PARA PODER LLEGAR A ENTENDER MUCHAS DE LAS COSAS QUE AHY AQUI, HAY QUE MIRARLAS CON LOS OJOS DEL "CORAZON".

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jueves, junio 16, 2011

Los Jóvenes Jedi LOS PERDIDOS









STAR WARS



Los Jóvenes Jedi



LOS PERDIDOS
1

Jaina Solo dejó escapar un suspiro lleno de felicidad mientras la luna color verde joya de Yavin 4 se iba empequeñeciendo detrás de ellos en las pantallas traseras del Halcón Milenario.
¿Tienes muchas ganas de regresar a casa, Jacen? —preguntó, volviendo la mirada hacia los líquidos ojos color castaño dorado de su hermano gemelo.
Jacen deslizó largos y esbeltos dedos por entre sus despeinados rizos castaños.
Nunca pensé que llegaría a decirlo —admitió—, pero la idea de pasar un mes entero en Coruscant con mamá, papá y nuestro hermano pequeño me parece una perspectiva muy agradable.
Debe de ser una señal de madurez —se burló Jaina.
¿Quién está madurando? —replicó Jacen, fingiendo ofenderse—. Ni lo sueñes. —Después, como para echar por tierra la teoría de Jaina, obsequió a su hermana con una sonrisa torcida que le hizo parecer una versión más joven de su padre, Han Solo—. ¿Quieres oír un chiste?
Jaina puso los ojos en blanco y deslizó un mechón de lacios cabellos castaños detrás de una oreja para mantenerlos alejados de su cara.
Supongo que nunca aceptarías un no como respuesta, ¿verdad? —Luego fingió que acababa de tener una gran idea y chasqueó los dedos—. Oye, ¿por qué no vas a la cabina de pilotaje y se lo cuentas a Tenel Ka?
Jaina sabía muy bien que la joven guerrera, una de las grandes amistades que habían hecho en la Academia Jedi, nunca había sonreído —y mucho menos reído— ante los chistes de Jacen, aunque no pasaba ni un solo día sin que su hermano intentara arrancarle una risita.
Antes quiero utilizarte como audiencia de prueba —dijo Jacen—. Después probaré con Bajie..., dondequiera que esté. Tiene bastante sentido del humor para ser un wookie.
No debería costarte mucho dar con él —dijo Jaina—. El Halcón no es tan grande, y puedes estar casi seguro de que Bajie se encuentra cerca de algún ordenador.
¡Eh, estás intentando distraerme para que no te cuente mi chiste! —exclamó Jacen—. Bien, ¿preparada?
Jaina lanzó un prolongado suspiro lleno de paciencia de hermana.
De acuerdo, ¿cuál es el chiste?
Allá va: ¿cuánto tiempo necesita dormir cada noche el tío Luke?
Un fruncimiento de perplejidad arrugó la frente de Jaina.
Vale, me rindo. ¿Cuánto tiempo necesita dormir cada noche el tío Luke?
¡El suficiente para recuperar la Fuerza! Jacen rió a carcajadas, muy orgulloso de su chiste.
Jaina soltó un gemido melodramático.
Creo que ni siquiera Bajie se reirá de ese chiste —dijo.
Jacen puso cara de consternación.
Pues yo pensaba que era uno de mis mejores chistes. Se me ocurrió de repente, ¿sabes? —Después su rostro volvió a iluminarse—. Eh, me pregunto si Zekk todavía andará por Coruscant... Él siempre se reía de mis chistes.
Jaina sonrió al oír el nombre de su travieso amigo, un chico de la calle que había sido acogido en su casa por el viejo Peckhum, el hombre que llevaba los suministros a la Academia Jedi. Un par de años mayor que los gemelos, Zekk había demostrado ser un pequeño bribón lleno de recursos a pesar de la dura vida que había llevado. Jaina solía pasar horas escuchándole mientras Zekk la deleitaba con historias de su infancia en el planeta Ennth y de cómo, cuando la colonia fue devastada por un desastre natural, había escapado de allí a bordo de una nave de suministros.
Jaina no tenía más remedio que admirar la decisión y el coraje de Zekk. El impetuoso muchacho de cabellos oscuros nunca hacía nada a menos que realmente quisiera hacerlo. De hecho, cuando el capitán de la nave de rescate había sugerido que Zekk tal vez estuviera mejor en un orfanato o en un hogar adoptivo, Zekk se había escapado en la siguiente parada y se había colado como polizón a bordo de un carguero que se dirigía hacia el exterior del sistema. A partir de entonces había viajado de un planeta a otro, a veces trabajando como ayudante de camarote y a veces como pasajero sin billete, hasta que un día se había encontrado con el viejo Peckhum, que iba de camino a Coruscant. Los dos defendían celosamente su independencia, pero eso no había impedido que se hicieran amigos, y habían estado juntos desde aquel momento.
De acuerdo, puede que Zekk se ría de tu chiste —acabó diciendo Jaina—. Tiene un sentido del humor bastante extraño.
La Academia Jedi de Yavin 4 fue quedando cada vez más lejos, y Jacen y Jaina contemplaron en silencio la pantalla visora mientras las estrellas se estiraban hasta convertirse en líneas estelares y el Halcón Milenario entraba en el hiperespacio, llevándoles hacia Coruscant y hacia su hogar.
Jacen estaba sentado delante de la mesa de holojuegos en la zona de descanso y estudiaba el tablero, devanándose los sesos para dar con alguna estrategia que contrarrestase el gambito anterior de Bajie.
Te toca —observó Tenel Ka con voz tranquila e impasible.
Jacen había esperado poder impresionar a sus amigos ganando una partida o dos, pero descubrió que le resultaba muy difícil concentrarse teniendo a Tenel Ka junto a él. La joven había cruzado sus brazos desnudos sobre su túnica de piel de reptil, y observaba en silencio cada uno de sus movimientos. Su cabellera dorado rojiza, domada mediante numerosas trencillas, se agitaba alrededor de su cabeza y sus hombros cada vez que hablaba o cambiaba de postura.
Al otro lado de la mesa, Jaina permanecía inmóvil detrás de Bajie y conferenciaba en susurros con el joven wookie de pelaje color canela, señalando una pieza del juego holográfico detrás de otra. Las diminutas siluetas que ondulaban sobre la mesa parecían aguardar con impaciencia a que Jacen hiciera su siguiente movimiento. Una delgada película de transpiración se fue formando encima de su frente y su labio superior. Jacen sabía que no tenía ninguna posibilidad contra el joven prodigio de los ordenadores..., especialmente no mientras Jaina estuviera ayudando a Bajie.
Saldremos del hiperespacio dentro de unos cinco minutos estándar—anunció Han Solo desde la cabina de pilotaje—. ¿Estáis preparados, chicos?
Eh, papá, ¿podemos hacer algunas prácticas de tiro?
Jacen se levantó de un salto, alegrándose de aquella interrupción. ¡Por fin podría hacer algo que se le daba estupendamente!
A Jacen le encantaba aquel juego que su padre se había inventado para ellos. Cada vez que los llevaba a Coruscant a bordo del Halcón Milenario, Han permitía que los gemelos se sentaran en los dos pozos artilleros. Mientras la nave se aproximaba a la órbita, Jacen y Jaina escrutaban el espacio en busca de trozos de metal y restos de las encarnizadas batallas espaciales libradas sobre Coruscant en años anteriores, durante el derrocamiento del Imperio.
No creo que vayamos a encontrar restos suficientes para que los dos podamos disparar contra ellos —gruñó Jaina.
Oh, ¿no? —replicó Jacen, dirigiéndole su sonrisa más desafiante—. Lo que pasa es que todavía te acuerdas de que la última vez yo le di a algo y tú no. Estoy seguro de que hoy encontraremos unos cuantos restos contra los que disparar. Tengo un presentimiento, ¿sabes? —Jacen se encogió de hombros—. Pero si no te crees capaz de hacerlo...
Los ojos de Jaina se entrecerraron mientras aceptaba el desafío. Una sonrisa tiró de una de las comisuras de sus labios.
Bueno, ¿a qué estamos esperando? —preguntó.
Y después de haber dicho esas palabras, echó a correr hacia uno de los pozos artilleros, dejando atrás a Jacen sin esperar a que su hermano se dirigiera hacia el otro. Tenel Ka siguió a Jacen mientras que Bajie se apresuraba a seguirla, deseoso de ayudar a Jaina.
Las borrosas siluetas monstruosas de la mesa de holojuegos se encogieron detrás de ellos y esperaron a que alguien hiciera un movimiento.
Jacen se instaló en el asiento del pozo artillero inferior, que todavía era demasiado grande para él. Se puso el arnés de seguridad y se inclinó hacia adelante para activar los controles de disparo de los cañones láser mientras Tenel Ka se colocaba en su sitio junto a él. Los ojos color gris granito de la joven se entrecerraron, concentrando toda su atención en el armamento.
Vigila esa pantalla de allí —le dijo Jacen—. Ayúdame a encontrar un blanco. Todavía quedan montones de restos, pero todos son bastante pequeños.
Incluso siendo pequeños, esos restos podrían resultar mortíferos para las naves que entran en el sistema —dijo Tenel Ka.
Es un hecho comprobado —respondió Jacen con una sonrisa, repitiendo una frase que solía utilizar su amiga—. Por eso acabamos con unos cuantos siempre que se nos presenta la oportunidad de hacerlo.
Una serie de ruidosas explosiones surgió del otro pozo artillero cuando Jaina empezó a disparar su láser cuádruple. Jacen oyó un potente rugido wookie: Bajie estaba animando a su hermana.
Eh, ¿cómo ha conseguido encontrar un objetivo tan deprisa? —preguntó.
Centrando la mira—respondió Tenel Ka, señalando las líneas luminosas de la pantalla de seguimiento.
¡Oh! Bueno, yo también habría podido disparar..., si hubiera estado prestando atención —dijo Jacen.
Hizo girar el arma de cuatro cañones hasta colocarla en posición de tiro, y después contempló cómo la mira de puntería se iba acercando cada vez más y más al objetivo. Quizá fuese una vieja plancha de blindaje de un Destructor Estelar hecho pedazos, o un módulo de carga vacío que había sido arrojado al espacio por algún contrabandista mientras huía. Jacen fue siguiendo la lenta aproximación del blanco...
Mantenía centrada —dijo Tenel Ka—. Mantenía centrada... ¡Fuego!
Jacen reaccionó al instante pulsando los botones de disparo, y los cuatro cañones láser lanzaron haces concentrados que convirtieron en vapor el resto flotante.
¡Yahooo! —chilló.
Un grito de deleite similar surgió del otro pozo artillero.
Parece ser que Jaina también le ha dado a su objetivo —dijo Tenel Ka.
¡Que no se os suban los humos a la cabeza, chicos! -gritó jovialmente Han desde la cabina.
Chewbacca, su copiloto, rugió para indicar que estaba de acuerdo con él.
Sólo estamos haciendo que la galaxia sea un lugar más seguro para el tráfico espacial —replicó Jacen.
Estamos empatados —dijo Jaina—. Necesitamos un disparo más cada uno. Por favor, papá...
Siempre estáis empatados, par de gemelos —respondió Han—. Si permitiera que siguierais disparando hasta que uno de vosotros diera en el blanco y el otro fallase, nos pasaríamos años dando vueltas a este sistema solar. Venga, volved a la cabina... Ya casi estamos en casa.
El Halcón Milenario se posó sobre un tejado despejado para el descenso y Bajocca se quitó el arnés de seguridad y soltó un gemido ahogado. El descenso en Coruscant había sido impecable y el joven wookie lo había pasado en grande optimizando los ordenadores del Halcón, pero ardía en deseos de volver a disfrutar del aire libre y los espacios abiertos incluso si se trataba de los de una ciudad..., siempre que pudiera estar lo suficientemente arriba y lejos del suelo.
Cuando Bajie llegó a la rampa de salida de la nave, Jacen y Jaina ya habían conseguido quitarse las tiras de sus respectivos arneses de seguridad. Los gemelos pasaron corriendo junto a él y se lanzaron a los brazos de su madre, que estaba aguardándoles al final de la rampa. Leia Organa Solo, la Jefe de Estado de la Nueva República, había acudido a la plataforma de descenso acompañada por Anakin, su hijo menor, y Cetrespeo, el androide de protocolo de color dorado.
Bajie hizo unos ajustes en los controles de Teemedós, el androide traductor miniaturizado que colgaba de su cinturón, y bajó por la rampa contemplando la escena de reunión familiar con una cierta envidia. Anakin, esbelto y de cabellos oscuros, no se apartaba ni un instante de sus dos hermanos mayores, haciendo preguntas de vez en cuando mientras sus ojos color azul hielo no se perdían nada. Leía, con su larga cabellera castaña dispuesta en un peinado de complejos aros, contemplaba a sus tres hijos con obvio orgullo y afecto. Cuando Han Solo salió de la nave para añadirse a la reunión, la familia estalló en otra alegre erupción de besos, abrazos y entusiástico despeinar de cabelleras.
Bajie echaba de menos a su familia de Kashyyyk.
Gracias por habernos dejado traer a casa a nuestros amigos durante esta visita, mamá - dijo Jaina.
Vuestros amigos siempre son bienvenidos aquí —replicó su madre. Después dio un paso hacia adelante para acoger a Bajie con una afable sonrisa, y luego hizo una pequeña reverencia a Tenel Ka, que le había seguido por la rampa—. Nos sentimos muy honrados de teneros aquí. Os ruego que consideréis este palacio como si fuera vuestra casa.
Bajie no dijo ni una palabra, pero Teemedós se apresuró a intervenir desde su cintura.
¡Ah, Cetrespeó! —exclamó con claro deleite -. ¡Mi contra figura, mi predecesor, mi... mentor! Tengo muchas cosas que introducir en tus bancos de datos. Cuando conozcas algunas de las aventuras que he tenido desde que Chewbacca me llevó a la Academia Jedi, estoy seguro de que te sentirás tan impresionado como horrorizado...
¡Por supuesto! Es un placer volver a verte, Teemedós —dijo Cetrespeó—. Sin embargo, dudo mucho que tus tribulaciones sean gran cosa comparadas con las pesadas responsabilidades diplomáticas que debo soportar en Coruscant. ¡Te resultaría sencillamente imposible imaginarte la facilidad con que pueden llegar a ofenderse algunos de estos embajadores de otros mundos!
Los dos androides siguieron parloteando con sus voces casi idénticas, y Bajie hizo rodar sus grandes ojos de wookie en las órbitas. Chewbacca, que ya había terminado con los procedimientos de desconexión del Halcón, salió de la nave para reunirse con su sobrino en el momento en que Bajie depositaba a Teemedós en una de las manos doradas de Cetrespeó para que los dos pudieran disfrutar de un rato de charla «de familia».
Bajie dejó escapar un leve suspiro y empezó a pensar en Kashyyyk, su mundo natal, sus padres y su hermana pequeña. Su tío puso una enorme mano encima de su peludo hombro, como queriendo consolarle. Chewbacca tal vez había percibido la nostalgia de Bajie, porque enseguida se embarcó en una larga descripción en lenguaje wookie de la habitación que había escogido como alojamiento para su sobrino, y que era una de las que se encontraban más arriba del Palacio Imperial. Bajie no vería copas de árboles desde su ventana, pero Chewbacca le aseguró que los panoramas eran realmente impresionantes, lo cual debería hacer que se sintiera cómodo y seguro. Chewie también se había ocupado de que la habitación fuese amueblada con árboles, hamacas y verdes plantas de la jungla.
Chewbacca acabó diciéndole que aquello no era tan bueno como una visita al hogar, pero insistió en que aun así Coruscant era un lugar magnífico para unas vacaciones.
Tenel Ka recorrió con la mirada la opulenta habitación que Leia Organa Solo había escogido para ella. El mobiliario estaba adornado con hermosas tallas, y los cortinajes y las sábanas de la cama eran de la más exquisita calidad. El colchón parecía mullido y muy cómodo.
Le recordó a su hogar en el Palacio de la Fuente de Hapes. Tenel Ka se estremeció. Era una princesa de Hapes, ya que su padre —el hijo de la antigua reina, una poderosa monarca— gobernaba el cúmulo de Hapes junto con su esposa, que era nativa de Dathomir. Pero Tenel Ka había mantenido oculto ese hecho a sus amigos de la Academia Jedi, prefiriendo seguir la herencia materna del salvaje planeta Dathomir. Aquel palacio era demasiado parecido a su hogar en el mundo central de Hapes..., y en aquellos momentos Tenel Ka se sentía un poco a disgusto hallándose rodeada de tales comodidades.
Ah —dijo—. Aja.
Fue hasta la cama, quitó las sábanas de un tirón y colocó el colchón encima del reluciente suelo de piedra pulimentada. Después se sentó sobre él y asintió con satisfacción. La habitación ya no parecía tan elegante y lujosa, y en consecuencia se había vuelto mucho más acogedora..., por no mencionar el que también fuese mucho más adecuada para una temible y endurecida guerrera. Eso era un hecho comprobado.
2

Mientras intentaba dormir, Jaina pensó en lo distinto que era Coruscant de las exuberantes junglas de Yavin 4. La ciudad capital que cubría todo el planeta hervía con una intensidad y una energía que se infiltraban en cada aspecto de la vida cotidiana. A diferencia de la diminuta luna, que siempre quedaba sumida en el silencio más absoluto durante las horas de calma anteriores al amanecer, el mundo central de la Nueva República permanecía despierto en todo momento.
Su hermano Jacen abrió y cerró sus ojos castaños, todavía un poco enturbiados por el sueño, cuando se reunió con ella en el comedor a la mañana siguiente. Tenel Ka y Bajocca se habían levantado temprano y, ya enfrascados en consumir ávidamente su desayuno, saludaron a los gemelos cuando éstos aparecieron. Cetrespeó, el androide de protocolo color oro, correteaba de un lado a otro y se aseguraba de que los invitados disfrutaran de una gran experiencia gastronómica.
Bajie estaba comiendo humeantes trozos de carne roja calentada (pero todavía cruda) de una bandeja ribeteada de oro y adornada con un complejo reborde de aros tallados. Cetrespeó había utilizado la mejor vajilla diplomática y las guarniciones más selectas, pero el joven wookie parecía estar teniendo algunos problemas para evitar los tallitos decorativos y las delicadas flores que adornaban su sangrante desayuno. Tenel Ka, que estaba usando una pequeña daga para consumir su desayuno, pinchó un trozo de fruta en la punta.
Ah, ama Jaina, amo Jacen... Buenos días —dijo Cetrespeó—. Es un gran placer volver a tenerles en casa con nosotros.
Jaina se volvió hacia la ventana holográfica que ocupaba toda una pared de la habitación, y que en realidad mostraba una imagen transmitida desde una de las torres que se alzaban por toda la gran ciudad. Ocupar la jefatura del Estado convertía a su madre en una persona muy importante, por lo que los aposentos de la familia se encontraban en las profundidades del palacio, que siempre eran más seguras, y no había ninguna auténtica ventana al exterior. Jaina sabía que en aquel mismo instante muchos otros diplomáticos esparcidos por la ciudad estaban contemplando la misma imagen proyectada en sus falsas ventanas.
Gracias, Cetrespeó —dijo Jacen—. Teníamos muchas ganas de disfrutar de estas vacaciones. El tío Luke nos ha estado enseñando algunas habilidades Jedi realmente impresionantes, pero el aprenderlas puede llegar a resultar agotador.
El androide juntó sus manos de metal dorado en una suave palmada.
Me encanta oírlo, amo Jacen. Estoy muy ocupado instruyendo al joven amo Anakin, naturalmente, pero me he tomado la libertad de preparar un excelente y muy completo programa de estudios para ustedes mientras permanezcan en Coruscant. Sus invitados también pueden asistir a todas las clases, por supuesto... ¡Oh, será igual que en los viejos tiempos!
¡Clases! —exclamó Jacen mientras se dejaba caer en una silla y empezaba a meterse el desayuno en la boca a toda velocidad—. Estás bromeando, ¿verdad?
Oh, no, amo Jacen —replicó Cetrespeó, empleando su tono de voz más serio y severo—. No deben descuidar sus estudios.
Lo siento, Cetrespeó —dijo Jaina—, pero tenemos otros planes para hoy.
La madre de los gemelos entró en el comedor antes de que el androide pudiera seguir insistiendo.
Buenos días, chicos —dijo Leia.
Jaina sonrió a su madre. La princesa Leia estaba tan hermosa como en aquellas viejas cintas de los tiempos de la Rebelión que Jaina había visto. Desde aquel entonces, Leia había ido asumiendo deberes políticos extremadamente agotadores y había consagrado la mayor parte de sus horas de vigilia —junto con un número bastante elevado de las que habría debido pasar durmiendo— a desenredar nudos en las finas hebras de la diplomacia.
¿Qué vas a hacer hoy, mamá? —preguntó Jaina.
Leia suspiró y alzó hacia el techo sus ojos color castaño oscuro en una expresión que Jaina solía imitar sin darse cuenta.
Tengo una reunión con el Pueblo de los Árboles Aulladores de Bendone... Hablan un lenguaje muy extraño, y necesitan un equipo de traductores. Perderé toda la mañana sólo para mantener una breve conversación con ellos. —Leia cerró los ojos y se frotó las sienes con las yemas de los dedos—. ¡Y sus voces ultrasónicas siempre me dan dolor de cabeza! —Después respiró hondo y se obligó a sonreír—. Pero es parte del trabajo. Tenemos que asegurarnos de que la Nueva República sigue siendo fuerte, porque siempre hay amenazas del exterior.
Es un hecho comprobado —dijo Tenel Ka con voz sombría—. Hemos podido ver con nuestros propios ojos la amenaza que representan la Academia de la Sombra y el Segundo Imperio.
El gruñido de Bajocca dejó muy claro que estaba recordando los momentos oscuros y difíciles que él y los gemelos habían experimentado a bordo de la estación de adiestramiento imperial camuflada.
Eh, mamá, tengo algo que te animará un poco —dijo Jacen, y metió la mano en su bolsillo—. Es un regalo que llevo tiempo guardando para ti.
Después el muchacho le ofreció la resplandeciente gema corusca que había recogido del espacio mientras utilizaba la maquinaria minera de Lando Calrissian en las profundidades de la tormentosa atmósfera de Yavin, el gigante gaseoso. Leia bajó la mirada hacia ella y parpadeó, visiblemente asombrada.
¡Es una gema corusca, Jacen! ¿Es la que encontraste en la Estación Buscadora de Gemas?
Jacen se encogió de hombros, pareciendo muy complacido consigo mismo.
Sí..., y la utilicé para escapar de mi celda en la Academia de la Sombra. ¿Te gustaría quedarte con ella?
La expresión de Leia mostraba lo profundamente conmovida que se sentía, pero cerró los dedos de su hijo alrededor de aquella gema tan valiosa.
El mero hecho de que me la ofrezcas ya es un regalo muy especial para mí —dijo—, pero realmente ya no necesito más joyas o tesoros. Me gustaría que te la quedaras, y que encontraras algún uso especial para ella. Estoy segura de que ya se te ocurrirá algo.
Jacen se ruborizó, no sabiendo cómo reaccionar, y un instante después se puso de un rojo todavía más oscuro cuando su madre le dio un gran abrazo.
Han Solo entró en la acogedora área de la cocina-comedor procedente de las habitaciones de la familia, recién aseado y totalmente despierto.
Bueno, chicos, ¿qué os tiene reservado el día? —preguntó.
Jaina corrió hacia su padre para darle un abrazo.
¡Hola, papá! Vamos a pasar algún tiempo con nuestro amigo Zekk. Tenemos muchas cosas que contarnos, ¿sabes?
¿Te refieres a ese buscador de chatarra que no se lava nunca? —preguntó Han con una leve sonrisa.
¡Zekk se lava cada día! —exclamó Jaina, poniéndose un poco a la defensiva.
Eh, sólo bromeaba —dijo Han.
Bueno, procurad no meteros en líos —dijo Leia.
¿Líos? —preguntó Jacen, parpadeando velozmente en un fingido despliegue de inocencia—. ¿Nosotros?
Leia asintió.
Acordaros de que mañana por la noche vamos a celebrar un banquete diplomático especial —dijo—. No quiero tener que dejaros al cuidado de un androide médico por un tobillo dislocado..., o algo peor. Y además...
Cetrespeó, que estaba intentando llevar al pequeño Anakin a una habitación donde hubiera menos actividad, la interrumpió.
Desearía que me diera su permiso para que se quedaran aquí a fin de que continúen con sus estudios, ama Leia —dijo—. Sería mucho más seguro.
El pequeño Anakin puso cara de consternación al comprender que no podría salir a compartir aventuras con sus hermanos mayores.
Teemedós intervino desde la cintura de Bajocca.
Bueno, mi concienzudo colega, te aseguro que no es necesario que temas por su seguridad. Me ocuparé personalmente de que se comporten con la máxima cautela. Puedes contar conmigo.
Bajocca gruñó un comentario, y Jaina tuvo la impresión de que el wookie no estaba nada de acuerdo con el pequeño androide traductor.
Jaina estaba esperando al aire libre, inmóvil junto a Bajocca, Tenel Ka y Jacen. Los cuatro amigos se encontraban en uno de los siempre repletos centros de información turística de Coruscant, una especie de plataforma que sobresalía del grandioso palacio en forma de pirámide. Dignatarios y turistas procedentes de toda la galaxia acudían al mundo capital para gastar sus créditos visitando parques, museos, esculturas extrañas y curiosas estructuras erigidas por antiguos artesanos alienígenas.
Un rechoncho androide-folleto lleno de ángulos que parecía una caja hinchada flotaba sobre sus haces repulsores, parloteando a toda velocidad con una entusiástica voz mecánica. La jovial máquina recitaba listas de los lugares más hermosos e interesantes, recomendaba restaurantes adaptados a distintas bioquímicas, y daba instrucciones acerca de cómo inscribirse en viajes con guía para todos los tipos de cuerpos, exigencias atmosféricas y lenguajes.
Jaina se removió nerviosamente mientras estudiaba a la multitud formada por embajadores de túnicas blancas, androides muy ocupados y criaturas exóticas unidas por correas a otras criaturas extrañas. No sabía distinguir a los dueños de los animales domésticos.
Bueno, ¿y dónde está? —preguntó Jacen, poniéndose las manos en las caderas.
Tenía los cabellos revueltos y el rostro un poco sonrojado, y sus ojos no paraban de recorrer el gentío en busca de una cara familiar.
Los cuatro jóvenes Caballeros Jedi se habían colocado debajo de una gárgola que iba emitiendo las horas de llegada de las lanzaderas mediante un altavoz instalado en su boca de piedra. Jaina alzó la mirada hacia el cielo tachonado de nubes que parecían manchitas de espuma y contempló las siluetas plateadas de las lanzaderas que descendían de sus órbitas. Intentó divertirse identificando los tipos de vehículo a medida que pasaban delante de ella, pero mientras lo hacía no dejaba de preguntarse qué habría retrasado a su amigo Zekk. Volvió a echar un vistazo a su cronómetro y vio que Zekk sólo llevaba dos minutos estándar de retraso. Lo único que ocurría era que Jaina tenía muchas ganas de verle.
Y entonces una silueta apareció delante de ella, cayendo súbitamente desde la gárgola que se alzaba sobre su cabeza: era un joven delgado y nervudo, con los cabellos hasta los hombros y de un castaño tan oscuro que le faltaba muy poco para ser negro. Su delgado rostro estaba iluminado por una gran sonrisa y sus chispeantes ojos verdes, agrandados por el deleite, mostraban una corona oscura alrededor de los iris esmeralda.
¡Hola, chicos!
Jaina dio un respingo, pero Tenel Ka reaccionó a una velocidad vertiginosa. En la tracción de segundo que siguió al aterrizaje de Zekk, la joven guerrera ya había empuñado su fibrocable y lo había convertido en un lazo corredizo, con el que rodeó al recién llegado mientras tensaba la hebra mediante un poderoso tirón.
¡Eh! —gritó el muchacho—. ¿Es así como los Caballeros Jedi saludan a la gente?
Jacen se rió y le dio una palmada en la espalda a Tenel Ka.
¡Muy bien hecho! —exclamó—. Tenel Ka, te presento a nuestro amigo Zekk.
Tenel Ka parpadeó una vez.
Es un placer.
El flaco y nervudo muchacho estaba luchando con el fibrocable que le mantenía inmovilizado.
Lo mismo digo —respondió en un tono entre avergonzado e irritado—. Y ahora, ¿te importaría desatarme?
Tenel Ka giró velozmente la muñeca para liberarle del fibrocable.
Mientras Zekk se limpiaba con cara de indignación, Jaina le presentó a Bajocca, su amigo wookie. Jaina sonrió mientras observaba a Zekk. El muchacho, un poco mayor que ellos, tenía una constitución muy delgada, pero era tan duro como un blindaje a prueba de rayos desintegradores. Jaina pensó que debajo de las manchas de tizne y suciedad que cubrían sus mejillas probablemente había un rostro bastante atractivo..., pero después de todo, y dado lo mucho que le gustaba trastear con máquinas de toda clase, ella no era la persona más adecuada para criticar ese tipo de suciedad.
Zekk, que ya se había recuperado, enarcó las cejas y les obsequió con una sonrisa maliciosa.
Os he estado esperando, chicos —dijo—. Tenemos montones de cosas que hacer y que ver..., y necesito que me echéis una mano con algo que he encontrado.
¿Adonde vamos? —preguntó Zekk.
Zekk sonrió.
A algún sitio al que se supone que no hemos de ir..., naturalmente.
Jaina se echó a reír.
Bueno, ¿y a qué estamos esperando?
Jacen contempló la inmensa ciudad y pensó en todos los lugares que todavía les quedaban por explorar.
Coruscant era la sede del gobierno de la Nueva República, pero también lo había sido del Imperio y de la Antigua República antes de eso. Los rascacielos ocupaban prácticamente cada espacio disponible, y la altura de las nuevas construcciones había aumentado incesantemente a medida que pasaban los siglos y los gobiernos se iban sucediendo unos a otros. Los edificios más altos tenían kilómetros de altura. Muchos habían sido destruidos durante las sangrientas batallas de la Rebelión, y habían sido reconstruidos recientemente por gigantescos androides de construcción. Otras partes de la ciudad planetaria seguían siendo un amasijo de ruinas y restos que se iban desmoronando lentamente, con sus niveles inferiores abandonados y sus montones de basura olvidados a lo largo de los años.
Los edificios eran tan altos que los huecos existentes entre ellos formaban desfiladeros que se iban desvaneciendo hasta convertirse en un punto dentro de las oscuras profundidades donde la luz del sol nunca llegaba a penetrar. Pasarelas y tubos para peatones unían los edificios, conectándolos para formar un laberinto colosal. Lo habitual era que el tráfico normal se mantuviera alejado de los cuarenta o cincuenta pisos inferiores: sólo los refugiados y los osados aventureros amantes de la caza mayor que buscaban a las monstruosas bestias carroñeras urbanas estaban dispuestos a correr el riesgo de aventurarse por entre las sombras de aquel submundo.
Como si fuera un guía nativo, Zekk guió a los cuatro amigos por ascensores que se interconectaban, tubos de deslizamiento y oxidadas escaleras metálicas, y por las pasarelas que iban de un edificio a otro, Jacen le seguía, sintiéndose lleno de excitación. Ya no estaba muy seguro de saber con exactitud dónde se hallaban, pero le encantaba explorar lugares nuevos, sin saber nunca qué clase de criaturas o plantas interesantes podría encontrar.
Los muros de los rascacielos se elevaban como acantilados de cristal y metal, con sólo una angosta cuña de luz diurna brillando en lo alto. Zekk fue guiando a los compañeros cada vez más y más abajo, y los edificios parecieron irse haciendo más anchos y toscos, y los muros se fueron llenando de irregularidades y señales. Blandas masas de hongos brotaban de las grietas abiertas en los enormes bloques de construcción y las paredes estaban recubiertas de encajes de líquenes, algunos de los cuales relucían con una claridad fosforescente. Bajocca parecía decididamente nervioso, y Jacen se acordó de que el alto y desgarbado wookie había crecido en Kashyyyk, donde el submundo de las profundidades del bosque era un lugar extremadamente peligroso.
Por encima de sus cabezas podía oír los gritos de esbeltas criaturas aladas, los halcones-murciélago depredadores que vivían en la ciudad de Coruscant. La brisa se fue reforzando, trayendo consigo los olores pesados y cálidos de la basura que se estaba pudriendo por debajo de ellos. Su estómago empezó a protestar, pero Jacen siguió adelante. Zekk no parecía notarlos. Tenel Ka, Bajie y Jaina apretaron el paso detrás de ellos.
Avanzaron por una pasarela acristalada donde muchos de los paneles de transpariacero del techo habían sido hechos añicos, dejando sólo una parrilla de refuerzo hecha de alambres que silbaban bajo la brisa, Jacen vio símbolos arañados en las paredes, todos ellos vagamente amenazadores. Algunos le recordaron cuchillos curvados y bocas llenas de colmillos, pero el diseño más común mostraba un triángulo que rodeaba una especie de punto de mira, Jacen pensó que parecía la punta de una flecha que fuera a clavarse entre sus ojos.
Eh, Zekk, ¿qué es ese dibujo? —preguntó Jacen, señalando el símbolo triangular.
Zekk frunció el ceño, miró en todas direcciones y acabó respondiendo con un susurro.
Ese dibujo significa que aquí abajo tenemos que ser muy cautelosos y no hacer ningún ruido, y que hemos de movernos lo más deprisa. No queremos entrar en ninguno de esos edificios, ¿de acuerdo?
Pero ¿por qué no? —preguntó Jacen.
Por los Perdidos —dijo Zekk—. Es una banda. Viven aquí abajo... Son chicos que huyeron de sus casas o fueron abandonados por sus padres porque les daban demasiados problemas. Tipos muy desagradables, básicamente.
Esperemos que sigan estando perdidos —dijo Jaina.
Zekk miró hacia arriba, con la frente arrugada por pensamientos sombríos.
Los Perdidos podrían estar observándonos ahora mismo, pero de momento nunca han conseguido pillarme —dijo—. Es como un juego entre nosotros.
¿Y cómo has conseguido escapar de ellos durante todo este tiempo? —murmuró Jaina.
Sencillamente porque soy muy bueno escapando. De la misma manera en que soy un buen recuperador de chatarra —respondió Zekk en un tono un poco presuntuoso—. Puede que no me esté adiestrando para llegar a ser un Caballero Jedi, pero me las arreglo muy bien con las habilidades de que dispongo. Supongo que estoy acostumbrado a vivir en las calles... Pero —siguió diciendo—, aunque he conseguido llegar a una especie de... entendimiento con ellos, prefiero no abusar de mi suerte. Especialmente no cuando voy acompañado por los hijos gemelos de la Jefe del Estado.
Es muy comprensible —dijo secamente Tenel Ka.
La joven mantenía las manos muy cerca de su cinturón de equipo por si llegaba a darse el caso de que necesitara coger un arma.
Zekk los llevó rápidamente por pasillos medio en ruinas que estaban profusamente adornados con los símbolos de la banda. Jacen vio señales de que habían sido habitados recientemente: había envoltorios de comida precocida, y puntos que relucían con un resplandor metálico allí donde el equipo recuperado había sido arrancado de sus soportes.
Acabaron llegando a niveles más profundos. Todos se sintieron un poco más tranquilos, aunque Zekk les confesó que ni siquiera él había explorado realmente a fondo toda aquella zona.
Creo que es un atajo —dijo—. Necesito vuestra ayuda para poder llevarme algo muy valioso. —El muchacho enarcó sus oscuras cejas—. Creo que os gustará..., especialmente a ti, Jacen.
Zekk vivía de la recuperación y el reciclaje: buscaba equipo perdido, y sacaba el metal valioso de las viviendas abandonadas. Encontraba tesoros perdidos que vender a inventores, piezas sueltas y repuestos para reparar máquinas que se habían quedado anticuadas, y cosas que pudieran ser convertidas en recuerdos turísticos. Parecía tener una auténtica habilidad para encontrar objetos que otros recuperadores habían pasado por alto a lo largo de los siglos, y era como si algún instinto misterioso le dijera dónde debía buscar, a veces en los sitios más improbables.
Bajaron por una escalera de caracol exterior, resbaladiza a causa del musgo mojado que crecía allí gracias a la humedad que goteaba de las paredes. Jacen tenía que entrecerrar los ojos para poder distinguir los escalones. Cuando doblaron la esquina del edificio, Zekk se detuvo de repente, muy sorprendido. A la tenue claridad que se reflejaba desde las alturas, Jacen pudo ver un extraño montón de restos que sobresalía del lado del edificio: había ladrillos de construcción hechos pedazos, vigas de duracero desnudas..., y una lanzadera de transporte que se había estrellado allí. A juzgar por los festones de algas y los hongos que crecían sobre su casco exterior, la lanzadera medio destrozada parecía llevar mucho tiempo en aquel lugar.
¡Uf! —exclamó Zekk—. Ni siquiera sabía que estaba aquí. —Echó a correr hacia los restos, serpenteando a lo largo de la pasarela medio obstruida por los escombros y la basura—. No puedo creerlo. Ni los han examinado... ¿Veis? ¡He vuelto a tener suerte!
Es una nave de la Antigua República —dijo Jaina—. Por lo menos tiene setenta años. No han utilizado este modelo desde... Ni siquiera me acuerdo. ¡Menudo hallazgo!
Tenel Ka y Bajie mantuvieron inmóvil la lanzadera que crujía y se bamboleaba mientras Zekk se metía dentro para echar un vistazo. El muchacho hurgó en los compartimentos de almacenaje, buscando objetos de valor.
Hay muchos componentes que todavía están intactos. Los motores aún tienen bastante buen aspecto —les informo—. Caray, y aquí está el piloto... Supongo que su permiso de estacionamiento caducó.
Jacen subió detrás de él para ver un esqueleto envuelto por las tiras del arnés de seguridad de la cabina.
Oh, tened cuidado —dijo Teemedós desde la cintura de Bajocca—. Los vehículos abandonados pueden ser terriblemente peligrosos..., y además también podríais ensuciaros.
¿Era esto lo que querías enseñarnos, Zekk? —preguntó Tenel Ka.
El muchacho se incorporó, y al hacerlo se golpeó la cabeza con una vigueta medio doblada que corría a lo largo del techo de la lanzadera.
No, no, esta nave es un descubrimiento totalmente nuevo. Tendré que pasar mucho más tiempo aquí abajo. —Zekk sonrió. Tenía el rostro manchado de grasa de motores, y sus manos estaban cubiertas de suciedad como resultado de haber estado hurgando dentro de los compartimentos—. Ya recogeré las cosas de valor más tarde. Necesito vuestra ayuda para algo distinto. Vamos, venid conmigo.
Zekk salió de la lanzadera y se agarró a la oxidada barandilla de la precaria pasarela. Después miró a su alrededor, buscando puntos de orientación para asegurarse de que no olvidaría la situación de aquel tesoro. La calavera del infortunado piloto les contemplaba a través de sus órbitas vacías.
Parece que realmente conoces este sitio tan bien como la palma de tu mano —comentó Jacen mientras Zekk empezaba a guiarles en otra dirección.
He tenido montones de práctica —replicó Zekk—. Algunos de nosotros no hacemos viajes regulares fuera del planeta y no dedicamos todo nuestro tiempo a funciones diplomáticas. He de entretenerme con lo que consigo encontrar aquí.
Ya era mediodía cuando llegaron a la meta de la expedición emprendida por Zekk. El muchacho de los cabellos oscuros se restregó las manos con nerviosa expectación y señaló hacia abajo.
Ahí... ¿Podéis verlo?
Jacen miró hacia abajo —muy, muy abajo—, inclinándose por encima de una especie de cornisa para ver una oruga de construcción oxidada pegada a una pared a unos diez metros de distancia..., y totalmente fuera de su alcance. La oruga de construcción era un artefacto mecánico parecido a una gran grúa que en tiempos lejanos se había desplazado a lo largo de unas guías incrustadas en el lado del edificio, limpiando las paredes, efectuando reparaciones y aplicando sellador de duracreto, pero aquel ejemplar se había quedado paralizado y había empezado a sucumbir al paso del tiempo por lo menos un siglo antes. Las gruesas placas metálicas entrelazadas que formaban sus cadenas tractoras estaban recubiertas por grandes protuberancias de moho y fungosidades.
Jacen volvió a entornar los ojos, y se preguntó por qué Zekk pretendía recuperar piezas y componentes de una máquina tan vieja..., pero un instante después vio la masa de lo que parecía un gran arbusto, un confuso amasijo de cables arrancados y alambres entretejidos del que surgía un erizamiento de material aislante, tiras de tela y plástico. Se parecía mucho a un...
Es un nido de halcones-murciélago —dijo Zekk—, y dentro hay cuatro huevos. Puedo verlos desde aquí, pero no puedo llegar hasta ahí abajo yo solo. Si consigo llevarme aunque sólo sea uno de esos huevos, podría venderlo y obtener los créditos suficientes para mantenerme durante un mes entero.
¿Y quieres que te ayudemos a bajar ahí? —preguntó Jaina.
Ésa es la idea —dijo Zekk—. Vuestra amiga Tenel Ka tiene una cuerda bastante sólida... ¡como descubrí hace un rato! Y algunos de vosotros tenéis aspecto de saber trepar bastante bien, especialmente ese wookie.
Oh, no, Bajocca —intervino Teemedós con su tono más estridente—. ¡No puedes bajar ahí! Lo prohíbo enérgica y absolutamente.
Al principio Bajie no parecía tener muchas ganas de bajar, pero la advertencia del androide traductor sólo sirvió para convencerle de que debía cambiar de parecer. El joven wookie aceptó el plan de Zekk con un gruñido.
Tenel Ka sujetó su garfio de escalada al lado de la pasarela.
Soy fuerte, y soy muy buena escaladora —dijo—. Es un hecho comprobado.
Zekk volvió a restregarse las manos con visible deleite.
Excelente.
Deja que vaya a por los huevos —dijo Jacen, ardiendo en deseos de tocar los cascarones lisos y calientes y poder estudiar la configuración del nido—. Siempre he querido ver uno de cerca.
Era una oportunidad muy rara. Los halcones-murciélago eran bastante comunes en los callejones de los niveles inferiores de Coruscant, pero capturarlos vivos resultaba espantosamente difícil.
Tenel Ka tensó el fibrocable, curvó las manos alrededor de él y empezó a descender hacia la vieja oruga de construcción Jacen la había visto bajar por los muros del Gran Templo de Yavin 4, pero en aquel momento contempló con renovado asombro cómo iba bajando de espaldas por el lado del edificio, confiando únicamente en la fortaleza de sus flexibles brazos y sus musculosas piernas.
Jacen admiraba a la muchacha de Dathomir, pero le hubiese gustado mucho ser capaz de hacerla reír. Le había estado contando sus mejores chistes desde que se conocieron, pero aún no había conseguido arrancarle ni siquiera la más débil de las sonrisas. Tenel Ka parecía estar totalmente desprovista de sentido del humor, pero Jacen estaba decidido a seguir intentándolo.
Tenel Ka llegó a la oruga de construcción, ancló el fibrocable y agitó el brazo para indicar a Jacen que ya podía bajar. Jacen se rodeó el cuerpo con la delgada cuerda y empezó a descender por la resbaladiza pared, intentando imitar a Tenel Ka. Utilizó la Fuerza para conservar el equilibrio, dándose pequeños empujones en los pies con ella cuando era necesario, y no tardó en hallarse sobre la vacilante plataforma al lado de Tenel Ka.
Hubiese podido hacerlo... con los... ojos cerrados —jadeó, limpiándose las manos.
No entiendo por qué siempre estás dispuesto a complicarte la vida —replicó Tenel Ka.
Jacen soltó una risita, pero sabía que la joven guerrera ni siquiera era consciente de que su amigo había estado bromeando.
Bajie se deslizó a lo largo del fibrocable sin ninguna dificultad, con Teemedós gimoteando durante todo el trayecto.
¡Oh, no puedo ver esto! Prefiero desconectar mis sensores ópticos.
Cuando todos estuvieron encima de la chirriante plataforma, Jacen se inclinó e intentó llegar hasta el nido que se abría justo debajo de él.
Voy a bajar —dijo—, y os iré pasando los huevos uno por uno.
Antes de que nadie pudiera protestar, Jacen se deslizó por entre dos delgadas viguetas y se agarró a un travesaño para llegar hasta la cañería que sostenía el extraño nido. Los huevos eran marrones con motas verdes, y el color y la textura de la cáscara les servían de camuflaje y hacían que pareciesen protuberancias de cemento recubiertas de pálidos líquenes. Cada uno tenía aproximadamente un palmo de diámetro, y cuando rozó los calientes cascarones con las puntas de los dedos Jacen descubrió que eran tan duros y rugosos como rocas. Usó la Fuerza, y pudo percibir la cría que estaba creciendo dentro de él. Quizá podría emplear la Fuerza para levitar aquellos huevos tan valiosos hasta colocarlos en las manos de sus amigos.
Jacen sonrió, sintiendo un cosquilleo de asombro y excitación mientras sostenía un huevo en la palma de la mano. No pesaba nada. Pero cuando se inclinó sobre otro huevo y lo tocó, oyó un chillido estridente muy por encima de su cabeza..., y el chillido se fue acercando a gran velocidad.
Tenel Ka le gritó una advertencia.
¡Cuidado, Jacen!
Jacen alzó la mirada y vio la esbelta silueta de la hembra de halcón-murciélago que había construido el nido, precipitándose en picada sobre él con un furioso alarido, las garras metálicas extendidas y las alas recubiertas de agudos pinchos. La envergadura de sus alas superaba los dos metros. Su cabeza consistía principalmente en un pico córneo repleto de afilados colmillos marfileños, claramente preparados para hacer pedazos a sus víctimas.
Oh, oh —dijo Jacen.
Bajie soltó un grito de alarma. Tenel Ka se llevó la mano al cinturón para coger un cuchillo y arrojarlo..., pero Jacen sabía que no podía esperar a recibir ayuda.
La criatura se lanzó sobre él como un cohete, y Jacen cerró los ojos para desplegar el poder invisible de la Fuerza. Su talento especial siempre había estado centrado en los animales. Podía comunicarse con ellos, percibir sus emociones y expresar las suyas de tal manera que las entendiesen.
Todo va bien —murmuró—. Siento mucho que estemos invadiendo tu nido. Calma. Todo va bien. Paz.
La hembra de halcón-murciélago interrumpió su picado y se agarró a una de las corroídas viguetas inferiores con garras tan duras como el permacreto. Jacen pudo oír el chirrido que se produjo cuando las garras rascaron placas de óxido del metal, pero mantuvo la calma.
No pretendíamos hacer ningún daño a tus pequeños —dijo—. No nos los llevaremos a todos. Sólo necesito a uno, y te prometo que lo llevaremos a un sitio muy bonito en el que siempre estará a salvo... Irá a un zoo precioso en el que será criado y cuidado, y admirado por millones de personas llegadas de toda la galaxia.
La criatura siseó y acercó un poco más su duro pico a Jacen, exhalando una nube de aliento fétido por entre sus afilados dientes. El muchacho sabía que la hembra de halcón-murciélago se sentía extremadamente escéptica, pero proyectó imágenes de un aviario limpio y resplandeciente, un lugar donde el joven halcón-murciélago sería alimentado con delicados y exquisitos manjares durante toda su vida, donde podría volar libremente sin necesidad de temer nunca a otros depredadores y sin conocer nunca los horrores del pasar hambre..., o de que los miembros de una banda disparasen contra él. Jacen tomó la última visión —siluetas borrosas de jóvenes humanos disparando mientras ella cazaba entre edificios altísimos— de la mente de la madre.
Ese último miedo convenció a la madre, y la criatura agitó sus coriáceas alas recubiertas de espinas óseas y retrocedió, alejándose del nido y dejando de amenazar a Jacen..., por el momento. El muchacho alzó la mirada hacia sus amigos y les sonrió.
Tenel Ka había permanecido inmóvil, con la daga en la mano y los músculos tensos para bajar de un salto y luchar. Jacen sintió cómo un agradable calor se extendía por todo su cuerpo cuando pensó que la joven guerrera estaba decidida a defenderle. Alzó el huevo de halcón-murciélago que estaba sosteniendo y utilizó la Fuerza para Ievitarlo cautelosamente hasta depositarlo en las manos de Jaina. Su hermana lo rodeó delicadamente con las palmas, y después se lo pasó a Zekk.
¿Qué has hecho? —preguntó Zekk.
He llegado a un acuerdo con la madre —replicó lacen—. Venga, salgamos de aquí.
Pero ¿qué hay de los otros huevos? —preguntó Zekk, sosteniendo su tesoro con el rostro lleno de asombro.
Sólo puedes llevarte uno —respondió Jacen—. Es el trato que hemos hecho. Y ahora será mejor que nos vayamos de aquí..., y deprisa.
Jacen se apresuró a trepar por el fibrocable para reunirse con Bajie y Tenel Ka.
Bajie subió el primero, ascendiendo a toda velocidad por el lado del edificio hasta llegar a la cornisa superior. Jacen apremió a los demás a que fuesen lo más deprisa posible y finalmente, cuando todos volvían a estar en la pasarela, Zekk se volvió hacia él.
Creía que habías hecho un trato con la madre —dijo....... ¿Por qué tenemos que darnos tanta prisa?
Jacen siguió empujándoles hasta que dejaron de ver la oruga de construcción.
Porque los halcones-murciélago tienen muy mala memoria y lo olvidan todo enseguida.
3

