... me los comí —manifestó el infortunado capellán.
Nadie dijo una palabra. El momento era demasiado terrible para hablar. Todos se pusieron en dos patas y volvieron la ciega cabeza hacia el culpable. Ni un solo reproche se dejó oír. Du­rante aquel silencio de cinco minutos, sólo se escucharon los sollo­zos y suspiros del indigno sacerdote.
—Bien —dijo el halcón peregrino, al fin—, la ceremonia de la iniciación deberá ser postergada hasta mañana.
—Si me disculpáis, señoría —dijo Balan—, tal vez podamos llevar a cabo la ordalía esta noche, ¿os parece bien? Creo que el candidato está suelto, pues no he creído escuchar que le estu­viesen atando.
Al oír hablar de una ordalía, Verruga tembló interiormente, y decidió que Balin no vería una sola pluma del gorrión que lleva­ría a Balan al día siguiente.
—Gracias, capitán Balin. Precisamente pensaba en eso.
Balin no respondió.
¿Estáis suelto, novicio?
—Sí, señoría; pero, por favor, creo que no estoy preparado para una prueba.
—La ordalía es lo acostumbrado. Veamos —dijo el coronel honorario, reflexionando—. ¿Cuál fue la última prueba que tu­vimos? ¿Lo recordáis, capitán Balan?
—Mi propia ordalía, señoría —dijo el amistoso azor—, y con­sistió en colgar por los pies, de mi correa, durante la tercera guardia.
—Si está suelto, no podrá hacer eso.
—Se le pueden dar unos golpes, señoría —dijo el cernícalo—. Con los debidos cuidados, desde luego.
—Enviadle junto al coronel Cully, mientras tocamos tres ve­ces las campanillas.
—¡No, no! —exclamó el perturbado coronel, con voz agó­nica, desde su oscuro escondite—. No, señoría. Os ruego que no hagáis eso. Soy un villano tan grande que no respondo de las consecuencias. Perdonad al pobre muchacho, y no nos dejéis caer en la tentación.
—Coronel, procurad dominaros. Esa prueba me parece muy adecuada.
—Oh, señoría, me previnieron que no me acercase al coronel Cully —dijo Verruga.
—¿Os lo advirtieron? ¿Quién lo hizo?
El pobre Verruga comprendió que debía elegir entre confesar que era un ser humano, y dejar de aprender tantos secretos inte­resantes, o cumplir con la ordalía. Y Verruga no deseaba que le considerasen un cobarde.
—Me colocaré junto al coronel, señoría —manifestó y se dio cuenta de que su voz tenía un aire casi insultante.
El halcón peregrino no prestó atención al tono de voz de Verruga.
—Está bien —repuso el halcón peregrino—, pero antes de­bemos entonar un himno. Y ahora, pater, si es que no os habéis tragado vuestros himnos, como hicisteis con vuestros adminículos, tened la amabilidad de dirigir el Himno de la Ordalía.
—Y vos, señor Kee —agregó dirigiéndose al cernícalo—, can­tad bajo, porque desentonáis bastante.
Los halcones quedáronse quietos, mientras el gavilán contaba «Una, dos y tres». Entonces todos aquellos curvados picos se abrie­ron debajo de las caperuzas, y al unísono cantaron así:
«La vida es sangre, derramada y ofrecida.
El ojo del águila puede soportar ese horror.
Ante las aves de presa debéis decir:
Timor mortis conturbat me.
La bestia de patas canta en voz baja,
Pues la carne es mísera y el pie endeble.
Fuerza al fuerte, y al señor, y al solitario.
Timor mortis exultat me.
Vergüenza al perezoso, angustia al débil.
Muerte al que teme echar a volar.
Sangre desgarrando, con el pico, con la garra.
Timor mortis, todo ello somos nosotros.»
—Muy bonito —dijo el halcón peregrino—. Capitán Balan, creo que se excede usted un poco en el do de pecho. Y ahora, no­vicio, debéis aproximaros a la jaula del coronel Cully, y esperar a que toquemos las campanillas tres veces. Al tercer toque, podéis retiraros tan rápido como queráis.
—Está bien, señoría —dijo Verruga, y con gran intrepidez agitó las alas y se colocó en el extremo de una percha, al lado de la jaula de alambre de Cully.
—Muchacho, no te acerques más, no te aproximes a mí —dijo el coronel con voz profunda—. No tientes al demonio que todos llevamos dentro.
—No os temo, señor —repuso Verruga—. No os aflijáis, no sufriremos daño ninguno de los dos.
—¡Ninguno de los dos! Vamos, márchate antes de que sea demasiado tarde. Siento un impulso irresistible en mi interior.
—Tranquilidad, señor; sólo tienen que tocar tres veces —de­claró Verruga.
Y en ese momento, los caballeros bajaron las patas que tenían bajo el cuerpo y dieron un toque solemne. El dulce tintineo llenó la habitación.
—¡Señoría, señoría! —gritó el torturado coronel Cully—. Te­ned piedad, por favor. Tocad de una vez. No creo que pueda resistir mucho más.
—Sed valiente, señor —musitó Verruga.
—Sed valiente, es muy fácil decirlo —repuso Cully.
Las campanillas tintinearon por segunda vez.
El corazón de Verruga latía apresuradamente, y ahora el coronel se le iba acercando de lado, por la percha. Sus garras ara­ñaban la madera con un apretar convulsivo. Sus extraviados ojos relucían a la luz de la luna bajo un angustiado ceño. Pero no pa­recía haber nada cruel en su expresión; no trasuntaba innobles pasiones. Por el contrario, diríase que estaba aterrado ante Verruga y no triunfante.
—Si debe hacerse —susurró el coronel, hablando consigo mis­mo—, que sea rápido. ¿Piensas que el jovencito soltará mucha sangre?
—¡Coronel! —advirtió Verruga, pero permaneció donde es­taba, sin moverse.
—¡Muchacho! —gritó Cully—. ¡Dime algo, deténme, por piedad!
—Hay un gato detrás vuestro —dijo Verruga, con toda cal­ma—. O tal vez sea una marta. Mirad.
El coronel se volvió, rápido como la picadura de una avispa, y amenazó a la oscuridad. Pero no había nada. Volvió sus ojos fieros hacia Verruga de nuevo, barruntando el truco. Entonces con fría voz manifestó:
—La campana me invita. Tú no la oyes, azor, porque es el toque que te emplaza para los cielos o el infierno.
