PARA PODER LLEGAR A ENTENDER MUCHAS DE LAS COSAS QUE AHY AQUI, HAY QUE MIRARLAS CON LOS OJOS DEL "CORAZON".

.

.

..

.

lunes, mayo 30, 2011

Camelot Libro I La Espada en la Piedra 2ªparte


CAPITULO XI
obín sonrió al mayor de los chicos y le dio unas palmaditas en la espalda, mientras Verruga pen­saba acongojado en su perro. Entonces el pros­crito carraspeó levemente y prosiguió diciendo: —Tenéis razón al querer ir allí, pero debo decirlo todo. Nadie puede penetrar en Castle Chariot, de no ser un niño o una niña.
—¿Quiere eso decir que vos no podéis entrar?
—Sólo vosotros.
—Me parece —explicó Verruga, cuando hubo reflexionado un momento— que esto es algo parecido a lo que ocurre con los uni­cornios.
—Justamente. El unicornio es un animal mágico, y sólo una doncella puede capturarle. Las hadas son también seres mágicos, por lo que únicamente las criaturas inocentes pueden entrar en sus castillos. Por eso roban muchas veces a los pequeños de sus cunas.
Kay y Verruga permanecieron en silencio un momento. Luego Kay dijo:
—Bien, estoy dispuesto. Se trata de mi aventura, después de todo.
—También yo deseo ir —declaró Verruga—. Quiero mucho a Cavall.
Robín observó a Mariana y repuso:
—Perfectamente. No es necesario armar un gran alboroto con esto, pero será conveniente que tracemos un plan. Me parece un acto de valor que vayáis vosotros dos, aun sin saber lo que os puede suceder, pero no será tan malo como podría creerse.
—Iremos con vosotros —agregó Mariana—. Nuestra banda os acompañará hasta el castillo. Vosotros os encargaréis de concluir el asunto.
—Sí, y es probable que la banda se vea atacada, al llegar, por el Grifo de Morgana.
—¿Tiene un Grifo?
—Desde luego. Castle Chariot está guardado por uno muy fiero, que hace de perro guardián. Deberemos pasar sin que nos vea, o dará la alarma y no podréis entrar en el castillo. Sería algo tremendo.
—Habrá que esperar a que anochezca.
Los dos chicos pasaron la mañana gratamente, acostumbrándose a manejar los arcos que les regaló Lady Mariana. Robín insistió sobre ese punto, asegurando que nadie puede disparar bien con el arco de otra persona, del mismo modo que no se puede segar con la guadaña de otro. Al mediodía comieron empanada de venado con hidromiel, igual que los demás. Los proscritos aparecieron a la hora de la comida como por arte de magia. En un momento deter­minado no había nadie en el borde del claro, y un instante más tar­de una docena aparecía silenciosamente, hombres tostados por el sol y casi todos vestidos de verde, que se deslizaron entre las zar­zas o los árboles.
Al final eran aproximadamente un centenar, que comían y char­laban gozosos. No eran proscritos por haber cometido un crimen o delito similar, sino por ser sajones que se habían rebelado contra la conquista de Uther Pendragon, negándose a aceptar a un rey extranjero. Los bosques salvajes de Inglaterra estaban llenos de ellos. Eran como los soldados de la resistencia, en las ocupaciones de las últimas guerras.
Los proscritos colocaban por lo general un centinela para recibir los mensajes que les llegaban por encima de las copas de los árbo­les, y solían dormir por la tarde, ya que buena parte de su caza debían hacerla cuando la mayoría de la gente estaba durmiendo, y también porque los animales salvajes suelen echar una siesta por las tardes, por lo que ellos aprovechaban para hacer lo mismo. Esa tarde, sin embargo, Robín llamó a los chicos para celebrar un con­sejo con ellos.
—Es mejor que os enteréis de lo que vamos a hacer —manifes­tó—. Mi banda, de un centenar de hombres, os acompañará hasta el castillo de la reina Morgana, dividiéndose en varios grupos. Vos­otros dos iréis en el grupo de Mariana. Cuando lleguemos a una encina que fue desgajada por un rayo el año de la gran tormenta, nos hallaremos a una milla de la guarida del Grifo. Podemos reu­nimos todos allí; a partir de entonces tendremos que avanzar como sombras. Es necesario que dejemos atrás al Grifo sin que dé la alarma. Si lo hacemos así, y todo va bien, nos detendremos a unas cuatrocientas yardas del castillo. Nosotros no podemos acercarnos más, debido al hierro de la cabeza de nuestras flechas. Desde ese momento continuaréis vosotros solos.
»Y ahora, Kay y Verruga, voy a explicaros lo del hierro. Si nuestros amigos han sido realmente capturados por... por el Buen Pueblo, y si la hada Morgana es realmente la reina de esos seres, en tal caso tenemos una ventaja a nuestro favor. Ninguno de los que componen el Buen Pueblo puede soportar la proximidad del hierro. La razón de ello es que los Más Antiguos se originaron en los días del pedernal, antes de que el hierro hubiera sido creado, y todas sus dificultades se debieron al nuevo metal. Las gentes que los conquistaron tenían espadas de acero (que es mejor aún que el hierro), y de este modo lograron empujar a los Más Antiguos a sus refugios subterráneos.
»Ese es también el motivo de que debamos mantenernos aleja­dos esta noche: no debemos hacerles sentirse incómodos. Pero vos­otros dos, con una navaja cerrada y oculta en un puño, estaréis a salvo de la reina, mientras no dejéis caer el objeto. Un par de navajitas no se notarán, mientras no las enseñéis. Lo único que tenéis que hacer es avanzar el último trecho aferrando bien las navajas, entrar en el castillo y abriros camino hasta la celda donde deben de hallarse los prisioneros. En cuanto éstos se vean protegi­dos por vuestro metal, podrán salir con vosotros. ¿Lo habéis com­prendido, Kay y Verruga?
—Sí, lo hemos entendido perfectamente —repusieron los dos muchachos.
—Hay una cosa más. Si lo más importante es que guardéis bien vuestras navajas, no es menos necesario que no comáis. Todo aquel que come dentro de una fortaleza como ésa, debe permanecer allí para siempre, de modo que, por todos los cielos, no comáis absolu­tamente nada dentro del castillo, por muy tentador que os parezca. ¿Lo recordaréis?
—Lo tendremos en cuenta.
Después de esta conferencia, Robín se alejó para dar las órde­nes a sus hombres. Les dirigió un largo discurso, habiéndoles del Grifo y de lo que los chicos tenían que hacer.
Cuando Robín hubo terminado la alocución, que fue escuchada por su gente en completo silencio, ocurrió una cosa singular: el proscrito comenzó el discurso de nuevo, y lo repitió palabra por palabra. Al terminarlo por segunda vez, manifestó:
—Ahora, capitanes.
Y el centenar de hombres se dividió en grupos de veinte, que se encaminaron a diferentes partes del claro, agrupados en torno a Mariana, el Pequeño Juan, Much, Scarlett y Robín. Desde cada uno de los grupos se alzó un fuerte murmullo que se elevó hasta el cielo.
—¿Qué demonios están haciendo? —inquirió Kay.
—Escucha —dijo Verruga.
Estaban repitiendo el discurso, palabra por palabra. Segura­mente ninguno de ellos sabía leer y escribir, pero habían aprendido a escuchar y a recordar. Esa era la forma en que Robín se ponía en contacto con los batidores nocturnos, haciéndoles repetir de memo­ria lo que debían hacer.
Cuando los hombres hubieron repetido las instrucciones, se procedió a la distribución de las flechas de guerra, a razón de una docena por cada proscrito. Estas flechas tenían la cabeza más gran­de, estaban afiladas como hojas de navaja, y poseían numerosas guías de plumas. Se realizó una inspección de arcos, y dos o tres hombres tuvieron que cambiar las cuerdas. Después de esto se hizo un profundo silencio.
—¡Ahora! —exclamó Robín alegremente.
Agitó un brazo, sus hombres, sonrientes, alzaron los arcos a modo de saludo. Luego siguió un leve rumor, algún crujido, el chasquear de alguna inclinada rama, y el claro del gigantesco tilo quedó tan vacío como lo estuviera antes de los días del primer hombre.
La marcha fue larga. Los claros artificiales que conducían al tilo desde los cuatro puntos, en forma de cruz, terminaron al cabo de media hora de camino. Después los proscritos tuvieron que avanzar por la selva virgen lo mejor que pudieron. Habría resultado más fácil si hubiesen podido abrirse paso cortando la maleza, pero se veían obligados a moverse en silencio. Mariana enseñó a los chicos a desplazarse desde un lugar a otro, a detenerse inmediata­mente, en cuanto una zarza les apresaba, y a librarse con rapidez. También les indicó cómo podían reconocer de un solo vistazo el lugar que tenía mejor acceso, y la forma de caminar llevando una especie de compás, que les facilitaba los movimientos a pesar de los obstáculos. Aunque había un centenar de hombres rodeándoles y dirigiéndose hacia el mismo sitio, Verruga y Kay no escuchaban más ruidos que los que ellos mismos hacían.
Los muchachos sintiéronse un poco disgustados al ver que habían sido puestos bajo el mando de una mujer. Hubiesen preferi­do ir con Robín, y pensaron que ir con Mariana era como ser confiados a una institutriz. Pero no tardaron en advertir su error. Ella se había opuesto a que los niños tomaran parte en la misión, pero una vez decidida, los aceptó como compañeros. Y no era fácil acompañar a Mariana. En primer lugar, resultaba imposible man­tenerse a tono con su marcha, pues era capaz de moverse a cua­tro manos e incluso de reptar como una serpiente, haciéndolo casi tan rápido como cuando andaba. Por otra parte, era un soldado aguerrido, lo cual no era el caso de los dos chicos.
Mariana era un luchador completo, si se exceptúa su largo cabello —que la mayor parte de los proscritos solían llevar muy corto—. Uno de los consejos que les dio antes de emprender la marcha, era éste: «Apuntad alto cuando arrojéis la flecha en el combate, en vez de hacerlo bajo. Una flecha baja da siempre en el suelo, mientras que la alta puede matar a un enemigo en las filas de atrás.»
«Si es que tengo que casarme algún día —pensó Verruga, que tenía sus dudas al respecto—, lo haré con una chica como ésta, una especie de rubia feroz.»
Pero además, y aunque los muchachos no lo sabían, Mariana era capaz de ulular como un búho, soplando en el puño cerrado; podía silbar ensordecedoramente entre la lengua y los dientes colo­cando los dedos en las comisuras de la boca; era capaz de atraer a toda clase de pájaros imitando sus cantos —también entendía mucho de su lenguaje, como cuando se comunican la presencia de un halcón—; podía acertar al papagayo dos veces de cada tres que lo hacía Robín, y hasta tenía fuerza para volcar una carreta. Pero ninguna de esas hazañas era necesaria, por el momento.
El crepúsculo se presentó con abundante neblina —era la pri­mera niebla otoñal, y en la creciente penumbra las dispersas familias de búhos y lechuzas comenzaron a llamarse entre sí, los más jóvenes con un agudo «kiivik», y los viejos con el más apropiado «juuruu», «juuruu»—. Al tiempo que las zarzas y obstáculos iban haciéndose más difíciles de ver, resultaba más fácil orientarse. Sí, era extraño, pero en medio del profundo silencio, Verruga notó que se le hacía más fácil avanzar, y no al revés, como había creído. Al quedar reducido al tacto y al oído, advirtió que esos sentidos le ayudaban más, y así avanzó con rapidez y en silencio.
Eran ya cerca de las nueve de la noche, y habían recorrido al menos siete millas por lo más intrincado del bosque, cuando Mariana tocó a Kay en la espalda y señaló hacia una azulina oscuridad. Ahora podían ver en tinieblas mucho mejor de lo que podían hacerlo las gentes de la ciudad; allí, delante de ellos, descubrieron la carcomida encina. Sin decir una sola palabra, como pensando al unísono, decidieron congregarse todos allí. Los que habían llegado anteriormente apenas si fueron capaces de oír a los que se aproxi­maban.
Pero un hombre inmóvil tiene varias ventajas sobre el que se halla en movimiento, y cuando alcanzaron las proximidades de la raíz del viejo árbol, unas manos amistosas les golpearon la espalda y les guiaron hasta sus sitios. Las raíces de la encina estaban cubier­tas de proscritos que se sentaban encima. Eran como los miembros de una bandada de estorninos o de cornejas. En el silencio de la noche un centenar de hombres respiraban en torno a Verruga, como la corriente de nuestra propia sangre, que alcanzamos a oír cuando estamos escribiendo o leyendo a altas horas de la noche.
Por fin Verruga advirtió que unos grillos emitían sus agudas notas, a veces tan altas que resultaban casi inaudibles, como el grito del murciélago. Entonces el chico notó que Mariana lanzaba tres chirridos idénticos por ella, por Verruga y por Kay. Cada uno de los proscritos hizo otro tanto, oyéndose un centenar de chirridos. Todos los proscritos se hallaban presentes, y era hora de avanzar.
Escuchóse un rumor, como si el viento hubiese agitado las últi­mas hojas de la vieja encina, que contaba novecientos años. Luego una lechuza ululó suavemente, chilló un ratón de campo, golpeteó en el suelo un conejo, un zorro ladró agudamente, y un murciélago chirrió por encima de sus cabezas. Las hojas crujieron una vez más, y por fin Lady Mariana, que había imitado el golpetear del conejo, se vio rodeada por su banda de veintidós personas.
Verruga notó que los hombres que estaban a ambos lados de él le cogían por las manos, para formar todos un círculo, y advirtió que el canto de los grillos había comenzado de nuevo. Iba reco­rriendo el círculo hacia él, y cuando resonó la más próxima nota, el hombre de la derecha le apretó la mano. Verruga chirrió, e inme­diatamente lo hizo el hombre de la izquierda. Había veintidós grillos preparados, cuando Mariana decidió comenzar la última marcha, en medio del silencio.
Aquella marcha pudo ser una pesadilla, pero a Verruga le pareció un milagro. De pronto se notó henchido con la exaltación de la noche, y sintióse como sin cuerpo, silencioso, transportado. Se creía capaz de acercarse a un conejo comiendo, y de cogerle de las orejas, antes de que el animal se diera cuenta de su presencia. Notaba como si pudiera correr entre las piernas de los hombres que iban a su lado, o quitarles las brillantes dagas, mientras avan­zaban, sin que ellos lo advirtieran. El silencio de la noche era como un vino que caldeaba su sangre. Realmente era muy pequeño y joven, y ello le permitía desplazarse tan sigilosamente como los demás guerreros. Su edad y su peso compensaban la sabiduría del bosque que tenían aquellos hombres.
Era una marcha fácil, si no se tenía en cuenta el peligro que corrían. La maleza comenzó a clarear, ya que raramente crece en los terrenos pantanosos, y ello les permitió caminar tres veces más rápido. Iban como en un sueño, guiados a veces por el ulular de una lechuza o el chillido de un murciélago. Algunos avanzaban con temor, otros llenos de espíritu vengativo por los compañeros desaparecidos, otros, casi ajenos a toda sensación.
Llevaban andando veinte minutos, cuando Lady Mariana se detuvo y señaló hacia la izquierda.
Ninguno de los dos chicos había leído el libro de sir John Mandeville, de modo que no sabían que un Grifo es ocho veces más corpulento que un león. Ahora, al mirar hacia la izquierda, en medio del silencioso fulgor de la noche, vieron recortarse contra el firmamento y contra las estrellas algo cuya existencia nunca hubieran creído posible. Era un joven Grifo macho que echaba sus primeras plumas.
La parte anterior del animal, incluyendo las patas delanteras y el lomo, eran los de un enorme halcón. El pico persa, las amplias alas en las que la primera pluma primaria era la más larga, así como las poderosas garras, eran las de aquella ave; pero, como había observado Mandeville, era de un tamaño ocho veces mayor que el de un león. A partir del lomo se producía un cambio. De haber sido un halcón corriente, o un águila, se habría contentado con las doce plumas de la cola, pero Falco leonis serpentis presen­taba un cuerpo leonino y patas traseras como las de la bestia afri­cana, el cual concluía en una serpiente por la cola. Los chicos lo vieron, con sus veinticuatro pies de altura, bajo la misteriosa luz de la luna, y con la soñolienta cabeza reclinada sobre el pecho, de modo que el maligno pico reposaba sobre las plumas del pecho. Un auténtico Grifo era más asombroso de ver que un centenar de cón­dores. Los dos muchachos retuvieron el aliento mientras se desliza­ban sigilosamente, procurando sepultar la aterradora imagen en un rincón de su recuerdo.
Por fin se encontraron cerca del castillo, y llegó el momento en que los proscritos tuvieron que detenerse. El capitán oprimió con sigilo las manos de Kay y Verruga, y los dos avanzaron por entre la maleza, que era cada vez menos densa, hacia el tenue ful­gor que brillaba más allá de los árboles.
No tardaron en hallarse ante un extenso claro, más bien una llanura. Lo que vieron entonces les hizo quedar inmóviles de sor­presa. Se trataba de un castillo hecho totalmente de comida, excep­tuando lo que coronaba la torre más alta, que era un buitre con una flecha en el pico.
Los Más Antiguos eran unos glotones. Tal vez ello se debiera a que rara vez tenían bastante que comer. Aún hoy puede leerse un poema escrito por uno de ellos, poema que recibe el nombre de Visión de Mac Conglinne. En esta poesía se describen las clases de comida de que estaba hecho el castillo. La parte escrita en inglés del poema dice así:

Un lago de leche fresca admiro
En el centro de una hermosa llanura.
Descubro una mansión bien emplazada
Techada con mantequilla.

Hay dos suaves columnas de caramelo,
Su capitel es de nata cuajada,
Lecho de un glorioso tocino
Y de finas tajadas de queso prensado.

Entre las dulces columnas
Había hombres de requesón,
Hombres que no hirieron al gaélico
Pues con flechas de manteca iban armados.

Un gran caldero lleno de carne
(Pienso si podré hacerme con él),
Hervida, jugosa, sonrosada,
Y una jarra rebosante de leche

Casa de tocino de cuarenta costillas,
Un cazo de callos —sostén de los clanes—
Y todo manjar grato a los hombres,
Estaban según creo allí reunidos.

De menudos de cerdo estaban hechas
Sus hermosas vigas;
Columnas y pilares eran todos,
De maravilloso puerco.