Mientras los cinco compañeros iban dejando atrás el nido de halcones-murciélago, Jaina permaneció cerca de Zekk. Observó cómo el muchacho de cabellos oscuros se movía instintivamente, apresurándose a través del laberinto de pasarelas superiores e inferiores y puentes de interconexión mientras volvía al lugar en el que vivía sin dar un solo paso de más y siguiendo un camino lo más recto posible. El joven de verdes ojos resplandecía de orgullo y satisfacción consigo mismo cada vez que contemplaba el valioso huevo que sostenía en las manos, como si fuera un trofeo que llevaba mucho tiempo esperando poder conseguir.
¡Peckhum se pondrá contentísimo! —canturreó Zekk mientras sus ojos iban de Jaina a Jacen—. El sabrá lo que hay que hacer con este huevo. Conoce a toda la gente que anda buscando cosas, sean las que sean. —Volvió a lanzar una rápida mirada de soslayo a Jacen—. No te preocupes por el huevo. Encontraremos un buen hogar para este bebé, Jacen, tal como prometiste... A un zoólogo profesional no debería resultarle demasiado difícil incubar este huevo hasta que el polluelo salga del cascarón.
Si conseguimos volver con ese huevo intacto —dijo ominosamente Tenel Ka, carraspeando para aclararse la garganta.
De repente Jaina se dio cuenta de que habían vuelto a los niveles abandonados que estaban repletos de pintadas de la banda. Los Perdidos...
Las delgadas líneas del símbolo de la cruz inscrita dentro del triángulo parecían más luminosas y mejor marcadas, como si acabaran de ser pintadas. Jaina se preguntó si los miembros de la banda podrían haber vuelto a marcar su territorio en el corto rato transcurrido desde que los jóvenes Caballeros Jedi lo habían atravesado. Si la banda mantenía una vigilancia tan concienzuda, tal vez ya hubieran detectado la presencia de los cinco compañeros.
Quizá en aquel mismo instante estaban observándolos desde algún rincón oculto lleno de sombras...
Tenel Ka tensó los músculos y cogió un cuchillo de su cinturón, mirando de un lado a otro con el arma lista para ser lanzada en su mano. La joven guerrera parecía estar alerta, preparada para entrar en acción a la primera señal de peligro, pero Jaina no se sentía a salvo. Sus sentidos Jedi ya habían empezado a funcionar, y un cosquilleo helado recorrió su columna vertebral.
Si los Perdidos son tan duros y poderosos, ¿cómo es que nunca habíamos oído hablar de ellos antes?
Jacen miró nerviosamente a su alrededor y contempló los viejos edificios llenos de crujidos y olores a moho que les rodeaban por todas partes.
Eso se debe a que nunca bajáis hasta aquí —respondió Zekk—. Cada vez que nos reunimos, o hacéis que vaya al Palacio Imperial o nos encontramos en los niveles superiores, allí donde no hay peligro. Apuesto a que a vuestros padres les daría un ataque si supieran que estamos aquí.
Podemos cuidar de nosotros mismos —dijo Tenel Ka un poco a la defensiva, y alzó su diminuta daga.
Cielos, yo no me sentiría tan seguro de eso si estuviera en su lugar —replicó Teemedós desde la cintura de Bajie.
El joven wookie soltó un gemido.
Los labios de Zekk se curvaron en la sombra de una sonrisa.
Aquí abajo podéis ver cómo vivo cada día —dijo—-. No tengo a nadie que me lave las manos o que me prepare las comidas, y tampoco puedo disfrutar del lujo de preocuparme pensando en qué voy a hacer para no aburrirme. Cada día es una nueva búsqueda, pero tengo la suerte de poseer un don especial para encontrar cosas.
Jaina se sorprendió al percibir un poco de resentimiento oculto detrás de las palabras de su amigo.
Si necesitabas algo, Zekk, bastaba con que lo dijeras y es lo que tendrías que haber hecho. Podríamos haberte encontrado un sitio donde vivir, haberle dado créditos para gastar...
¿Quién ha dicho que yo quería todo eso? —respondió Zekk, apretando los dientes . No necesito caridad. Aquí tengo mi libertad, y puedo hacer lo que quiera. Además, subsistir gracias a mi ingenio y mi astucia me resulta más satisfactorio que ser mimado y cuidado a cada momento.
Teemedós intervino con su vocecilla estridente.
¡Bueno, amo Zekk, esto es realmente demasiado! Tal vez le interesaría saber que a no todo el mundo le disgusta ser mimado y cuidado.
Jaina ignoró al androide traductor y se pregunto si Zekk realmente hablaba en serio.
No es nada personal —dijo Zekk con un encogimiento de hombros, y alzó la mirada hacia el símbolo de la cruz dentro del triángulo—. Ser miembro de una banda tampoco me impresiona. Norys, su líder, tiene más o menos nuestra edad y es un matón muy corpulento que disfruta mandando, dando órdenes y asustando a los demás. Puedo moverme por los niveles inferiores mejor que cualquiera de los Perdidos, así que Norys lleva mucho tiempo intentando conseguir que me una a su banda. Le encantaría que fuese su mano derecha, pero soy demasiado independiente para eso. Sólo trabajo para mí.
Estaban en la entrada de un edificio de paredes desnudas, cerca de un extremo de una vieja pasarela cubierta que se extendía hasta un rascacielos cercano. Más símbolos amenazadores de la banda cubrían los muros interiores. La mitad de las ventanas estaban rotas, y las brisas confinadas susurraban por la pasarela como voces que les advirtieran de que harían mejor volviéndose por donde habían venido.
Zekk miró por encima de su hombro.
Este edificio es el cuartel general de los Perdidos — dijo . Corremos un riesgo bastante grande estando aquí. Sus ojos color esmeralda chispeaban—. Es más bien emocionante, ¿verdad?
El edificio era enorme y oscuro, y estaba lleno de espacios cavernosos que habían sido salas de reuniones, despachos y almacenes de suministros, todos vacíos y abandonados, Jaina se preguntó si todavía existiría alguna mención o plano de aquel antiguo edificio en los vastos archivos de los ordenadores del Centro de Información Imperial.
Pero no creo que tengáis cine preocuparos por Norys siguió diciendo Zekk, alzando la voz-....... Siempre está fanfarroneando, pero sus ambiciones son decididamente bajas. No tiene ningún interés en llegar a ser nada más grande que el jefazo de una sección abandonada de un edificio en un planeta normal y corriente de una gran galaxia. —Zekk había adoptado un tono burlón y despectivo. Nunca llegará a ser realmente importante, porque todos sus sueños son pequeños y mezquinos.
Y justo entonces varios paneles se desprendieron del techo sobre sus cabezas, y una docena de muchachos y muchachas esbeltos y ágiles surgieron de las aberturas y saltaron al suelo. Estaban sucios y cubiertos de polvo y mugre, y tenían rostros flacos y endurecidos. Cada uno empuñaba un arma hábilmente improvisada con trozos de metal afilado.
¿Estás intentando hacerme enfadar, recolector de basura? —preguntó el más corpulento de los jóvenes.
Tenía un rostro de facciones toscas y morenas y los ojos bastante juntos, y cuando tensó las mandíbulas y curvó los labios en una sonrisa sarcástica, la mueca reveló unos dientes tan grandes como irregulares.
Escuchar sin ser visto es de muy mala educación, Norys —replicó Zekk.
Los ojos del líder de la banda se clavaron en el valioso huevo de halcón-murciélago que Zekk sostenía delante de su pecho.
¿Que ha encontrado el pequeño recolector de basura? —preguntó Norys. ¡Eh, mirad esto! Parece que vamos a tener huevos frescos para este mediodía.
Bajocca dejó escapar un gruñido lo suficientemente potente para sobresaltar a los Perdidos y enseñó sus largos colmillos de wookie. Zekk parecía repentinamente nervioso, como si el valioso huevo de halcón-murciélago le volviera vulnerable de nuevas maneras.
¿Para qué quieres el huevo? — preguntó Jacen.
Lo quiere únicamente porque yo lo quiero dijo Zekk—. Probablemente lo hará pedazos sin saber lo que vale.
Tenel Ka ya tenía un cuchillo en cada mano, y estaba preparada para lanzarlos. Los ojos de los Perdidos fueron de ella a Bajie, y acabaron posándose en los tres objetivos aparentemente más fáciles que eran Zekk y los gemelos.
En un caso como éste —dijo Zekk, moviéndose muy despacio y alargando gradualmente el huevo moteado hacia el corpulento jefe de la banda, como si le doliera tener que entregárselo—, la idea más inteligente es... ¡salir corriendo!
Giró sobre sí mismo y se lanzó hacia la precaria pasarela. La vibración de su carrera desprendió una placa mural medio suelta, que se precipitó silenciosamente en las tenebrosas profundidades que se extendían por debajo de la pasarela. Los jóvenes Caballeros Jedi reaccionaron al instante y se apresuraron a seguir a su amigo por el puente cubierto.
Los miembros de la banda aullaron y les persiguieron, golpeando las paredes con sus toscas armas.
Zekk frenó de golpe su veloz carrera en el centro de la vieja pasarela cuando una joven de rostro enfurecido, que parecía todavía más dura que Tenel Ka, surgió del edificio de enfrente y se plantó ominosamente en el hueco de la entrada hacia la que había estado corriendo.
Estamos atrapados —dijo Jaina, tragando ruidosamente saliva con visible dificultad.
Aquel lugar no parecía muy adecuado para una batalla.
Zekk volvió la cabeza a un lado y a otro, como si buscara inspiración en el centro del puente bamboleante. El frío viento suspiraba a través de las ventanas rotas y las rendijas del suelo.
Voy a ser justo y dejaré que os encarguéis de resolver este problema, chicos dijo después, cruzándose de brazos con fingido buen humor—. ¿Alguien tiene alguna idea?
Jaina intentó pensar en algo que pudiera hacer con las enseñanzas que el tío Luke los había impartido en la Academia Jedi. La concentración ininterrumpida le permitía manipular objetos con la Fuerza, pero no so le ocurría ninguna manera de que sus incipientes poderes pudiesen ayudarles a escapar.
Norys fue hacia ellos, el pecho hinchado en una presuntuosa exhibición de confianza.
¡Y ahora dame ese huevo, recolector de basura, y tal vez no os arrojaremos al vacío!
Un sonido chirriante resonó de repente en las alturas: era un alarido animal que helaba la sangre. La oscura sombra de un depredador se deslizó como una manta negra por encima de las ventanas resquebrajadas de la pasarela.
Con otro potente alarido, la hembra de halcón-murciélago se lanzó sobre las ventanas laterales y chocó con el enrejado de alambres que mantenía precariamente inmóviles los bastidores y los marcos. La criatura bufó y siseó y su afilado pico empezó a desgarrar los alambres, con su lengua bífida agitándose de un lado a otro mientras hundía las garras en la estructura intentando llegar hasta Norys. El líder de la banda retrocedió tambaleándose, y un chillido de sorpresa surgió de sus labios.
Zekk volvió a proteger el huevo, sosteniéndolo junto a su pecho. Al mismo tiempo Bajie —que había concentrado su atención en la joven que bloqueaba el otro extremo de la pasarela—, soltó un feroz rugido y se lanzó a la carga.
¡Oh, cielos! —chilló Teemedós—. ¿Les parecería mal que volviera a desconectar mis sensores ópticos para no tener que ver esto?
Distraída por el ataque de la hembra de halcón-murciélago y sobresaltada por el rugiente ariete recubierto de pelaje wookie que se lanzaba sobre ella, la joven pandillera retrocedió y acabó apartándose de un salto.
Bueno, ¿a qué estamos esperando? —exclamó Jaina.
Zekk se encogió sobre sí mismo para proteger el huevo de halcón-murciélago y echó a correr detrás de ella. Jacen les siguió, y Tenel Ka se volvió durante un momento hacia los Perdidos para amenazarles con sus cuchillos antes de cerrar la retaguardia, corriendo velozmente sobre sus musculosas piernas.
Al verles escapar, la hembra de halcón-murciélago lanzó un último alarido y después se fue volando, como si ya hubiera quedado satisfecha.
Zekk siguió corriendo mientras Norys chillaba detrás de ellos.
¡La próxima vez te atraparemos, recolector de basura! ¿Me has oído? —aulló el corpulento jefe de los Perdidos—. Te unirás a nuestra banda..., de una manera o de otra.
Zekk no respondió y continuó guiando a los jóvenes Caballeros Jedi por un laberinto de escaleras, tubos deslizadores y ascensores de los niveles inferiores, trepando por pasarelas temblorosas y ascendiendo poco a poco hacia niveles iluminados. Respiraba deprisa y de manera entrecortada, pero su rostro enrojecido lucía una sonrisa de júbilo. Zekk acunó el huevo de halcón-murciélago junto a su pecho, sosteniéndolo con expresión triunfante, -Creía que habías dicho que los halcones-murciélago enseguida se olvidan de las cosas —jadeó.
Jacen se encogió de hombros como pidiéndole disculpas.
¿Y no le alegra que estuviera equivocado? —replicó.
Sí —dijo Jaina—. Todos nos alegramos mucho de que estuvieras equivocado.
Vamos dijo Zekk—. Tenemos que llevar este huevo a mi casa.
4

Vorazmente hambrientos después de su aventura, los cuatro jóvenes Caballeros Jedi siguieron a Zekk hasta el sitio en el que vivía. Una gran parte de la población de Coruscant había huido del mundo capital durante las devastadoras batallas de la Rebelión, por lo que muchos apartamentos de los niveles centrales habían quedado vacíos aunque seguían siendo habitables. La gente conseguía vivir decentemente allí sin verse obligada a soportar la existencia dura y miserable de los niveles más profundos.
Zekk llevaba varios años viviendo con el viejo Peckhum. El delgado anciano de cabellos grises no tenía ninguna profesión determinada, y se dedicaba a hacer trabajos ocasionales como transportar cargamentos en su maltrecha nave, la Vara del Rayo o a desempeñar las tareas que le encargara la Nueva República. Zekk y el viejo suministrador se entendían muy bien y se ayudaban el uno al otro como si fueran parientes, proporcionándose apoyo mutuo, compañía y un sitio en el que vivir.
Zekk guió a los compañeros por los pasillos sumidos en la penumbra que conducían hasta su apartamento. Cuando estuvieron delante de la entrada, Jaina vio que Peckhum había instalado un nuevo centro de mensajes al lado de la puerta para que los visitantes pudieran dejar videonotas si no había nadie en casa.
Ahora podremos descansar un rato —dijo Zekk, poniéndose el huevo de halcón-murciélago en el hueco del codo mientras sus ágiles dedos tecleaban un código de acceso.
La puerta metálica se hizo a un lado para revelar un paraíso de chatarra: había cuartos y más cuartos en los que se amontonaban grandes pilas de artículos recuperados, antigüedades parcialmente restauradas y extraños artefactos cuyo uso original había sido olvidado hacía ya mucho tiempo. Un pajarillo de plumas color zafiro revoloteaba de un lado a otro, pero Jaina no logró decidir si la criatura era un animal doméstico o sólo un ave que se había metido allí por casualidad en busca de un depósito de materiales con los que construir nidos.
Un anciano se levantó de una vieja mesa tambaleante sobre la que había estado examinando manifiestos de carga en un cuaderno de datos lleno de arañazos y señales. Tenía los cabellos lacios y grises, el rostro del color y la textura del cuero viejo y una gran sonrisa..., y le hacía mucha falta afeitarse.
Ah, Zekk, has vuelto. —-Sus ojos fueron más allá del adolescente—. Y has traído invitados... Hola, mis jóvenes amigos Jedi.
Zekk selló la puerta detrás de ellos y Jacen enseguida empezó a tratar de coger al pájaro mientras Tenel Ka hurgaba con expresión suspicaz en los montones de cajas y artefactos, como si estuviera intentando encontrar trampas ocultas. Bajie se puso a olisquear un confuso montón de equipo electrónico.
Zekk sonrió orgullosamente mientras exhibía el cascarón moteado del huevo de halcón-murciélago.
¡Mira qué trofeo! —exclamó—. ¿Cuánto piensas que podemos obtener por él?
Peckhum asintió con entusiasmo y alargó las manos para coger delicadamente el huevo.
Supongo que más de cien créditos —dijo—. Hay muchos zoos y establecimientos biológicos que se pondrían de rodillas por un espécimen semejante.
Asegúrate de que va a parar a un buen sitio -—dijo Jacen con voz solemne—. Le hice algunas promesas a su madre.
Peckhum se echó a reír y meneó la cabeza.
Nunca entenderé a los Caballeros Jedi. Pero supongo que no resultará demasiado difícil —......dijo—. De hecho, creo que incluso hablaré con tu madre... He oído rumores de que la Jefe de listado andaba buscando algunos especímenes zoológicos que se salieran de lo corriente.
Jacen parpadeó, muy asombrado.
¿Nuestra madre quiere reunir una colección de animales raros? Bueno, sólo tenía que decírmelo y yo...
Peckhum se encogió de hombros.
No me preguntes por qué quiere esos especímenes, Creo que es para alguna especie de regalo diplomático. ¡Y me parece que este huevo, con el aparato incubador adecuado, podría ser justo lo que anda buscando!
Jaina encontró un sitio para sentarse y se instaló sobre un montón de mantas remendadas que el viejo Peckhum sin duda tenía intención de vender a algún comerciante alienígena. Zekk salió a toda prisa de la habitación para ir a preparar un almuerzo rápido.
Bueno, Peckhum —dijo Jaina con afabilidad —, la última vez que te vimos estabas acorralado por un monstruo de la jungla en Yavin 4.
El recuerdo hizo reír nerviosamente a Peckhum. — ¡Hacía una docena de años que no pasaba tanto miedo! —exclamó—. Esperemos que vuestra pequeña jungla selvática se vaya volviendo un poco más civilizada.
¿Vendrás pronto a la Academia Jedi con más suministros? —preguntó Jacen.
No. Me han encargado la misión de inspeccionar los espejos orbitales de Coruscant —dijo Peckhum—. Es un trabajo solitario, pero la paga es buena..., y alguien tiene que hacerlo. Además, es relajante..., si sabes verlo desde ese punto de vista.
Coruscant tenía tanta superficie recubierta por ciudades que ya hacía mucho tiempo que los ingenieros habían encontrado medios de volver más habitables incluso las frías latitudes del norte y el sur. Concentrando la luz solar mediante enormes espejos colocados en órbita, podían dirigir el calor suficiente para deshelar la tierra hasta tan arriba como el ártico, lo que permitía que millones de personas pudieran vivir incluso en las zonas menos acogedoras del planeta.
Jaina comprendía muy bien los grandes problemas de ingeniería que presentaba el manejo de los colosales espejos automatizados y lo difícil que resultaba asegurar que los haces de luz solar concentrada y dirigida cayeran sobre las zonas adecuadas. El trabajo no se diferenciaba demasiado de la vieja tarea de manejar un faro en un mundo oceánico, donde las personas trabajaban en la más absoluta soledad y tenían que estar preparadas para emergencias que rara vez se producían.
Una labor tan austera proporcionaría un buen entorno para la contemplación —observó Tenel Ka.
Sí, desde luego que lo proporciona —dijo Peckhum—. Pero me gustaría que las condiciones no fueran tan... básicas.
¿Qué hace que la estación espejo sea tan incómoda? —preguntó Jaina—. ¿No tenéis sistemas de entretenimiento y unidades procesadoras de alimentos ahí arriba?
Peckhum soltó un bufido.
Según los planos, sí. Pero todas funcionan mal. Las estaciones espejo fueron construidas hace mucho tiempo, antes de que el Emperador se hiciese con el poder... Durante los años imperiales, el servicio en esas estaciones era un castigo impuesto a los soldados de las tropas de asalto que desobedecían las órdenes.
Hoy en día, las unidades de preparación de alimentos, los sistemas de entretenimiento y de control de temperatura, e incluso los sistemas de comunicaciones, funcionan de una manera muy precaria. Ningún técnico en reparaciones está dispuesto a ir allá arriba para dar un buen repaso a fondo a toda la estación. La Nueva República tiene tantos asuntos urgentes que atender que... Bueno, me temo que el que la estación espejo reciba las holotransmisiones con interferencias no ocupa un lugar muy alto en ninguna lista de prioridades.
Jaina frunció los labios y apoyó el mentón en las manos.
Esos síntomas que describes me resultan familiares —dijo—. Quizá os haga falta una nueva unidad centralizadora de funciones múltiples. Eso podría resolver todos los problemas de golpe.
Peckhum desconectó su cuaderno de datos y lo metió dentro de una bolsa de viaje que colgaba del respaldo de su asiento.
¡Como si no lo supiera! Pero esas unidades son caras y muy difíciles de conseguir. He enviado cinco solicitudes pidiendo un sistema nuevo, y siempre me las han rechazado. «Los recursos de la Nueva República son asignados según la importancia de las necesidades» —canturreó, como si estuviera citando un informe—. Mi comodidad no es una necesidad lo suficientemente importante. —Peckhum se rascó la barba de varios días que cubría su mentón—. Oh, bueno, sobreviviré... Es un trabajo, ¿no? El mes pasado gasté unos cuantos créditos de mi propio bolsillo para comprar un hololector manual que me llevaré a la estación. Con eso podré arreglármelas.
Zekk salió de la cocina sosteniendo en equilibrio una pila de latas de raciones autocalentables encima de los brazos.
¡Sé dónde podemos conseguir una unidad centralizadora de funciones múltiples! —El muchacho colocó el mentón encima de la lata de arriba, presionándola con él para mantenerlas en posición—. ¿Os acordáis de la vieja lanzadera que encontramos? Esos modelos tenían un montón de subsistemas. Debían de tener unidades que los controlaban todos.
Desde luego que sí —dijo Jaina, asintiendo vigorosamente—. Todas esas viejas lanzaderas de pasaje tenían unidades centralizadoras de funciones múltiples. No eran muy rápidas o sofisticadas, pero funcionaban
Peckhum sonrió, pero enseguida frunció el ceño.
Bueno, me voy mañana por la mañana y no estoy muy seguro de si sabría instalar una de esas unidades, aun suponiendo que me la pudierais proporcionar.
Zekk movió la mano de un lado a otro, como indicando que aquello era lo más fácil del mundo para él.
Tranquilo, Peckhum: para cuando vuelvas ya te habré conseguido una. Te lo prometo.
Jaina, viendo una oportunidad, decidió intervenir.
Y tal vez la próxima vez que subas a la estación espejo podríamos acompañarte y ayudarte a instalarla
Bajocca también expresó su interés por el proyecto con un ruidoso aullido wookie.
Peckhum, sorprendido y deleitado, abrió mucho los ojos.
Bueno, supongo que podría dar resultado después de todo... Celebrémoslo almorzando.
El anciano fue quitando cosas de la mesa, despejando un hueco para que Zekk pudiera dejar el montón de latas de comida- El muchacho de cabellos oscuros las estudió y fue pasando raciones a todos. Hilillos de vapor caliente se enroscaron hacia el techo, surgiendo poco a poco de las tapas levantadas a medida que las unidades térmicas iban calentando el contenido.
Jaina olisqueó el de la suya con una cierta suspicacia, y Jacen hurgó en aquella masa pastosa con su tenedor mientras Tenel Ka examinaba la etiqueta con el rostro muy serio. Bajie dejó escapar un gruñido dubitativo.
No tiene por qué quejarse, amo Bajocca —dijo Teemedós—. Estoy seguro de que son muy nutritivas. ¿Ve? La etiqueta luce el sello de aprobación imperial.
Zekk alzó una de las latas.
Son viejas raciones de las tropas de asalto —explicó—. Encontramos todo un almacén lleno en uno de los; edificios de los niveles inferiores. No es que tengan mucho; sabor, pero satisfacen todas las exigencias nutricionales.
Tenel Ka empezó a comer de su lata y enseguida soltó un gruñido de satisfacción.
Muy aceptables —dijo.
Jaina removió aquella sustancia grisácea que parecía masilla con su tenedor, sonrió mientras Zekk empezaba a comer y después se metió una pequeña porción en la boca. No sabía mal. De hecho, no sabía a nada, por lo que la joven decidió ser cortés y comer. Cuando hubieron terminado, Jaina se puso en pie y sus ojos se encontraron con la mirada verde esmeralda de Zekk.
¿Quieres venir a comer con nosotros la próxima vez? —le preguntó.
Zekk se puso muy contento.
Por mí estupendo. ¿Cuándo?
Bueno... —murmuró Jaina, mordiéndose el labio inferior mientras reflexionaba—. Dado que Peckhum se va a ir y te quedarás solo, ¿por qué no vienes al Palacio Imperial mañana por la noche? Por la mañana iremos de excursión con mis padres, pero de noche se va a celebrar alguna clase de banquete especial. Los banquetes suelen ser bastante aburridos, pero estoy segura de que podríamos conseguir que te invitaran.
¿De veras? —preguntó Zekk.
Claro —respondió Jaina.
Por supuesto que sí —dijo Jacen—. Y probablemente conseguiremos que Cetrespeó pase la peor noche de su vida al tener que atendernos a todos.
5

Grandes copos de nieve caían del cielo creando complejos giros de blanco sobre blanco. Había hielo y nieve hasta allí donde los ojos podían abarcar las montañas heladas de los casquetes polares de Coruscant. El aliento que exhalaba Jaina producía nubecillas de neblina que flotaban delante de su cara. Cada vez que inhalaba sentía un cosquilleo de frío en la nariz y la garganta, y Jaina disfrutaba muchísimo con aquella agradable sensación. El aire estaba limpio, fresco y delicioso.
Pero el tauntaun que tenía debajo olía muy mal. Se suponía que la criatura estaba perfectamente adiestrada y que había aprendido a portarse bien, pero Jaina tenía la impresión de que el bothano encargado del establo en los corrales polares pasaba tan poco tiempo adiestrando a los salvajes animales árticos como bañándolos.
El tauntaun era un reptil cubierto de pelaje blanco con unos grandes cuernos curvados que sobresalían de su cabeza. Corría sobre unas musculosas patas traseras de tres dedos cuya forma le permitía saltar sobre la nieve sin hundirse y avanzar a una gran velocidad. Los tauntauns eran nativos del mundo helado de Hoth, donde la Alianza Rebelde había establecido una base secreta hacía ya mucho tiempo. Pero durante los últimos años un tratante de animales emprendedores y con imaginación había transportado a unas cuantas bestias hasta los casquetes de hielo de Coruscant, con la intención de ofrecer recorridos a lomos de tauntaun como actividad complementaria para los entusiastas de los deportes de invierno que acudían al polo norte. Pero los tauntauns se habían ido volviendo cada vez más tozudos y ariscos después de haber sido sa­cados de su hogar, y Jaina no entendía cómo se podía llegar a suponer que montar en uno resultaba divertido,
Su tauntaun se estaba resistiendo al bocado mientras Jaina intentaba mantenerse a la altura de Jacen y su montura. Anakin seguía pegado a su padre, que se había quedado rezagado junto con Leia. Han Solo había afirmado ser todo un experto en el arte de cabalgar sobre aquellos animales que parecían tan poco dispuestos a cooperar, pero Jaina se rió mientras veía cómo su padre experimentaba montones de dificultades mientras galopaban sobre las nieves.
Lo que más le gustaba era simplemente el poder pa­sar unas cuantas horas lejos de la ajetreada ciudad con su familia, porque eso permitía que pudieran ser niños y que sus padres pudieran ser padres..., aunque sólo fuese du­rante un rato.
Bajie ya había hecho planes con su tío Chewbacca, y Cetrespeó se había ofrecido a pasar el día enseñando a Tenel Ka los circuitos de obstáculos y las instalaciones de adiestramiento más interesantes que podía ofrecer Co­ruscant.
Antes de que pasara mucho tiempo, Jaina, Jacen y sus amigos tendrían que volver a la Academia Jedi para proseguir su adiestramiento, y Han y Leia volverían a estar muy ocupados construyendo la Nueva República.
Pero en aquellos momentos todos estaban de vaca­ciones.
¡Te echo una carrera! —gritó Jacen, encogiéndose sobre el cuello de su tauntaun.
Jaina aceptó el desafío al instante.
Bueno, ¿a qué estamos esperando?
La joven se inclinó hacia adelante y hundió sus talones en los flancos del lagarto de las nieves.
Pero el tauntaun de su hermano se detuvo de golpe cuando Jacen lanzaba su desafío en respuesta al de Jaina, y se negó a avanzar ni un solo centímetro más. La montura de Jaina se puso en movimiento e inició tambaleante avance a toda velocidad, pero la joven no pudo alardear de su victoria en la carrera, pues tuvo tantos problemas para conseguir que su tauntaun se detuvie­se como los había tenido Jacen cuando intentaba hacer moverse al suyo.