Los halcones, en efecto, estaban haciendo sonar sus campani­llas, mientras el coronel Cully pronunciaba estas palabras, y ahora Verruga podía marcharse. La ordalía había terminado, y Verruga echó a volar. Pero mientras lo hacía, más rápidos que cualquier otro movimiento, las terribles garras del coronel Cully hendieron el aire.
Aferraron su presa, y lo hicieron irrevocablemente. Apretando, apretando, los enormes y tensos músculos del halcón se estreme­cieron en dos convulsiones. Pero un momento después Verruga se hallaba a un pie de distancia, y un puñado de plumas primarias aparecía en la garra del coronel Cully. Dos o tres plumas secun­darias flotaban lentamente en un rayo de luna, cayendo hacia el suelo.
—¡Bien hecho! —exclamó Balan, entusiasmado.
—Una exhibición de gran destreza —declaró el halcón pere­grino, sin importarle que el capitán Balan hubiera hablado antes que él.
—¡Amén! —dijo el capellán.
—¡Alma esforzada! —manifestó el cernícalo.
—¿No debiéramos honrarle con la Canción del Triunfo? —su­girió Balin.
—Ciertamente —repuso el halcón peregrino.
Y todos juntos se pusieron a cantar, dirigidos por el propio coronel Cully, a voz en cuello y haciendo resonar sus campanillas victoriosamente, bajo la impresionante luz de la luna.
Las aves de la montaña son más sabrosas
Aunque las del valle están más gordas,
Por eso nos parece conveniente
Prestar más atención a las segundas.
Hallamos un conejo semioculto,
Y atacamos sus órganos vitales.
El conejo nos supo a miel
Y compensó nuestros desvelos.
Algunos atacan a la alondra
Cuyas bandadas nublan el sol.
Otros van tras los nidos de perdiz,
Y otros más miran y miran, y no hacen nada
Pero Verruga, el rey de los azores,
Llegó más lejos que todos nosotros.
Sus pájaros y animalillos
llenarán nuestros banquetes,
Y sus hazañas gloriosas cantaremos a coro.
No lo olvidéis —exclamó el simpático Balan—. Podemos tener un rey de verdad en ese joven novicio. Cantémoslo de nuevo por última vez.
Pero Verruga, el rey de los azores,
Llegó más lejos que todos nosotros.
Sus pájaros y animalillos
llenarán nuestros banquetes,
Y sus hazañas gloriosas cantaremos a coro.
CAPITULO IX
aya! —dijo Verruga, cuando se despertó en su propio lecho, a la mañana siguiente—. ¡Qué horrible prueba!
Kay sentóse en su cama y comenzó a refun­fuñar como una ardilla.
—¿Dónde estuviste anoche? —inquirió—. Me pareció que te habías marchado. Se lo diré a mi padre y te dará una azotaina. Sabes que no podemos salir después del toque de queda. ¿Qué estuviste haciendo? Te busqué por todas partes. Estoy seguro de que te marchaste de casa.
Los dos chicos conocían un modo furtivo de deslizarse al ex­terior, por medio de un canalón de agua de lluvia, lo cual hacían secretamente en ocasiones especiales, cuando era necesario salir por las noches a buscar un tejón, por ejemplo, o a pescar tencas, que sólo pueden ser capturadas poco antes del alba.
—Vamos, cállate —repuso Verruga—. Tengo sueño.
—Despiértate, despiértate, animal —insistió Kay—. ¿Puedo saber dónde has estado?
—No pienso decírtelo.
Verruga estaba seguro de que Kay no creería su relato; le llamaría mentiroso y se irritaría aún más.
—Si no me lo dices, te mato.
—No, no lo harás.
—Lo haré.
Verruga se volvió, dándole la espalda.
—¡Bestia! —dijo Kay, y cogiendo un trozo de la piel del brazo de Verruga, le pellizcó con todas sus fuerzas. Verruga se agitó como un salmón que hubiese quedado repentinamente cogido en el anzuelo, y le pegó en el rostro. Un segundo más tarde los dos chicos estaban fuera de la cama, pálidos e indignados, desnudos como conejos desollados —pues en aquellos días nadie usaba ropas para dormir—, y agitando los brazos como aspas de molino para castigar al oponente.
Kay tenía más edad y estaba más crecido que Verruga, de modo que debía ganar al final. Sin embargo, también era más nervioso e impresionable. Pensó en el efecto que podía causarle cada golpe dirigido contra él, y ello debilitó su defensa. Verruga era como un torbellino enfurecido.
—¡Déjame en paz! —gritaba Verruga, y mientras tanto no dejaba tranquilo a Kay, atacándole con cabeza y brazos al mismo tiempo. Ya se habían acertado algunas veces en el rostro.
Kay tenía el brazo más largo y el puño más pesado. Extendió el brazo, más como defensa que para atacar, y casi sin querer dio a Verruga en un ojo. El cielo se volvió extrañamente negro y cons­telado con innumerables estrellas fugaces. Verruga comenzó a jadear y a sollozar. Consiguió propinar un golpe en la nariz de su ene­migo, y éste comenzó a echar sangre. Kay bajó la defensa, volvió la espalda a Verruga, y con voz fría y nasal, llena de reproches, manifestó:
—Estoy sangrando.
El combate había terminado.
Kay tendióse en el suelo de piedra, echando sangre en abun­dancia, y Verruga, con un ojo negro, fue a buscar la enorme llave de la puerta para colocarla debajo de la nariz de Kay. Ninguno de los dos dijo una sola palabra.
Por último, Kay volvió la cabeza y comenzó a sollozar, mien­tras decía:
—Merlín lo hace todo para ti, y para mí nunca quiere hacer nin­guna cosa.
Verruga comprendió que había actuado como un necio. Se vistió en silencio y corrió a buscar al mago. Por el camino le sor­prendió la vieja niñera.
—Ah, pequeño felón —exclamó la anciana, sacudiéndole por un brazo—. De nuevo habéis estado luchando con el amo Kay, ¿verdad? Mirad ese pobre ojo, cielo santo.
—Estoy bien —repuso Verruga.
—Nada de eso, muñequito —exclamó la niñera, encolerizándose aún más, y dando señales de querer pegarle—. Vamos, de­cidme cómo os lo habéis hecho, antes de que os dé una buena tunda.
—Me di un golpe contra un poste de la cama —repuso Ve­rruga, hoscamente.