Los dos muchachos quedaron inmóviles, asombrados, maravi­llados y ante semejante fortaleza, que se alzaba en medio de un lago de leche con un brillo místico y propio, un fulgor graso y mantecoso. Ese era el aspecto de Castle Chariot, que los Más Anti­guos pensaron que sería tentador para los niños. Y realmente la fortaleza era una invitación para ciertos paladares.
El lugar olía como una tienda de comestibles, una carnicería, una mantequería y una pastelería, todo a la vez. Pero a Verruga y a Kay el olor les resultaba insoportable, repugnante —era dulzón, pegajoso y penetrante—, de modo que no sentían el menor deseo de comer nada. La verdadera tentación para ellos, era más bien la de salir corriendo de allí.
Sin embargo, ya estaban obsesionados por la idea de su deber, y debían llevar a cabo el rescate.
Avanzaron por el hediondo puente levadizo —de mantequilla, con pelos de vaca aún adheridos a ella— hundiéndose hasta los tobillos. Se estremecieron a la vista de los callos y los menudos de cerdo. Entonces apuntaron con sus navajas de hierro hacia los sol­dados, que eran de queso cremoso, blando y dulce, y éstos se re­tiraron.
Por fin llegaron a una cámara interior, donde Morgana le Fay yacía tendida sobre su glorioso lecho de manteca de cerdo.
Morgana era una mujer gruesa y desaliñada, de edad madura, pelo moreno y con un poco de bozo. Pero ella, al menos, estaba hecha de carne humana. Cuando vio las navajas mantuvo los ojos cerrados, como si se hallase en trance. Tal vez, cuando estuviera fuera de aquel extraño castillo, y no hiciera conjuros para estimular el apetito ajeno, fuera capaz de asumir una figura más agradable.
Los prisioneros se hallaban sujetos a unos pilares de maravi­llosas chuletas de puerco.
—Sentimos molestaros —dijo Kay—, pero hemos venido a rescatar a nuestros amigos.
La reina Morgana se estremeció.
—¿Queréis decir a vuestros súbditos de queso que los pongan en libertad? —agregó Kay.
Ella no quería hacerlo, evidentemente.
—Esto es cosa de magia —dijo Verruga—. ¿Crees que debemos acercarnos a ella y besarla, o algo así de horroroso?
—Quizá bastará con que la toquemos un poco con las navajas.
—Hazlo, tú.
—No, tú.
—Lo haremos los dos.
Así pues, los dos chicos se dieron la mano y se acercaron a la reina. Esta comenzó a retorcerse sobre su lecho de manteca de cerdo como si fuera una babosa. El metal le producía angustias de muerte.
Por último, y en el momento en que llegaban junto a ella, oyóse un profundo retumbar y la sobrenatural apariencia del Castillo Chariot se vino abajo, quedando sólo cinco personas y el perro en el claro del bosque, que aún olía un poco a leche rancia.
—¡Dios sea loado! —dijo el fraile Tuck—. Pensé que ya estábamos sentenciados.
—¡Mis amos! —dijo el perrero.
Cavall se contentó con ladrar alegremente, mordiéndoles los pies a los muchachos, echándose de espaldas, tratando de menear la cola en aquella incómoda posición, y en general comportándose como un idiota. El viejo Wat sólo se tocó el flequillo.
—Bueno —dijo Kay—, ésta ha sido mi aventura, y debemos volver a casa rápidamente.
CAPITULO XII
ero si bien Morgana le Fay no podía soportar la presencia del hierro, aún tenía a su disposición al Grifo, al cual había liberado de su ca­dena de oro, por medio de un encantamiento, cuando el castillo desapareció.
Los proscritos se mostraron complacidos con aquel éxito, y obraron con menos precauciones de las que debían haber tenido. Decidieron dar un breve rodeo por el lugar donde habían visto atado al monstruo, y a tal fin iniciaron la marcha entre los oscuros árboles, sin pensar remotamente en el peligro que corrían.
Oyóse un ruido similar al de un silbato de tren que comienza a tocar, y en respuesta a él, Robín de los Bosques hizo sonar su cuerno de plata.
«Tuun, ton, tontavon, tantontavon, tontantontavon», hizo el cuerno. «Muut, truut, tururú, trutururú. Trut, tut. Tran, tran, tran, tran», contestaron en seguida.
Mientras Robín procedía a interpretar su música de caza, los emboscados arqueros se desplegaron en círculo. El Grifo cargó entonces. Los hombres adelantaron el pie izquierdo, todos al mismo tiempo, y lanzaron tal cantidad de flechas que parecía una nevada. Verruga vio que el monstruo vacilaba sobre sus patas traseras, con una flecha de una yarda sobresaliendo entre las paletillas. El chico vio su propia flecha salir volando bien alto, y con ansiedad extrajo otra de su cinturón. Observó las filas de sus compañeros arqueros moverse como bajo una señal establecida, y detenerse luego para colocar una segunda flecha. Oyó el vibrar de las cuerdas de los arcos, de nuevo, y el susurro de las plumas al cortar el aire. Luego la falange de flechas surgió como un parpadeo de plata a la luz de la luna. Verruga, que hasta entonces había oído solamente el percutir en los blancos de paja, que hacían «futt», ahora ansiaba escuchar el ruido que los limpios y mortíferos proyectiles causaban al dar en la carne.
Pero la piel del Grifo parecía ser tan dura como la de un coco­drilo, y aun las mejores flechas cayeron al suelo, sin lograr su objetivo. El Grifo inició un nuevo ataque, barriendo a los hombres a derecha e izquierda con el azotar de su cola.
Verruga colocó una flecha más en su arco. Todo parecía des­arrollarse con gran lentitud.
Vio el enorme y oscuro cuerpo acercándose bajo el fulgor de la luna. Sintió la garra que le dio en le pecho. Se vio haciendo mo­vimientos desesperados, al notar el enorme peso sobre su cuerpo. Observó entonces el rostro de Kay, lleno de excitación, en algún lugar que no supo precisar, y el de Lady Mariana, con la boca abierta, lanzando un grito. Antes de hundirse en la oscuridad, Verruga tuvo la sensación de que le estaba gritando a él.
Le retiraron de debajo del Grifo muerto, que tenía clavada en un ojo la flecha de Kay. El monstruo había fenecido en el instante de dar el salto.
Entonces se sucedieron unos momentos durante los cuales Verruga sintióse enfermo. Robín le preparó una hamaca con co­rreas y con su jubón, y después toda la banda echóse a dormir, muertos de cansancio, en torno al muchacho. Ya era demasiado tarde para regresar al castillo de sir Héctor e incluso al campa­mento de los proscritos, al pie del gran árbol. Los peligros de la expedición habían concluido, y lo único que esa noche les quedaba por hacer, era preparar unas hogueras, colocar una discreta guardia y echarse a dormir donde estaban.
Verruga no durmió mucho. Optó por sentarse contra el tronco del árbol, observando a los rojizos centinelas que paseaban junto a la fogata, escuchando sus calladas contraseñas y pensando en las aventuras del día. Una y otra vez repasaba los acontecimientos, sin orden alguno. Luego vio saltar al Grifo, oyó el grito de Mariana «¡Buen disparo!», le pareció escuchar el zumbido de las abejas mezclado con el de los grillos, y vio disparar centenares de flecha­zos que iban a dar en papagayos que se convertían en Grifos. Kay y el liberado perrero dormían al lado de Verruga, con ese aspecto ajeno e incomprensible que tienen los que duermen, mientras que Cavall, tendido al otro lado, le lamía de vez en cuando las tibias mejillas. El alba llegó despacio, tan lenta y pausadamente que resultaba imposible determinar en verdad cuándo había amaneci­do como suele ocurrir en los meses de verano.
—Bien —dijo Robín, cuando todos se hubieron despertado, y después de tomar el desayuno consistente en pan y venado frío, que habían llevado con ellos—, será conveniente que os marchéis cuanto antes; de otro modo, puede que sir Héctor envíe una expedición contra mí, para haceros regresar. Gracias por vuestra ayuda. ¿Puedo ofreceros algo, como recompensa?
—Ha sido una aventura maravillosa —repuso Kay—. ¿Podría llevarme conmigo el Grifo?
—Creo que te será muy difícil arrastrarlo. ¿Por qué no prue­bas a llevarte sólo la cabeza?
—Con eso bastará —manifestó Kay—. No creo que nadie se oponga a que me la lleve. Era mi Grifo.
—¿Qué pensáis hacer con el viejo Wat? —preguntó a continua­ción Verruga.
—Depende de lo que él diga. Quizá desee seguir corriendo en libertad y comiendo bellotas, como solía hacer, o tal vez prefiera unirse a nuestra banda, en cuyo caso le aceptaremos con gusto. Huyó de vuestro poblado, de modo que no creo que le guste volver allí. ¿Qué piensas tú?
—Si vais a hacerme un regalo —dijo Verruga—, me gustaría que fuera el viejo Wat. ¿Creéis que eso estaría bien?
—A decir verdad —contestó Robín—, no creo que sea correc­to. No me parece acertado entregar personas como regalos. Quizá esas personas no se muestren conformes. Así es como pensamos nosotros, los sajones. Y dime, ¿qué harías con él?
—No pienso retenerle, ni nada por el estilo. Lo que ocurre es que tenemos un preceptor que es mago, y pensé que tal vez él pu­diera devolverle el juicio.
—Eso está bien. Eres un buen chico —declaró Robín— y pue­des llevártelo. Perdona que me hubiera equivocado. Pero al menos le preguntaremos si quiere ir con vosotros.
Cuando alguien fue a buscar a Wat, Robín dijo a Verruga:
—Será mejor que le hables tú mismo.
Trajeron al pobre anciano, sonriente, desconcertado, tímido y muy sucio, y Robín agregó:
—Adelante.
Verruga no sabía muy bien cómo empezar, y manifestó:
—Digo yo, Wat, ¿te gustaría venir a mi casa por un tiempo?
—Aananana Barrabaabáá —dijo Wat, acariciándose el flequillo, sonriendo, inclinándose suavemente y agitando los brazos en dis­tintas direcciones.
—¿Quieres venir conmigo?
—Banabana Banabana.
—¿A comer, eh?
—¡Rrr! —aseguró el pobre hombre, afirmativamente, y sus ojos relucieron llenos de contento, ante la perspectiva de poder comer algo.
—Hacia allí —dijo Verruga, señalando en la dirección que por el sol sabía que era la del castillo de su tutor—. Ven conmigo, a comer. Yo te llevo.
—Amo —dijo Wat de pronto, recordando una palabra, la que dijera siempre a las buenas gentes que le ofrecían alimento. Se ha­bía decidido, al fin.
—Ha sido una hermosa aventura —declaró Robín—, y lamento que os marchéis. Espero volver a veros.
—Volved cuando queráis —añadió Mariana—; cuando estéis aburridos. No tenéis más que seguir los claros. Y tú, Verruga, ten cuidado por unos días con tu clavícula.
—Enviaré algunos hombres para que os acompañen hasta el fin del bosque —dijo Robín—. Luego ya os será fácil continuar el ca­mino. Espero que el perrero podrá llevar sin grandes dificultades la cabeza del Grifo.
—Adiós —dijo Kay.
—Adiós —respondió Robín.
—Adiós —dijo Verruga.
—Adiós —contestó Mariana, sonriendo.
—Adiós, adiós —exclamaron todos los proscritos, agitando sus arcos en el aire.
Entonces Kay, Verruga, el perrero, Wat y Cavall, acompañados de su escolta, emprendieron el largo camino de regreso.
La acogida fue apoteósica. La llegada de los sabuesos solos el día anterior, sin el perrero ni Cavall, así como la falta de Kay y Verruga, que se observó al anochecer, tuvo en vilo durante todo ese tiempo a la servidumbre del castillo. La niñera sufrió un ataque de nervios, Hob permaneció media noche buscando por la entrada del bosque, los cocineros quemaron la comida, y el sargento de ar­mas limpió dos veces todas las armaduras, y afiló las espadas y las hoces por si se producía una invasión. Por último, a alguien se le ocurrió consultar con Merlín, al que encontraron echando su ter­cera siesta. El mago, para lograr un poco de paz y de tranquilidad, había contado a sir Héctor justamente lo que los muchachos estaban haciendo, dónde se hallaban y cuándo iban a volver. Pronosticó el regreso con exactitud matemática.
Así pues, cuando el pequeño grupo de guerreros novicios llegó a la vista del puente levadizo, recibieron la cariñosa acogida de toda la servidumbre. Sir Héctor se hallaba en el centro del puente con un grueso bastón en la mano con el que se proponía apalearles por haberle causado tanta zozobra. La niñera insistió en empuñar una bandera que solía izarse cuando sir Héctor regresaba de sus vacaciones, cuando era mozo, y que decía «Bienvenido a casa». Hob se había olvidado de sus queridos halcones y se hallaba de pie, a un lado, cubriéndose los ojos con una mano, a modo de visera, para ver mejor. Los cocineros y demás personal de la cocina aporreaban peroles y cazos, mientras cantaban «Volverás al hogar», o una tonada parecida, aunque lo hacían muy desafinados. El gato de la cocina maullaba desaforadamente. Los sabuesos habían escapado de la perrera, porque no tenían a nadie que les cuidara, y se dispu­sieron a dar caza al gato. El sargento de armas sacaba tanto el pecho, por la satisfacción que sentía, que daba la impresión de ir a estallar de un momento a otro. Había ordenado a todo el mundo que dieran los vítores cuando contase hasta tres.
—¡Una, dos y tres! —exclamó el sargento.
—¡Vivaaa! —gritaron todos, obedientemente, incluyendo a sir Héctor.
—Mirad lo que traigo —manifestó Kay—. He dado muerte a un Grifo y Verruga viene herido.
—¡Guau-guau! —ladraron los sabuesos, que se precipitaron so­bre el perrero lamiéndole el rostro, arañándole el pecho y olfateán­dole por todas partes para ver dónde había estado, al tiempo que miraban esperanzados la cabeza del Grifo, que el chico de los perros mantenía en alto para que éstos no se la comiesen.
—¡Bendita sea mi alma! —exclamó sir Héctor.
—¡Cielos, mi pobre gorrioncillo! —gritó la niñera, dejando caer la bandera que empuñaba—. ¡Mirad cómo trae el brazo en cabes­trillo! ¡Dios nos asista!
—Me encuentro bien —repuso Verruga—. No me apretéis así. Me estáis haciendo daño.
—Que me aspen si ese viejo no es nuestro Wat —dijo Hob—, el mismo que se volvió loco y salió huyendo.
—Mis queridos, mis queridísimos pequeños —manifestó sir Héctor—. No sabéis cuánto me alegra volver a veros.
—Bueno —dijo la institutriz—, ¿en qué ha quedado la zurra que pensabais darles, eh?
—¡Ejem! —carraspeó sir Héctor—. ¿Cómo habéis osado mar­charos de casa, causándonos semejante inquietud?
—Es un Grifo de verdad —insistió Kay, sabiendo que no tenía nada que temer—. Maté varias docenas como éste. Verruga se rompió una clavícula, y logramos rescatar al perrero y a Wat.
—Eso fue posible porque enseñamos a los jóvenes amos a usar bien el arco —terció el sargento de armas, lleno de orgullo.
Sir Héctor besó afectuosamente a los dos chicos, y ordenó que el Grifo fuera exhibido delante de ellos.
—¡Qué monstruo! —dijo al fin el anciano—. Lo disecaremos y lo colocaremos en el comedor. ¿Cuánto decís que mide?
—Dieciocho pulgadas de oreja a oreja. Robín asegura que pue­de ser una nueva marca.
—Haremos que conste en las crónicas.
—Es un buen ejemplar, ¿verdad? —dijo Kay, con estudiada calma.
—Lo haremos disecar por sir Rowland Ward —prosiguió sir Héctor, lleno de contento—, con la inscripción «El primer Grifo de Kay», escrito en negro sobre una placa de marfil, y la fecha.
—No aturdáis a los muchachos —manifestó la niñera—. Ahora, amo Art, pichón mío, os iréis a la cama al momento. Y vos, sir Héctor, deberíais avergonzaros de seguir hablando de cabezas di­secadas de monstruos, cuando los pobres niños han estado al borde de la muerte. A ver, sargento, deje de jadearme sobre el cuello, y vaya a caballo hasta Cardoyle, en busca del cirujano.
Agitó la mujer el delantal hacia el sargento, el cual dejó que se le hundiera el pecho y se retiró como una gallina mojada.
—Os digo que me encuentro perfectamente —aseguró Verru­ga—. Es sólo una clavícula rota, y Robín me la arregló anoche. No me duele nada.
—Dejad en paz a los chicos, niñera —ordenó sir Héctor, po­niéndose de parte de los hombres, en contra de las mujeres, y deseando hacer patente su superioridad después del asunto de la zurra—. Merlín se ocupará de eso, si es necesario. A propósito, ¿quién es Robín?
—¡Robín de los Bosques! —exclamaron al unísono los dos chi­quillos.
—Nunca oí hablar de él.
—Soléis llamarle Robín Hood —explicó Kay, con tono de su­perioridad—, pero en realidad es Robín de los Bosques, pues los bosques son su elemento.
—Vaya, vaya, vaya, de modo que habéis estado comiendo con ese personaje... Pero vamos a desayunar, y entonces me lo conta­réis todo.
—Ya hemos desayunado —repuso Verruga—, y hace varias horas. ¿Puedo llevar a Wat conmigo, para que lo vea Merlín?
—Ah, parece que es el anciano que se volvió loco y huyó al bosque, ¿Dónde le habéis hallado?
—El Buen Pueblo le capturó junto con el perrero y con Cavall —contestó Verruga.
—Pero acabamos con el Grifo —añadió Kay—. Yo lo maté.
—Y ahora quiero ir a ver a Merlín, para que devuelva el juicio a Wat —dijo Verruga.
—Amo Art —terció severamente la niñera, que permanecía sin hablar después de la firme respuesta de sir Héctor—, vuestra habi­tación y vuestro lecho son el lugar donde debéis estar, y en segui­da. No en vano he servido a la familia durante cincuenta años, y sé bien cuál es mi obligación. Vamos, ¡pensar en curar a un chifla­do, cuando el brazo casi se os cae al suelo...!
Y volviéndose irritada hacia sir Héctor, la niñera añadió:
—Sí, vieja cabeza de chorlito, mejor haréis manteniendo a ese mago alejado de los pobres niños, hasta que hayan descansado de­bidamente. Un botín de monstruos y de lunáticos —agregó la vie­ja, destempladamente—. Nunca oí nada semejante.
Y mientras llevaba a su indefenso cautivo hacia la cama, éste gritó sobre el hombro, con voz que se alejaba cada vez más:
—¡Por favor, decir a Merlín que cuide de Wat!
Verruga despertóse en su lecho, sintiéndose mejor. La enérgica anciana que le cuidaba había corrido las cortinas, y la estancia se hallaba en una grata y fresca penumbra. Por un rayo de sol que se filtraba entre el cortinaje, el pequeño pudo deducir que era pasada ya la tarde. En realidad se sentía ahora tan bien que se le hacía difí­cil quedarse en el lecho. Con un movimiento violento trató de echar hacia atrás las sábanas, pero un fuerte dolor en el hombro, que había olvidado mientras dormía, le detuvo en seco. Luego con­tinuó con más cuidado y se deslizó fuera de la cama, introdujo los pies en unas chancletas y se las arregló para colocarse encima una bata. A continuación se encaminó hacia la torre donde vivía Merlín, y ascendió por la escalera de caracol.
Cuando llegó a la estancia, Verruga advirtió que Kay seguía recibiendo la educación de primera clase a que se refiriera sir Héc­tor. Le estaban dictando, ya que cuando Verruga abrió la puerta oyó que Merlín pronunciaba con tono mesurado una famosa sen­tencia medieval:
Barabara Celarent Darii Ferioque Prioris.
Un momento —repuso Kay—, la pluma se me ha atascado—. Te la vas a ganar —agregó después, cuando vio entrar a Verru­ga—. Todos te creen en la cama, con gangrena o algo así.
—Merlín —dijo Verruga—. ¿Qué habéis hecho con Wat?
El anciano, evidentemente, estaba contento con la forma en que se desenvolvía su discípulo Kay, pues dijo gozoso:
—Adelante, jovencito. ¿Qué me has preguntado?
—Bien lo sabéis —repuso Verruga—. ¿Qué hicisteis con el viejo desnarigado?
—Ya está curado —declaró Kay.
—Bueno, podría decirse que lo está, y también que no lo está —declaró Merlín—. Claro que cuando se ha vivido tanto tiempo en el mundo como yo, y además al revés, uno llega a aprender algo de patología. Me temo que las maravillas de la psicología analítica y de la cirugía plástica sean como un libro cerrado para esta gene­ración.
—¿Qué le habéis hecho?
—Bah, sólo le he psicoanalizado —contestó con displicencia el mago—. Además de eso, a los dos desnarigados les he puesto una nueva nariz.
—¿Qué clase de nariz? —preguntó Verruga,
—Es curioso, pero querían por nariz el pico del Grifo, pero yo no se lo dejé —dijo Kay—. Entonces pidieron la nariz de los lechones que tenemos para la cena, y así se hizo. Yo creo que ahora van a gruñir, en vez de hablar.
—Una operación engorrosa —aseguró Merlín—, pero se ha vis­to coronada por el éxito.
—Bueno —contestó Verruga, con tono de duda—, espero que haya salido bien. ¿Qué han hecho después?
Se fueron a las perreras. El viejo Wat está muy pesaroso por lo que hizo al chico de los sabuesos, pero asegura que no recuerda bien de qué modo llegó a hacerlo. Dice que de pronto todo se le volvió negro, cuando le empezaron a tirar piedras, y que no puede recordar nada más. El muchacho de los perros le ha perdonado, y asegura que no le importa la pérdida. Van a trabajar juntos en las perreras, de ahora en adelante, sin pensar en el pasado. El chico de los sabuesos afirma que el viejo fue muy bueno con él mientras estuvieron presos de la reina Morgana. Se lamenta de haber lanzado piedras contra él, en primer lugar.
—Bueno —afirmó Verruga—, me alegro de que todo haya salido bien. ¿Creéis que debo ir a visitarlos?
—No, por Dios; no hagáis nada que pueda irritar a vuestra niñera —repuso Merlín, mirando angustiado a su alrededor—; esa vieja me dio con una escoba cuando fui a verte esta tarde, y me rompió las gafas. ¿No podrías esperar hasta mañana?
Al día siguiente, Wat y el perrero eran los mejores amigos del mundo. Su experiencia en común, al ser apedreados por los demás, y al ser atados a las columnas de menudos de cerdo del hada Morgana, había creado entre ellos un estrecho vínculo, y ambos deci­dieron seguir durmiendo para siempre entre los canes. También al llegar la mañana siguiente se quitaron las narices que les había puesto Merlín, aclarando que se habían acostumbrado a estar sin nariz, y que preferían vivir con los perros.
CAPITULO XIII
pesar de sus protestas, el desdichado paciente fue recluido bajo llave en su habitación duran­te tres interminables días. Se hallaba siempre solo menos a la hora de dormir, en que llegaba Kay. En cuanto a Merlín, se veía obligado a darle sus enseñanzas a través del agujero de la cerradura, en el momento en que sabía que la enérgica niñera esta­ba ocupada lavando la ropa.
La única distracción del chiquillo era observar los nidos de hormiga, que habitualmente tenía Merlín en su cabaña, entre dos placas de vidrio, y que se había traído con él al castillo.
—¿No podríais transformarme en algo, mientras estoy encerra­do aquí dentro? —inquirió Verruga desde el otro lado de la puer­ta, con tono compungido.
—Los conjuros no son válidos a través del ojo de una cerradura.
—¿Cómo decís?
—¡Que no valen de esta forma!
—Ah.
—¿Sigues ahí?
—Sí.
—¿Qué?
—¿Cómo?
—Se arma uno un lío, hablando así —exclamó el mago, mien­tras lanzaba al suelo su capirote—. ¡Cástor y Pólux, llevadme a...! No, otra vez no. Mi pobre presión arterial...
—¿No podéis convertirme en una hormiga?
—¿En una qué?
—¡En una hormiga! Supongo que habrá conjuros pequeños para las hormigas, que podrán hacerse a través del ojo de la cerra­dura, ¿no es cierto?
—No creo que debiéramos hacerlo.
—¿Por qué?
—Resulta peligroso.
—En todo caso podríais volverme a mi estado actual, si sale mal la cosa. Pero por favor, transformadme en algo, o voy a perder el juicio.
—Ten en cuenta que las hormigas no son normandas, como nosotros, querido niño. Vienen de las playas africanas, y son beli­gerantes.
—No sé lo que es un beligerante.
Al otro lado de la puerta hubo un denso silencio.
—Bueno —dijo al fin Merlín—, es pronto para explicártelo, pero algún día lo sabrás. Veamos, ahora. ¿Hay dos nidos de hormi­gas ahí dentro?
—Sí, y dos láminas de vidrio.
—Colócalas en el suelo, entre los nidos, a modo de puente. ¿Lo has hecho ya?
—Sí.

El lugar donde Verruga se hallaba parecía un gran roquedal lleno de peñas, con una fortaleza chata a un extremo del mismo, entre las placas de vidrio. El fortín tenía unas entradas en la roca, y sobre la entrada de cada túnel se veía un letrero en el que podía leerse:

Todo lo que no está prohibido es obligatorio.

Verruga leyó la advertencia con disgusto, si bien no compren­día lo que quería decir. Entonces pensó: «Voy a explorar un poco los alrededores, antes de penetrar ahí». Había algo que no le anima­ba a entrar, tal vez el aspecto siniestro del túnel.
Movió Verruga sus antenas con todo cuidado, estudiando el letrero, cobrando seguridad con sus nuevos sentidos, plantando sus Patas en aquel mundo de insectos como si fuera a quedarse en él. Se atusó las antenas con las patitas delanteras, del mismo modo que podía hacerlo un villano con sus mostachos. Bostezó ampliamente —pues las hormigas también bostezan, y hasta se estiran, como los seres humanos—, y de pronto le llamó la atención cierto ruido. No sabía a ciencia cierta si era precisamente un rumor, un olor u otra sensación. En realidad podía decirse que se trataba de una emisión inalámbrica de radio. Le llegaba por medio de las antenas.
Era una especie de música de ritmo monótono, como una pul­sación, y las palabras que sugerían eran algo así como luna-duna-tuna, y gato-pato-rato. Se dio cuenta de que las palabras no varia­ban, y que cuando se habían interrumpido un momento, empeza­ban de nuevo. Después de una hora o dos, las palabrejas comen­zaron a enfermarle.
Durante las pausas de aquella tonada, sentía una voz en el interior de la cabeza, que parecía estar dándole órdenes.
—Los individuos de dos días deberán trasladarse al pasillo del Oeste —decían las consignas, por ejemplo—. El número 210397-WD debe presentarse al destacamento de la sopa, reemplazando al 42436-WD, que se ha caído del nido.
Era una voz agradable, aunque un tanto impersonal, como si su tono fuera algo practicado, una especie de faena circense.
El chico, o tal vez debiéramos decir la hormiga, se alejó del fortín en cuanto se vio en condiciones de poder andar. Comenzó a explorar el desierto roquedal notando una sensación incómoda, sin querer dirigirse al lugar de donde le llegaban las órdenes, a pesar de que el panorama que estaba viendo le aburría. Halló algu­nos pequeños senderos entre las peñas, caminillos que no parecían tener dirección ni objeto, que no sólo llevaban al almacén de gra­nos, sino a otros muchos lugares que él no llegaba a adivinar. Uno de aquellos senderos terminaba en un terrón con un orificio a un lado. Junto al orificio —de nuevo con la extraña sensación de finalidad indefinida— había dos hormigas muertas. Estaban colo­cadas cuidadosa pero absurdamente, como si un ser minucioso las hubiese llevado hasta allí y luego hubiese olvidado el motivo que había tenido para hacerlo. Los dos insectos aparecían enrollados sobre sí mismos, y no daba la impresión de que lamentaran su estado. Eran igual que dos sillas, que dos objetos.
Mientras Verruga estaba mirando los dos cuerpos sin vida, llegó otra hormiga conduciendo un tercer cadáver.
—¡Ave, Barbaras! —le dijo la recién llegada.
El muchacho contestó Ave, cortésmente.
En cierto aspecto, Verruga era afortunado. Merlín le inculcó el olor de su propio nido, pues de haber ido a olfatear uno que no le correspondiera, le habrían dado muerte inmediatamente.
La hormiga colocó el cadáver distraídamente, y comenzó a arrastrar los otros en diferentes direcciones. No parecía saber dónde tenía que colocarlos. O más bien pudiera decirse que sabía en qué lugar ponerlos, pero no lo recordaba y por eso se armaba un lío. Era como si a un hombre que tiene una taza de té en una mano y un bocadillo en la otra, se le ocurriese encender un cigarrillo. Pero si bien el hombre terminaría por dejar la taza y el bocadillo, antes de encender el cigarrillo, esta hormiga habría dejado el fósforo y agarrado el cigarro, luego dejaría éste para recoger el bocadillo, después hubiese dejado la taza por el cigarro, y por fin habría dejado el bocadillo por el fósforo. El que lograse su objetivo sólo era una cuestión accidental. El insecto tenía mucha paciencia, aun­que no pensaba. Cuando hubiera puesto las tres hormigas muertas en diferentes posiciones, tal vez llegase a colocarlas en línea con el nido, lo cual era su propósito.
Verruga observó las maniobras con una sorpresa que iba trans­formándose en desagrado y al fin en irritación. Sintió ganas de preguntar a su congénere por qué no pensaba las cosas antes de hacerlas, es decir el mismo sentimiento que experimentan ciertas personas cuando ven hacer mal un trabajo. Luego tuvo deseos de hacerle algunas preguntas, como: «¿Eres un sepulturero?», o bien, «¿Eres un esclavo?», o incluso, «¿Te sientes feliz?»
Pero lo extraordinario del caso es que no podía hacer esas pre­guntas. Para poder hacerlo habría tenido que traducir su razona­miento a un lenguaje de hormigas por medio de sus antenas, y ahora descubría, lleno de desesperación, que no encontraba ciertas palabras para lo que quería decir. No era capaz de expresar lo que significaban la felicidad, la libertad, el afecto. Sentíase como un mudo tratando de gritar «¡Fuego!».
La hormiga terminó de manipular con los cadáveres y se diri­gió hacia el sendero, dejando aquéllos en total desorden. Notó que Verruga se hallaba en su camino, por lo que se detuvo, moviendo las antenas hacia él como si fuera un tanque. Con su mudo y ame­nazador rostro parecido a un yelmo y la especie de espuelas que tenía en las articulaciones de las patas delanteras, parecía un ca­ballero andante montado sobre un caballo armado, o una combina­ción de ambos, es decir, un centauro con armadura.
—¡Ave, Barbarus! —dijo de nuevo la hormiga.
—¡Ave!
—¿Qué haces ahí?
—No hago nada —repuso Verruga, sinceramente.
El otro insecto se quedó desconcertado por un momento, lo mismo que el lector se quedaría si Einstein le estuviera explicando las últimas novedades sobre el cosmos. Luego extendió las doce articulaciones de sus antenas, y habló al éter más allá de Verruga.
—Atención —dijo—; 105978-UDC informando desde la zona cinco. Hay un individuo loco en este sector. Corto.
La palabra que realmente empleó para decir «loco», fue No Hecho. Más tarde descubrió Verruga que sólo había dos califica­tivos en el idioma de las hormigas, Hecho y No Hecho, que se aplicaban a todas las cosas. Si las semillas que encontraban los recolectores eran dulces, eran semillas Hechas. Si alguien las había impregnado con sublimado corrosivo, eran semillas No Hechas. Eso era todo.
La emisión cesó por un momento, y luego la voz respondió:
—Cuartel General contestando a 105978-UDC. ¿Cuál es el nú­mero del individuo loco?
—¿Cuál es tu número? —preguntó la hormiga a Verruga.
—No tengo la menor idea —repuso éste.
Cuando tal noticia fue transmitida al cuartel general, llegó un mensaje preguntando si podía aclarar la causa de aquel hecho. La hormiga se lo dijo, empleando las mismas palabras que la voz de la emisora, y casi el mismo tono. Esto hizo sentirse incómodo e irritado a Verruga, dos cosas que le disgustaban mucho.
—En efecto —repuso Verruga sarcásticamente, pues era evi­dente que las hormigas no entendían de sarcasmos—, me caí de cabeza, y no puedo acordarme de nada.
—Aquí 105978-UDC informando. No Hecho ha sufrido una amnesia al caerse del nido. Corto.
—Cuartel General contestando a 105978-UDC, El número del No Hecho es el 42436-WD. Es el individuo que se cayó del nido esta mañana, cuando trabajaba con la escuadra del mosto. Si está en condiciones de continuar con su tarea...
Decir «estar en condiciones de continuar con su tarea», era muy sencillo en el lenguaje de las hormigas, se decía simplemente con la palabra Hecho, como todo aquello que no era No Hecho. Pero basta ya de disquisiciones lingüísticas. La emisora central pro­siguió diciendo:
—Si está en condiciones de continuar con su tarea, ordene a 42436-WD que se una a la escuadra del mosto, reemplazando al número 210021-WD, que fue enviado para sustituirle. Corto.
La hormiga repitió el mensaje.
Parecía no haber mejor explicación que la de haberse caído de cabeza, aunque a las hormigas raramente les ocurre eso. Estas per­tenecían a una especie llamada Messor barbarus.
Está bien —repuso la hormiga a la central.
Luego, sin prestar más atención a Verruga, el sepulturero se fue en busca de otra hormiga o de cualquier cosa que tuviera que ser enterrada.
Verruga avanzó en dirección contraria, a fin de reunirse con la escuadra del mosto. Repitió varias veces su número, para apren­dérselo de memoria, así como el del individuo al que tenía que relevar.
La escuadra del mosto se hallaba en una de las cámaras exterio­res de la fortaleza, formando una especie de círculo de adoradores. Verruga entró en el círculo y anunció que el 210021-WD debía regresar al nido principal. Luego comenzó a llenarse con el suave mosto, lo mismo que las demás hormigas. Esto lo hacían raspando las semillas que otros individuos habían recolectado, y masticán­dolas hasta que se formaba una especie de pasta o sopa, que des­pués tragaban.
Al principio la operación resultó deliciosa para Verruga, que comió ávidamente, pero al cabo de unos minutos el trabajo le satisfizo menos, sin saber bien por qué. Masticó y tragó con pre­mura, imitando al resto de la escuadra, pero habiendo perdido el gusto por aquello, era como darse un banquete de nada, como una pesadilla en la que tuviera que consumir grandes cantidades de masilla, sin poder detenerse nunca.
Había un constante ir y venir en torno al montón de semillas. Las hormigas que estaban de mosto hasta rebosar, se dirigían hacia la fortaleza interior, y eran sustituidas por una procesión de hor­migas vacías que llegaban desde el mismo punto. Nunca había una hormiga nueva en aquel desfile, sólo el mismo grupo que iba de una parte a otra, como lo seguirían haciendo durante el resto de sus vidas.
De pronto Verruga se dio cuenta de que lo que comía no lle­gaba a su estómago. Una pequeña porción de alimento fue asimi­lada por él al comienzo, pero ahora la masa principal quedaba almacenada en una especie de estómago superior o buche, del cual podría ser devuelta al exterior. Se dijo que cuando se uniese a la procesión que iba hacia el oeste, tendría que vomitar lo almacenado en una especie de despensa, o algo así.
En la escuadra del mosto sus integrantes conversaban entre sí mientras trabajaban. Verruga pensó al principio que aquello era buena señal, y escuchó para enterarse de lo que decían.
—¡Vaya! —dijo uno de los individuos—. Aquí viene una de esas melodías de luna-tuna-duna. Es de las que más me gustan; algo magnífico.
Otra observación:
—Oye, ¿no te parece que nuestro amado Jefe es maravilloso, eh? Dicen que le picaron trescientas veces en la última guerra, y que le concedieron la Cruz al Valor de las Hormigas.
—Qué suerte hemos tenido al nacer en el nido A, ¿no crees? Sería horrible ser una de esas espantosas Bes.
—¡Qué tremendo lo que hizo la 310099-WD! Se explica que la hayan ejecutado inmediatamente, por orden especial de nuestro bienamado Jefe.
—De nuevo esa agradable tonada de luna-tuna-duna. Me parece que...
Verruga se alejó hacia el nido henchido de mosto. Por su parte, no tenía escándalo ni chisme alguno que contar. En realidad lo que relataban las hormigas era como una especie de fórmula, y lo de la ejecución, por ejemplo, sólo variaba en el número del delincuente.
El muchacho se encontró en el vestíbulo de la fortaleza, donde millares de hormigas se alimentaban en los criaderos mientras otras llevaban los gorgojos a diversos compartimientos para que allí tu­viesen una temperatura uniforme, lo que conseguían abriendo o cerrando unos pasadizos de ventilación.
En el centro de todo ello la Caudilla estaba sentada felizmente, poniendo huevos, atendiendo a las emisiones de radio, dando direc­trices y ordenando ejecuciones, al tiempo que le rodeaba un mar de adulación. (Más tarde se enteró Verruga que el método de suce­sión entre estas Caudillas variaba de acuerdo con las diferentes clases de hormigas. En las Bothriomyrmex, por ejemplo, la ambi­ciosa fundadora de un Nuevo Orden podía invadir un nido de Tapinomas, colocándose sobre las espaldas de la antigua tirana. Allí, enmascarándose en el olor de su anfitriona, la primera hormi­ga iría cortándole poco a poco la cabeza a la segunda, hasta que llegase a reemplazarla del todo, haciéndose con el mando.)
Descubrió Verruga que no había almacén para depositar el mosto. Cuando alguien quería comer, le detenían, le abrían la boca y se alimentaban de su interior. No le trataban en modo alguno como un ser racional, y las mismas hormigas se mostraban imperso­nales en su trato. El era un camarero mudo que alimentaba a clientes igualmente mudos. Ni siquiera su estómago le pertenecía.
Pero no necesitamos entrar en muchos detalles acerca de las hormigas, que nunca resultan un tema agradable. Bastará decir que el chiquillo siguió viviendo entre ellas, adaptándose a sus costum­bres, observándolas a fin de comprender cuanto fuera posible, pero sin hacer nunca preguntas. No sólo ocurría que el lenguaje de las hormigas no poseía los vocablos por los que se interesan los seres humanos —le habría resultado imposible preguntarles si creían en la Vida, la Libertad o la Felicidad—, sino que resultaba hasta peli­groso hacer cualquier pregunta. Esto era casi una señal de locura, entre las hormigas. En la vida de ellas no se admitían preguntas, todo venía dictado. Verruga siguió reptando desde el nido a las semillas, y desde ellas al nido, afirmó que la tonada de tuna-luna-duna era preciosa, regurgitó mosto cuando se lo pedían, y trató de comprender lo que veía a su alrededor.

Algo después, esa misma tarde, una hormiga exploradora cruzó sobre el puente que Merlín había ordenado a Verruga que hiciera. Era una hormiga de la misma especie, pero procedía de otro nido. Fue detenida por una de las hormigas sepultureras, que le dio muerte en el acto.
La emisión cambió después de haberse radiado esta noticia, o más bien desde el momento en que unos espías descubrieron que en el otro nido había una buena provisión de semillas.
La tonada de luna-tuna-duna fue sustituida por varias marchas militares, y la serie de órdenes se veían interrumpidas por conferen­cias sobre la guerra, el patriotismo y la coyuntura económica. La agradable voz aseguraba que la querida patria estaba siendo ase­diada por una horda de asquerosas hormigas de otro nido, y el coro inalámbrico cantó:

Cuando la sangre ajena surge del cuchillo,
Todo marcha perfectamente.

También se informaba que el Padre Hormiga había ordenado sabiamente que las necias de Otronido debían ser siempre esclavas de las de Estenido. La querida patria sólo tenía un fin, en ese mo­mento: remediar un desgraciado estado de cosas, si no quería pere­cer toda la raza. Otro motivo era que la propiedad nacional de Estenido se veía amenazada. Las fronteras iban a ser violadas, los animales domésticos —los gorgojos—, serían raptados, y en el mejor de los casos todos padecerían hambre. Verruga escuchó dos de aquellas emisiones, con toda atención, a fin de poder recordarlas más adelante.
La primera decía así:

A. Somos tan numerosas que nos estamos muriendo de ham­bre.
B. Por lo tanto, debemos fomentar las familias numerosas, a fin de que crezca
nuestro número y las defunciones por hambre.
C. Cuando el hambre sea bien evidente, a causa de nuestro crecimiento,
lógicamente tendremos derecho a apoderarnos de las semillas de otros pueblos. Además, para entonces dispondremos de un ejército más numeroso y hambriento.

Este lógico razonamiento se puso en práctica, y los dos nidos se prepararon para la contienda —pues debe admitirse que una na­ción nunca está lo suficientemente muerta de hambre como para que no pueda procurarse más armamentos que el enemigo—. En­tonces comenzó la segunda clase de emisiones aleccionadoras.
Esto es lo que se decía en esta ocasión:

A. Somos más numerosas que ellas, por tanto, tenemos de­recho a
apoderarnos de su mosto.
B. Ellas son más numerosas que nosotros; por lo cual están haciendo
desesperados intentos para robarnos nuestro mosto.
C. Somos una raza superior, y nos asiste el derecho natural de sojuzgar a
los enclenques.
D. Ellas son de una raza superior, y están tratando de domi­narnos a
nosotras, pobres indefensas.
E. Por consiguiente, debemos atacarlas, en defensa propia.
F. Si no las atacamos hoy nosotras, ellas nos atacarán mañana.
G. En todo caso, no es un ataque lo que hacemos, sino que les
proporcionamos incalculables beneficios.