***


¿Más sopa? —preguntó Leia, inclinada sobre el recipiente térmico que habían colocado encima de la nieve.
Jaina meneó la cabeza.
Creo que ya no me cabe nada más, mamá.
Eh, a mí me gustaría tomar un poquito más —dijo Jacen.
A mí también —intervino el pequeño Anakin.
Que sean tres raciones para tres hombres de la familia Solo que se mueren de hambre —añadió Han Solo con una sonrisa maliciosa mientras alargaba su tazón de sopa a Leia—. Nunca he podido resistirme a uno de tus almuerzos empaquetados.
Oh, sí. No conozco a nadie que sepa apretar los bo­tones de las unidades preparadoras de la cocina con tanto arte como yo —respondió burlonamente Leia.
Jaina dejó escapar un suspiro de satisfacción, sintiéndose muy feliz de poder relajarse sin hacer nada. Después del recorrido a lomos de tauntaun, habían pasado horas practicando el turbo-esquí, enfrentándose en grandes peleas con bolas de nieve y construyendo ciudades en la nieve. Jaina, sentada sobre una gruesa plancha de espuma aislante que reflejaba el calor, extendió los brazos y se dedicó a recoger copos de nieve en las palmas de sus manos enguantadas.
Ojalá pudiéramos hacer esto con más frecuencia —dijo.
Tal vez deberíamos hacerlo —replicó su madre.
Anakin se acabó su sopa.
Pronto volveré a la Academia Jedi —anunció—. Entonces podremos comer juntos más veces.
Oh, eso me recuerda algo —dijo Leia—. No olvidéis que esta noche voy a celebrar un banquete muy im­portante para dar la bienvenida a la nueva embajadora de Karnak Alfa.
¿Dónde está Karnak Alfa? —preguntó Jacen—. Creo que nunca he oído hablar de ese planeta.
Está más allá del Cúmulo de Hapes, cerca de los Sistemas del Núcleo —le explicó su madre.
Por ahí todavía quedan algunos reductos imperia­les, ¿verdad? —preguntó Jaina.
Desde luego que sí —replicó Han Solo—. Por eso cree vuestra madre que es tan importante la cena. Ten­dréis que portaros lo mejor posible.
Jacen soltó un gemido.
Si es tan importante, ¿por qué tenemos que asistir?
Leia le sonrió con dulzura.
Me gustaría que conocierais a la embajadora —dijo—. Los niños desempeñan un papel muy especial en la sociedad de Karnak Alfa. Son considerados como grandes tesoros cuyo valor va aumentando a cada día que pasa. En la sociedad de Karnak, cuantos más niños tienes más honor y mejor posición social adquieres. Su gobier­no incluso tiene un consejo de los niños.
¡Rayos desintegradores! —exclamó Jacen—. Casi se me había olvidado. Hemos invitado a Zekk a cenar con nosotros esta noche.
¿Puede venir también al banquete, mamá? —pre­guntó Jaina.
Leia pareció desconcertada, una expresión que Jaina veía con mucha frecuencia en el rostro de su madre.
¿Zekk? ¿Vuestro joven amigo de las calles?
¿No estás diciendo siempre que todo el mundo vale algo, sea cual sea su origen y el ambiente en el que vive? —preguntó Jaina, adoptando un tono levemente defensivo.
Siiiiiií —respondió Leia, prolongando mucho el monosílabo.
Oh, por favor... Si dices que sí, incluso dejaré que me trences los cabellos —ofreció Jaina.
Volvió la mirada hacia sus hermanos, buscando apoyo, y vio que el rostro de Anakin adoptaba aquella peculiar expresión calculadora que aparecía en él siempre que estaba resolviendo algún problema.
Si valoran tanto a los niños, a la embajadora le encantará tener a otro niño cenando con nosotros —dijo Anakin.
La preocupación se esfumó del rostro de Leia.
Sí, claro. Es verdad... Vuestro amigo puede venir, por supuesto. De hecho, también invitaremos a Bajie y a Tenel Ka.
Jaina se echó a reír, sintiéndose llena de alivio.
¡Estupendo! Iré a decírselo en cuanto volvamos.
Jacen acabó su sopa y se levantó.
¿Tenemos que irnos enseguida?
Han consultó su cronómetro.
No, todavía disponemos de un par de horas.
Bueno, ¡en ese caso os echo una carrera hasta esas colinas! —dijo Jacen.
Todos rieron y fueron corriendo hacia sus turbo-esquíes.
6

Zekk se presentó en el palacio a la hora acordada aquella noche y fue acompañado al interior. Unos centi­nelas de la Nueva República buscaron su nombre en la lista de visitantes aprobada y le permitieron avanzar por los elegantes pasillos de grandes techos abovedados. El muchacho conocía el camino hasta las habitaciones de Jacen y Jaina, pero los soldados uniformados insistieron en «escoltarle», lo cual dejó un poquito intimidado a Zekk.
Sus ropas nuevas estaban tiesas y eran terriblemente incómodas, pero Zekk sabía que aquella cena era un acontecimiento muy importante. El muchacho se juró a sí mismo que no avergonzaría a nadie y, sobre todo, que los gemelos no se arrepentirían de haberle invitado.
Antes de que el viejo Peckhum partiera para su soli­tario turno de trabajo en la estación espejo, había ayudado a Zekk a escoger algunas prendas de gala, y el muchacho también había salido a hacer unos cuantos negocios por su cuenta, cambiando algunos de sus mejores artefac­tos y baratijas por una chaqueta particularmente hermo­sa y bien cortada. Mientras subía en el turboascensor hasta los niveles superiores y se abría paso por el laberinto de pasillos hasta los aposentos de la Jefe de Estado. Zekk se sentía muy elegante.
El androide de protocolo Cetrespeó le recibió en el umbral y le hizo pasar, y después despidió a la escolta de soldados antes de volverse hacia él.
Ah, aquí está, joven amo Zekk. Hemos de darnos prisa... ¡Llega con retraso! Tenemos preparativos que hacer.
Zekk empezó a dar tirones a su incómodo atuendo de gala.
¿Qué quieres decir con eso de los «preparativos»? Ya estoy listo. Me he vestido de acuerdo con la ocasión... ¿Qué más puedes querer?
Cetrespeó emitió unas cuantas imitaciones de chasquido de lengua muy aceptables a través de su altavoz bucal y alisó la pechera de la camisa de Zekk.
Cielos, cielos. Estas prendas son realmente magní­ficas y además son muy..., muy interesantes. Según mis archivos, estaban muy de moda hace unas cuantas décadas. Sí, debo decir que son todo un hallazgo histórico...
Zekk sintió una dolorosa punzada de desilusión. Se había esforzado tanto y había hecho cuanto estaba en sus manos para prepararse con vistas a aquel acontecimiento especial..., ¡y en unos cuantos segundos aquel quisquilloso androide había reducido a nada todos sus esfuerzos!
Leia Organa Solo salió de la habitación de atrás, y la sorpresa hizo que sus grandes oscuros ojos se volvieran todavía un poco más grandes cuando le vio.
Oh... Ah, hola, Zekk. Me alegra mucho que hayas podido venir.
Su mirada pareció diseccionar al muchacho. Zekk apretó los dientes e intentó no dar ninguna señal de incomodidad, aunque estaba seguro de que tenía las mejillas color carmesí. Su magnífico traje le parecía repentinamente tan ridículo como un disfraz de payaso.
Espero no e-estar causando de-demasiadas molestias —tartamudeó Zekk—. Yo no pretendía que Jacen y Jaina me invitaran, y...
No te preocupes por eso —se apresuró a decir Leia, y sonrió—. La embajadora de Karnak Alfa se ha traído consigo a todo su grupo de niños, así que te ruego que te calmes y que procures no ponerte nervioso. Bastará con que lo hagas lo mejor posible.
Cetrespeó volvió en aquel momento con un maletín de artículos de aseo y limpieza.
En primer lugar, debemos cepillarle los cabellos y peinárselos, joven amo Zekk. Todo ha de estar presentable. Esto es un asunto de orgullo diplomático para la Nueva República, aunque desearía haber podido dar con esos antiguos archivos sobre las costumbres de Karnak Alfa. Su localización parece haber sido olvidada por mis programadores de protocolo. —El androide empezó a ocuparse de los cabellos de Zekk—. ¡Cielos, no cabe du­da de que no le iría nada mal un buen corte de pelo! Hmmmm, me pregunto si tenemos tiempo suficiente para...
Jacen y Jaina entraron en la habitación para dar la bienvenida a su amigo mientras éste permanecía mudo e inmóvil y soportaba las excesivamente meticulosas atenciones del androide dorado. Los cabellos de Jacen parecían haberse vuelto extraña y antinaturalmente lisos y estirados, y su rostro había sido lavado tan concienzudamente que Zekk apenas si pudo reconocer al muchacho.
¡Hola, Zekk! —exclamó Jaina con sincero deleite.
Pero un instante después la joven tuvo que taparse la boca con una mano para ahogar una risita en cuanto reconoció su atuendo. Zekk sintió que las mejillas le ardían bajo una nueva oleada de vergüenza.
El muchacho empezó a debatirse debajo del artefacto zumbante que el androide dorado le estaba pasando por los cabellos, y Cetrespeó le riñó severamente.
Soy un androide de protocolo, ¿sabe? He recibido un adiestramiento completo en todas las técnicas de aseo y acicalamiento personal.
Zekk no intentó discutir con él, pero torció el gesto cuando Cetrespeó eliminó de un potente tirón un enredo en su oscura cabellera.
No estoy muy seguro de que esto sea una buena idea —dijo después—. No sé nada sobre la diplomacia. No tengo ni idea de cuáles son las normas de cortesía o etiqueta.
Jaina se echó a reír.
Eso no tiene ninguna importancia —replicó—. Limítate a utilizar tu sentido común y fíjate bien en lo que hacemos los demás. Es un gran banquete diplomático, y tendrás que tomar parte en toda clase de aburridas ceremonias..., pero la comida es excelente. Lo pasarás bien.
Zekk no intentó hacerle entender que a ella le resultaba muy fácil decir esas cosas porque había sido criada dentro de aquella «alta sociedad» política, y había sido adiestrada en las respuestas adecuadas durante tantos años que ese tipo de acciones había acabado formando parte de su naturaleza. Pero Zekk carecía de esa instrucción. El muchacho estaba cada vez más seguro de que aquella cena iba a ser un completo desastre.
Cetrespeó acabó desistiendo de sus intentos de peinar la cabellera de Zekk y meneó su reluciente cabeza dorada en un gesto lleno de exasperación.
Oh, cielos... Si tuviera receptores olfativos, emplearía una de las frases favoritas del amo Solo y diría que esto me huele muy mal —suspiró el androide.
Zekk estaba totalmente de acuerdo con él.


***


Tenel Ka siguió al grupo mientras iban al gran comedor de gala, siendo muy consciente de cada uno de sus movimientos. Iba a desempeñar una importante función diplomática, y había sido concienzudamente instruida por su terrible abuela en las majestuosas cortes del Cúmulo de Hapes. Después de todo, Tenel Ka era una princesa real y la heredera de todo un cúmulo estelar, pero la joven rehuída todas aquellas tonterías y pasaba todo el tiempo posible adiestrándose en Dathomir, el austero mundo natal de su madre. La abuela de Tenel Ka desaprobaba con todas sus energías el camino que la prin­cesa había decidido seguir, pero Tenel Ka era tozuda y tenía sus propias ideas..., como demostraba con mucha frecuencia.
Y en aquel momento caminaba detrás de Jacen, Jaina y Zekk, andando al lado de Bajocca y el silencioso Anakin, el más pequeño de los tres hermanos Solo, y todos apretaban el paso para llegar a tiempo al gran comedor. Tenel Ka llevaba una corta túnica ceñida de pieles de reptil multicolores, recién aceitada y frotada para que las escamas reluciesen con cada uno de sus movimientos. Sus musculosos brazos y piernas estaban desnudos, pero llevaba una ondulante capa color verde bosque encima de los hombros.
Tenel Ka había pasado muchos meses en la Academia Jedi en las junglas primitivas de Yavin 4, y antes de eso había vivido en las ciudades de los acantilados del clan de la Montaña del Cántico. Había pasado mucho tiempo desde la última vez en que fue malcriada con lu­jos, pero la joven guerrera veía aquella cena de gala con la embajadora de Karnak como otro desafío al que debía enfrentarse.
Bajocca había sido lavado con champú y secado, y su pelaje estaba tan pulcramente cepillado que el joven wookie parecía mucho más delgado de lo habitual sin su aureola de pelos que sobresalían en todas direcciones. La franja negra que corría por encima de su entrecejo había sido alisada hacia abajo mediante una aplicación de fijador, lo cual le daba una apariencia muy atractiva y ele­gante..., para un wookie.
Cetrespeó avanzaba delante de Leia y Han, pavo­neándose tan orgullosamente como si fuera una escolta entera. Centinelas de la Nueva República montaban guardia a los lados de la entrada al gran comedor y abrieron las puertas de par en par cuando les vieron aproximarse. Leia puso la mano sobre el brazo de Han Solo y entró, elegante y majestuosa con su delicado traje blanco. La Jefe de Estado no era muy alta, pero parecía estar llena de energía y confianza en sí misma, como si fuese una batería sobrecargada de potencia. Tenel Ka sintió una gran admiración hacia ella.
El momento de su llegada había sido calculado con toda exactitud. Estaban empezando a atravesar el comedor desde un extremo cuando se abrió la entrada de enfrente y la embajadora de Karnak Alfa hizo su entrada, seguida por su séquito de ocho niños.
La embajadora era un henar de pelo marrón, un montículo de pelaje que crecía hasta alcanzar tal longitud que ocultaba cualquier otro rasgo de su cuerpo. Ni siquiera ojos de la embajadora eran visibles por entre las gruesas hebras mientras avanzaba sobre pies que también quedaban ocultos por sus ondulantes trenzas de pelos. La embajadora ocupó su sitio en la cabecera de la mesa, al lado del asiento reservado para la Jefe de Estado. Leia tomó asiento, con su esposo junto a ella.
Los hijos de la embajadora, todos los cuales eran ver­siones en miniatura de ella, parecían ocho montañitas de pelos que se apresuraron a ocupar sus asientos. El pelaje de las niñas estaba anudado mediante cintas multico­lores, y el de los niños resonaba con el tintineo de las campanillas atadas a mechones de pelos. Todos ellos parecían muy bien educados, y se comportaron impeca­blemente mientras iban ocupando sus asientos a un lado de la gran mesa.
Tenel Ka se alegró de que se le hubiera ocurrido colocar cintas de colores en su cabellera dorado rojiza. Había visto nativos de Karnak Alfa durante su estancia en la corte real de Hapes. Las peludas criaturas eran muy tímidas y tenían algunas costumbres bastante raras, pero eran relativamente abiertas y afables.
Tenel Ka se sentó al lado de Bajocca, mientras Jacen y Jaina llevaban a su amigo Zekk hasta el extremo de la larga mesa. Anakin, su hermano pequeño, parecía dispuesto a sentarse donde le indicaran, y aguardó en silen­cio a que se le asignara un lugar entre Bajocca y Jaina, contemplándolo todo con sus penetrantes ojos color azul hielo mientras esperaba.
Cetrespeó iba y venía a lo largo de la fila, ocupándose meticulosamente de todos los pequeños detalles y disfru­tando de su posición. Después de todo, aquella clase de deberes eran justo el tipo de labor para la que estaba programado un androide de protocolo: su programación no tenía como objetivo el valor o la aventura, sino el de­sempeño de complejas funciones diplomáticas.
Delante de cada plato resplandeciente había un ja­rrón de cristal que contenía un ramillete de tallos aromá­ticos recién cortados, plantas exóticas sacadas de alguno de los jardines botánicos de Coruscant. Aquellos intere­santes especímenes formaban un hermoso ramo para cada uno de los visitantes a los que se deseaba honrar.
Antes de que empezara el banquete, Leia pronunció un discurso meticulosamente ensayado en el que dio la bienvenida a la embajadora y expresó sus deseos de es­tablecer una larga y fructífera relación basada en el co­mercio, el respeto mutuo y la amistad. Después habló en un susurro con Cetrespeó y el androide desapareció den­tro de un pequeño cuarto, para volver a aparecer sólo un instante después con un paquetito en las manos. Tenel Ka enseguida reconoció una vaina incubadora que envol­vía un objeto liso y de forma ovoidal.
¡Eh, es el huevo de halcón-murciélago que rescatamos! —exclamó Jacen sin poder contenerse.
Leia sonrió y asintió.
Sí, y supongo que la embajadora quizá aprecie todavía más el regalo, ahora que sabe que fue encontrado por los niños con los que está cenando.
La embajadora de Karnak había empezado a temblar de pura excitación, y sus largas melenas ondulaban de un lado a otro mientras escuchaba las explicaciones de Leia.
Sabemos muy poco acerca de su cultura, señora embajadora, pero sí sabemos que sienten un gran amor por los especímenes zoológicos que se salen de lo corriente -siguió diciendo Leia—. Hemos recibido informes sobre sus magníficos dioramas holográficos y enormes zoos de entornos alternativos donde los animales ni siquiera se dan cuenta de que están encerrados. Como regalo diplomático a usted y a su pueblo, le ofrecemos este raro y valiosísimo huevo de halcón-murciélago, una de las criaturas nativas de la Ciudad Imperial más difíciles de capturar. Hay muy pocas de ellas en cautividad.
Estoy seguía de que este huevo será una maravillosa adición a nuestras rarezas — canturreó la embajadora de Karnak Alfa, visiblemente encantada.
Pero tienen que cuidarlo muy bien —le advirtió severamente Jacen—. ¡Se lo prometí personalmente a su madre!
La peluda embajadora no pareció encontrar nada raro en el comentario.
Se lo prometo solemnemente —dijo.
Después la embajadora respondió con el discurso que había preparado, y su boca se fue moviendo en algún lugar entre los mechones de pelos marrones mientras iba haciéndose eco de los sentimientos que había expresado Leia.
Mientras tanto sus niños, pequeños montones de pelos temblorosos y ondulantes, aguardaban con impaciencia y creciente apetito el momento de empezar a comer, mientras que Jacen, Jaina y los otros jóvenes Caballeros Jedi también sentían gruñir sus estómagos. Han Solo se removía nerviosamente al lado de Leía en su atuendo de gala, como si se estuviera asfixiando debajo de su rígido cuello y las medallas de sus servicios militares. Tenel Ka se compadeció de él.
Cetrespeó entró en el comedor y avanzó apresuradamente junto a un androide con ruedas que transportaba una gran bandeja de plata labrada llena de platos muy adornados, todos ellos repletos de soberbios manjares bellamente guarnecidos y dispuestos en los platos. El androide dorado conocía a la perfección las reglas de la cortesía política, por lo que fue hacia la cabecera de la mesa mientras Leia y la embajadora de Karnak emitían los sonidos de aprobación adecuados, demostrando lo impresionadas que estaban ante toda aquella exquisita comida.
Tenel Ka contempló cómo Cetrespeó iba hacia la embajadora y cogía uno de los platos de la bandeja del androide con ruedas. Nada más vérselo hacer la joven supo que Cetrespeó pretendía servir en primer lugar a la embajadora..., lo cual era un comportamiento terriblemente grosero según las costumbres de Karnak.
La joven guerrera se puso en pie con un solo y fluido movimiento y se inclinó sobre la mesa.
¡Discúlpame, Cetrespeó! —exclamó—. Si me lo permites...
Después fue corriendo hasta un extremo de la mesa mientras el androide se quedaba totalmente inmóvil sin saber qué hacer. Tenel Ka fue sacando uno por uno los platos de la bandeja y los colocó reverentemente delante de cada uno de los hijos de la embajadora, empezando con la más pequeña —y, presumiblemente, la más joven— de las bolas de pelos.
La princesa Leia miró a Tenel Ka, sorprendida pero reservándose el juicio por el momento. Los pelos de la embajadora de Karnak se movieron en lo que debía de ser una inclinación de cabeza.
Muchas gracias, joven dama. Nos haces un gran honor. Esto es una inesperada observancia de nuestras costumbres.
Tenel Ka dio un codazo a Cetrespeó para que se apartara y se desplazó hasta el otro lado de la mesa, donde rozó el hombro de Anakin con los dedos. Le entregó un plato y después le habló en susurros al oído. Anakin —sin protestar ni hacer preguntas— se levantó, fue obedientemente a lo largo de la mesa y ofreció el siguiente plato de comida a la embajadora de Karnak.
La embajadora dejó escapar un trino de sorpresa.
Me siento muy honrada, Jefe de Estado —le dijo a Leia—, al ver que ha elegido al más joven de sus descendientes para que me sirva.
Yo... Eh... Muchas gracias —replicó Leia, no muy segura de qué otra cosa podía decir.
Tenel Ka se puso detrás de Leia e inclinó la cabeza. Sus trenzas dorado rojizas cayeron hacia adelante.
Sí, embajadora —dijo—. Deseábamos honrarla respetando las costumbres de Karnak Alfa y, en especial, la de que un joven miembro de la casa sirva a los hijos de la invitada, antes de que un niño de la familia anfitriona sirva al invitado adulto que ha de ser más honrado.
Me siento muy complacida —dijo la embajadora—. Si todos los miembros de la Nueva República muestran tanta consideración hacia nuestras costumbres, necesitaremos muy poco tiempo para concluir los tratados diplomáticos.
Temblando de alivio al haber evitado lo que habría sido un grave error social para la Jefe de Estado, Tenel Ka volvió a su asiento. Jacen enseguida se inclinó hacia ella, con sus ojos castaño dorados desorbitados por el asombro.
¿Cómo has sabido que había que hacer eso? —preguntó en un susurro casi inaudible.
Tenel Ka se encogió de hombros debajo de su coraza de pieles de reptil.
No es nada... Es algo que escuché no sé dónde —dijo, y después se quedó callada, no queriendo revelar su ascendencia real ni siquiera a un buen amigo.
Zekk se había recostado en su asiento y no decía nada, pero seguía sintiéndose incómodo. Todos los platos eran deliciosos, pero cada vez que se movía el muchacho temía que uno de sus gestos pudiera ofender a alguien o causar un incidente diplomático.
Cetrespeó sirvió el resto de los platos y Zekk concentró toda su atención en comer, saboreando los deliciosos manjares..., aunque todo era mucho más exquisito de lo que estaba acostumbrado a comer.
La ensalada del cuenco de cristal que había delante de él tenía un aspecto bastante raro y crujía de una forma un poco aparatosa —algunas hojas tenían un sabor amargo, y otras eran correosas—, pero Zekk había comido cosas mucho peores durante sus días de buscador en las calles. Había asado orugas de roca y había comido hongos del duracreto cortados en rebanadas. Aquella ensalada por lo menos estaba fresca, y Zekk se comió hasta la última hoja con gran placer.
La conversación parecía consistir en hueca charla cortés, y Zekk, que se sentía como un invitado insignificante que no hubiese debido estar allí, hizo cuanto pudo para tomar parte en ella.
Una ensalada deliciosa —dijo, empujando a un lado el cuenco de cristal vacío—. Creo que nunca había comido ninguna ensalada que tuviera un sabor tan exótico.
Le pareció que había quedado muy bien. Era un elogio, y al mismo tiempo era neutral e inofensivo: demostraba que estaba dispuesto a tomar parte en la conversación, pero no podía provocar ninguna controversia.
De repente notó que todos los ojos se volvían hacia él. Zekk bajó la mirada para ver si se había derramado algo sobre la pechera de su anticuada chaqueta.
Jacen le estaba contemplando y parecía no creer lo que veían sus ojos. Tenel Ka no dio ninguna señal de que hubiese oído el comentario de Zekk, pero Jaina le dio un suave codazo y le lanzó una mirada burlona.
Eso no era una ensalada —susurró—. Es el ramillete. No tenías que comértelo.
Zekk la escuchó sintiéndose lleno de horror, pero logró mantener el rostro calmado e inexpresivo.
Cetrespeó habló de repente detrás de ellos.
Vamos, vamos, ama Jaina... Muchas plantas son comestibles, incluyendo todas las que formaban el ramillete. Estoy seguro de que no ha habido ningún...
La princesa Leia se aclaró la garganta desde el otro extremo de la mesa.
Me alegra que te gustase la ensalada, Zekk —dijo.
La Jefe de Estado habló en un tono de voz lo suficientemente alto para que todo el mundo pudiera oírla, y después alargó la mano hacia el cuenco de cristal. Escogió una hoja de color púrpura verdoso que parecía un delicado encaje vegetal, se la metió en la boca y empezó a masticarla poniendo cara de satisfacción. Han Solo contempló a su esposa como si se hubiera vuelto loca y un instante después dio un respingo, como si acabara de recibir una patada por debajo de la mesa..., y también empezó a comerse el ramillete. Jaina le imitó, y poco después todos los comensales habían devorado sus «ensaladas».
Zekk se sentía horriblemente avergonzado, aunque intentó no demostrarlo. Sus modales eran risibles y sus ropas estaban anticuadas, y había puesto a todo el mundo en una situación muy embarazosa al comerse algo que debería haber sabido era un adorno. El muchacho deseó no haber sido invitado a aquel banquete.
Aguantó el resto de la velada en un ceñudo silencio hasta que la embajadora de Karnak y su séquito de niños-bolas de pelo se marchó por fin en compañía de la Jefe de Estado y su esposo.
Cuando los guardias de la Nueva República volvieron a aparecer para escoltarles hasta sus habitaciones, Zekk decidió aprovechar la primera oportunidad para escapar.
No te preocupes por lo que ha pasado esta noche, Zekk —dijo Jaina en un tono lleno de comprensión-—. Eres nuestro amigo, y eso es lo único que importa.
Zekk se sintió herido por su comentario, y por el hecho de que Jaina hubiera sentido la necesidad de llegar a decirle algo semejante. No había sitio para él en aquel palacio, y esa verdad quedó grabada sobre su cerebro en letras de fuego. Tendría que haberlo sabido, pero había fingido que podía relacionarse con unos amigos de clase tan alta.
Cuando salió por la puerta de atrás del gran comedor, decidido a caminar tan deprisa que los tiesos y ceremoniosos guardias no podrían mantenerse a su altura, Jaina intentó detenerle.
¡Espera! —le llamó—. Nos veremos mañana, ¿verdad? Prometimos que te ayudaríamos a conseguir esa unidad centralizadora de funciones múltiples para Peckhum.
Zekk no sentía grandes deseos de ir a casa, pero estaba claro que no podía quedarse allí. El muchacho salió corriendo al laberinto de pasillos sin responder a Jaina.
7

El gigantesco crucero espacial Inflexible entró en el sistema de Coruscant más avanzada esa noche, protegido por un gran contingente de navíos de guerra de la Nueva República. El elevado número de cazas erizados de cañones turboláser que revoloteaban alrededor del crucero de aprovisionamiento indicaba la importancia militar del cargamento que transportaba.
El almirante Ackbar estaba inmóvil en el puente de mando del crucero, y seguía sintiéndose tenso y preocupado a pesar de todas las precauciones adicionales que habían sido adoptadas. El Inflexible se aproximó a una zona de atraque cercana a las estaciones espaciales de Coruscant, siguiendo con toda exactitud el horario previsto. Los cazas desactivaron sus sistemas de armamento y se fueron alejando escuadrón tras escuadrón, despidiéndose del almirante que comandaba la Flota de la Nueva República con un último comunicado.
Gracias por la escolla —dijo Ackbar, inclinándose sobre la unidad de comunicaciones—. El servicio de seguridad de Coruscant se encargará de todo a partir de ahora.
Desconectó el circuito y empezó a ir y venir por el puente de mando. El viaje había sido largo y duro, pero la Nueva República necesitaba con gran urgencia los modernos núcleos hiperimpulsores y los emplazamientos de baterías turboláser que su nave transportaba dentro de sus bodegas blindadas. El Inflexible entregaría los componentes a los Astilleros de Kuat, donde serían instalados en una nueva flota de navíos de combate. Ackbar tenía que hacer una visita formal de inspección, y siempre aceptaba encantado cualquier oportunidad de estar a bordo de un soberbio buque militar.
Aunque la amenaza principal del Imperio maléfico había terminado, todavía seguían surgiendo problemas en los sistemas no aliados. El frágil gobierno dirigido por la Jefe de Estado Leia Organa Solo tenía que estar preparado en todo momento, y debía contar con una fuerza militar lo suficientemente poderosa para rechazar los ataques de enemigos conocidos o desconocidos.
La Central de Coruscant ha acusado recibo de nuestra llegada —dijo el timonel.
El almirante Ackbar asintió.
Será muy agradable poder disfrutar de un descanso en el planeta —dijo, volviéndose hacia el timonel y contemplándole con sus redondos ojos de pez—. ¿Ha estado de permiso en Coruscant anteriormente, teniente?
El joven oficial asintió.
Sí, señor, varias veces. Conozco muy bien esa pequeña cantina de un tejado, el restaurante giratorio que te permite contemplar toda la ciudad.... Tienen una teclista con diez tentáculos. ¡Tendría que escuchar la música que es capaz de producir!
El almirante Ackbar había empezado a reírse cuando la oficial táctica se dio la vuelta de repente en su puesto. Su piel, que normalmente era muy pálida, se ruborizó mientras daba la alarma.
¡Una flota no identificada acaba de aparecer a estribor, almirante! Se encuentra a menos de cincuenta kilómetros, y se aproxima muy deprisa. Parece estar desplegada en formación de ataque.
Ackbar giró sobre sus talones y se volvió hacia las pantallas delanteras.
¿Formación de ataque?—exclamó—. Pero estamos en la zona protegida de Coruscant, una de las áreas mejor vigiladas de toda la galaxia... ¿Quién podría atacarnos?
Vio a la ilota que se aproximaba velozmente, acercándose como una bandada de aves de presa surgida de la nada. En el mismo instante sintió los potentes impactos de sus cañones iónicos, que dejaron instantáneamente inutilizados los sistemas defensivos del Inflexible.
¡Puestos de combate! —gritó con su voz ronca y gutural mientras otro golpe atronador hacía temblar un flanco del Inflexible.
¡Tenemos una pequeña brecha en el casco exterior! —gritó el oficial de operaciones—. Hay pérdida de presión. Las puertas y mamparos de emergencia se han cerrado.
¡Transmita una señal de emergencia! —chilló el almirante—. Solicite ayuda inmediata del departamento de seguridad de Coruscant. ¡No pierda ni un instante!
Todos los sistemas de armamento están inutilizados -informó la oficial táctica—. No podemos disparar ni un solo cañón. Pero los motores siguen intactos... Casi parece como si nuestros atacantes estuvieran intentando que sus andanadas no dieran en ellos.
Quieren llevarse la nave —dijo Ackbar, sintiendo un escalofrío de horror al comprender el objetivo del ataque—. Y su cargamento.
El oficial de comunicaciones había empezado a transmitir una señal de emergencia, pero el joven teniente de rostro redondo y sonrosado alzó la mirada casi de inmediato con las mejillas repentinamente pálidas.
Los sistemas de comunicaciones no funcionan, señor —dijo—. Ni siquiera podemos pedir ayuda.
El almirante Ackbar tragó saliva. Coruscant detectaría el ataque y reaccionaría en cuestión de minutos..., pero Ackbar sabía que para aquel entonces ya sería demasiado tarde.
Las naves enemigas continuaban acercándose.
La lanzadera de asalto modificada avanzaba velozmente hacia su objetivo. Qorl, el antiguo piloto de cazas TIE, guiaba el ataque sentado a sus controles. Llevaba un casco negro en forma de calavera que aislaba su piel del exterior y recirculaba aire respirable. Las gafas oscuras que cubrían sus ojos transmitían importantes datos tácticos a sus retinas.
Qorl colocó la extensión de la «boca» cortadora circular de la lanzadera sobre el blindaje del crucero de aprovisionamiento rebelde. El nombre del navío, Inflexible, estaba escrito con grandes letras encima de las planchas. Qorl pensó que el nombre sugería solidez y resistencia, y dejó escapar un gruñido ahogado. Los dientes cortadores increíblemente duros estaban hechos de gemas corusca de calidad industrial, y eran capaces de abrirse paso a través de cualquier sustancia conocida. Dentro de unos momentos las tropas de ataque de la Academia de la Sombra ya se habrían hecho con el control de la gran nave.
Qorl pulsó un botón cuyo color rojo hacía que destacara entre los controles. El botón hizo que las hojas corusca empezaran a girar y fueran mordiendo el metal hasta que la extensión cortadora hubo taladrado un gran círculo en el casco del Inflexible, abriendo un agujero en el crucero de aprovisionamiento.
Qorl fue tensando la mano enguantada en negro de su grueso brazo androide hasta convertirla en un puño. Su brazo había quedado gravemente lesionado cuando su caza TIE se estrelló en las junglas de la luna de Yavin 4, pero los ingenieros imperiales habían sustituido el miembro retorcido y deforme por una extensión androide más poderosa. Su fuerza había aumentado, aunque los nuevos dedos mecánicos de Qorl carecían de toda sensibilidad.
Los soldados de ¡as tropas de asalto ya estaban en el tubo de abordaje, sosteniendo sus rifles desintegradores en posición de hacer fuego e impacientes por iniciar el ataque. Qorl sabía que las defensas principales del crucero de aprovisionamiento habían estado a bordo de los navíos de escolta, las catorce corbetas poderosamente armadas, alas-F y alas-X que habían flanqueado al Inflexible durante su viaje hasta Coruscant. El antiguo piloto de cazas TIE pensó que los rebeldes habían acabado sintiéndose demasiado seguros y confiados en su mundo capital, y permitieron que sus defensas bajaran la guardia durante un momento. Qorl, acechando en su escondite invisible, había aprovechado ese momento para atacar.
Sellado hermético completado —informó un capitán de las tropas de asalto.
Muy bien —dijo Qorl, levantándose de su asiento de mando—. Inicien el ataque. Debemos estar lejos de aquí dentro de cinco minutos estándar. No disponemos de tiempo para errores.
La escotilla sellada del tubo de abordaje se abrió con un chasquido y los soldados se lanzaron a la carga, disparando contra cualquier cosa que se moviera pero utilizando únicamente haces aturdidores. No tenían ningún deseo especial de evitar matar a los tripulantes del Inflexible, pero los letales rayos desintegradores podían causar daños irreparables en los sistemas de control del puente.
Algunos tripulantes rebeldes habían buscado refugio detrás de las consolas y empezaron a disparar contra los soldados de las tropas de asalto, lanzando chorros de energía que salían despedidos en todas direcciones. Un soldado cayó con un agujero humeante en el peto blanco de su coraza, emitiendo un gorgoteo ahogado que terminó con un chisporroteo de estática en su sistema de comunicación.
Qorl entró en el puente, sosteniendo una pistola desintegradora en su mano androide. Los soldados de las tropas de asalto no paraban de disparar. El timonel rebelde se desplomó, y salió despedido hacia atrás bajo un diluvio de haces de energía azulada. Una oficial táctica gritó un desafío mientras se levantaba de su puesto y disparaba cuatro veces en rápida sucesión. La oficial mató a dos soldados de las tropas de asalto antes de que ella también quedara aturdida por los disparos de réplica.
Qorl fue con paso decidido hacia el puesto de control del Inflexible. Tenía que poner en movimiento aquella nave, y pronto... Las gafas oscuras de su casco TIE restringían considerablemente su visión periférica, y cuando pasó junto al centro de controles el oficial rebelde al mando —un calamariano de rostro de pez— se levantó de un salto y se lanzó sobre él. La pistola desintegradora de Qorl cayó ruidosamente al suelo.
El oficial luchó con Qorl y le golpeó con sus manos-aleta, pero el piloto de cazas TIE incrustó su potente puño androide en el rostro del alienígena, dejándole sin sentido al instante. Qorl recuperó su pistola desintegradora, se puso en pie y se quitó el polvo de su negro uniforme.
Un capitán de las tropas de asalto fue hacia él y saludó marcialmente.
El puente es nuestro, señor. Estamos listos para la marcha.
Qorl se instaló en el asiento de mando del Inflexible.
Muy bien.
Selló su casco y su traje acolchado en la modalidad de aislamiento total, que le protegería de la rápida descompresión cuando la nave de asalto se separase del casco. Después titubeó durante un momento.
Meta a esos rebeldes en un módulo de escape y láncelo —dijo.
¿Salvarlos, señor? —preguntó el capitán con perplejidad—. No disponemos de mucho tiempo.
¡Pues entonces dése prisa! —replicó secamente Qorl.
Emociones encontradas luchaban dentro de él. Aquellos hombres eran el enemigo y Qorl había jurado combatir al enemigo dondequiera que lo enfrentase a él..., pero los tripulantes de aquella nave habían luchado valerosamente, y Qorl no podía soportar la idea de dejarles yaciendo donde habían perdido el conocimiento y permitir que muriesen.
Los soldados de las tropas de asalto sólo permanecieron inmóviles durante un segundo, y después reaccionaron rápidamente y empezaron a arrastrar los flácidos cuerpos de los rebeldes a través del puente para acabar arrojándolos sin más ceremonias al interior del módulo de escape. El capitán selló la escotilla y presionó el control de lanzamiento externo del módulo. El módulo de escape fue despedido hacia el espacio con un siseo de pernos explosivos y un chorro de gases comprimidos.
Qorl estudió el puesto de control táctico del Inflexible. Las fuerzas defensivas rebeldes por fin se habían puesto en camino, y estaban saliendo a toda velocidad de la órbita para dirigirse hacia el navío de aprovisionamiento asediado.
¡Váyanse! —les dijo a los soldados—. Suban a la lanzadera de asalto y escapen. Me reuniré con ustedes en la base.
Los soldados de las tropas de asalto fueron corriendo a la lanzadera de asalto con el morro en forma de boca de tiburón y sellaron la compuerta de abordaje. Qorl se agarró a los brazos del sillón mientras la nave modificada se desprendía del casco del crucero, permitiendo que la atmósfera retenida saliera del puente a través de! gran agujero para perderse en el espacio.
A salvo dentro de su traje, Qorl conectó todos los motores. Después introdujo coordenadas preprogramadas y el Inflexible se puso en movimiento con una sacudida.
Mientras la flota rebelde se acercaba a gran velocidad, Qorl siguió a sus naves imperiales, llevándose consigo un increíble tesoro que ayudaría al Segundo Imperio a obtener la situación de superioridad militar que se merecía. La base estaba muy cerca.
El almirante Ackbar recuperó el conocimiento y se encontró dentro de un módulo de escape que avanzaba por el espacio en una loca serie de giros incontrolados. El módulo era muy pequeño, y el calamariano estaba atrapado entre los cuerpos de sus tripulantes. Le dolía la cabeza, y se sentía como si una mina espacial hubiera estallado dentro de su cráneo. Sus tripulantes gimieron y empezaron a removerse, despertando poco a poco. Por alguna razón inexplicable, les habían perdonado la vida. Ackbar fue a rastras hasta una de las diminutas mirillas para poder escrutar el espacio en busca de navios de rescate.
El módulo de escape giró sobre sí mismo en una vertiginosa y mareante espiral, y Ackbar vio su navio desde el exterior. El crucero espacial secuestrado Inflexible estaba empezando a moverse, y fue adquiriendo velocidad rápidamente mientras los cazas imperiales se desplegaban por delante de él.
Nuevos refuerzos de la República estaban avanzando en una trayectoria directa para recuperar las valiosas armas y suministros..., pero a Ackbar le había bastado con aquel vistazo para comprender que las naves imperiales habrían desaparecido mucho antes de que llegaran los refuerzos.
Ackbar contempló cómo el Inflexible se desvanecía antes de que las naves de Coruscant estuvieran lo suficientemente cerca para poder hacer un solo disparo. El almirante deseó poder volver a sumirse en la inconsciencia, pero el terrible dolor que amenazaba con partirle el cráneo por la mitad le mantuvo despierto.
8