Inmediatamente la vieja niñera le atrajo contra su amplio busto, le dio unas palmaditas en la espalda y dijo:
—Vamos, vamos mi pequeño, ésa es la misma historia que sir Héctor me contó cuando le sorprendí con un ojo amoratado, hace ya cuarenta años. No hay nada como una buena familia, para que se mantengan fieles a una buena mentira. Venid, inocente, venid conmigo a la cocina, y os colocaremos un trozo de carne sobre el ojo. Pero será conveniente que no luchéis con la gente que os supera en tamaño.
—No, si no es nada —repitió Verruga, al que molestaba tanta solicitud. Pero la anciana era inexorable. Tardó media hora en poder escapar, y ello al precio de llevarse en el ojo un jugoso trozo de carne cruda, que le habían recomendado mantener bien apretada.
—Nada mejor que un carnoso solomillo para extraer los hu­mores —había dicho la niñera.
—No hemos visto un trozo de carne más jugoso desde las Pascuas —repuso la cocinera—, ni que sangrase más abundan­temente.
«Lo guardaré para Balan», pensó por su parte Verruga, reanu­dando la búsqueda de su preceptor.
Le halló sin grandes dificultades en la habitación de la torre, que Merlín había elegido a su llegada al castillo. Todos los filó­sofos prefieren habitar en torres, como puede comprobarse visi­tando la estancia donde vivió Erasmo cuando estuvo en Cam­bridge. Pero la torre de Merlín era aún más hermosa. Era la más alta del castillo y se hallaba justo debajo de la del último vigía. Desde su ventana podía contemplarse el panorama de los campos, más allá del parque y del bosque, hasta que la mirada se recreaba finalmente sobre las lejanas y azulinas copas de los árboles del Bosque Salvaje. Aquel mar de frondas ondulaba como la super­ficie de unas gachas claras, hasta que se perdía al fin entre las remotas montañas que nadie había explorado jamás, y cuyas cimas parecían espléndidos palacios celestiales.
Los comentarios de Merlín acerca del ojo amoratado fueron de naturaleza médica.
—El cambio de color —afirmó— se debe a la hemorragia en los tejidos, o equimosis, y pasa por los tonos púrpura oscuro, verde y amarillo, antes de que desaparezca.
No hubo respuesta alguna a tan interesante manifestación del anciano.
—Supongo que te lo habrás hecho —agregó— peleando con­tra Kay, ¿no es cierto?
—Sí. ¿cómo lo sabéis?
—Lo sé, eso es todo.
—He venido a hablaros de Kay, justamente.
—Bien, habla. Yo te contestaré.
—Kay considera injusto que hagáis siempre cosas para mí, y no para él. No le he dicho nada de lo mío, pero creo que sospe­cha. En realidad, también yo considero que es injusto.
—Lo es, en efecto.
—Entonces, ¿nos transformaréis a los dos la próxima vez?
Merlín terminó su desayuno, y después de encender la pipa, comenzó a dar chupadas y a lanzar bocanadas, lo que hacía pen­sar a Verruga que el mago respiraba fuego. Aspiró largamente, miró al chiquillo, abrió la boca como para hablar, pero se limitó a expulsar el humo, y luego a aspirar de nuevo.
—A veces —dijo al fin—, la vida parece injusta. ¿Conoces la historia de Elías y el rabino Yacanán?
—No —repuso Verruga, y tomó asiento en el lugar del suelo que le pareció más cómodo, dispuesto a escuchar lo que le iba a contar Merlín.
—El referido rabino —dijo Merlín—, salió una vez de viaje con el profeta Elías. Caminaron todo el día, y al anochecer llega­ron a la humilde choza de un pobre hombre cuyo único tesoro era una vaca. El hombre salió de su cabaña, acompañado de su esposa, y apresuróse a dar la bienvenida a los forasteros, invitándoles a que pasaran allí la noche y ofreciéndoles la sencilla hos­pitalidad que podían proporcionarles en su situación. Sirvieron a Elías y al rabino una buena cantidad de leche de vaca, acompa­ñada de pan casero y mantequilla, y luego les cedieron el lecho de la casa, mientras los humanitarios dueños dormían en la cocina, junto al fuego. Al llegar la mañana, comprobaron que la vaca del pobre hombre había muerto.
—¿Y qué más?
—Anduvieron todo ese día, y al caer la noche llegaron a la casa de un rico mercader, cuya hospitalidad solicitaron. El mer­cader era un hombre rico y altivo, y todo lo que hizo por el pro­feta y su compañero fue alojarlos en el establo, dándoles pan y agua por toda comida. Por la mañana, sin embargo, Elías le agra­deció vivamente lo que había hecho por ellos, y mandó llamar a un albañil para que reparase uno de los muros, que amenazaba con derrumbarse, como retribución a su amabilidad.
»El rabino Yacanán, incapaz de seguir en silencio por más tiempo, rogó al hombre santo que le explicase el significado de su forma de tratar a ambos hombres.
»"Respecto al pobre hombre que nos recibió con tanta ama­bilidad —repuso el profeta—, estaba escrito que su mujer muriese aquella noche, pero, como recompensa a su bondad, Dios llevóse a la vaca, en lugar de a la mujer. Luego mandé reparar la pared del rico mercader porque en aquel lugar se encontraba un cofre lleno de oro, y si el mercader hubiese arreglado el muro él mis­mo, habría descubierto el cofre. Por consiguiente, nunca se debe preguntar al Señor, ¿qué haces?, sino manifestar de corazón: el señor de la Tierra obra con justicia".»
—Es una bonita historia —dijo Verruga, cuando Merlín hubo concluido.
—Lamento que sólo tú seas el que se beneficie de mis pode­res —agregó el mago—, pero ocurre que he sido enviado sola­mente con tal fin.
—No veo que pueda causar algún perjuicio que Kay nos acompañe.
—Pienso como tú, pero recuerda que el rabino Yacanán no alcanzaba a comprender la razón de que la pared del mercader fuese reparada.
—Entiendo —repuso Verruga, con tono de duda—, pero aún sigo creyendo que fue una pena que se muriese la vaca. ¿No po­dría llevar a Kay conmigo, al menos una sola vez?
Merlín le contestó suavemente:
—Tal vez lo que sea bueno para ti, resulte malo para él. Ade­más, recuerda que él nunca pidió que le convirtiesen en algo.