Después de esta segunda emisión, comenzaron los servicios religiosos. Estos databan, según descubrió Verruga más tarde, de un pasado tan fabulosamente antiguo que difícilmente podía esta­blecerse la fecha, de un pasado en el que las hormigas aún no habían implantado el comunismo. Los servicios provenían de una época en la que las hormigas todavía eran como las personas. Resul­taban unas ceremonias realmente imponentes.

Un hecho extraordinario era que las hormigas corrientes no se mostraban impresionadas por las marchas ni por los discursos beli­cosos. Se limitaban a aceptarlos como algo natural. Eran una espe­cie de ritos para ellas, como las tonadas de Luna, etc., o las conversaciones acerca de su Bienamado jefe. No consideraban buenos o malos estos asuntos, ni los tenían por emocionantes o tremendos. No se les ocurría juzgarlos, sino que los aceptaban como un hecho.

Llegó al fin el momento de la guerra. Todo estaba preparado y los soldados se hallaban perfectamente adiestrados. Por las paredes del nido aparecían pintados numerosos letreros de propaganda. A todo esto, Verruga se hallaba desesperado. La continua repetición de voces en su cabeza, que no podía acallar; la falta de intimidad, que llegaba al extremo de que las demás hormigas comieran en su boca, mientras otras le cantaban en el cerebro; la existencia de sólo dos valores; la atroz monotonía, todo ello comenzó a anular en él la alegría de vivir que caracterizaba a su niñez.
Los terribles ejércitos se encontraban a punto de comenzar la batalla, para disputar los imaginarios límites sobre las placas de vidrio, cuando Merlín acudió en auxilio de Verruga. Por medio de su magia logró llevar al precoz estudioso de las costumbres de los animales de vuelta a su lecho, y el chiquillo sintióse sumamente contento al verse de nuevo allí.
CAPITULO XIV
urante los días de otoño todo el mundo se pre­paraba para el próximo invierno. Por las noches se desempolvaban los candiles y lámparas, y por el día se llevaba las vacas a pacer a los altos rastrojos que habían quedado después de la siega. Los cerdos eran conducidos hasta las cercanías del bosque, donde los chicos golpeaban las encinas para que cayeran las bellotas. Todos efectuaban una labor determinada. Desde el granero llegaba el monótono golpear de los desgranadores; en los campos de siembra los lentos y enormes arados de madera surcaban la tierra donde se plantaría trigo y centeno, mientras que los sembradores se desplazaban con movimientos rítmicos, con los delantales recogidos al cuello, avanzando el brazo derecho contra el pie izquierdo, y viceversa. Los grupos de forrajeros llegaban con sus carretas atestadas de helechos, mientras otros cortaban leña para las chimeneas del castillo. El bosque se estremecía con el sonido de las hachas y de los carros.
Todos se sentían felices. Los sajones eran esclavos de sus amos normandos, si quiere verse el asunto de este modo, pero si se desea verlo desde otro aspecto, eran los mismos labradores que hoy cobran unos pocos chelines a la semana por su trabajo. En cualquier caso, ni el villano ni el labrador padecían hambre, cuando tenían un amo como sir Héctor. Nunca resultó beneficioso para un ganadero dejar que sus vacas pasaran hambre, por lo que tampoco era conveniente que los esclavos la padeciesen. Lo cierto es que si, aun en la actua­lidad, el trabajador de la tierra acepta un pago tan exiguo por su trabajo, ello es debido a que no tiene que entregar su alma en el trato —como suelen hacerlo los que trabajan en la ciudad—. Des­de tiempo inmemorial, en el campo se ha gozado siempre la misma libertad espiritual. Los villanos eran trabajadores que vivían en la choza de una sola habitación con su familia, unas pocas gallinas, una piara de puercos, o bien con una vaca. Todo ello muy insano, pero les gustaba vivir así. Eran gentes saludables, que respiraban un aire libre de las impurezas de las fábricas, y lo que era más importante, se hallaban interesados de corazón en la faena que realizaban. Se daban cuenta de que sir Héctor estaba orgulloso de ellos y de que les apreciaba aún más que al ganado; y como el anciano amo quería a su ganado por encima de todo, con excepción de sus hijos, pensaban que la suerte no les trataba tan mal. El viejo caballero trabajaba junto a sus siervos, se preocupaba de su bienes­tar y sabía distinguir al buen trabajador del malo. Era un granjero de pies a cabeza, y aunque pareciese estar empleando mano de obra a tantos chelines por semana, entregaba bastante más al propor­cionar gratis la cabaña, y al regalar en muchas ocasiones leche, huevos y pan casero.
En otras zonas de Gramarye, evidentemente, había amos des­póticos y malvados, tiranos feudales a los que el rey Arturo estaba destinado a castigar. Pero el mal se hallaba en las gentes que abusa­ban, no en el propio sistema feudal.
Sir Héctor se encontraba en ese momento dedicado a sus activi­dades con una energía inusitada, pero parecía estar nervioso. Así, cuando una anciana que se hallaba haciendo de espantapájaros en uno de los sembrados de trigo, movió los brazos al pasar él, salu­dándole con voz aguda, el caballero dio un salto en el aire de un par de pies.
—¡Maldición! —dijo sir Héctor, con voz indignada y alejándose un poco extrajo con mucho misterio una carta de su bolsillo y la leyó una vez más.
El señor del Castillo del Bosque Salvaje era algo más que un granjero: era un jefe militar que estaba dispuesto para organizar y dirigir la defensa de sus propiedades contra el ataque de los facine­rosos. También era un caballero que a veces dedicaba un día en­tero a intervenir en alguna justa, cuando tenía tiempo disponible. Y por si fuera poco, era un cazador consumado, que utilizaba su Propia jauría de sabuesos. Hebe, Colle, Gerland, Chico, León, Bungey, Toby, Diamante, Cavall y otros perros, no eran cachorros fal­deros, sino que durante dos días a la semana se dedicaban a cazar Para su amo.
El contenido de la carta, traducido del latín, era el siguiente:

«El Rey a Sir Héctor, etc.:
Os enviamos a William Twyti, nuestro cazador mayor y a sus acompañantes, para que cacen en el Bosque Salvaje con nuestros sabuesos de jabalíes (canibus nostris porquericis), a fin de que capturen dos o tres de estos animales. Deberéis hacer que los jabalíes que caen sean convenientemente sala­dos y mantenidos en buena condición, y en cuanto a la piel, la blanquearéis como William os diga y con lo que él os entregue. Os ordenamos que mantengáis debidamente a mis hombres durante el tiempo que permanezcan con vos, y las costas, etc., serán cargadas, etc.
Firmado en la Torre de Londres, el 20 de noviembre del duodécimo año de nuestro Reinado.
uther pendragon.»
12 Uther.

Ahora el bosque pertenecía al rey, el cual estaba en todo su de­recho al enviar sus sabuesos a cazar en él. Mantenía gran número de bocas hambrientas —entre cortesanos y soldados—, por lo que resultaba natural que quisiera capturar y salar cuantos jabalíes, venados, corzos y otros animales fuese posible.
Sí, estaba en su derecho, pero eso no era obstáculo para que sir Héctor considerase el bosque como su bosque, y le disgustara la invasión de los reales sabuesos. ¡Como si los de él no lo hicieran mejor! El rey sólo hubiera tenido que enviar a por un par de ja­balíes, y sir Héctor se los habría proporcionado con mucho gusto. Temía que la tranquilidad de su castillo se viera turbada por un grupo de disolutos cortesanos reales —nunca se sabía de lo que eran capaces esos tipos de la ciudad—, y que el cazador mayor, el tal Twyti, se riera en sus narices de su humilde instalación de caza, molestase a los criados, y tal vez intentara entremeterse en los asun­tos de la perrera del castillo. En realidad, sir Héctor era un tímido. Además, había otro problema. ¿Dónde demonios iba a meter a los reales sabuesos? ¿Tendría él, sir Héctor, que echar sus propios canes a la calle, para que se alojasen los del soberano en las pe­rreras?
—¡Ira de Dios! —exclamó el desdichado amo. Aquello era casi tan malo como pagar los diezmos.
Sir Héctor se introdujo la maldita carta en un bolsillo y salió con iracundas zancadas del sembrado. Los siervos, al verle marchar de aquel modo, comentaron alegremente:
Nuestro amo no está hoy de muy buen humor, según parece.
Era un maldito acto de tiranía, ni más ni menos. Sucedía todos los años, pero no por eso dejaba de ser un abuso. Sir Héctor había resuelto siempre el problema de las perreras del mismo modo, y a pesar de ello sentíase preocupado. Además, tendría que invitar a sus vecinos, procurando parecer lo más digno e impresionante que pudiera, ante los ojos del Cazador Mayor del rey. Ello significaba que debía enviar cartas de invitación a sir Grummore y a otros vecinos. Además, no le sobraba el tiempo. El rey había escrito pron­to, por lo que evidentemente tenía intenciones de enviar a aquel individuo a comienzos de la misma temporada. Esta empezaba el 25 de diciembre. Posiblemente el cazador en cuestión querría que se celebrase una de esas sesiones de caza con mucho boato y pocos resultados, en el que centenares de peones iban vociferando para acorralar al jabalí, mientras pisoteaban los sembrados y asustaban la otra caza. Por otra parte, en las Navidades siempre se empleaban los perros que iban a utilizarse durante el verano siguiente en la caza real. Eso significaba que Twyti llevaría una colección de cachorrillos que no harían más que molestar a todo el mundo.
—¡Maldición! —masculló sir Héctor, y pisoteó un grueso terrón.
El anciano permaneció mirando con gesto sombrío a sus dos muchachos, que recogían las últimas hojas que quedaban en el prado. No habían ido allí con tal intención, y aún en aquellos leja­nos días, no estaban al corriente de que cada hoja que recogían significaba un mes feliz al año siguiente. Pero como el viento del oeste hacía danzar los dorados restos por el campo, las dificultades de la captura les hacía entretenida la tarea. El mero hecho de atra­par las hojas, al tiempo que gritaban y reían mirando hacia arriba, persiguiendo sus presas que parecían vivas por la astucia con que les equivocaban, hacía sentir felices a los dos chicos, que correteaban como pequeños faunos en el ocaso del año. El hombro de Verruga se hallaba bien de nuevo.
El único que podía enseñar buenos lugares de caza al enviado del rey, pensó sir Héctor, era Robín Hood, o Robín de los Bosques, como parecían llamarle ahora. Sea como fuere, Robín era el que mejor sabía dónde podía hallarse un hermoso animal, aun cuando añora no fuese la estación más apropiada para la caza.
Pero resultaba difícil pedir a una persona que cazara unos cuan­tos animales para uno, sin invitarle luego a la fiesta. Y si asistía, ¿qué pensarían el Cazador Mayor y sus acompañantes, al verse con un proscrito como compañero de banquete? Y no es que Robín de los Bosques fuera una mala persona; por el contrario, era un excelente vecino, que incluso había informado a sir Héctor cuando una expedición enemiga se acercaba por el bosque, y que jamás había molestado al caballero en sus dominios. ¿Qué importancia tenía si cazaba de vez en cuando algunos venados? Había cuatro­cientas millas cuadradas de bosques, y eran suficientes para todos. Cada uno a lo suyo, era el lema de sir Héctor.
Otro asunto era la persecución de la pieza. Muy fácil se pre­sentaba esto para los cazadores en bosques casi artificiales, como el de Windsor, donde el rey solía cazar. Pero el Bosque Salvaje era algo muy diferente. Cabía suponer que los famosos sabuesos de Su Majestad salieran persiguiendo algún unicornio, o bestia semejante. Todo el mundo sabía que no era posible capturar un unicornio si no se disponía de una doncella como cebo (en cuyo caso el unicor­nio terminaba por colocar mansamente su blanca cabeza, coronada por un cuerno de madreperla, en el regazo de la muchacha). Si emprendían tal persecución, los sabuesos podían correr por el bos­que durante leguas y más leguas sin dar caza jamás al animal, hasta que se perdiesen en la espesura. ¿Qué diría entonces sir Héctor a su soberano? Y no sólo era el unicornio; estaba también la Bestia Bramadora, de la que se hablaba tanto, y que tenía cabeza de serpiente, cuerpo de leopardo, ancas de león, pezuñas de corzo, y que aullaba como treinta pares de sabuesos. Los canes reales lo pasarían bastante mal, si se enfrentaban con semejante bestia. Pero, además, ¿qué pensaría el rey Pelinor, si William Twyti conse­guía dar muerte a su animal? Y todo eso sin contar los dragoncillos que habitaban debajo de las piedras y que silbaban como marmi­tas. Eran unas peligrosas alimañas. Mucho. ¿Y si los sabuesos se encontraban con un dragón de gran tamaño, o con un Grifo?
Sir Héctor reflexionó un momento, y por fin pareció sentirse mejor. Sería algo muy divertido, decidió, si maese Twyti y sus con­denados gozques se daban de narices con la Bestia Bramadora, y ésta se los comía, uno a uno.
Alegrado por semejante visión, sir Héctor giró en redondo. En el borde del sembrado vio a la anciana que hacía de espantapájaros, y como él se acercase sin ruido, pudo lanzarle tal chillido que hizo saltar a la vieja aún más alto de lo que él saltara antes, con lo que se dio por satisfecho. Después de todo, aquella iba a ser una noche agradable, se dijo.
—Buenas noches —manifestó sir Héctor afablemente a la an­ciana, cuando ésta se hubo recobrado de su espanto, y le hizo una leve reverencia.
El anciano sintióse tan reconfortado por sus últimos pensamien­tos, que resolvió visitar al párroco, que vivía en la calle del pobla­do, para invitarle a cenar con él. Luego subió a su estancia y se dispuso a escribir una sumisa carta al rey Uther, en las dos o tres horas que quedaban aún hasta la cena. No menos tiempo nece­sitaría para hacerlo, con la tarea que suponía afilar las plumas de ave, emplear la arenilla para secar la tinta, ir hasta el arranque de la escalera una y otra vez para preguntar al mayordomo cómo se escribía ésta o aquella palabra, y volver a rehacer de nuevo todo el embrollo.
Sir Héctor sentóse en su cámara, mientras los rayos del sol in­vernal iluminaban su calva. Se la rascó un momento, mordió el extremo de la pluma, y se puso laboriosamente a escribir. Al cabo de un tiempo oscurecía y la estancia se llenaba de sombras. Era una habitación tan grande como el salón principal sobre el que se hallaba; poseía amplias ventanas hacia el sur, y se encontraba en el segundo piso. En ella había dos grandes chimeneas, en las que los cenicientos troncos parecían volverse más rojizos conforme la luz solar se iba retirando. En torno a esas chimenas, algunos de los sabuesos preferidos dormitaban resollando entre sueños, o se ras­caban las pulgas, o mordisqueaban un hueso de cordero que habían birlado en la cocina. El halcón peregrino, con la capucha puesta, se hallaba sobre una percha en una esquina, igual que un ídolo que soñase con lejanos cielos.
Si ahora entrarais en esta cámara del Castillo del Bosque Sal­vaje, la hallaríais vacía de muebles. Pero el sol aún sigue entrando a raudales por las ventanas, y al dar en la columna que divide el vano de las ventanas, iluminaría la piedra arenisca con el pálido fulgor de las edades pasadas.
Si os acercáis a la tienda de recuerdos más próxima, encontra­réis algunas reproducciones bastante bien logradas de los muebles que allí había, como cofres de roble, aparadores de diseño gótico y con extraños rostros de ángeles y demonios grabados en su oscura madera, todos ellos muebles que poseían una solidez de ataúd. Pero ésos no eran los muebles que había entonces en la cámara del amo. Los rostros demoníacos o angelicales estaban tallados cierta­mente en la madera, sin embargo, ésta tenía seis o siete siglos más. Todos los recios cofres de la estancia (que se convertían en asientos al colocarles encima unos almohadones de vivos colores) eran de madera joven, el roble tenía un color dorado, y las mejillas de los diablos y querubines resplandecían como si les hubieran dado un buen lavado con jabón.

CAMELOT    LIBRO 1    2ª parte
CAPITULO XV
ra Nochebuena, la víspera del día de caza. De­béis recordar que tal Nochebuena transcurría en la vieja y jovial Inglaterra, cuando los ale­gres barones comían con los dedos los faisanes que les servían con todas las plumas de la cola, o bien la cabeza de un jabalí, servido con sus colmillos. Era cuando no había desempleo, porque había muy poca gente para emplear; cuando los bosques rebosaban de caballeros andantes aporreándose mutuamente en el yelmo, y los unicornios retozaban con sus pezuñas de plata a la luz de la luna y resollaban condensando su noble aliento en el aire gélido. Tales maravillas eran dignas de ser admiradas. Pero en la vieja Inglaterra había un portento aún más grande. El tiempo sabía comportarse como era debido.
En primavera, las diminutas florecillas brotaban dócilmente en los prados, el rocío relumbraba y las aves trinaban melodiosamente. En verano reinaba un grato calor durante cuatro meses, por lo menos, y cuando llovía, lo que ocurría principalmente con propósi­tos agrícolas, se las arreglaban para que la lluvia cayese cuando todo el mundo estaba en la cama. Por el otoño, las hojas se estre­mecían y susurraban a impulsos del viento del oeste, como prolon­gando su triste adiós. Y en invierno, el cual quedaba limitado por decreto a sólo dos meses, la nieve caía uniformemente, depositán­dose en una capa de tres pies de grosor, sin que jamás se formasen barrizales.
Era Nochebuena en el Castillo del Bosque Salvaje, y en torno a la fortaleza la nieve caía como debía caer. Se acumulaba densamente en los bastiones como la espesa nata de un buen pastel, y en algunos lugares apropiados se transformaba modestamente en ca­rámbanos transparentes de notable longitud. Depositábase en la bifurcación de las desnudas ramas, formando redondeados copos, y de vez en cuando se escurría desde el techo de alguna casa del pueblo, cuando veía la posibilidad de caer sobre algún jovial indi­viduo, proporcionando grato jolgorio a todos en general. Los niños hacían bolas con el blanco elemento, pero no se les ocurría meter piedras dentro, y en cuanto a los perros, cuando se les sacaba para que hicieran sus necesidades, mordían la nieve y se revolcaban sobre ella llenos de alegría. En esa época del año se patinaba sobre el foso helado, y el hielo chirriaba bajo los trozos de hueso que entonces se usaban como patines, al tiempo que a un lado de la improvisada pista se distribuían castañas calientes a todo el mun­do. Los búhos ululaban; los cocineros echaban miguitas a las pocas aves que quedaban, con aviesas intenciones; los aldeanos sacaban sus bufandas rojas, y el rostro de sir Héctor relucía aún más colo­rado que dichas prendas. Pero el brillo más rojo era el de las brasas en el interior de las cabañas del poblado, mientras el viento noctur­no aullaba afuera, y los lobos de la vieja Inglaterra vagaban babo­seando debidamente por todas partes, e incluso llegaban a espiar por los ojos de la cerradura de las casas, con la mirada inyectada en sangre.
Era Navidad, y había que hacer las cosas como era debido. Todo el poblado había acudido a cenar al gran salón del castillo, donde se sirvió cabeza de jabalí, venado, cerdo, buey, cordero y capones, pero no pavo, ya que esta ave aún no había sido inventada. Tam­bién hubo pastel de pasas y tanta hidromiel como podía beberse. Sir Héctor se mareó con los continuos «Mis mejores respetos, amo», y con alguno que otro «Los mejores deseos para estas fiestas, mi señor». Se puso en escena una dramática historia referente a San Jorge y a un sarraceno, después de lo cual un singular doctor hizo algunas cosas sorprendentes. Luego se entonaron los villancicos —entre ellos Adeste Fideles—, con voces altas y claras, y los niños que no se empacharon con la cena cantaron algunas tonadas mien­tras mozos y mozas danzaban en corrillo, en el centro de la sala, cuyas mesas habían sido retiradas a un lado.
Las gentes de edad se sentaban cerca de las paredes, sosteniendo jarros de hidromiel en la mano, muy contentos con haber dejado atrás la época de prodigar semejantes saltos y zapatetas, al tiempo que los niños se dormían en sus regazos, apoyando la cabeza sobre sus hombros. En la mesa más elevada se hallaba sir Héctor con los distinguidos huéspedes, que habían llegado para la caza del día siguiente, y que sonreían asintiendo aprobadoramente, y bebían borgoña y jerez seco.
Al cabo de un momento sir Grummore rogó a los presentes que hicieran silencio. Se puso en pie y comenzó a cantar una antigua balada romántica, pero en medio de la canción se olvidó de la letra y tuvo que terminar tarareando por entre el espeso bigote. Luego de unos discretos codazos, el rey Pelinor se decidió a cantar y lo hizo ruborosamente de este modo:

Ah, yo nací en Pelinor del famoso Lancashire,
Y con denuedo perseguí la Bestia Bramadora diecisiete años.

Hasta que me quedé en casa de sir Grummore
En el curso del presente año.
Y en tanto vuelva a irme me deleito
Reposando en una cama con colchón de plumas
Y viviendo en un hogar incomparable.

Debéis de saber —aseguró el rey Pelinor, enrojeciendo más aún mientras tomaba asiento y todo el mundo le golpeaba en la espalda—, que el viejo Grummore me invitó a ir a su casa, des­pués de haber tenido los dos una agradable justa, y desde entonces dejé que la condenada Bestia siguiera su camino.
—Bien hecho —contentaron todos—. Es mejor que viváis vuestra vida, mientras aún la tenéis.
A continuación solicitaron la intervención de William Twyti, el cual había llegado la noche anterior al castillo. El famoso caza­dor se puso en pie, y con rostro serio y mirada bizca, que clavó en sir Héctor, cantó así:

¿Conocéis a William Twyti,
El del amplio jubón?
¿Conocéis a William Twyti,
El que nunca se quedó atrás?
Sí, yo soy William Twyti
Al que tuvieron que hacer callar por la mañana,
Junto con sus perros y sus cuernos de caza.

¡Bravo! —exclamó sir Héctor—. Habéis oído eso, ¿eh? Dijo que le hicieron callar por la mañana. Y yo creía que iba a fanfarronear, cuando empezó. Ah, excelentes personas, estos cazadores, ¿eh? Pero pasadme la malvasía, con mis respetos, maese Twyti. Los dos chicos estaban acurrucados bajo los bancos, cerca de la chimena, y Verruga sostenía a Cavall en los brazos. A Cavall no le gustaba el calor del fuego, ni los gritos, ni el olor del hidromiel, y lo único que quería era salir afuera, pero Verruga le retenía con fuerza, pues deseaba acariciar al animal. Este tuvo que quedarse allí, jadeando incansablemente y con su lengua sonrosada dos pal­mos afuera.
—¡Ahora Ralph Passelewe! —gritaron—. ¡Que cante el bueno de Ralph! ¡Eh! ¿Quién mató a la vaca, Ralph? ¡Silencio, para que el viejo Passelewe pueda cantar!
En esto se puso en pie un anciano de aspecto sumamente vivaz, que se hallaba en el extremo más humilde y alejado del salón, como lo había hecho en todas las ocasiones semejantes a aquélla, en los últimos cincuenta años. No tenía menos de ochenta y cinco años, estaba casi ciego y casi sordo, pero aún se mostraba gozoso al poder entonar la misma balada que había cantado antes ya de que sir Héctor estuviese envuelto en sus pañales, descansando en su cuna. No podían oírle desde la mesa alta, pues se hallaba demasiado lejos para que llegasen con claridad sus palabras, pero todos sabían lo que su voz cascada estaba cantando, y a todos les gustaba la can­ción, que decía así:

Cuando el viejo rey Cole paseaba por la calle
Vio a una hermosa damisela que iba a cruzar un charco.
Ella levantóse un poco las faldas
Para saltar por encima.
Entonces le vio el tobillo.
¿No fue aquel un portento?

Había veinte estrofas como ésa, en las que el pobre viejo rey Cole seguía viendo cada vez más cosas que no debiera haber visto. Todos lanzaban vítores al terminar cada estrofa, hasta que al final el viejo Ralph se vio abrumado por las felicitaciones, y volvió a sentarse sonriente, para que le llenasen de nuevo el jarro de hidro­miel.
Le llegó entonces el turno a sir Héctor. Púsose en pie con aires de importancia, carraspeó y con voz engolada pronunció el siguien­te discurso:
—Amigos, siervos y demás: Aunque estoy poco acostumbrado a hablar en público...
Oyóse entonces una discreta ovación, pues todos reconocieron el discurso que sir Héctor venía pronunciando durante los últimos veinte años, y que aunque todos lo sabían de memoria siempre lo acogían como a un viejo amigo.
—...Aunque estoy poco acostumbrado a hablar en público, me cabe el agradable deber —yo diría el muy agradable deber— de dar la bienvenida a todo el mundo a esta celebración hogareña. Ha sido este un buen año, y lo digo sin temor a equivocarme, en lo concerniente al ganado y los cultivos. Todos sabemos que Crumbrocke, del Bosque Salvaje, ganó el primer premio en la Feria del Ganado de Cardoyle por segunda vez, y que el año próximo volverá a ganarlo. Eso añadirá prestigio al Bosque Salvaje. Mientras per­manecemos aquí sentados, esta noche, advierto que algunos rostros se han ido de nuestro lado, y que se han agregado otros al círculo familiar. Estos asuntos están en manos de una Providencia todo­poderosa, a la que nos sentimos agradecidos. Todos nosotros fui­mos creados, y luego conservados sin daño para que pudiésemos gozar de la alegría de esta noche. Creo que os sentiréis igualmente satisfechos por las bendiciones que se han derramado sobre nos­otros. Esta noche damos también la bienvenida al famoso rey Pe­linor, cuyos afanes por librar a nuestro bosque de la temible Bestia Bramadora son bien conocidos. Dios bendiga al rey Pelinor. (¡Viva, viva!) También tenemos aquí a sir Grummore Grummursum, un verdadero hombre de empeño, capaz de continuar pegado a su silla de montar, mientras su Pesquisa así lo requiera. (¡Bravo!) Por último, aunque no en último lugar, nos honramos con la visita del cazador más famoso de Su Majestad, el señor William Twyti, el cual nos demostrará mañana, estoy seguro, hasta dónde llega su destreza, al extremo de que tendremos que frotarnos los ojos, lle­nos de incredulidad, deseando que una jauría de sabuesos reales se halle siempre cazando en el bosque que tanto amamos. (¡Braví­simo!, y otras aclamaciones.) Gracias, mis queridos amigos por la espontánea acogida que proporcionáis a estos caballeros. Ellos sa­brán aceptarla con el sincero y cálido espíritu con que se la ofrecéis. Y ahora, es tiempo ya de que mi breve reseña llegue a su fin. Otro año ha transcurrido, y es hora de que observemos lo que nos depara el futuro. ¿Cómo será la Feria del Ganado el año próximo? Amigos míos, sólo quiero desearos que paséis unas felices Pascuas; después que el padre Sidebottom haya entonado las preces, terminaremos cantando el himno nacional.
Las ovaciones que estallaron al final del discurso de sir Héctor se vieron acalladas al cabo de un momento por los chistidos de los que habían advertido que el sacerdote estaba pronunciando su ora­ción en latín. Luego todo el mundo se puso en pie a la luz de las llamas del hogar, y entonaron con fiel acento:

Dios salve al rey Pendragon
Y que dure mucho su reinado,
Dios salve al Rey.
Que crezca siempre su gloria
Y aumente como un rugido,
Dios salve a nuestro Rey.