Zekk salió a la noche y corrió por las calles de la Ciudad Imperial, no queriendo ver a nadie mientras bajaba por las escaleras de caracol y atravesaba las pasarelas de los callejones desiertos para alejarse lo más deprisa posible del palacio. Las luces parpadeantes de las lanzaderas que avanzaban a través de la atmósfera temblaban sobre su cabeza, apenas visibles a través de la neblina de humedad condensada que brotaba de las rendijas de ventilación de los tejados. La miríada de luces de la ciudad y su gigantesco panorama de rascacielos que se extendía hasta más allá del horizonte parecían burlarse de él, torturándole con la espantosa certeza de que sus millones de habitantes no impedían que Zekk estuviera totalmente solo.
Después de la horrible experiencia de aquella noche, el muchacho se sentía como si un androide marquesina flotara encima de su cabeza y estuviera comunicando a todo el mundo que Zekk era un estúpido, un torpe patán que sólo sabía poner en ridículo a sus amigos. ¿Qué locuras le habían estado pasando por la cabeza? ¿Tratar de hacerse un hueco en la alta sociedad, codearse con embajadores y diplomáticos, trabar amistad con los hijos de la Jefe de Estado? ¿Quién era él para poder moverse en esos círculos?
Zekk bajó la mirada en busca de algo que patear, acábó viendo una botella de refresco vacía y la golpeó con su bota, una bota que había estado lustrando y frotando durante mucho tiempo para tener el mejor aspecto posible delante de sus supuestos amigos. La botella rodó por el suelo y acabó chocando ruidosamente con una pared de duracreto, pero se negó a romperse..., para gran frustración de Zekk.
El muchacho mantuvo los ojos clavados en el suelo, contemplando las sombras y los montones de basura de la cuneta. Siguió avanzando sin rumbo fijo, vagando por los callejones sin importarle dónde podía acabar. El sub-mundo de Coruscant era su hogar. Zekk lo conocía muy bien y podía sobrevivir allí..., lo cual era una suerte, porque al parecer iba a estar atrapado en aquel lúgubre ambiente durante todo el resto de su vida. No había ninguna posibilidad o esperanza de mejorar. Zekk sencillamente no estaba a la altura de las personas que, como Jacen y Jaina, podían esperar un futuro de color de rosa.
Zekk era un don nadie.
Vio a un grupo de comerciantes que estaban cerrando sus garitas para la noche y hablaban cordialmente con los guardias de la Nueva República que patrullaban las calles. Zekk no quería tenerlos cerca y, de hecho, no quería ninguna clase de compañía. Se metió en un turboascensor público y presionó un botón al azar, bajando diecinueve pisos y saliendo de la cabina para encontrarse en una zona menos iluminada de la ciudad.
El viejo Peckhum ya se había ido a la estación espejo para su turno de inspección, por lo que incluso el hogar de Zekk estaría vacío y no resultaría nada invitador. Tendría que pasar la noche solo, intentando mantenerse distraído con juegos o sistemas de entretenimiento..., pero no había nada que le pareciese tener el más mínimo interés.
Podía vagabundear de un lado a otro todo el tiempo que le diera la gana, por lo que decidió disfrutar de esa oportunidad. Nadie le diría que se fuera a la cama, nadie le reñiría por ir a sitios a los que no le estaba permitido ir, y no tendría a nadie pegado a los talones.
Los labios de Zekk se curvaron en la sombra de una sonrisa. Poseía una libertad de la que Jacen y Jaina carecían. Cuando estaban explorando y divirtiéndose, los gemelos no paraban de consultar sus cronómetros, asegurándose de que estarían de vuelta en casa a la hora acordada, y las circunstancias inesperadas nunca podían ser una excusa. Los gemelos no querían que su androide de protocolo acabara con un circuito de preocupación fundido por no haber seguido sus órdenes explícitas, y eran prisioneros de su forma de vida y sus rutinas cotidianas.
¿Qué importaba que Zekk no conociera todas las reglas y normas que había que respetar para vivir en la corle diplomática? ¿A quién podía importarle que no supiese qué cubierto había que utilizaren un momento dado, o cuál era la frase de gratitud adecuada cuando estabas hablando con un embajador insectoide? Zekk soltó un resoplido despectivo. No quería vivir como Jacen y Jaina. ¡Oh, no, ni soñarlo!
Mientras vagabundeaba por los pasillos abandonados, arrastrando deliberadamente los pies sobre las planchas metálicas del suelo para hacer el máximo ruido posible, Zekk no prestó ninguna atención al silencio opresivo ni a las sombras que iban espesándose a su alrededor. El muchacho resopló y apretó los dientes al acordarse de la humillación que había sufrido. Bueno, le daba igual. Zekk era independiente y no tenía que rendir cuentas a nadie..., y quería seguir así.
Los paneles luminosos parpadeaban intermitentemente encima de su cabeza, y los del final del pasillo estaban fundidos. Un débil correteo por los conductos del techo indicó el paso de un roedor grande y bastante torpe. Un instante después el muchacho oyó otro ruido delante de él, éste producido por algo todavía más grande que aquel roedor invisible.
Zekk alzó la mirada con un respingo de sorpresa para ver una alta silueta, más oscura que las sombras negras como la tinta, surgiendo de la nada delante de él.
Bien, ¿qué tenemos aquí? —murmuró una voz grave y llena de poder que hablaba con una dulzura almibarada.
La silueta se acercó un poco más, y Zekk pudo ver a una mujer muy alta cuyos ojos ardían con destellos violeta. La mujer llevaba una reluciente capa negra con una especie de pequeñas alas surgiendo de los hombros que le daban el aspecto de una coraza defensiva. Su larga cabellera negra fluía alrededor de ella, una masa de serpientes tan delgadas como cables. Su piel era muy pálida, y tenía los labios de un carmesí oscuro. La mujer intentó sonreír, pero la expresión parecía totalmente fuera de lugar en aquel rostro.
Saludos, joven señor —dijo la mujer, y su voz rezumaba persuasión—. Te pido que me concedas un momento de tu tiempo.
Cuando estuvo más cerca de la luz, Zekk vio que caminaba con una pronunciada cojera.
Me parece que no... —balbuceó Zekk.
El muchacho retrocedió y giró sobre sí mismo justo a tiempo de ver cómo dos siniestras figuras emergían de los pasillos laterales: una mujer baja y robusta con la piel marrón claro y cabellos rizados de color bronce, y un joven de rostro sombrío con frondosas cejas oscuras.
Sólo un momento de tu tiempo, muchacho... Vilas y Garowyn se asegurarán de que no haces ninguna tontería —dijo aquella mujer de aspecto tan peligroso, y se acercó un poco más con su peculiar paso cojeante—. Me llamo Tamith Kai, y tenemos que someterte a una pequeña prueba. No te dolerá nada.
Zekk creyó detectar un tono de desilusión en su voz.
El joven llamado Vilas y la mujer de los cabellos color bronce le agarraron por detrás. Zekk empezó a debatirse nada más sentirse cogido, retorciéndose y gritando con toda la potencia de sus pulmones. A los desconocidos parecía no importarles en lo más mínimo el ruido que pudiera hacer, y Zekk supo con una terrible certeza que los gritos de ayuda no eran nada raro en aquellos niveles inferiores abandonados..., aunque los valerosos rescatadores sí lo eran.
Zekk intentó liberarse los brazos de la presa de sus captores, que se los apretaban con tanta fuerza como si tuvieran garras en vez de dedos, pero sus esfuerzos no sirvieron de nada. Tamith Kai extrajo un extraño aparato de entre los negros pliegues de su capa. Después desplegó unos finos cables unidos a un par de paletas cristalinas, y conectó una parrilla de energía adicional. Un zumbido estridente recorrió la estructura de aquella extraña máquina.
¡Déjame en paz!
Zekk lanzó un pie hacia atrás, con la esperanza de asestar un buen golpe a la delicada carne de unas pantorrillas.
Tened cuidado —dijo Tamith Kai, contemplando a sus colegas con un fruncimiento de ceño de advertencia arrugándole la frente—. Algunos de ellos pueden ser peligrosos cuando están asustados.
Se inclinó sobre el muchacho y fue moviendo las zumbantes paletas cristalinas alrededor de su cuerpo, sometiéndole a un misterioso examen. Zekk apretó los dientes hasta hacerlos rechinar y cerró sus ojos color verde esmeralda, sintiendo cómo el miedo le aceleraba el pulso. Un instante después se sorprendió al no percibir ningún cosquilleo de energía, y vio que ningún abrasador rayo analítico se abría paso a través de su piel.
Tamith Kai retrocedió, y Garowyn y Vilas se inclinaron sobre los huesudos hombros de Zekk para observar las lecturas. Zekk, que seguía debatiéndose, entrevió la imagen resplandeciente de la pantalla, un aura de colores proyectada encima de un micro-holograma.
Hmmmm... Sorprendente —murmuró Tamith Kai—. Fijaos en el poder que tiene.
Un buen hallazgo —asintió Garowyn—. Un encuentro de lo más afortunado, desde luego...
¡No para mí! —replicó secamente Zekk—. ¿Qué queréis?
Vendrás con nosotros —dijo Tamith Kai.
Su voz estaba impregnada de una impasible confianza en sí misma, como si las posibles objeciones de Zekk no le importaran en lo más mínimo.
¡No voy a ir a ningún sitio contigo! —gritó Zekk—. Me da igual lo que hayas descubierto, porque no voy a...
Oh, aturdidle de una vez —dijo Tamith Kai con impaciencia, y después giró sobre su pierna rígida y se alejó cojeando por el pasillo repleto de sombras—. Será más fácil de transportar estando inconsciente.
Vilas soltó los brazos del muchacho y Zekk intentó echar a correr, sabiendo que aquella era su última oportunidad..., pero arcos de fuego azul surgieron de las tinieblas, envolviéndole y precipitándole hacia el abismo de la inconsciencia.
9

Jaina estaba contemplando a sus hermanos con el rostro ensombrecido. Se mordió el labio y se preguntó qué diría su madre cuando volviera después de haber acompañado a la embajadora de Karnak Alfa hasta sus aposentos. Esperaba que Leia no estuviera demasiado enfadada con Zekk.
Jacen iba y venía por la sala de estar, hablando consigo mismo y refunfuñando en voz baja.
¡Rayos desintegradores! —exclamó de repente con un ademán melodramático—. Oye, ¿puedes creerte que Zekk se imaginara que el ramillete era una ensalada? Es una suerte que Tenel Ka estuviera allí para evitar esa otra catástrofe. Aun así, probablemente le causamos una pésima impresión a la embajadora...
Pues yo creo que no fue tan mal —dijo Anakin desde el gran almohadón colocado al lado de la puerta sobre el que se había sentado—. Mamá lo arreglará todo. Ya lo veréis.
Jaina gimió.
Zekk probablemente se siente fatal.
Ya le veremos por la mañana —dijo Jacen—, cuando le ayudemos a buscar esa unidad centralizadora de funciones múltiples. Entonces podremos pedirle disculpas.
La puerta de sus habitaciones se abrió con un suave siseo y Leia cruzó el umbral con una expresión de perplejidad en el rostro. Los tres hermanos hablaron a la vez después de un momento de silencio lleno de preocupación.
Lo siento, mamá —balbuceó Jaina—. Todo ha sido culpa mía.
¿Estaba muy enfadada la embajadora? —preguntó Jacen.
¿Dónde está papá? —preguntó Anakin.
El diluvio de preguntas sacó a Leia de su estupor.
No hay nada que lamentar, Jaina —dijo, abrazando a su hija—. La embajadora dice que tengo tres niños maravillosos, y que mis hijos tienen unos amigos encantadores. —Leia se inclinó para echar hacia atrás la lisa cabellera oscura de Anakin—. Y para responder a tu pregunta, vuestro padre había empezado a hablar de las rutas comerciales hiperespaciales que llevan hasta Karnak Alfa con la embajadora, y después decidió quedarse para atender algunos asuntos que son todavía más importantes.
Jaina parpadeó, sorprendida ante aquel inesperado giro de los acontecimientos, y se sentó en un extremo de un largo asiento de repulsión acolchado. Jaina tomó asiento junto a ella, y Jacen se instaló al lado de su madre al otro extremo del asiento. Leia ajustó los controles del sistema repulsor para producir un suave movimiento de vaivén. Anakin arrastró su almohadón por encima del suelo y se sentó junto a ellos, callado y atento.
Leia bajó la mirada hacia sus hijos y les sonrió.
La embajadora quedó muy impresionada por la cantidad de jóvenes que habíamos invitado para que la conocieran durante la cena. También dijo que cualquier persona adulta que estuviera dispuesta a quebrantar sus propias tradiciones sociales sólo para conseguir que un niño se sintiera más a gusto, no debería tener ningún problema a la hora de negociar una alianza con Karnak Alfa. Bien, gemelos... Me alegra mucho que estuvierais aquí con nosotros, en vez de en la Academia Jedi.
Eso es magnífico, mamá —dijo Jaina, acurrucándose sobre los cojines.
Esta noche he descubierto algo muy importante acerca de mí misma —siguió diciendo Leia—. Cuando vuestro padre y yo acompañamos a la embajadora y a sus niños de vuelta a sus aposentos, comprendí que mis hijos me importaban mucho más que cualquier embajadora. Cuando llegamos a sus habitaciones, la embajadora dijo que estaba dispuesta a hablar de la alianza entre su planeta y la Nueva República. Entonces fue cuando me sorprendí incluso a mí misma: le dije que me encantaría hablar con ella de todo eso por la mañana..., pero que en estos momentos necesitaba estar con mis hijos.
Jaina dejó escapar un largo silbido. Su madre siempre estaba tan absorta en sus deberes como Jefe de Estado que una respuesta como aquella le parecía inconcebible.
¡No puedes haber hecho eso!
Leia se echó a reír.
Sí que lo hice, ¿y sabes qué me respondió la embajadora? —Leia parecía sorprendida—. Pues dijo que en ese caso ya no tenía ninguna duda acerca de si podríamos llegar a formar una alianza. Todo está arreglado.
Si todo está arreglado, ¿por qué no ha vuelto papá contigo? —preguntó Anakin—. ¿Qué otros asuntos importantes había que tratar?
Se ofreció a quedarse un rato en las habitaciones de la embajadora para contarle una de vuestras historias favoritas a sus niños —dijo Leia, enarcando las cejas—. ¿Sois capaces de adivinar cuál?
La del cachorrito de bantha perdido —murmuraron al unísono Jacen, Jaina y Anakin.
Pues entonces tú también tendrás que contarnos una historia, mamá —dijo Anakin un instante después con voz adormilada.
Y Leia así lo hizo.
10

Mientras avanzaban por el laberinto de calles al día siguiente, Jacen sintió un extraño cosquilleo de inquietud en la nuca, como si una hilera de mirmyns estuviera arrastrándose lentamente sobre su piel. Algo andaba mal, pero Jacen no sabía qué podía ser.
Rayos desintegradores —murmuró.
Por alguna razón inexplicable, todos parecían estar un poco nerviosos. Jaina abría la marcha, dado que era la que conocía mejor el camino que llevaba hasta la morada de Zekk. Jacen, en cambio, siempre se perdía. Tenel Ka seguía a Jaina en silencio, con los hombros erguidos y la espalda rígida, mientras que Jacen y Bajie iban los últimos.
Los compañeros siguieron avanzando por los viejos y angostos callejones de metal y piedra. En aquella zona las luces eran demasiado débiles, y el aire sabía a metal oxidado y a la lenta decadencia del abandono. Incluso los olores les resultaban poco familiares y, por lo menos para los wookies —a juzgar por la manera en que Bajie arrugaba la nariz—, no muy agradables.
Ya hemos llegado —anunció Jaina, doblando una esquina metálica para entrar en un pasadizo todavía más angosto. La joven se detuvo delante de un umbral no muy alto y presionó el botón de llamada. La luz indicadora se encendió con un destello rojo, negándoles la entrada. Jaina se mordió el labio inferior—. Qué raro... Ayer Zekk dijo que ajustaría la cerradura de la puerta de su casa para que pudiéramos entrar.
Quizá lo que ocurrió anoche le afectó más de lo que nos habíamos imaginado —sugirió Tenel Ka.
Quizá sí—dijo Jaina—, pero no es probable. Zekk siempre cumple sus promesas. Ya hemos tenido algunas pequeñas discusiones antes, pero...
Jaina se calió sin llegar a completar la frase.
Bajocca gruñó un breve comentario, y Teemedós se encargó de traducirlo.
El amo Bajocca se estaba preguntando si el amo Zekk no se habrá limitado a salir para fortificarse con una colación matinal. O quizá haya decidido obtener comestibles para la comida.
Sí, y eso sería francamente preferible a aquellas raciones de tas tropas de asalto que nos dio la última vez —observó Jacen, sintiendo que su estómago emitía un gorgoteo de disgusto al acordarse de ellas.
Sabía que íbamos a venir —dijo Jaina—. Tendría que haber estado aquí.
Esperemos un rato —sugirió Jacen, sentándose en el suelo y cruzando las piernas—. Probablemente aparecerá dentro de unos minutos con alguna historia increíble que contar.
Sí, sería muy propio de él —admitió Jaina.
Jacen, sabiendo que su hermana seguía estando preocupada, intentó usar un tono de voz lo más firme y seguro de sí mismo posible.
Volverá en cualquier momento... Ya lo verás, Jaina. Mientras tanto —sugirió jovialmente—, tengo unos cuantos chistes nuevos, si hay alguien que quiera oírlos.
Los gemelos entretuvieron a los otros jóvenes Caballeros Jedi con historias de las aventuras vividas por Zekk. Jacen les habló de aquella ocasión en que Zekk descendió cuarenta y dos pisos por el conducto de un turboascensor abandonado porque vio algo que brillaba y reflejaba la luz cuando alumbró el conducto con su linterna láser. Imaginando tesoros que se iban volviendo más y más extravagantes con cada nivel que descendía, Zekk acabó descubriendo que el objeto reluciente no era más que un viejo envoltorio de papel metalizado que alguien había arrojado al conducto, y que se había quedado pegado a la viscosa humedad que rezumaba de las paredes.
Jaina compartió con ellos la historia de cómo Zekk reprogramó un traductor personal para un grupo de altivos turistas reptilíanos que le habían echado de la cola para obtener muestras gratuitas de un nuevo producto alimenticio. Zekk alteró su traductor de tal manera que cada vez que los reptiles pedían que se les indicara cómo llegar a restaurantes o museos, eran guiados a garitos de pésima reputación o estaciones reprocesadoras de basuras.
¡Eso es sencillamente espantoso! —comentó Teemedós.
Los minutos Fueron transcurriendo y se convirtieron en una hora, y su amigo siguió sin volver.
Jaina acabó poniéndose en pie.
Algo anda mal —dijo, mordiéndose el labio interior—. Zekk no va a venir.
Bajie gruñó y Teemedós se encargó de traducir el gruñido.
El amo Bajocca sugiere que quizá el amo Zekk necesite algún tiempo para superar su vergüenza e incomodidad. Supongo que nunca entenderé la conducta humana —añadió.
Tal vez —dijo Jaina, con el rostro lleno de preocupación y claramente no muy convencida.
Eh, ¿por qué no dejamos una videonota? —sugirió
Jacen—. Volveremos a probar suerte mañana. ¿Cuánto tiempo puede seguir enfadado con nosotros?
Pero al día siguiente tampoco había ni rastro de Zekk. Jacen pulsó el botón de solicitud de acceso incrustado al lado de la puerta principal de Zekk pero, una vez más, no obtuvo respuesta. El viejo Peckhum no tardaría en volver de la estación espejo, y se encontraría con un apartamento vacío.
Me parece que ya va siendo hora de que todos empecemos a buscar a Zekk —murmuró Jacen, contemplando el panel de información en blanco.
Estoy de acuerdo —dijo Tenel Ka.
Bien, ¿a qué estamos esperando entonces? —exclamó Jaina, restregándose enérgicamente las manos—. Y si no conseguimos encontrarle, hablaremos con mamá.
Cuando entraron en el despacho de Leía Organa Solo, vieron que parecía bastante preocupada. Leia les sonrió y apartó un mechón de cabellos de los ojos de Jaina.
Me alegra mucho que estéis aquí, chicos —dijo—. Quería enseñaros algo.
Antes de que Jacen o Jaina hubieran podido hablarle de Zekk, Leia hizo aparecer en una pantalla una holoproyección bastante granulosa grabada a larga distancia que mostraba navios de ataque imperiales lanzándose sobre un crucero de aprovisionamiento de la Nueva República en el espacio cercano a Coruscant.
¡Esa nave se parece mucho a la que nos secuestró y se nos llevó de la Estación Buscadora de Gemas de Lando! —exclamó Jaina.
Bajocca gruñó, indicando que estaba de acuerdo con ella.
Leia asintió.
Es lo que había pensado basándome en vuestra descripción..., y ahora puedo confirmárselo al almirante Ackbar. Este ataque se produjo hace dos noches. Puede que tengamos una auténtica amenaza entre manos, y justo en el mundo capital...
Jaina volvió a contemplar la holoproyección y frunció el ceño.
Hay algo más que no está bien en esas imágenes. Estoy intentando entender qué es...
Leia volvió a su escritorio.
El almirante Ackbar y un grupo de expertos tácticos están analizando el metraje, y tal vez quieran haceros algunas preguntas. Hemos reforzado las medidas de seguridad contra la posibilidad muy real de que podamos presenciar otro ataque imperial.
Después de aquella noticia, Leia no pareció excesivamente preocupada cuando Jasen le contó la historia de la desaparición de Zekk. La Jefe de Estado de la Nueva República permitió que su mirada recorriese los rostros de los cuatro jóvenes Caballeros Jedi inmóviles en su despacho.
Muy bien. Y ahora dejad que os haga una pregunta: ¿quién conoce mejor la ciudad, vosotros cuatro... o Zekk?
Bueno..., Zekk, claro —respondió Jacen con voz titubeante—. Pero...
Y si Zekk tiene problemas personales y se ha escondido en algún sitio —siguió diciendo Leia—, ¿os parece tan raro que no hayáis conseguido encontrarle?
Pero él nunca haría eso —protestó Jaina—. Nos prometió que estaría allí.
Bueno, entonces tal vez ya ha encontrado esa unidad centralizadora de funciones múltiples y Peckhum se las ha arreglado para que pudiera subir a la estación espejo —dijo Leia con voz tranquila y razonable.
Pero nos habría dejado un mensaje —replicó Jaina, con los labios fruncidos en una tensa línea llena de tozudez.
Tiene razón, mamá —intervino Jacen—. Zekk puede parecer un vagabundo sin hogar, pero siempre hace lo que ha dicho que va a hacer.
Leia paseó una mirada llena de escepticismo por los rostros de sus hijos.
¿Cuántos años hace que conocemos a Zekk?
Jaina se encogió de hombros.
Unos cinco años, pero ¿qué...?
Y durante esos años —la interrumpió Leia—, ¿cuántas veces ha desaparecido porque estaba embarcado en alguna aventura, para acabar volviendo a aparecer como si nada un mes después?
Jacen carraspeó y se removió nerviosamente.
Eh... Puede que media docena de veces.
Ya. ¿Lo veis? —replicó Leia, como si eso pusiera punto final al asunto.
Pero esas otras veces —observó Jacen—, no teníamos planes de pasar el día con él.
Leia suspiró.
Y esas otras veces tampoco estaba enfadado por haber hecho el ridículo durante un banquete diplomático. Escuchad, Zekk es mayor que vosotros, y legalmente puede ir donde quiera y hacer lo que quiera cuando le dé la gana. Pero aunque estuviéramos seguros de que ha desaparecido, y no estamos seguros de ello... Bueno, la verdad es que podríamos hacer muy poco al respecto. La galaxia es un lugar muy grande. ¿Quién sabe dónde puede estar?
»La gente desaparece a cada momento, y sencillamente carecemos de los recursos necesarios para buscar a todas las personas que desaparecen. Esta misma semana he recibido informes de por lo menos tres adolescentes desaparecidos, y eso solamente en la Ciudad Imperial... ¿Por qué no esperáis y habláis con Peckhum cuando vuelva mañana? Tal vez él tendrá algunas ideas.
Leia se levantó y empezó a llevarles hacia la puerta del despacho para poder volver a su trabajo.
Ahora he de prepararme para mi próxima reunión con la embajadora de Karnak Alfa. Y después tengo que volver a ver al Pueblo de los Árboles Aulladores para una ceremonia musical esta tarde... —Leia se frotó las sienes, como en anticipación de un dolor de cabeza—. Adoro mi trabajo... Eh... Bueno, por lo menos la mayor parte de él.
Cuando hubieron salido del despacho de Leia, Jacen dejó escapar un gemido de abatimiento.
Mamá ni siquiera cree que haya un problema.
Entonces supongo que tendremos que seguir buscando por nuestra cuenta —dijo Jaina.
Un gruñido de Bajie les indicó que estaba totalmente de acuerdo con ellos.
Tendremos que arreglárnoslas por nuestra cuenta —dijo Jacen, y se golpeó decididamente la palma con el puño.
Es un hecho comprobado —dijo Tenel Ka.
11