—Estoy seguro de que lo desea, de todos modos. Yo quiero a Kay, ¿sabéis?, y creo que la gente no le comprende. Tiene que mostrarse orgulloso porque siente miedo.
—Creo que aún no me entiendes. Imagínate que anoche hu­biera sido él un azor, y que hubiese fracasado en la ordalía, per­diendo la serenidad.
—¿Cómo sabéis lo de la prueba?
—Bueno, esa pregunta está de más.
—Bien —agregó Verruga, obstinadamente—, pero también po­día suceder que no fracasara en la prueba, y que no hubiese perdido la serenidad. No veo por qué razón debéis imaginar que iba a fracasar.
—Necio chiquillo —exclamó el mago, con vehemencia—. Esta mañana no pareces comprender nada. ¿Qué pretendes que haga, vamos a ver?
—Convertid a Kay en una serpiente, o algo así. Merlín se quitó las gafas, las arrojó contra el suelo y saltó sobre ellas con ambos pies.
—¡Cástor y Pólux, llevadme a las Bermudas! —vociferó, e inmediatamente se desvaneció en el aire, en medio de un trueno estremecedor.
Verruga aún seguía contemplando sumamente perplejo la silla vacía de su preceptor, cuando unos momentos después Merlín reapareció. Había perdido el capirote, y su cabello y su barba aparecían muy revueltos, como si hubiera estado en medio de un huracán. De nuevo tomó asiento, alisándose la túnica con dedos temblorosos.
—¿Por qué hicisteis eso? —preguntó Verruga.
—Lo hice casi sin proponérmelo.
—¿Es cierto que Cástor y Pólux os llevaron hasta las Ber­mudas?
—Que esto te sirva de lección —repuso Merlín, evasivamen­te—. Bien, es mejor que cambiemos de tema.
—Estábamos hablando de Kay.
—Sí, y lo que pensaba decir antes de mi... ¡ejem!, visita a esas condenadas Bermudas, era esto: No me es posible transfor­mar a Kay, porque ese poder no me fue conferido cuando me enviaron. Por qué razón es así, ni yo ni tú lo sabemos, pero así son las cosas. He tratado de pensar en algún posible motivo, pero no lo entenderías, de modo que debes aceptar la realidad desnuda. Y ahora, por favor, deja de hablarme hasta que haya recuperado el aliento, y también mi sombrero.
Verruga permaneció sentado en silencio, con aire de disgusto, mientras Merlín cerraba los ojos y murmuraba algo para sus aden­tros. Por fin apareció sobre su cabeza un curioso sombrero cilíndrico. Era un sombrero de copa.
Merlín lo examinó irritado y dijo ásperamente:
—¡Y llaman a esto útil! ¡Vamos, ven aquí!
Al decir esto, el mago lanzó al aire el sombrero, que desapa­reció en seguida.
Verruga y Arquímedes se miraron con extrañeza, preguntándose qué estaría naciendo Merlín. El búho había permanecido durante este tiempo al lado de la ventana, admirando el panorama, y desde el principio, como puede imaginarse, no había abandonado a su amo. Pero Merlín no prestaba atención alguna a los dos espec­tadores.
Veamos dijo Merlín, aparentemente hablando con el aire, ¿te crees muy gracioso? Escuchó y repuso:
Bien, ¿y por qué no lo haces, entonces?
—No, eso no es una disculpa —respondió—. Me refiero al sombrero que llevaba puesto.
—El que llevaba ahora, imbécil insistió—. No el que lle­vaba en 1890. ¿Acaso no te das cuenta de la diferencia?
Merlín observó la gorra de marino que había aparecido en sus manos, y declaró severamente:
Esto es un anacronismo. Justamente eso, un bestial anacro­nismo.
Arquímedes parecía estar acostumbrado a semejantes escenas, ya que dijo ahora, con voz razonable:
¿Por qué no lo pedís por su nombre, amo? Decid «quiero mi capirote de mago». Tal vez al pobre hombre le resulte tan difícil adaptarse al pasado como a vos mismo.
—Bueno, quiero mi capirote de mago —dijo Merlín, malhu­moradamente.
Al momento el largo cono puntiagudo apareció sobre su ca­beza.
La tensión que reinaba en el ambiente desapareció. Verruga volvió a sentarse en el suelo, y Arquímedes reanudó su operación de acicalado, pasándose el pico por las plumas para suavizarlas.
—Vaya, perdóname —dijo Merlín—, no tengo hoy un buen día, eso es lo que me ocurre.
—Respecto a Kay —declaró Verruga—, ¿no podríais llevarnos a una aventura, aunque no nos transformarais en nada?
Merlín hizo un visible esfuerzo por dominarse y para estudiar el asunto desapasionadamente. En realidad, ya estaba harto de aquel tema.
—No puedo hacer magia alguna con Kay —repuso Merlín, lentamente—, si no es la mía propia: visión retrospectiva, per­cepción interior, y cosas así. ¿Te refieres a algo que pueda hacer con eso?
—¿Qué es la visión retrospectiva?
—Me indica a la inversa lo que va a suceder, y lo otro, me dice lo que ocurre en otros lugares.
¿Está ocurriendo algo, en estos momentos, que valga la pena de ser visto por Kay y por mí?
Merlín se dio un golpe en la frente, y exclamó lleno de gozo:
—Pues claro que sí. Ahora me doy cuenta. Hay algo, y lo vais a ver. Debes ir a buscar a Kay, y os dispondréis a marcharos después de la misa. Sí, eso es. Iréis derechos a la parcela de ce­bada que tiene sembrada Hob en campo abierto, seguiréis su prolongación hasta que deis con algo. Será magnífico, así podré echarme una siesta esta tarde, en lugar de machacaros con esos soporíferos rudimentos de Lógica. ¿O acaso ya he dormido esa siesta?
—No la habéis echado —dijo Arquímedes—. Eso aún per­tenece al futuro, amo.
—Ah, espléndido, espléndido. recuérdalo. Verruga, no te olvides de llevar a Kay contigo, para que yo pueda dormir esa siestecita.
—¿Qué es lo que veremos? —preguntó Verruga.