Cuando las últimas estrofas se desvanecieron, el vasto salón co­menzó a vaciarse de su alegre humanidad. Las antorchas parpa­dearon afuera, en la calle del poblado, cuando los siervos se dirigie­ron a sus hogares en grupos, por temor a los lobos que realizaban sus correrías a la luz de la luna, y al fin el Castillo del Bosque Sal­vaje quedó en silencio y a oscuras, en medio del extraño sopor de la bendita nevada.
CAPITULO XVI
erruga se levantó temprano a la mañana si­guiente. Haciendo un denodado esfuerzo, en cuanto se despertó arrojó a un lado la gran piel de oso bajo la cual dormía, y expuso su cuer­po al mordiente aire helado. Vistióse casi con furia, temblando, mientras lanzaba bocanadas de vaho azulino. Rompió el hielo de la jofaina y sumergió la cara en el agua haciendo un gesto como si estuviera comiendo algo amar­go. Hizo «¡Aaah!», y después se frotó las mejillas vigorosamente con una toalla. Sintió entonces un grato calorcillo, y luego se diri­gió a las perreras para ver los últimos preparativos que hacía el cazador mayor del rey.
William Twyti, a la luz del día, resultó ser un hombre de aspecto marchito, que tenía una expresión de intensa melancolía. Durante toda su vida se había visto obligado a perseguir animales para la mesa real, y una vez capturados, a cortarlos en los trozos debidos. En realidad era un carnicero distinguido. Tenía que cono­cer qué trozos del animal debían ser entregados a sus ayudantes, y qué partes comerían los sabuesos. Debía cortarlo todo diestramen­te, dejando dos vértebras en la cola para que los solomillos tuvie­ran buen aspecto. Casi desde que tenía memoria se acordaba de haber ido persiguiendo a un corzo o de estar cortándolo en tajadas. Y lo cierto es que no sentía una gran afición por su trabajo. Los venados y los ciervos, los zorros, las martas, los tejones, los lobos, todo eso no era para él más que una serie de cuerpos que había que desollar y cuya carne debía llevar para que sirviera de alimento.
Podíais hablarle de rastros, de jaurías, de fiemos y de cuernos de caza, Y él se limitaba a escucharos cortésmente. Se daba cuenta de que estabais tratando de demostrar vuestros conocimientos sobre ese tema que constituía su trabajo.
Podíais hablarle acerca de un poderoso jabalí que estuvo a punto de acabar con vosotros el invierno anterior, y notabais que os observaba con mirada lejana. A él le habían herido los jabalíes diecisiete veces, y su cuerpo presentaba una serie de cicatrices blan­quecinas que se extendían casi hasta las costillas. En verano e in­vierno nunca dejaba de correr o de galopar detrás de jabalíes y corzos, mientras que sus pensamientos se hallaban en otra parte. Pero había una sola cosa que podía conmover a William Twyti: las liebres. Era lo único de que se le oía alguna vez hablar. Le enviaban siempre de uno a otro castillo, por toda Inglaterra, y cuando se encontraba en las fortalezas, los mayordomos le obsequiaban es­pléndidamente a la hora de las comidas, y le invitaban con los me­jores vinos, pidiéndole que les contara sus proezas de caza. Twyti solía contestar con monosílabos. Pero si alguien mencionaba las liebres, inmediatamente ponía atención a lo que se decía, y después de dejar de un golpe su copa sobre la mesa, se extendía con vehe­mencia sobre las maravillas de aquel asombroso animal, que resulta­ba tanto más desconcertante porque unas veces era macho y otras era hembra, cosa que no le ocurría a ningún animal más que a la liebre.
Verruga observó al gran hombre en silencio, durante algún tiempo, y luego fue a ver si faltaba mucho para el desayuno. Ad­virtió que aún tardaría bastante, pues todo el castillo padecía la misma excitación nerviosa que le había hecho saltar a él tan tem­prano de la cama. Hasta el propio Merlín se había colocado unos pantalones de montar que iban a estar de moda varios siglos des­pués, en los clubes de equitación.
La caza del jabalí era una empresa distraída. No era como la del tejón, ni la caza a cubierto, ni la del zorro, que hoy se practi­can. Tal vez lo más parecido fuera la caza del conejo con hurones, sólo que en la del jabalí se empleaban perros, en vez de hurones, Y que el jabalí puede mataros, cosa que no puede hacer el conejo. Además, se empuñaba una lanza, en lugar de una carabina.
Por lo general no se perseguía al jabalí a caballo, lo cual quizá se debiera a que la temporada de caza del jabalí era la de los dos meses de invierno, cuando la nieve podía apelotonarse en los cascos del caballo, haciendo peligroso el galope. Lo cierto es que había que ir a pie, armado sólo con un venablo, y contra un adver­sario que pesaba bastante más que el cazador, y que podía abrirle a uno de arriba abajo en un instante. Sólo había una regla, en la caza del jabalí: resistir. Si la fiera cargaba contra uno, lo mejor era arrodillarse y apuntarle con la lanza. Se afirmaba bien el extremo opuesto del arma en el suelo, manteniendo la punta hacia el animal. Dicha punta era tan aguzada como una navaja, y tenía una pieza transversal a unas dieciocho pulgadas del extremo, con la cual se impedía que la lanza entrase más de esa longitud en el cuerpo de la bestia. De no ser por esa pieza, el irritable jabalí, al cargar arrolladoramente, hubiera sido atravesado por la lanza longitudinalmente, llegando a matar al cazador mientras estaba así empalado. Pero la cruceta le mantenía alejado a una distancia pru­dente, aunque con dieciocho pulgadas de acero enterradas en el cuerpo.
El peso del animal era enorme, en ocasiones, y su único obje­tivo en la vida consistía en eludir la lanza para convertir al cazador en chuletas, mientras el objetivo del cazador era resistir con la lanza pegada al cuerpo, bajo el brazo, hasta que otro cazador llegase para acabar con la fiera. Mientras pudiera aguantar, el cazador sabía que entre el jabalí y él al menos había una lanza de distancia por muy furioso que estuviera el animal. De ahí que resulte com­prensible la actitud un tanto reservada con que los cazadores del castillo tomaron su desayuno aquella mañana.
—¡Ah!, a tiempo para el desayuno, ¿eh? —dijo sir Grummore, mientras mordía una chuleta de cerdo.
—Sí, señor —repuso Verruga.
—Hace una bonita mañana para cazar —agregó sir Grummo­re—. ¿Has afilado ya tu lanza?
—Sí, la he afilado ya —contestó el chico, y se dirigió hacia el aparador para servirse él mismo una chuleta.
—Vamos, Pelinor —dijo sir Héctor—. Servios estos capones; no coméis nada esta mañana.
—No tengo mucho apetito —repuso el rey Pelinor—. Gracias de todos modos, pero esta mañana no siento demasiada hambre.
Sir Grummore alzó su nariz de la chuleta y preguntó aguda­mente:
—¿Hay nervios?
—No, no —exclamó Pelinor—. No es eso, en realidad. Creo que cené algo anoche que me sentó mal.
—Tonterías, amigo mío —repuso sir Héctor—. Vamos, co­med estos pollos, para reponeros.
Y diciendo esto sirvió al infortunado soberano dos o tres capo­nes. Pelinor empezó a comerlos con gesto de desesperación.
—Lo necesitaréis —confirmó sir Grummore—, al menos, al fin del día.
—¿Eso creéis?
—Lo sé muy bien —repuso sir Grummore, y guiñó un ojo a su anfitrión. Verruga notó que sir Héctor y sir Grummore parecían comer con un placer exagerado. El no creía poder comer más de una chuleta, y en cuanto a Kay, se mantenía alejado del comedor.
Cuando hubo concluido el desayuno, se consultó a William Twyti, y el grupo de cazadores dirigióse hacia el lugar de la caza. Tal vez los sabuesos hubieran parecido de mala raza, a un enten­dido de nuestros días. Eran media docena de alanos blancos y negros, con cuerpo de galgo y cabeza de bull-terrier, u otra peor. Esos eran los perros apropiados para la caza del jabalí, y llevaban bozales a causa de su gran ferocidad. Había otros canes más, que acompañaban a los cazadores trotando de modo algo más apacible.
Con los sabuesos iban los peones. Merlín, con su pantalón de montar, tenía bastante parecido con Lord Baden-Powell, sólo que este último no usaba barba. Por su parte, sir Héctor iba ataviado con prendas de cuero —no era correcto cazar con armadura—, y avanzaba junto a Twyti con la preocupada e importante expresión que siempre ha caracterizado a los dueños de sabuesos. Sir Grum­more venía después, jadeando y preguntando a todo el mundo si habían afilado bien sus lanzas. El rey Pelinor avanzaba detrás de los siervos, pensando que el número proporcionaba más seguridad.
Allí se encontraban todos los habitantes varones del poblado, desde Hob, el cetrero, hasta el viejo y desnarigado Wat, y todos llevaban una lanza, la horca, o la hoja de una guadaña sujeta a un palo. Algunas muchachas acompañaban a los hombres, con las provisiones para la jornada. Era lo habitual en un día de caza.
Al llegar al bosque se les unió el último cazador. Era un hom­bre alto, de aspecto distinguido, vestido todo de verde y que em­puñaba un arco de siete pies.
—Buenos días, amo —dijo con acento placentero a sir Héctor.
—Ah, sí —repuso éste—. Sí, sí, buenos días. Sir Héctor llevóse al recién llegado a un lado, y dijo con un fuerte susurro, que oyó todo el mundo:
—Por todos los cielos, querido amigo, tened cuidado. Este es el propio cazador mayor del rey, y los otros dos son el rey Pelinor y sir Grummore. Os ruego que seáis buena persona, y que no digáis nada inconveniente. ¿Lo haréis, verdad?
—Desde luego —contestó el hombre de verde, tranquilizando a sir Héctor—, pero creo que será mejor que me presentéis.
Sir Héctor enrojeció visiblemente y dijo en voz alta:
—Ah, Grummore, ¿queréis venir un minuto, por favor? Deseo presentaros a un amigo, llamado Wood. Con W, no con H. Sí, es un viejo amigo. Y éste es el rey Pelinor. El señor Wood, el rey Pelinor.
—Ave —dijo el rey Pelinor, que aún no había perdido el há­bito, cuando se ponía nervioso.
—¿Cómo estáis? —preguntó sir Grummore—. Supongo que no tendréis parentesco con Robín Hood, ¿verdad?
—No, no, claro que no —intervino sir Héctor, apresuradamen­te—. Es Wood, no Hood. Wood, con W.
—Mucho gusto —dijo Robín.
—Ave —repitió el rey Pelinor.
—Vaya, pues resulta curioso que también vistáis de verde, como Robín Hood —manifestó sir Grummore.
—Sí, es curioso, ¿eh? —dijo angustiado sir Héctor—. Viste así porque se le ha muerto una tía. Se cayó de un árbol.
—Ah, perdón —repuso sir Grummore, lamentando haber to­cado aquel delicado tema—. Ya imaginaba que todo era normal.
—Bueno, señor Wood —manifestó sir Héctor, cuando se hubo recuperado—. ¿Hacia dónde vamos?
En seguida entró Twyti en la conversación, y se barajaron una serie de términos técnicos. Después se inició la caminata hacia el invernal bosque, y comenzó la diversión.
Verruga había perdido el aspecto asustado que le impidió desa­yunar con ganas. La caminata y el viento helado le habían estimu­lado, por lo que sus ojos relucían ahora casi con tanto brillo como los cristales de hielo a la luz del sol, mientras que la sangre le corría tumultuosa por las venas, ante la excitación de la caza. Observó al hombre que sostenía a dos de los sabuesos por la traílla, y vio que los canes hacían cada vez más esfuerzos mientras se iban acercando al cubil del jabalí. Advirtió cómo uno a uno los demás perros iban poniéndose inquietos y comenzaban a lanzar pequeños aullidos. Luego Robín se paró, examinó el suelo, y el cortejo se detuvo. Habían llegado al lugar del peligro.
La caza del jabalí era como la del osezno, pues había que contener al animal. El objeto de la caza era matar a la bestia lo más rápidamente posible. Verruga situóse en el círculo de cazado­res que rodeaba la guarida de la fiera, apoyó una rodilla en la nieve, y aseguró el extremo inferior de su lanza en el suelo, prepa­rado para lo que pudiese ocurrir. Notó el silencio que cayó sobre el grupo, y vio a Twyti que hacía una seña al perrero para que soltase a los sabuesos. Los dos primeros canes se internaron in­mediatamente entre la maleza que rodeaban los cazadores. Ambos corrieron sin hacer el menor ruido.
Pasaron cinco largos minutos durante los cuales no sucedió nada. Los corazones latían aceleradamente en todos los pechos, y una pequeña arteria del costado de cada cuello latía con la misma violencia que el correspondiente corazón. Las cabezas se volvían rápidamente de lado a lado, al tratar de asegurarse cada hombre de que tenía próximo a un vecino, y el hálito de la vida se estremecía con el viento del norte, mientras cada uno pensaba en lo hermosa que era la existencia, que un afilado colmillo podía arrebatar a uno de ellos dentro de un momento, si las cosas marchaban mal.
El jabalí no expresó esta vez su furia por medios ruidosos. No se oyó rugido alguno entre la maleza, ni el ladrido de los perros. De pronto, a un centenar de yardas de donde estaba Verruga, apareció un animal negro, junto al borde del claro. No parecía precisamente un jabalí, o al menos no se lo pareció al chico en los primeros segundos de haberle avistado. El animal se lanzó contra sir Grummore antes de que Verruga se diera cuenta de que era la presa que buscaban.
La oscura bestia corrió sobre la nieve alzando una blanca pol­vareda a su paso. Sir Grummore, que también parecía un ser negro al resaltar contra la blancura de la nieve, preparó su arma, y el jabalí dio un salto. Un fuerte gruñido llegó claramente con el vien­to del norte, y a continuación se vio al animal que salía huyendo. Más tarde, y no antes, Verruga pareció darse cuenta de algunos detalles que no creyó haber visto cuando el jabalí estaba cerca. Recordó la hirsuta crin que se alzaba sobre el lomo del animal, así como el breve fulgor de los colmillos, y las salientes costillas, la cabeza gacha y la llamarada rojiza que despedían los ojos por­cinos.
Sir Grummore se puso en pie, ileso, sacudiéndose la nieve y culpando a su lanza del fracaso. Unas gotas de sangre se veían sobre el helado manto. El cazador mayor se llevó el cuerno a los labios, y los alanos fueron soltados mientras las trepidantes notas de la llamada se difundían por el bosque. En seguida comenzó la acción. Los perreros que habían desalojado al jabalí de su escon­dite, comenzaron la persecución, llevando de las traíllas a los sabuesos, que ladraban ferozmente. Todos los cazadores emprendie­ron la carrera y comenzaron a gritar.
—¡Ahé, ahé! —chillaban los peones—. ¡Adelante, sire, ade­lante!
—¡Cuidado, caballeros! —exclamó Twyti, preocupado—. ¡De­jad espacio a los sabuesos!
—Digo yo —manifestó el rey Pelinor—. ¿No ha visto nadie adonde fue? ¡Qué día más emocionante!
—¡Atención, Pelinor! ¡Atención, peones, sabuesos! ¡ Il est hault! ¡Il est hault! —exclamó sir Héctor.
Los gritos de los cazadores repercutieron entre los árboles, y la vibración hizo que la nieve se deslizase sin ruido desde sus ra­mas a la tierra.
Verruga viose corriendo al lado de Twyti.
Todo dependía allí del sonido que emitían los perros al ladrar, así como de las notas que los cazadores lanzaban con sus cuernos, señalando dónde estaba la fiera y lo que hacía. Sin aquel aparato se habrían perdido todos entre la espesura, y aun con aquello, la mitad de los cazadores se extraviaron en el bosque.
Verruga se pegó a Twyti como si fuera una garrapata. Podía moverse tan rápidamente como el cazador, porque si bien éste tenía la experiencia de toda una vida, el chiquillo era más pequeño y pasaba con mayor facilidad entre los obstáculos, además de ha­ber sido enseñado no hacía mucho por Lady Mariana. Notó que Robín se mantenía al lado de ellos, pero el gruñido de sir Héctor y el balido del rey Pelinor pronto quedaron atrás. Sir Grummore se cansó en seguida, habiendo quedado agotado por la emoción del ataque del jabalí, y quedóse atrás asegurando que su lanza ya no estaba lo suficientemente aguzada. Kay permaneció a su lado, a fin de no perderse. Los peones se confundieron pronto porque no comprendían bien las notas del cuerno. En cuanto a Merlín, se le rompieron los pantalones de montar y se detuvo a arreglarlos por medios mágicos.
El sargento de armas, con el pecho más saliente que nunca, gritaba «¡tally-ho!»1 y decía a todo el mundo la dirección que debían seguir, aunque había perdido el sentido de la orientación. Encabezando un desconsolado grupo de aldeanos, en fila india, se alejó a paso redoblado en dirección contraria. Hob aún seguía corriendo, algo más atrás.
—¡Guaf, guaf! —jadeó el cazador mayor, dirigiéndose a Ve­rruga como si fuese un sabueso—. No tan rápido, pequeño. Creo que los perros se han perdido.
Mientras hablaba Twyti, Verruga advirtió que los ladridos de los canes se hacían más débiles y quejumbrosos.
—Deteneos —dijo Robín—, o podemos echarnos encima del animal.
Los ladridos se extinguieron del todo.
—¡Guaf. ¡Guaf! —gritó el cazador mayor—. ¡Ahé, ahé! ¡Ahohó, ahohó!
Luego echóse el tahalí hacia adelante, y alzando el cuerno hasta los labios emitió una llamada.
Escuchóse el lejano y débil ladrido de uno de los perros.
—¡Ahohó! ¡Escuchad a Beaumont! —gritó Twyti.
Los ladridos del sabueso que mandaba la jauría se fueron apro­ximando, cada vez más confiados.
Poco después se oyó muy cerca a Beaumont, seguido de los demás canes del grupo. El alboroto aumentó aún más con la exci­tación de los alanos, que sedientos de sangre olfateaban la presa.
—Ya la tienen —declaró Twyti, brevemente, y los tres echa­ron a correr de nuevo.
Con el fin de alentar a los sabuesos, el cazador mayor iba to­cando su cuerno mientras corría: tu-tururú, turururú.
El irritado jabalí se había ocultado entre unas zarzas, y tenía el trasero introducido en el hueco de un tronco caído, hallándose en posición inexpugnable. Se mantenía a la defensiva con el labio superior encogido en una mueca feroz. La sangre le manchaba el hirsuto pelo del lomo y se deslizaba por una de sus patas, mien­tras la espuma del hocico la caía desde los labios a la nieve, de­rritiéndola. Sus ojillos malignos miraban en todas direcciones. Los sabuesos le rodeaban, ladrándole desde cierta distancia. Beaumont, el perro que encabezaba la jauría real, se retorcía a los pies de la fiera, con el espinazo roto. El jabalí no prestaba atención al sa­bueso herido, que no podía hacerle daño alguno. El aspecto del animal era estremecedor, con su negro pelaje cubierto de sangre.
—¡Ahé, ahé! —exclamó el cazador mayor.
Luego Twyti avanzó empuñando la lanza, y los sabuesos, alen­tados por la presencia de su amo, fueron avanzando con él paso a paso.
La escena cambió tan repentinamente como se desploma un castillo de naipes. El jabalí abandonó su escondite y se adelantó sobre Twyti. Cuando lo hizo, los alanos le cercaron, sujetándole fieramente por el lomo, el cuello y las patas, de modo que lo que se arrojó sobre Twyti no fue un jabalí sino un amasijo de animales. El cazador mayor temía usar la lanza por miedo a herir a los perros. La avalancha de animales siguió cargando, como si los perros no influyeran para nada. Twyti se dispuso a invertir la posición de la lanza, para impedir el ataque con el extremo posterior del arma, pero cuando volvía ésta, los colmillos de la fiera se abatieron sobre él. Saltó hacia atrás, tropezó en una raíz, y la lucha alcanzó su punto culminante. Verruga comenzó a dar saltos en torno al grupo, agitando la lanza lleno de desesperación pero sin decidirse a dar el golpe decisivo.
Entonces, Robín dejó caer su lanza, desenvainó la espada y acercóse al amasijo de animales. Con toda calma cogió a un sa­bueso por una pata, aunque el animal no abandonó su presa. De todos modos quedaba el suficiente espacio, y la espada penetró una, dos, tres veces en el cuerpo del jabalí. Todo el grupo se vino abajo, como si se tratase de arena. La caza había terminado.
Twyti, el cazador mayor, retiró lentamente una pierna del ja­balí. Luego se puso en pie, se palpó la rodilla con la diestra, movió la pierna inquisitivamente en varias direcciones, hizo una señal de conformidad y enderezó el cuerpo. A continuación recogió su lanza sin decir una palabra, y se aproximó cojeando a Beaumont.
Arrodillóse Twyti junto al perro y le cogió la cabeza entre las manos. Después le acarició lentamente y dijo:
—¡Escuchad a Beaumont! Calma, Beaumont, mon ami. Oyez a Beaumont, el valiente. Ahé, pobre Beaumont, ahé, ahé.
El perro lamió las manos de su amo, pero no pudo mover la cola. El cazador mayor hizo una seña a Robín, que estaba detrás, y luego miró a los ojos a su sabueso.
—Beaumont, el valiente, duerme ahora. Viejo amigo Beaumont, descansa; duérmete, mi sabueso.
Entonces la espada de Robín sacó de este mundo a Beaumont, para dejar que corriese en libertad por la constelación de Orión, revolcándose entre las estrellas.
Verruga no quiso mirar a Twyti durante unos minutos. El ex­traño hombre de rostro inexpresivo se puso en pie sin decir una palabra y azotó a los demás sabuesos para que abandonasen la presa, como solía hacerse. Luego se llevó el cuerno a los labios y emitió las cuatro prolongadas notas del toque de muerte, sin que vacilara su llamada. No obstante, Verruga entristecióse, pues creyó ver que el cazador mayor estaba llorando.
El toque de muerte de la presa atrajo a los cazadores perdidos, que se congregaron al cabo de un tiempo. Hob ya se encontraba allí cuando llegó sir Héctor, apartando la maleza con el pie de su lanza y jadeando con aire importante.
—¡Magnífico, Twyti! —exclamó—. Espléndida pieza, a fe mía. Esa es la forma de cazar una fiera, diría yo. ¿Cuánto puede pesar?
Los demás fueron llegando por grupos, y en uno de ellos venía el rey Pelinor exclamando «¡Tally-ho! ¡Tally-ho!», sin saber que la caza había concluido. Cuando se lo explicaron, murmuró el último «Tally-ho» con voz débil y luego se quedó callado. Por último se presentó la fila india del sargento de armas, todavía marchando a paso redoblado. El sargento dio la voz de alto, y les dijo muy satisfecho que de no haber sido por él, todos se habrían perdido. Merlín apareció sujetándose los pantalones, por haber fracasado su magia. Sir Grummore llegó dando grandes zancadas, acompa­ñado por Kay, y aseguró que se trataba de una de las cazas más emocionantes que había presenciado, aun cuando no la hubiese visto completa. A continuación se inició la operación de «preparar» al jabalí.
En medio de la excitación general, el rey Pelinor, que no en­tendía demasiado de aquello, cometió el error de preguntar cuándo iban a dar a los sabuesos su recompensa. Ahora bien, como todo el mundo sabe, el premio de los sabuesos consiste en entregarles las entrañas de la presa, presentadas sobre la piel del animal (sur le quir); pero, como todos saben, igualmente, a un jabalí cazado no se le desuella. Le quitan las entrañas sin desollarle, y al no haber piel, no hay recompensa. Esta se entrega más tarde, cuando se asan las entrañas al fuego, al tiempo que se cuece el pan. He ahí explicado el error del buen rey Pelinor.
De todos modos, el soberano se inclinó sobre la fiera muerta lanzando interminables vivas, hasta que sir Héctor le dio un golpe de plano con la espada.
—Me parece que sois un tropel de brutos —dijo el rey, volvién­dose, y a continuación se alejó por el bosque, mascullando algo.
El jabalí quedó dispuesto, los sabuesos recibieron un premio, y los peones, que charlaban de pie en pequeños grupos, pues se habían mojado de haberse sentado en la nieve, comieron las pro­visiones que las muchachas trajeron en las cestas. Abrióse un barrilillo de vino que previsoramente había mandado llevar sir Héctor, y la reconfortante bebida fue distribuida entre todos los presentes. Se ataron por pares las patas del jabalí, y se introdujo entre ellas un largo palo, para poder transportarlo entre dos hombres. Cuando todos se alejaban, Twyti quedóse un momento rezagado y emitió el toque de presa.
En ese momento reapareció el rey Pelinor. Aun antes de vér­sele, pudieron oír los demás sus caídas entre la maleza, y sus gritos de «¡Eh, escuchad! ¡Venid aquí, ha ocurrido algo tremendo!»
Por fin se presentó dramáticamente al borde del claro, y en ese instante una estremecida rama dejó caer toda su nieve encima del soberano. Pero Pelinor no hizo caso. Salió de debajo del mon­tón de nieve, como si no lo hubiese notado, y siguió vociferando:
—¡Eh, escuchad, escuchad!
—¿Qué ocurre, Pelinor? —preguntó sir Héctor.
—¡Venid pronto! —gritó aún el rey, y volviéndose lleno de aturdimiento desapareció de nuevo en la espesura.
—¿Estará en sus cabales? —dijo sir Héctor—. ¿Qué os parece?
—Un personaje muy excitable —repuso sir Grummore.
—Será mejor que le sigamos, para ver lo que le ocurre.
La columna avanzó calladamente en pos del rey Pelinor, siguien­do su errática marcha gracias a las huellas que dejaba en la nieve.
El espectáculo que se presentó a la vista de todos fue algo que no esperaban. En medio de un pequeño claro se hallaba sentado el rey Pelinor, mientras las lágrimas resbalaban por su rostro. Sobre las piernas tenía una enorme cabeza parecida a la de una serpiente, a la que daba golpecitos con una mano. Después del cuello se ini­ciaba un largo cuerpo, delgado y amarillo, con manchas en la piel. El cuerpo terminaba por unas patas de león, cuya pezuñas eran de corzo.
—Vamos, vamos —estaba diciendo el rey—. De verdad que no pensaba dejarte. Sólo quise dormir un tiempo en una cama de plumas. Por favor, bestia, no te mueras; no me vayas a dejar sin fiemos para siempre.
Cuando vio a sir Héctor, el rey tomó el mando de la situación. La angustia le confería autoridad.
—A ver, sir Héctor —exclamó—. No os quedéis ahí como un gaznápiro. Traed el barrilillo de vino en seguida.
Cuando tuvo el barril a su lado, Pelinor vertió una generosa cantidad de vino en la boca de la Bestia Bramadora.
—¡Pobre criatura! —dijo el rey Pelinor, lleno de indignación—. Estaba desfalleciente; muriéndose casi, porque nadie se tomaba interés por ella. No sé cómo pude quedarme tanto tiempo en casa de sir Grummore, sin dedicar un solo pensamiento a mi querida bestia. Mirad esas costillas, digo yo. Parecen los aros de un barril. Y estaba echada sobre la nieve, casi sin voluntad de vivir. Vamos, vamos, bestezuela, a ver si puedes tomar otro trago de este vinillo. Te hará mucho bien.
Pelinor siguió palmeando a la Bestia Bramadora, y lleno de remordimiento agregó:
—Y yo durmiendo en un lecho de plumas, como... como un perro faldero.
—Pero, ¿cómo la encontrasteis? —tartamudeó sir Grummore.
—Ocurrió cuando alguien me dio de plano con su espada, como a un imbécil. Vine por aquí y la vi tendida en este matorral, medio cubierta de nieve y con lágrimas en los ojos, sin nadie que la cuidase. Eso ocurre por no llevar una vida metódica. Antes era diferente. Nos levantábamos al mismo tiempo, las pesquisas se ha­cían en horas establecidas, e íbamos a dormir a las diez y media. Pero mirad ahora. La pobre está deshecha, y será vuestra la culpa, Grummore, si se muere. De vos y de vuestro lecho de plumas.
—¡Pero, Pelinor! —exclamó sir Grummore.
—Callad, callad —dijo el rey, en seguida—. No os quedéis tartamudeando ahí como un bobo. Haced algo. Traed otro palo, para que podamos llevarnos a la buena bestezuela a casa. ¿No lo comprendéis, Héctor? Debemos transportarla al castillo y colocarla ante el fuego de la cocina. Mandad a alguien para que haga pre­parar leche y pan. Y vos, Twyti, o como os llamen, dejad de trom­petear con ese cuerno y corred a calentar algunas mantas.
»Cuando lleguemos a casa —prosiguió diciendo el rey Pelinor—, lo primero que debemos hacer es darle una buena comida, y luego, si ya es de mañana, nos ejercitaremos un poco en la pesquisa, du­rante un par de horas, como en los viejos tiempos. ¿Qué me dices a eso, eh, Bramadora? Tú irás por el camino alto y yo por el bajo. Vamos, Robín Hood, o quien rayos seáis —quizá penséis que no lo sé, pero sí que lo sé—, basta ya de apoyaros en vuestro arco, con ese aire negligente. Arrimad el hombro, y decid a ese muscu­loso sargento que os ayude a llevar el animalito. Vamos, a ver, levantadla despacio. Así, con cuidado, no vayáis a tropezar, cabe­zas de chorlito. Ahora, atención, de frente, ¡march!
»Y en cuanto a vos, Grummore —agregó el rey, casi sin haber terminado de hablar—, podéis quedaros con vuestro lecho de plumas y prenderle fuego.»
CAPITULO XVII
reo que ya va siendo hora de que recibáis algu­nas lecciones más —dijo Merlín, mirando a Verruga por encima de sus gafas, una tarde—; porque el tiempo vuela.
Era una tarde de comienzos de primavera, y todo lo que se veía a través de la ventana era hermoso. El blanco manto invernal había desaparecido, lleván­dose con él a sir Grummore, al cazador mayor, al rey Pelinor y a la Bestia Bramadora. Esta última había revivido bajo la influencia del afecto, de la leche y el pan, y cuando se halló recuperada salió del castillo con grandes muestras de gratitud, para ser seguida dos horas después por el perseverante rey. Los que observaban des­de las almenas vieron que la fiera trataba de confundir, con evi­dente ingenio, las huellas que dejaba sobre la nieve, cuando llegó al borde del bosque. La Bestia Bramadora corría hacia atrás, brin­caba veinte pies hacia un lado, borraba sus pasos en la nieve con la cola, se desplazaba por ramas horizontales, y realizaba muchas otras tretas con gran contento. También vieron al rey Pelinor —que contó honradamente hasta diez mil, manteniendo los ojos cerrados para que el animal se alejase—, el cual se mostró muy confuso cuando llegó al lugar más difícil y luego se alejó a caballo en direc­ción contraria a la que debía seguir, arrastrando detrás a su sabueso. Era una hermosa tarde. Desde la habitación que servía de aula de estudio, los alerces del lejano bosque se veían en la plenitud de su intenso verde; la tierra parecía esponjarse con las últimas lluvias caídas, y todos los pájaros del mundo volvían a sus lugares para trinar y hacerse la corte.
Las gentes del poblado cuidaban de sus huertos, plantando alubias y otras hortalizas, contra las que conspiraban las aves, las ovejas, los caracoles y otros seres vivientes.
—Veamos, ¿qué te gustaría ser ahora? —preguntó Merlín al chiquillo.
Verruga miró por la ventana, escuchó el canto de los zorzales, y dijo:
—En una oportunidad fui ave, pero sólo en el pabellón de cetrería, y por la noche. No llegué a tener ocasión de volar. Aunque ciertas lecciones no deban repetirse, ¿no creéis que debiera ser pájaro de nuevo, para aprender bien aquello?
Verruga se había sentido picado por el afán de ser ave que embarga a toda persona sensible en primavera.
—No veo motivo para que no lo hagas —repuso el mago—. Pero, ¿no es mejor que lo intentes por la noche?
—Por la noche las aves suelen estar durmiendo.
—Tendrás más posibilidades de verlas sin que echen a volar. Podrías ir con Arquímedes esta noche, y él te dirá muchas cosas sobre sus congéneres.
—¿Querrás hacerlo, Arquímedes? —preguntó Verruga.
—De mil amores —repuso el búho—. La verdad, me estaba sintiendo un poco aburrido.
—¿Acaso sabes por qué cantan las aves? —preguntó Verruga, pensando en los zorzales—. ¿Es ése su lenguaje?
—En efecto, así se entienden. No es un lenguaje como el hu­mano, pero les sirve para comprenderse.
—Gilbert White —apuntó Merlín— escribe, o escribirá, mejor dicho, que «el lenguaje de las aves es muy antiguo, y en él, como en otros viejos modos de expresarse, es poco lo que se dice, pero mucho lo que se da a entender». También añade en otra parte que «las cornejas, durante la época de la cría, tratan a veces de cantar, debido a la alegría que sienten, pero sin gran fortuna».
—Me gustan las cornejas —aseguró el chico—. Será una ton­tería, pero me parece que es mi pájaro preferido.
—¿Por qué? —inquirió Arquímedes.
—No sé, me resultan simpáticas. Me gusta su charla.
—Pero son unos pésimos padres —aseguró Merlín, que estaba de talante educativo—, y de polluelos son charlatanas y perversas.
—Eso es cierto —confirmó Arquímedes, pensativo—. Todos los córvidos tienen un sentido del humor muy retorcido.
—Pues me gusta ver cómo disfrutan volando —dijo Verruga—-. No se limitan a volar, como otras aves, sino que lo hacen con gusto. Es muy hermoso ver a las cornejas cuando regresan a sus nidos, en bandadas, parloteando, haciendo jocosas observaciones y em­pujándose unas a otras del modo más vulgar. A veces se vuelven boca arriba, en el aire, sólo por parecer ridículas, o para buscarse mejor las pulgas.
—Al menos —agregó Arquímedes—, son pájaros inteligentes, a pesar de su humor tan especial. Son unas de las pocas aves que tienen un Parlamento, ¿sabes?, y también un sistema social.
—¿Quieres decir que tienen leyes?
—Desde luego. Se reúnen en otoño, en un prado, para hablar de todo eso.
—¿Qué clase de leyes son las suyas?
—Bueno, se trata de leyes acerca de la defensa de la bandada, sobre el matrimonio, y cosas así. No pueden casarse, si no es con miembros del propio grupo, y si alguno pierde todo vestigio de decencia, y se trae alguna morena doncella de una tribu vecina, todos los componentes del grupo reducen a migajas el nido del atrevido en un abrir y cerrar de ojos. Luego le hacen alejarse de la bandada. Por eso cada una de éstas tiene sus nidos marginales a su alrededor, a varios árboles de distancia.
—Otra de las cosas que me gusta de las cornejas —prosiguió diciendo Verruga, es su valentía. Podrán ser ladronas y gastar bro­mas pesadas, y tal vez se empujen unas a otras de un modo un poco descortés, pero tienen valor para combatir a sus enemigos. Creo que hay que tener coraje para atacar a un halcón, aunque ellas vayan en bandada. Y aun entonces, no dejan de hacer el payaso.
—Son gentuza, una chusma —repuso Arquímedes, con tono altanero.
—Pues insisto en que me resultan simpáticas —manifestó Ve­rruga.
—¿Cuál es tu ave favorita? —preguntó Merlín al búho cortésmente, para mantener la paz.
Arquímedes lo pensó un momento, y luego contestó:
—Bueno, es una pregunta muy complicada. Es como pregun­tarle a uno cuál es su libro preferido. A mi modo de ver, tal vez mi ave favorita sea la paloma.
—¿Para comértela?
—Dejemos a un lado ese aspecto —repuso Arquímedes, con tono mesurado— Es sabido que la paloma constituye la presa más codiciada de todas las aves rapaces, sobre todo cuando es una paloma gorda; pero yo sólo estaba pensando en sus costumbres domésticas.
Veamos, descríbelas.
—La paloma torcaz —agregó Arquímedes— es una especie de cuáquero, que viste de color pardo. De polluelo es obediente, muy cariñosa, y como padre es muy sabia, dándose cuenta, como los filósofos, de que todo el mundo está contra ella. A través de los siglos ha aprendido a huir de los demás. Jamás una paloma cometió un acto de agresión o se ha vuelto contra sus atacantes, y sin em­bargo, no hay ave más diestra para eludirnos. Sabe dejarse caer de un árbol por el lado opuesto al que estén los hombres, y volar bajo, a la altura de los setos. Es un pájaro que vigila constante­mente, y si cae en poder del enemigo pierde las plumas con facili­dad, por lo que los perros no suelen cogerla con la boca. Las pa­lomas se arrullan con verdadero cariño, nutren solícitamente a sus polluelos, que cuidan con verdadero mimo, y son individualistas que sobreviven a las fuerzas de la matanza sólo gracias a su des­treza para la huida.
«¿Sabéis acaso —añadió Arquímedes— que las parejas de pi­chones siempre anidan con la cabeza hacia atrás, a fin de poder vigilar en todas direcciones?»
—Sé que así lo hacen nuestras palomas domésticas —dijo Ve­rruga—. Supongo que la razón de que la gente está siempre tratando de matarlas es porque son tan voraces. Lo que me gusta más de las palomas torcaces es su forma de volar, y cómo se re­montan y cierran las alas, en el descenso, sobre todo cuando corte­jan, de modo que su vuelo es semejante al de los picamaderos.
—No me parece que vuelen como los picamaderos —declaró Merlín.
—Bueno, tal vez no —admitió Verruga.
—¿Y cuál es vuestra ave preferida? —preguntó a su vez Ar­químedes, pensando que su amo también tenía derecho a decirlo.
Merlín se acarició la barbilla pensativamente, como Sherlock Holmes, y contestó en seguida:
—La mía es el pinzón. Mi amigo Linneo le llama célibe, o ave soltera. Sus bandadas se disgregan en invierno, de modo que los machos quedan en un grupo y las hembras en otro. Así, al menos durante los meses invernales, reina entre ellos la paz.
—Estábamos hablando antes de si los pájaros podían conver­sar —dijo Verruga.
—Otro amigo mío —respondió Merlín, con su tono más doctoral— asegura que el lenguaje de las aves se basa en la imitación. Aristóteles también atribuye a la tragedia un origen imitativo. Arquímedes suspiró en profundidad y dijo resignadamente:
—Será mejor que nos lo contéis.
—Ocurre del modo siguiente —dijo Merlín—: El cernícalo se abate sobre un ratón, y el pobre animalillo, aterrado por aquellas garras, lanza un agónico grito: «¡Quiiii!» Luego, cada vez que el cernícalo avista a un ratón, exclama lo mismo, como imitación de lo que oyó antes. Otro cernícalo, tal vez la pareja del anterior, escucha ese grito, y al cabo de algunos millones de años, todos los cernícalos están llamándose de ese modo: «¡Quii-quii-quii!»
—No puede decirse eso de todas las aves —dijo Verruga.
—Pero sí de buena parte de ellas. Los halcones chillan como su presa; los ánades salvajes croan como las ranas que comen, y lo mismo hacen los alcaudones. Los mirlos y los zorzales chasquean igual que los caracoles, cuando les destrozan la concha con el pico. Las diversas clases de pinzones emiten el crujido de las semillas al abrirse, y el picamaderos imita el golpear sobre la madera, lo que le permite obtener los insectos de que se alimenta.
—¿Y los trinos?
—Las aves imitan sus llamadas, y a partir de ellas hacen las variaciones peculiares de cada especie.
—Comprendo —declaró Arquímedes, gravemente—. ¿Y qué hay respecto a mí?
—Bueno, ya sabes muy bien que la musaraña que persigues grita «¡Quiii-vic!». Por eso vuestros polluelos hacen «¡Quiii-vic!».
—¿Y los adultos? —inquirió el búho, sarcásticamente.
—Hacen «Jurúuu, jurúuu» —contestó Merlín, sin desconcer­tarse—. Es evidente, mi querido amigo, que se trata del sonido que hace el vientre en los agujeros donde prefieren dormir tus congéneres durante los inviernos.
—Comprendo —repuso Arquímedes—. Pero esta vez no se trata del grito de una presa, al menos.
—Vamos, vamos —repuso el mago—, en la vida existen otras cosas, aparte de la comida. Hasta las aves beben a veces, o se bañan en el agua. Son esos ruidos del líquido los que oímos en el canto del petirrojo.
—Vaya, parece que ya no se trata sólo de lo que se come, sino también de lo que se bebe, o lo que sirve para bañarse —apunto el búho.
—¿Por qué no?
—Está bien, está bien —dijo el ave, con resignación.
—Pues yo creo que se trata de una lección interesante —observó Verruga, para animar a su preceptor—. Pero, ¿cómo puede surgir un lenguaje, a partir de tales imitaciones?
—Lo repiten la primera vez —explicó Merlín—, y luego hacen variaciones. No parece que comprendáis el significado que tiene el tono y la frecuencia de la llamada. Si alguna dice «Qué hermoso día», otra le contesta «En efecto», y eso es todo. Pero a veces dicen «Qué hermoso día», variando el tono, y ello supone una expresión de afecto. Así es como los pájaros van desarrollando su lenguaje.
—¿Podríais decirnos —terció Arquímedes—, ya que tanto sa­béis de nosotros, cuántas cosas podemos expresar las aves variando el énfasis de nuestras llamadas?
—Un gran número de cosas. Podéis decir «Quiii-vic» con tierno acento, o coléricamente, como desafío. Podéis gritarlo agudamente, como llamada, si no sabéis dónde está vuestra pareja, o para atraer su atención sobre la presencia de extraños cerca del nido. Si yo me acerco mucho, entonces chillaréis «Quiiivic-quiiivic-quiiivic», llenos de angustia.
—Cuando se trata de reflejos condicionados —declaró Arquí­medes—, prefiero hablar de los ratones.
—Está bien. Cuando los encontráis, hacéis otro sonido carac­terístico de los búhos, aunque no se mencione en los libros de ornitología. Me refiero a ese «Tac» que los seres humanos podemos hacer chasqueando con los labios.
—¿Y qué pretendemos imitar con eso?
—Evidentemente, el quebrar de los huesos del ratón —contestó el mago.
—Sois un gran profesor —dijo Arquímedes—, mas por lo que concierne a los pobres búhos, debo decir que no tenéis razón. Puedo asegurar, por experiencia personal, que no es como vos decís. Un sólo «tat» puede significar que hay peligro, y además, la clase de riesgo que se presenta. De ese modo puedo decir : «Cuidado con el gato», o «Cuidado con el halcón», y me entenderán con toda claridad.
—No lo niego —admitió Merlín—. Sólo me he referido a los rudimentos de vuestro lenguaje. Espero que me digáis los dos cuál es el ave cuyo canto no deba atribuirse originalmente a alguna clase de imitación.
—La chotacabras —dijo Verruga.
—Imita el zumbar de las alas del escarabajo —contestó Merlín, en seguida.
—El ruiseñor —manifestó Arquímedes, desesperado.
—Ah —repuso el mago, arrellenándose placenteramente en su asiento—, ahora vamos a tratar de imitar el conmovedor canto de nuestra bienamada Proserpina, cuando se encuentra animada.
—«Tiriu» —hizo Verruga, suavemente.
—«Pieu» —añadió el búho, con delicadeza.
—Música, música —manifestó el nigromante en un éxtasis, pero mostrándose incapaz de hacer la menor imitación.
—Hola —dijo Kay, al tiempo que abría la puerta de la estan­cia—. Siento llegar tarde a la lección de geografía. Estuve tratando de capturar algunos pájaros con mi arco. Mirad, he matado a un zorzal.
CAPITULO XVIII
erruga estaba despierto en la cama, como le habían dicho que hiciera. Tenía que esperar hasta que Kay estuviese dormido, y entonces Arquímedes iría a buscarle para someterse a la magia de Merlín. Reposaba debajo de la gran piel de oso, y contemplaba a través de la ven­tana las estrellas del cielo nocturno de primavera, que ya no apa­recían heladas y metálicas, sino como si las acabasen de lavar y se hubieran hinchado con el agua. Era una noche hermosa, y el cie­lo estaba totalmente despejado. Entre las estrellas, el firmamento parecía un terciopelo oscuro y espeso. Enmarcadas en la ventana del oeste, Aldebarán y Betelgeuse corrían en pos de Sirio, ya sobre el horizonte, y la estrella Cazadora, como un sabueso, observaba a su amo, Orión, que aún no había aparecido. También por la ven­tana penetraba el aromático olor de las flores, pues las grosellas, las fresas silvestres, los ciruelos y los espinos se hallaban en plena flo­ración, y no menos de cinco ruiseñores estaban compitiendo en un concierto de melodías, entre las oscuras frondas de los árboles.
Verruga escuchaba cubierto a medias por la piel de oso, con las manos cruzadas detrás de la cabeza. Todo aquello resultaba demasiado hermoso para poder dormirse. Siguió observando las estrellas en una especie de trance. Pronto llegaría el verano, de nuevo; podría dormir junto a las almenas, y contemplar esas estre­llas justamente encima de su rostro, como si fueran luciérnagas, y « Vía Láctea, que parecía hecha con el polen de las flores. Ima­gino que iba hacia arriba, cada vez más alto, entre los astros, sin alcanzarlos nunca, sin dejar de remontarse, abandonándose calla­damente a la suave velocidad de los espacios.
Aún estaba totalmente despierto cuando llegó Arquímedes.
—Ten, cómete esto —dijo el búho, y entregó a Verruga un ratón.
Verruga notó una sensación tan extraña, que cogió la presa sin protestar y se la llevó a la boca, como si no sintiera repugnan­cia. No le sorprendió notar que era un bocado excelente, con un jugoso sabor parecido al melocotón, aunque la piel no era tan sa­brosa como el animalillo, claro está.
—Ahora será mejor que vueles un poco —dijo Arquímedes—. Hazlo desde la ventana al suelo de la habitación, para que te acos­tumbres, antes que nos marchemos.
Verruga, o el búho, saltó para encaramarse a la ventana, y en seguida notó el impulso que le proporcionaban sus alas. Aterrizó en el antepecho de la ventana con un golpe sordo, como suelen hacerlo las lechuzas y los búhos; pero no calculó bien la distancia, siguió un trecho y cayó afuera, al vacío.
«Ahora es cuando me rompí el cuello», pensó alegremente. Era curioso, pero no se tomaba la vida en serio. Vio que los muros desfilaban rápidamente, a su lado, y que el suelo y el foso crecían con gran rapidez. Dio unos aletazos, y la caída pareció detenerse, pero en seguida se reanudó. De nuevo aleteó, y notó la extraña sensación de ver la tierra oscilar debajo de él, en medio del silen­cio de la noche.
—Por todos los cielos —jadeó Arquímedes, balanceándose en el aire, a su lado— deja ya de volar como un picamaderos. No haces más que avanzar a empellones. Así no hay quien te siga.
—Si dejo de hacerlo —repuso Verruga—, me voy de cabeza contra el suelo.
—Necio, mueve las alas continuamente, como lo hago yo, en lugar de agitarlas a saltos.
Verruga hizo lo que le mandaban, y se sorprendió al ver que la tierra dejaba de balancearse debajo. Le pareció que ni siquiera se movía en el aire.
—Eso ya está mejor —dijo el búho.
—Es curioso cómo se ve todo —observó el muchacho, con aire maravillado, ahora que podía mirar a su alrededor.
Y lo cierto es que el mundo tenía un singular aspecto desde allí arriba. En cierto modo podía decirse que semejaba al negativo de una fotografía, pues alcanzaba a ver una raya más allá, en el espectro, de lo que percibe el ojo humano. Una cámara de rayos infrarrojos es capaz de tomar fotografías en la oscuridad, cuando nosotros no podemos ver, y también puede tomarlas a la luz del día. A los búhos les ocurre lo mismo, pues es inexacto que sólo puedan ver de noche. También lo hacen de día perfectamente, con la diferencia de que poseen la ventaja de apreciar las cosas de no­che con toda claridad. Por lo tanto, es lógico que prefieran cazar cuando reina la oscuridad y muchos animalillos están a su merced. A Verruga, las verdes copas de los árboles le habrían parecido blanquecinas a la luz del día, como si estuvieran cubiertas por una floración de manzano, en tanto que ahora, por la noche, todo pa­recía diferente. Era como volar en un crepúsculo que redujera todo a sombras del mismo color.
—¿Te gusta?
—Muchísimo. ¿Sabes?, cuando era pez noté que en el agua había algunas partes que estaban más calientes y otras más frías. Lo mismo ocurre en el aire.
—La temperatura —dijo Arquímedes— depende de la vege­tación que hay debajo. Tanto si son bosques como si es maleza, calientan el medio que está más arriba.
—Ahora comprendo por qué los reptiles que se cansaron de estar en el agua se transformaron en aves. Ciertamente, es mucho más entretenido.
—Ya empiezas a pensar con cordura —hizo notar Arquíme­des—. ¿Te importaría que descansáramos un poco?
—¿Cómo se hace para posarse en tierra?
—Debes reducir la velocidad todo lo posible. Es decir, remón­tate hasta que pierdas el impulso, y ya cerca del suelo te posas en él. ¿Nunca has notado cómo ascienden un poco los pájaros, antes de posarse? No caen directamente sobre la rama, sino que bajan un poco por debajo de ella, y luego suben. En el ápice del ascenso pierden velocidad y se posan.
—Pero los pájaros también descienden a la tierra. ¿Y qué me dices de los patos silvestres, en el agua? No pueden posarse de ese modo.
—Bueno, es perfectamente posible posarse en superficies lla­nas, aunque resulte más difícil hacerlo. Para ello es necesario des­lizarse a la velocidad mínima, y luego aumentar la resistencia al viento ahuecando las alas y bajando las patas y la cola. Habrás notado que pocos pájaros lo hacen con gracia. Fíjate cómo el cuervo da un golpe al caer, y cómo el ánade chapotea en el agua. Las aves que tienen alas en forma de cuchara, como la garza o el avefría, lo hacen mejor. Sin pecar de inmodesto, debo decir que nosotros, los búhos como las lechuzas o los mochuelos, no lo hacemos del todo mal.
—¿Y las aves de alas largas, como los vencejos? Seguramente serán los peores, pues no deben poder despegar desde una super­ficie plana, ¿verdad?
—La razón es diferente, aunque es cierto que les ocurre eso —dijo Arquímedes—. Pero, ¿es necesario que hablemos mientras volamos? Estoy comenzando a cansarme.
—Y yo también.
—Los búhos preferimos descansar cada cien yardas.
Verruga imitó a Arquímedes, para posarse hacia arriba en la rama que habían elegido. Comenzó a caer justamente cuando es­taban encima, y se aferró a la rama en el último momento. Balan­ceóse de atrás adelante dos veces, y al fin se dio cuenta de que se había posado felizmente. Luego plegó las alas.
Mientras Verruga se quedaba quieto, admirando el panorama, su amigo procedió a hacer una disertación acerca del vuelo de las aves. Le contó que si bien el vencejo era tan diestro en el vuelo que podía dormir mientras se hallaba en el aire, y que si el mismo Verruga había mostrado admiración por las evoluciones de las cornejas, el pájaro que mejor volaba de todos era el avefría. Ex­plicó las acrobacias que hacía, por el simple placer de hacerlas. Eran las únicas aves que consideraban una diversión el deslizarse desde una altura al suelo, con excepción del más viejo, alegre y hermoso de todos los pájaros, el cuervo.
Verruga prestó escasa atención a la conferencia, pues trataba de acostumbrar sus ojos a los extraños tonos de luz, al tiempo que observaba a Arquímedes con el rabillo de uno de sus ojos. Pues el otro búho, mientras hablaba, se dedicaba inconscientemente a espiar la presencia de una posible presa. Para hacerlo, Arquí­medes tenía quietas las patas en las ramas, pero movía el cuerpo de un lado a otro, como la persona que en el cine tiene una señora gorda sentada delante y no sabe bien por qué lado debe mirar. Como al mismo tiempo Arquímedes podía volver la cabeza casi hasta quedar mirando a sus espaldas, cabe imaginarse que sus con­torsiones eran dignas de ser observadas.
—¿Qué estás haciendo? —preguntó Verruga.
Pese a la pregunta, Arquímedes se marchó. En un momento había un búho hablando de avefrías, y un segundo más tarde el ave había desaparecido. Pero bastante más abajo de donde estaba Verruga posado, oyóse en seguida un golpe sordo y un crujido de hojas, mientras el proyectil aéreo caía en medio de la hojarasca.
Un minuto después el búho se hallaba junto a Verruga en la rama, picoteando un gorrión muerto.
—¿Puedo hacer eso? —preguntó Verruga, dispuesto a mostrar­se sanguinario.
—En realidad no debes hacerlo —repuso Arquímedes—. El ratón mágico que te convirtió en búho es bastante para ti, por ahora. Además, has estado comiendo como ser humano todo el día, y ten en cuenta que los búhos no matamos por placer. Por último, me han encomendado la misión de que te instruya, y una vez que termine mi cena, eso será lo que haremos.
—¿Adonde piensas llevarme?
Arquímedes terminó con el gorrión, limpióse educadamente el pico en la rama, y volvióse a mirar de frente a Verruga. Aquellos ojos grandes y redondos tenían, como lo había expresado un famoso escritor, cierto fulgor luminoso semejante al de las uvas maduras.
—Una vez que hayas aprendido a volar —manifestó Arquíme­des—, Merlín quiere que pruebes a ser un ganso salvaje.