Zekk fue recuperando lentamente el conocimiento después de lo que parecía una eternidad. Se sentía como si un millón de voltios hubieran recorrido su cuerpo, cortocircuitando la mitad de sus nervios y dejándole los músculos temblorosos y llenos de un extraño cosquilleo.
Le dolía la cabeza. El duro suelo metálico que había debajo de su cuerpo rezumaba una frialdad que mordía cruelmente la carne de Zekk. La áspera luz blanca le hacía daño en los ojos.
Cuando se sentó tuvo que parpadear varias veces para eliminar los puntitos de colores centelleantes que flotaron en su campo visual. Mientras esperaba a que se le aclarase la vista, Zekk acabó comprendiendo que no había nada que ver salvo los muros desnudos de un blanco grisáceo. Descubrió la pequeña rejilla de un altavoz y la rendija de un sistema de circulación de aire, pero nada más. Ni siquiera pudo encontrar la puerta.
Zekk sabía que debía de estar en alguna clase de celda. Recordó haber forcejeado con aquellas personas de aspecto maligno que le habían capturado en la ciudad inferior, la mujer de cabellera negra y ojos color violeta que había utilizado un extraño aparato sensor y el joven de rostro sombrío que le había dejado sin conocimiento...
¡Eh! —gritó. Su voz sonaba áspera y enronquecida—. Eh, ¿dónde estoy?
Se puso en pie, luchando con un acceso de vértigo que estuvo a punto de hacerle caer, y fue hasta la pared más próxima. Zekk empezó a golpear las placas metálicas con los puños, gritando para que alguien le prestara atención. Recorrió todo el perímetro de la pequeña celda, pero no encontró ninguna rendija que indicara la presencia de una puerta.
Después fue tambaleándose hasta el altavoz y empezó a gritar por él.
¡Que alguien me explique lo que está pasando! ¡No tenéis ningún derecho a mantenerme encerrado aquí!
Pero a pesar de sus valientes palabras, Zekk sabía cosas que Jacen y Jaina, criados y educados dentro de los confines protectores de la ley y protegidos durante toda su vida por fuerzas de seguridad, nunca habían comprendido. Zekk sabía que sus «derechos» no serían protegidos si alguien tenía el poder de arrebatárselos. Nadie lucharía por él. Nadie enviaría flotas militares para rescatarle. Si Zekk desaparecía, no se produciría ningún clamor público. Muy pocas personas llegarían a darse cuenta de que había desaparecido.
¡Eh! —volvió a gritar, pateando la pared—. ¿Por qué estoy prisionero? ¿Qué queréis de mí?
Zekk giró sobre sí mismo en cuanto oyó un siseo ahogado al otro extremo de la habitación. Una puerta totalmente lisa se deslizó a un lado para revelar a un hombre impresionante flanqueado por varios soldados de las tropas de asalto. El hombre era muy alto, y vestía una holgada túnica plateada. Tenía los cabellos rubios y los llevaba pulcramente recortados, y su rostro era afable y benévolo. Sus hermosos rasgos parecían tan finamente moldeados como los de una escultura. Su sola presencia ya irradiaba un aura de paz y calma.
¿No crees que estás exagerando un poco? —preguntó el hombre. Su voz potente y ricamente sonora estaba impregnada de poder y carisma—. Hemos venido tan pronto como nos dimos cuenta de que estabas despierto. Podrías haberte hecho daño golpeando las paredes con tanta fuerza.
Zekk no se permitió relajarse.
Quiero saber por qué estoy aquí —dijo—. Déjame marchar. Mis amigos me estarán buscando.
No, no te buscarán. —El hombre meneó la cabeza—. Tenemos suficiente información sobre ti para saberlo. Pero no te preocupes.
¿Que no me preocupe? — balbuceó Zekk—. ¿Cómo puedes decir...?
Se calló de repente al entender el significado de las palabras que acababa de pronunciar aquel hombre. No, sus amigos no le estarían buscando, ¿verdad? Dudaba de que Jacen y Jaina quisieran volver a ser vistos con él después del desastre del banquete diplomático.
¿Qué quieres decir? —preguntó en un tono de voz más bajo y calmado.
El hombre de la túnica plateada hizo una señal a los guardias. Los soldados de las tropas de asalto esperaron fuera mientras el hombre entraba en la celda, cerrando la puerta detrás de él.
Veo que te han alojado en nuestra habitación menos... elegante —dijo, y suspiró—. Te encontraremos una habitación más cómoda tan pronto como sea posible.
¿Quién eres? —preguntó Zekk sin bajar la guardia—. ¿Por qué me habéis dejado sin conocimiento?
Me llamo Brakiss, y te pido disculpas por el... entusiasmo de mi colega Tamith Kai. Pero creo que autorizó el uso de la fuerza únicamente debido a tu resistencia. Si hubieses cooperado, toda la experiencia habría resultado mucho más agradable.
No sabía que el ser secuestrado se considerase como una experiencia «agradable» —replicó ferozmente Zekk.
¿Secuestrado? —exclamó Brakiss, fingiendo alarma—. No nos apresuremos a llegar a ninguna conclusión hasta que conozcamos toda la historia.
Pues entonces explícamela —dijo Zekk.
Muy bien. —Brakiss sonrió—. ¿Te apetecería beber algo? ¿Un refresco, alguna bebida caliente?
Sólo quiero que me expliques qué está ocurriendo —dijo Zekk.
Brakiss juntó las manos y los pliegues de su túnica plateada temblaron alrededor de él con un centelleo iridiscente, como un lago que ondulara suavemente bajo un cielo nuboso.
Tengo algunas noticias para ti..., buenas noticias. Espero que estarás de acuerdo conmigo en que son buenas noticias, aunque puede que te dejen bastante sorprendido.
Ah, ¿sí? —replicó Zekk con un fruncimiento de ceño lleno de escepticismo.
¿Eres consciente de que posees un considerable potencial Jedi?
Los ojos verde esmeralda de Zekk estuvieron a punto de salirse de sus órbitas.
¿Potencial Jedi..., yo? Me parece que le has equivocado de persona.
Brakiss sonrió.
Sí, posees un potencial Jedi considerablemente elevado... Nosotros mismos quedamos muy sorprendidos. ¿Cómo, es que tus amigos Jacen y Jaina no te lo habían dicho? ¿No lo sabías?
No tengo ningún potencial Jedi —murmuró Zekk—. Es imposible que yo posea nada ni remotamente parecido a eso.
¿Y por qué ha de ser imposible? —preguntó Brakiss, enarcando las cejas.
Parecía tan tranquilo, tan calmadamente racional y seguro de sí mismo... Brakiss aguardó en silencio a que Zekk respondiera, y el muchacho acabó bajando la vista y clavó la mirada en sus manos.
Porque sólo soy un..., un chico de la calle. Soy un don nadie. Los Caballeros Jedi son grandes protectores de la Nueva República.
Brakiss asintió impacientemente.
Sí, lo son... Pero el potencial de llegar a convertirse en un Jedi no tiene nada que ver con el sitio en el que vives o la manera en que se te ha educado. La Fuerza no conoce límites económicos. El mismo Luke Skywalker no era más que el hijo adoptivo de un granjero de humedad.
¿Por qué un muchacho pobre como tú no puede tener tanta capacidad Jedi como, por ejemplo, los hijos gemelos de una gran líder de la política que viven en el lujo y que tienen todas sus necesidades atendidas y satisfechas? De hecho —siguió diciendo Brakiss, bajando la voz—, incluso podría ser que el haber llevado una vida tan dura haya hecho que tu verdadero potencial como Jedi haya sido refinado y desarrollado hasta un grado todavía más elevado que el potencial de esos mocosos mimados.
No son unos mocosos —replicó Zekk—. Son mis amigos.
Brakiss descartó su comentario con un leve vaivén de la mano.
Lo que sean.
¿Cómo es que nunca he sabido nada de esto? ¿Cómo es que nunca he... sentido nada? —preguntó Zekk.
El muchacho comprendió de repente qué había estado buscando Tamith Kai cuando le examinó con aquel extraño aparato electrónico.
Brakiss se meció sobre sus talones.
Si nadie te ha adiestrado nunca, es posible que ignorases que poseías un cierto talento para emplear la Fuerza. Pero es algo que se mide con gran facilidad. Si Jacen y Jaina eran tan amigos tuyos, me sorprende pensar que nunca se tomaron la molestia de hacerte una prueba... ¿Acaso no es verdad que el Maestro Skywalker siempre anda buscando más Caballeros Jedi?
Zekk asintió de mala gana.
Bien, en tal caso —siguió diciendo Brakiss—, ¿por qué no sometieron a la prueba a todas las personas que conocen? ¿Por qué te descartaron de entrada, Zekk? Creo que te han subestimado y que te han tratado muy mal. Probablemente ni siquiera se les pasó por la cabeza la idea de que un chico de las calles, un pequeño don nadie de baja posición social, pudiera ser digno de recibir el adiestramiento Jedi, fuera cual fuese su potencial innato.
No es eso —murmuró Zekk, pero a su voz le faltaba convicción.
Bueno, como quieras —replicó Brakiss encogiéndose de hombros.
Zekk desvió la mirada, aunque los lisos muros de la celda no le daban nada más que contemplar. El muchacho movió una mano en un gesto que abarcó el frío y diminuto recinto.
¿Qué es este lugar? —preguntó, intentando cambiar de tema.
Este lugar es la Academia de la Sombra —dijo Brakiss, y Zekk se sobresaltó al reconocer el nombre de la estación oculta en la que Jacen y Jaina habían sido retenidos contra su voluntad—. Estoy al frente de la operación de adiestramiento de nuevos Jedi para el Segundo Imperio. Utilizo métodos distintos de los que sigue el Maestro Skywalker en su centro de adiestramiento de Yavin 4. —Brakiss frunció el ceño como si comprendiera muy bien la situación de Zekk—. Pero tú no puedes saber nada sobre eso, ¿verdad? Tus amigos nunca te han llevado allí. —Después alzó la voz para adoptar un tono interrogativo—. ¿Lo hicieron? ¿Aunque sólo fuese para una visita?
Zekk meneó la cabeza.
Bueno, yo estoy adiestrando nuevos Jedi, poderosos guerreros que ayudarán a hacer volver la gloria y el orden de un nuevo Imperio. La Alianza Rebelde es un movimiento criminal. Tú no puedes entenderlo, porque eres demasiado joven para recordar cómo eran las cosas bajo el gobierno del Emperador Palpatine.
¡Odio al Imperio! —exclamó Zekk.
No, no odias al Imperio —le aseguró Brakiss—. Tus amigos te han dicho que debes odiar al Imperio, pero nunca presenciaste nada de todo aquello con tus propios ojos. Sólo has visto su versión de la historia. Naturalmente, eres consciente de que todo gobierno que tenga el poder siempre hace que el enemigo derrotado adquiera la apariencia de un monstruo. Yo te contaré la verdad. El Imperio apenas conocía el caos político. Cada persona tenía sus oportunidades. No había bandas incontrolables corriendo por las calles de Coruscant. Todo el mundo tenía una tarea que hacer, y todo el mundo la llevaba a cabo de buena gana.
Además, ¿qué tiene que ver la política galáctica contigo, joven Zekk? Nunca te has interesado por esos asuntos y nunca te has preocupado por ellos. ¿Crees que tu vida realmente cambiaría en algo si la Jefe de Estado fuera sustituida por otro político en un Imperio distinto? Si trabajas con nosotros, en cambio, tu vida podría mejorar muchísimo.
Zekk volvió a menear la cabeza y apretó los dientes.
No traicionaré a mis amigos —gruñó.
Tus amigos... —replicó Brakiss—. Oh, sí, los que nunca te sometieron a ninguna prueba para averiguar si poseías potencial Jedi, los que sólo vienen a visitarte cuando tienen un hueco en su ajetreada vida social. Te irán dejando atrás poco a poco en cuanto encuentren cosas más «importantes» que hacer, ¿sabes? Te olvidarán tan deprisa que no tendrás tiempo ni de parpadear.
No —susurró Zekk—. No lo harán.
¿Qué te tiene reservado el futuro? Vamos, respóndeme... —siguió diciendo Brakiss con voz persuasiva—. No cabe duda de que te has hecho amigo de personas que se mueven en círculos ricos e importantes, pero ¿llegarás a formar parte de ellos alguna vez? Sé sincero contigo mismo, y no le engañes.
Zekk no respondió, aunque en lo más profundo de su corazón conocía la verdad.
Pasarás el resto de tu existencia rebuscando en la basura, vendiendo baratijas con las que obtener los créditos suficientes para tu próxima comida. ¿Realmente crees que tienes alguna posibilidad de alcanzar el poder, la gloria o una posición importante... por tus propios medios?
Zekk volvió a negarse a contestar. Brakiss se inclinó hacia adelante, y sus rasgos bellamente cincelados irradiaron amabilidad y preocupación.
-Te estoy ofreciendo esa oportunidad, muchacho. ¿Eres lo bastante valiente para aprovecharla?
Zekk buscó desesperadamente la fortaleza necesaria para resistir, y se agarró a una hebra de ira.
¿La misma oportunidad que ofreciste a Jacen y Jaina? Me contaron cómo les secuestraste, cómo les llevaste a la Academia de la Sombra y les torturaste.
¿Te contaron cómo les torturé? - Brakiss se rió y meneó su rubia cabeza—. Supongo que después de haber sido mimados y malcriados durante toda su vida, un poquito de trabajo duro podría parecerles una tortura. Me ofrecí a adiestrarles para que se convirtieran en poderosos Jedi, y admito que eso fue un error. Queríamos jóvenes Caballeros Jedi para adiestrarlos, pero los candidatos a los que invitamos eran demasiado importantes y conocidos. El riesgo era mayor de lo que habíamos previsto, y atrajo una atención excesiva hacia nuestra academia.
Así pues, decidí cambiar mis planes. Tal como te he dicho, la presencia de la Fuerza es tan grande dentro de los menos afortunados como dentro de los que son ricos y poderosos. Tu posición social no me importa lo más mínimo, Zekk: lo único que me importa es tu talento y si estás dispuesto a desarrollarlo. Tamith Kai y yo hemos decidido buscar entre los niveles inferiores de la sociedad, y estamos intentando encontrar personas cuyo potencial sea tan grande como el de aquellas que viven en los niveles superiores, pero cuya desaparición no causará tanta agitación. Buscamos personas que tengan un incentivo para trabajar con nosotros.
Zekk frunció el ceño, pero los ojos de Brakiss parecían arder.
Si te unes a nosotros, te garantizo que tu nombre nunca será ignorado u olvidado.
La puerta de la celda volvió a abrirse, y un soldado de las tropas de asalto entró con una bandeja llena de bebidas calientes que despedían nubéculas de vapor y pasteles de aspecto delicioso.
-—Tomemos algo mientras seguimos hablando —dijo Brakiss—. Confío en que la mayor parte de tus preguntas habrán sido respondidas, pero no vaciles en preguntarme lo que quieras.
Zekk se dio cuenta de que tenía un hambre voraz y cogió tres pasteles, y se lamió los labios mientras los comía. Nunca había saboreado nada tan delicioso en toda su vida.
Las implicaciones de las palabras de Brakiss le aterrorizaban, pero las preguntas sobre su futuro se agitaban dentro de su mente en un continuo hervor y salían una y otra vez a la superficie. Zekk no quería admitirlo, pero no podía evitar tener la sensación de que Brakiss era sincero y de que podía confiar en sus promesas.
Brakiss salió de la celda, selló la puerta detrás de él y se volvió hacia el soldado de las tropas de asalto que montaba guardia en el pasillo.
Ocúpate de encontrarle una habitación más cómoda y agradable —dijo—. Creo que no nos dará demasiados problemas.
El señor de la Academia de la Sombra estaba avanzando por el pasillo con su paso rápido y fluido cuando el antiguo piloto de cazas TIE se presentó para informar. Qorl todavía llevaba puesto su negro traje blindado, y sostenía el casco que parecía una calavera en el hueco de su poderoso brazo androide.
El crucero rebelde capturado Inflexible ya se encuentra en el interior de nuestros escudos. Lord Brakiss —dijo—. Su armamento está siendo sacado de la nave en estos mismos instantes.
Los labios de Brakiss se curvaron en una gran sonrisa.
Excelente. ¿Y el cargamento era tan grande como esperábamos?
Qorl asintió.
Afirmativo, señor. Los núcleos hiperimpulsores y las balerías turboláser nos permitirán doblar la fortaleza militar del Segundo Imperio. Atacar en ese momento fue una decisión muy inteligente.
Brakiss juntó las manos y dejo que fueran engullidas por las holgadas mangas plateadas de su túnica.
Excelente, excelente... Todo va según lo planeado, informaré a nuestro Gran Líder y le transmitiré las buenas noticias. El Imperio no tardará mucho en volver a brillar..., y esos rebeldes no pueden hacer nada para impedirlo.
12

Lanzadera Rayo de Luna, aquí la Torre Uno del Control de Coruscant. Tienen permiso para salir del muelle espacial. Las puertas del hangar se están abriendo en la Sección Gamma.
La capitana Narek-Ag abrió el canal principal de su unidad comunicadora.
Gracias, Torre Uno. Aquí lanzadera Rayo de Luna, poniendo rumbo hacia las puertas del hangar Gamma con un cargamento completo. —Desconectó el comunicador y dirigió una sonrisa conspiratoria a Trebor, su copiloto—-. Unos cuantos buenos negocios como éste, y tal vez pueda pedirte que te cases conmigo.
Los ojos color avellana de Narek chispeaban con un suave brillo burlón.
Trebor le devolvió la sonrisa, acostumbrado al sentido del humor de su capitana.
Sigue haciendo negocios tan buenos como éste, y tal vez acabe aceptando tu oferta.
Narek guió su lanzadera fuera de su muelle de atraque en una de las estaciones espaciales que orbitaban Coruscant, pilotándola con la fluida facilidad resultado de una larga práctica.
¿Coordenadas introducidas? —preguntó.
Introducidas y confirmadas —respondió su copiloto en cuanto Narek hubo acabado de hablar.
Narek soltó una risita mientras su lanzadera se alejaba velozmente del muelle espacial. La capitana calibró su ruta hiperespacial hacia Bespin, el siguiente planeta de su trayecto, mientras aceleraba a través del sistema interior de Coruscant.
Bueno, teniendo en cuenta que somos una pequeña empresa ya sabes que...
... no nos está yendo nada mal —dijo Trebor, terminando la frase por ella.
Cierto, no nos está yendo nada mal —repitió Narek, asintiendo con visible satisfacción—. ¿Cómo están los cálculos de la ruta hiperespacial?
Ya casi he terminado —dijo Trebor—. Si nos damos prisa, quizá podamos entregar este cargamento en la Ciudad de las Nubes y conseguir una segunda carga para el regreso. Eso doblaría nuestros beneficios en este viaje.
Una sonrisa complacida iluminó los rasgos de Narek.
Me encanta verte pensar como un hombre de negocios —dijo, apartando un mechón de cabellos rojizos de su cara.
Como una persona de negocios —la corrigió Trebor—. Nos estamos aproximando a la aceleración máxima. Prepárate para el salto a la velocidad lumínica.
Y entonces el Rayo de Luna se bamboleó tan repentinamente como si hubiera chocado con una barrera impenetrable. La pequeña nave salió despedida en una serie de giros incontrolables. Las alarmas aullaron, y luces de advertencia multicolores parpadearon por toda la consola de control.
¿Que ha sido eso? —preguntó Narek, meneando la cabeza para eliminar los puntitos borrosos de luz que habían aparecido en su campo visual.
La capitana alzó la mirada hacia el visor y se encontró contemplando el vacío del espacio.
¡No lo sé! —exclamó Trebor—. No había nada en los sensores. ¡No había absolutamente nada en los sensores! ¡Se supone que este sector del espacio está despejado!
Bueno, pues en ese caso es el sector de espacio despejado más duro con el que me he encontrado jamás —replicó Narek-Ag—. ¡Informe de daños!
No estoy seguro de cuántos daños hemos sufrido. ¿Puedes estabilizarnos? —preguntó su copiloto—. De acuerdo, parece que tenemos una brecha en la zona inferior del casco... ¡Ay, adiós a toda nuestra carga! Los motores están funcionando por debajo de las líneas rojas. —Trebor tragó saliva—. Estamos metidos en un buen lío, señora.
Y entonces, como para dar más énfasis a las palabras de Trebor, un chorro de chispas brotó de la consola de guía principal. El Rayo de Luna entró en un picado incontrolable.
¡Emergencia, Coruscant Uno! Aquí lanzadera Rayo de Luna: hemos chocado con restos espaciales desconocidos —gritó Trebor por el comunicador.
Un ruidoso estallido de estática surgió de la rejilla del altavoz acompañado por otro chirrido de retroalimentación y un nuevo chorro de chispas.
Narek-Ag tosió, intentó disipar el humo dando manotazos y movió un par de interruptores.
Las toberas de popa no responden —dijo con voz tensa— . Sigo examinando la zona, y no hay nada... ¿Con qué hemos chocado?
Las noticias no son mejores desde mi posición —dijo Trebor—. No pueden empeorar mucho más.
-No pueden, ¿eh? Bueno, pues acaban de hacerlo —dijo Narek, tragando saliva con un visible esfuerzo—. Supongo que será mejor que te pida que te cases conmigo después de todo.
Los ojos de Trebor se posaron en la lectura que había atraído la atención de su capitana. El copiloto dejó escapar un gemido ahogado. Una reacción en cadena incontenible había empezado a producirse dentro de las cámaras de sus motores, acumulándose en ellas como una avalancha de energía letal, y el Rayo de Luna estallaría como una pequeña supernova en cuestión de segundos.
Siempre quise casarme entre las estrellas —respondió. —Nunca he tenido una oferta mejor. —Trebor puso la mano sobre la de Narek—. Acepto..., pero debo decir que no has sabido escoger el mejor momento.
Narek le apretó la mano y después bajó la mirada hacia los paneles.
¡Oh, oh! Los hiperimpulsores están entrando en fase crít...
El Rayo de Luna se convirtió en una silenciosa erupción de metal fundido y gases llameantes que se extendieron por el espacio durante unos momentos antes de esfumarse en la negrura.
Jaina iba y venía por la sala de estar de los aposentos de su familia en el Palacio Imperial, paseándose tan nerviosamente como una criatura de la jungla enjaulada que había visto una vez en el Zoo Holográfico para Animales Extinguidos. Odiaba la inactividad. Jaina quería hacer algo.
Jacen y Tenel Ka habían vuelto a salir en busca de Zekk, llevándose consigo a Cetrespeó y Anakin mientras que Bajie estaba trabajando con su tío Chewbacca. Cuando Jacen observó que sería buena idea que alguien se quedara en palacio por si Zekk o Peckhum intentaban ponerse en contacto con ellos, Jaina accedió de mala gana a ser esa persona.
Pero al final no había podido aguantar la espera por más tiempo y había intentado ponerse en contacto con el viejo Peckhum en la estación espejo, a pesar de que debía volver a casa aquel mismo día. Peckhum había respondido al instante desde su panel holográfíco de la estación, pero la borrosa imagen del anciano se deterioró rápidamente mientras Jaina empezaba a explicarle que Zekk había desaparecido. La respuesta de Peckhum quedó prácticamente ahogada por la estática.
... no puedo entender tu..., no recib..., transmisión..., vuelvo esta noche...
La unidad centralizadora de funciones múltiples de la estación funcionaba cada vez peor, y no habría comunicación posible hasta que Jaina tuviera delante al viejo Peckhum en carne y hueso.
Cuando su madre volvió a casa para comer, Jaina estaba tan harta del encierro que hubiera podido ponerse a gritar. Tenía muchas ganas de hablar, pero Leia parecía cansada y preocupada, y Jaina decidió que sería mejor que no se entrometiera en los pensamientos de su madre. Le trajo un almuerzo caliente recién sacado de la unidad procesadora y se sentó a la mesa para comer en silencio junto a ella.
Han Solo entró unos minutos después y fue a abrazar a su esposa.
He venido tan pronto como recibí tu mensaje —dijo—. ¿Qué ha pasado?
Una sonrisa de gratitud alzó las comisuras de los labios de Leia mientras contemplaba a su esposo.
Necesito que me des tu opinión sobre un asunto —dijo . ¿Tienes tiempo para sentarte y comer con nosotras?
Han la obsequió con una de sus típicas sonrisas maliciosas.
¿Me estás preguntando si tengo tiempo para almorzar con dos de las mujeres más hermosas de la galaxia? ¡Por supuesto que sí! ¿Qué ha ocurrido? ¿Otro desastre como el ataque imperial? —preguntó mientras se servía un cuenco lleno de estofado corelliano caliente.
Bueno, no cabe duda de que ha sido todo un desastre. —Leia respiró hondo—. Una lanzadera estalló en el espacio esta mañana cuando estaba a punto de salir de su órbita.
Jaina alzó la mirada hacia ella, muy sorprendida, pero su padre asintió.
Sí, me he enterado hará cosa de una hora.
Las cejas de Leia se unieron en un fruncimiento de concentración.
Nadie parece saber qué ha ocurrido. ¿Qué podría haber causado semejante catástrofe?
¿Un fallo de mantenimiento? —sugirió Jaina—. ¿Una sobrecarga en los motores?
Leia volvió a poner cara de preocupación.
Coruscant Uno captó una transmisión justo antes de que el Rayo de Luna estallara. La capitana parecía pensar que habían chocado con algo.
Han enarcó las cejas.
¿Cuando todavía estaban en la órbita exterior, quieres decir? ¿Había alguna otra nave que no hubiese recibido permiso para despegar por los alrededores?
Noooo... —murmuró Leia, hablando muy despacio.
¿Una mina espacial colocada allí deliberadamente, o algún resto a la deriva?
Jaina se sobresaltó.
Cuando volvíamos nos encontramos con muchos restos espaciales, ¿verdad, papá?
Leia torció el gesto.
Me lo temía. El Comisionado de Comercio se lo ha tomado como un asunto personal. Dice que todos esos escombros que siguen orbitando Coruscant siempre han sido un accidente al acecho, e insiste en que demos una prioridad más elevada al trazado de rutas espaciales más seguras. Hemos localizado algunos de los fragmentos más grandes, pero creo que hay bastantes restos que han escapado a nuestras inspecciones..., y no hemos tenido tiempo de buscarlos. Algunos de esos restos llevan décadas en órbita.
Han frunció los labios.
Esos accidentes son bastante raros, Leia. No nos pongamos demasiado nerviosos.
Según las transmisiones del Rayo de Luna, nunca llegaron a ver con qué habían chocado..., y no figuraba en ningún mapa. El Comisionado considera que es un grave problema de seguridad. La verdad es que no me queda más remedio que estar de acuerdo con él: después de este accidente, tendremos que hacer algo al respecto.
¿Cuánto trabajo nos daría confeccionar un mapa con las órbitas de los restos espaciales de mayor tamaño? —preguntó Han.
Bastante, y también consumiría mucho tiempo. —Leia se pellizcó el puente de la nariz como si se hubiera visto atacada repentinamente por otro dolor de cabeza—. Ni siquiera estoy segura de que la Nueva República cuente con recursos que asignar a semejante proyecto...
Quizá podría ayudaros —la interrumpió Jaina, centrando su interés en una idea que apartaría su mente de Zekk—. Después de todo, el tío Luke dijo que se suponía que debíamos elegir un proyecto de estudio mientras estábamos fuera de la Academia Jedi. Bajie y yo podríamos averiguar las trayectorias de los restos. Me parece que resultaría divertido.
Jaina levantó la mirada del cuaderno de datos para echar un vistazo a la pantalla del ordenador, y después se volvió hacia la simulación holográfica.
Bien, Bajie, ésta es la siguiente trayectoria.
La joven se estiró, intentando aflojar los nudos de tensión muscular de sus hombros, y después se restregó sus cansados ojos, pero no consiguió aclararse la vista. Llevaban horas enfrascados en aquella tarea. Jaina no conseguía imaginarse cómo había podido llegar a pensar que resultaría divertida.
El flaco y desgarbado wookie programó meticulosamente la órbita que Jaina le había indicado, y otra línea reluciente apareció en el mapa holográfico. Jaina gimió en voz alta.
Puede que sea un trabajo muy importante, pero te aseguro que había pensado que sería más interesante.
Bajie gruñó una réplica, y Teemedós la tradujo.
El amo Bajocca mantiene que, aun considerando que el cartografiar las trayectorias de enjambres de restos orbitales nunca debería haber parecido un proyecto interesante para empezar, el trabajo escolar rara vez resulta interesante. Por lo menos este trabajo encierra un cierto matiz de urgencia apremiante. —Bajie gruñó otro comentario—. Además, el amo Bajocca observa que el grado de realización actual del proyecto es de un doce por ciento, y que se sentirá muy satisfecho cuando haya sido completado.
Jaina dejó escapar un suspiro lleno de cansancio y deslizó las manos por entre los mechones de su lisa cabellera castaña.
Bueno —dijo—, ¿a qué estamos esperando?
13

Peckhum se pasó la correa de la bolsa de viaje al otro hombro mientras se iba alejando del atracadero de precio económico en el que había posado el Vara del Rayo., un muelle en el que muchos contrabandistas y timadores también estacionaban sus naves. Estar de vuelta en la ciudad era muy agradable, aunque sólo fuese porque los sistemas de su apartamento funcionaban, lo cual era más de lo que podía decir del equipamiento de la estación espejo.
A pesar de su pesada carga, el anciano se deslizó por las anchas avenidas y angostos callejones con una fluida agilidad de la que era totalmente inconsciente, sin dejar de refunfuñar para sí mismo en ningún momento. «Tendrás que arreglártelas con lo que hay, Peckhum.» «Tenemos serios problemas para conseguir aparatos nuevos, Peckhum.» «Los equipos nuevos cuestan mucho dinero, Peckhum.» «Las unidades centralizadoras de funciones múltiples no crecen en los macizos de flores estelares, Peckhum.» El anciano siguió quejándose en voz baja mientras se rascaba el vello gris que cubría su mentón, tan acostumbrado a hablar consigo mismo como lo estaba a hablar con Zekk.
Bueno, pensaba que por lo menos esperarían a que hubiera bajado de mi nave para soltarme las malas noticias —gruñó—. «Intentamos ponernos en contacto contigo, Peckhum, pero no hubo forma de que pudiéramos establecer ninguna comunicación...» ¡Les está bien empleado, teniendo en cuenta que no han reparado mi sistema de comunicaciones! —El anciano volvió a cambiarse de hombro la bolsa—. «Tu sustituto ha sido transferido a un servicio de vigilancia de seguridad adicional debido al reciente ataque imperial, Peckhum. Tienes que estar de vuelta en la estación mañana, Peckhum.» ¡Bah!
Siguió avanzando con su caminar lento y pesado, sin fijarse apenas en los joviales comerciantes, los turistas que lo contemplaban todo con los ojos muy abiertos y los funcionarios absortos en sí mismos.
Lo único que pido es que el administrador a cargo de la estación espejo deje de pasarse la vida sentado en su cómodo despacho y suba allí para un viajecito de inspección. Que le sirvan un poco de ese potaje que las unidades preparadoras de comida han estado soltando, ¡y entonces veremos si le gusta mucho! A ver cómo «se las arregla»...
Peckhum dobló una esquina y fue por el pasillo que llevaba hasta su casa.
Si esperase a que esos burócratas hicieran algo, toda la estación se caería a pedazos. —Se acordó de que Zekk le había prometido que tendría una unidad centralizadora de funciones múltiples nueva, y el recuerdo le hizo sonreír—. A veces no le queda más remedio que hacer las cosas por tu cuenta..., con una ayudita de tus amigos.
Peckhum alzó la mirada con el rostro lleno de satisfacción y se encontró delante de la puerta de su casa. Tecleo el código de apertura y la puerta se hizo a un lado con un silbido de aire que escapó por el hueco. El interior olía a rancio y cerrado, como si la atmósfera hubiera sido reciclada una y otra vez durante días. Tendría que recordarle a Zekk que dejara entrar un poco de aire fresco de vez en cuando.
El anciano arrojó su bolsa al pequeño vestíbulo de la entrada mientras la puerta se cerraba detrás de él con un segundo silbido. Ninguna voz alegre rompió el silencio para darle la bienvenida.
¡Eh, Zekk! —llamó. El apartamento parecía opresivamente silencioso, por lo que Peckhum alzó la voz cuando volvió a hablar—. Después de tres días de respirar lo que sale de los tanques defectuosos en la estación espejo, incluso este aire huele bien, pero... —Hizo una pausa. Seguía sin haber respuesta—. ¿Zekk?
Peckhum recorrió con la mirada la sala de estar llena de trastos viejos y después echó un vistazo en la zona de preparación de comidas y el dormitorio de Zekk, y hasta metió la cabeza en la cámara de refrigeración. Todos los cubículos estaban desiertos.
Un fruncimiento de preocupación arrugó la frente de Peckhum. Zekk rara vez salía de casa cuando sabía que Peckhum estaba a punto de volver de un trabajo..., y todavía menos cuando había prometido traer algún equipo recuperado de los montones de chatarra. Pero Peckhum no vio ni rastro de la unidad centralizadora de funciones múltiples. La necesitaría antes de volver a la estación mañana por la mañana.
Volvió a rascarse las mejillas y reflexionó durante unos momentos. Después se relajó.
«Por supuesto —se dijo a sí mismo—. Los jóvenes Solo...»
Jacen y Jaina, los grandes amigos de Zekk, sólo estarían en Coruscant durante unas semanas. Probablemente estaban por ahí, pasándolo bien e intercambiando historias de sus aventuras en otros planetas. Peckhum volvió la cabeza y vio que la lucecita indicadora del panel de información estaba parpadeando junto a la puerta principal. Eso quería decir que había unos cuantos mensajes que todavía no habían sido recogidos. Peckhum pensó que probablemente serían notas dejadas por Zekk para informarle de dónde estaban él y sus amigos.
Había un total de tres mensajes. Peckhum los cargó en el lector. El primer mensaje mostraba a Jacen y Jaina, de pie con los otros dos jóvenes Caballeros Jedi.
¡Eh, Zekk! —exclamó Jacen con su jovialidad habitual—. Hemos venido para echarte una mano en la búsqueda de esa unidad que necesita Peckhum. Era esta mañana, ¿verdad? Volveremos mañana por la mañana. Avísanos si hay algún cambio de planes.
El siguiente mensaje entró en el lector y mostró a Jaina Solo, con su lisa cabellera castaña y el rostro lleno de preocupación.
Zekk, somos nosotros. ¿Te ocurre algo? ¡Te hemos estado buscando por todas partes! Si todavía sigues enfadado por lo de anoche lo lamento mucho... No pasó nada, de veras. Todo va bien. ¿Puedes llamarnos cuando vuelvas a casa?
El último mensaje mostraba nuevamente a Jaina, con el rostro tenso y pálido. La joven habló muy despacio, como si cada palabra se le atascara en la garganta.
¿Estás enfadado por algo, Zekk? Si dijimos algo que te hiciera sentirte incómodo durante el banquete, todos lo lamentamos... muchísimo. Si ya has encontrado esa unidad centralizadora de funciones múltiples y no quieres que vayamos a buscar equipo recuperable contigo en estos momentos, lo entenderemos. Por favor, Zekk; habla con nosotros si recibes este mensaje.
Mientras escuchaba, Peckhum sintió cómo un nudo de terror le iba oprimiendo el estómago. Algo tenía que andar mal. Volvió a mirar a su alrededor, y no vio ninguna señal de que el muchacho hubiera estado planeando marcharse. No había mensajes. No había notas.
Aquello no era nada propio de Zekk. El muchacho era lo suficientemente maduro y responsable como para no comportarse de esa manera. Quienes no le conocían bien podían considerarle un simple vagabundo de las calles en el que no se podía confiar, pero Zekk conocía sus responsabilidades y siempre estaba a la altura de ellas. Le había prometido una nueva unidad centralizadora de funciones múltiples a Peckhum, sabiendo lo importante que era para la estación espejo. Si Zekk le decía que iba a hacer algo, el muchacho lo hacía..., siempre.
Oh, sí, Zekk era un huérfano, un bromista, un aventurero al que le encantaba contar historias de grandes hazañas imposibles..., pero siempre había sido un buen amigo, y siempre había sido total y absolutamente digno de confianza.
Peckhum tomó una decisión casi antes de darse cuenta de ello. El anciano salió por la puerta y fue al palacio, quedándose en casa sólo el tiempo suficiente para dejar un breve videomensaje dirigido a Zekk en el panel de información, por si daba la casualidad de que el muchacho volvía mientras él estaba fuera.
¡Eh, me alegro de verte! —dijo Jacen, abriendo la puerta para encontrar a Peckhum, desaseado y visiblemente inquieto, en el umbral—. ¿Sabes dónde está Zekk? ¿Le has visto? ¿Has tenido noticias de él?
El rostro de Peckhum le dio la respuesta a su pregunta.
Esperaba que tal vez vosotros tendríais algunas noticias para mí—dijo el viejo navegante espacial.
Jacen se acordó de repente de sus modales e invitó a entrar a Peckhum con un gesto de la mano.
Oh, lo siento. Entra, entra... Iré a buscar a Jaina y a los demás.
Su hermana y Bajie seguían trazando el curso de los restos orbitales en su simulación holográfica, mientras que Tenel Ka limpiaba las armas de su cinturón y les sacaba brillo.
¡Eh, Peckhum está aquí y dice que tampoco sabe dónde está Zekk! —exclamó Jacen.
La expresión de atenta concentración de su hermana fue sustituida por una mueca de preocupación. Bajie se incorporó y ayudó a Jaina a levantarse. Fueron a la sala de estar, y los cinco repasaron un mapa de la Ciudad Imperial, inclinándose encima de una proyección mientras Tenel Ka señalaba varios bloques de rascacielos marcados con distintos colores.
Hemos examinado esta zona de los alrededores de vuestra casa —le dijo a Peckhum.
Jacen se acercó un poco más a la imagen.
Y fuimos a algunos de los sitios a los que nos llevó Zekk cuando andábamos buscando equipo reciclable —dijo—. Aquellos a los que pudimos volver por nuestra cuenta, claro está...
Peckhum asintió y se rascó el vello del mentón. Su rostro surcado de arrugas estaba lleno de preocupación.
Anakin y Cetrespeó incluso fueron a un par de los sitios de los que habló Zekk..., y no encontraron nada —dijo Jaina—, esperábamos que pudieras hacernos alguna sugerencia sobre dónde buscar.
Bajie gruñó un comentario.
El amo Bajocca desea observar que nuestra falta de familiaridad con lo que podríamos llamar «aspectos menos recomendables» de la Ciudad Imperial quizá suponga un impedimento a nuestra búsqueda —dijo Teemedós.
El wookie acogió aquella traducción tan larga y ampulosa con un gemido ahogado, pero no hizo ningún otro comentario.
Tiene razón — dijo Jaina —. La verdad es que sólo conocemos las partes más elegantes de la ciudad.
Y hasta ahora no estábamos totalmente seguros de que Zekk hubiera desaparecido —añadió Tenel Ka—. Sus observaciones hacen que ya no se pueda dudar de ello.
¡Eh, ahora que Peckhum ha vuelto y que estamos seguros de que Zekk ha desaparecido, podemos informar de su desaparición al servicio de seguridad! —exclamó Jacen.
Peckhum alzó la cabeza de repente.
No, nada de hablar con los de seguridad —dijo—. A Zekk no le gustaría.
Pero ha desaparecido —replicó Jaina con voz suplicante—. Tenemos que encontrarle.
Jacen se sorprendió al ver que los ojos de su hermana estaban llenos de lágrimas.
Sí—se mostró de acuerdo Peckhum—, pero Zekk ha tenido unos cuantos... «malentendidos» con los agentes de seguridad, y no nos agradecería que los metiéramos en esto. Pero no os preocupéis: probablemente puedo pensar en un montón de sitios desconocidos para vosotros a los que nunca habríais ido a buscarle.
Bueno —dijo Jacen de mala gana—, eso quiere decir que tendremos que seguir buscándole por nuestra cuenta. Pero tus ideas nos serán de mucha ayuda, Peckhum. Supongo que todo sigue estando en nuestras manos, ¿verdad?
Zekk es un chico fuerte y duro—observó Peckhum con un optimismo un tanto forzado—. Ha pasado por muchos apuros, y es capaz de cuidar de sí mismo. Espero que esté bien... —añadió, bajando la voz de repente.
14