—Bah, no me distraigas con tonterías de esas. Ahora már­chate, sé buen chico y no olvides de llevarte contigo a Kay. ¿Cómo no se te habrá ocurrido pedirme eso antes? Recuerda que debes seguir la prolongación del sembrado de cebada. Vaya, vaya, vaya, es el primer asueto que tengo desde que comencé esta condenada tutoría. Primero creo que voy a echarme una pequeña siesta antes de la comida, y luego me echaré otra antes de la merienda. Des­pués pensaré lo que puedo hacer antes de cenar. ¿Qué te parece que puedo hacer antes de la cena, Arquímedes?
—Podéis echaros otra siestecita, imagino —repuso fríamente el búho y se volvió de espaldas, ya que a semejanza de Verruga, le gustaba ver discurrir la vida.
CAPITULO X
erruga sabía que si contaba a Kay lo que había hablado con Merlín, el muchacho no querría jugar un papel secundario, y no le acompaña­ría. Por consiguiente, no le dijo nada. Resultaba extraño, pero la pelea de la mañana les había hecho más amigos, y ambos podían mirarse di­rectamente con cierto sentimiento de afecto. Después de la misa, ambos se dirigieron al campo, sin que mediaran explicaciones, y al cabo de un tiempo se encontraron al final de la parcela de cebada que había sembrado Hob. Verruga no tuvo que utilizar treta algu­na. Con toda facilidad llegaron hasta allí, y entonces el más pequeño resolvió halagar a Kay.
—Ven —manifestó—. Merlín me ha dicho que por ahí hay algo especial para ti.
—¿Qué es? —inquirió Kay.
—Una aventura.
—¿Dónde está el sitio?
—Debemos seguir la prolongación del sembrado hasta llegar al bosque, manteniendo siempre el sol a la izquierda.
—Está bien, ¿y cuál es la aventura?
—No lo sé.
Avanzaron a lo largo de la faja y siguieron durante algún tiem­po la línea imaginaria que la prolongaba sobre el prado y el te­rreno de caza, manteniendo los ojos muy abiertos por si se pro­ducía algún hecho portentoso. Al paso de los dos chicos levantaron el vuelo una docena de jóvenes faisanes. Kay juró que uno de ellos era blanco. De haberlo sido, y si un águila hubiera bajado del cielo abatiéndose sobre él, aquello sería la señal indudable de que iban a producirse grandes maravillas, y todo lo que hubieran tenido que hacer era seguir al faisán, o al águila, hasta que en­contrasen a la doncella del castillo encantado. Pero por desgracia no había ningún faisán blanco.
Al llegar al borde del bosque, Kay preguntó:
—¿Acaso tenemos que entrar ahí dentro?
—Merlín dijo que siguiéramos la línea.
—Bueno, no es que tenga miedo —dijo Kay—. Si la aventura es para mí, estoy seguro de que será magnífica.
Y así diciendo se introdujeron en el bosque y se sorprendieron al ver que el camino no resultaba difícil. Era casi como un bosque de nuestros días, mientras que las selvas de aquella época eran parecidas a las del Amazonas. No había entonces propietarios de faisanes, como ahora, que obligasen a mantener cortada la maleza, y tampoco existía una milésima parte de los actuales comerciantes de madera, que podan metódicamente los pocos bosques que quedan.
La mayor parte del Bosque Salvaje era casi impenetrable. For­maba una enorme barrera de antiquísimos árboles, los troncos muertos caídos entre los que se mantenían con vida, y éstos en eterna competencia por alcanzar el sol que era fuente de vitali­dad. El suelo no estaba empobrecido por la erosión, y al avanzar podía uno tropezar con algún obstáculo, bien fuera un tronco abatido, un hormiguero, una mata de hiedra u otra clase de zarzas.
Por donde avanzaban Kay y Verruga era un buen sitio. La prolongación del sembrado de Hob apuntaba hacia lo que pa­recía ser una serie de pequeños claros, lugares sombríos en los que las hojas murmuraban apagando el zumbido de las abejas. La época de los insectos había pasado ya, y era más bien el tiem­po de las avispas y los frutos. Pero aún pululaban una serie de coleópteros y mariquitas sobre las hierbabuenas en flor. Verruga cortó una hoja de éstas, y se la llevó a la boca, comenzando a mordisquearla mientras avanzaban.
—Es extraño —manifestó—, pero por aquí ha estado gente. Mira, ahí se ve la huella de un casco, y estaba herrado.
—Eso no es nada —repuso Kay—, pues ahí tenemos a un hombre.
En efecto, el hombre se hallaba al final del pequeño claro, sentado junto a un hacha, al costado de un árbol que acababa de abatir. Era un hombre diminuto, de aspecto muy singular, con joroba y rostro de color bronceado. Estaba vestido con numerosas piezas de antiguo cuero, que había asegurado en torno a sus ro­bustos miembros con trozos de cuerda. Se hallaba comiendo un pedazo de pan y queso de cabra, ayudándose con una navaja que los muchos años de uso y de afilado habían convertido en una fina línea, y se apoyaba en uno de los árboles más corpulentos que los dos niños vieran jamás. A su alrededor aparecían dispersos los trozos de madera que saltaron al cortar el tronco caído. El hombrecito tenía los ojos brillantes como los de un zorro.
—Supongo que ése será el de la aventura —susurró Verruga.
—Puaf —repuso Kay—; en una aventura intervienen caballe­ros armados, dragones y cosas por el estilo, no sucios hombrecillos que cortan leña.
—Bueno, de todos modos, le preguntaré qué hace aquí.
Se aproximaron al pequeño leñador, quien continuó comiendo, como dando la impresión de que no les hubiera visto. Le pregun­taron hacia dónde llevaban aquellos claros, y tuvieron que repetir sus palabras un par de veces, antes de darse cuenta de que el pobre hombre era sordo, o estaba loco, o las dos cosas a la vez, pues no contestó ni hizo el menor movimiento.
—Anda, vámonos —dijo Kay—; seguramente estará grillado, como Wat, y no se da cuenta de nada. Vámonos y dejemos tran­quilo al viejo loco.
Continuaron durante cerca de una milla. El camino seguía siendo bueno, aunque no podía decirse que hubiera senderos, y los claros no eran continuos. Cualquiera que siguiese aquel ca­mino habría pensado que sólo existía el claro en que se hallaba, pero al llegar al extremo del mismo, descubría otro más allá, oculto por un grupo de árboles. De vez en cuando hallaban el tocón de un árbol con las señales del hacha, pero casi siempre estaban cu­biertos con hiedra.
Verruga se dijo que los claros debieron ser hechos de esa for­ma, abatiendo árboles.