El lugar que Verruga dominaba con la vista era absolutamente llano. En el mundo de los hombres raramente vemos extensiones llanas, puesto que los árboles, las casas y las desigualdades del terreno son algo habitual. Pero allí, en el vientre de la noche, el chato e infinito cieno era tan informe como un oscuro requesón. De haber sido arena húmeda, solamente, incluso habría tenido esas pequeñas marcas parecidas a olas, que se asemejan a la superficie del cielo de la boca.
En aquella vasta planicie imperaba un elemento, el viento. Pues era un elemento, realmente, con su dimensión y su oscuro poten­cial. En el mundo de los seres humanos el viento procede siempre de alguna parte y se dirige a otra. En este tránsito, pasa a través de algo, bien sean copas de árboles, calles o setos. Pero aquel viento que notaba Verruga no venía de ninguna parte, no atravesaba nada, y tampoco tenía un destino preciso. Siempre horizontal, silencioso tangible, infinito, su fuerza se ejercía toda sobre el cieno.
Verruga, dando la cara al viento, sintió como si no hubiese sido creado. Con excepción de la húmeda solidez bajo sus palmea­das patas, el chico vivía sobre la nada, en una sólida nada pare­cida al caos. Pero se había establecido un límite a aquel estremecedor vacío. Muy lejos, hacia el este, tal vez a una milla de dis­tancia, había una fuente de sonido. Resultaba amenazadora, deseosa de cobrarse víctimas. Era el vasto, el inmisericorde mar.
Dos millas hacia el oeste, había tres puntos de luz formando un triángulo. Eran los débiles candiles de una cabaña de pesca­dores. Estos se habían levantado temprano para aprovechar la marea en las sinuosas caletas de la marisma salada, cuyas aguas, a veces, corrían en sentido contrario a las del océano. Esos eran todos los indicios de este mundo: el rumor del mar y las tres en­debles lucecillas. Lo demás eran tinieblas, vastedad, monotonía, humedad, y en el seno de la noche, la corriente interminable del viento.


Cuando ya iba a amanecer, el muchacho se dio cuenta de que estaba descansando entre un vasto grupo de congéneres. Casi todos se hallaban sentados sobre el cieno, pero algunos ya se encontraban nadando en el agua, algo más lejos de las rompientes. Los gansos que estaban en el barro parecían como grandes teteras, mientras que los que nadaban en el agua sumergían la cabeza y al sacarla la sacudían. Unos pocos, despertándose sobre el cieno, agitaban las alas vigorosamente. El profundo silencio comenzó a verse roto por la amistosa cháchara. Había unos cuatrocientos de ellos distri­buidos por la parda vecindad. Los gansos salvajes de frente blanca son hermosas criaturas a las que una vez vistas de cerca, el hom­bre no puede olvidar.
Mucho antes de que el sol apareciese en el horizonte, habían comenzado a prepararse para el vuelo. Las familias de la nidada del año anterior se mezclaban entre sí, tal vez por orden de algún abuelo, alguna abuela, o de un jefe de grupo. Cuando todo estuvo dispuesto, pudo advertirse una leve nota de excitación en el par­loteo de las aves, que comenzaron a mover la cabeza de lado a lado, con bruscos movimientos.
Luego, volviéndose de cara al viento, repentinamente echaron a volar en bandadas de treinta o cuarenta, con las alas batiendo en la negrura, y un graznido de triunfo que surgía de sus gargan­tas. Describían un amplio círculo y luego ascendían rápidamente, para perderse de vista en seguida. A veinte yardas por encima del suelo, ya eran invisibles en la oscuridad. Los que partían más tem­prano no se mostraban comunicativos. Por lo general, eran aves taciturnas antes de la salida del sol; sólo hacían observaciones oca­sionales, o graznaban advertencias de una sola nota, si algún peli­gro amenazaba. En tal caso, toda la bandada ascendía verticalmente hacia el cielo.
Verruga comenzó a sentirse inquieto. El continuo despegue de las escuadrillas de aves le impulsaba a seguir el ejemplo, aunque estaba un poco atemorizado. Tal vez los grupos familiares se dieran cuenta de que era un intruso. Pero no quería continuar en solitario. Deseaba unirse a los demás y gozar del ejercicio del vuelo matinal, que tan grato parecía resultar. Aquellas aves tenían sentido de la camaradería, de la disciplina, y una evidente y contagiosa alegría de vivir.
Cuando el ganso que estaba al lado de Verruga extendió las alas, el muchacho le imitó maquinalmente. Ocho de sus vecinos habían estado sacudiendo los picos, y él hizo lo propio. Ahora, con esos mismos ocho gansos se encontró hendiendo el aire. En cuanto abandonó el suelo, el viento pareció desvanecerse. Su inquietud y violencia pareció haber sido cortada con un cuchillo. Estaba vo­lando, y se sentía en paz.
Los ocho gansos se dispusieron en línea, ampliamente espacia­dos, quedando Verruga detrás. Dirigiéronse hacia el este, donde se había visto el tenue fulgor del amanecer, y ahora, ya más cerca, el denodado sol comenzó a elevarse.
Un destello anaranjado apareció en la oscura faja de nubes, situada más allá de la tierra. El glorioso color fue extendiéndose, y la marisma salada se hizo más visible debajo. Era una ciénaga informe que se había hecho marítima por accidente. Sus brezos, aun pareciendo tales, se habían emparejado con las algas hasta con­vertirse en brezos marinos, de resbaladizas frondas.
El sol, al elevarse, tiño el mercurio de las caletas y el fulgurante cieno. El chorlito, que había estado lanzando sus plañideras quejas desde mucho antes de amanecer, echó a volar. La cerceta, que dormía sobre el agua, llegó silbando sus notas dobles. El ánade silvestre acudió volando trabajosamente contra el viento, desde tierra. Una nube compacta de estorninos giró en el aire produ­ciendo un gran alboroto. La negra guardia de los cuervos se alzó desde los pinos de las dunas lanzando alegres graznidos. Aves de tierra de todas clases poblaban la línea de las mareas, llenándola de actividad y de belleza.
El amanecer, ese amanecer del mar, y la majestad de los orde­nados vuelos, eran de una hermosura tan intensa que Verruga sintióse impulsado a cantar. Deseaba lanzar un canto a la vida, Y como un millar de gansos estaban volando a su alrededor, no tuvo que esperar demasiado.
Las filas de aves, girando como el humo en el cielo, mientras se enfrentaban con el amanecer, estallaron de pronto en cánticos de alegría. Cada bandada tenía su tono diferente, algunos joviales, otros triunfantes, otros sentimentales. El alba se anunció con sus heraldos, que cantaban así:

Oh tú, mundo que giras bajo nuestras alas,
Deja levantar al sol para que alegre nuestro canto.

Mira, en cada pecho, el escarlata, el bermellón,
Escucha de cada garganta los clarines.

Oye el rumor de los oscuros batallones,
Cuernos de caza, sabuesos y nobles caballos del alba y del cielo.

Libres, libres; lejos, lejos, sobre las batientes alas,
Vuela el Ansar albifrons, entonando su canto.