Zekk despertó en su nuevo y cómodo alojamiento de la Academia de la Sombra y se sintió extrañamente descansado y lleno de animación. Había dormido profundamente, como si hubiera estado necesitando recargar su organismo. Se preguntó si Brakiss habría introducido alguna droga en su comida. Después pensó que incluso si se trataba de eso, había merecido la pena porque nunca se había sentido tan vivo o tan entusiásticamente optimista.
Intentó desviar el curso de aquellos pensamientos tan positivos y trató de sentir un poco de ira, recordándose que había sido secuestrado y llevado a la estación imperial por la fuerza. Pero Zekk no podía negar que estaba siendo tratado con mucho más respeto que en ningún otro momento de su existencia anterior. Poco a poco el muchacho empezó a pensar en aquel sitio como su habitación más que como su celda.
Se duchó hasta que todo su cuerpo vibró con un cosquilleo de calor y limpieza, y después dedicó bastante más tiempo a asearse de lo que hubiese debido. Pero le daba igual. Brakiss podía esperar, y le estaría bien empleado. Por mucha atención que le prestara el líder de la Academia de la Sombra, Zekk no quería estar allí.
Estaba preocupado por el viejo Peckhum, y sabía que a esas alturas su amigo ya debía de estar terriblemente preocupado por él. Estaba casi seguro de que Jacen y Taina también habrían dado la alarma, pero Zekk suponía que Brakiss sabía cómo enfrentarse a ese tipo de problemas. Zekk tendría que seguir aguantando y esperando hasta que se le ocurriese algún plan.
Mientras se duchaba, alguien se había llevado sus maltrechas ropas y las había sustituido por un nuevo traje acolchado y una reluciente armadura de cuero, un imponente uniforme que tenía un aspecto tan tenebroso como elegante. Zekk miró a su alrededor buscando su viejo atuendo, no queriendo aceptar la hospitalidad del Segundo Imperio más de lo que fuese estrictamente necesario, pero no encontró ninguna otra cosa que ponerse..., y aquellas magníficas ropas nuevas le quedaban estupendamente.
Zekk probó a abrir la puerta, esperando encontrarla sellada, y se sorprendió cuando el panel se hizo a un lado obedeciendo su orden. Salió de la habitación para encontrarse a Brakiss esperándole en el pasillo. La túnica plateada de aquel hombre impasible y seguro de sí mismo se desplegaba a su alrededor como si la prenda hubiera sido confeccionada con sombras iridiscentes.
Una fugaz sonrisa iluminó los rasgos de perfección estatuaria de Brakiss.
Ah, joven Zekk... ¿Ya estás preparado para iniciar tu adiestramiento?
La verdad es que no —murmuró Zekk—, pero supongo que da igual que lo esté o no.
Nada de eso —respondió Brakiss—. Eso quiere decir que no te he explicado lo suficientemente bien todo lo que puedo hacer por ti. Pero si abrieras una pequeña rendija en el muro de tu resistencia, y bastaría con que escucharas... Ah, entonces tal vez te convencerías enseguida.
¿Y si no quedo convencido? —preguntó Zekk, exhibiendo un desafío que no sentía en realidad.
Brakiss se encogió de hombros.
Entonces habré fracasado. ¿Qué más puedo decir?
Zekk decidió olvidarse del tema, y se preguntó si le matarían en el caso de que se negara a tener un lugar dentro de los planes del Segundo Imperio.
Ven a mi despacho —dijo Brakiss.
El líder de la Academia de la Sombra precedió al muchacho por los pasillos de lisas paredes que se curvaban suavemente. Parecían estar solos, pero Zekk vio soldados de las tropas de asalto armados montando guardia en posición de firmes delante de varias puertas, preparados para ofrecer su ayuda si Brakiss tenía algún problema. La simple idea de que él pudiera suponer una amenaza para Brakiss resultaba tan ridícula que Zekk tuvo que reprimir una sonrisa.
El despacho privado del líder de la Academia de la Sombra parecía tan oscuro como el espacio. Los muros eran de transpariacero negro y proyectaban imágenes de acontecimientos astronómicos de naturaleza cataclísmica: llameantes erupciones solares, estrellas en pleno proceso de colapso interno, campos de lava que hervían y burbujeaban... Zekk miró a su alrededor, muy impresionado. Aquellas imágenes violentas y peligrosas mostraban un aspecto del universo mucho más áspero y terrible que las que se vendían en los kioscos para los turistas de Coruscant.
Siéntate— dijo Brakiss con su voz tranquila y desprovista de emociones.
Zekk, que se había mantenido atento para captar cualquier posible amenaza implícita, comprendió que resistirse en aquel momento no serviría de nada. El muchacho decidió ahorrar sus fuerzas para más tarde, cuando tal vez surtieran más electo.
Brakiss se sentó detrás de la larga y reluciente superficie de su gran escritorio, metió la mano en un cajón oculto y sacó de él una pequeña bengala cilíndrica. Después sujetó los dos extremos con sus esbeltas y pálidas manos y desenroscó el cilindro por el centro. Cuando las dos mitades metálicas se separaron, una brillante llama azul verdosa brotó del hueco, parpadeando y despidiendo destellos iridiscentes pero dando muy poco calor. El fuego frío reflejado por las paredes del despacho proyectó su pálida claridad sobre las imágenes de desastres astronómicos.
¿Qué estás haciendo? —preguntó Zekk.
Brakiss fue juntando lentamente las dos mitades de la bengala hasta dejarlas en equilibrio sobre sus manos, formando un triángulo. La pálida llama se enroscó hacia arriba, ardiendo con firme regularidad.
Mira la llama —dijo Brakiss—. Esto es un ejemplo de lo que puedes hacer con tus capacidades para usar la Fuerza. Manipular el fuego es algo muy sencillo, y una excelente primera prueba. Verás lo que quiero decir si lo intentas. Observa con atención.
Brakiss curvó un dedo, y sus ojos adquirieron un extraño aspecto distante y absorto. La llama empezó a bailar, ondulando hacia atras y hacia adelante y retorciéndose como si estuviera viva. Se fue volviendo más alta y más delgada, convirtiéndose en un mero zarcillo, y después se desplegó para transformarse en una esfera, haciendo pensar en un pequeño sol resplandeciente.
En cuanto hayas dominado las manipulaciones sencillas —dijo Brakiss—, podrás tratar de obtener efectos mucho más espectaculares.
Estiró la llama como si fuese una lámina de goma, creando un rostro contorsionado con ojos destellantes y una gran boca abierta. El rostro se derritió para convertirse en la imagen de un dragón que movía su larga cabeza de un lado a otro, y después se metamorfoseó en un retrato luminoso del mismo Zekk dibujado con un brillante fuego azul verdoso.
Zekk lo contempló, fascinado, y se preguntó si Jacen o Jaina eran capaces de hacer aquellas cosas.
Brakiss relajó su control y permitió que la llama volviera a ser un puntito brillante que destellaba en la bengala.
Ahora inténtalo tú, Zekk. Limítate a concentrarte. Siente el fuego, como agua que fluye, como pintura... Utiliza dedos en tu mente para dibujar con él y darle distintas formas. Hazlo girar. No tardarás en irte acostumbrando a hacerlo, y cada vez te será más fácil.
Zekk se inclinó hacia adelante sintiéndose lleno de excitación, pero se detuvo de repente.
¿Por qué debería cooperar? No voy a hacerle ningún favor al Segundo imperio o a la Academia de la Sombra..., ni a ti.
Brakiss, que no se había inmutado, juntó sus hermosas y suaves manos y volvió a sonreír.
Yo nunca querría que lo hicieras por mí o por un gobierno o una institución acerca de los que sabes muy poco. Te estoy pidiendo que hagas esto para ti mismo y por ti. ¿Acaso no es verdad que siempre has querido desarrollar tus habilidades y tus talentos? Tienes una rara capacidad, Zekk. ¿Por qué no aprovechar al máximo esta oportunidad..., especialmente tú, una persona cuya vida siempre ha estado excesivamente desprovista de ventajas, si me permites decirlo? Aunque vuelvas a tu antigua existencia después, ¿no estarás en una situación mucho mejor si puedes utilizar la Fuerza, en vez de confiar en lo que siempre pensaste que era un «don» para encontrar objetos valiosos?
Brakiss se inclinó hacia adelante.
Eres independiente, Zekk. Puedo verlo, ¿sabes? Estamos buscando personas independientes, personas que puedan tomar sus propias decisiones y que puedan triunfar sin importar hasta qué punto esperen verlas fracasar quienes se llaman amigos suyos. Tienes tu oportunidad aquí y ahora. Si no estás interesado en progresar y avanzar, si no te molestas en intentarlo...
Bueno, entonces fracasarás incluso antes de haber empezado.
Las palabras habían sido pronunciadas en el tono áspero y seco de una reprimenda, pero dieron en el blanco.
De acuerdo, lo intentaré —acabó diciendo Zekk—. Pero no esperes gran cosa.
El muchacho entrecerró sus verdes ojos y se concentró en la llama. No sabía qué estaba haciendo, pero probó varias cosas e intentó utilizar distintas maneras de pensar. Miró directamente a la llama y después la observó por el rabillo del ojo, e intentó imaginarla moviéndose mientras la empujaba con dedos invisibles hechos de pensamientos. Zekk no supo qué hizo o cómo describirlo..., ¡pero de repente la llama tembló!
Muy bien —dijo Brakiss—. Ahora vuelve a intentarlo.
Zekk se concentró y volvió a avanzar por el sendero mental que había seguido antes, y descubrió que esta vez le costaba menos esfuerzo ir por él. La llama tembló y después se inclinó hacia un lado, y de repente se bamboleó y se estiró bruscamente para alargarse en la dirección opuesta.
¡Puedo hacerlo!
Brakiss se inclinó hacia adelante y volvió a unir las dos mitades de la bengala, extinguiendo la llama. Zekk sintió una aguda punzada de desilusión.
¡Espera! Deja que lo intente una vez más.
No —dijo Brakiss, con una sonrisa no exenta de amable bondad—. No hay que tratar de ir demasiado lejos en el primer momento. Ven al hangar conmigo. He de enseñarte otra cosa.
Zekk se lamió los labios, sintiéndose vaga e inexplicablemente hambriento, y siguió a Brakiss, intentando reprimir su impaciencia por volver a probar suerte con la llama. Su apetito había sido despertado y había crecido de repente..., y una parte de su ser sospechó que eso era exactamente lo que había pretendido conseguir el líder de la Academia de la Sombra.
Qorl y un regimiento de soldados de las tropas de asalto estaban trabajando dentro del hangar, ocupados en la descarga del valioso cargamento que habían robado del crucero rebelde inflexible. Brakiss entró precediendo a Zekk, quien contempló todas las naves estacionadas en la Academia de la Sombra.
Ojalá pudiera enseñarte nuestra mejor nave ligera, la Cazadora de Sombras —dijo Brakiss con expresión apenada—, pero Luke Skywalker se la llevó cuando entró por la fuerza aquí para rescatar a Jacen, Jaina y Bajocca, que estaban siendo adiestrados por nosotros.
Zekk frunció el ceño, pero se abstuvo de decirle a Brakiss que les estaba bien empleado, dado que la Academia de la Sombra había secuestrado a los tres jóvenes Caballeros Jedi para sus propios fines. El muchacho desvió la mirada.
Tamith Kai permanecía inmóvil en la sala de control desde la que se dominaba el cavernoso hangar de atraque, observando las actividades a través de sus ojos violeta entornados y con el rostro envuelto por el negro halo de su cabellera, En pie junto a ella había dos sombríos aliados de Dathomir, Garowyn y Vilas. Zekk se encogió sobre sí mismo y las comisuras de sus labios se curvaron hacia abajo en una mueca de ira mientras contemplaba a aquellos dos jóvenes que le habían dejado sin sentido y se lo habían llevado de la Ciudad imperial.
No hagas ningún caso de ellos—dijo Brakiss, moviendo una mano en un gesto despectivo—. Están celosos por toda la atención que te dedico.
Zekk sintió una satisfacción tan repentina como intensa y se preguntó si el comentario era sincero, o meramente algo que Brakiss había dicho para hacer que se sintiera especial.
Un soldado se detuvo delante de ellos y saludó marcialmente.
Tengo un nuevo informe para usted, señor —le dijo a Brakiss—. Ya casi hemos terminado las reparaciones en la torre superior del hangar de atraque. Deberíamos tenerla totalmente reparada dentro de dos días.
Excelente —dijo Brakiss, pareciendo aliviado—. ¡Sigo encontrando difícil creer que una lanzadera de aprovisionamiento rebelde pudiera ser tan lamentablemente torpe como para estrellarse contra la Academia de la Sombra camuflada! —añadió mientras miraba a Zekk—. ¡Esos rebeldes causan daños incluso cuando no lo intentan!
Qorl sacó uno de los pequeños núcleos de armamento de una caja. Los agujeros ennegrecidos y medio fundidos que había alrededor del panel de control hicieron que Zekk supusiera que los soldados de las tropas de asalto habían utilizado desintegradores para destrozar los cibercerrojos. El núcleo hiperimpulsor era largo y cilíndrico, con destellos naranjas y amarillos palpitando a través de tubos traslúcidos allí donde el gas tibanna condensado y sellado mediante un proceso de giro había sido introducido en él para que alimentara los impulsores.
Son unos modelos nuevos realmente magníficos. Lord Brakiss —dijo el antiguo piloto de cazas TIE—. Podemos utilizarlos para que proporcionen energía a nuestros sistemas de armamento, o podemos reconvertir más cazas en navios de ataque capaces de alcanzar velocidades lumínicas, como el caza TIE que yo pilotaba.
Brakiss asintió.
Esa decisión le corresponde tomarla a nuestro líder, pero se sentirá enormemente complacido cuando vea este nuevo incremento en nuestra capacidad militar. Ah, tened mucho cuidado con esos componentes —añadió secamente—. Aseguraos de que ni uno solo sufra daños. No podemos permitirnos desperdiciar recursos en la gran empresa de conseguir que el Segundo Imperio recupere el poder al que tiene legítimo derecho.
Qorl asintió.
¿Ves, Zekk? —murmuró Brakiss enarcando sus pálidas cejas—. Somos el bando más débil en esta contienda. Aunque nuestro movimiento es pequeño y lo tiene casi todo en contra, sabemos que la razón está de nuestra parte. Nos vemos obligados a luchar por lo que es nuestro contra una Nueva República torpe y estúpida que no ceja en sus intentos de reescribir la historia e imponernos sus caóticos criterios.
«Creernos que eso sólo puede conducir a la anarquía galáctica, con todo el mundo guiándose por sus caprichos y deseos, invadiendo los territorios de los demás y alterando la vida de las personas sin respetar el gobierno del orden y sin pensar en él.
Zekk apoyó las manos sobre sus caderas recubiertas de cuero.
De acuerdo, pero ¿qué hay de la libertad? Me gusta ser capaz de hacer lo que quiero hacer.
En el Segundo Imperio creemos en la libertad... Sí, de veras —dijo Brakiss con gran sinceridad—. Pero se acaba llegando a un punto en el que un exceso de libertad causa daños. Las razas de la galaxia necesitan un mapa de carreteras, un marco de orden y control para que puedan dedicarse a sus respectivos asuntos sin destruir los sueños de los demás mientras intentan convertir en realidad los suyos.
Tú eres independiente, Zekk. Sabes lo que estás haciendo. Pero piensa en todas esas personas carentes de objetivo y de guías que se han visto arrojadas de un lado a otro por los cambios producidos en la galaxia, los seres que no tienen ningún sitio adonde ir, que carecen de metas y de sueños que perseguir..., y que no tienen a nadie que les diga qué es lo que han de hacer. Tú puedes ayudar a cambiar todo eso.
Zekk quería refutar las palabras de Brakiss y dejar claro que no pensaba lo mismo que él, pero no se le ocurrió nada que decir. El muchacho apretó los labios. Aunque no se le ocurriera ningún argumento sólido que oponer a lo que estaba diciendo Brakiss, se negaba a mostrarse abiertamente de acuerdo con él.
No es necesario que me des tu respuesta por el momento —dijo Brakiss en un tono lleno de paciencia, y después sacó la bengala de un bolsillo de su túnica—. Tómate todo el tiempo que necesites para pensar en lo que le he dicho. Bien, y ahora te acompañaré de vuelta a tu habitación...
Le entregó la bengala a Zekk, quien se apresuró a cogería.
Dedica algún tiempo a jugar con esto si te apetece. —Brakiss sonrió—. Ya volveremos a hablar más tarde.
15

Jaina extendió las manos delante de ella en un gesto de confusión mientras el viejo Peckhum empezaba a describir algunos de los lugares a los que Zekk podía haber ido. Podían pasar meses recorriendo el submundo de Coruscant, inclusive años, y aun así no encontrar jamás al muchacho de los cabellos oscuros..., especialmente si Zekk no quería ser encontrado.
Espera un momento —le interrumpió—. ¿No vas a estar con nosotros durante la búsqueda?
Peckhum meneó la cabeza.
Hay un nuevo programa de emergencia, gracias a ese ataque imperial contra el Inflexible. He de volver a la estación espejo mañana mismo. El problema es que no estoy muy seguro de cómo mantener en funcionamiento los sistemas sin llevar a cabo reparaciones masivas. Ahora incluso mis unidades de comunicación han dejado de funcionar. Si el Centro de Coruscant transmite una alerta roja, no sé de qué les voy a servir... Ojalá dispusiera de esa unidad centralizadora de funciones múltiples que me prometió Zekk.
Jaina se sintió invadida por una oleada de indignación a la que acompañaba un fuerte deseo de defender al joven.
Ya sabes que Zekk te la habría traído si hubiese podido hacerlo.
Peckhum le devolvió la mirada con una mezcla de sorpresa y diversión.
No voy a discutir eso —replicó—, pero no puedo mantener mi estación espejo en activo a menos que se hagan algunas reparaciones..., y lo más pronto posible.
Bajie habló a través de Teemedós mientras los otros tres compañeros esperaban en silencio, nerviosamente sentados en la sala de estar de los aposentos de Han y Leia.
Oh, desde luego —dijo el androide traductor miniaturizado—. Es una idea excelente. —La estridente vocecita metálica de Teemedós hizo que los otros jóvenes Caballeros Jedi se irguieran en sus asientos y miraran a Bajie—. Vaya, pero si ni siquiera parece muy peligroso...
¿Qué es lo que no parece muy peligroso? —preguntó Jacen.
El amo Bajocca sugiere que quizá él y usted, ama Jaina, junto con su tío Chewbacca, si podemos convencerle, podrían acompañar al amo Peckhum hasta su estación espejo para averiguar si podemos llevar a cabo algunas reparaciones temporales.
Es una oferta muy amable —dijo Peckhum—, pero no sé qué podrías hacer sin una unidad centralizadora de funciones múltiples nueva.
Jacen soltó un bufido.
No me acuerdo de cuándo fue la última vez que Jaina no consiguió dar con alguna clase de solución. Probablemente podría reparar todo ese sitio sin usar nada más que su imaginación.
Gracias por el voto de confianza —le gruñó Jaina a su hermano. Después, sabiendo lo que habría hecho Zekk, dejó escapar un suspiro de resignación y sonrió a Peckhum—. Tiene razón, ¿sabes? Estoy segura de que podemos reparar los suficientes subsistemas para que puedas aguantar hasta que encontremos a Zekk. Bueno, ¿a qué estamos esperando?
Pero ¿por qué ibas a querer hacer eso? —preguntó Peckhum.
Necesitas la ayuda, ¿no? —preguntó Jaina, sintiéndose bastante confusa durante unos momentos. No quería admitir que Zekk era la verdadera razón por la que estaba haciendo aquello—. Además —se apresuró a añadir—, hemos estado teniendo algunos problemas para seguir las rutas de los restos espaciales en ciertas zonas. Quizá tengamos una perspectiva mejor estando en órbita. Mientras tanto Jacen, Tenel Ka, Anakin y Cetrespeó pueden seguir buscando a Zekk aquí abajo en los sitios que sugieres.
De acuerdo —dijo Peckhum—. Me has convencido, pero ¿qué opinarán tus padres?
Bajie gruñó un comentario.
El amo Bajocca confía en que podrá usar sus poderes de persuasión para convencer a su tío Chewbacca a fin de que nos acompañe hasta la órbita —dijo Teemedós.
Un brillo de confiado entusiasmo iluminó los ojos de Jaina.
Si puedes conseguirlo, Bajie, luego bastará con que dejes que yo me ocupe de mis padres.
Jacen entrecerró los ojos, desplegó una sonda de la Fuerza y escuchó en silencio para percibir cualquier señal de Zekk que pudiera haber en el edificio abandonado. Pero sólo oyó el sordo eco de sus pasos mientras él y Tenel Ka avanzaban por el pasillo sumido en la penumbra.
Eh, Anakin —dijo, conectando su comunicador—. Soy Jacen.
Adelante —respondió su hermano menor, transmitiendo desde otro edificio.
Vamos hacia la sección siete del mapa. De momento no hay nada que informar.
De acuerdo —dijo Anakin.
Un instante después Jacen oyó la voz de Cetrespeó. El androide estaba un poco lejos del comunicador, pero su abatimiento era claramente perceptible.
Espero que consigamos encontrar pronto al amo Zekk. Les aseguro que me gustaría mucho más estar en casa que inspeccionando estos... lugares tan desagradables y de pésima reputación.
Yo también espero que le encontremos pronto —dijo Jacen.
Después cortó la comunicación y siguió a Tenel Ka por el pasillo vacío hasta el nivel número setenta y nueve de aquel viejo edificio medio en ruinas.
El suelo estaba lleno de viejos cartones de embalaje, recipientes vacíos, fragmentos de plastiacero y otros restos demasiado destrozados para poder ser recuperados. También había unas cuantas hojas secas, aunque Jacen no tenía ni idea de cómo se las habían arreglado las hojas secas para entrar en aquel edificio, que se encontraba a casi un kilómetro por debajo de los niveles de invernaderos superiores.
Una delgada y gélida brisa entró silbando a través de una grieta del muro, e hizo bailotear por el suelo las hojas secas. La brisa no eliminó ninguno de los olores de moho y podredumbre que flotaban en el aire y envolvían el viejo edificio, pero esparció un escalofrío de aprensión por la columna vertebral de Jacen. El muchacho permitió que sus ojos volvieran a entrecerrarse y se concentró mientras continuaba avanzando lentamente.
De repente algo suave y cálido le rozó el brazo. Jacen abrió los ojos al instante. La mano de Tenel Ka se había posado sobre la manga de su mono.
Pensé que podías tropezar—dijo la joven guerrera, señalando el montoncito de cascotes que había delante de ellos, donde una parte del techo había cedido.
En aquellos viejos edificios nada era reparado a menos que alguien planeara utilizar el espacio, y los suelos y techos no eran ninguna excepción a esa regla. Si Tenel Ka no le hubiera detenido, Jacen se habría caído de bruces.
Gracias —dijo con una sonrisa torcida—. Es agradable saber que te importo tanto.
Tenel Ka parpadeó. La joven permaneció inmóvil junto a él, sin reaccionar a su insinuación... o tal vez sin darse cuenta de ella.
Es más sencillo evitar un accidente que tener que transportar a un compañero lesionado.
Esa no era la respuesta que Jacen había estado esperando.
Bueno... ¡Eh, pues me alegra mucho que tus músculos no tengan que enfrentarse a esa terrible prueba! —exclamó, dando una patada a los restos de aspecto rocoso con la puntera de una bota y esparciendo una nube de polvo por el aire.
No tendría nada de terrible. —Tenel Ka tosió, pero su voz siguió siendo impasible y hosca—. Podría llevarte en vilo sin ninguna dificultad en el caso de que fuera necesario.
La joven rodeó el montón de cascotes.
Pero no vi ninguna necesidad de hacerlo.
Jacen la siguió, preguntándose por qué siempre se las arreglaba para quedar como un idiota delante de la tranquilamente competente Tenel Ka. El muchacho torció el gesto. Si por lo menos se hubiera torcido un tobillo, tal vez habría tenido el placer compensador de sentir el brazo de Tenel Ka a su alrededor para ayudarle a seguir...
Jacen expulsó de su cerebro aquella sorprendente imagen mental, comprendiendo que Tenel Ka probablemente se quedaría perpleja si supiera qué curso estaban empezando a seguir sus pensamientos. Además, lo único en que debería estar pensando en aquellos momentos era en encontrar a Zekk.
Utilizaban un mapa introducido en su cuaderno de datos e intentaban llevar a cabo la búsqueda de una forma lo más metódica posible, concentrándose en los edificios donde el viejo Peckhum les había dicho que Zekk acudía más frecuentemente para conseguir equipo recuperable. Iban de un extremo del edificio al otro, y los dos desplegaban sus sentidos Jedi intentando encontrar a su amigo, buscando cualquier señal de que hubiera estado allí.
En cuanto se convencían de que Zekk no estaba por allí, Jacen y Tenel Ka iban hasta la escalera, un turboascensor o un tubo de deslizamiento para bajar unos cuantos pisos, y después iniciaban la búsqueda en el siguiente nivel. Si seguían sin encontrar ningún rastro de Zekk, pasaban al objetivo siguiente utilizando las pasarelas aéreas que salvaban los abismos entre los edificios. Muchas de aquellas pasarelas no habían sido reparadas desde hacía centenares de años, y crujían mientras los dos jóvenes Jedi avanzaban por ellas.
Anakin y Cetrespeó estaban haciendo lo mismo en otros edificios. El hermano pequeño de Jacen estaba encantado ante aquella ocasión de interrumpir el programa de clases diario del androide dorado.
Jacen se fue sintiendo cada vez más cansado a medida que iba avanzando el día. Cuanto más tiempo pasaban en aquellas tenebrosas profundidades, más incómodo se iba sintiendo. Una sensación de nerviosa urgencia hurgaba en lo más hondo de su mente, irritándola como el pinchazo de una aguja. Zekk llevaba varios días desaparecido, y tenían que encontrarle... y pronto. El muchacho de cabellos oscuros no tardaría mucho en estar irremisiblemente perdido. Jacen no estaba realmente seguro del porqué, pero sabía que así era.
Registraron docenas de edificios y recorrieron otras tantas pasarelas, pero no encontraron ninguna pista. Pero cuanto más bajaban, más señales de vida iban encontrando..., y no era una vida demasiado recomendable.
Criaturas entrevistas pasaban corriendo junto a ellos para esconderse en cualquier rincón disponible. Cuando los pasillos eran demasiado angostos para que pudiesen caminar el uno al lado del otro, los dos jóvenes Caballeros Jedi se turnaban para abrir la marcha. Jacen contemplaba a Tenel Ka bajo la claridad de su varilla luminosa mientras la joven avanzaba por otro pozo de escalera lleno de restos que descendía hacia la oscuridad negra como la tinta. Sus trenzas dorado rojizas oscilaban levemente de un lado a otro mientras Tenel Ka bajaba sin hacer ningún ruido.
En un momento dado Tenel Ka vaciló, y después recuperó el equilibrio y prosiguió su fluido avance.
Un escalón roto —dijo, volviéndose para señalar el obstáculo—. Ten cuidado.
Y de repente una negra silueta aleteante se alzó por detrás de Tenel Ka con un chillido estridente. La joven giró instintivamente sobre sus talones y le lanzó un golpe, dejando caer su varilla luminosa en el proceso..., pero cuanto más golpeaba Tenel Ka a la criatura, más frenéticamente chillaba y se agitaba ésta alrededor de su cabeza.
Jacen reaccionó tan pronto como entendió lo que estaba ocurriendo.
¡No te muevas! —gritó, avanzando hacia la criatura que no paraba de chillar y que había logrado enredarse en las largas trenzas de Tenel Ka—. Probablemente tiene miedo de la luz.
Tenel Ka se quedó inmóvil al instante, aunque Jacen sabía que esa reacción debía de ir en contra de todos sus instintos. Los pensamientos del muchacho volaron hacia la criatura que temblaba y se agitaba, enviándole mensajes tranquilizadores. El roedor alado se fue calmando gradualmente, y acabó permitiendo que Jacen lo tocara. El muchacho fue separando suavemente sus garras de los cabellos de Tenel Ka, evitando hacer cualquier movímiento brusco que pudiera sobresaltarlo. Después lo colocó en el suelo de la escalera detrás de él, sin dejar de dirigir sonidos tranquilizadores a la nerviosa bestia, y fue retrocediendo poco a poco.
Jacen recogió la varilla luminosa que había caído al suelo y se la devolvió a Tenel Ka.
Eh, ¿estás bien?
Tenel Ka se limitó a asentir con una breve inclinación de cabeza, y Jacen sospechó que se sentía un poco avergonzada por no haber sido capaz de manejar a un pequeño roedor alado sin su ayuda.
Reanudaron su búsqueda, y Jacen intentó distraerla para que se olvidara del incidente.
Bueno, ¿sabes por qué el bantha cruzó el Mar de las Dunas? —preguntó.
No —dijo Tenel Ka.
¡Para llegar al otro lado!
Jacen se echó a reír.
Ah —dijo Tenel Ka, sin ni siquiera detenerse para mirarle—. Claro.
El muchacho había esperado que se mostrara un poco intimidada después del encuentro con el roedor alado, pero Tenel Ka siguió avanzando a su paso habitual. Jacen empezó a preguntarse si había algo capaz de atravesar su gélida confianza en sí misma. Aunque una parte de su ser admiraba su coraje y su resistencia, otra parte deseaba que Tenel Ka se hubiera mostrado más impresionada ante su caballeroso rescate.
Cuando llegaron a la siguiente pasarela, le tocó el turno de ir delante a Jacen. La precaria estructura estaba medio obstruida por los restos de plastiacero y rocas habituales, y crujió cuando Jacen puso los pies en ella y empezó a avanzar muy por encima del suelo.
Ten cuidado —dijo Tenel Ka desde detrás de él.
La advertencia era totalmente innecesaria en lo que concernía a Jacen.
Creo que nos estamos acercando a esa vieja lanzadera estrellada —dijo Jacen, eligiendo ignorar su observación—. Estoy casi seguro de que se encuentra al otro lado de...
La pasarela se estremeció debajo de él, y Jacen sintió que el corazón le daba un vuelco cuando los soportes metálicos se desprendieron con un estridente chirrido. El joven Caballero Jedi se agarró a la barandilla oxidada.
¡No te muevas! —gritó Tenel Ka..., pero ya era demasiado tarde.
La pasarela se fue inclinando hacia adelante con un restallar de pernos que se soltaban y un crujir de plastiacero desgarrado, y acabó partiéndose por la mitad. Como en una grabación a cámara lenta, Jacen vio caer al vacío grandes fragmentos mientras el suelo del puente se inclinaba en un ángulo imposible debajo de sus pies.
Un silbido resonó en sus oídos, y fue seguido por un suave cliink. Jacen se sintió resbalar hacia aquel agujero letal y se agarró a la barandilla, pero el metal corroído se rompió entre sus dedos. Pidió ayuda a gritos, alargando los brazos hacia atrás en busca de algo a lo que agarrarse..., y de repente sintió cómo un fuerte brazo le rodeaba la cintura y un instante después se encontró bruscamente arrastrado hacia atrás. Tenel Ka había reaccionado casi antes de comprender lo que estaba ocurriendo y había hecho que los dos cruzaran el abismo balanceándose al extremo de su fibrocable, depositándolos encima de una pasarela metálica todavía bastante sólida del otro lado.
El resto del puente cedió detrás de ellos con un chirriante gemido de protesta y se precipitó al vacío en un ominoso y fantasmagórico silencio, cayendo por la profunda negrura que se extendía bajo él.
Jacen no se dio cuenta de que se habían estado aferrando desesperadamente el uno al otro hasta que Tenel Ka le soltó. Después de la terrible experiencia por la que acababan de pasar, la pasarela metálica a la que Tenel Ka había enganchado su fibrocable no le pareció excesivamente segura. Aun así, los dos jóvenes Caballeros Jedi permanecieron inmóviles y en silencio durante un momento más, mirando fijamente el abismo sin fondo que se desplegaba entre los dos edificios.
Supongo que formamos un buen equipo... Siempre nos estamos rescatando el uno al otro —dijo Jacen por fin—. Gracias.
Después giró sobre sus talones sin aguardar respuesta y bajó unos cuantos peldaños que llevaban hasta la entrada de un edificio. Una vez dentro se sentó sobre el suelo con un suspiro de alivio, disfrutando de su comparativa solidez.
Tenel Ka se dejó caer junto a él. La joven de Dathomir temblaba, y la débil claridad revelaba que su rostro estaba muy serio y lleno de preocupación.
Temía perder a un amigo.
«Casi lo perdiste», pensó Jacen con abatimiento..., pero no se lo dijo.
Eh, no creas que resulta tan fácil librarse de mí.
Tenel Ka no sonrió, pero su expresión enseguida se volvió menos sombría.
Es un hecho comprobado —dijo.
Llegaron a la lanzadera estrellada menos de diez minutos después de haber reanudado su búsqueda, y cuando la vieron los dos hablaron a la vez.
Zekk ha estado aquí—dijo Jacen.
Algo anda mal —dijo Tenel Ka.
Cuando la oyó, Jacen se dio cuenta de que realmente había algo extraño allí. Tenel Ka percibió su titubeo, y dio un paso hacia la lanzadera.
Ahora me toca a mí ir delante —dijo—. Si lo prefieres, puedes esperar aquí.
Ni lo sueñes —replicó Jacen—. Después de todo, he de estar cerca de ti..., por si acaso necesitas que vuelva a rescatarte.
Ah —dijo Tenel Ka, subiendo una ceja en un enarcamiento lleno de escepticismo—. Claro. —Entró en la lanzadera, y Jacen la oyó hablar desde el interior—. Todo va bien. No hay nadie.
Jacen la siguió y vio que aunque la lanzadera estaba desierta, resultaba obvio que alguien había estado allí recientemente y que se había llevado el equipo aprovechable. Manojos de cables y alambres serpenteaban por encima de las planchas cubiertas de polvo. Había remaches desatornillados y sujeciones rotas esparcidas por todas partes. Varios paneles de acceso estaban abiertos y mostraban los espacios vacíos que un día habían contenido el equipo vital de la nave.
Parece como si Zekk hubiera estado aquí después de todo —dijo Jacen—. Eso es una buena señal.
Quizá —dijo Tenel Ka, levantando un dedo para reseguir los contornos de aquel símbolo aterradoramente familiar que había sido trazado con unos cuantos golpes de un objeto afilado sobre uno de los paneles de acceso—. O quizá no.
Jacen contempló los arañazos recientes que formaban un triángulo rodeado por una cruz: el amenazador símbolo de la banda de los Perdidos. El muchacho tragó saliva.
Bueno, supongo que ya sabemos cuál es el próximo sitio en el que hemos de buscar —dijo.
16

Todavía muy preocupado por Zekk, el viejo Peckhum fue sacando su maltrecho navío de aprovisionamiento, el Vara del Rayo del hangar en el que había estado atracado. La Nueva República le habría proporcionado transporte si lo hubiese solicitado, pero a Peckhum le gustaba pilotar su nave, aunque ésta siempre hubiera sido todavía menos fiable que el Halcón Milenario incluso en sus mejores días y nunca hubiera sido diseñada para transportar tantos pasajeros.
Bajie estaba encogido al lado de Jaina en el compartimento de atrás, con sus piernas cubiertas de pelaje color canela incómodamente atrapadas y rígidas mientras maniobraba su largo y desgarbado cuerpo de wookie para instalarlo en un asiento construido para alguien de casi la mitad de su tamaño. Bajie deseó tener el saltacielos T-23 que su tío Chewbacca le había regalado el día en que inició su adiestramiento en la Academia Jedi, pero la pequeña nave seguía en Yavin 4.
Peckhum había sacado herramientas y cajas llenas de trastos de la cabina del Vara del Rayo —normalmente viajaba solo—, para que Chewbacca pudiera ocupar el asiento del copiloto. Chewbacca había traído consigo su instrumental, un viejo y baqueteado conjunto de llaves hidráulicas, aparatos de diagnóstico y artefactos varios que utilizaba cuando trabajaba con Han Solo para mantener el Halcón en vuelo..., a duras penas.
Cuando el Vara del Rayo recibió su permiso de despegue del Control de Tráfico Espacial de Coruscant, Peckhum salió disparado hacia arriba a través de las nubes que parecían capas de neblina y guió su nave en una trayectoria de gran aceleración hasta que la atmósfera resplandeciente se desvaneció en la noche del espacio. Bajie se dedicó a mirar, inclinando los hombros para poder ver por la mirilla delantera mientras Peckhum maniobraba la nave hasta colocarla en una órbita alta y estable. Los gigantescos espejos solares permanecían inmóviles en sus posiciones prefijadas, como un lago de plata que dispersara una enorme manta de luz solar sobre las zonas norte y sur del mundo cubierto por la gran metrópolis.
La estación espejo estaba temporalmente vacía debido al cambio de funciones que la situación de emergencia había impuesto a sus cuidadores, pero los espejos solares eran tan importantes que no podían permanecer desatendidos. El nombre de Peckhum era el siguiente de la lista, y tenía que presentarse para cumplir con su deber tanto si Zekk se había escapado de casa como si no.
Peckhum guió el Vara del Rayo en una maniobra de atraque hasta dejarlo pegado a la vieja y corroída estación, que parecía un puntito minúsculo suspendido delante del reflector de kilómetros de anchura. Chewbacca y Bajie intercambiaron balidos y gruñidos en lenguaje wookie, expresando su admiración ante el enorme espejo orbital.
La delgada lámina plateada era como un océano de reflexión, aunque sólo tenía una fracción de milímetro de grosor. Si se hubiera aproximado a la atmósfera de Coruscant habría quedado hecha pedazos, pero en la calma e inmovilidad del espacio el espejo era lo suficientemente grueso. Los ingenieros espaciales lo habían conectado a la estación de guía suspendida en el vacío mediante docenas de fíbrocables, que a su vez estaban unidos a cohetes de control angular capaces de dirigir la trayectoria de la luz solar reflejada hacia las latitudes más frías.
Cuando el Vara del Rayo hubo quedado inmóvil en el muelle de atraque, Peckhum abrió la escotilla de acceso, que todavía mostraba las señales y códigos de la Antigua República, y todos se deslizaron por ella para entrar en la austera estación donde pasarían los siguientes días.
Bueno... Qué lugar tan cómodo y acogedor, ¿verdad? —preguntó Jaina.
Según la programación de mi diccionario, yo diría que «minúsculo» y «falto de espacio vital» son términos mucho más apropiados para definir este entorno —observó Teemedós—. Después de todo, ya sabe que domino con fluidez más de seis formas de comunicación.
El techo de metal era de color oscuro y bastante bajo, y estaba festoneado por tubos refrigerantes envueltos en láminas aislantes y cables que iban hasta los paneles de control. Había un sillón solitario en el centro de una burbuja de observación, rodeado por ventanales que permitían contemplar la superficie resplandeciente del planeta que se extendía por debajo de ella. Varios ordenadores de aspecto bastante anticuados se fueron iluminando despacio y como de mala gana, parpadeando y esperando a que Peckhum despertara rutinas de control e iniciara la tediosa comprobación de la trayectoria solar.
Bajocca fue hacia la cúpula de observación, sintiéndose atraído por el espectacular panorama del espacio y el planeta. Se agarró a una fría cañería metálica que brotaba de la curvatura de la pared y se inclinó para contemplar la enorme bola de Coruscant. Capas de nubes altas dejaban medio escondido el lado diurno del planeta, mientras que el hemisferio sumido en la oscuridad brillaba con millones y millones de luces de la ciudad que centelleaban en la noche como joyas multicolores.
Bajie ya había visto planetas desde el espacio con anterioridad, pero nunca se había dado cuenta de lo íntimo que resultaba aquel entorno. Allí, a una gran altura por encima del mundo, se sintió parte del universo y separado de él, un fragmento del cosmos y un observador al mismo tiempo. Tener semejante perspectiva resultaba muy extraño, y hacía que la galaxia pareciese pequeña e inmensamente grande a la vez.
No te quedes mirando, Bajie —le apremió Jaina—. Tenemos trabajo que hacer. Nuestra primera prioridad debería ser dejar en condiciones esos sistemas de comunicaciones que han dejado de funcionar.
Chewbacca indicó que estaba de acuerdo con un rugido, y asestó una potente palmada en el peludo hombro de su sobrino. Peckhum parecía estar haciendo un gran esfuerzo para mantener concentrada su atención en la rutina de a bordo, en vez de permitir que sus pensamientos volvieran a centrarse en Zekk.
Os agradezco mucho todo lo que estáis haciendo —dijo.
Nos encanta poder ayudar —respondió Jaina mientras se arrodillaba delante de unos cuantos paneles de control para empezar a hurgar en su interior—. Tú eres muy bueno con los ordenadores, Bajie. Échame una mano.
Oh, por supuesto que sí —dijo Teemedós—. El amo Bajocca posee un talento realmente notable en todo lo que hace referencia a los sistemas electrónicos. —Bajie gruñó una respuesta, y el androide traductor miniaturizado replicó a! instante—. Por supuesto que ya lo saben. Sencillamente se lo estaba recordando.
¿Podríais empezar trabajando en el sistema de comunicaciones? Cada vez que intento transmitir, sólo consigo obtener estática —dijo Peckhum, que se había quedado detrás de ellos e iba indicando problemas.
Un fruncimiento de concentración arrugó la frente de Jaina.
Parece como si la transmisión de energía siguiera funcionando, pero tengo la impresión de que los codificadores de síntesis vocal no están haciendo su trabajo.
Con todo el mundo de pie por allí no había el espacio suficiente para que Chewbacca pudiera moverse, por lo que el mayor de los dos wookies se quedó detrás y esperó en silencio. Bajie sospechó que a su tío le divertía observar a sus dos jóvenes protegidos trabajando con tanto ahínco. Quizá le recordaba la forma en que él y Han habían trabajado juntos, reparando los equipos una y otra vez.
Bueno —dijo Jaina, rascándose la mejilla y dejando en ella una mancha de grasa de los paneles de control medio corroídos—, creo que los sistemas de comunicación estarán funcionando a última hora del día de hoy. —Dirigió una sonrisa radiante a Peckhum, y Bajie añadió un gruñido para indicar que estaba de acuerdo con ella—. Sólo será un remedio provisional, desde luego, pero funcionarán.
Peckhum se encogió de hombros.
-Siempre será mejor que lo que tengo ahora, pero sigo deseando que tuviéramos esa unidad centralizadora de funciones múltiples —comentó poniendo cara de abatimiento-. Casi tanto como deseo que supiéramos qué ha sido de Zekk...
Estoy segura de que se encuentra bien —dijo Jaina, pero Bajie sabía que no tenía ninguna certeza de ello.
Mientras Jaina seguía trabajando, Chewbacca fue a otra parte de la estación y rugió una sugerencia. Bajie se mostró inmediatamente de acuerdo. Ya iba siendo hora de comer, por lo que poner en marcha las unidades procesadoras de alimentos de la estación parecía una idea realmente excelente. Bajie tenía bastante apetito, y se le hizo la boca agua en cuanto empezó a pensar en los excelentes platos que podrían crear incluso partiendo de las nada generosas raciones que había a bordo.
Teemedós emitió un chasquido despectivo.
¡Vamos, amo Bajocca, esto es realmente excesivo! Ya empezamos otra vez: siempre está pensando con su estómago.
Chewbacca rugió un desafío lleno de irritación, y la voz de Teemedós enseguida se volvió más débil y menos enfática.
Oh, los wookies sois todos iguales —murmuró el androide traductor miniaturizado con suave exasperación.
17