Kay cogió a Verruga por un brazo, al iniciarse un claro, y señaló en silencio al extremo del mismo. Allí había un talud cu­bierto de hierba que se extendía suavemente hasta un gigantesco sicómoro de unos noventa pies de altura. Sobre el talud se hallaba tendido un hombre de estatura descomunal, acompañado de un perro. El hombre era tan notable como el sicómoro, pues medía unos siete pies, sin los zapatos, y sólo vestía una especie de fal­dellín de estambre verde. Un brazal de cuero le cubría el ante­brazo izquierdo. Sobre su colosal torso se apoyaba la cabeza del perro, el cual, al ver a los chicos, alzó las orejas y se puso a ob­servarlos, aunque no hizo más movimientos. El hombre parecía estar dormido. A su lado se hallaba un arco de siete pies, con algunas flechas que superaban la longitud de una yarda. También él, a semejanza del pequeño talador, tenía la piel de color bronce, y el rizado vello de su pecho emitía un brillo dorado cuando caían sobre él los rayos del sol.
—Ese debe de ser —murmuró Kay, lleno de excitación.
Se acercaron al hombre cautelosamente, por temor al perro. Pero el animal se limitó a seguirles con los ojos, manteniendo su mandíbula firmemente apoyada sobre el torso de su amo, mien­tras meneaba la cola de una manera peculiar, sin levantarla mucho del suelo, a unas dos pulgadas del mismo y hacia los lados. El hombre abrió los ojos —evidentemente no se hallaba dormido—, sonrió a los dos chicos y señaló con el pulgar en dirección a los claros, más hacia el interior de los mismos. Luego dejó de sonreír y volvió a cerrar los ojos.
—Perdonadme —dijo Kay—. ¿Podemos saber qué es lo que ocurre ahí?
El hombre no contestó ni abrió los ojos. Sólo volvió a señalar con el pulgar hacia adelante.
—Nos indica que continuemos —manifestó Kay.
—Ciertamente, se trata de una aventura —dijo Verruga, por su parte—. Me pregunto si el leñador mudo no habrá trepado al gran árbol contra el que estaba apoyado, para enviar un mensaje a este otro hombre, diciéndole que llegábamos. En realidad, parece como si estuviera esperándonos.
En esto el semidesnudo gigante abrió un ojo y miró a Verruga, con cierta sorpresa. Luego abrió el otro ojo, echóse a reír con todas sus ganas, sentóse en el suelo, acarició al perro, y tras recoger su arco se puso en pie.
—Está bien, pequeños caballeros —manifestó, sin dejar de reír—. Os acompañaré. Parece que las jóvenes cabezas son las más agudas, según dicen.
Kay le miró lleno de sorpresa.
—¿Quién sois? —preguntó.
—Naylor —dijo el gigante—. Juan Naylor era en el mundo, hasta que me convertí en un hombre del bosque. Desde entonces he sido Juan el Pequeño por algún tiempo, aunque la mayor parte de la gente coloca el apodo delante, y me llama el Pequeño Juan.
—Ah —exclamó Verruga, lleno de contento—. He oído hablar de vos y de Robín Hood, a menudo.
—No, Hood no —repuso el gigante, reprobadoramente—. No es esa la forma como le llamamos en el bosque.
—Pero Robín Hood es su nombre, en las historias —manifestó Kay.
—Estos chicos sabihondos, que no saben nada... Vamos, ya es hora de que nos marchemos.
Cada uno de los pequeños se colocó a un lado del gigantesco personaje, y casi tuvieron que avanzar corriendo para seguir su paso, pues aunque hablaba muy despacio, andaba velozmente con sus pies desnudos. El perro trotaba pegado a sus talones.
—Decidmos, por favor, ¿adonde vamos? —preguntó Verruga.
—A ver a Robín Hood, claro está. ¿No eres lo suficiente astuto como para adivinar eso, joven Art?
El gigante le miró de reojo al decir esto, pues sabía que había planteado a los muchachos dos problemas a la vez: primero, adi­vinar el verdadero nombre de Robín, y segundo, cómo podía cono­cer él el nombre de Verruga.
A éste le intrigó más la segunda cuestión.
—¿Cómo sabéis mi nombre? —inquirió.
—Ah —dijo el Pequeño Juan—, es bastante conocido.
—¿Sabe acaso Robín Hood que vamos a verle?
—Ya te he dicho que no se llama Hood. Un joven estudiante como tú debiera saber su nombre.
—Bueno, ¿cómo se llama entonces? —preguntó Verruga, deses­perado por el acertijo y por la caminata que estaban dando.
—El suyo es un nombre grande, muy hermoso. Se llama Robín Wood, es decir, Robín de los Bosques.
—¡Robín de los Bosques!
—En efecto. ¿De qué otra forma podía llamarse, puesto que él los gobierna? Los bosques son lugares de libertad y de gran be­lleza. Se puede dormir aquí en verano, en invierno y cazar en ellos sin morirse nunca de hambre. Se puede aspirar el aroma que exha­lan cuando comienzan a crecer las brillantes hojas verdes. Se puede avanzar sin ser visto, y moverse sin ser oído. Ah, son lugares esplén­didos, estos bosques, para los hombres libres de cuerpo y de co­razón.
—Pero yo creí —manifestó Kay— que todos los hombres de Robín de los Bosques vestían jubones y calzas de color verde.
—Eso es en invierno, cuando el frío nos hace abrigarnos. Enton­ces también nos ponemos perneras de cuero; pero en verano anda­mos más ligeros de ropas, sobre todo cuando estamos de guardia.
—¿Estabais de centinela, entonces?
—Así es, lo mismo que el viejo Much, al que encontrasteis junto al árbol caído.
—Y supongo que ese gran árbol al que nos acercamos ahora —exclamó Kay, triunfalmente—, será el baluarte de Robín de los Bosques.
En efecto, se estaban aproximando al soberano de la espesura.
El árbol era un enorme tilo, tan grande como el de Moor Park, en Hertfordshire, y que no mediría menos de un centenar de pies de altura y diecisiete de circunferencia, a una yarda del suelo. Su tronco, parecido al de la haya, estaba adornado con una profusión de ramitas por la parte inferior, y donde cada una de las grandes ramas había brotado del tronco, la corteza se había resquebrajado y aparecía ahora descolorida por el agua de la lluvia o por la efu­sión de la savia. Las abejas zumbaban entre sus brillantes y pega­josas hojas, cada vez más alto, hacia el cielo, y una escala de cuer­das desaparecía entre el follaje. Nadie hubiera podido trepar a aquel árbol de no ser con una escala de cuerda.