Verruga se hallaba ahora en un abrupto campo, a la luz del día. Sus compañeros de vuelo buscaban comida a su alrededor, entre la hierba, con movimientos laterales de sus suaves picos, doblando los cuellos en forzadas curvas, a diferencia de los cisnes, cuyos cuellos siempre trazan líneas graciosas. Mientras se alimen­taban, uno de los del grupo se hallaba de guardia, con la cabeza en alto, parecida a una serpiente. Esas aves se apareaban durante el invierno, por lo que tendían a alimentarse por parejas, dentro del grupo familiar. La joven hembra que Verruga tuvo por vecina en las marismas, tenía un año de edad, y le miraba con ojos com­placientes.
Por fin, la joven gansa dio un empujón a Verruga con el pico. Este se dio cuenta de que era ella la que había estado actuando de centinela.
—Tú vas ahora —dijo la gansa.
Luego el ave bajó la cabeza sin esperar respuesta alguna, em­pezó a comer, y se alejó de Verruga.
Este se colocó de centinela. No sabía bien lo que debía vigilar, si no eran las otras bandadas que picoteaban allá lejos. De todos modos, sintióse orgulloso de que le tuvieran confianza como para dejarle de centinela.
—¿Qué estás haciendo ahí? —le preguntó la gansa, cuando volvió a pasar, media hora más tarde.
—Hago de centinela.
—¡Vamos, no seas tonto! —respondió ella, riéndose jovial­mente.
—¿Qué ocurre?
—Bien lo sabes.
—No, no lo sé —repuso él—. ¿He hecho algo malo? No te entiendo.
Vamos, picotea al de al lado. Has estado haciendo guardia al menos durante el doble del tiempo que te correspondía.
Verruga hizo lo que le decían, y el ganso que se hallaba al lado de él asumió la vigilancia. Luego Verruga se acercó a la gansa y se puso a comer junto a ella. Picotearon entre las hierbas mirándose discretamente.
—Creerás que soy un estúpido —manifestó Verruga, tímida­mente, y por vez primera confesó a un animal el secreto de su ver­dadera naturaleza—, pero es que en realidad no soy un ganso. Nací como ser humano. Este ha sido mi primer vuelo.
Ella se mostró discretamente sorprendida.
—Esto no es lo acostumbrado —dijo—. Los seres humanos sue­len convertirse en cisnes. Los últimos que se transformaron fueron los Hermanos de Lir.
—He oído hablar de ellos.
—No les gustó. Eran unos nacionalistas y religiosos furibundos, como seres humanos, y como cisnes se pasaron todo el tiempo en torno a una capilla de Irlanda. Puede decirse que apenas si tuvieron en cuenta a los demás cisnes.
—Yo, en cambio, lo estoy pasando muy bien —manifestó Verruga.
—Eso me parece. ¿Para qué te han enviado?
—Para que perfeccionase mi educación.
Comieron un poco en silencio, hasta que Verruga recordó algo e inquirió:
—Oye, esos centinelas, ¿se deben acaso a que estamos en guerra?
La gansa no entendió la última palabra.
—¿Guerra? —preguntó.
—Sí. ¿Somos aves luchadoras?
—¿Luchadoras? —preguntó ella de nuevo—. Ah, sí. Los hom­bres suelen luchar por sus mujeres, y cosas de esas. Claro que sólo se trata de saber quién es el mejor de ellos. ¿Era eso lo que querías decir?
—No. Me refiero a luchas entre ejércitos, contra otros gansos, en nuestro caso.
Ella se mostró divertida.
—¡Qué ridiculez! —manifestó—. ¿Hablas de un montón de gansos, peleando todos a la vez? Bueno, creo que sería algo entrete­nido de ver.
El tono de voz de la gansa sorprendió a Verruga, que no había esperado esa observación.
—¿Dices que debe de ser entretenido ver cómo se matan unos a otros?—preguntó.
—¿Matarse unos a otros? ¿Un ejército de gansos matando a otros gansos?
Comenzó a entender lo que Verruga quería decir, y una expre­sión de disgusto apareció en su rostro. Entonces le abandonó, diri­giéndose a otra parte del campo, sin decir nada más. Verruga la siguió, pero ella le volvió la espalda. El dio una vuelta en torno a la gansa, para mirarla a los ojos, y se estremeció al verle la expre­sión, tan dolorida como si le hubiese hecho una proposición obs­cena.
—Lo siento —dijo Verruga—, es que no te comprendía.
—No es necesario que hables de eso.
—Lo lamento de veras.
Al cabo de un momento, Verruga añadió afligido:
—Creo que todos tenemos derecho a saber. Me pareció una pregunta natural, al ver a los centinelas.
Pero ella estaba muy enfadada.
—¡Calla de una vez! —exclamó—. ¡Qué horrible mentalidad debéis de tener! No debieras decir semejantes cosas. Y desde luego, tiene que haber centinelas. Hay halcones y gavilanes al acecho, y también zorros, armiños; y están los hombres, con sus redes. Esos son nuestros enemigos naturales. Pero, ¿qué seres pueden ser tan ruines como para ir en bandas a matar a otros de su propia sangre?
—Las hormigas lo hacen —manifestó Verruga, con aire obs­tinado—. Yo sólo trataba de aprender.
Ella se calmó, haciendo un esfuerzo por mostrarse bien predis­puesta. Deseaba comprenderle, si era posible, pues se preciaba de ser una gansa culta.
—Yo me llamo Lyo-lyok —manifestó ella, al fin—, y tú pue­des hacerte llamar Kii-Kua; de ese modo los demás creerán que vienes de Hungría.
—¿Acaso los que estáis aquí provenís de diferentes naciones?
—Las bandadas sí, desde luego. Hay algunas que vienen de Siberia, otras de Laponia, y puedo ver una o dos que han llegado de Islandia.
—¿Pero no luchan esas bandadas entre sí, por los mejores sitios de pasto?
—Mira que eres tonto. Entre los gansos no existen fronteras o límites.
—¿Qué quieres decir con eso?
—¿Cómo van a existir límites cuando se vuela? Esas hormigas de las que hablas, y los mismos seres humanos, dejarían de pelear si pudieran alzar el vuelo.
—La lucha —aseguró Verruga— es una actividad propia de caballeros. Me gusta luchar.
—Eso es porque aún eres una criatura.
CAPITULO XIX
abía algo de mágico en el tiempo y en el espa­cio, algo seguramente ordenado por Merlín, ya que Verruga tuvo la sensación de haber pasado muchos días y noches entre el pueblo gris, du­rante la única noche primaveral en que había dejado su cuerpo durmiendo bajo la piel de oso. Llegó a sentir afecto por Lyo-lyok —a pesar de que era una chica—, y no dejaba de hacerle preguntas relativas a los gansos. Ella le enseñó cuanto sabía, con gentil amabilidad, y cuanto más aprendía él, más llegó a apreciar el modo de ser noble, tranquilo e inteligente de la gansa. Ella le contó que cada uno de los gansos de su especie eran individuos que no estaban gobernados por leyes o dirigentes, sino cuando éstos surgían espontáneamente. No tenían reyes, como Uther, ni leyes, como las muy severas de los norman­dos. Tampoco poseían propiedades en común. Cualquier ganso que hallase algo grato para comer, lo consideraba como propio, y pico­tearía a otro que intentase arrebatárselo. Al mismo tiempo, no había ganso que hiciese reclamación alguna sobre terrenos en un lugar determinado, con excepción de su nido, que era su propiedad pri­vada. También la gansa enseñó mucho a Verruga acerca de la emi­gración de las aves.
—El primer ganso —manifestó ella— que hizo el vuelo entre Siberia y Lincolnshire, para regresar de nuevo a Siberia, sin duda tenía establecida su familia en este último lugar. Luego, al llegar el invierno siguiente y tener necesidad de conseguir alimentos, debió de seguir el mismo itinerario, por ser el único que conocía. Seguramente le siguió su familia, que iba aumentando, año tras año, y le consideraban como su piloto y almirante. Cuando le llegó el mo­mento de morir, evidentemente los mejores pilotos eran sus hijos mayores, que habían cubierto la ruta más veces que los demás. Los gansos más jóvenes y los polluelos quizá se hubiesen extraviado, y por ello siguieron sin vacilar a los mayores.
»Y he aquí cómo se elige a nuestro almirante —añadió la gansa. Tal vez Wink-wink se presente ante nuestra familia al llegar el otoño y nos diga: «Perdonadme, ¿tenéis entre los vuestros, por ventura, algún piloto digno de confianza? El pobre abuelo Cuac ha muerto entre los brezos, y el tío Onk ya no vale como guía. Es­tamos buscando alguno a quien seguir.» Entonces nosotros diría­mos: «El tío abuelo se mostrará encantado de llevaros con nosotros; pero tened en cuenta que no nos hacemos responsables, si ocurre algo malo.» «Muchas gracias —respondería el otro— Estoy seguro de que vuestro tío abuelo es de fiar. ¿Os importaría que dijera esto a los Honks, que según he sabido se encuentran en la misma dificultad?» «No, en absoluto.»
»Y de ese modo —concluyó ella— fue como el tío abuelo se convirtió en nuestro almirante.»
—Es un procedimiento muy bueno.
—Mira sus galones —agregó la gansa, con tono respetuoso, y los dos contemplaron al majestuoso patriarca, cuyo pecho aparecía ciertamente manchado con unas barras negras que semejaban los galones dorados de la manga de un almirante.


Verruga se hallaba cada vez más interesado en la vida de los gansos. Los jóvenes se cortejaban descaradamente, o celebraban reuniones para elegir sus pilotos. También practicaban juegos, igual que niños excitados. Uno de estos juegos consistía en colocarse en un gran círculo, mientras los más jóvenes, en fila, se quedaban en el centro con la cabeza erguida, siseando. Cuando estaban a medio camino, cruzando el círculo, corrían la última parte agitando las alas. Con ello pretendían demostrar lo valientes que eran, y lo exce­lentes almirantes que iban a ser cuando creciesen. La bandada comenzó a sentirse inquieta. La extraña costumbre de golpear con el pico de lado, que era habitual en ellos antes de alzar el vuelo, se extendió entre todos. Los mayores y más sabios, que conocían las rutas migratorias, también se mostraron inquietos. Observaron con ojo atento las formaciones de nubes, y estudiaron la fuerza del viento y el lugar de donde procedían. Los almirantes, cargados de responsabilidad, pasearon, gravemente, como si se hallasen en cu­bierta.
—¿Por qué me siento inquieto? —preguntó Verruga—. ¿Por qué noto esta sensación en la sangre?
—Espera y verás —repuso ella, con tono misterioso—. Mañana, tal vez, o pasado mañana...
Cuando llegó el día se apreciaba una diferencia por la marisma y las extensiones de cieno. Aquel hombre, semejante a una hormiga en su pequeñez, y que se levantaba todas las mañanas al amanecer para realizar el tendido de sus redes, oyó en el cielo una llamada parecida a la de un cuerno de caza. No vio los millares de gansos en los llanos de cieno, ni en los campos de pasto. El hombre que­dóse inmóvil, en actitud solemne, y se quitó el sombrero. Hacía esto casi religiosamente todas las primaveras, cuando los gansos salvajes se marchaban, y volvía a hacerlo al llegar el otoño, cuando veía llegar las primeras aves.
En un buque se tarda dos o tres días en cruzar el mar del Norte, unas horas interminables de bailotear en las viscosas aguas. Pero para los gansos, para los marinos del aire, para los trompeteros del cielo que dejaban atrás la tormenta, para aquellos misteriosos geó­grafos que tenían cúmulos por suelo, en vez de agua, para ellos las cosas eran muy diferentes.
Las canciones que entonaban lo decían todo. Algunas eran vulgares, otras eran cantos de gestas, otras eran necias, como la que divertía a Verruga, y que decía:

Vagamos por el cielo lanzando nuestro Cronk
Y aterrizamos en los prados con un Plonk.
Hank hank, hink hink, honk honk.
Con Honk o Hink, gozamos de nuestro Plonk,
¡Hink, hank, honk!

Otra, de carácter sentimental era:

Libres y salvajes, libres y salvajes,
Venid ánsares a mí, a mí.

Y una vez, cuando pasaban sobre una isla rocosa poblada por millares de gansos barnaclas, que parecían solteronas con sus guan­tes negros y sus tocas grises, toda la bandada rompió a cantar bur­lonamente :

La tía barnacla se queda sentada,
la tía barnacla se queda sentada,
la tía barnacla se queda sentada,
Mientras nosotros pasamos de largo.
Gloria, gloria, allá vamos,
Gloria, gloria, allá vamos,
Gloria, gloria, allá vamos,
Hacia el Polo Norte de largo pasamos.

Una de las canciones escandinavas se llamaba «La bendición de la vida»:

Ky-yow afirmó: la bendición de la vida es la salud.
Pies palmeados, plumas derechas, cuello suave,
Ojo avizor:
Esas son las riquezas de la vida.
El anciano Ank repuso: El honor lo es todo.
Buscador de rutas y alimentos, creador de planes,
Sabio comandante:
De él la llamada escuchamos.
Lyo-lyok, la airosa, dijo: El amor nos conforta.
Suave plumón, grato contoneo, cálido nido,
Tierna mirada
Es lo que siempre perdura.
Aang prefería el alimento: ¡Ahí!, decía, ¡comer!
Grandes tragos, hierba cortada, buche hinchado:
Todo me llena de placer.
Wink-wink alababa la amistad, la encomiable
Fraternidad.
Bandada en fila, en escalón, en forma de flecha:
Eso conduce a la eternidad.
Pero yo prefiero las joviales risas que el aire estremecen.
El fuerte trompeteo, los alegres cantos,
La burla del mundo:
Es lo que prefiere Lyow, el cantor.

A veces, cuando los gansos bajan desde la altura de los cirros, Para aprovechar un viento favorable, se encuentran con los inmensos cúmulos, enormes torres de modelado vapor tan blancas como la ropa tendida los lunes, y casi tan sólidas como el merengue. Tal vez una de esas albas floraciones del cielo, uno de esos blancos excrementos de algún Pegaso gigantesco, se encuentre por delante de la bandada, a muchas millas de distancia. Entonces las aves ponen rumbo hacia él, viéndolo crecer cada vez más, en silencio, imperceptiblemente. Y cuando llegan al cúmulo, cuando tienen la sensación de que van a estrellarse contra aquella aparente masa sólida, el sol se oscurece. Girones de niebla que se mueven como serpientes voladoras se enrollan en torno a las aves durante un instante. Una humedad grisácea las rodea, y el sol, como una moneda de cobre, termina por esconderse. Las alas vecinas se des­vanecen, y cada uno de los gansos se siente abandonado en una fría soledad. Y allí parecen estar colgados como en el vacío, igual que si careciesen de velocidad y no hubiera nada arriba, abajo, a izquierda, o derecha, hasta que de pronto la moneda de cobre vuelve a refulgir y las serpientes se retuercen en convulsiones. Y al cabo, momentos más tarde, la bandada se encuentra de nuevo en el reluciente mundo, con un mar de turquesa debajo y el rocío del Edén brillando en su plumaje.
Vieron otras bandadas cuando pasaron por un islote rocoso del océano. Por encima cruzaron en fila india un grupo de cisnes de Bewick que se dirigían hacia Abisco, armando un gran alboroto, como una jauría de perrillos. Aquella isla solitaria era un paraje adecuado.
Era una tierra de aves. Todas estaban allí empollando, o pe­leando, aunque de forma amistosa. En la cima del risco, donde crecía un suave césped, había millares de pufinos ocupados en hacer sus madrigueras. Más abajo, en la Calle Picoagudo, los pája­ros se amontonaban tan densamente, y en aristas tan estrechas, que debían mantenerse de espaldas al mar, aferrándose con fuerza a la roca. En la Calle de las Alcas, descendiendo aún más, estas aves anidaban con la cabeza vuelta hacia arriba, como hacen los tordos cuando están empollando. Por fin, abajo del todo, estaban los Arrabales de Gaviotas. Allí los pájaros que ponían un solo huevo se hallaban apelotonados en tan poco espacio, que cuando otra ave lograba posarse en la roca, alguna de las demás se caía por el borde. Y a pesar de ello estaban de buen humor, alegres y parlanchinas, bromeando entre sí.
Eran como una multitud de comadres disputando entre sí en la tribuna de un enorme estadio, comiendo de sus bolsas de papel, silbando al arbitro, cantando tonadas alegres, reprendiendo a sus pequeños y quejándose de los maridos. «Córrete un poco», decían. O bien, «Empuje a ésa, abuela»; «Guárdate el caramelo en el bol­sillo, pequeñín, y suénate las narices»; «Vaya, ahí viene el tío Al­berto con una botella de cerveza»; «¿Hay sitio para una?»; «Allá va la tía Emma; se ha caído por un borde»; «¿Tengo el sombrero derecho?»
Casi todas se agrupaban por familias, aunque había algunas forasteras. Aquí y allá, por la calle de las Alcas, se veían unas obs­tinadas gaviotas sentadas en un espolón de roca, decididas a hacer respetar sus derechos. Tal vez hubiera diez mil pájaros, y el ruido que hacían era ensordecedor.


Además, estaban los fiordos y las islas de Noruega. De una de estas islas, precisamente, el gran W. H. Hudson contó una historia real acerca de unos gansos, historia que puede hacer pensar a la gente. Había un granjero de la costa, nos dice, cuyas tierras se veían asoladas por las correrías de los zorros, al punto que resolvió poner una trampa. Al día siguiente de haberla colocado fue a verla y halló a un viejo ganso salvaje cogido en ella, seguramente un Gran Almirante, por su reciedumbre y por las muchas barras de su pecho. El granjero liberó al ganso y se lo llevó a casa, le ató las alas, le vendó la pata herida y le dejó con los patos y las demás aves del corral. El granjero cerraba todas las noches el gallinero a causa de los zorros. Solía llegar al anochecer, y después de meter a las aves en el gallinero, cerraba bien la puerta. Después de un tiempo ocurrió algo curioso, y era que las gallinas, en lugar de tener que ser recogidas, le estaban ya esperando en el interior de la caseta. Una noche el granjero se puso a observar, y descubrió que el cau­tivo personaje había asumido la responsabilidad de reunir a las gallinas, habiendo observado cómo lo hacía el granjero. Todas las noches, a la hora de cerrar, el sagaz almirante se encargaba de sus domésticas compañeras, cuya jefatura había asumido. Los demás gansos salvajes, sus antiguos seguidores, no volvieron a anidar en aquella isla, de la que su capitán había desaparecido incomprensi­blemente.


Por último, más allá de las islas, estaba la tierra de su destino. ¡Ah, qué murmullos de gozo y entusiasmo! Los gansos se dejaban caer desde el cielo de costado, y hasta en barrena, orgullosos de sí mismos y de su piloto, impacientes por gozar de los placeres fami­liares que allí les esperaban.
Llegaban planeando el último trecho del trayecto, con las alas curvadas hacia abajo. Luego seguía un suave golpe y se hallaban en el suelo. Mantenían las alas por encima de la cabeza durante un momento, y luego las plegaban con rápida y fácil limpieza. Así terminaba la travesía del mar del Norte,


—Bueno, Verruga —dijo Kay, con voz llena de exasperación— ¿piensas quedarte con toda la piel de oso? ¿Y se puede saber lo que estabas murmurando? También has roncado.
—Yo no ronco —contestó Verruga, indignado.
—Sí lo haces.
—No.
—Ya lo creo que roncabas. Parecías un ganso graznando.
—No es verdad.
—Sí lo es.
—Tú roncas mucho más.
—Mentira.
—Es verdad.
—¿Cómo puedo roncar más, si dices que tú no roncas nada?
Cuando al fin resolvieron este asunto, ya se había hecho tarde para el desayuno. Los dos chiquillos se vistieron rápidamente y sa­lieron corriendo a encontrarse con el sol de primavera.
CAPITULO XX
e nuevo era la época de la siega. Merlín llevaba ya con ellos un año. El viento les había visitado, y luego nieve, y la lluvia y de nuevo el sol. Los muchachos parecían tener las piernas más largas, pero todo lo demás presentaba igual aspecto.
Transcurrieron otros seis años.
A veces llegaba de visita sir Grummore. Otras veces se veía al rey Pelinor, galopando por los contornos en pos de la Bestia, o con ésta detrás de él, cuando se armaban un lío. Cully perdió las fran­jas verticales del plumaje del primer año, y se volvió más gris, más hosco y más loco, distinguiéndose por unas líneas horizontales, don­de había tenido las antiguas franjas. Los azores eran soltados todos los años, capturándose otros distintos al año siguiente. El cabello de Hob encaneció. El sargento de armas tenía ahora un voluminoso vientre y estuvo a punto de morirse de vergüenza, a causa de ello, pero siguió gritando «uno, dos», con voz más ronca, y en todas las ocasiones posibles. Nadie tenía deseos de cambiar más que los dos chicos.
Estos crecieron aún más. Seguían corriendo como potrillos alocados, igual que antes, iban de vez en cuando a ver a Robín Hood, y corrían aventuras demasiado complicadas para relatarlas aquí.
La paga de Merlín siguió siendo la misma, pues aun en aquellos días los adultos eran tan necios que no les parecía nada in­cesante ser transformados en búhos. Verruga asumió la personalidad de incontables animales. Por lo demás, durante las leccio­nes de esgrima, Kay y su compañero eran buenos oponentes para el sargento de armas, y en varias ocasiones le devolvieron con creces los mandobles que habían recibido de él.
Conforme iban creciendo, les iban haciendo más regalos consis­tentes en armas, hasta que llegaron a poseer armaduras completas y arcos de cerca de seis pies de largo, que disparaban flechas de una yarda. Por lo general, nadie tenía un arco más alto que su propia estatura, pues se consideraba que en tal caso se desperdicia­ba una energía innecesaria, algo así como usar un fusil de matar elefantes para dar caza a una ardilla.
Con el correr de los años Kay se volvió más difícil de tratar. Siempre empleaba un arco demasiado grande para él —un modo de fanfarronear—, y ello le impedía disparar bien. Se mostraba iracundo con frecuencia, y retaba a todo el mundo a luchar contra él. En las pocas ocasiones en que se celebraba la pelea, resultaba vencido. Solía expresarse sarcásticamente, y tenía desesperado al pobre sargento, burlándose de su barriga. Cuando sir Héctor no se hallaba presente, Kay preguntaba irónicamente a Verruga por su padre y su madre. En realidad, este comportamiento no parecía gustarle, pero tampoco podía evitarlo.
Verruga, como un necio, seguía queriendo a Kay e interesán­dose por los pájaros.
Merlín parecía más joven cada año que pasaba, lo cual era cierto, puesto que vivía al revés en el tiempo.
Arquímedes se casó y tuvo varios graciosos pequeñuelos emplu­mados, que habitaron con él en la torre.
Sir Héctor comenzó a sufrir de ciática. Tres árboles fueron aba­tidos por el rayo. William Twyti se presentó todas las Navidades, sin falta, y todos escucharon los versos de maese Passelewe acerca del rey Cole.
Pasaban los años con regularidad, y la nieve de la vieja Ingla­terra seguía cayendo como es debido, viéndose a veces un petirrojo en una esquina del panorama, y una ventana iluminada en la otra esquina. Por último, casi llegó el tiempo de la iniciación de Kay para la ceremonia de armarle caballero. Conforme se acercaba el día, los dos muchachos parecían distanciarse cada vez más, pues Kay no deseaba relacionarse con Verruga en los mismos términos, no fuera él a perder dignidad al tratarse íntimamente con su escu­dero. Verruga, destinado a ser el escudero, seguía desconsolado a Kay cuando éste se lo permitía, o bien procuraba, dentro de su tristeza, distraerse lo mejor que podía.
Un día, en la cocina, se dijo:
«Bueno, ahora soy una especie de Cenicienta. Aunque por algu­na razón que ignoro tuve suerte y he recibido una buena educación, ahora debo pagar con creces el placer de haber visto aquellos hermosos dragones, y las hechiceras, los peces, los cameleopardos, los gansos salvajes y lo demás. Me he convertido en un caballero de segunda clase, en un escudero que debe sostener la lanza para Kay, mientras él se prepara para las justas. En fin, he pasado buenos mo­mentos, y al fin y al cabo no es tan malo ser la Cenicienta en una cocina que tiene una chimenea tan grande como para asar en ella a un buey entero.»
Y Verruga echó un vistazo con apenado afecto por la cocina, cuyas paredes, bajo el resplandor de las llamas, parecían las del infierno.
La educación de cualquier caballero cultivado, en esos tiempos, pasaba por tres grados: paje, escudero y caballero, y al menos Verruga había pasado ya por los dos primeros. Como paje, Verruga aprendió a poner la mesa con tres manteles y un paño, a llevar la carne desde la cocina, a servir a sir Héctor y a sus huéspedes flexionando una rodilla y llevando una servilleta limpia sobre el hom­bro, por cada comensal que hubiera, y otra, además, para limpiar las fuentes.
Le habían enseñado todas las nobles artes de la servidumbre, y desde que alcanzaba a recordar apreció gratamente con el olfato el aroma de la menta—empleada para refrescar el agua de los agua­maniles—, o la albahaca, la camomila, el hinojo y la lavanda, así como el azafrán, el anís y el estragón, especias que daban mejor gusto a los manjares que él servía. Así se acostumbró a estar en la cocina, que podía visitar en cualquier momento, aparte el hecho de que siendo amigo de todos le acogían con agrado en cualquier sitio.
Sentóse Verruga ante la enorme chimenea y echó un vistazo a su alrededor con cierto placer. Contempló los largos espetones de los asadores, que tantas veces había hecho girar cuando era peque­ño, sentado detrás de un viejo bloque de paja que humedecía con agua para no tostarse él mismo. Ahora se le hacía agua la boca mientras observaba los preparativos para la cena de la noche: una cabeza de jabalí con un limón en las fauces y almendra molida en los carrillos, que sería servido a los acordes de las trompetas; una especie de pastel de puerco con jugo ácido de manzana, natillas con mostaza, muchas zancas de ave, y gachas con leche. «Después de todo —se dijo Verruga, suspirando—, no es tan malo ser criado.»
—¿Todavía suspirando? —preguntó Merlín, que había apareci­do sin saberse de dónde—. Lo mismo te ocurrió aquel día que fui­mos a ver la justa del rey Pelinor.
—Pues sí —dijo Verruga—, suspiro por una razón parecida. Pero en realidad no tengo por qué preocuparme. Estoy seguro de que seré mejor escudero que caballero.
—Eso está bien —repuso el mago—. Sólo los necios quieren ser importantes.
—Kay no ha querido contarme qué pasa cuando arman a alguien caballero. Dice que es algo sagrado. ¿Podéis decirme qué sucede?
—Es un asunto complicado. En primer lugar, el futuro caba­llero debe desnudarse y sumergirse en un baño cromático. Mientras está dentro, dos caballeros experimentados, probablemente sir Héc­tor designe al viejo Grummore y al rey Pelinor, toman asiento al borde del baño y dan una conferencia al novicio acerca de los idea­les caballerescos. Una vez que han hecho esto, derraman un poco de agua del baño sobre la cabeza del candidato y le hacen la señal de la cruz. Entonces se le conduce a un lecho limpio para que se seque. Le visten a continuación como un monje y le llevan a la capilla, donde permanece despierto toda la noche, velando su ar­madura y diciendo plegarias.
La gente asegura que esta vigilia es algo terrible, aunque el futuro caballero no está solo, pues le acompañan el vicario, el hombre que cuida los candelabros, y un guardia armado. Tam­bién es probable que tú, como escudero de Kay, puedas estar con él. Por la mañana le llevan a su alcoba, a que eche un buen sueño, una vez que ha oído misa y comulgado, y ofrecido un cirio con una moneda adherida a éste, tan cerca como sea posible de la llama, y cuando ya ha descansado le visten con las mejores galas para la comida. Antes de ésta se le conduce al salón, donde estarán las espuelas y la espada, ya preparadas, y entonces un caballero, que puede ser el rey Pelinor, le coloca la primera espuela; otro, Grum­more, la segunda; y luego, sir Héctor le ciñe la espada, le abraza, le toca en el hombro con la espada y dice «Sed buen caballero».
—¿Eso es todo?
—No. Se vuelve a la capilla de nuevo, y Kay ofrece su espada al vicario, el cual se la devuelve. Entonces nuestro buen cocinero le detiene en la puerta y exige las espuelas como recompensa, y dice: «Conservaré estas espuelas para vos, y si en cualquier mo­mento no os comportáis como un caballero de verdad debe hacerlo, las dejaré caer en la sopa.»
—¿Y ése es el final?
Sí, contando el banquete que sigue luego.
Si me armasen caballero a mí —dijo Verruga, contemplando con aire soñador el fuego—, insistiría en que me dejasen velar solo, como Hob hace con sus halcones, y rogaría a Dios que me permitiese enfrentarme solo con todo el mal del mundo, de modo que si triunfase no hiciese más mal, y si saliese derrotado sería el único en sufrir por ello.
—Eso denotaría una gran presunción por tu parte —aseguró el mago—. Y serías derrotado, y sufrirías por ello.
No me importaría.
—Ya lo veremos, si ocurre.
¿Por qué las gentes cuando son adultas, no piensan como yo, ahora que soy joven?
—Dios mío —manifestó Merlín—, estás haciendo que me sienta confuso. Quizá será mejor que esperes a crecer para que sepas la razón de eso.
—No creo que sea ésta una respuesta adecuada —contestó Ve­rruga.
Merlín se retorció las manos.
—Bien, de todos modos —declaró—, imagina que no te dejasen luchar contra el mal.
—Lo pediría, al menos.
—Claro, lo pedirías —repitió Merlín.
El anciano se metió la punta de la barba en la boca, miró con gesto desesperado el fuego y comenzó a mordisquearse los pelos con fiereza.
CAPITULO XXI
onforme se iba acercando el día de la ceremo­nia, cuando ya se habían enviado las invitacio­nes al rey Pelinor y a sir Grummore, Verruga se iba retirando cada vez más a la cocina.
—Vamos, Verruga, muchacho —dijo sir Héctor, bonachonamente—. No creí que lo fue­ras a tomar tan mal. Es una pena que te aflijas de ese modo.
—No me apeno —repuso Verruga—. No me disgusta lo que ocurre. Por el contrario, me alegra que Kay vaya a ser armado caballero.
—Eres un buen chico. Sé que no estás apenado, pero trata de alegrarte un poco. Ya sabes que Kay no es mal muchacho, a su manera.
—Kay es una magnífica persona —dijo Verruga—. Y si no estoy contento es porque ya no quiere salir de caza ni hacer nada más conmigo.
—Es el momento por que atraviesa —aseguró sir Héctor—. Todo se arreglará.
—Estoy seguro de ello. Comprendo que no quiera salir conmi­go, por ahora, y por eso no insisto. Pero en cuanto me lo mande iré con él y haré lo que me pida.
—Tómate unos sorbos de este vino, y ve a ver al viejo Merlín, por si puede alegrarte un poco.
Así lo hizo el muchacho, y cuando estuvo ante el mago declaró:
—Sir Héctor me ha dado un vaso de vino y me dijo que viniese con vos, por si podíais alegrarme.
—Sir Héctor es un hombre muy sabio —afirmó Merlín. .—Bien, ¿podéis hacer algo?
—Lo mejor contra la tristeza es aprender algo. Es un remedio que no falla. Puedes hacerte viejo, con temblorosa anatomía; puedes yacer despierto por las noches, escuchando el desordenado rumor de tus arterías; puedes perder el único amor de tu vida, puedes ver el mundo devastado a tu alrededor por locos malvados, o advertir que seres mezquinos hunden tu honor en las cloacas. Sólo hay algo que mitigue esos pesares: aprender. Aprender por qué el mundo se mueve, y qué es lo que le impulsa. Estudia, eso es lo que te conviene. Mira todo lo que hay que aprender: la ciencia pura, lo más bello que existe. Puedes aprender astronomía en una vida, historia natural en tres, y literatura en seis. Y luego, una vez que hayas empleado un millar de vidas en el aprendizaje de la biología, la medicina, la teología, la historia, la geografía y la economía, entonces será el momento en que puedas comenzar a hacer una carreta con la madera adecuada, o podrás pasar cincuenta años aprendiendo a batir a tus adversarios en la esgrima. Luego, a em­pezar de nuevo con las matemáticas, y después será tiempo de que aprendas a arar.
—Aparte de todo eso —dijo Verruga—, ¿qué es lo que me sugerís en este momento?
—Veamos —repuso el mago, pensativamente—. Hemos tenido sólo seis años para eso, y en dicho plazo creo que te has visto trans­formado en muchas clases de animales, vegetales, minerales, y demás. En muchos elementos de la tierra, del aire, del fuego y el agua. ¿No es cierto?
—Sin embargo, creo que no sé demasiado acerca de los ani­males y de la tierra.
—Entonces será mejor que conozcas a mi amigo el tejón.
—Nunca conocí a un tejón.
—Con excepción de Arquímedes —aseguró Merlín— el tejón es el animal más culto que conozco. Te gustará.
El mago fue a iniciar su conjuro, pero en ese instante se detuvo y agregó:
—A propósito, hay una cosa que debo decirte. Esta es la última vez que puedo convertirte en algo. Toda la magia de ese tipo ha sido ya utilizada, y con esto concluirá tu educación. Cuando Kay haya sido armado caballero, mi tarea habrá terminado. Deberás salir con él por el ancho mundo, para ser su escudero, y yo me marcharé por otro lado. ¿Crees haber aprendido algo, junto a mí?
—He aprendido mucho, y he sido feliz.
—Perfectamente —dijo Merlín—. Trata de recordar lo que has estudiado.
Prosiguió con el conjuro, apuntó con su varilla de lignum vitae hacia la Osa Menor, que acababa de empezar a brillar en el firma­mento, como si colgase de la Estrella Polar por la cola, y dijo ale­gremente:
—Pásalo bien, en esta última transformación. Ahora, conviér­tete en tejón.
La llamada llegaba desde lejos, y Verruga se encontró de pie al lado de un antiguo montículo, semejante a una enorme madriguera de topo, que presentaba un oscuro agujero justamente delante de donde él se hallaba.
«El tejón habita aquí —se dijo a sí mismo—, y yo debo ir y hablar con él. Pero no lo haré. Ya ha sido penoso no llegar a ser caballero, y ahora mi querido preceptor dice que lo único intere­sante de que disponía me será negado también, y no habrá más sesiones de historia natural. Muy bien, dispondré de una noche más para disfrutar, antes de que todo acabe, y puesto que soy ahora un animal salvaje, me comportaré precisamente como tal.»
Así pues, avanzó fieramente sobre el fulgor blanquecino de la nieve, ya que era invierno.
Cuando uno se encuentra desesperado, una de las mejores cosas que se puede ser es tejón. Como pariente de las nutrias y comadrejas, es el animal más cercano al oso que ahora queda en Inglaterra, y su piel es tan gruesa que poco le importa quién pueda morderle. Por lo que respecta a la mordedura del propio tejón, las mandíbulas de éste se hallan conformadas de tal forma que resulta imposible dislocarlas, debido a lo cual por mucho que se retuerza la presa que tiene aferrada con los dientes, no hay razón para que la suelte. Los tejones son unas de las pocas criaturas capaces de comerse a un erizo despreocupadamente, del mismo modo que pueden comerse cualquier otra cosa, desde nidos de avispa hasta raíces o crías de conejos.
Así ocurrió que un erizo dormido fue lo primero con que trope­zó Verruga.
—Cerdo espinoso —dijo, observando a su víctima con ojos velados y miopes— voy a comerte.
El erizo, que había ocultado sus brillantes ojillos, como peque­ños botones, y la cálida y sensible nariz dentro de su ovillo, y que había adornado sus espinas con una colección de hojas y briznas de dudoso gusto, antes de echarse a dormir todo el invierno en su herboso nido, se despertó y quejóse con voz plañidera.
—Cuanto más chilles —dijo Verruga—, peor será. Eso me hace hervir la sangre en las venas.
—Oh, amo tejón —clamó el erizo, manteniéndose bien enro­llado—, buen amo tejón, ten piedad de este pobre erizo y no seas cruel. No resulta un buen bocado. Merced, amable señor, para un desvalido animal que no sabe diferenciar su pata derecha de la izquierda.
—Erizo —repuso Verruga, implacable—, es inútil que implores una o diez veces.
—¡Ay de mi pobre mujer y de mis pequeños!
—Apostaría a que no los tienes. Vamos, tramposo, prepárate a enfrentarte con tu sino.
—Amo tejón —suplicó la infortunada bestezuela—, no me devores. Apiádate de los ruegos de un pobre erizo. Concede el don de la vida a este pobre ser, y te cantará dulces canciones.
—¿Tú cantas? —preguntó Verruga, interesado.
—Así es —gimió el erizo, y en seguida comenzó a entonar rápi­damente unas estrofas con voz apaciguadora, aunque un tanto so­focada, pues no osaba deshacer su ovillo.
Oh, Genoveva —cantó plañideramente, casi para su estóma­go—, dulce Genoveva,