Jacen se había distraído tantas veces durante su busca del huevo de halcón-murciélago con Zekk que nunca habría sido capaz de seguir de nuevo el camino que había andado a través del laberinto de los niveles inferiores de Coruscant. Pero Tenel Ka le guiaba con un infalible sentido de la orientación..., lo cual no sorprendió en lo más mínimo a Jacen.
Los edificios se iban pegando más los unos a los otros y se volvían cada vez más ruinosos y ominosos. Las paredes eran de colores oscuros, y estaban salpicadas de feos manchones opacos que parecían manchas de sangre que tuvieran siglos de antigüedad. Jacen veía el omnipresente símbolo de la cruz-dentro-del-triángulo de la banda marcado en ladrillos de duracreto o dibujado con chillones pigmentos indelebles.
Ah. Aja. Hemos encontrado el territorio reclamado por la banda de los Perdidos —dijo Tenel Ka, con los sentidos tan agudizados como el filo del cuchillo de un cazador. Jacen tragó saliva.
Espero que encontremos pronto a Zekk. No me gustaría nada estar por los alrededores si esa banda vuelve a estar de mal humor.
Sospecho que siempre están de mal humor —observó Tenel Ka—. Puede que sigan irritados con nosotros por haber escapado de ellos antes.
Bueno, tal vez tienen a Zekk. Debemos rescatarle. Ese Norys parece un tipo muy poco recomendable.
Algo correteó a lo largo de la pared detrás de ellos, una repugnante araña-cucaracha que se apresuró a buscar refugio en un montón de musgo viscoso. En cualquier otro momento Jacen habría echado a correr detrás de la criatura para estudiarla, pero en aquel instante sólo quería estar sano y salvo en su habitación.
Tenel Ka avanzó por el angosto pasillo, una silueta valerosa y fuerte que caminaba con paso firme y seguro de sí mismo. Durante un momento Jacen deseó tener su propia espada de luz, como la que había utilizado en la Academia de la Sombra. Sabía que las armas Jedi eran peligrosas y que no habían sido hechas para jugar, pero en aquel instante no quería jugar con una: deseaba tenerla por un auténtico anhelo de estar protegido.
Jacen tragó saliva con una nerviosa sacudida de la garganta y se acercó un poco más a la joven guerrera, manteniendo los ojos clavados en las trenzas dorado rojizas que colgaban sobre su espalda. Tal vez el humor apartaría sus pensamientos de la siniestra banda.
¡Eh, Tenel Ka! ¿Sabes en qué se diferencian un AT-AT y un soldado de las tropas de asalto que va a pie?
Tenel Ka se volvió y le observo como si no estuviera muy segura de adonde quería ir a parar. —Por supuesto que sí.
Jacen suspiró.
Es un chiste, Tenel Ka... ¿En qué se diferencian un AT-AT y un soldado de las tropas de asalto que va a pie?
-Se supone que he de decir que no lo sé. Es la respuesta correcta, ¿verdad?
Sí, exactamente —dijo Jacen.
No lo sé.
¡En que uno es un caminante imperial, y el otro es un imperial que camina!
Tenel Ka asintió solemnemente.
Sí. Muy humorístico... Bien, y ahora sigamos con nuestra búsqueda. —La joven entrecerró sus impasibles ojos grises mientras se aproximaban a una esquina—. Zekk es tu amigo. Tú le conoces mejor. Vuelve a desplegar tus poderes Jedi para averiguar si puedes percibir su presencia. Estos corredores tienen muchas curvas y desvíos.
Jacen asintió. No creía que sus poderes fuesen lo suficientemente fuertes para localizar a una persona determinada, pero lo único que necesitaba era un hilillo de pensamientos, una impresión, una corazonada. De todas maneras hasta el momento él y Tenel Ka habían estado vagando a ciegas, y la más leve pista aumentaría el nivel de sus posibilidades colocándolas por encima de la pura suerte.
Mientras se concentraba y cerraba los ojos, Jacen creyó sentir un cosquilleo, algo que conjuró una impresión del muchacho de cabellos oscuros dentro de su mente. Indicó la dirección antes de que pudiera tener dudas o vacilaciones. El tío Luke siempre les había enseñado a seguir sus instintos Jedi.
Apretó el paso para mantenerse a la altura de Tenel Ka mientras avanzaban por un pasillo y salían de él para meterse por otro. El viejo rascacielos parecía estar totalmente vacío, y se iba volviendo cada vez más opresivo en su silencio a pesar de los niveles habitados que se encontraban muy por encima de ellos, pero Jacen sentía la presencia de ojos invisibles vigilándoles desde escondites secretos. Confiaba lo suficiente en sus sentidos Jedi para suponer que aquella sensación no era sólo fruto de su imaginación.
Creo que nos estamos acercando —dijo Tenel Ka.
Oyeron voces por delante de ellos, y Jacen reconoció el timbre de una voz potente y límpida —la voz de un muchacho—, aunque no pudo distinguir ninguna de las palabras.
¡Parece la voz de Zekk! —murmuró—. Le hemos encontrado.
Jacen se sintió tan lleno de júbilo que olvidó en un instante todos sus pensamientos ominosos, y echó a correr mientras Tenel Ka seguía avanzando sin apresurarse y le aconsejaba cautela.
Ten cuidado —le dijo, pero su compañero no le hizo caso.
Jacen dobló una esquina y entró corriendo en una gran sala llena de ecos y repleta de viejos muebles medio rotos, vigas desprendidas del techo y paneles luminosos conectados a las paredes aquí y allá, como si alguien los hubiera instalado en los lugares donde parecía más fácil obtener energía eléctrica. Las otras puertas de la gran sala estaban cerradas, algunas bloqueadas mediante cajas y otras atascadas en sus goznes.
Jacen vio a un joven inmóvil en el centro de la sala, un muchacho cuyos ojos verde esmeralda brillaban bajo la vacilante claridad de los paneles luminosos esparcidos al azar. Era Zekk. Su cabellera, tan oscura que le faltaba muy poco para ser negra, estaba recogida en su nuca mediante una tira de cuero en vez de colgar libremente sobre sus hombros. Jacen nunca le había visto llevar el pelo de esa manera. Las ropas de su amigo también eran distintas a las habituales: oscuras, limpias, acolchadas... Recordaban a un uniforme, y eran mucho más elegantes que el traje que había llevado durante el banquete diplomático celebrado en honor de la embajadora de Karnak Alfa.
Sentados en sillas o tumbados sobre viejos almohadones había una docena de jóvenes de aspecto duro y salvaje cuyas edades oscilaban entre los doce y los diecinueve años. La mayor parte eran chicos, pero las escasas chicas parecían lo suficientemente fuertes y temibles para hacer pedacitos a Jacen con tanta facilidad como si fuese un androide anticuado al que hubiera que desmontar.
Eran los Perdidos.
¡Eh, Zekk! —exclamó Jacen—. ¿Dónde has estado? ¡Nos tenías muy preocupados a todos!
Interrumpido en mitad de su discurso, el joven de los cabellos oscuros se irguió y se volvió hacia Tenel Ka y Jacen para contemplarles con el ceño fruncido. Sus verdes ojos se iluminaron con un fugaz destello de sorpresa y deleite, pero enseguida ocultó la expresión con una mueca. Zekk parecía haber envejecido una docena de años en los escasos días transcurridos desde su desaparición.
Ahora no tengo tiempo para hablar con vosotros, Jacen —dijo en un tono áspero y seco.
Un muchacho muy corpulento de ojos más juntos de lo normal y gruesas cejas se levantó y les fulminó con la mirada.
No recuerdo haberos invitado —dijo.
Era Norys, el matón.
Zekk se volvió hacia el robusto jefe de la banda e intentó calmarle con un gesto de la mano.
Deja que yo me ocupe de esto. —La ira era claramente visible en su rostro cuando se encaró con Jacen y meneó la cabeza—. ¿Por qué no podíais haberme dejado en paz durante unos días más?
Jacen se rascó su despeinada cabellera, sintiéndose totalmente perplejo. Cuando dio un paso hacia adelante, no sabiendo qué otra cosa podía hacer, Zekk se encogió sobre sí mismo.
Marcharos —murmuró—. ¡Lo echaréis a perder todo!
Los otros Perdidos se pusieron en pie como una jauría de sabuesos nek que acaba de ver su objetivo. Tenel Ka puso una mano sobre el hombro de Jacen en un gesto de protección, por si se daba el caso de que tuvieran que luchar.
Somos nosotros, Zekk —dijo Jacen con voz suplicante—. No vamos a echar a perder nada... Somos tus amigos.
Y entonces una de las puertas de metal corroído del otro extremo de la sala se abrió con un chirrido.
No son tus amigos, joven Zekk —dijo una voz de mujer grave y melodiosa—. Ahora ya lo sabes, ¿verdad? Tal vez afirmen serlo, pero tú has visto evidencias de lo que realmente vales para ellos.
Jacen y Tenel Ka giraron sobre sus talones para ver la ominosa silueta de la Hermana de la Noche envuelta en su negra capa, con sus cabellos color ébano cargados de estática y sus llameantes ojos violeta. Los pinchos que surgían de los hombros de su capa parecían lanzas. Dos siluetas vestidas de manera similar permanecían inmóviles flanqueándola: eran un joven de cabellos oscuros y una mujer bajita y muy robusta, y los dos parecían tan rígidos e imponentes como la Hermana de la Noche.
-Tamith Kai... —la reconoció Jacen—. Veo que sigues tan encantadora como de costumbre.
Y Garowyn, y Vilas —dijo Tenel Ka con una expresión tan asombrosa e inesperada como era una sonrisa salvaje en su rostro normalmente serio e inexpresivo—. Bien, ¿qué tal va tu rodilla? — le preguntó a Tamith Kai.
La presa con que sus dedos estrujaban el hombro de Jacen parecía lo bastante fuerte para resquebrajar un hueso.
El rostro de la mujer de la cabellera negra hirvió en una tempestad de furia. Sus labios color vino se tensaron hacia abajo, y apenas logró controlar la rabia que se adueñó de ella al tener que recordar cómo Tenel Ka la había humillado cuando los jóvenes Caballeros Jedi escaparon de la Academia de la Sombra.
Mocosos Jedi... —gruñó—. Deberíais aprender a no abusar de vuestra suerte.
Y tú ya deberías saber que te conviene mantenerte lo más lejos posible de nosotros después de lo que te ocurrió la primera vez —respondió Jacen en un tono desafíante—. ¿Por qué vas con estos payasos, Zekk? ¿Qué clase de estupideces te han estado contando?
Zekk pareció titubear durante un instante, pero cuando respondió su voz volvió a sonar firme y segura de sí misma.
Nos ofrecen una oportunidad..., a todos nosotros. Es una oportunidad que nunca habíamos tenido antes.
¿Cuál? —preguntó Jacen, sinceramente perplejo—. ¿Qué pueden ofrecerte estos perdedores?
¡Nos llevarán a la Academia de la Sombra para adiestrarnos! —gritó Norys, el corpulento jefe de la banda—. Ahora tendremos una ocasión de llegar a ser poderosos.
Pero no todo el mundo tiene el potencial necesario para convertirse en un Jedi —razonó Jacen, intentando conseguir que Zekk siguiera hablando hasta que él o Tenel Ka pudieran pensar qué debían hacer.
Yo lo poseo. Lo habríais sabido si os hubierais tomado la molestia de someterme a una prueba —replicó Zekk con voz desafiante—. Y quien se una a nosotros y carezca del talento, será reclutado por las fuerzas militares imperiales, y se le darán responsabilidades y una posibilidad de progresar dentro del Segundo Imperio.
Oh, Zekk —dijo Jacen meneando la cabeza—. Todo eso no son más que mentiras inventadas para seducirte, para hacerte bajar la guardia...
¡No son mentiras! —le interrumpió Tamith Kai, y su voz melodiosa encerraba el potencial de volverse letal—. Honraremos nuestras promesas, todos disfrutaréis de oportunidades iguales sin importar cuál fuese vuestra posición social en los mundos rebeldes. El Segundo Imperio no juzgará quienes sois..., sólo lo que podéis hacer por nosotros.
¿Cómo puedes confiar en ellos, Zekk? —exclamó Jacen—. Son las personas que nos secuestraron a mí y a Jaina.
Sí, y hemos aprendido nuestra lección —siguió diciendo Tamith Kai—. Los mocosos de noble cuna como vosotros no sois más dignos de llegar a convertiros en Jedi Oscuros imperiales que cualquier otro estudiante —añadió, y la feroz mirada de sus ojos violeta fulminó a Tenel Ka.
Ésta es tu ocasión, Zekk —se apresuró a susurrar Jacen—. Corres un gran peligro, créeme... Ahora podrías escapar. ¡Aléjate de ellos!
Pero en los ojos de su amigo, que siempre había sido tan alegre y despreocupado, había una extraña emoción a medio camino entre la compasión y una súplica de comprensión. Jacen creyó ver un atisbo de la profunda tristeza que helaba el corazón del joven.
No lo entiendes, Jacen —dijo Zekk—. No puedes entenderlo porque siempre has tenido demasiadas cosas. Nunca has anhelado nada. Estas personas... —y señaló a la malvada Hermana de la Noche y sus acompañantes , me están ofreciendo algo que nunca he tenido en mi antigua vida. Con ellas tengo una oportunidad de ser alguien.
Si son ellas quienes te la ofrecen, no es gran cosa —murmuró Jacen.
Tenel Ka se tensó y se llevó las manos a su cinturón, preparada para coger un arma.
Los miembros de la banda se fueron levantando uno a uno y clavaron la mirada en los dos jóvenes Jedi. El corpulento Norys y los otros Perdidos parecían haber sido hipnotizados, y Jacen se preguntó si Tamith Kai o los demás estaban usando alguna clase de truco de la Fuerza para volverlos más susceptibles a sus insidiosas sugerencias.
Debemos irnos ahora que todavía podemos volver trayendo ayuda, Jacen —susurró Tenel Ka.
Jacen se tensó, y se preparó para girar sobre sus talones y salir corriendo. Conectó el comunicador con la esperanza de poder ponerse en contacto con Anakin y Cetrespeó, pero Vilas desenfundó un desintegrador antes de que él y Tenel Ka pudieran echar a correr hacia la puerta.
No podemos correr el riesgo de que volváis a entrometeros —dijo Garowyn—. Hay demasiado en juego.
Jacen y Tenel Ka consiguieron correr unos cuantos metros antes de que los haces aturdidores disparados desde detrás chocaran con sus espaldas. Los dos jóvenes Caballeros Jedi se precipitaron en el abismo de la inconsciencia, indefensos e impotentes.
18

Brakiss conectó el mecanismo de cierre de la puerta de su despacho privado y cambió el código de acceso para estar totalmente seguro de que nadie le molestaría. No permitiría que nadie —ni siquiera Tamith Kai— pudiera escuchar sus comunicaciones con el Gran Líder Imperial.
Brakiss siempre encontraba inspiración en las paredes de su despacho de la Academia de la Sombra, donde las estrellas que estallaban, los planetas desintegrados y las cascadas de los glaciares le recordaban la existencia de la furia encerrada dentro del universo. Usando el lado oscuro como foco, Brakiss podía tener acceso a toda esa increíble energía y utilizarla en beneficio propio para ayudar a allanar el camino que terminaría en el regreso del imperio.
Disminuyó la intensidad de los paneles luminosos mientras aguardaba el momento del contacto, y echó un vistazo a su cronómetro. Hablar con su ominosamente poderoso líder siempre llenaba de terror y respeto a Brakiss, y se vio obligado a utilizar una técnica de relajación Jedi, aunque resultaba muy difícil tener paciencia en aquellas circunstancias.
El Gran Líder del Segundo Imperio tenía muchas cargas y responsabilidades. Solía iniciar las comunicaciones previamente acordadas con bastante retraso..., aunque Brakiss jamás se atrevería a mencionarlo. El Líder decidía cómo iba a emplear su tiempo, y Brakiss sólo era el esclavo obediente que conocía su lugar en el gran plan general.
Al igual que los rebeldes dependían de la sobrestimada protección de esos Caballeros Jedi tan elogiados y de los que tanto se vanagloriaban, el nuevo Líder también tendría su propia arma secreta: un ejército de Jedi Oscuros que podrían utilizar el lado oscuro de la Fuerza para asegurar que el Segundo Imperio tuviera un gran lugar en la historia.
Pero los Jedi Oscuros eran notoriamente peligrosos e inestables, y tenían tendencia a sucumbir a los delirios de grandeza. El Gran Líder había sido consciente de ese riesgo, y había adoptado precauciones para protegerse de la Academia de la Sombra. La gigantesca estación en forma de anillo estaba repleta de letales explosivos, y había detonadores esparcidos por todos los sistemas de apoyo vital, el casco y miles de lugares más que Brakiss no conocía y en los que no quería pensar. En cuanto sus Jedi Oscuros empezaran a dar señales de que podían volverse incontrolables, el Gran Líder haría detonar esos explosivos y pondría fin al experimento sin sentir ningún remordimiento.
Brakiss tenía que poder mostrar un éxito tras otro para mantener satisfecho a su poderoso dueño y señor..., y en los últimos tiempos no cabía duda de que la Academia de la Sombra había conseguido algunos logros realmente espectaculares.
Los generadores holográficos de su despacho se activaron con un suave zumbido, y Brakiss levantó la cabeza y se envaró. El aire tembló delante de él y una gigantesca imagen se fue cristalizando en el foco del campo de energía, transmitida desde algún lejano escondite en los Sistemas del Núcleo. La estática onduló alrededor de la enorme cabeza encapuchada que se alzó sobre Brakiss y se inclinó hacia él para contemplarle con el ceño fruncido.
Brakiss desvió instintivamente la mirada, y agachó la cabeza en señal de reverencia. Después de haber ejecutado los gestos de obediencia adecuados, Brakiss alzó la vista hacia el rostro del Gran Líder del Segundo Imperio..., ¡y contempló la silueta encapuchada y arrugada del mismísimo Emperador Palpatine!
La imagen holográfica estaba un poco borrosa y fragmentada por haber sido transmitida mediante la holored a través de tantos sistemas, cinturones de asteroides, erupciones solares y tormentas iónicas, pero los rasgos del rostro flaco y anciano del Emperador eran inconfundibles. Brakiss contempló con adoración aquella adusta figura paterna. Allí estaba el hombre que haría temblar de terror a todos los sistemas estelares hasta que aprendieran a vivir de nuevo con respeto y gloria, a la manera imperial.
La piel del Emperador estaba surcada por las arrugas resultado de una inmersión demasiado profunda en los potentes poderes del mal. Sus ojos amarillentos de reptil llameaban en las cuencas hundidas, y las verrugas que recubrían su garganta recordaban la bolsa del cuello de un flaco lagarto.
Brakiss sabía que el resto de la galaxia pensaba que el Emperador había muerto hacía muchos años, primero en la explosión de la segunda Estrella de la Muerte y luego seis años más tarde con la destrucción del último de los clones de Palpatine. Pero la muerte del Emperador tenía que haber sido alguna clase de ilusión, porque Brakiss podía ver la transmisión con sus propios ojos. No tenía ni idea de cómo se las había arreglado el Emperador para sobrevivir o de qué clase de truco había empleado aquel gran hombre para engañar a todos..., pero con la Fuerza, muchas cosas eran posibles.
El Maestro Skywalker se lo había enseñado.
Cuando por fin habló, la voz del Emperador sonó seca y áspera.
Bien, insignificante siervo, ¿cuál es tu informe de hoy? Espero que consista en nuevos éxitos. Estoy harto de fracasos, Brakiss, y me siento impaciente por iniciar mi reinado y el Segundo Imperio.
Brakiss volvió a inclinarse.
Sí, mi amo. Tengo buenas noticias que daros. Vamos a enviar los núcleos hiperimpulsores y las baterías turboláser robadas del navio de aprovisionamiento rebelde, tal como ordenasteis. Pienso que vuestra gloriosa maquinaria militar sabrá utilizarlos eficientemente.
Sssssí —siseó Palpatine.
Brakiss siguió hablando.
Aquí en la Academia de la Sombra, vuestra nueva fuerza de Jedi Oscuros va volviéndose más poderosa a cada día que pasa. Me complace especialmente que hayamos encontrado nuevos candidatos en el submundo del Centro Imperial..., exactamente tal como sospechabais, mi amo. Nadie se dará cuenta de su desaparición, y podremos moldearles a placer.
¡Sssssí! —exclamó el Emperador—. Ya te dije que sería más fácil moldear a candidatos cuyas vidas encerrasen pocas esperanzas. Llevárnoslos bajo las mismísimas narices de los usurpadores rebeldes que ocupan el gobierno resulta especialmente irónico.
Brakiss asintió.
Desde luego, mi amo. Nos limitamos a ofrecer a los nuevos candidatos algo que necesitan..., y arden en deseos de aceptarlo de nuestras manos.
Ah —dijo la imagen del Emperador.
Parecía casi orgulloso..., casi.
Brakiss respiró hondo antes de seguir hablando.
Naturalmente, muchos de esos nuevos candidatos carecen de potencial Jedi, pero siguen anhelando oportunidades. En consecuencia, hemos empezado a adiestrar a un grupo como soldados de élite de las tropas de asalto. Conocen muy bien el submundo de Coruscant, y podrían llegar a ser espías o saboteadores altamente efectivos en el caso de que elijamos emplearlos de esa forma.
La proyección del Emperador asintió dentro de su capuchón.
Estoy de acuerdo en ello, Brakiss. Buen trabajo. —Una ondulación de estática chisporroteó a través de la imagen transmitida, y la voz del Emperador tembló—. Sobrevivirás a otro día.
Sí, mi amo —dijo Brakiss.
El rostro arrugado y marchito del Emperador se volvió todavía más hosco y sombrío.
No me decepciones, Brakiss —dijo—. Me sentiría muy disgustado si me viera obligado a hacer volar por los aires tu Academia de la Sombra.
Brakiss se inclinó en una gran reverencia, y su túnica plateada se desplegó a su alrededor.
A mí tampoco me gustaría nada —dijo.
La imagen holográfica del Emperador osciló con un estremecimiento iridiscente, y después se desintegró en un estallido de chispas de estática cuando la transmisión quedó cortada.
Brakiss se dio cuenta de que estaba temblando, como le ocurría siempre que hablaba con el impresionante y aterrador Palpatine. Agotado, volvió a sentarse detrás de su escritorio y empezó a repasar sus nuevos planes, poniendo un cuidado obsesivo en evitar cualquier error.
19

Anakin Solo estaba de pie junto a la unidad comunicadora en la sala de estar de su familia, agotado después de su larga e infructuosa búsqueda y empezando a preocuparse por su hermano Jacen. Clavó los ojos en la pantalla oscurecida y deseó que se iluminara con un mensaje de Jacen, pero sabía que no llegaría ningún mensaje. Anakin lo presentía.
Él y Cetrespeó habían vuelto a sus habitaciones hacía una hora después de haber recorrido los sitios asignados, pero no habían tenido noticias de Jacen..., y Anakin sabía que no podía esperar ni un momento más.
Giró sobre sí mismo y fue hasta la pared, donde el androide de protocolo dorado permanecía inmóvil disfrutando el descanso de un breve ciclo de desconexión. Ojos azul hielo se clavaron en los sensores ópticos amarillos del androide, y Anakin golpeó suavemente una plancha dorada con las puntas de los dedos.
Despierta, Cetrespeó —dijo—. Ya hemos esperado suficiente tiempo. Es hora de buscar ayuda.
Los sensores ópticos cobraron vida con un parpadeo luminoso, y Cetrespeó se irguió dando un respingo.
Cielos, no puedo haberme quedado dormido más rato de lo previsto, ¿verdad? Creía que habíamos acordado dos ciclos más antes de volver a salir de búsqueda. Y además está su plan de lecciones, amo...
Noto que algo anda mal —le interrumpió Anakin—. Jacen y Tenel Ka no han regresado.
Bueno, si quiere saber mi opinión...
No quiero saberla —replicó secamente Anakin—. Haz otro intento de ponerte en contacto con ellos mediante tu conexión de comunicador móvil.
Estoy totalmente seguro de que se encuentran bien, pero lo intentaré.
Cetrespeó inclinó la cabeza hacia un lado y contempló el vacío durante unos segundos.
¿Alguna respuesta? —preguntó Anakin.
No, amo Anakin —replicó Cetrespeó, y su voz sonaba más preocupada que antes—. Ninguna en absoluto.
Leia Organa Solo entró en la habitación en aquel momento, sonrió a Anakin..., y después frunció el ceño.
¿Qué pasa, Anakin?
Anakin pensó en qué parte de lo ocurrido podía contarle a su madre. Después de todo ya habían solicitado ayuda antes, pero Leia no había creído que la desaparición de Zekk fuese nada serio. Aun así, tal vez cambiaría de opinión cuando se enterase de que Jacen y Tenel Ka también se habían esfumado. El muchacho le contó rápidamente la historia, y Cetrespeó se encargó de añadir efectos de sonido y embellecerla con comentarios innecesarios.
Jacen habría respondido a nuestra llamada si pudiera hacerlo —finalizó Anakin.
Desde luego que sí —añadió Cetrespeó con entusiasmo—. El amo Jacen puede ser un tanto desorganizado, pero siempre se toma muy en serio sus obligaciones.
Respondería..., a menos que esté en apuros —dijo Leia, visiblemente alarmada. Un instante después tomó una decisión y se puso en acción, demostrando una de las cualidades que la convertían en una buena Jefe de Estado—. Tenemos que encontrarles. Tenel Ka nunca permitiría que Jacen hiciera nada peligroso..., pero esa muchacha probablemente piensa que no hay nada que sea peligroso.
Leia fue hasta un panel mural.
Haré venir a un grupo de guardias para que nos acompañen. ¿Puedes detectar la situación del comunicador de Jacen, Cetrespeó?
Bueno, ciertamente no es un sistema de seguimiento tan preciso como me gustaría, pero supongo que enviando una señal continua y monitorizando la retroalimentación del comunicador móvil, probablemente podría...
¿Qué grado de aproximación puedes darnos? —le interrumpió Leia impacientemente.
Debería ser capaz de localizar la señal dentro de un radio de diez metros.
Es suficiente —dijo Leia.
Anakin dejó escapar un suspiro de alivio.
Esperemos que Jacen y Tenel Ka sigan estando cerca de sus comunicadores.
Ya nos preocuparemos de eso cuando lleguemos allí— dijo Leia, cogiendo un equipo médico y yendo rápidamente hacia la puerta. Los guardias se apresuraron a ponerse firmes, todavía no muy seguros de en qué consistía la emergencia—. Vamos, Anakin. Tú también formas parte de este grupo de rescate. ¿Hacia dónde, Cetrespeó? —preguntó.
El androide de protocolo les seguía tan deprisa como se lo permitían sus piernas mecánicas.
Hacia su izquierda, ama Leia. Tendremos que encontrar un turboascensor y bajar cuarenta y dos niveles.
Anakin intentó imaginarse el lugar al que iban, pero no tuvo demasiado éxito.
Quizá será mejor que vayas delante, Cetrespeó.
Leia, los guardias y Anakin siguieron a Cetrespeó mientras el androide avanzaba por otra precaria pasarela entre dos gigantescos edificios. El androide de protocolo parecía estar disfrutando enormemente de su nueva importancia.
Los edificios se prolongaban hasta perderse de vista por encima y por debajo de ellos. Anakin perdió el equilibrio en un sitio donde la barandilla del puente se había desprendido, pero Leia le agarró instintivamente. Después miró a su hijo con el rostro lleno de horror, y le dio un rápido abrazo.
Ten cuidado —le apremió—. Todos tenemos que ir con mucho cuidado.
Anakin se estremeció. Aquella zona no había parecido tan peligrosa en el mapa. A medida que se iban aproximando a la señal del comunicador, avanzando a través de niveles abandonados y vacíos y de pasillos ominosos, Anakin se fue fijando en un símbolo que aparecía con creciente frecuencia sobre las sucias paredes: un triángulo equilátero que rodeaba una cruz.
Me pregunto qué significa ese símbolo —dijo, señalándolo con la mano.
Domino con fluidez más de seis millones de formas de comunicación —dijo Cetrespeó—. Por desgracia ese dibujo no figura en ninguno de mis bancos de datos. Me temo que no puedo serle de ninguna ayuda en este aspecto, amo Anakin.
Leia se volvió hacia los guardias.
¿Alguno de vosotros reconoce este símbolo?
Uno de ellos carraspeó.
Creo que es una señal de una banda, señora presidenta. Varios... grupos bastante desagradables se han instalado en los niveles inferiores abandonados de la ciudad. Son muy difíciles de atrapar.
Oí a Zekk hablando de una banda llamada los Perdidos con Jacen y Jaina —les informó Anakin—. Creo que la banda quería que Zekk se convirtiera en miembro de su grupo.
Los labios de Leia se fruncieron en una sombría línea y asintió, archivando la información en su mente para el futuro. En aquel momento lo único que quería era encontrar a Jacen y Tenel Ka.
Cetrespeó se detuvo para estudiar sus lecturas.
Oh, malditos sean estos sensores tan poco adecuados que tengo... Estoy seguro de que Erredós habría sido mucho más preciso, pero creo que nos encontramos a unos doscientos metros del sitio en el que están.
El pasillo se fue volviendo cada vez más oscuro a medida que el grupo se adentraba en el nivel abandonado. Los guardias empuñaban sus armas, preparados para hacer fuego mientras intercambiaban miradas de inquietud. Leia mantenía el mentón erguido, y apretó el paso valerosamente para seguir avanzando todavía más deprisa que antes. Cetrespeó incrementó la luminosidad de sus sensores ópticos, esparciendo una suave claridad amarilla directamente por delante de ellos. Anakin llevaba su vara luminosa extendida ante él: el cilindro de iluminación le hacía sentirse un poco más seguro sin que supiese muy bien por qué, como si fuese una imitación de una espada de luz.
Cetrespeó se desvió bruscamente hacia la derecha en un angosto pasadizo de techo muy bajo, agachándose para pasar por debajo de una viga medio desprendida del techo. Incluso Anakin tuvo que inclinarse para poder pasar por debajo de ella.
¿Estás seguro de que vamos en la dirección correcta, Cetrespeó? —preguntó.
Oh, sí, estoy totalmente seguro de ello —respondió Cetrespeó—. Recuerden que estamos siguiendo una ruta directa y que vamos hacia la señal. El joven amo Jacen puede haber seguido un camino más complicado. Ahora estamos a treinta metros.
Acabaron llegando a una gran sala fantasmagóricamente iluminada por paneles luminosos esparcidos sobre las paredes. Anakin miró a su alrededor y contempló la escalera medio desmoronada que no llevaba a ninguna parte, los envoltorios de comida, almohadones y muebles medio rotos, y el extraño conjunto de puertas cerradas del otro extremo de la estancia.
Éste debe de ser el lugar de encuentro de los Perdidos.
¡Oh, cielos! —exclamó Cetrespeó—. El amo Zekk dijo que los miembros de esa banda eran tipos bastante desagradables, ¿verdad?
La sala estaba sumida en un silencio absoluto, y Anakin pensó que aquellas luces temblorosas no le gustaban nada. Los guardias titubearon delante del umbral, y acabaron metiendo los cañones de sus armas por él. La sala estaba vacía, pero Anakin captó los restos de una sensación de oscuridad mientras entraba y empezaba a mirar a su alrededor. Cuando Cetrespeó lanzó un grito de honor y clavó la mirada en el suelo, Anakin casi saltó hasta el techo.
¡Yo tengo la culpa de todo! —volvió a gimotear Cetrespeó—. Oh, maldita sea la lentitud de mi procesador... Deberíamos haber venido en su búsqueda mucho antes.
Anakin sólo necesitó una fracción de segundo para abrirse paso por entre los restos de mobiliario y llegar hasta el lugar en el que Cetrespeó se estaba haciendo tales reproches. Leia y los guardias fueron corriendo a reunirse con ellos.
Jacen y Tenel Ka yacían en el suelo, inmóviles el uno al lado del otro, inconscientes... o quizá muertos.
Leia se descolgó rápidamente el equipo médico del hombro, sacó de él un mini-diagnosticador y examinó a los dos jóvenes Caballeros Jedi.
Todo va bien —dijo—. Están vivos... Sólo les han dejado sin conocimiento.
Leia deslizó la fresca palma de su mano sobre la frente de Jacen, apartando los mechones de su siempre despeinada cabellera.
Anakin y Leia atendieron a los dos jóvenes hasta que se recuperaron. Jacen fue el primero en despertar, y la expresión que había en los ojos de su hermano indicó a Anakin que tenía muy malas noticias que darles.
¿Te encuentras bien? —le preguntó.
Después sus pensamientos cambiaron velozmente de rumbo mientras empezaba a juntar las piezas del rompecabezas dentro de su mente.
Jacen tragó saliva con un visible esfuerzo.
¿Tenel Ka...? —preguntó, temblándole la voz.
Se encuentra perfectamente —le tranquilizó Leia—. Parece que os dispararon. ¿Qué ocurrió?
Jacen se estremeció, como si la sala se hubiera vuelto repentinamente más fría.
Tamith Kai estaba aquí... La Hermana de la Noche de la Academia de la Sombra..., con un par de sus amigos. —Sus ojos castaño dorados se cerraron, como si acabara de recordar algo tan doloroso que le resultaba insoportable pensar en ello—. ¡Y tienen a Zekk! —gimió—. Creo que... Creo que se ha pasado al lado oscuro.
El aliento de Anakin no podría haber salido de sus pulmones más ruidosamente ni aun suponiendo que un bantha acabara de darle una coz en el estómago.
Van a adiestrarle para que llegue a ser un Jedi —siguió diciendo Jacen—. Un Jedi Oscuro...
Tenel Ka gimió y se sentó en el suelo.
Así es.
También había otros chicos —siguió diciendo Jacen—. Los Perdidos... Creo que las Hermanas de la Noche se los llevaron a todos..., a la Academia de la Sombra.
Leia meneó la cabeza, y un chispazo de ira ardió en sus ojos oscuros.
Me parece que ya va siendo hora de que hagamos algo respecto a ese Segundo Imperio —dijo—. Con ésta ya son dos las veces en que han hecho daño a mis hijos.
¡Desde luego que sí, ama Leía! Todo eso está muy bien, pero ahora debemos volver a casa donde estaremos a salvo de cualquier peligro —exclamó Cetrespeó, muy alarmado—. Ama Tenel Ka, ¿es capaz de caminar?
Los ojos color gris granito de la joven guerrera de Dathomir se entrecerraron, como si sospechara que acababa de ser objeto de un insulto velado.
Podría llevarte en brazos, si tuviera que hacerlo —replicó.
Jacen se rió y después gimió y se llevó las manos a su dolorida cabeza.
Sí, creo que Tenel Ka se encuentra perfectamente...
20