—Has pensado bien, joven Kay —dijo el Pequeño Juan—. Y allí tenéis al amo Robín, junto a las raíces del árbol.
Los dos chiquillos, que habían contemplado con interés a un vigía que se balanceaba sobre una rama, bajaron la vista y la cla­varon en el gran proscrito.
No era, como habían pensado, un personaje de aspecto román­tico —o al menos no lo parecía a primera vista—, aunque casi te­nía la misma estatura que el Pequeño Juan. Estos dos, desde luego, eran los únicos hombres del mundo que habían disparado una flecha a la distancia de una milla, con el arco largo de los ingleses. Robín de los Bosques era un nervudo personaje, carente del menor vestigio de grasa. No iba medio desnudo, como el Pequeño Juan, sino que vestía discretamente de verde pálido. A un costado lleva­ba un cuerno forrado de plata. Tenía el rostro afeitado y bronceado por el sol. Era nervioso como las raíces de los árboles, pero ma­durado por el sol, las lluvias y la experiencia, más que por la edad, ya que contaba escasamente treinta años. (Llegó a vivir ochenta y siete años, y atribuía su longevidad a aspirar el aroma de los pinos.) En ese momento se hallaba tendido de espaldas y estaba mirando hacia arriba, aunque no al cielo.
Robín de los Bosques yacía satisfecho con la cabeza en el rega­zo de Mariana. Esta se hallaba sentada entre las raíces del tilo, ataviada con un vestido de color verde, ajustado en la cintura por un cinturón. Llevaba los pies y los brazos al aire. Se había dejado suelta la brillante cascada de color castaño de su cabello, que habitualmente llevaba recogida formando trenzas, por serle más có­modo para la caza y la cocina, y aquellas ondas formaban un marco a su bello rostro. Estaba cantando suavemente a dúo con Robín, mientras le hacía cosquillas en la punta de la nariz con su fino pelo. Lady Mariana cantaba una estrofa y Robín la siguiente:
Bajo el árbol frondoso
Está el que ansia reposar conmigo,
A tono su alegre nota
Con el dulce trinar de las aves.
Ven aquí, ven aquí, ven aquí,
Aquí nunca verás
Enemigo alguno,
Más que el invierno y los elementos.
Ambos se echaron a reír con expresión feliz, y siguieron can­tando, cada uno una estrofa, alternativamente:
El que elude la ambición,
Y anhela descansar al sol,
Buscando el yantar que come,
Y complaciéndose con lo que logra.
Y al unísono agregaron:
Ven aquí, ven aquí, ven aquí,
Aquí nunca verás
Enemigo alguno
Más que el invierno y los elementos.
El cantar terminó entre risas. Robín, que había estado retor­ciendo entre sus bronceados dedos los sedosos bucles que caían sobre su rostro, les dio un tirón y se puso repentinamente en pie.
—Hola, Juan —dijo, al ver a los recién llegados.
—Hola, jefe —repuso el Pequeño Juan.
—De modo que has traído a los jóvenes caballeros, ¿no es así?
—Ellos me trajeron a mí, en realidad.
—Bienvenidos, de todos modos —declaró Robín—. Nunca oí hablar mal de sir Héctor, y no hay razón para que sus hijos no sean bien acogidos. ¿Cómo estáis, Kay y Verruga? Decidme, ¿de qué modo habéis conseguido llegar hasta mis dominios?
—Robín —interrumpió Mariana—, ¡no puedes aceptarlos!
—¿Por qué no, cariño?
—Son apenas unos niños.
Es justamente lo que necesitamos.
—Es algo inhumano.
Mariana parecía disgustada, y comenzó a peinarse el cabello. El proscrito pensó que sería mejor no discutir. Entonces se vol­vió hacia los chicos y les hizo una pregunta:
—¿Sabéis manejar el arco?
—Desde luego —repuso Verruga.
—Puedo intentarlo —dijo Kay, más reservado, mientras los demás se reían, ante la seguridad de Verruga.
—Mariana, entrégales uno de los arcos.
Ella tendió un arco y media docena de flechas de veintiocho pul­gadas de largo.
—Tira contra aquel papagayo —dijo Robín, al tiempo que en­tregaba todo a Verruga.
Miró el pequeño, y vio el blanco a un centenar de pasos más allá. Se dio cuenta de su necedad y declaró alegremente:
—Lo siento, Robín de los Bosques, pero me temo que es dema­siado lejos para mí.
—No te preocupes —dijo el proscrito—. Dispara contra el pa­pagayo. Ya te diré cómo sale el tiro.
Verruga tendió el arco y colocó la flecha tan rápido como fue capaz. Dispuso los pies en la misma dirección que deseaba dar a la flecha, cuadró los hombros, apuntó al blanco, alzó la punta de la flecha hasta formar un ángulo de unos veinte grados, y luego la lanzó. Erró el blanco, pero por muy poco.
—Ahora Kay —dijo Robín.
Hizo Kay los mismos preparativos, y obtuvo también un buen tiro. Los dos tendieron el arco del modo correcto, es decir, tirando de la cuerda, mientras que la mayoría de los que aprenden suelen empujar la cuerda hacia atrás con la extremidad posterior de la flecha; el arquero experimentado, en cambio, tira de la cuerda con dos o tres dedos, y deja que la flecha la siga. Ninguno de los dos apuntó hacia la izquierda, ni se dio en el antebrazo izquierdo con la cuerda —dos faltas corrientes de los inexpertos—, y ambos dis­pararon con decisión.
—Muy bien —dijo el proscrito—. Veo que no hay aquí tañe­dores de laúd.
—Robín —manifestó Mariana, ásperamente—.... No puedes llevar estos chicos al peligro. Envíalos a su casa, con el padre.
—No lo haré —repuso él—, a menos que ellos quieran irse. Depende de ellos tanto como de mí.
—¿De qué se trata? —preguntó Kay.
El proscrito dejó caer su arco y sentóse con las piernas cruzadas sobre el suelo, pidiendo a Lady Mariana que lo hiciese a su lado. Su rostro denotaba preocupación.
—Se trata de Morgana le Fay —manifestó Robín—; resulta difícil de explicar.