Tus días pueden venir,
Tus días pueden marchar,
Pero aún la luz del recuerdo
Agita esos suaves sueños
De los tiempos que pasaron.

También cantó, sin concederse una pausa entre las diferentes canciones, Hogar dulce hogar, y El viejo y rústico puente del mo­lino. Luego, como sin duda había concluido ya su repertorio, el pobre erizo lanzó un profundo suspiro y comenzó de nuevo con Genoveva, siguiendo con Hogar dulce hogar y con El viejo y rús­tico puente del molino.
—Basta, deja ya de cantar —dijo Verruga—. Está bien, no te comeré.
—Misericordioso amo —susurró el erizo, humildemente—, ro­garemos a todos los santos que te bendigan y te proporcionen su­culentos bocados.
Entonces, temiendo que aquel trozo de prosa pudiera haber endurecido de nuevo el corazón del tirano, se lanzó jadeante a en­tonar Genoveva por tercera vez.
—¡Te digo que dejes ya de cantar! —exclamó Verruga—. y puedes desenrollarte, que no te voy a hacer ningún daño. Vamos, pequeño y necio erizo, cuéntame dónde aprendiste esas canciones.
—Resulta fácil decir que me desenrolle, amo tejón —repuso el erizo temblando—, pero sé que en cuanto vieras mi pequeña nariz, desprovista de espinas, tal vez se acabarían tus buenas intenciones. Cantemos un poco de nuevo, amo tejón. ¿Te parece bien lo del viejo puente junto al molino?
—No quiero escucharlo más. Cantas muy bien, pero estoy cansado ya de eso. Desenróllate, idiota, y cuéntame dónde apren­diste a cantar.
Yo no me enrollo como los demás erizos —aseguró el pobre animal, tan apelotonado como siempre—. Me resulta difícil desha­cerme. Ah, no me muerdas el tierno cuerpo, amo tejón, tú que eres todo un caballero. Yo también conocí a otro caballero, un ser humano, que en su casa me daba de comer en una fuente de por­celana.
—¿Cuál era el nombre de ese caballero?
—Era un caballero, desde luego. No tenía un nombre como para acordarse, pero era un señor de barba blanca, que me daba de comer en una fuente de porcelana.
—¿Se llamaba Merlín, acaso? —preguntó Verruga.
—Ese era su nombre. Un nombre muy bonito, pero yo nunca pude acordarme muy bien de él. Sí, Merlín se llamaba, y me daba de comer en una fuente de porcelana, como sólo podía hacerlo un caballero.
—Deshaz tu ovillo, erizo —dijo Verruga—. Yo conozco a ese hombre que te tuvo en su casa, y hasta creo que te he visto, cuando eras una cría con pelaje de algodón, allá, en su cabaña. Mira, erizo, lamento haberte asustado. Ahora somos amigos, y quiero ver tu nariz gris y húmeda, como en los viejos tiempos.
—Me alegra que me recuerdes —dijo el erizo, sin abandonar su obstinada postura—, pero ahora será mejor que sigas tu camino, amo tejón, y que dejes a este pobre animal proseguir con su sueño invernal.
—No seas necio, no pienso hacerte daño alguno, porque te co­nocí cuando eras pequeño.
—Ah, los tejones —clamó el erizo, para su estómago—; salen a cazar, sin intenciones de matar, Dios nos asista, pero luego cam­bian de parecer. Yo conocí a uno que tenía el amo Merlín, y que estaba siempre corriendo tras sus talones, chillando «¡Yik, yik> yik!», cuando quería que le diesen de comer. Sí, cómo gritaba. Es un asunto delicado, el tratar con los tejones, puedo asegurártelo.
—No, no digas nada —añadió el erizo, antes de que Verruga pudiese intervenir—. Nuestro punto más débil es la nariz. La me­nor herida puede causarnos la muerte, amo tejón. ¡Y tú me pides que deshaga mi ovillo!
—Está bien, no te desenrolles —contestó Verruga, resignadamente—. Lamento haberte despertado, amigo, y haberte asustado también. Creo que eres un erizo muy simpático, y me ha alegrado el haberte encontrado. Puedes volver a dormirte, como cuando te encontré, y yo iré a buscar a mi amigo el tejón. Buenas noches, erizo, y que tengas suerte entre la nieve.
—Es fácil decir buenas noches —murmuró el animalillo, con voz plañidera—, cuando no se sabe lo que puede ocurrir en un momento, o al siguiente. ¡Ah, qué triste mundo! Pero en fin, yo también te deseo que pases buenas noches, amo tejón.
Y diciendo estas palabras el humilde animal se enrolló aún más de lo que estaba, emitió unas débiles quejas, y volvió a entrar en el reino de los sueños mucho más profundamente que otros seres, ya que el sueño invernal es más largo e intenso que el de una sola noche.
«Bien —pensó Verruga—, ciertamente que se libra de sus pe­nas con rapidez. Es asombroso que se haya dormido de nuevo tan de prisa. Apostaría a que sólo estaba despierto a medias, y que cuando llegue la primavera creerá que todo lo ocurrido fue tan sólo un sueño.»
Verruga observó la sucia pelotita cubierta de hojas y hierbas, hecha un ovillo dentro de su madriguera, y tras lanzar un gruñido, sacó la cabeza del túnel y se dirigió a ver al tejón, siguiendo las alargadas huellas que aparecían impresas en la nieve.
—De modo que Merlín te ha enviado para que me vieras, ¿ver­dad? —dijo el tejón—. Y lo hizo para que terminaras de educarte. Pues bien, sólo puedo enseñarte dos cosas: a excavar en la tierra, y a amar tu hogar. Ese es el fin de mi filosofía.
—¿Puedes enseñarme tu casa? —preguntó Verruga.
—Desde luego —repuso el tejón—, aunque no suelo usarla mucho. Es un sitio muy viejo y feo, y demasiado grande para un soltero. Creo que algunas partes de la madriguera tienen cerca de un millar de años. Allí habitan cuatro familias de tejones, al menos, entre los sótanos, las habitaciones y los desvanes, y hay veces que Pasan meses sin que nos encontremos. A vosotros, las gentes moder­nas, supongo que os parecerá un lugar estupendo.
Y comenzó a internarse por los túneles del misterioso lugar, con el extraño paso del tejón, mientras la blanca máscara con rayas negras de su rostro parecía emitir un brillo fantasmal en la os­curidad.
—Es por este pasadizo —manifestó—. Si quieres lavarte un poco, antes...
Los tejones no son como los zorros. Tienen un recinto especial donde colocan los huesos roídos y demás desperdicios, así corno retretes de tierra y alcobas cuyos lechos arreglan con frecuencia, para mantenerlos limpios. Verruga mostróse encantado con lo que vio. Le admiró sobre todo el gran vestíbulo, que era la estancia central del gran montículo y que recordaba el salón de un colegio o de un castillo. A este salón daban numerosos corredores y estancias distribuidos radicalmente. Era en cierto modo parecido al diseño de una tela de araña, y el gran vestíbulo era un lugar común a todos los habitantes de la madriguera, en vez de pertenecer a un solo grupo familiar. El tejón la llamó la Sala de Comunicación. Colgan­do de las paredes había antiguos cuadros de tejones ya desapare­cidos que se hicieron famosos en su tiempo por su sabiduría o por sus hazañas. Cada uno de los cuadros estaba iluminado desde arriba por una luciérnaga. Había unos imponentes sillones con el escudo de armas de los tejones grabado en oro sobre los respaldos, que estaban hechos de cuero español, así como un retrato del Funda­dor sobre la chimenea. Los sillones se hallaban dispuestos en semi­círculo en torno al hogar. Delante se veían unas pantallas de caoba para resguardarse el rostro del calor de las llamas. Algunas túnicas oscuras colgaban de unos percheros. Todo daba la impresión de ser sumamente antiguo.
—Estoy soltero por el momento —dijo el tejón con tono de disculpa, cuando tomaron asiento en la alcoba de aquél, que estaba empapelada con papeles de colores—. Sólo dispongo de un sillón, así que puedes sentarte en la cama. Considérate como en tu casa, amigo. Mientras yo preparo un ponche, cuéntame cómo van las cosas por ese mundo.
—Más o menos como siempre. Merlín se encuentra bien, y a Kay le armarán caballero la próxima semana.
—Una ceremonia interesante.
—Qué enormes brazos tienes —dijo Verruga, observando al otro cuando agitaba la bebida—. Y ahora que me doy cuenta, yo también tengo unos brazos muy fuertes.
Y se miró sus propios miembros. Casi podía decirse que era un poderoso torso del que salían un par de brazos potentes y robustos como unos muslos.
—Nos salen así de excavar con ellos —repuso la sensata cria­tura, con satisfacción—. Creo que el topo y nosotros somos los mejores cavadores que existen.
—Me encontré con un erizo, ahí afuera.
—¿Es que no lo sabes? —dijo el otro tejón—. Se rumorea que los erizos producen la peste porcina y la glosopeda.
—A mí me pareció un erizo simpático.
—Sí, tienen una especie de atractivo patético. Me gustaría no hacerlo, pero a veces resulta irresistible el crujido que producen cuando se los come. Los egipcios —y al nombrarlos el tejón se refería a los egiptanos o gitanos— también son muy aficionados a comer erizos.
—El mío no quiso desenrollarse.
—No tenías más que meterle en agua, y al momento te hubiese enseñado la barriga. Ven, el ponche está preparado. Siéntate junto al fuego y ponte cómodo.
—Resulta muy grato estar aquí dentro, con la nieve y el viento que hay afuera.
—En efecto. Brindemos porque tenga suerte Kay, el nuevo ca­ballero.
—Buena suerte para Kay.
—Bien —dijo el tejón, depositando su vaso mientras lanzaba un suspiro—. ¿Qué es lo que le habrá picado a Merlín, para que te enviara conmigo?
—Deseaba que aprendiese —repuso Verruga.
—Ah, si es eso lo que buscas, has llegado al sitio adecuado. Pero, ¿no te parece eso algo aburrido?
—Unas veces me lo parece, y otras no. En general, soporto bastante bien el estudio, sobre todo si se trata de historia natural.
—Justamente estoy escribiendo ahora un ensayo —contestó el tejón, tosiendo modestamente—, en el que explico la razón de que el hombre se haya convertido en el amo de los animales. ¿Quieres que te lo lea? Es para mi tesis doctoral —agregó rápidamente el tejón, antes de que Verruga pudiese protestar. No tenía muchas ocasiones de leer sus ensayos a las amistades, y por ello aprovecha­ba ahora la oportunidad que se le presentaba.
—Bueno, muchas gracias —repuso Verruga.
—Te beneficiará oír ese escrito, muchacho. Con ello se redon­deará tu educación. Has estudiado los peces, las aves y otros ani­males, y ahora lo terminas con el Hombre. ¡Has tenido suerte, al venir aquí! Pero, ¿dónde demonios habré puesto yo el manuscrito de mi ensayo?
El viejo tejón rebuscó por allí con sus grandes zarpas, hasta que dio con un sucio rollo de papeles, uno de cuyos extremos había sido utilizado para encender algo. Luego tomó asiento en su antiguo sillón de cuero, que tenía una profunda depresión en el centro púsose un birrete de terciopelo con una borlita, y extrajo un par de quevedos, que se colocó a caballo sobre la nariz.
—Ejem —hizo el tejón.
Inmediatamente sintióse paralizado por la vergüenza, y se son­rojó mientras manoseaba los papeles, incapaz de comenzar.
—Adelante —dijo Verruga.
—Bueno, tal vez esto no esté muy bien —repuso el tejón, tími­damente—. No es más que un borrador, ¿sabes? Tengo que cambiar muchas cosas, antes de publicarlo.
—Estoy seguro de que debe ser interesante.
—No, no. Es muy poco importante. Se trata de una idea que esbocé en sólo media hora, por pasar el rato. De todos modos, voy a leerla. ¡Ejem! —volvió a carraspear el tejón, después de lo cual adoptó una terrible voz de falsete, y comenzó a leer con toda ra­pidez.
«La gente suele inquirir —leyó—, como pregunta ociosa, si el proceso de la evolución comenzó con la gallina o con el huevo. ¿Había surgido primero un huevo, del que nació la primera gallina, o fue una gallina la que puso el primer huevo? Yo me siento incli­nado a asegurar que el huevo fue lo primero en ser creado.
«Cuando Dios hubo hecho todos los huevos, de los que debían salir los peces, los reptiles, las aves, los mamíferos y hasta el orni­torrinco, entonces el Creador llamó ante sí a los embriones, y vio que eran buenos.»
—Tal vez deba explicarte —aclaró el tejón, alzando la vista y mirando nerviosamente a Verruga, por encima de sus gafas— que todos los embriones tienen un aspecto semejante. Son lo que uno es antes de nacer, y tanto si está uno destinado a ser un renacuajo, como un pavo real, un cameleopardo o un hombre, cuando se es embrión todos tienen el mismo aspecto repulsivo de rudimentario ser humano. Continúo leyendo:
«Los embriones se colocaron delante de Dios, con sus endebles manos cruzadas cortésmente sobre el vientre, y las grandes cabezas inclinadas en actitud respetuosa, y el Hacedor les dijo: «Bien, em­briones, aquí estáis, todos con el mismo aspecto, y Nos os daremos la ocasión de elegir lo que queráis ser. Cuando crezcáis tendréis ma­yor tamaño; pero debo decir que nos complacemos otorgándoos otro don, asimismo. Podéis cambiar cualquier parte de vuestro ser, si lo consideráis útil para vuestra vida posterior. Por ejemplo, en este momento no podéis excavar en tierra. Todo aquel que desee trans­formar sus manos en palas u horcas de huerto puede hacerlo. Por decirlo de otro modo, en este momento sólo disponéis de la boca para comer. Aquel que quiera transformar su boca en un arma ofensiva, queda autorizado para ello, y podrá ser cocodrilo o lobo. Ahora podéis hacer vuestra elección libremente, pero recordad que una vez decididos seréis lo que elegisteis, y tendréis que conforma­ros con ello.
«Los embriones reflexionaron profundamente y luego, uno por uno, fueron adelantándose hacia el trono eterno. Se les permitió dos o tres especializaciones, de modo que algunos eligieron tener los brazos como artefactos voladores, y las bocas como armas, o como instrumentos para partir o perforar, en tanto que otros quisie­ron tener un cuerpo que flotase en el agua y unas patas que le impulsaran a modo de remos. Nosotros, los tejones, lo pensamos mucho y decidimos pedir tres dones. Quisimos tener la piel a modo de escudo, la boca como arma y los brazos como horcas de huerto, y ello nos fue concedido. Todo el mundo se especializó en uno y otro aspecto, y algunos tomaron apariencias increíbles. Otros desea­ron cosas muy raras. Por ejemplo, uno de los lagartos que viven en el desierto quiso rodear su cuerpo con una especie de papel secan­te, para aprovechar más el agua, y también para un fin parecido, un sapo de las regiones áridas decidió, sencillamente, transformarse en algo así como una botella para guardar el agua.
Las peticiones y las concesiones exigieron dos largos días —creo recordar que fueron el quinto y el sexto de la Creación—, y al fina­lizar el sexto día, antes de que comenzase el domingo, todos habían hecho su elección, menos el Hombre.
—Vaya —dijo Dios—, aquí está nuestro hombrecito. Sin duda has esperado hasta el final para pensar el asunto a fondo, ¿no es eso? Bien, ¿qué podemos hacer por ti?
—Señor —dijo el embrión humano—, creo que Vos me habéis dado una forma que considerasteis conveniente, y sería una pena cambiarla. Si debo decidir algo, prefiero seguir como ahora, sin alterar nada de lo que me disteis, por otras armas o herramientas seguramente inferiores. Seré toda mi vida a semejanza de este em­brión, y trataré de compensar lo que me falte con la madera, el hierro y otros materiales que Vos habéis prodigado en la Tierra. Cuando desee ir por el agua, me haré una lancha con los troncos de los árboles. Cuando quiera volar construiré un artefacto que lo haga por mí. Tal vez parezca un necio al rechazar las ventajas que me proporcionáis tan amablemente, pero lo he pensado bien, creo que es la mejor decisión que puede tomar este ser débil e inocente.
—Bien pensado —repuso el Creador, lleno de gozo—. Venid aquí, embriones, venid aquí con vuestros picos, garras y pezuñas, y contemplad a nuestro primer Hombre. Es el único que ha sabido adivinar nuestro enigma, de entre todos vosotros, y Nos tenemos la satisfacción de concederle el poder de dominar a las aves del cielo, los animales de la tierra y los peces del mar. Y ahora, todos vosotros podéis marcharos; pues ya se acerca el fin de semana. Id, creced y multiplicaos. En cuanto a ti, Hombre, carecerás de herra­mientas naturales toda tu vida, pero podrás usar los aparatos que fabriques. Parecerás un embrión hasta el día de tu muerte, pero los demás serán realmente como embriones ante tu poder. Aunque carente de un desarrollo completo, serás hecho a imagen Nuestra, podrás participar de Nuestras penas y Nuestras alegrías. En parte lo sentimos por ti, hombre, y en parte nos alegramos. Ve ahora, y haz lo que puedas. Pero escucha, hombre, antes de que te marches...
—Decid, Señor —repuso Adán, volviéndose cuando estaba a punto de retirarse.
—Sólo iba a decirte... —manifestó Dios tímidamente, retorcién­dose las manos—, sólo iba a decirte: Dios te bendiga.