Jaina seguía trabajando con Bajie y Chewbacca para reparar el mayor número posible de los viejos y maltrechos subsistemas de la estación espejo. Después de haber reunido los escasos componentes de repuesto que pudieron encontrar, los tres añadieron su ingenio a la tarea para dar con soluciones alternativas. No podían programar los sintetizadores de comida para crear nada ni remotamente parecido a platos de alta cocina, pero aun así Bajie y Chewbacca se las arreglaron para producir un almuerzo decente.
Jaina acabó de reconectar los sistemas de comunicaciones, haciendo posible enviar mensajes breves aunque las transmisiones seguían viéndose perturbadas por estallidos de estática. Chewbacca empezó a inspeccionar los sistemas de apoyo vital, los controles ambientales y los calentadores de la estación.
Peckhum les contemplaba mientras llevaba a cabo las escasas tareas que se esperaban de él durante aquel turno de guardia. El anciano no sabía cómo expresarles su gratitud, y les repitió una y otra vez lo mucho que agradecía los esfuerzos que Jaina, Bajie y Jacen estaban haciendo por él.
Si hubiese esperado a que la Nueva República reparase todas esas averías, Zekk ya habría sido un anciano cuando...
Peckhum no llegó a terminar la frase, y meneó la cabeza con el rostro lleno de tristeza.
En cuanto las reparaciones más urgentes y complicadas estuvieron finalizadas, los jóvenes Caballeros Jedi tuvieron poco que hacer mientras Chewbacca seguía hurgando aquí y allá. Bajocca dedicó sus energías a terminar el trazado de las trayectorias de restos orbitales que él y Jaina se habían ofrecido a llevar a cabo. Al principio Jaina había ayudado a Jacen, pero seguir los caminos de miles de escombros en órbita era una labor que le parecía sencillamente demasiado agotadora en aquellos momentos. Bajie, por su parte, era extremadamente paciente para ser un wookie —especialmente cuando trabajaba con ordenadores—, y fue trazando diligentemente la trayectoria de un punto detrás de otro, anotando las rutas espaciales más peligrosas de las órbitas repletas de tráfico esparcidas alrededor del mundo capital.
Jaina echó un vistazo al mapa tridimensional de Bajie, pero no tardó en volver a concentrar su atención sobre las sorprendentes imágenes que aparecían en su cuaderno de datos. Repasó las copias de los comunicados de las redes informativas que mostraban el misterioso ataque imperial lanzado contra el crucero de aprovisionamiento Inflexible. El día siguiente al ataque ella, Jacen y Bajie habían identificado enseguida la lanzadera de asalto modificada, con sus dientes de gemas corusca, reconociendo el navio que había sido utilizado para secuestrarles cuando se hallaban a bordo de la Estación Buscadora de Gemas de Lando Calrissian.
El almirante Ackbar había verificado sus descripciones. Ya no cabía duda de que el robo del equipo militar formaba parte de la labor maligna de la Academia de la Sombra. Por la descripción de Ackbar, Jaina estuvo segura de que el imperial al mando del ataque había sido Qorl, el antiguo piloto de cazas TIE del que ella y Jacen habían intentado hacerse amigos después de encontrar su nave estrellada en Yavin 4.
Jaina suspiró y meneó la cabeza, y volvió a contemplar el metraje. Había esperado que Qorl comprendería cuan equivocado estaba.., y aunque el piloto de cazas TIE estuvo al borde de rendirse, el lavado de cerebro imperial había acabado alzándose con la victoria. Qorl seguía creando serios problemas a la Nueva República.
La joven introdujo la holograbación de la captura del Inflexible en el lector de vídeo por tercera vez. La cinta, registrada por fuerzas de la Nueva República cuando salieron a toda velocidad de Coruscant para defender al crucero de aprovisionamiento, tenía una resolución bastante baja. Pero había algo en ella que le resultaba indefiniblemente inquietante, y Jaina había tenido esa extraña sensación desde que la vio por primera vez.
Jaina se mordisqueó el labio inferior.
Hay algo que no encaja...
Contempló cómo el navio de asalto cuyo morro parecía la boca de un tiburón surgía de la nada mientras los disparos de las naves imperiales que lo flanqueaban iban destruyendo los sistemas de armamento y las parrillas de comunicación del Inflexible. Después volvió a concentrar su atención en la holocinta..., y se irguió bruscamente en su asiento. Había estado fijándose en la nave de Qorl..., pero lo que no encajaba eran las otras naves imperiales.
¡Claro, eso es! —exclamó—. No puede ser.
Chewbacca gruñó una pregunta mientras se levantaba del hueco en el que había estado metido entre los módulos de control de los sistemas de apoyo vital. Jaina centró su atención en las imágenes de las naves más pequeñas y señaló con un dedo.
Sé todo lo que hay que saber sobre todos los cazas imperiales —dijo—. Papá me enseñó a identificar todos los tipos de naves registrados a lo largo de la historia espacial..., bueno, casi todos. —Se inclinó hacia delante para estar un poco más cerca de la imagen—. Esos cazas son naves de corto alcance. —Jaina colocó un dedo sobre la imagen de la pantalla—. ¡Son cazas de corto alcance! Tuvieron que venir de algún sitio cercano. Su base se encuentra cerca..., ¡escondida en algún lugar de este sistema!
Chewbacca gruñó un comentario sorprendido. Bajie, incrustado en una silla diseñada para humanos, con sus huesudas rodillas levantadas hacia el techo y sus brazos llegando casi al suelo, sostenía el cuaderno de datos encima de su regazo mientras iba estudiando las coordenadas de los restos espaciales conocidos. El joven wookie reaccionó rugiendo su propia pregunta, y agitó el cuaderno de datos de un lado a otro.
¡Atención! ¡Discúlpenme! —gritó Teemedós con su vocecita estridente—. El amo Bajocca cree que también ha hecho un descubrimiento de la máxima importancia, resumible en una inconsistencia dentro de las posiciones de los restos orbitales. No sé de qué se trata exactamente porque no me ha enseñado el cuaderno de dalos —añadió el androide traductor miniaturizado con una sombra de irritación—, pero si está tan excitado debe de ser algo altamente inusual. Debería calmarse, amo Bajocca, y explicarse un poco mejor.
Jaina y Chewbacca fueron corriendo a examinar los miles de puntos dispersos por el mapa tridimensional del espacio en los alrededores del planeta Coruscant.
Eso tampoco puede ser —dijo Jaina nada más verlos. Los resultados que acababa de obtener todavía la tenían perpleja, y Bajie acababa de hacer que el misterio se volviera mucho más profundo—. Es prácticamente lo contrario de lo que esperábamos.
Bajie confirmó sus observaciones con un ladrido wookie. Jaina suspiró, y volvió a morderse el labio inferior. El proyecto de trazado de rutas tenía como única razón la de descubrir restos no catalogados que supusieran un peligro para la navegación espacial. Pero en vez de revelar el riesgo no cartografiado que había destruido al Rayo de Luna, el mapa de restos espaciales de Bajie no mostraba absolutamente nada en la zona indicada. De hecho, más bien parecía un área prohibida del espacio, una isla tan vacía de restos como si alguien la hubiera limpiado concienzudamente. Pero sabían que el Rayo de Luna había chocado con algo lo suficientemente grande para destruirlo...
Unas palabras acompañadas por un chorro de estática surgieron del sistema de comunicación y resonaron por el diminuto recinto de la estación.
¡Atención! ¡Atención, Estación Espejo! ¿Me oye alguien? Jaina, ¿estás ahí?
Peckhum levantó la cabeza.
Vaya, ahora sí que estamos seguros de que el sistema de comunicaciones funciona.
¡Parecía la voz de Jacen!
Jaina fue corriendo hasta la unidad de comunicaciones y accionó un interruptor, pero sólo consiguió hacer saltar un chorro de chispas de un fusible quemado. La repentina oleada de calor le chamuscó las yemas de los dedos. Jaina arrancó la tapa del panel y contempló los cables ennegrecidos. Sondeó el sistema con la Fuerza, siguiendo la trayectoria del cortocircuito, y sólo necesitó unos segundos para recablear el sistema dañado y dejarlo en condiciones de que funcionara lo bastante bien para poder responder a su hermano.
Los altavoces volvieron a cobrar vida con un chasquido sibilante.
¿... ahí? ¡Respóndeme, Jaina! Esto es muy importante. Hemos encontrado a Zekk. —Un estallido de estática distorsionó lo que dijo a continuación—. Tenemos malas noticias, y...
¡Zekk! —Peckhum fue corriendo hasta el altavoz y se inclinó sobre el hombro de Jaina—. ¿Oiga? ¿Me oís?—gritó, pegando los labios a la rejilla—. ¿Dónde está Zekk? ¿Se encuentra bien?
Jaina se apartó de los ojos los largos mechones de cabellos castaños que le llegaban hasta los hombros.
Espera. Todavía no he acabado de reparar el transmisor. —Extrajo un ciberfusible quemado y lo sustituyó por el que acababa de sacar de su cuaderno de datos—. Bueno, con eso debería bastar —murmuró—. Sí, Jacen, te recibimos... ¿Puedes oírnos?
La voz de su hermano brotó de los comunicadores, sibilante y distorsionada.
...alguna disrupción, pero..., entiendo.
¿Qué hay de Zekk? —preguntó Jaina, conteniendo la respiración—. ¿No estará...?
¿Muerto? —dijo Jacen, terminando la pregunta por ella. La transmisión era más clara, y su voz se oía con más nitidez—. No. Le encontramos..., y después Tamith Kai y un par de esbirros más de la Academia de la Sombra nos dejaron inconscientes.
¡Tamith Kai! —Jaina dejó escapar un grito de sorpresa. Bajocca rugió, e incluso Teemedós emitió un graznido de consternación -. Pero ¿qué podía estar haciendo en...?
Han reclutado a Zekk y a un puñado de miembros de la banda de los Perdidos— dijo Jacen —. No sé adonde se lo han llevado, pero Zekk parecía estar con ellos por su propia voluntad. ¡Tamith Kai dijo que iban a adiestrarle para que llegara a ser un Jedi Oscuro! Irán a la Academia de la Sombra.
Bajie gruñó una pregunta en wookie, pero Jaina la hizo sin esperar a la traducción de Teemedós.
Pero ¿cómo pueden adiestrar a Zekk? No es un Jedi...
Al parecer posee el potencial necesario para llegar a serlo —dijo Jacen—. Acuérdate de que el tío Luke descubrió a montones de candidatos que nunca habían sabido que pudieran utilizar la Fuerza. Zekk tenía un don especial para encontrar equipo recuperable, incluso en sitios donde otras personas ya habían estado buscando antes. Lo que pasa es que nunca nos dimos cuenta de ello, y nunca entendimos a qué se debía.
Jaina inclinó la cabeza y pensó en todo el tiempo que habían pasado con Zekk y todo lo que se habían divertido juntos sin que nunca hubiera llegado a ser consciente de su verdadero potencial.
Bueno, ¿y dónde está ahora?
No lo sé —admitió Jacen, y una tristeza repentina impregnó su voz—. Nos dejaron sin sentido, y luego desaparecieron. Mamá y Anakin vinieron en nuestra busca y nos encontraron, pero de eso ya hace horas. Probablemente ya han conseguido salir del planeta. No tengo ni idea de adonde pueden haber ido.
Jaina se tapó el rostro con las manos.
Tú no, Zekk... ¡Tú no! —Después alzó su rostro mojado por el llanto y clavó la mirada en los luminosos ojos dorados de Bajocca—. ¡La Academia de la Sombra! —murmuró—. ¿Te acuerdas del sistema de camuflaje que hace que toda la estación sea invisible, igual que un agujero en un mapa? ¡Exactamente como en tu mapa orbital!
Bajie lanzó un rugido de asentimiento.
¡Oh, cielos! —exclamó Teemedós, demasiado impresionado para poder proporcionar una traducción.
Jaina se volvió hacia el sistema de comunicaciones.
Sabemos con toda exactitud dónde están, Jacen —dijo.
Echó un vistazo al cuaderno de datos de Bajie y al mapa proyectado, centrando los ojos en el punto vacío del espacio.
¡Dile a mamá que se ponga en contacto con el almirante Ackbar! —gritó por el micrófono—. Tenemos que movilizar a la flota de la Nueva República. Bajie va a enviarte algunas coordenadas. Tenemos que atacar lo más deprisa posible, antes de que los imperiales se den cuenta de que los hemos descubierto.
Estupendo —dijo Jacen—. ¿Y qué vais a hacer vosotros?
Jaina sonrió.
Vamos a arrojar un poquito de luz sobre el tema.
El viejo Peckhum estaba sentado en el sillón de control de la estación de guía suspendida debajo de los gigantescos reflectores solares, manipulando los viejos controles de ajuste y dirección con el cuerpo tenso debajo de las tiras del arnés de seguridad. Jaina se inclinó sobre el sillón.
Haz girar los espejos —le murmuró, y su voz estaba impregnada por una nerviosa excitación—. ¡Gíralos, gíralos, gíralos!
Ya he superado los máximos —replicó Peckhum con desesperación. Tenía la mandíbula apretada y los músculos del cuello rígidos, y las gotitas de sudor relucían sobre su frente—. Son láminas de material reflectante muy delicadas. Si movernos los espejos solares demasiado deprisa, sólo conseguiremos que se rompan.
Jaina se volvió hacia las mirillas y vio cómo la flota de la Nueva República abandonaba su órbita y se lanzaba sobre su blanco invisible. Las naves activaron sus sistemas de armamento mientras se dirigían hacia la zona misteriosamente vacía. Jaina y los demás tenían que dejar al descubierto la Academia de la Sombra antes de que llegaran allí.
Bajie gimió una pregunta que Teemedós se encargó de traducir.
El amo Bajocca desea saber si el aparato de enfoque ha condensado el rayo de luz solar reflejada hasta su configuración de máxima potencia.
Desde luego que sí —dijo Peckhum—. En cuanto hayamos hecho girar estos trastos, conseguiremos que empiecen a sudar de veras.
Los gigantescos espejos suspendidos en órbita por encima de Coruscant por fin quedaron en la posición deseada y concentraron su cegador chorro de luz solar condensada sobre el hueco del vacío. El haz del espejo se abrió paso a través del espacio, atravesándolo tan limpiamente como un reflector.
La luz tendría que haber seguido avanzando por todo el sistema estelar, pero un instante después chocó con las coordenadas vacías..., y el espacio pareció hervir con un resplandor iridiscente como si se hubiera convertido en humo dorado. El diluvio de claridad solar de alta intensidad siguió bombardeando la zona camuflada, y acabó venciendo a los escudos de invisibilidad que envolvían la Academia de la Sombra.
¡Ahí! —gritó Jaina con voz triunfal.
La estación imperial surgió de la nada, onduló durante unos momentos y después se hizo visible con toda nitidez, un gran anillo circular erizado de emplazamientos artilleros y torres de observación.
Bajie y Chewbacca rugieron al unísono, y Jaina meneó la cabeza.
Siempre han estado escondidos justo delante de nuestra puerta... Por eso pudieron utilizar cazas de corto alcance para atacar al Inflexible, y el estar tan cerca permitió que Tamith Kai y sus acompañantes pudieran bajar a la ciudad sin ser detectados y secuestrar a Zekk.
Entonces Zekk debe de estar a bordo de la estación —murmuró Peckhum—. Se lo han llevado ahí, ¿no?
Y a los Perdidos —añadió Jaina.
Chewbacca gruñó, y después señaló con el brazo en el mismo instante en que la Academia de la Sombra empezaba a moverse. Las toberas direccionales esparcidas a lo largo del ecuador del gran anillo ardieron con un resplandor blancoazulado en un lado, apartando a la estación del deslumbrante haz de claridad solar concentrada.
Haz girar los espejos —dijo .Taina—. No podemos permitir que escapen antes de que lleguen las naves.
Oh, cielos —dijo Teemedós—. Espero que nuestros cazas consigan capturar a la Academia de la Sombra. Sigo francamente irritado con ellos por haberme reprogramado cuando todos fuimos capturados y mantenidos prisioneros allí.
Peckhum introdujo nuevas coordenadas en los sistemas del espejo direccional, pero la repentina aceleración y el cambio de dirección acabaron siendo excesivos para el material plateado, que ya estaba sometido a una gran tensión. Las largas telarañas de cables que mantenían en posición al gigantesco espejo se desprendieron de sus anclajes, y un enorme desgarrón empezó a abrirse en él, derramando un costurón de estrellas y negra noche a través de la superficie resplandeciente del reflector.
¡No podemos mantenerlo en una posición tan forzada! —gritó Peckhum—. ¡Hay demasiada tensión! —El anciano meneó la cabeza—. Y de todas maneras nunca podríamos seguir a un objeto en movimiento... —Después alzó la mirada y dejó escapar un gemido—. ¡Mis espejos!
La Academia de la Sombra siguió acelerando, y Jaina contempló la veloz aproximación de la Ilota vengadora del almirante Ackbar, apremiándoles en silencio a que fueran más deprisa. Pero ya podía ver que no llegarían a tiempo.
La Academia de la Sombra ya debía de estarse preparando para la partida —dijo—. Oh, por supuesto... Tienen a Zekk y a unos cuantos reclutas más. Han robado un cargamento de núcleos hiperimpulsores y baterías turboláser. Permanecer aquí sólo serviría para que corrieran un peligro mayor.
Su forma de anillo parecía difícil de maniobrar, pero la Academia de la Sombra fue cobrando velocidad mientras se dirigía hacia el punto de salto hiperespacial adecuado.
La primera nave de la Nueva República aceleró y se lanzó sobre ella, enviando andanadas láser contra la Academia de la Sombra. Algunos disparos dieron en el blanco, dejando señales negras sobre el blindaje exterior. La intensidad del espejo solar debía de haber quemado algunos escudos.
Jaina extendió una sonda mental y buscó a Zekk, todavía asombrada ante la idea de que aquel apuesto muchacho de cabellos oscuros que vivía en las calles pudiera tener el potencial de convertirse en un Caballero Jedi..., o un Jedi Oscuro.
Era nuestro amigo —murmuró para sí misma, sintiéndose terriblemente culpable—, y nunca llegamos a imaginar que él también pudiera convertirse en un Jedi. Ahora ya es demasiado tarde.
Las naves de la Nueva República convergieron sobre su objetivo y lo rociaron con un diluvio de rayos láser, y en ese mismo instante la Academia de la Sombra salió repentinamente disparada hacia adelante entre un cegador destello luminoso. Su aceleración deformó el espacio y estiró las líneas estelares, y después la estación se desvaneció para dirigirse hacia su escondite desconocido en las profundidades del territorio imperial.
La Academia de la Sombra había desaparecido..., una vez más.
Jaina sintió que se le formaba un nudo en la garganta. Y esta vez los imperiales se habían llevado a un amigo con ellos...
Jaina estaba inmóvil delante de las ventanas de observación de la estación espejo, con Bajie junto a ella y las manos extendidas hacia adelante, como si estuviera intentando hacer volver a la desvanecida Academia de la Sombra..., y a Zekk, que se bahía ido con ella. Pero, con la excepción de unas cuantas naves de la Nueva República, la zona en la que había desaparecido la estación imperial continuaba estando tozudamente vacía.
Jaina acabó dejando que sus brazos cayeran flacidamente junto a sus costados. Sus ojos se cerraron para ocultar las lágrimas nada propias de su carácter que los habían invadido de repente, y su mente envió un grito silencioso. «¡No te vayas, Zekk! Vuelve...»
Peckhum, silencioso y aturdido, estaba apoyado en el muro de la estación espejo junto a ella. Sus espejos habían sufrido graves daños, y Zekk se había unido a los fragmentos del Imperio.
Se ha ido —murmuró el anciano.
Cuando Bajie puso la mano sobre su hombro para consolarla, Jaina sintió que la fuerza y el optimismo volvían a difundirse por todo su ser en una oleada tan refrescante para su abrasadora pena como un chorro de agua fresca. Respiró hondo y volvió a escrutar la ventana de observación en busca de cualquier señal de esperanza.
Y entonces un movimiento repentino atrajo su atención.
¡Allí! —exclamó, volviéndose para agarrar el brazo peludo de Bajie—. ¿Habéis visto eso?
Peckhum entrecerró los ojos, y el joven wookie soltó un gruñido interrogativo.
¿Cómo que no hay nada que ver? —dijo Jaina—. Mirad... Hay algo ahí fuera, y se encuentra justo donde estaba la Academia de la Sombra.
El gruñido de réplica de Bajie sonó un poco vacilante, pero Teemedós se apresuró a traducirlo.
Al amo Bajocca no le gusta ni siquiera la idea de sugerir la posibilidad, pero ¿no podría tratarse sencillamente de una nave de la Nueva República, o de uno de los fragmentos cuyas trayectorias han estado siguiendo?
Desde luego que no —replicó Jaina, muy convencida de lo que decía—. Y además, cualquier resto espacial cuya trayectoria cruzase la de la Academia de la Sombra ya habría sido destruido..., igual que le ocurrió a esa lanzadera, el Rayo de Luna.
Peckhum se inclinó sobre el sistema de comunicaciones.
Que raro... Ese objeto parece estar transmitiendo una señal de recogida. Suponiendo que yo haya interpretado correctamente estas lecturas, desde luego...
El rugido triunfante de Bajie hizo volver a Chewbacca de la unidad estabilizadora principal, donde había estado intentando llevar a cabo reparaciones manuales en los sistemas de ajuste del espejo..., sin obtener ningún resultado.
No es muy grande —dijo Jaina, estudiando los toscos sensores de la estación espejo—. ¿No os parece que es lo suficientemente pequeño para poder ser un módulo de escape?
Bajie alzó la mirada hacia su tío, quien gruñó una negativa.
A mí me parece más bien un recipiente de mensajes —dijo Peckhum—. Y hablando de mensajes, y ahora que los transmisores funcionan, ¿por qué no enviamos un mensaje a la flota de la Nueva República? Ellos lo recogerán, sea lo que sea.
Bueno, ¿a qué estamos esperando? —preguntó Jaina—. Pongámonos en contacto con el almirante Ackbar.
Bajie transmitió el mensaje mientras Jaina seguía con los ojos clavados en la pantalla, negándose a perder las esperanzas.
Hace años el tío Luke me habló de uno de sus primeros estudiantes, un joven llamado Kyp Durron, que consiguió meterse en un módulo de mensajes.
Jaina desplegó sus pensamientos y los envió hacia el objeto, intentando recoger diminutos fragmentos de información mediante la Fuerza. Pero no sintió nada y no percibió ni el más leve rastro de la presencia de su amigo de oscuros cabellos. Oyó el gemido de tristeza que Bajie dejó escapar junto a ella, pero incluso sin su confirmación Jaina ya sabía que no encontrarían a Zekk dentro del módulo de mensajes.
Por lo menos no con vida.
Jaina se mordió el labio e intentó mirar por encima del hombro de Peckhum mientras el anciano pilotaba su vieja nave, la Vara del Rayo, de regreso a Coruscant. Su campo visual quedaba prácticamente obstruido por la peluda silueta de Chewbacca, quien ocupaba el asiento del copiloto y una gran parte de sus alrededores. Pensar en el módulo de mensajes de la Academia de la Sombra que acababa de ser recuperado —que todavía estaba sellado contra el vacío del espacio y posiblemente contenía un mensaje de Zekk—, la llenaba de una tensa sensación de apremio y urgencia.
Deseó poder decir a Chewie y Peckhum que se dieran prisa, y que tenían que volver inmediatamente para poder estar presentes cuando el módulo de mensajes fuera abierto. Pero eso habría sido una estupidez, aparte de que también habría sido una grosería. Los dos parecían comprender su nerviosismo y ya estaban haciendo avanzar al Vara del Rayo a la velocidad máxima que permitían sus límites de seguridad. Los motores emitían desconcertantes crujidos y chasquidos en el compartimento de atrás. Jaina se mordió el labio inferior.
Bajie permanecía inmóvil junto a ella, sumido en un silencio pensativo. Sólo las profundas señales que sus peludos dedos dejaban en el acolchado espumoso del brazo revelaban a Jaina que el joven wookie sentía una tensión similar a la suya.
Volvieron a la atmósfera, y Jaina se obligó a cerrar los ojos y a practicar una de las técnicas de relajación del tío Luke. Pero no pareció dar ningún resultado.
Finalmente, un suave golpe sordo y el progresivo debilitarse del zumbido de los motores del Vara del Rayo le indicó que habían llegado a una de las pistas de descenso de la Ciudad Imperial.
Jaina bajó de un salto a la pista sin esperar a que la rampa de salida hubiera acabado de desplegarse por completo. Ni siquiera podía recordar haberse quitado el arnés de seguridad o haber abierto la compuerta. Enseguida vio a sus padres, sus hermanos y a Tenel Ka, que estaban esperando junto a otra nave de la Nueva República que resultaba obvio acababa de posarse. El módulo de mensajes de la Academia de la Sombra ya estaba siendo bajado de ella. Jaina corrió hacia su familia.
¿Alguna señal de explosivos o armas? —le estaba preguntando Leia al almirante Ackbar mientras éste contemplaba cómo sus tropas llevaban a cabo sus tareas.
Absolutamente ninguna. Lo hemos examinado con sensores —replicó Ackbar—. Está limpio, y no hay ninguna trampa.
¿Hay alguna posibilidad de que contenga un arma biológica? —preguntó Han.
El almirante meneó su cabeza
No puede haber nada peligroso ahí dentro —dijo Jaina, deteniéndose con un chirriar de suelas al lado de sus padres—. Es de Zekk... Puedo sentirlo.
El almirante Ackbar parecía un tanto escéptico, pero tres jóvenes voces hablaron a la vez.
Eh, Jaina tiene razón.
Yo también lo siento.
Es un hecho comprobado.
Aun así—dijo el almirante calamariano—, y en interés de la seguridad, quizá deberíamos...
Incapaz de soportar la tensión por más tiempo, Jaina pasó por entre los dos guardias que se interponían entre ella y el módulo y activó el mecanismo de recuperación del mensaje. Los paneles dobles se abrieron con un suave silbido de despresurización para revelar el contenido del módulo: era alguna clase de artefacto, un complicado amasijo de cables y componentes de plastiacero llenos de protuberancias y curvas.
¿Qué es eso? —preguntó Leia, muy sorprendida.
¡Atrás! —gritó Ackbar.
Los guardias se tensaron como si esperasen una explosión.
Han echó un vistazo al contenido de la cápsula y después se volvió hacia Chewbacca y Peckhum, que se habían reunido con ellos.
¿Qué opinas, Chewie?
Chewbacca se rascó la cabeza y dejó escapar un par de breves ladridos que parecían estar llenos de perplejidad.
Sí, a mí también me parece que se trata de eso —asintió Han.
Bueno, ¿y qué es? —preguntó Jacen, que se había ido poniendo cada vez más nervioso al ser incapaz de seguir la conversación entre su padre y Chewbacca.
Una unidad centralizadora de funciones múltiples, naturalmente —murmuró Jaina, sintiéndose llena de asombro y deleite—. Es un regalo de Zekk.
Un instante después la joven oyó un gruñido de satisfacción detrás de ella.
El chico siempre ha cumplido todas sus promesas, y ahora ha vuelto a hacerlo —murmuró el viejo Peckhum.
Y entonces, como conjurado por las palabras de Peckhum, un holoproyector cobró vida con un zumbido. Una diminuta imagen de Zekk apareció en el aire, suspendida encima del módulo de mensajes. Jaina volvió a morderse el labio mientras la minúscula silueta resplandeciente empezaba a hablar.
Hago esto en contra del consejo de mis nuevos maestros —dijo Zekk—, por lo que este mensaje será breve.
Peckhum, amigo mío, aquí tienes la unidad centralizadora de funciones múltiples que te prometí. Siempre esperaste únicamente lo mejor de mí, y siempre te lo di. Esto debe de ser muy duro para ti, pero quiero que sepas que nadie me ha secuestrado ni me ha lavado el cerebro.
Y vosotros, Jacen y... —la diminuta imagen holo-gráfica titubeó— Jaina, debéis saber que parece ser que poseo el potencial de convertirme en un Jedi. Voy a ser mucho más de lo que nadie imaginó nunca que podía llegar a ser. Éramos buenos amigos, y nunca he querido heriros. Siento haber estropeado el banquete diplomático de vuestra madre..., pero ésa es una de las razones por las que estoy haciendo esto. Tengo la posibilidad de llegar a ser mucho mejor de lo que era, y es una oportunidad que nadie de la Nueva República me dio nunca.
Jaina gimió y cerró los ojos, pero la imagen siguió hablando.
Sé que nunca aprobaríais esto, pero lo estoy haciendo por mí. Si algún día vuelvo, seré alguien de quien podréis sentiros orgullosos.
No te preocupes, Peckhum. Nunca te decepcionaré. Has sido mi mejor amigo, y si hay alguna forma de que pueda volver a estar contigo..., entonces volveremos a estar juntos.
Cuando Jaina volvió a abrir los ojos la diminuta imagen ya se había desvanecido en una nube de chispas, pero de todas maneras no habría podido verla a través de sus lágrimas.
22

El hangar que ocupaba la base del Gran Templo de Yavin 4 estaba fresco y silencioso, y parecía dar la bienvenida a los viajeros que regresaban a la Academia Jedi. La nave dejó escapar un suave suspiro mientras se posaba sobre el liso suelo de piedra. Luke Skywalker salió por la escotilla y se quedó inmóvil entre las sombras mientras sus estudiantes iban bajando detrás de él.
Durante los días en que el Gran Templo había sido una base rebelde secreta oculta en la luna selvática, el hangar había sido un hervidero de frenética actividad repleto de cazas ala-X, equipo que hacía mucho ruido, androides, pilotos de caza y armas de todas clases. Pero durante los últimos años se había convertido en un lugar lleno de paz dedicado a la meditación Jedi.
Luke se volvió para contemplar a los jóvenes Caballeros jedi que iban saliendo de la Cazadora de Sombras, la esbelta nave imperial que él y Tenel Ka habían arrebatado a la Academia de la Sombra cuando rescataron a Jacen, Jaina y Bajocca. Los pensamientos de Luke eran tan sombríos como los rostros de sus jóvenes estudiantes mientras descendían por la rampa de bajada.
Con la ayuda de la Academia de la Sombra, un grupo de renegados que se hacía llamar el Segundo Imperio estaba organizando una seria amenaza contra la precaria paz que la Nueva República había estado tratando de consolidar a lo largo de las dos últimas décadas. Todos podían percibirla, y la batalla se encontraba cada vez más próxima..., y sería una gran batalla que decidiría el destino de toda la galaxia.
La Academia de la Sombra se había vuelto más osada en su búsqueda de nuevos reclutas con potencial Jedi, y además parecía estar acogiendo a candidatos que no poseían ninguna habilidad Jedi. Pero ¿por qué? Y también estaba el robo de los núcleos hiperimpulsores y las baterías turboláser del Inflexible, todo un cargamento de componentes que podían ser utilizados para crear una poderosa flota militar. Algo terrible iba a ocurrir..., y muy pronto.
Luke había recogido a los chicos en Coruscant, lo cual le había dado la oportunidad de ver a su hermana Leia y averiguar algo más sobre la última amenaza imperial a la que se enfrentaba la Nueva República. Desde entonces ninguno de los jóvenes Caballeros Jedi había hablado demasiado, y todos habían permanecido callados y absortos en sus pensamientos. Por fin estaban de regreso en la luna selvática, donde los otros estudiantes seguían adiestrándose para asegurar el resurgimiento de la potente fuerza de Caballeros Jedi que ayudaría a reforzar la Nueva República. El nuevo gobierno no tardaría en necesitar a sus defensores adiestrados en el uso de la Fuerza.
La potente claridad del sol entraba a chorros por la gran puerta del hangar, y dejaba bañado todo aquel inmenso espacio con sus luces y sombras..., pero aquellas sombras eran limpias. Luke alzó la mirada hacia los destellos de luz solar que se deslizaban sobre la bruñida armadura cuántica de la Cazadora de Sombras.
La Cazadora de Sombras sigue siendo una nave muy hermosa. —La voz de Jaina interrumpió el curso de los pensamientos de Luke—. Fíjate en esas líneas, esas curvas...
Y por lo menos es una nave muy poderosa con la que la Academia de la Sombra ya no puede contar —añadió Jacen, reuniéndose con ellos.
Luke asintió.
Pero también nos muestra lo que son capaces de llegar a crear nuestros enemigos —dijo—. Pensad en todo lo que pueden hacer con ese enorme cargamento de núcleos hiperimpulsores y baterías turboláser que acaban de robar.
Bajie gruñó para indicar que estaba totalmente de acuerdo con él.
Es un hecho comprobado —dijo Tenel Ka.
Luke giró sobre sus talones y salió del hangar, y los jóvenes Caballeros Jedi le siguieron hacia la húmeda luz solar. Las gotitas de rocío matinal todavía brillaban sobre los árboles massassi y los helechos que trepaban por ellos. El aire de la jungla estaba impregnado por los suaves aromas de la vegetación en crecimiento y vibraba con los crujidos, trinos y susurros de una vida exuberante.
Jacen tenía la frente fruncida, como si el peso de sus pensamientos se la llenara de arrugas. Se dio la vuelta y contempló la penumbra del hangar, y sus ojos se posaron en la Cazadora de Sombras, Jacen suspiró, y acabó diciendo en voz alta lo que pasaba por su mente.
Sigo sin poder creer que Zekk escogiera voluntariamente pasarse al lado oscuro —dijo—. ¿Qué es lo que vamos a hacer, tío Luke? ¿Qué hicimos mal? Era nuestro amigo, y se ha unido al enemigo.
Jaina apretó los dientes y habló.
Nosotros hemos tenido la culpa de todo porque no supimos hacerle ver que era tan importante como cualquier otra persona —dijo—. Ni siquiera nos dimos cuenta de que tuviera potencial Jedi. Nosotros hemos tenido la culpa de todo... —repitió.
Bajie empezó a gruñir una réplica, y después alargó rápidamente la mano hacia su cinturón y desconectó a Teemedós antes de que el pequeño androide pudiera ofrecer una traducción.
Saber quién tiene potencial Jedi y quién no, es algo que no resulta tan sencillo como parece —dijo Luke, percibiendo la desesperación de Jaina y los amargos reproches que se hacía a sí misma—. Especialmente si la persona en cuestión tampoco lo sabe... Incluso Darth Vader no tenía ni idea de que vuestra madre tuviera el potencial Jedi, y eso a pesar de que pasó mucho tiempo cerca de ella. No puedes culparte de lo ocurrido, Jaina.
Tenel Ka habló de repente, con una mirada distante y absorta en sus fríos e impasibles ojos grises.
Zekk hizo su propia elección impulsado por sus propias razones —dijo—. Todos lo hacemos.
Pero ¿cómo ha podido traicionarnos de esa manera? —preguntó Jacen.
Jaina se encogió sobre sí misma, como si le dolieran las palabras de su hermano.
¡No puede traicionarnos! —Su voz vibraba con la potencia de sus emociones—. No lo hará... Lo prometió. Y volverá. Lo sé.
La atracción del lado oscuro es muy fuerte —dijo Luke—. Es posible darle la espalda y apartarse de él, pero el precio siempre es alto. A vuestro abuelo le costó la vida...
»Pero siempre hay esperanza..., para Zekk, e incluso para Brakiss. No tenemos ninguna forma de saberlo. Pero hay una cosa que sí sé. —Luke volvió el rostro hacia la luz del sol y disfrutó del suave contacto de la brisa que le agitaba los cabellos—. Las fuerzas de la oscuridad se están preparando para una guerra a gran escala.
¿Y tenemos que esperar a que sean ellos quienes hagan el próximo movimiento? —preguntó Jacen—. ¿No podemos tratar de prepararnos para la lucha que se avecina?
Luke contempló con orgullo a los jóvenes Caballeros Jedi, y su mirada fue recorriendo sus rostros uno por uno.
Sí, podemos hacerlo. Se aproxima una gran batalla —dijo, y en su voz había tanta tristeza como esperanza—. Los Caballeros Jedi..., todos nosotros..., no tenemos más elección que prepararnos para ella.