—Yo no trataría de hacerlo.
Robín se volvió hacia su compañera con aire irritado, y res­pondió:
—Mariana, o conseguimos su ayuda, o tenemos que dejar a los otros tres sin auxilio. No quiero pedir a los muchachos que vayan allí, pero o eso, o Tuck seguirá en poder de ella.
—Por favor, ¿podríamos saber quién es Morgana le Fay?
Los tres contestaron a la vez.
—Es una mala persona —dijo el Pequeño Juan.
—Es un hada —aseguró Robín.
—No es eso —manifestó Mariana—. Es una hechicera.
—El caso es —prosiguió diciendo Robín— que nadie sabe exactamente lo que es. En mi opinión se trata de un hada.
—¿Queréis decir —preguntó Kay— que es uno de esos seres que llevan una flor de campanilla por sombrero y que se pasan el tiempo sentados sobre las setas?
Oyóse una carcajada general.
—Desde luego que no. Esas criaturas no existen. La reina es un ser real, y de los peores que hay.
—Si los chicos tienen que tomar parte en el asunto, será mejor que se lo expliques desde el principio.
El proscrito aspiró profundamente, extendió las piernas y en su rostro apareció de nuevo el gesto de preocupación.
—Pues bien —dijo al fin—, debéis saber que Morgana es la reina de las hadas, o que al menos tiene ascendiente sobre ellas, y que esas hadas no son las criaturas amables de que os ha hablado vuestra niñera. Algunas gentes dicen que son los Más Antiguos, las gentes que vivían en Inglaterra ya antes de que los romanos llegasen aquí y antes también que nosotros, los sajones, y que decidieron habitar bajo tierra. Otros aseguran que tienen aspecto humano, se­mejantes a enanos, aunque hay quien afirma que son como las personas corrientes, y por último los hay que dan distintas descrip­ciones, según les dicta su fantasía. Sea como fuere, el caso es que poseen la sabiduría de los antiguos galeses. Saben cosas, ellas que viven en sus cuevas subterráneas, que los humanos hemos olvidado, y muchas de esas cosas no resultan gratas de contar.
—Habla bajo —susurró Lady Mariana, con un gesto extraño, y los niños advirtieron que el corrillo que formaban se había es­trechado notablemente.
—Lo más extraño —prosiguió diciendo Robín, en voz baja— de esas criaturas de las que os estoy hablando, y que si me discul­páis, no volveré a nombrar, es que no tienen corazón. No es que deseen hacer el mal, sino que si pudiéramos abrir a una de ellas, en su interior no hallaríamos corazón. Tienen la sangre fría como los peces, además.
—Se hallan por todas partes, incluso escuchan a la gente cuan­do está hablando.
Los muchachos miraron a su alrededor.
—Quedaos quietos —añadió Robín—. Debo deciros algo más. No trae buena suerte hablar de esos seres. Lo importante es que a mi entender Morgana es la reina de las... bien, de... las Buenas Gentes, y creo que a veces habita en un castillo situado al norte de nuestro bosque, y que se llama Castle Chariot. Mariana asegura que la reina no es un hada, sino sólo una nigromante que tiene amistad con aquellos seres. Hay gentes que afirman que Morgana es la hija del Earl de Cornwall. No importa. El caso es que esta mañana, por medio de sus encantamientos, los Más Antiguos se han apoderado de uno de mis hombres y de otro de los vuestros.
—¿No será Tuck? —exclamó el Pequeño Juan, que no sabía nada de los recientes sucesos por haber estado de centinela. Robín asintió y dijo:
—La noticia nos llegó de los árboles del norte, antes que tu mensaje acerca de estos muchachos.
—¡Cielos, pobre fraile!
—Cuéntales cómo ocurrió —dijo Mariana—. Pero tal vez debas explicarles antes lo de los nombres.
—Una de las pocas cosas que conocemos con certeza acerca de los Benditos, es que llevan nombres de animales. Por ejemplo, pue­den llamarse Vaca, o Cabra, o Cerdo, y demás. De modo que cuando llaméis a una de vuestras vacas, es menester que lo hagáis señalán­dola con el dedo, mientras tanto. De otro modo podéis atraeros un hada, una Personilla, diría yo, que tenga el mismo nombre, y una vez presente, podrá llevaros con ella.
—Lo que parece haber ocurrido —dijo Mariana, continuando la historia—, es que el perrero de vuestro castillo llevó los sabuesos hasta el borde del bosque, a pasear, y avistó al fraile Tuck, que estaba charlando con un anciano llamado Wat que vive por estos contornos...
—Perdón —exclamaron los dos chicos—, ¿es el viejo que vivía en nuestro poblado antes de que perdiera el juicio? Le arrancó la nariz de un mordisco al perrero, y ahora habita en el bosque. Es una especie de ogro, ¿verdad?
—Ese es, justamente —contestó Robín—, pero... pobre hom­bre, dista mucho de ser un ogro. Se alimenta de yerbas, raíces y bellotas, y no sería capaz de matar a una mosca. Me temo que os han contado una fábula.
—¡Imagínate, Wat alimentándose con bellotas! —dijo Ve­rruga.
—Lo que ocurrió —prosiguió diciendo Mariana, pacientemen­te— es que los tres se fueron a pasar juntos parte del día, y uno de los sabuesos (creo que el llamado Cavall) comenzó a saltar sobre el pobre Wat, al tiempo que le lamía el rostro. Esto asustó al viejo, y vuestro criado gritó: «¡Ven aquí, perro!», para que dejase de molestar a Wat. Pero no señaló con el dedo, al decir eso. Ya lo veis, debió haberlo hecho.
—¿Qué sucedió entonces?
—Ocurrió que uno de mis hombres, Scathelocke, o Scarlett, como le llaman en las baladas, estaba cortando leña un poco más allá, y asegura que los tres se desvanecieron, incluido el perro.
—¡Mi pobre Cavall!
—Entonces, las hadas se los llevaron —dijo Kay.
—Quieres decir el Pueblo Pacífico.
—Ah, lo siento.
—Pero lo importante es que si Morgana es verdaderamente la reina de esas criaturas, y si queremos liberar a los tres desapare­cidos antes de que los hechicen definitivamente —una de sus antiguas reinas, llamada Circe, solía convertir a los hombres cap­turados en cerdos— será necesario ir a buscarlos al castillo de Mor­gana.
—En tal caso, debemos ir allí.

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