—Es una historia muy bonita —dijo Verruga—. Me ha gus­tado más que la de Merlín acerca del rabino. Bueno, y también resulta instructiva.
El tejón mostróse sumamente confuso.
—Vamos, muchacho, estás exagerando. Es una insignificante parábola, en cualquier caso. De todos modos, hay un exceso de optimismo en ella.
—¿Por qué?
—Bueno, es cierto que el hombre es el más poderoso de los animales, o el más terrible, quizá, pero a veces dudo de que sea el más favorecido.
—No creo que sir Héctor, por ejemplo, sea tan terrible como dices.
—A pesar de ello, cuando sir Héctor se acerca a la orilla del río, no sólo las aves y los animales de tierra salen huyendo de él, sino que hasta los peces escapan hacia la otra orilla.
—Es que el Hombre es el rey de los animales.
—Tal vez, pero quizá debiéramos decir mejor que es el tirano de todos los animales. Por otra parte, es necesario señalar que tiene un sinnúmero de vicios.
—El rey Pelinor no tiene ninguno.
—Iría a la guerra, si el rey Uther la declarase. ¿No sabes que el Homo Sapiens es el único ser viviente que organiza contiendas?
—Las hormigas también lo hacen.
No generalices tanto, muchacho. Existe un número consi­derable de especies de hormigas, y sólo sé de cinco clases que sean belicosas. Sólo cinco especies de hormigas, una de termites, y el Hombre.
—Pero las manadas de lobos del Bosque Salvaje atacan a los rebaños de ovejas, todos los inviernos.
—Los lobos y las ovejas pertenecen a diferentes géneros, amigo mío. La verdadera guerra es la que se produce entre congéneres. De entre cientos de miles de especies, sólo conozco a siete que sean guerreras. Y en cuanto al Hombre, hay unas pocas razas, como los esquimales, los gitanos, los lapones y algunos nómadas del norte de África, que no sostienen guerras porque no poseen fronteras. La verdadera contienda es más rara en la naturaleza que el caniba­lismo. ¿No crees que eso es una desgraciada circunstancia, por lo que al hombre se refiere?
—Yo, al menos —repuso Verruga—, hubiera deseado ir a la guerra, de haber sido armado caballero. Me gustan las relucientes armaduras, las impetuosas cargas, el sonido de las trompetas, el flamear de los estandartes. Habría querido realizar grandes gestas, y ser valiente, y dominar a mis enemigos. ¿Acaso en la guerra no se consiguen grandes satisfacciones, y se convive con los camaradas más queridos?
El erudito animal pensó la pregunta largo tiempo, mientras contemplaba el fuego.
Luego le pareció más oportuno cambiar de tema.
—¿Qué te gustó más? —preguntó—. ¿Ser hormiga, o ser ganso salvaje?
CAPITULO XXII
l rey Pelinor se presentó lleno de agitación en el castillo, al comienzo de la importante semana en que armaban caballero a Kay.
—¿Lo sabéis? —exclamó—. ¿Os habéis enterado? Ah, es algo tremendo. Y es secreto.
—¿Qué es secreto, si puede saberse?
—Lo del rey —repuso Pelinor, escandalizado—. ¿No sabéis lo del rey?
—Bueno, ¿qué ha sucedido con el rey? —inquirió sir Héctor—. No me diréis que piensa venir por aquí, a cazar con sus condena­dos sabuesos, o algo por el estilo.
—El rey ha muerto —dijo Pelinor, con aire trágico—. Ha muer­to, pobre hombre, y ya no podrá cazar más.
Sir Grummore se puso en pie, respetuosamente, y se quitó el bonete que llevaba puesto.
—El rey ha muerto —dijo—. Dios guarde al rey.
Todos se pusieron de pie, y la vieja niñera rompió a llorar.
—Dios santo —sollozó—. Su Majestad se ha ido, él que era un hombre tan caballeresco. Y yo que había recortado tantas estampas de él de todos los sitios, para pegarlas en la repisa de la chimenea...
—Ten calma, Nannie —dijo sir Héctor.
—Es algo solemne, ¿verdad? —dijo el rey Pelinor—. Uther, el Conquistador, 1066 a 1216.
—Un momento especial, en efecto —apuntó sir Grummore— El rey ha muerto. Viva el rey.
—Debiéramos correr las cortinas —dijo Kay, siempre apegado a los formulismos—, y mandar poner las banderas a media asta.
—En efecto. Que alguien se lo diga al sargento de armas —ma­nifestó sir Héctor.
Era evidente que la sugerencia iba dirigida a Verruga, que era el noble más joven de los presentes, de modo que el muchacho echó a correr en busca del sargento de armas. Los que se hallaban en la sala de sir Héctor no tardaron en escuchar la potente voz que gritaba:
—¡Atención! Luto especial por Su Majestad el rey. Banderas a media asta, ¡atención, uno, dos!
En seguida se vieron descender lentamente, hasta quedar en mitad de sus mástiles, los numerosos pendones, banderas, estandar­tes, banderolas, guiones, enseñas y gallardetes que alegraban las altas torres del castillo del Bosque Salvaje.
—¿Cómo lo habéis sabido? —preguntó sir Héctor.
—Estaba yo investigando por los aledaños del bosque, en bus­ca de la Bestia Bramadora, ¿sabéis?, cuando me encontré con un digno fraile de las órdenes grises, el cual me lo contó. Es una noti­cia de última hora.
—Pobre viejo Pendragon —dijo sir Héctor.
—El rey ha muerto —repitió sir Grummore, solemnemente—, viva el rey.
—Habéis hecho bien al decirlo, mi querido Grummore —dijo el rey Pelinor—; pero, ¿quién será ese rey que debe vivir tanto, según vuestros deseos?
—Pues, su heredero —repuso Grummore, desconcertado.
—Nuestro querido monarca —intervino la niñera, toda lloro­sa— no llegó a tener herederos. Cualquiera puede saber eso.
—¡Dios bendito! —exclamó sir Héctor—. Al menos tendrá al­gún pariente, ¿no es cierto?
—Ahí está lo más intrincado del asunto —declaró el rey Pelinor, lleno de excitación—. No existiendo heredero ni pariente del monar­ca, ¿quién le sucederá en el trono? Por eso el fraile estaba tan inquieto cuando me lo dijo.
—¿Queréis decir entonces que no hay rey en Gramarye? —cla­mó sir Grummore, indignado.
—Ni el menor vestigio de rey —aseguró Pelinor, dándose im­portancia—; y se han notado algunas señales extrañas.
—Creo que se trata de un escándalo —manifestó sir Grummore—. Sólo Dios sabe lo que va a ser de nuestro amado país. Con todos esos comunistas que andan sueltos por ahí...
—¿Qué clase de señales se han notado? —preguntó sir Héctor.
—Sabed que ha aparecido una espada encajada en una piedra, ante una especie de templo. No es exactamente un templo ni es precisamente una piedra, en realidad, pero se trata de algo parecido.
—Explicaos mejor.
—Me han dicho que está en un yunque —aseguro Pelinor.
¿El templo?
—No, la espada.
—Pero antes habéis dicho que la espada estaba en una piedra.
—No —dijo Pelinor—. La piedra se encuentra fuera del templo.
Oíd, Pelinor declaró sir Héctor—, será mejor que descan­séis un poco, viejo amigo, antes de proseguir hablando. Vamos, tomad este cuerno de hidromiel, y tranquilizaos.
—La espada está encajada en un yunque, que a su vez se en­cuentra sobre una piedra. En realidad la espada penetra en el yun­que y también en la piedra. El yunque está fijado en la piedra y ésta se halla en el exterior del templo. Por favor, dadme un poco más de hidromiel.
—No me parece nada extraño que ocurran semejantes cosas —dijo sir Grummore—. Lo raro sería que no sucediesen, cuando abundan tanto esos agitadores sajones.
—Mis queridos amigos —repuso el rey Pelinor, volviendo a po­nerse nervioso—, todo esto no tiene nada de particular; lo que trato de explicaros es lo notable de la leyenda que está allí escrita.
—Escrita en el yunque, claro.
—No, no, en la empuñadura de la espada —corrigió Pelinor.
—Calma, calma, Pelinor —dijo suavemente sir Héctor—. Va­mos a ver, descansad un poco la cabeza en el respaldo del sillón, y cuando os sintáis mejor nos explicaréis de qué rayos estáis hablan­do. Tranquilo, muchacho, tranquilo. No tenemos ninguna prisa. Así, descansad la cabeza, eso es. Ahora, si os parece, contadlo despacito.
—Hay unas palabras escritas en el pomo de la espada que está en el yunque sobre la piedra que hay delante de la iglesia —mani­festó con aire quejumbroso el rey Pelinor—. Esas palabras son las siguientes. Y por favor, tratad de comprenderme, en lugar de inte­rrumpir sin motivo alguno, pues eso hace que me sienta mareado.
—¿Cuáles son esas palabras? —preguntó Kay.
—Las palabras son éstas —aseguró Pelinor—, tal como me las ha repetido el viejo fraile.
—Vamos, continuad —apremió Kay, pues el rey había vuelto a callarse.
—Sí, sí. ¿Qué dice en esa espada? —inquirió sir Héctor, viva­mente interesado.
—Será propaganda, seguramente —intervino sir Grummore. El rey Pelinor cerró los ojos con fuerza, extendió los brazos y dijo con voz grave:
—«Aquel que sacare esta espada del yunque y de la piedra será el rey de toda Inglaterra.»
—¿Qué? ¿Quién dice eso? —preguntó sir Grummore.
—Es lo que dice en la espada, ya os lo he contado —manifestó Pelinor.
—¿Espadas que hablan? dijo sir Grummore sarcásticamente.
—No lo dice la espada; lo dice «en» la espada. Está escrito en ella con letra de oro —clamó irritado Pelinor.
—¿Y por qué no la sacasteis de su sitio?insistió Grummore, desconcertado.
—¡Es que yo no estaba allí! Os estoy diciendo lo que me contó el fraile del que os estaba hablando, y como me lo ha contado, yo os lo cuento.
—¿Ha sacado alguien esa espada del yunque? —dijo sir Héc­tor, procurando serenar los ánimos.
—No —musitó el rey Pelinor, poniéndose dramático de nue­vo—. De ahí toda la conmoción. No hay quien pueda extraer esa espada, aunque muchos lo han intentado; de modo que se ha orga­nizado un torneo para el día de Año Nuevo, y aquel de los que intervengan en la lucha, que logre sacar la espada, será rey de Ingla­terra para siempre. ¿Entendido?
—Oh, padre —dijo Kay—, el que saque la espada del yunque y de la piedra será rey de Inglaterra. ¿Vamos al torneo, padre, y hacemos la prueba?
—Ni pensarlo —contestó sir Héctor.
—Hay un largo camino hasta Londres —afirmó sir Grummore, moviendo negativamente la cabeza.
—Mi padre estuvo allí una vez —aseguró el rey Pelinor.
—Tenemos que ir —insistió Kay—. Cuando me armen caba­llero tendré que asistir a un torneo en alguna parte, y ése viene muy bien por la fecha. Allí estará la mejor gente, y veremos a famo­sos caballeros y a grandes reyes. No importa tanto la espada, desde luego, pero pienso en el torneo, probablemente es el más importan­te que se haya celebrado en Gramarye, y en todo lo que podremos ver y hacer. Querido padre, vayamos y dejadme al menos tomar parte en las justas, para poder obtener algún premio en mi primer torneo.
—Pero Kay —protestó sir Héctor—, es que yo nunca estuve en Londres.
—Más razón aún para ir. Considero que todos los que no deseen asistir a un torneo como ése, es que no tienen sangre noble en las venas. Pensad lo que muchos caballeros opinarán de nosotros, si no hacemos la prueba con esa espada. Dirán que no quisimos correr el riesgo por considerarnos incapaces.
—Sabemos en realidad que somos incapaces —repuso sir Héc­tor—, es decir, por lo que se refiere a la espada.
—Hay muchos caballeros en Londres —comentó sir Grummore, suavemente—. Así dicen.
—Y muchos lugares interesantes —agregó el rey Pelinor de pronto, comenzando a animarse.
—¡Maldición! —exclamó sir Héctor, golpeando con su jarro sobre la mesa y derramando el hidromiel—. ¡Vamos todos a Lon­dres, y veamos al nuevo rey!
Los presentes se levantaron de sus asientos como un solo hombre.
—¿Por qué voy a ser menos que mi padre, digo yo? —declaró el rey Pelinor.
—Claro. Y después de todo, Londres es la capital.
—¡Viva! —gritó Kay.
—¡Dios nos asista! —dijo la niñera.
En ese momento entraba Verruga con Merlín, pero todos se hallaban demasiado emocionados para notar que el chico, de no estar ya crecido, se habría echado a llorar.
—¡Ah, Verruga! —manifestó Kay, olvidándose por un mo­mento de que estaba hablando con su escudero, y tratándole con la familiaridad de los tiempos pasados—. ¿Qué te parece? Nos vamos a Londres, para intervenir en el gran torneo del día de Año Nuevo.
—¿Dices que «vamos»?
—Sí; tú llevarás mi escudo y las lanzas en las justas, y yo ganaré a todos la palma y seré un gran caballero.
—Bueno, me alegra que vayamos —repuso Verruga—, porque Merlín también se marcha.
—Bah, no necesitamos a Merlín.
—Es que se marcha —repitió Verruga.
—¿Se va? Creí que éramos nosotros los que nos marchába­mos —dijo sir Héctor, de nuevo algo confundido.
—No. Se va del castillo del Bosque Salvaje.
Veamos, Merlín, ¿qué ocurre? —dijo sir Héctor—. No en­tiendo nada de esto.
He venido a despedirme, sir Héctor —declaró el viejo mago— Mañana mi alumno Kay será armado caballero, y a la mañana siguiente mi otro alumno se irá como escudero suyo. Yo no soy de utilidad alguna aquí, y es hora de que me vaya.
—Bueno, bueno, no digáis eso. Creo que sois una persona muy útil, ocurra lo que ocurra. Podéis quedaros a enseñarme a mí, o ser bibliotecario, o cosas así. No dejéis solo a un viejo cuándo sus hijos se marchan.
—Volveremos a encontrarnos todos —manifestó Merlín—. No hay motivo para entristecerse.
—No os vayáis —terció Kay.
—Debo hacerlo —dijo el preceptor—. Hemos pasado muy buenos momentos, mientras erais jóvenes, pero está en la propia naturaleza del Tiempo, el tener que marcharse un día. Existen muchas cosas en otras partes del reino que debo atender justa­mente ahora; va a ser una época muy ocupada para mí. Ven, Arquímedes, di adiós a todos los presentes.
—Adiós —murmuró el búho, dirigiéndose cariñosamente a Verruga.
—Adiós —repuso el muchacho, sin atreverse a alzar la mirada.
—Bueno, no podéis marcharos sin haber avisado con un mes de anticipación —declaró sir Héctor.
—Conque no, ¿eh? —replicó Merlín, asumiendo la postura que toman siempre los magos, cuando van a desmaterializarse. Se alzó en puntillas, mientras Arquímedes se aferraba con fuerza a su hombro, comenzó a girar lentamente como una peonza, y luego cada vez más rápido, hasta convertirse en una borrosa man­cha gris. Al cabo de unos segundos había desaparecido.
—¡Adiós, Verruga! —exclamaron dos débiles voces, desde fuera de la ventana.
—Adiós —contestó Verruga, por última vez, y el pobre chico salió apresuradamente de la estancia.
CAPITULO XXIII
a ceremonia de armar caballero a Kay se cele­bró en medio de un torbellino de preparativos para el viaje. El suntuoso baño de Kay tuvo que realizarse en una pequeña estancia, entre baúles y cajones, porque todas las demás habi­taciones se hallaban atestadas de paquetes y ca­jas. La niñera se pasó el tiempo cosiendo calzoncillos largos para todo el mundo, pues era de la opinión que cualquier clima que no fuese el del Bosque Salvaje resultaba en extremo traicionero, y en cuanto al sargento de armas, pulió las armaduras hasta que pare­cieron espejos, y afiló las espadas hasta que la hoja quedó casi por completo gastada.
Por fin llegó el día de emprender la marcha.
Si acontece que el lector no ha vivido en la vieja Inglaterra del siglo XII, o cuando fuera, y en un lejano castillo próximo a las Marcas limítrofes, seguramente le resultará difícil imaginar las maravillas de aquel viaje.
El camino, o carretera, discurría generalmente por entre las co­linas y sierras, y a veces podían mirar los viajeros hacia abajo, por la extensión de los desolados páramos donde los nevados juncos suspiraban, el hielo crujía, y el pato graznaba roncamente al crudo aire invernal. Casi todo el país era así. En ocasiones apa­recía un marjal hacia un lado de las colinas, o un bosque de un millar de acres al otro lado, en el que las ramas de los árboles estaban cubiertas de nieve. Divisaban a veces un penacho de humo que ascendía entre los árboles, o un grupo de casas más allá de los infranqueables juncos, y en dos oportunidades pasaron por ciudades respetables que tenían varias posadas de que jactarse; pero en conjunto, se trataba de una Inglaterra poco civilizada. Las me­jores carreteras aparecían despejadas de matorrales a la distancia de un tiro de arco, por ambos lados, lo cual se hacía para que los viajeros no fueran atacados de improviso por bandidos ocultos.
El caballero que viajaba dormía donde podía, unas veces en la choza de algún granjero, que se aprestaba a darle la bienvenida, otras en el castillo de otro caballero que le invitaba a reponer sus energías, y otras a la luz de la chimenea, y entre el picor de las pulgas, en algún sucio chamizo que tenía un manojo de ramas atado a un poste, en el exterior —éste era el símbolo que usaban las posadas, en aquella época—. Y también, en más de una opor­tunidad, dormían a cielo abierto, apiñados contra sus caballos para conservar el calor. Pero allí donde fueran, o donde durmieran, el viento del este silbaba entre los juncos, y los gansos salvajes se remontaban hacia el firmamento graznando a las estrellas.


Londres estaba lleno hasta rebosar. De no haber sido sir Héctor el afortunado propietario de un pequeño solar en Pie Street, en el que se alzaba una respetuosa posada, jamás hubiesen hallado alojamiento. Pero el caso es que el caballero tenía esa propiedad, de la que por cierto obtenía buena parte de sus ingresos. Gracias a ello pudieron conseguir en la posada tres lechos para los cinco viajeros que eran, y se consideraron muy afortunados por su suerte.
En el primer día del torneo, sir Kay se las arregló para hacer levantar muy temprano a sus compañeros, y se hallaron todos en el campo de justas una hora antes de que comenzase el torneo. El joven caballero había estado despierto toda la noche, pensando cómo se las arreglaría para derrotar a los mejores barones de In­glaterra, y no pudo tomar su desayuno, por la mañana. Al dirigirse al campo, lo hizo cabalgando al frente del grupo, con las mejillas pálidas. Verruga habría deseado poder hacer algo por él.
Para aquellas gentes del campo, que sólo conocían el desman­telado terreno de justas del castillo de sir Héctor, el escenario que hallaron fue maravilloso. Era una amplia depresión del terreno, cubierta de verde césped, y de las dimensiones de un campo de fútbol moderno. Se hallaba a unos diez pies por debajo de las tierras circundantes, con suaves declives, y la nieve había sido barrida por completo del lugar. Se conservó cálida la hierba cubriéndola con paja, que se retiró por la mañana, y ahora la recortada hierba destacaba con su vivo color verde entre el blanco paisaje vecino.
En torno al campo de justas se veía un conjunto de colores tan vivos, que hacía parpadear incrédulamente. Las maderas de las tribunas se hallaban pintadas de rojo y blanco; la seda de los pa­bellones de campaña de los caballeros famosos, cubiertas de brea por ambas caras, eran de distintos colores, azul, verde, bermellón, o bien de colores combinados. Por todas partes flotaban pendones y gallardetes a impulsos de la brisa, dando la sensación de un arco iris movedizo. La barrera que dividía el campo por la mitad estaba también pintada con un gran cuadriculado blanco y negro.
La mayoría de los que intervenían en la justa aún no habían llegado cuando lo hicieron sir Kay y sus acompañantes, pero por los pocos que allí se veían, podía uno darse cuenta cómo iban a relucir las armaduras, y agitarse al viento las dalmáticas de los heraldos cuando se dispusieran a alzar las trompetas para dar los toques de atención.
—¡Santo cielo! —exclamó de pronto sir Kay—. Me dejé la espada en la hospedería.
—No se puede intervenir en un torneo sin espada —apuntó sir Grummore—. Sería muy poco serio.
—Será mejor que vuelvas a buscarla —terció sir Héctor—. Aún tienes tiempo.
—Mi escudero puede hacerlo. ¡Qué imperdonable olvido! Eh, escudero, vuelve a toda prisa a la posada, y tráeme la espada. Te daré un chelín, si regresas aquí a tiempo.
Verruga se puso tan pálido como lo estaba sir Kay, y por un momento le miró como si fuera a abofetearle. Luego dijo:
—Se hará como mandáis, amo.
Y volviendo su caballo contra la corriente de los que llegaban, comenzó a abrirse paso hacia la posada lo mejor que pudo.
—¡Ofrecerme una propina! —murmuró Verruga, indignado—. Mirarme desde su hermoso palafrén desdeñosamente, al verme montado en este mulo, y llamarme escudero... Ah, Merlín, dame paciencia con ese bruto, e impide que le arroje su chelín a la cara.
Cuando Verruga llegó a la posada, ésta se hallaba cerrada. Todo el mundo se había ido a ver el gran torneo, y la servidumbre siguió a los posaderos. Aquellos tiempos eran muy inciertos, y no resultaba muy seguro abandonar una casa —o incluso dormir en ella—, si no se tenía certeza de que era poco menos que inexpug­nable. Las contraventanas tenían un espesor de dos pulgadas, Y las puertas estaban atrancadas con gruesas barras.
«¿Qué puedo hacer yo para ganar mi chelín?», se dijo Verruga para sus adentros.
Observó preocupado la pequeña hospedería totalmente cerrada, y luego echóse a reír.
—Pobre Kay —murmuró—. Todo eso del chelín era sólo por­que se sentía atemorizado y nervioso, y quería disimular. En reali­dad tiene motivos para sentirse así. Bien, debo conseguir una espada, así tenga que entrar en la Torre de Londres.
«Pero, ¿cómo se consigue una espada —se preguntó—. ¿Dónde podría hurtarla, si fuera preciso? Aunque quizá haya algún armero, en una gran ciudad como ésta, cuya tienda esté aún abierta.
Volvióse en su montura y se alejó calle abajo. Al final de la calle vio el patio de una iglesia, con una especie de plazoleta ante la puerta del templo. En el centro de la plazuela había una pesada piedra sobre la que se asentaba un yunque. Una hermosa espada, nueva y reluciente, se hallaba encajada en el yunque.
«Bien —pensó Verruga—, tal vez sea una especie de monu­mento, pero tengo que hacerlo. Estoy seguro de que nadie me lo reprocharía, de saber la situación desesperada del pobre Kay.»
Después de desmontar, Verruga enlazó las riendas en un poste, y subió por el caramillo de grava de la plazoleta. Acercóse a la piedra y cogió la espada por la empuñadura.
—Ven, espada —le habló—; debo pedirte perdón y sacarte de ahí por una buena causa.
«Es extraño —pensó Verruga—. Sentí algo muy raro cuando aferré el pomo de la espada, y he notado que todo aparece ante mí con mayor claridad. Mira las hermosas gárgolas de la iglesia y del monasterio vecino. Fíjate en la esplendidez con que ondean esos gallardetes. Qué limpia aparece la nieve. Noto un olor a in­cienso. ¿Y no es una suave música, lo que oigo?»
Era una melodía, en efecto, y la luz que había en el patio era tan clara, sin llegar a ser deslumbrante, que habría podido verse un alfiler a veinte yardas de distancia.
—Hay alguien en este lugar —preguntó—. Sí, hay gente. De­cidme, ¿qué queréis?
Nadie le contestó, pero la música seguía sonando con fuerza y la luz era espléndida.
—Escuchad —continuó Verruga—. Escuchad, vosotros. Tengo que llevarme esta espada. No es para mí, sino para Kay. Es nece­sario que se la lleve.
Tampoco ahora hubo respuesta alguna, y Verruga volvióse hacia el yunque. Vio las letras de oro en la espada, que no leyó, y las gemas de la empuñadura, relucientes bajo la clara luz.
—Ven, espada —dijo el joven.
Aferró la empuñadura con ambas manos y se apoyó en la pie­dra para tirar. Oyóse un acorde melodioso, pero la espada no se movió de su sitio.
Verruga dejó la empuñadura, que había comenzado a hacerle daño en la palma de las manos, y retrocedió un paso, mientras notaba una sensación luminosa, como unas estrellas rutilantes.
—Está bien encajada —comentó.
Volvió a intentarlo y tiró con todas sus fuerzas. La melodía resonó más intensamente y la luz que caía en el patio relució con un fulgor de amatistas. Pero la espada siguió encajada donde estaba.
—Oh, Merlín —suplicó Verruga—, ayudadme a sacar esta espada.
Oyóse una especie de trueno, seguido de un fuerte acorde. En torno al patio se veían ahora centenares de animales, amigos y conocidos, como espectros de días pasados, entre ellos tejones, rui­señores, cuervos, liebres, gansos salvajes, halcones, peces, sabuesos, unicornios, cocodrilos, erizos, Grifos, y los miles de especies dife­rentes que Verruga había conocido. Todos estaban cerca de la pared, y hablaron a Verruga por turno. Unos habían descendido de los pendones del templo, donde figuraban como emblemas he­ráldicos; otros procedían de las aguas, del cielo y de los campos circundantes. Pero todos, hasta el más humilde ratoncillo, acudían a ayudar a Verruga por el cariño que le profesaban. El joven sintió que su fuerza aumentaba.
—Tensa la espalda —aconsejó un lucio que había salido de un estandarte—, como lo hiciste una vez que iba a darte un coletazo. Recuerda que la fuerza nace de la parte inferior del cuello.
—¿Y qué me dices de tus antebrazos? —intervino gravemente el tejón—. ¿Los tienes pegados al cuerpo? Vamos, vamos, mi que­rido embrión, emplea tus herramientas.
Un azor que se aferraba a la rama de un árbol exclamó:
—Veamos, capitán Verruga, ¿cuál es la primera ley de la pata? Creí que era no soltar nunca.
—No actúes como un necio picamaderos —le exhortó un búho afablemente—. Realiza el esfuerzo uniformemente, polluelo, y lo conseguirás.
Un ganso salvaje manifestó:
—Eh, Verruga, si una vez fuiste capaz de volar hasta el mar del Norte, bien podrás ahora coordinar tus esfuerzos, ¿verdad? Aplica tu energía, junto con el poder de tu mente, y la espada saldrá como de la mantequilla. Vamos, Homo Sapiens, todos tus antiguos amigos estamos dispuestos a vitorearte.
Verruga aproximóse a la espada por tercera vez. Tendió la diestra hacia la empuñadura, y retiró la espada tan suavemente como si estuviera sacándola de una vaina.
Oyéronse unos vítores atronadores, que duraron largo tiempo. Cuando el rumor se extinguió, Verruga viose delante de Kay y le entregó el arma. Los espectadores del torneo volvían ahora a gritar.
—Pero si ésta no es mi espada —protestó sir Kay.
—Es la única que pude conseguir —repuso Verruga—. La po­sada ya estaba cerrada.
—Es una hermosa espada. ¿Dónde la conseguiste?
—Estaba en un yunque y sobre una piedra, delante de una iglesia —contestó Verruga.
Sir Kay observaba luchar a dos caballeros, y no prestó mucha atención a lo que decía su escudero.
—Buen sitio, para encontrar una espada —manifestó.
—En realidad estaba sujeta a un yunque.
—¿Cómo? —exclamó sir Kay, volviéndose en redondo—. ¿Di­ces que esta espada estaba sujeta a un yunque y a una piedra?
—Sí, me pareció una especie de monumento.
Sir Kay se quedó mirando a su escudero unos segundos, lleno de asombro. Abrió la boca, volvió a cerrarla, se pasó la lengua por los labios, y volviéndose, internóse entre la multitud. Estaba buscando a sir Héctor, y Verruga le siguió.
—Padre —dijo sir Kay, cuando lo hubo hallado—, escuchadme un momento.
—Es increíble como luchan estos campeones —repuso sir Héc­tor—. Pero, ¿qué te ocurre, Kay? Estás blanco como la cera.
—¿Recordáis la espada que debía sacar del yunque el futuro rey de Inglaterra?
—Sí.
—Pues bien, aquí está. La tengo en mis manos. Yo he conse­guido sacarla de donde estaba.
Sir Héctor no dijo ninguna necedad. Limitóse a mirar a Kay y luego a Verruga. Después volvió a mirar a Kay, largamente, con afecto, y al fin manifestó:
—Iremos a la iglesia.
Una vez ante la puerta del templo, miró a su primogénito con cariño, pero directamente a los ojos, y agregó:
—Aquí están el yunque y la piedra, y tú tienes la espada. Con ella podrás ser rey de Inglaterra. Eres mi hijo, me siento orgulloso de ti y siempre lo estaré, pase lo que pase. ¿Me juras que la sa­caste de ahí, por tus propios medios?
Kay miró a su padre, luego a la espada y por fin a Verruga. Entonces entregó a éste la espada, lentamente, y declaró:
—He mentido. Verruga fue el que la sacó.
Después de esto, sir Héctor dijo a Verruga que colocase la espada donde la había hallado, lo cual hizo el muchacho. El an­ciano trató en vano de sacarla, y lo mismo le ocurrió a sir Kay. Verruga, al serle solicitado, la extrajo fácilmente una vez, y luego otra. Volvió a repetirlo por tercera vez.
Entonces vio Verruga que su tutor, con gesto de profunda hu­mildad, se arrodillaba delante de él, sobre su gotosa rodilla.
—Señor... —dijo sir Héctor, sin alzar la mirada.
—Por favor, no hagáis eso, padre —repuso Verruga, arrodi­llándose también— Dejad que os ayude a poneros en pie, sir Héctor, porque así me dais pena.
—No no, mi señor —manifestó el anciano, con voz tembloro­sa—. No soy vuestro padre, y ni siquiera soy de vuestra misma sangre. Estoy seguro de que portáis sangre más noble que la mía.
—Muchos me dijeron que no erais mi padre —repuso Ve­rruga—, pero eso no me importa.
—Señor —dijo el anciano, humildemente—, ¿seguiréis apre­ciándome, cuando seáis rey?
—¿Qué decís?
—Sólo querría pediros un favor, señor, que hagáis a vuestro medio hermano, sir Kay, senescal de vuestras tierras.
Kay estaba también arrodillado ante Verruga, y esto era más de lo que el muchacho podía soportar.
—No digáis eso —declaró Verruga, acongojado—. Claro que será senescal, si tengo que ser ese rey del que me habláis. Pero, ¡oh, padre mío!, no os arrodilléis así, porque me apena mucho veros. Poneos en pie, sir Héctor. ¡Ah, Señor, cuánto desearía no haber encontrado esa desdichada espada!
Verruga no pudo evitarlo y se puso a sollozar.
CAPITULO XXIV
al vez debiera haber un capítulo acerca de la ceremonia de la coronación, pensará el lector. Los barones, como era de esperar, se mostra­ron incrédulos, pero como Verruga colocó y sacó la espada del yunque tantas veces como se lo pidieron, y podría haber seguido haciéndolo hasta el día del Juicio Final, mientras que nadie más que él era capaz de hacerlo, por último tuvieron que darse por vencidos. Unos pocos galeses se rebelaron y fueron dominados más tarde, pero en general el pueblo de Inglaterra, así como los proscritos, en cuyo caso se encontraba Robín de los Bosques, mostraron deseos de obedecer al nuevo rey. Estaban hastiados de la anarquía que reinara en el país con Uther Pendragon, y de tiranos feudales, de barones que hacían cuanto les venía en gana, de diferencias entre razas, y del gobierno de la fuerza, como única razón.
La coronación fue una ceremonia espléndida. Recordaba algo al día de la Epifanía, pues todo el mundo trajo regalos a Verruga, por su hazaña de haber extraído la espada del yunque. El perrero y Wat le mandaron una pócima para el catarro, que contenía qui­nina y poseía un valor inestimable. Lyo-lyok le envió algunas flechas elaboradas con sus propias plumas. Cavall se presentó él mismo, Y entregó a su amo todo su afecto. La vieja niñera del castillo le mandó un remedio contra los catarros y treinta docenas de pañue­los con las iniciales correspondientes. El sargento le obsequió sus medallas de las Cruzadas, que quedarían bajo la custodia de la nación. Hob quedóse sin dormir toda la noche, lleno de congoja, y envió a Cully con caperuza y traílla nuevas, y una nueva campanita de plata. Robín y Mariana salieron a una expedición de caza que les llevó seis semanas, y obsequiaron a Verruga con un manto de pieles de marta. El Pequeño Juan agregó un arco de siete pies, que el joven rey no podía manejar con facilidad. Un erizo que no dio el nombre mandó cuatro o cinco hojas sucias con al­gunas pulgas. La Bestia Bramadora y el rey Pelinor decidieron ir a escote, y aportaron los más perfectos fiemos que poseían, deli­cadamente envueltos en verdes hojas de primavera, y dentro de un cuerno dorado. Sir Grummore regaló un conjunto de flechas con los colores de su colegio en las plumas. Los cocineros, sirvien­tes y siervos del Castillo del Bosque Salvaje, que llegaron a la ceremonia en una carreta tirada por un par de bueyes, obsequiaron a Verruga una reproducción de plata, de gran tamaño, de la vaca Crumbrocke, que había ganado el concurso por tercera vez. Ralph Passelewe, por su parte, cantó lo de costumbre en el banquete de la coronación. Arquímedes mandó a su tataranieto, para que se sentara sobre el respaldo del trono, durante la comida, y dejase caer algunos excrementos en el suelo. El alcalde y los concejales de la ciudad de Londres se suscribieron para la construcción de un zoológico-acuario-terrario en la Torre de Londres, en el que todos los animales deberían guardar dieta una vez a la semana por el bien de sus respectivos aparatos digestivos, y donde debían ir a parar todos los antiguos amigos de Verruga, fueran de ala, pata o aletas, al llegar al otoño de sus felices vidas. Los ciudadanos de Londres aportaron cincuenta millones de libras para el soste­nimiento del zoológico, y las Damas Británicas obsequiaron un par de chancletas de terciopelo negro con las iniciales de Verruga bor­dadas en oro. Kay le envió la cabeza del Grifo con sus mejores deseos.
También hubo muchos otros regalos de buen gusto procedentes de diversos barones, arzobispos, príncipes, landgraves, reyes tribu­tarios, corporaciones, popes, sultanes reales, concejales de distrito, zares, jalifas, mahatmas y otras yerbas. Pero el regalo más her­moso de todos fue para Verruga el que le mandó con todo afecto su querido tutor, el anciano sir Héctor. Este obsequio consistía en un castillo de fuegos artificiales de los que se encienden por un extremo. Verruga procedía a encenderlo, y vio crecer el fuego. Cuando las chispas se hubieron extinguido, Merlín se hallaba de pie ante Verruga, tocado con su capirote de mago.
—Bien, Verruga —dijo Merlín—, aquí estoy de nuevo. Tienes un gran aspecto, con tu corona de rey. No te lo podía decir antes, pero el caso es que tu padre fue el rey Uther Pendragon, fui yo mismo, disfrazado de mendigo, quien te llevó al castillo de sir Héctor, envuelto en tus dorados pañales. Sé todo acerca de tu na­cimiento y tu familia, y también sé quién te dio tu verdadero nom­bre. Estoy al corriente de tus penas y de tus alegrías, y sé que nadie osará volver a llamarte por el nombre familiar de Verruga. En el futuro será tu glorioso sino aceptar la carga y gozar de la nobleza de tu propio título. Por consiguiente, reclamo el privilegio de ser el primero de tus súbditos que se dirige a ti con el nombre de Rey Arturo.
— ¿Te quedarás conmigo durante mucho tiempo, Merlín? — pre­guntó el joven, sin comprender muy bien todo aquello.
— Sí, Verruga — repuso Merlín — . O más bien debo decir: Sí, mi rey Arturo.




1 En inglés Wart (verruga), rima con Art (arte). (Nota del traductor.)
1 Grito del cazador al avistar el zorro. (N. del T.)